Mi madrastra 18

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 18

Bill parpadeó lentamente, despertando realmente por primera vez en… ¿cuánto tiempo? No lo sabía.

Los últimos días, semanas, habían sido un borrón. Dormir, despertar solo para ir al baño, rechazar comida y volver a dormir. Solo se quedaba acostado, mirando el techo.

Pero hoy algo era diferente.

Se sentó lentamente en la cama. Su cuerpo protestó por el movimiento después de tanto tiempo inmóvil. Miró alrededor de la habitación como si la viera por primera vez.

Estaba sucia. No tan sucia como había estado cuando llegó. Pero las semanas de su depresión habían dejado su marca.

Se levantó, sus piernas se tambalearon. Caminó hacia la puerta, abriéndola.

La casa estaba en silencio total. Tom había salido, probablemente con Georg y Gustav. Siempre salía durante el día. Y regresaba en la noche. Idénticamente como solía hacer.

Caminó por la casa, realmente mirándola por primera vez en semanas.

La sala estaba desordenada. No tan mal como antes, pero las botellas de cerveza habían regresado. Y platos sucios, algunos llenos de comida y algo moho.

La cocina tenía platos apilados en el fregadero, y había tanta basura regada que ya no entraba en su lugar.

No podía seguir acostado, no podía seguir dejando que la depresión lo consumiera. Tenía que hacer algo. Lo que fuera. Necesitaba limpiar.

Comenzó con la sala. Recogió las botellas, los platos, sacudió el polvo, ordenó los cojines del sofá y trató de abrir las ventanas para dejar entrar aire fresco.

Luego pasó a la cocina. Lavó todos los platos, secándolos y guardándolos. Limpió las superficies, sacó la basura, barrió y trapeó el piso hasta que brilló.

Limpió el baño. Esa fue la parte más difícil. Ver su reflejo en el espejo recién limpiado, cuánto peso había perdido, era lo esperado. Se veía muerto, como un fantasma.

Apartó la mirada, terminando de limpiar rápidamente.

Lo último fue la habitación.

Cambió las sábanas. Recogió la ropa, separándola; sucia y limpia. Limpió las superficies, el polvo que se había acumulado durante su ausencia mental.

Mientras limpiaba debajo de la cama, su mano tocó algo. Una caja.

La jaló hacia afuera. Era de cartón, vieja, cubierta con una capa gruesa de polvo. No tenía etiqueta. Solo estaba ahí, escondida debajo de la cama de Tom.

Bill se sentó en el piso, mirando la caja. Debería dejarla. Era claramente algo privado de Tom. Algo que había guardado, escondido. Pero sus manos se movieron solas, abriendo la tapa.

Su corazón se detuvo por un momento.

Fotos.

Docenas de fotos.

De él.

Bill tomó la primera con manos temblorosas. Era él, durmiendo en su cama matrimonial. Parte de su prenda se había subido durante el sueño, revelando parte de su ropa interior.

Con manos temblorosas, tomó otra foto.

Él otra vez, durmiendo. Diferente prenda. Se podía ver parte de su trasero, debido igualmente durante el sueño.

Otra foto. Y otra.

Sintió como si no pudiera respirar. Su mente intentaba procesar lo que estaba viendo.

¿Cuándo habían sido tomadas estas fotos? ¿Por qué Tom las tenía? ¿Había sido él?

Continuó revisando. Habían más. No solo fotos de él durmiendo, algunas de él en la cocina, en el jardín, regando las plantas, en distintas partes de la casa.

Todas tenían algo en común.

Borrosas. Sí, algo borrosas. Como si hubieran sido tomadas velozmente.

Entonces escuchó pasos acercándose. Tom.

—¿Bill? ¿Estás despierto?

Apareció en la entrada de la habitación, deteniéndose en seco cuando vio a Bill en el piso, rodeado de fotos.

Su expresión cambió inmediatamente. De alivio al verlo despierto, a nervios al ver lo que había encontrado.

—Bill…

Levantó la vista lentamente, mirándolo con ojos que no mostraban emoción. Solo vacío.

—¿Qué es esto?— Preguntó, sosteniendo una de las fotos.

Se quedó paralizado en la entrada.

—Yo…

—¿Qué es esto?— Repitió, más fuerte esta vez.

—Son… fotos…

—Puedo ver que son fotos, Tom— Dijo, pero no había enojo.— ¿Quién las tomó? ¿Cuándo? ¿Por qué las tienes?

Se mantuvo en la puerta. Rígido.

—¿Recuerdas la cámara digital pequeña de los gemelos…? La que Nikki dejó caer en el baño…— Dijo finalmente

Bill parpadeó, confundido.

—Los… los gemelos me las dieron— Confesó nerviosamente— Por un trato…

Se quedó en silencio, más que sorprendido por las palabras de Tom. Miró las fotos esparcidas. Docenas de ellas.

—¿Y tú las guardaste?

Asintió, sin vergüenza pero con algo parecido a la culpa.

—Sí…

—¿Por qué?

—Porque… porque eras lo único bueno en mi vida. Y estas fotos eran… eran la única forma en que podía tenerte. Aunque fuera así.

No sabía cómo sentirse. Por un lado, era perturbador.

Por otro lado… los gemelos las habían tomado. Sus bebés. Con inocencia infantil, sin entender lo que significaban realmente.

Bill juntó las fotos, metiéndolas de vuelta en la caja. Todas excepto una que captó su atención.

Era diferente a las demás. No era de él durmiendo o cocinando, o en poses reveladoras.

Era de él en el hospital. Justo después que los gemelos nacieron.

Sostenía a dos bebés diminutos en sus brazos, uno en cada lado. Su rostro irradiaba felicidad pura, amor. Estaba sonriendo tan ampliamente.

Y los gemelos, tan pequeños, tan perfectos, envueltos en mantas azules, acurrucados contra su pecho.

—Esta… esta foto…

Esa versión de sí mismo había sido tan feliz. Había tenido a sus bebés en sus brazos. En ese entonces creía que nada podría arrebatarle esa felicidad.

—Los extraño— Sollozó, abrazando la foto contra su pecho.— Los extraño tanto, Tom.

Tom lo envolvió en sus brazos inmediatamente, sosteniéndolo mientras sollozaba.

—Lo sé— Murmuró— Lo sé, Bill.

Bill lloró por lo que sintió como horas. Tom solo lo sostuvo, sin decir nada más, solo estando ahí.

Cuando finalmente se calmó, cuando sus sollozos se redujeron a hipidos suaves, Bill se apartó ligeramente, todavía sosteniendo la foto.

—Tom…

—¿Sí?

Bill lo miró directamente a los ojos, y lo que dijo sorprendió a ambos:

—Quiero un bebé.

—¿Qué?

—Quiero un bebé— Repitió, con más seguridad.— Tuyo. Nuestro. Quiero… quiero tener otro bebé.

—Bill…— Tom comenzó cautelosamente.— Acabas de dar a luz hace un mes. Tu cuerpo necesita tiempo para…

—No me importa— Bill lo interrumpió, y había una urgencia en su voz.— No me importa si es demasiado pronto. No me importa si no es sensato. Necesito… necesito esto, Tom.

—¿Por qué?— Preguntó suavemente, aunque temía la respuesta.

Bill miró la foto en sus manos. A los gemelos bebés y a sí mismo sonriendo.

—Porque no puedo tener a mis otros hijos… pero puedo tener esto. Puedo tener un bebé que sea nuestro. Que nadie pueda quitarme.

Tom lo miraba, viendo la desesperación en sus ojos, entendiendo que eso no era realmente sobre querer un bebé. Era sobre llenar un vacío. Sobre reemplazar lo que había perdido.

Era probablemente una terrible idea. Era…

—Está bien— Tom se escuchó decir. Bill lo miró esperanzado.

—¿Sí…?

—Sí— Asintió, aunque dolía.— Si eso es lo que quieres… si eso es lo que necesitas… entonces está bien.

Bill se lanzó hacia él, abrazándolo con fuerza.

—Gracias— Susurró contra su cuello.— Gracias, Tom.

Lo sostuvo, mirando por encima de su hombro hacia la caja de fotos en el piso.

Bill le pedía un bebé. Un bebé que nacería de trauma y pérdida, concebido no por amor sino por desesperación. Cerró los ojos, abrazando a Bill más fuerte.

—Te amo…— Bill murmuró.

Y Tom, por primera vez, no respondió. Porque sabía que lo que tenían no era amor. Era dependencia, trauma. Dos personas rotas aferrándose la una a la otra porque no tenían nada más. Pero no dijo eso. Solo lo sostuvo, y asintió en silencio.

Bill se apartó lo justo para mirarlo a los ojos. Sus pestañas estaban pegadas por las lágrimas.

—Ahora— Habló con determinación junto a súplica.— Quiero intentarlo ahora.

Tom tragó saliva. Sabía que no era el momento, que el cuerpo de Bill aún estaba sanando. Pero también sabía que negárselo en ese instante podría romper lo poco que quedaba de él.

Así que no dijo nada. Solo asintió una vez, lento.

El de rastas bicolores alzó la mano con cautela, y la apoyó en la mejilla de Tom. El gesto fue lento, deliberado. Tom contuvo la respiración.

Le dejó un beso corto en la mejilla, lento. Tom, sorprendido, se sonrojó ligeramente.

—Bill…— Pronunció, sin verdadera protesta.

Eso fue suficiente. Lo atrajo de golpe, sentándolo sobre su regazo. Las manos de Bill se aferraron a su camiseta por reflejo. El beso no fue tímido; fue profundo, decidido, de esos que no piden permiso. El contrario respondió de inmediato, hundiéndose en él.

Sin romper el beso, se levantó con Bill sobre él y lo guió hacia la cama. Lo recostó con cuidado, como lo precioso que era, algo que no quería lastimar ni un segundo más.

Retiró su ropa con suma delicadeza, dejando que cayera al suelo sin prisa.

Se quitó la ropa con movimientos más rápidos. Cuando quedó desnudo, se inclinó sobre Bill, apoyando el peso en los antebrazos para no aplastarlo. Besó su frente, sus párpados cerrados, la punta de la nariz, los labios otra vez. Bajó por el cuello, lamiendo el punto donde latía el pulso acelerado, hasta llegar a sus senos.

Capturó un pezón con la boca, succionando suave. La leche salió en poca cantidad esta vez. Bill arqueó la espalda con un gemido largo y tembloroso, sus manos se enredaron delicadamente en las rastas de Tom.

—Tom… se siente tan bien…

Succionó más fuerte, en busca de más leche. Pero no salía nada. Cambió al otro pezón, tomando lo poco que extraía. Cada succión hacía que Bill se retorciera debajo de él.

Bajó una mano entre las piernas de Bill, rozando los pliegues hinchados y húmedos. Introdujo dos dedos despacio, curvándolos dentro mientras su pulgar frotaba el clítoris en círculos lentos. Bill jadeó alto, sus piernas se abrieron lo más que pudo, invitándolo.

—Dentro…— Suplicó— Por favor… necesito sentirte dentro…

Retiró los dedos, sacó su polla del bóxer y se posicionó entre sus piernas. Rozó la cabeza contra la entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, atento a cualquier gesto de dolor.

Jadeó, al mismo tiempo que sus uñas se clavaron en los hombros de Tom.

Cuando estuvo completamente dentro, se quedaron quietos un segundo, solo respirando juntos.

Empezó a moverse. Embestidas lentas, profundas. Cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar, Bill gemía más alto, apretando su pene.

Sus caderas aceleraban. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con los gemidos de Bill y gruñidos de Tom.

Una mano de Tom bajó entre ellos, frotando el clítoris en círculos rápidos. Bill se retorcía, sus piernas temblaban.

—Tom… voy a…

—Córrete para mí— Gruñó Tom contra su cuello.— Déjame llenarte… déjame darte lo que quieres…

Gritó su nombre mientras el orgasmo lo atravesaba. Lágrimas de placer cayeron por sus mejillas. El placer fue tan intenso que por un segundo pareció que se desmayaba.

Y con un gemido ahogado contra el cuello de Bill, se corrió dentro, llenándolo con calor pulsante, empujando una última vez como si quisiera quedarse ahí para siempre.

Se derrumbó encima de él con cuidado, aún dentro.

Subió a besar los labios de Bill, compartiendo el sabor dulce en un beso lento, reverente.

—Hermoso…— Susurró Tom contra su boca. Bill sonrió débil.

—Otra vez…— Murmuró somnoliento— Mañana… y pasado… hasta que funcione.

—Lo haré— Prometió en voz baja.— Las veces que necesites.

— Las veces que necesites

&

Hace días, Thomas había comprado una cámara digital pequeña para los gemelos. Una de esas resistentes diseñadas para niños, con colores brillantes y botones grandes.

Nick y Nikki estaban absolutamente fascinados con ella. Habían pasado los siguientes días tomándole fotos a todo. Sus juguetes, la comida, el perro del vecino a través de la ventana, entre más cosas.

Y habían decidido que su nuevo objetivo era Tom.

Tom estaba recostado en el sofá de la sala, intentando ver televisión en paz.

—¡To!— Nikki le llamó— ¡Sonríe!

El flash de la cámara lo cegó momentáneamente.

Entrecerró los ojos, molesto.

—¿Qué demonios…?

—¡Otra!— Nick se rió, también apuntando con la cámara.

Dos fotos tomadas.

—Paren— Ordenó con voz fría.

Pero los gemelos lo ignoraron completamente, tomando fotos desde diferentes ángulos.

Click tras click.

—¡Les dije que paren!— Tom se levantó furioso. Los persiguió. Los gemelos se reían histéricamente, esquivándolo, aún tomándole fotos.

Cuando por fin los acorraló contra el librero. Extendió la mano.

—Denme esa cámara ahora mismo.

Los gemelos se miraron entre sí, con expresiones nerviosas pero también traviesas.

—¿Y si no queremos?— Preguntó el pequeño.

—Entonces la tomaré— Respondió, avanzando y extendiendo su mano.

—¡Espera, espera!— Nikki levantó las manos— ¡Hagamos un trato!

Tom se detuvo, frunciendo el ceño.

—¿Qué trato?

Los gemelos susurraron entre ellos por unos segundos. Luego Nick habló:

—Si no nos quitas la cámara… te regalamos fotos.

—No quiero fotos mías— Dijo con tono plano.

—No esas fotos— Nikki negó con la cabeza vigorosamente.— Otras fotos. Fotos especiales.

Tom arqueó una ceja.

—¿Fotos especiales de qué?

Los gemelos se miraron con sonrisitas cómplices.

—De mami— Dijo Nikki, felizmente.

Tom se desarmó por completo, tragando saliva.

—¿Qué?

—Tenemos fotos de mami— Nikki explicó— Muchas fotos. De cuando estaba durmiendo, regando plantas… Mmm… y más.

El corazón de Tom comenzó a latir más rápido. Su expresión permaneció neutral, pero algo oscuro se encendió en sus ojos.

—¿Por qué querría fotos de Bill?— Preguntó con voz cuidadosamente controlada.

—¿No las quieres? Te damos las nuestras— Los gemelos estuvieron de acuerdo.

Los miraba fijamente, procesando. Su mente corría. Fotos de Bill.

—No. Quiero las fotos— Mantuvo su voz plana.

—¿De mami?— Preguntó el mayor sin entender si quería las de su mami o de ellos.

—Sí— Se apresuró a decir.

Se acercó lentamente, arrodillándose hasta quedar a su altura.

—Muéstrenme— Ordenó

Los gemelos intercambiaron miradas dudosas.

—¿No vas a quitarnos la cámara?— Habló el menor.

—Si me muestran las fotos primero, no— Prometió

Nikki le extendió la cámara con cuidado. Tom la tomó, sus manos se encontraban ligeramente temblorosas, aunque su expresión permanecía impasible.

Presionó el botón para revisar las fotos guardadas.

Las primeras imágenes eran lo esperado: juguetes, comida, selfies borrosas de los gemelos. Entonces llegó a las fotos de Bill.

Se quedó sin aliento. Deslizó a la siguiente foto, después a la otra. Cada una causaba algo en ese entonces, al Tom de dieciséis años.

Siguió deslizando. Habían treinta y seis fotos en total. Cada una desde ángulos diferentes. Bill en diferentes poses naturales.

No podía apartar la vista. Su respiración se había vuelto más pesada. Su pulso acelerado. Sus ojos devorando cada detalle de las imágenes.

—¿Entonces?— La voz de Nikki lo sacó de su trance.— ¿Las quieres?

Tom levantó la vista lentamente hacia los gemelos.

—Sí— Dijo con voz ronca.— Las quiero.

—¿Nos dejas quedarnos con la cámara?

—Sí— Respondió sin dudarlo.— Pero necesito que hagan algo primero.

Los gemelos se miraron con cautela.

—Quiero estas fotos— Señaló la cámara— Solo estas. Las fotos de Bill. ¿Pueden borrarlas después?

Los gemelos fruncieron el ceño.

—Pero son nuestras fotos también…

—Les compraré dulces— Ofreció como recompensa— Muchos dulces. Los que quieran.

Los ojos de sus hermanos se iluminaron.

—¿¡De verdad!?

—De verdad— Confirmó— Pero esto es un secreto. No le dicen a nadie sobre estas fotos. Ni a papá. Ni a Bill. A nadie.

Los gemelos asintieron vigorosamente.

—¡Secreto!— Dijeron al unísono.

Tom los llevó al estudio de su padre, donde había una computadora con impresora.

Con manos que intentaba mantener estables, conectó la cámara y comenzó a imprimir las fotos.

Sus hermanitos observaban, fascinados por la tecnología, sin comprender realmente qué significaban esas imágenes para su hermano mayor.

Cuando se terminaron de imprimir, las guardó cuidadosamente en un sobre.

—Ahora borren las fotos digitales.

Nikki tomó la cámara, y con la ayuda de Nick, borraron todas las imágenes de Bill.

—Listo— Anunciaron

—Bien— Les extendió dinero de su bolsillo.— Vayan a la tienda de la esquina. Compren lo que quieran. Pero recuerden…

—¡Secreto!— Los gemelos gritaron, tomando el dinero y corriendo.

Escuchó la puerta principal cerrarse momentos después. Los gemelos habían salido, felices de tener dinero para dulces y su cámara de vuelta.

Se quedó solo en el estudio, con el sobre en sus manos.

Lentamente, sacó las fotos impresas. Las extendió sobre el escritorio.

Treinta y seis fotos de Bill. Absolutamente hermoso. Tom se sentó, observando cada una con intensidad que bordeaba la obsesión.

Su mano tembló ligeramente mientras tocaba una de las imágenes.

—Mío— Murmuró para sí mismo.— Algún día serás completamente mío.

Guardó las fotos de vuelta en el sobre, luego lo escondió en el fondo de su armario, detrás de ropa que nunca usaba.

Cortesía de dos niños de cuatro años que no tenían idea de lo que habían facilitado.

Abajo, Bill estaba en la cocina preparando el almuerzo cuando los gemelos entraron corriendo.

—¡Mami, mami!— Exclamaron los dos, emocionados— ¡To nos dio dinero!

—¿En serio?— Bill se sorprendió.— ¿Por qué?

—Porque… porque…— Nikki se detuvo, recordando.— ¡Es un secreto!

Bill arqueó una ceja pero sonrió.

—Está bien. ¿Y qué compraron?

Los gemelos le mostraron sus bolsas de dulces, hablando emocionados sobre todo lo que habían elegido.

Su madre los escuchaba atentamente, sin saber que arriba, en el armario de Tom, había fotos de él.

Continúa… 

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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