
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 2
Tom regresó a casa tarde, como siempre, y se dejó caer directo a su cama. Cerró los ojos y no se despertó hasta la tarde del día siguiente, cuando la luz del sol se filtraba perezosamente por las cortinas de su habitación.
Al bajar las gradas, los gemelos ya lo estaban esperando.
—¡Apestas!— Gritaron ambos.
Aunque no se había cambiado ni bañado, no olía tan mal como para espantar a alguien… o eso creía Tom. Para los gemelos, la diversión estaba en molestar a su hermano mayor. Cada travesura era un juego, y si Tom reaccionaba con golpes o regaños, bastaba con correr a decirle a su padre, que rápidamente lo reprendería, dejando a Tom completamente furioso.
Tom arqueó una ceja y les lanzó una sonrisa traviesa:
—¿Quieren que los abrace así, moscorrofios?
Los niños retrocedieron de inmediato, retrocediendo hasta chocar con la mesa. Tom avanzó con pasos lentos y exagerados, disfrutando cada pequeño gesto de miedo en ellos.
Justo cuando parecía que iba a lanzarse sobre ellos, Bill apareció en la cocina, con un platito en la mano y una sonrisa suave:
—Tom, he hecho tú desayuno… o almuerzo, cómo quieras tomarlo.— Le extendió la comida con calma, como si nada pudiera perturbar su paciencia infinita.— Preparé tu comida favorita.
Tom lo miró de reojo, evaluando si valía la pena arrebatarle el platito o ignorarlo por completo.
—Se salvaron esta vez. A la otra… ni quién los salve.
Finalmente tomó la comida, pero su sonrisa traviesa no desapareció del todo.
Tras un último vistazo burlón a los gemelos, se dirigió al sofá del salón. Se dejó caer en él con un suspiro dramático y encendió la televisión, buscando algún programa que captara su atención mientras masticaba despacio. Las migas caían sobre el cojín y el suelo, sin que él pareciera notarlo.
Bill, mientras tanto, suspiró suavemente y comenzó a ocuparse de los quehaceres de la casa. Recogió los platos del desayuno, pasó un trapo sobre la mesa y la encimera, moviéndose con esa calma paciente que siempre parecía dominar cualquier situación. De vez en cuando lanzaba una mirada al sofá, asegurándose que Tom no hiciera demasiado desastre… aunque ya sabía que sería inevitable.
Los gemelos, entre tanto, se quedaron cerca, observando el ritual cotidiano: Tom absorto en la tele y Bill manteniendo la paz, como siempre. La dinámica de la casa, con todos sus conflictos y pequeñas batallas diarias, continuaba sin interrupciones.
Pero ahí no terminó. Como si tuvieran un radar para detectar la paciencia de su hermano, decidieron empezar a molestarlo. Correteaban alrededor del sofá, lanzando pequeñas bromas y empujones, disfrutando de cada gesto de desprecio que Tom les regalaba.
Tom los ignoró olímpicamente, centrado en el programa y su comida. Cada travesura era una gota más, pero su paciencia parecía inquebrantable… hasta que Nikki, con una sonrisa traviesa, derramó el vaso de fresco directamente sobre su plato.
—¡Hijo de puta!— Gritó Tom, levantándose de golpe.
Los gemelos no tuvieron tiempo de reaccionar; Tom avanzó rápidamente y agarró a Nikki del cabello, levantándolo apenas del suelo.
—¡Suéltalo, monstruo!— Gritó Nick, y enseguida llamó a Bill.— ¡Mami, mami!
Bill llegó corriendo desde la cocina y se quedó paralizado al ver la escena. Su corazón dio un vuelco y la preocupación llenó sus ojos.
—¡Tom, suelta a tu hermano!— Su voz temblando entre el miedo y preocupación.
Tom soltó a Nikki con fuerza y el pequeño cayó al suelo, pero Bill lo atrapó rápidamente, levantándolo con firmeza y sosteniéndolo contra su pecho. Sus brazos lo envolvieron como un escudo, mientras Nikki se abrazaba a él con fuerza, todavía temeroso de la reacción de Tom, que lo miraba con desdén.
—Controla a tus mocosos.— Gruñó Tom, volviendo a su lugar en el sofá, con la mirada desafiante.
Los gemelos finalmente se alejaron de Tom, resignados y un poco tristes. Se sentaron en un rincón, observando cómo su hermano mayor seguía en el sofá, absorto en la televisión. Ellos también querían ver algo, pero recordaron las palabras de su mami: era mejor dejar que Tom disfrutara de su programa. Que no lo molestaran si no querían terminar lastimados.
Tras un rato de aburrimiento viendo el programa que a Tom parecía gustarle, los gemelos decidieron cambiar de planes. Con permiso de Bill, se dirigieron a jugar con su amigo vecino, riendo y corriendo por la casa con entusiasmo renovado.
Mientras tanto, Tom finalmente se levantó del sofá, con la intención de servirse un poco de fresco del refrigerador. Al abrir la puerta de este, sus ojos se detuvieron al ver a Bill, que lavaba los trastes sin darse cuenta de su presencia. Tom se quedó quieto, observándolo por un buen rato. La forma en que se movía, la curva de su espalda, incluso su trasero perfectamente formado, captaron su atención más de lo que debería.
Tom observaba la escena con una sonrisa ladeada, jugando distraídamente con el piercing de su labio inferior mientras seguía cada movimiento de Bill. Finalmente, Bill se dio cuenta de su mirada y se detuvo, girando lentamente hacia él con calma.
—¿Sucede algo, Tom?— Preguntó, tranquilo, sin dejarse notar nervioso.
—Nada importante.— Respondió Tom, ladeando la cabeza.— Solo estaba… apreciando el espectáculo.
Aún con esa sonrisa traviesa, añadió con voz suave pero firme:
—Creo que voy a darme una ducha… necesito bajarme un poco el calor.
Bill parpadeó, confundido, sin saber exactamente cómo interpretar esas palabras, mientras Tom se dirigía a las gradas y desaparecía rumbo al baño.
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El timbre de la puerta sonó con un toque firme. Los gemelos corrieron sin pensarlo dos veces, con la emoción y el dramatismo que solo un niño podía tener.
—¡Papá, papá!— Gritaron juntos mientras abrían la puerta. Sus pequeñas manos sujetaron el pantalón de Thomas.— ¡Tom nos pegó!
Bill, que estaba acomodando la cocina, caminó inmediatamente hacia ellos con una expresión de reproche.
—¡Niños!— Dijo con firmeza.— No digan mentiras.
Pero los gemelos insistían con gestos exagerados, asegurando que Tom los había agredido. Su versión, llena de dramatismo infantil, pintaba a Tom como un monstruo que había irrumpido en su mundo de juegos.
—¡No papá, es verdad!— Exclamó Nikki, con los ojos brillantes.— ¡Nos tiró de la mesa y… y…!
—¡Basta!— Intervino Bill, calmando la escena.— Amor, los niños están exagerando. Tom no les hizo nada.
Thomas Kaulitz entró a la casa, con su traje impecable pero con una expresión preocupada. Al escuchar a Bill, frunció el ceño, observando cómo los gemelos le seguían viendo.
—¿Qué pasó aquí, chicos?— Preguntó con su voz firme pero paciente.
—¡Tom nos golpeó!— Repetían ellos, aunque con menos convicción al ver la seriedad de su padre.
—Cariño, no es como ellos dicen. Están exagerando. Tom solo estaba en el sofá y bajo un poco de mal humor. No pasó nada grave.
A punto de hablar, Thomas dirigió su mirada hacia las gradas. Tom bajaba los escalones con pasos medidos, fijando su mirada únicamente en él, con ese fuego y desafío que siempre cargaba en sus ojos. Hubo un silencio pesado, casi incómodo, mientras Tom avanzaba hasta estar frente a la puerta.
—Tom, tenemos que hablar.— Dijo Thomas con voz firme, pero serena.
Tom se detuvo por un instante junto a la manija, dándole la espalda, sin abrir la puerta. Pasaron unos segundos que parecieron eternos, y finalmente, la puerta se abrió.
—Tom, te estoy hablando.— Insistió Thomas, pero Tom ya había salido, sin pronunciar palabra alguna.
El eco de sus pasos desapareció al instante, dejando la casa sumida en un silencio momentáneo. Thomas suspiró y volvió la mirada hacia su familia.
—Hablaré con su hermano en cuanto regrese, ¿sí?— Dijo con suavidad.
Los gemelos asintieron con energía, un poco aliviados que no pasara nada grave.
Thomas se acercó a Bill, y con una sonrisa cálida, sostuvo su mentón para darle un beso en los labios.
—Te extrañé tanto…— Murmuró Bill, con la voz cargada de cariño, aunque su mirada delataba la preocupación que seguía rondando por su mente.
—Yo también, amor.— Respondió Thomas, depositando otro beso tierno, notando la inquietud en Bill.
Los gemelos los observaban fascinados, con sus ojitos brillando de emoción y curiosidad. Thomas los miró a ambos y rió suavemente:
—Y ustedes dos, vayan a jugar un rato, traviesos.
Los niños soltaron carcajadas y corrieron hacia el segundo nivel, felices y despreocupados. Bill también sonrió, pero su sonrisa estaba teñida de preocupación mientras seguía con la mirada la puerta por donde Tom había salido, dudando de lo que su hijastro pudiera estar haciendo afuera de la casa.
El ambiente se relajó un poco, aunque la inquietud de Bill no desaparecía del todo.
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La casa estaba tranquila. Los gemelos ya dormían profundamente en sus habitaciones, agotados después de un día lleno de juegos y travesuras. En el primer piso, Bill y Thomas se movían con cuidado, organizando lo que quedaba del día.
Bill se encargaba de los últimos detalles en la cocina. Los trastes de la cena ya estaban lavados y acomodados, y con cuidado dejó la cena de Tom en la refrigeradora, por si decidía regresar y tener hambre. Cada gesto suyo reflejaba la preocupación que aún sentía por su hijastro, incluso en la calma de la noche.
Thomas, mientras tanto, recorría la sala recogiendo los juguetes que los gemelos habían dejado regados. Coches, pelotas y bloques de construcción desaparecían uno a uno en sus manos, hasta que la sala volvió a lucir ordenada.
Cuando terminaron, se dejaron caer juntos en el sofá, agotados pero cómodos. Bill se recostó ligeramente contra el pecho de Thomas, buscando en silencio un poco de consuelo, aunque su mente seguía en Tom y en lo que pudiera estar haciendo fuera de casa.
Thomas lo abrazó con suavidad, notando la inquietud en los ojos de su esposo.
—No dejes que te consuma, amor.— Susurró Thomas, besando suavemente la frente de Bill.— Sé que estás preocupado por Tom, pero ya lo solucionaremos.
Bill suspiró, apoyando la cabeza contra el pecho de Thomas, dejando escapar un pequeño suspiro de alivio.
—Es que… no sé qué puedo hacer…— Confesó con voz baja, la ansiedad aún presente en cada palabra.
—Lo sé— Respondió Thomas, acariciando suavemente la espalda de Bill.— Pero confía en mí, lo manejaremos. Nada nos va a desbordar.
Bill cerró los ojos, intentando calmarse, mientras sentía la calidez del abrazo y la tranquilidad de Thomas envolviéndolo. Él siempre parecía leerle el pensamiento, y solo con su cercanía lograba que su mente dejara de dar vueltas.
Thomas inclinó su rostro y besó a Bill justo sobre la mejilla, un gesto pequeño pero lleno de ternura y seguridad.
—Ya verás— Dijo con una sonrisa suave.— Todo estará bien.
Bill sonrió débilmente, apoyándose más contra él. Por un momento, todo parecía estar en calma, y la preocupación por Tom se transformaba en un hilo tenue, manejable gracias a la cercanía de su esposo.
Se quedaron así un rato, abrazados en el sofá, compartiendo la tranquilidad que pocas veces tenían.
—Sabes…— Empezó Thomas con voz baja, jugando con un mechón de cabello de Bill.— Me vendría bien otro bebé corriendo por la casa.
Bill lo miró, ligeramente sonrojado, y bajó la cabeza un instante, jugueteando con sus manos entrelazadas.
—¿Otro… bebé?— Preguntó tímidamente, la idea sonando dulce pero intimidante al mismo tiempo.
Thomas sonrió, acariciando la mejilla de Bill con delicadeza.
—Sí, amor. Uno más que haga ruido y llene nuestra casa de travesuras.— Su tono era suave, casi un susurro, pero lleno de convicción.
Bill suspiró y levantó la mirada hacia él, aceptando con una sonrisa tímida.
—Bueno… si tú quieres…— Susurró finalmente, dejando que su corazón se abriera un poco más.— Confío en ti.
Thomas no pudo evitar sonreír más ampliamente. Con cuidado, indicó con un gesto que Bill se sentara sobre sus piernas. Bill obedeció, acomodándose suavemente sobre él, sintiendo el calor de Thomas envolviéndolo.
Se miraron a los ojos, y en un instante, sus labios se encontraron en un beso lento, suave, lleno de ternura y deseo contenido. Thomas lo sostuvo de la cintura, sus manos subiendo y bajando suavemente, explorando con delicadeza mientras Bill rodeaba su cuello con los brazos, acercándolo más.
El mundo parecía reducirse a ese sofá, a ese abrazo, a ese instante que les pertenecía solo a ellos. Cada suspiro, cada roce, cada mirada se sentía cargada de intimidad y confianza.
Mientras tanto, sin que ellos lo supieran, Tom ya había estado ahí, viendo y escuchando todo.
Continúa…
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