Mi madrastra 19

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 19

Bill despertó antes que Tom, como siempre últimamente.

Estaban desnudos bajo las sábanas delgadas. El cuerpo de Tom presionado contra su espalda, un brazo envuelto alrededor de su cintura. Podía sentir la respiración constante de Tom contra su nuca, todavía profundamente dormido.

Colocó una mano sobre su vientre plano, acariciándolo con movimientos lentos y pensativos.

¿Cuándo empezaría a sentir los síntomas?

Tom había terminado dentro de él cada vez.

Incluso ahora mismo podía sentir la evidencia resbalando entre sus muslos, dejando sus piernas pegajosas. La sensación debería incomodarlo, pero no lo hacía. En vez de incomodarlo, le gustaba.

Era una prueba, una promesa.

Con los gemelos, las náuseas habían comenzado casi inmediatamente. A las tres semanas ya estaba vomitando cada mañana.

Con el bebé… con su bebé que ya no estaba con él… había sido diferente. Más sutil. Solo cansancio.

¿Cómo sería esta vez?

Esperaba que sí. Dios, cómo esperaba.

Sintió movimiento detrás de él. Tom se despertaba lentamente, estirándose con un gruñido bajo que hizo vibrar su pecho contra la espalda de Bill.

—Mn… buenos días— Murmuró con voz ronca de sueño, su brazo apretó más la cintura de Bill, acercándolo imposiblemente más.

—Buenos días— Respondió suavemente

Tom se incorporó apenas, apoyándose en un codo. Con la mano libre, buscó en la mesita de noche hasta encontrar su paquete de cigarrillos y el encendedor.

Encendió uno, dando una calada profunda, exhalando el humo lentamente hacia el techo.

Luego volvió a recostarse, con el cigarrillo colgando de sus labios, jalando a Bill de vuelta contra su pecho con ese brazo musculoso. Besó su cabello, su frente, respirando su aroma mezclado con el del tabaco.

—Tom…— Se quejó suavemente, aunque no se apartó.

—¿Mn?

—Estás fumando— Bill giró su cabeza para mirarlo con expresión de reproche.

Le dio otra calada, soltando el humo lejos del rostro de Bill.

—Estoy consciente.

—No deberías— Continuó, aunque había un tono de no reproche en su voz.— Es malo para ti.

—Muchas cosas que hago son malas para mí— Respondió con una sonrisa ladeada.— Esto es lo de menos.

Bill rodó los ojos, pero sonrió apenas.

—Por lo menos no lo hagas frente a mí— Dijo— Si no quieres ser descubierto.

Arqueó una ceja.

—¿Descubierto?

—Cuando quede embarazado— Aclaró, y había esperanza tan evidente en esas palabras.— El humo del cigarro no es bueno para el bebé. Así que si sigues fumando así de descaradamente, me enfadaré contigo.

Procesó eso por un momento, luego soltó una carcajada genuina. El sonido era raro, tan poco común viniendo de él que hizo que Bill se girara completamente para mirarlo.

—¿Qué es tan gracioso?

—Tú— Respondió Tom, todavía sonriendo.

El de rastas bicolores le devolvió la sonrisa, con una risita suave escapando de sus labios.

—¿No vas a pedirme que deje de fumar?

—¿Lo harías si te lo pidiera?

Tom lo consideró por un momento, dándole otra calada a su cigarrillo. Y a lo lejos, sintiendo un déjà vu.

—Probablemente no— Admitió con honestidad brutal que de alguna forma era refrescante.

Bill se rió más fuerte esta vez, sacudiendo la cabeza.

—Qué honesto…

—Lo sé— Apuntó, aplastando el cigarrillo en el cenicero en la mesita de noche.

Con el cigarro apagado, se giró completamente hacia Bill, capturando sus labios en un beso que comenzó suave pero rápidamente se profundizó.

Bill respondió inmediatamente, su mano subió para acariciar la mejilla de Tom. Luego su mano bajó, explorando, trazando los abdominales marcados que tanto le fascinaban. Duros. Definidos. Producto de años de peleas callejeras y entrenamiento.

Tom gruñó contra sus labios, sus manos comenzaron su propia exploración. Una se deslizó a la cintura de Bill, apretando posesivamente esa parte tan pequeña que podía rodear completamente con sus manos grandes.

La otra mano subió a su pecho, ahuecándolo, apretándolo suavemente. Ya había vuelto a su tamaño normal después que la leche se había secado completamente. Pequeño. Perfecto. Sensible bajo su toque.

Jadeó contra la boca de Tom cuando su pulgar rozó el pezón, enviando electricidad directamente a su centro.

Tom rompió el beso, mirándolo con ojos oscurecidos de deseo pero también de algo más suave. Algo que se parecía peligrosamente al amor.

—Bill…

—¿Sí?— Bill respiraba entrecortadamente, con sus mejillas sonrojadas.

—Vamos a salir hoy.

Parpadeó, confundido por el cambio repentino de tema.

—¿En serio?

—Sí— Aclaró, apartando un mechón de rastas del rostro de Bill.— Al centro comercial. A comprarte ropa nueva.

—¿Ropa nueva?

—Sí— Asintió, sus dedos trazando la línea de la mandíbula de Bill.— La mayoría de tu ropa es de… de antes. Y está desgastada. Necesitas cosas nuevas.

—Tom, no es necesario…

—Sí lo es— Tom lo interrumpió— Quiero comprarte cosas. Quiero… quiero que tengamos un día normal. Como una pareja normal. Salir, comprar cosas, tal vez comer algo. Solo… ser nosotros sin todas las complicaciones por unas horas.

Lo miraba con ojos que comenzaban a brillar de emoción y algo que podría ser lágrimas.

—¿De verdad?

—De verdad— Aseguró, besando su frente con ternura.

Bill sonrió, una de esas sonrisas genuinas que iluminaban su rostro entero.

—Me encantaría.

Tom le devolvió la sonrisa, algo raro y precioso viniendo de alguien tan acostumbrado a expresiones duras.

—Entonces está decidido. Nos vestimos, desayunamos, y salimos.

Asintió, pero entonces su mano bajó por el abdomen de Tom, más abajo…

Tom captó la insinuación inmediatamente, su sonrisa se volvió oscura, más hambrienta.

El centro comercial podía esperar un poco más.

&

El centro comercial estaba lleno de vida a pesar del frío que azotaba Stuttgart.

Entre toda esa normalidad, caminaban Tom y Bill.

Bill iba bien abrigado. Llevaba un abrigo largo que Tom había insistido en comprarle apenas una semana atrás, y una bufanda de cachemira enrollada suavemente alrededor de su cuello.

Tom llevaba su estilo habitual. Solo que esta vez con un enorme suéter. Se veía exactamente como lo que era.

Sus manos estaban entrelazadas; caminaban de la mano como cualquier otra pareja.

Excepto que no eran como cualquier otra pareja.

Desde que Bill había salido del hospital, la decisión de quedarse con Tom se había solidificado, habían sido insaciables el uno con el otro.

Querían crear algo nuevo, algo que fuera solo de ellos. Tom no había dicho que no.

De hecho, había incrementado la frecuencia de sus encuentros. Como si él también deseara atar a Bill a él de la forma más primitiva y permanente posible.

Querían un bebé. Por lo que había sexo, mucho sexo.

Así que ahí estaban. Comprando ropa nueva para Bill.

Tom tenía dinero. Más de lo que Bill había imaginado. De fuentes que Bill prefería no cuestionar demasiado. Pero significaba que podían permitirse esto. Estas salidas ocasionales a lugares que mezclaban tiendas de segunda mano con boutiques sorprendentemente caras escondidas entre callejones.

—¿Qué te parece este?— Sostuvo un suéter suave color lavanda, con cuello de tortuga que podría ocultar las marcas que Tom dejaba en su cuello cada noche.

Tom lo evaluó con ojo crítico.

—Te quedaría bien— Admitió— Pero prefiero el negro.

—Todo no puede ser negro— Sonrió ligeramente, esa sonrisa pequeña y frágil que aparecía ocasionalmente ahora.

—¿Por qué no?— Arqueó una ceja con diversión genuina.

Negó con la cabeza, guardando el suéter lavanda en su cesta junto con otros dos más oscuros que había elegido.

El de rastas rubias se distrajo mirando una sección de camisetas. Sus dedos recorrían el material, evaluando la calidad con experiencia de alguien que conocía bien este tipo de ropa.

Bill aprovechó para alejarse un poco, explorando otra sección donde había visto jeans de cadera baja que le habían llamado la atención.

Estaba examinando unos cuantos cuando sintió una presencia junto a él. Se giró y se encontró con una anciana.

Era pequeña, encorvada por la edad, con el cabello completamente blanco recogido en un moño desprolijo. Sus ojos eran de un color gris nebuloso, casi ciegos pero de alguna forma viendo demasiado. Su ropa estaba completamente desgastada.

—Tú…— La anciana habló con voz rasposa, antigua.— Tú cargas con tanto peso.

Bill parpadeó, confundido por lo dicho.

—Disculpe, ¿nos conocemos?

—No— La anciana negó lentamente.— Pero te conozco a ti. Veo tu dolor… y tu pérdida.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—No sé de qué habla…

—Sígueme. Déjame mostrarte lo que las cartas dicen.— La anciana sonrió sin mostrar los dientes.

—No puedo… mi…— Miró hacia donde Tom estaba, pero lo había perdido de vista entre las perchas.

—Solo un momento— Insistió, tomando su mano con sorprendente fuerza para alguien tan frágil.— Un momento para ver. Para saber. ¿No quieres saber?

Sabía que debería negarse. Pero había algo en los ojos de esta anciana que le decía que ella realmente veía, que sabía cosas que no debería saber.

—Está bien— Se escuchó decir.— Solo un momento.

La anciana sonrió, revelando encías vacías, y lo guió hacia una salida trasera que revelaba gran parte destrozada y sucia de Stuttgart.

No tan lejos, había un pequeño cuarto casi escondido.

La anciana empujó la puerta, que se abrió con un chirrido que hizo que Bill se estremeciera.

Dentro, había una mesa pequeña cubierta con un mantel bordado, desgastado pero limpio. Una vela gruesa ardía en el centro, su llama parpadeaba, creando sombras en las paredes. Había estantes llenos de frascos con hierbas, cristales, objetos que simplemente no sabía que existían.

La anciana se sentó en una de las dos sillas, al mismo tiempo indicó a Bill que hiciera lo mismo.

—Siéntate, hijo— Dijo con voz más suave ahora.— No temas.

Apenas un paso, la puerta se cerró por sí sola. Bill se sentó lentamente. Parte de él gritaba que debería irse. Tom estaría buscándolo.

Pero otra parte, algo lo mantuvo en esa silla.

La anciana sacó un mazo de cartas de un cajón debajo de la mesa. Las cartas estaban tan desgastadas que los bordes estaban deshilachados. Habían sido tocadas miles de veces. Leídas miles de veces.

Comenzó a barajar con movimientos sorprendentemente ágiles.

—Las cartas hablan por sí mismas cuando quieren ser escuchadas. Hoy gritan tu nombre.

Volteó la primera carta.

La Torre.

—Tu presente— Declaró— Destrucción. Todo se derrumbó. Tu vida anterior. Tu familia. Tu identidad. Cenizas.

Bill sintió un nudo en la garganta. Demasiado preciso.

La anciana volteó otra carta.

El Diez de Espadas.

—Tu pasado— Dijo, y su voz se llenó de tristeza.— Dolor. Perdiste lo único que te sostenía y que siempre estuvo. Nunca te falló y su amor hacia ti fue el más verdadero.

Tocó la carta con reverencia.

—Pero sobreviviste. Aquí estás.

En ese momento, Bill solo pudo pensar en Andreas. Sintió picar sus ojos.

La siguiente carta fue volteada.

Los Amantes.

—Tu futuro inmediato— Su tono cambió, volviéndose casi… esperanzado.— Amor. Pero no el tipo de amor que conociste antes. Este es amor nacido de cenizas. Amor que sana y destruye al mismo tiempo. Amor que no debería ser pero «es».

Bill pensó en Tom. En cómo sus manos podían ser tan gentiles ahora. En cómo sus besos sabían a redención y condenación mezcladas.

La anciana volteó la carta en la parte superior.

El As de Copas.

Y por primera vez, sonrió. Una sonrisa genuina que iluminó su rostro arrugado.

—Ah…— Suspiró— Una bendición. Un regalo del universo. Algo puro en medio de tanto caos.

Las lágrimas cayeron libremente ahora. Lágrimas de alivio, de gratitud y de esperanza.

—¿De verdad?— Susurró

—Sí— La anciana confirmó.— En medio de toda la oscuridad, será luz.

Entonces, su expresión cambió al tomar y ver la otra carta.

Se volvió sombría. Aterrorizada. Con manos que ahora temblaban visiblemente.

La Muerte.

El silencio fue eterno. Hasta la llama de la vela pareció detenerse.

La anciana se quedó mirando la carta, con los ojos muy abiertos, la boca ligeramente abierta en shock silencioso.

—¿Qué pasa?— Bill habló notando todo en el aire.

—No…— La anciana susurró.

Sus dedos temblaban sobre la carta.

—¿Qué significa?— Preguntó con voz temblorosa, sin entender.

— La bendición viene. Pero…

Tocó la carta de la Muerte con reverencia temerosa.

—Después de la bendición viene la tragedia— Confesó— La vida y la muerte entrelazadas. No pueden separarse…

—No entiendo… no la entiendo… ¿Qué… qué significa?

—No puedo ver los detalles— La anciana admitió.— Solo veo que la bendición y la tragedia están conectadas. Una no puede existir sin la otra…

Miró a Bill con ojos llenos de compasión y horror.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe.

Tom estaba ahí, jadeante, claramente había estado buscando a Bill.

—¿Bill?— Al ver que no se movía, una alarma se activó en su cabeza.— ¿Qué mierda está pasando aquí?— Gruñó, entrando al espacio pequeño que de repente se sintió aún más claustrofóbico.

La anciana levantó la vista hacia Tom. Y su expresión cambió a algo que Bill nunca había visto antes.

Terror absoluto.

—Tú…— Susurró, retrocediendo de su silla como si Tom fuera el diablo mismo.— Tú…

Tom frunció el ceño, acercándose protectoramente a Bill.

—¿Qué le hiciste?— Demandó— Habla.

—Tú eres la fuente— La anciana lo ignoró, con los ojos fijos en él con horror hipnotizado.— Tú trajiste la destrucción. Tú eres el catalizador de todo el dolor. Todo el sufrimiento. Todo…

—Cállate— Gruñó.

Pero la anciana continuó, su voz subió, casi histérica ahora.

—¡Tú lo amas! ¡Lo amas pero ese amor es veneno! ¡Es fuego que consume todo lo que toca! ¡Eres la razón por la que todo se derrumbó! ¡Eres la razón por la que todo se derrumbará otra vez!

—Te dije que te calles— Tom avanzó amenazadoramente.

Bill lo detuvo, poniendo una mano en su pecho.

—Tom, no…

—Él no entiende— La anciana lloró, señalando a Tom con dedo acusador que temblaba.— Pero su amor solo destruye. Solo consume. Tú…— Se giró hacia Bill.— Tú crees que es amor. Los dos. ¡Pero no lo es!

—Suficiente— Tom gruñó, tomando a Bill del brazo.— Nos vamos. Esta loca no sabe de qué habla.

—¡No dejes que suceda!— Gritó mientras Tom arrastraba a Bill hacia la puerta.— ¡Cambia el futuro!

Tom se detuvo en el umbral, girándose con expresión furiosa.

—Escúchame bien, vieja— Siseó— No sé qué clase de juego estás jugando, pero si vuelves a acercarte a él, si vuelves a asustarlo con tus tonterías…

—No son tonterías…— Interrumpió— Son la verdad. Y la verdad no desaparece solo porque la ignores.

—Vete al infierno— Tom escupió, jalando a Bill hacia afuera.

Pero antes de que pudieran irse completamente, la anciana llamó a Bill una última vez.

—¡Espera!

Bill se giró a pesar del agarre de Tom.

La anciana se acercó, tambaleándose ligeramente, con las lágrimas todavía cayendo por su rostro.

—Trata… De… Cambiar el futuro…— Susurró entrecortadamente

Bill parpadeó, confundido aún más. No entendía nada. Todo iba bien hasta esa carta que no alcanzó a ver, y mucho menos entender.

—¿Qué significa eso…?

Pero la anciana solo negó con la cabeza, lágrimas rodando más rápido ahora.

—Ya basta— Tom lo jaló con fuerza, sacándolo finalmente del cuarto.

La última imagen que Bill tuvo fue de la anciana, de pie en ese espacio pequeño e iluminado por velas, llorando abiertamente, con las cartas todavía esparcidas en la mesa.

La Torre. Los Amantes. El As de Copas.

Y La Muerte.

Tom arrastró a Bill de vuelta al centro comercial, emergiendo del callejón sucio al brillo y calidez artificial de las tiendas.

—¿Qué demonios estabas pensando?— Tom demandó, finalmente soltándolo una vez que estuvieron en un lugar más público.— ¿Siguiendo a una extraña a un lugar como ese?

—Las cartas…

—Son cartón con dibujos— Tom lo interrumpió firmemente, tomando el rostro de Bill entre sus manos, obligándolo a mirarlo.— No son reales. No predicen nada. Tu futuro no está escrito en un mazo de cartas.

—¿Y si lo está…?— Bill susurró, con lágrimas cayendo.

—No va a pasar nada— Lo dijo con convicción.— Tú estarás bien. Nosotros estaremos bien.

—Pero ella dijo…

—Me importa una mierda lo que dijo— Besó su frente con ternura.— No voy a dejar que nada te pase. Te lo prometo.

Quería creerle. Dios, cómo quería creerle.

Pero las palabras de la anciana resonaban en su mente.

En el fondo de su corazón, en algún lugar que no quería examinar demasiado cerca, Bill supo que la anciana había visto algo real.

Algo terrible.

Algo que ya estaba en movimiento y no podía detenerse.

Tom lo abrazó en medio del centro comercial, rodeado de compradores ajenos a su dolor, a su miedo, a su futuro oscuro.

Bill se aferró a él, llorando silenciosamente contra su pecho.

Porque si el futuro realmente traería tragedia… Al menos tenían ese momento.

Ese abrazo. Ese amor imposible, destructivo, pero real.

Aunque durara poco y terminara en cenizas. Como todo lo demás en sus vidas.

Continúa… 

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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