Mi madrastra 20

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 20

Eventualmente, un bebé dentro de Bill comenzó a crecer.

No habían hecho una prueba oficial todavía. No habían ido al doctor. Pero Bill sabía. Conocía su propio cuerpo demasiado bien.

Las náuseas matutinas habían comenzado hace dos semanas. Y tenía esa sensación, esa certeza profunda en su interior que no necesitaba confirmación médica.

Esta vez era diferente. Ese bebé era suyo y de Tom. Nadie podría quitárselo, y nadie tenía derecho sobre él excepto ellos dos.

Despertó lentamente, parpadeando contra la luz del sol que entraba por las cortinas apenas cerradas. Extendió la mano hacia el otro lado de la cama, buscando el calor del cuerpo de Tom.

Pero estaba vacío. Las sábanas estaban frías al tacto. Tom se había ido hace horas.

Miró el reloj en la mesita de noche.

11:17 a. m.

Había dormido más de lo usual. Últimamente lo hacía.

Se incorporó con lentitud, haciendo que la manta cayera hasta su cintura, revelando su pecho desnudo. La habitación estaba silenciosa excepto por el tic—tac distante de un reloj en alguna parte de la casa.

Tom definitivamente se había ido. Probablemente desde temprano, como siempre. Debido a asuntos que prefería no conocer en detalle.

Se levantó con cuidado, sintiendo inmediatamente la esencia familiar resbalando por su muslo.

Caminó desnudo hacia el baño, abrió la llave de la ducha, esperando a que el agua se calentara. Mientras esperaba, se miró en el espejo empañado.

Su reflejo le devolvió la mirada. Todavía se veía delgado, e igual de frágil. Pero había algo diferente ahora. Un brillo en sus ojos que había estado ausente por meses. Una suavidad en su expresión.

Entró a la ducha, dejando que el agua caliente corriera por su cuerpo. Cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás.

Sus manos bajaron de una forma lenta, de sus senos hasta su vientre. Todavía estaba completamente plano. No había señal externa del pequeño ser creciendo dentro. Pero Bill lo sentía. Así que acarició su vientre.

Una sonrisa acompañada de rubor en sus mejillas apareció en su rostro.

El tiempo pasaría a una velocidad inmediata. Y pronto, su pequeño angelito estaría en sus brazos, siendo alimentado y querido por sus padres.

Minutos después, salió de la ducha, cuando el agua comenzó a enfriarse. Se vistió con tranquilidad, tarareando una melodía felizmente.

Vistió una blusa de manga larga que se pegaba a su cuerpo, color negro. Tom prefería verlo en negro. Decía que hacía que su piel se viera aún más pálida, más etérea.

Luego jeans cómodos de tiro bajo que se ajustaban perfectamente a sus caderas.

No se molestó con un sostén. No lo necesitaba realmente. Sus pechos eran pequeños, apenas un puñado. Y de todas formas, solo Tom lo vería.

Solo él, el hombre que amaba sus pechos exactamente como eran. Él, que los adoraba con boca y manos cada noche.

Se miró una última vez en el espejo. Satisfecho con su apariencia, se giró hacia la cama deshecha.

Las sábanas estaban arrugadas, manchadas de evidencia de actividades nocturnas. Olían a sexo, a sudor, a ellos dos mezclados.

Arregló todo hasta que el desorden quedó en orden.

Esa era su rutina ahora.

Tom había dejado claro que podía salir cuando quisiera. Que la casa no era una prisión. Era libre de ir al supermercado, dar paseos, cualquier cosa. Pero Bill no quería. No le molaba salir realmente, a menos que fuera con Tom.

Al terminar, justamente tocaron la puerta.

Saliendo de la habitación, por un momento se detuvo.

Nadie tocaba la puerta de esa casa. Nunca. Gustav y Georg simplemente venían cuando Tom se encontraba en casa. Y Tom, Tom tenía llave.

El sonido se repitió, más insistente esta vez.

Bajó las gradas, caminando hacia la puerta con cautela. Su mano se posó sobre el picaporte, dudando.

Abrió la puerta apenas una rendija, asomándose. Y definitivamente no era Tom.

Una chica rubia estaba detrás de la puerta. Joven, quizás de su edad o un poco menor. Llevaba un vestido corto a pesar del frío, maquillaje pesado y una sonrisa brillante.

—¡Tom! ¡Yo…!— Se detuvo en seco cuando vio a Bill.

Su sonrisa vaciló. Sus ojos se agrandaron, recorriendo a Bill de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y algo más oscuro.

Bill abrió la puerta completamente, mirándola con expresión confundida pero educada.

—Tom no está…— Explicó

—¿Dónde está Tom?— Preguntó bruscamente— ¿Dónde está?

—No se encuentra en este momento…— Respondió bajito.

—¿Cuándo vuelve? ¿Salió con Georg y Gustav?— Las preguntas salían rápidas, atropellándose unas con otras.

—No estoy seguro…

—¿Y tú quién diablos eres?— Demandó Heidi, sus ojos seguían recorriéndolo, tomando nota de cada detalle.

El cabello en rastas cayendo sobre los hombros de Bill, sus bonitos ojos avellanas, los labios carnosos y rosas, la piel pálida y su figura delgada, hicieron que algo se encendiera en ella; envidia.

Bill abrió la boca, pero antes que pudiera responder, la rubia habló otra vez.

—Yo soy la novia de Tom, Heidi— Declaró, con el mentón levantado en un gesto de orgullo mezclado con desafío.

El mundo de Bill se detuvo por un segundo.

¿Novia?

No. No, eso no podía ser cierto. Tom nunca había mencionado… nunca había dicho…

—Yo…— No sabía qué decir.

Heidi dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal.

—Te pregunté quién eres— Repitió, había veneno en su voz.— ¿Qué haces en la casa de mi novio?

Su expresión cambió. De confusión a comprensión. De comprensión a furia.

—No…— Susurró, con los ojos agrandándose.— No me jodas… Tú… tú…

—Escucha…— Bill levantó las manos en gesto pacificador.

—¿¡Escucharte!?— Heidi gritó, con su voz subiendo histéricamente.— ¡Estás en su casa! ¡Y él no está aquí!

—Por favor, cálmate…— Retrocedió un paso ante la furia evidente de Heidi, mientras ella entraba poco a poco.

—¿¡Calmarme!?— Rió sin humor— ¿¡Me pides que me calme cuando claramente eres otra de sus putas!?

El de rastas bicolores se estremeció ante la palabra, sintiendo como si hubiera sido golpeado.

—No soy…

—¿¡Entonces qué eres!?— Demandó, avanzando agresivamente.— ¿¡Quién eres!? ¿¡Su familiar!? ¿¡Su compañero de casa!? ¡Dime!

Abrió la boca, pero no salió nada. ¿Qué podía decir? ¿Qué era? ¿Su madrastra? ¿Su pareja? ¿Su… amante?

Su silencio fue respuesta suficiente.

—Lo sabía…— Siseó— Eres su puta nueva. Probablemente una más de muchas. Apuesto que ni siquiera significas nada para él. Solo eres un…

—Eso no es cierto…— Bill encontró su voz finalmente, aunque temblaba.

Heidi se rió histéricamente— ¡Claro que es cierto! ¡Eres una zorra barata que se está acostando con mi novio!

—Él no es tu novio…— Dijo con voz baja pero firme.

—¿¡Qué dijiste!?

—Dije— Levantó la vista, mirándola directamente a los ojos.— Que él no es tu novio. Si lo fuera, estarías aquí. Vivirías aquí.

El rostro de Heidi se puso rojo de furia.

—¿¡Cómo te atreves!?— Gritó— ¡Eres una puta! ¡Una zorra roba novios!

Las palabras se volvieron más vulgares, más hirientes. La chica gritaba sin control.

Se quedó ahí, tomando cada palabra sin defenderse. Porque parte de él sentía que las merecía.

Entonces Heidi levantó la mano. La bofetada fue fuerte, no como las que había recibido pero el dolor no era bajo. Su mejilla explotó en dolor ardiente.

Se quedó inmóvil por un momento, con una mano subiendo lentamente a su mejilla golpeada.

—¡Aléjate de él!— Gritó, con lágrimas de rabia corriendo por su rostro.— ¡Tom es mío! ¡Mío! ¡No tuyo!

Levantó la mano otra vez, lista para dar otra bofetada. Pero nunca llegó.

Una mano la agarró de la muñeca con fuerza bestial.

—¿Qué mierda crees que estás haciendo?— Una voz grave, peligrosa, resonó detrás de Heidi.

Tom.

Había llegado sin que ninguno lo notara, probablemente atraído por los gritos.

Heidi se giró, su expresión cambiando de furia a alivio.

—¡Tom! ¡Gracias a Dios! Esta… esta zorra estaba…

Tom la soltó bruscamente, empujándola lejos de Bill. Pasó junto a ella sin mirarla siquiera, caminando directamente hacia su amado.

—¿Estás bien?— Preguntó, tomando el rostro de Bill entre sus manos con sorprendente gentileza para impresión de Heidi. Sus ojos recorrieron la marca roja en su mejilla.— ¿Te lastimó?

Negó débilmente.

—Estoy bien…

—No estás bien— Contradijo, con su voz volviéndose más oscura.— Te golpeó.

Se giró lentamente hacia la rubia, quien estaba parada ahí, con expresión confundida cambiando gradualmente a miedo cuando vio la furia en los ojos de Tom.

—Tom…— Su voz tembló al decir su nombre.— Yo… yo solo…

—Acabas de golpear a Bill…— Esa voz fue tan peligrosa.

La chica se quedó completamente rígida ante ese nombre.

Bill.

Ese maldito nombre que Tom había gemido, susurrado cada vez que estaban juntos. Cada vez que la tocaba, cada vez que estaba dentro de ella, cada vez que terminaba.

Siempre ese nombre. Nunca el de ella.

Ahora entendía.

Sus ojos se movieron hacia la figura detrás de Tom.

Finalmente conocía al culpable que tenía el corazón y mente de Tom.

Era real. Era realmente hermoso y angelical. Y estaba ahí, viviendo en la casa de Tom. Siendo todo lo que ella nunca pudo ser.

—Tú…— Susurró Heidi, con voz más que destrozada.— Tú eres Bill…

El de rastas rubias la miraba con frialdad.

—Todo este tiempo…— Siguió, con lágrimas comenzando a caer más rápido.— Cada vez que estábamos juntos… era su nombre el que decías…

—Fuera— Tom habló— Antes que te mate.

—¡Pero yo te amo!— Heidi gritó, con su voz quebrándose.— ¡Te amo, Tom! ¡Y tú… tú me usaste! ¡Me usaste pensando en él!

—Sí— Admitió sin vergüenza.— Lo hice. Ahora vete.

—¡No!— Dio un paso hacia adelante.— ¡No puedes simplemente…!

No terminó la frase.

El puño de Tom conectó en su mejilla con fuerza cruel. Heidi cayó hacia atrás, sus manos volaron hacia su mejilla.

—¡Tom…!— Bill gritó horrorizado.

Pero Tom no se detuvo. Se inclinó agarrando a la rubia por el cabello, jalándola hacia arriba. Heidi gritó de dolor, intentando liberarse, pero el agarre de Tom era inquebrantable.

La arrastró hacia la puerta, ignorando sus gritos, sus súplicas, sus sollozos.

—¡Tom, para!— Gritó— ¡Me estás lastimando!

—Bien— Gruñó, abriendo la puerta de un solo.

La lanzó afuera sin piedad. Heidi cayó sobre el concreto, raspando sus manos y rodillas.

—Si vuelvo a verte cerca de Bill— Siseó, parado en el umbral.— Te golpearé hasta hacerte desangrar para darte de comer a los cerdos, ¿entendido?

La chica sollozaba en el suelo, sosteniendo su mejilla, mirándolo con ojos llenos de miedo y dolor.

—Tú… tú eres un monstruo…

—¿Se supone que lo tengo que negar?— Preguntó con frialdad a lo que Heidi negó repetidas veces.— Ahora lárgate antes que te dé una razón para decir eso de verdad.

Se levantó con dificultad, tambaleándose, desapareciendo por la calle mientras sostenía su mejilla.

Tom cerró la puerta con fuerza, echando el pestillo.

Se giró, y su expresión se suavizó inmediatamente al ver a Bill.

—Bill…

—¿¡Cómo pudiste!?— Lo interrumpió, con voz temblorosa de shock y enojo.

—¿Qué?— Pronunció confundido ante el, por primera vez, tono alto de Bill. Enojado a más no poder.

—¿¡Cómo pudiste hacerle eso!?— Repitió, con lágrimas comenzando a caer.— ¡La golpeaste! ¡La arrastraste por el cabello como… como…!

—Ella te golpeó primero…— Dijo bajito, sintiéndose… ¿Regañado?

—¡Eso no te da derecho!— Exclamó— ¡Es una mujer! ¡No puedes simplemente golpear a las personas así!

Tom lo miraba, sin entender de dónde venía esto.

—Bill, ella te lastimó…

—¡Y tú la lastimaste peor! Dios, Tom… ¿qué clase de persona hace eso?

—¿El tipo de persona que protege lo que es suyo?— Respondió, acercándose. Pero Bill retrocedió, manteniéndolo a distancia.

—No… no me toques ahora mismo…

Tom se detuvo, con expresión dolida.

—Pero Bill…

—¿Cuándo fue la última vez?— Preguntó de repente.

—¿Qué?

—Con ella— Aclaró con voz temblorosa.— ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con ella?

Tom vaciló, y esa vacilación fue respuesta suficiente.

—Dime— Bill demandó— ¿Cuándo?

—Hace… hace algunos algunos meses…— Tom admitió finalmente.

Bill sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies.

—¿Meses?— Repitió con voz apenas audible.— ¿Solo… solo meses?

—Bill, déjame explicar…

—¿¡Explicar qué!?— Le gritó— ¿¡Que has estado conmigo, diciéndome que soy lo único que «amas», intentando embarazarme, y al mismo tiempo estabas… estabas con ella!?

—No fue así…

—¿¡Entonces cómo fue!?— Sollozaba abiertamente.— ¡Dime! ¡Dime cómo fue!

Tom pasó una mano por su rostro, frustrado.

—Fue antes… antes que vinieras a vivir aquí. Cuando todavía estabas en el hospital. Yo… necesitaba… algo. Cualquier cosa. Y ella estaba ahí. Pero nunca significó nada. Nunca…

—Decías mi nombre. Ella dijo que decías mi nombre cuando estabas con ella.

Tom no lo negó.

—Sí…

—Dios…— Bill se dejó caer en el sofá, enterrando su rostro en sus manos.— Dios, Tom…

—Siempre fuiste tú— Se arrodilló frente a él.— Incluso cuando estaba con ella, siempre eras tú en mi mente. Solo tú.

—Eso no hace que esté bien…— Sollozó— Eso no… no hace que duela menos…

—Lo sé— Murmuró, intentando tomar las manos de Bill, pero Bill las apartó.

—No…

—Bill, por favor…

—Necesito un momento…— Se levantó abruptamente.— Solo… solo necesito un momento, ¿está bien?

Caminó hacia las gradas, subiendo rápidamente.

Tom se quedó ahí, arrodillado en el piso de la sala, escuchando cómo la puerta de la habitación se cerraba con fuerza.

El silencio desde arriba era peor que los gritos. Podía escuchar, apenas, los sollozos ahogados de Bill.

No podía soportarlo más.

Subió las gradas con lentitud. Se detuvo frente a la puerta de la habitación.

Giró el picaporte.

Cerrado con seguro.

—Bill…— Llamó suavemente, tocando la puerta con los nudillos.— Bill, por favor…

Del otro lado, Bill estaba pegado contra la puerta, sollozando en silencio mientras intentaba contener el sonido.

—Abre la puerta— Habló con voz aún más suave.— Por favor, Bill. Déjame entrar.

—Vete…— Escuchó decir del otro lado.

—No me voy a ir— Respondió firmemente.— No hasta que hablemos.

—No quiero hablar contigo ahora mismo…

El de rastas rubias apoyó la frente contra la madera. —Pero necesito verte. Necesito saber que estás bien.

—Estoy bien— Mintió tan obviamente que dolía.

—No lo estás— Contradijo— Y es mi culpa. Así que por favor… déjame entrar. Déjame intentar arreglarlo.

Bill cerró los ojos con fuerza, las lágrimas seguían cayendo. Parte de él quería quedarse ahí, pegado a la puerta, manteniendo la distancia. Pero otra parte necesitaba a Tom, sus brazos. Necesitaba sentirse seguro otra vez.

Lentamente, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, aunque seguían cayendo.

Escuchó cuando Bill se movió. El clic del seguro fue removido.

Pero la puerta no se abrió.

La empujó suavemente, entrando a la habitación.

Bill ya se había escondido en la cama, metiéndose completamente bajo las sábanas, envolviéndose en ellas como capullo protector, odiándose por actuar como un inmaduro. Pero no podía, todavía no podía mirarlo.

Caminó lentamente hacia la cama, sentándose en el borde con cuidado de no perturbar demasiado el colchón.

—Bill…— Murmuró

—No quiero verte ahora mismo…— La voz de Bill salió amortiguada por las sábanas.

—Está bien— Tom respondió suavemente.— No tienes que mirarme. Solo déjame estar aquí, ¿sí?

No hubo respuesta, pero tampoco le dijo que se fuera.

Extendió la mano lentamente, colocándola sobre la forma de Bill bajo las mantas. Pudo sentir su espalda, sus hombros temblando con sollozos silenciosos.

Comenzó a acariciarlo suavemente.

—Lo siento…— Murmuró— Siento haberte lastimado. Siento… todo.

—Dijiste que solo me querías a mí…— La voz de Bill salió quebrada.

—Y es verdad— Aseguró, con su mano continuando esos movimientos suaves.— Eres lo único que quiero. Lo único que necesito.

—Pero estuviste con ella…

—Eso fue antes— Explicó— Hace casi un año.

—¿Y eso lo hace mejor?— Preguntó— ¿Eso hace que duela menos, saber que mientras yo estaba en el hospital, solo, perdido, tú estabas con ella?

Tom cerró los ojos, sintiendo el peso de esas palabras.

—No— Admitió con voz ronca.— No lo hace mejor. Tienes razón. Fui un maldito egoísta. Pero Bill… necesitas entender… yo no sabía… no sabía que tú vendrías conmigo. Pensé que te quedarías con él. Pensé que te había perdido para siempre.

Su mano bajó por la espalda de Bill, acariciando con más firmeza.

—Y cuando estaba con ella… cuando intentaba… olvidarte, distraerme, lo que sea… no funcionaba. Porque solo podía pensar en ti. Solo tu nombre salía de mis labios. Solo tú existías en mi mente.

—Eso no está bien, Tom…— Dijo— Usarla así… no está bien…

—Lo sé— Coincidió.— Nada de lo que hago está bien. Soy un monstruo, Bill. Un completo desastre. Pero contigo quiero ser mejor.

Las sábanas se movieron ligeramente. Tom podía ver la silueta de Bill girándose, dándole la espalda.

Tom se recostó en la cama, presionándose contra la forma de Bill, rodeándolo con su brazo por encima de las mantas.

—No me toques…— Protestó débilmente, pero no se apartó.

—Está bien— Habló contra las sábanas, justo donde calculaba que estaba la cabeza de Bill.— No te voy a tocar sin las mantas. Solo déjame abrazarte así, ¿sí?

No respondió, pero se relajó ligeramente en el abrazo.

Tom apretó más. Su mano grande extendida sobre lo que sabía era el estómago de Bill bajo las sábanas. Comenzó a acariciarlo.

—Hay un bebé aquí…— Murmuró— Nuestro bebé. Tuyo y mío. Y voy a ser mejor. Por ti. Por él. Lo prometo.

—No quiero que me lastimes más…— Susurró con voz tan pequeña, tan vulnerable.— Ya he sido lastimado suficiente…

—Lo sé muy bien— Se presionó más contra él.— Y lo siento. Siento cada vez que te he lastimado. Cada lágrima que has derramado por mi culpa.

Su mano seguía acariciando su vientre sobre las sábanas. Despacio, reverente.

Las sábanas se movieron. Bill se giró lentamente, quedando frente a Tom.

—Prométeme… prométeme que no habrá otra persona…

—Te lo prometo— Dijo sin vacilación.— Siempre serás tú en mi vida. Únicamente.

Entonces las sábanas se movieron más. Una mano salió, pequeña y pálida, buscando.

Tom la tomó inmediatamente, la besó y entrelazó en sus dedos, apretando.

—Te amo…— Susurró el de rastas bicolores.

—Te amo…— Repitió mirándolo con ojos sinceros.

Los ojos de Bill estaban rojos e hinchados, sus mejillas manchadas de lágrimas, y aún así, era lo más hermoso que Tom había visto.

—Ven aquí…— Tom lo jaló más cerca.

Bill se dejó abrazar, enterrando su rostro en el pecho de Tom. Sus brazos rodearon su cintura, aferrándose. El contrario lo sostuvo con fuerza, con una mano acariciando su espalda.

El de rastas rubias inclinó la cabeza, capturando los labios de Bill. Este respondió inmediatamente, sus labios se movieron al compás.

El beso los consumió. Las manos de Tom comenzaron a vagar, bajando por su columna, hasta llegar a sus caderas.

Bill jadeó contra sus labios cuando la mano de Tom se deslizó más abajo, acariciando sobre los jeans, rozando su parte más íntima.

—Tom…— Suspiró, no como protesta, sino como súplica.

El contrario presionó más, acariciando con intención ahora, sintiendo cómo Bill comenzaba a reaccionar bajo su toque.

El de rastas bicolores gimió melódicamente, sus caderas se movieron involuntariamente contra la mano de Tom, buscando más fricción, más contacto.

La mano de Tom se deslizó más bajo, encontrando piel caliente…

&

La noche estaba fresca, pero el aire en las gradas era pesado, cargado de deseo y de sonidos que ellos mismos producían.

Estaban en la parte más alta, donde la baranda de madera fría daba a la sala. Nadie podía verlos aunque estuvieran ahí, ni escucharlos.

Bill estaba de rodillas un escalón abajo de Tom, sin nada ropa, expuesto a lo frío de la casa. Sus labios rojos rodeaban la polla dura y venuda, moviéndose con una lentitud deliberada y experta que hacía que Tom tuviera que morderse el labio para no gemir demasiado alto.

Su mano enredada en el cabello de Bill, la otra apoyada en la baranda. Sus nudillos blancos de tanto apretar. Su respiración era entrecortada.

—Mierda… Bill…— Su voz ronca y quebrada debido al placer.

Bill levantó la mirada. Sus ojos llorosos por cada penetración a su garganta.

Aceleró un poco. La lengua plana recorriendo la base, la punta siendo succionaba con fuerza. Las caderas de Tom empujaron su pene más adentro.

El de rastas bicolores no se apartó. Al contrario: la tomó más profundo, hasta que Tom se corrió con un gruñido ahogado, llenándole la boca.

Bill tragó todo, lento, seductoramente lento, sin derramar una gota, y cuando terminó, se lamió los labios con una sonrisa pequeña y satisfecha.

Tom respiraba como si hubiera corrido una maratón. Bajó la mirada hacia él, y sus pupilas estaban dilatadas de deseo puro.

—Levántate— Ordenó con voz de mando.

Se puso de pie despacio. Tom lo giró de un tirón, lo empujó contra la baranda fría. Bill apoyó las manos en ella. Su trasero quedó expuesto y sus piernas muy abiertas.

Ya estaba empapado. Los muslos brillaban bajo la luz tenue de la luna. Tom gruñó al verlo.

—Estás chorreando…— Murmuró, pasando dos dedos por su coño, comprobando lo listo que estaba.— ¿Tanto te puso chupármela?

Bill se mordió el labio, asintiendo.

—Sí, Tom…

No esperó más. Se alineó y empujó de una sola embestida profunda, entrando hasta el fondo sin resistencia. Bill soltó un gemido alto, con la cabeza echada hacia atrás.

Tom lo agarró de las caderas con ambas manos, sus dedos se clavaron en la carne suave, y empezó a moverse: fuerte, profundo, sin piedad. Cada embestida hacía que los pechos pequeños pero firmes de Bill se movieran hacia adelante y hacia atrás.

—Mira cómo se te mueven las tetas…— Gruñó contra su oído.— Cómo te las sacudo…

Bill gimió más alto, sus manos apretaron la baranda.

—Tom… más rápido…— Suplicó

El contrario obedeció. Una mano bajó y le dio una nalgada fuerte en el trasero. Bill se arqueó, gimiendo roto.

Otra nalgada. Una tras otra. El trasero se ponía rojo bajo la palma de Tom, y Bill empujaba hacia atrás, pidiendo más.

El de rastas rubias le mordió el hombro con fuerza, dientes hundiéndose en la piel blanquecina, dejando una marca roja y profunda. Bill gritó bajito, temblando, y completamente al borde.

Se corrió fuerte, apretando alrededor de Tom. Su misma corrida bajó por sus piernas temblorosas.

Tom empujó profundo una última vez y se corrió dentro, gruñendo contra su hombro. Se quedó ahí, pulsando, sin salir, abrazándolo por detrás mientras ambos recuperaban el aliento.

Bill apoyó la cabeza en la baranda, jadeando.

Tom le besó la nuca con ternura, y preguntó:

—¿Estás bien?

Asintió despacio, su sonrisa satisfecha curvándole los labios.

—Más que bien…

Continúa… 

Gracias por leer. Te invitamos a comentar 🙂

por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

Un comentario en «Mi madrastra 20»
  1. Me encantaaaaaa esto es lo mejor que eh leído en años que llevo buscado estas hermosas historias <3 y claro es de los mejores saber redactar asi de hermoso las historias, busque mas de tiiiii pero no encontré, sería un placer enorme continuar leyéndote en todo lo que hagas , aqui tienes una fan maaaaas saludos y encantada me tienes con esta obra de arte

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