Mi madrastra 15

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 15

La habitación del hospital estaba bañada con la luz del sol ocultándose. Bill estaba solo, recostado contra las almohadas, con una mano descansando sobre su vientre de seis meses. Sus dedos trazaban círculos lentos, pensativos, sobre la tela de la bata de hospital.

Afuera podía escuchar el murmullo de las enfermeras, el pitido ocasional de máquinas, pasos apresurados. Pero adentro, en su habitación, todo era silencio.

Thomas aún no venía con los gemelos. Los traía solo por las tardes, después de la escuela. Pasaban unas horas con él, contándole sobre sus días, mostrándole sus tareas, acurrucándose cuidadosamente contra él mientras les leía o les contaba historias. Y luego Thomas se los llevaba otra vez, dejándolo solo hasta el día siguiente en la tarde.

Las mañanas y las noches eran de Tom. Llegaba temprano y a altas horas de la noche. A veces hablaban, otras veces solo se quedaban en silencio, y a veces…

A veces se besaban.

No era como antes de forzado y violento. Era diferente; suave y al mismo tiempo, tierno. Tom lo tocaba como si fuera algo frágil y precioso. Sus manos exploraban con cuidado, acariciando, pero nunca yendo más allá. Nunca presionando por más.

Solo besos. Solo caricias. Como si Tom hubiera comprendido finalmente que necesitaba ir despacio, darle espacio y dejar que Bill llegara a él voluntariamente. Y definitivamente Bill lo hacía.

Cada mañana, cuando Tom entraba por esa puerta, algo en el pecho de Bill se aligeraba. Como si pudiera respirar apropiadamente solo cuando Tom estaba ahí.

¿Cómo había pasado eso?

Su mano seguía acariciando su vientre, sintiendo los movimientos ocasionales del bebé dentro de él. El bebé de Thomas. Un recordatorio constante de a quién pertenecía legalmente. Pero su mente estaba con Tom.

Recordaba cómo Tom había crecido. De doce a trece, de trece a catorce, de catorce a quince, volviéndose más alto, más fuerte, más peligroso. Las peleas se hicieron más frecuentes, las heridas más serias y la distancia con Thomas más evidente.

Y Bill siempre había estado ahí: preocupándose y tratando de cuidar a Tom cuando este parecía ya no necesitarlo, usando la frialdad y el resentimiento contra Bill para alejarlo, dañándolo al mismo tiempo, haciendo que Bill se preguntara qué había pasado con el Tom silencioso que lo miraba con un brillo en sus ojos. Una mirada que transmitía gratitud y tranquilidad y no odio intimidante. Y a la vez, esos ojos que ya entonces mostraban demasiado dolor para alguien tan joven.

¿Cuándo había cambiado? ¿Cuándo los ojos de Tom habían empezado a mirarlo diferente? ¿Cuándo él había empezado a notar esa mirada?

No, no quería pensar en eso. En cómo todo se había torcido, cómo lo que había sido cuidado maternal se había convertido en… eso.

En obsesión, violencia y… ¿En amor?

¿Era amor lo que sentía? ¿O era solo confusión? ¿Trauma? ¿Síndrome de Estocolmo como había leído?

Pero entonces recordaba los besos de esta semana. La forma en que Tom lo miraba, la ternura en sus toques y la manera en que susurraba su nombre como si fuera algo sagrado.

Y recordaba sus propias reacciones: la correspondencia de esos besos, cómo su corazón se aceleraba cuando se trataba de Tom.

¿Eso era amor?

No lo sabía. Dios, no sabía nada ya.

Un suave toque en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Se enderezó ligeramente, esperando ver a sus pequeños entrar con esas sonrisas que eran solo para él. Pero no eran ellos, era Thomas. Solo, sin los gemelos.

Sintió algo helado instalarse en su estómago. Thomas nunca venía solo. Siempre traía a los gemelos por las tardes. Siempre.

Entró cerrando la puerta detrás de él. Había algo en su expresión que hizo que Bill se tensara.

—Thomas…— Dijo con voz cautelosa.— ¿Dónde están los niños?

—Con la niñera— Respondió simplemente, caminando hacia la cama.

—¿Por qué? ¿Pasó algo? ¿Están bien?

—Están bien— Thomas se detuvo junto a la cama, mirándolo desde arriba.— Necesitaba hablar contigo a solas.

El tono hizo que Bill tragara saliva nerviosamente.

—¿Sobre qué…?

Thomas no respondió inmediatamente. Solo se quedó ahí parado, estudiando el rostro de Bill con una intensidad que lo hacía sentir desnudo, expuesto. Luego, sin advertencia, se inclinó. Sus labios capturaron los de Bill en un beso que pretendía ser posesivo, reclamante.

Bill se quedó completamente rígido. No correspondió, no se apartó, solo… dejó que pasara y esperó a que terminara.

Cuando Thomas se separó, había algo oscuro en sus ojos.

—No me devolviste el beso…

—Yo…

—Nunca lo haces últimamente— Se enderezó— Cada vez que te beso, te quedas ahí como una estatua. Como si mi toque te repugnara.

—No es eso…

—¿No?— Arqueó una ceja— ¿Entonces qué es, Bill?

Bill bajó la mirada; no pudo sostener esos ojos acusadores. Thomas se sentó en el borde de la cama, demasiado cerca.

—Vi algo ayer— Dijo Thomas, y cada palabra le cayó como una piedra.— Algo… interesante.

El corazón de Bill se detuvo.

—¿Qué… qué viste?

—Te vi besar a Tom.— Thomas lo dijo con voz tan calmada que era aterradora.— Pero no fue como cuando yo te beso. No te quedaste inmóvil y lo besaste de vuelta.

Bill palideció completamente.

—Thomas, yo…

Thomas lo tomó del mentón, forzándolo a mirarlo. Su agarre era doloroso.

—Voy a preguntarte algo— Dijo con voz baja y peligrosa— Y quiero la verdad, ¿oíste?

Asintió como pudo en el agarre de Thomas.

—¿Qué sientes por Tom?

Las lágrimas comenzaron a cubrir su rostro inmediatamente, e intentó apartar la mirada pero Thomas lo sostenía con demasiada fuerza.

—Yo… yo no sé…

—Sí sabes— Apretó más su agarre— Dímelo

—Thomas, por favor…

—Dime qué sientes por mi hijo.— Demandó con voz subiendo— Dime por qué lo besas como nunca me has besado a mí en meses.

—¡No lo sé!— Exclamó en llanto— ¡No sé qué siento! ¡Todo está confuso!

—¿Confuso?— Lo soltó bruscamente— No hay nada confuso en esto, Bill. Es simple. ¿Lo amas?

El silencio fue absoluto. Bill sollozaba con la cabeza baja.

—Respóndeme— Siguió insistiendo

—Yo…

—¿Lo amas?

—¡No lo sé!

—¡Sí lo sabes!— Gritó, levantándose de la cama.— ¡Deja de mentir y admítelo!

Respiró profundo, intentando calmarse. Cuando habló otra vez, su voz era más controlada pero igual de peligrosa.

—Déjame hacer una pregunta diferente entonces— Se cruzó de brazos— Una más simple. ¿Me amas?

El corazón de Bill se detuvo por un segundo para continuar con más latidos frecuentes. Las lágrimas seguían cayendo pero el sollozo se había detenido.

—Mírame a los ojos y dime la verdad.

Lentamente, sus ojos se encontraron con los de Thomas.

—¿Me amas?— Repitió— A mí, tu esposo, el padre de tus hijos. ¿Me amas?

Bill abrió la boca, cerró, volvió a abrir; las palabras no salían.

—Responde.— Ordenó con frialdad.

—Yo…— Apenas podía hablar— Yo…

—Dilo

—No…— La palabra salió como un susurro destrozado.— N—no… no te amo…

El silencio que siguió fue ensordecedor. Thomas se quedó procesando las palabras. Su rostro pasó por varias expresiones: shock, dolor, y finalmente, furia helada.

—Bien— Dijo finalmente con voz tan fría que el aire pareció congelarse.

Se alejó de la cama, caminando hacia la ventana. Se quedó ahí por un largo momento, mirando hacia afuera.

Cuando habló otra vez, no se giró.

—He tomado una decisión.

Bill lo miraba con terror creciendo en su pecho.

—Me voy a divorciar de ti.

Las palabras cayeron como bombas. Bill dejó de respirar.

—Thomas…

—Déjame terminar— Thomas lo interrumpió, todavía sin girarse.— Me divorciaré de ti. Y cuando lo haga, me quedaré con los gemelos.

—¡No!— Gritó— ¡No puedes…!

—Puedo— Se giró— Y lo haré. Tengo el poder. Tú no tienes nada, Bill. Nada excepto el apellido que yo te di.

—¡Son mis hijos!— Sollozaba— ¡No puedes quitármelos!

—Y el bebé.— Thomas continuó como si Bill no hubiera hablado.— Cuando nazca, también me lo llevaré.

—Thomas, por favor…— Rogó— Por favor, no hagas esto…

—Debiste pensar en eso antes— Caminó hacia la puerta— Antes de decidir que mi hijo era más importante que nuestra familia.

—¡Espera!— Bill intentó bajarse de la cama pero sus piernas cedieron. Cayó de rodillas en el suelo.— ¡Por favor! ¡Haré lo que sea! ¡Solo no me quites a mis bebés!

Thomas se detuvo en la puerta, mirándolo sobre su hombro. Bill arrodillado en el suelo, llorando desconsoladamente, con una mano sobre su vientre.

Por un momento, algo en la expresión de Thomas se ablandó. Apareció el hombre que Bill había conocido años atrás, el hombre del que se había enamorado, pero solo fue un momento.

—Esa es mi decisión— Dijo con voz final.

Salió de la habitación, dejando a Bill destrozado en el suelo.

&

Las horas pasaron. Las enfermeras lo encontraron en el suelo, lo ayudaron a volver a la cama. Le ofrecieron sedantes que él rechazó. No podía dormir, no podía cerrar los ojos sin ver a sus hijos alejándose de él.

Se acurrucó en la cama, sollozando en silencio, con las manos aferradas a su vientre como si pudiera proteger al bebé de lo que venía.

No escuchó cuando la puerta se abrió otra vez.

—¿Bill?

Esa voz, conocía esa voz.

Levantó la vista. Tom estaba ahí, mirándolo con preocupación evidente en su rostro.

—Tom…— Susurró con voz destrozada.

—¿Qué pasó?— Tom se sentó en la cama, tomando el rostro de Bill entre sus manos.— ¿Por qué estás llorando?

Bill se derrumbó. Se lanzó hacia Tom, sus brazos rodeando su cuello, sollozando contra su hombro con una intensidad que hizo que todo su cuerpo temblara. Tom lo sostuvo, confundido pero firme, sus brazos envolviendo la figura temblorosa de Bill.

—Está bien…— Murmuró, acariciando su espalda.— Estoy aquí. Cuéntame qué pasó.

Entre sollozos entrecortados, Bill le contó todo. Las palabras salían atropelladas, rotas, pero Tom las entendió todas.

Cuando terminó, la mandíbula de Tom apretada tan fuerte que sus dientes rechinaban. Sus manos, que habían estado acariciando suavemente la espalda de Bill, ahora estaban cerradas en puños.

—No va a pasar— Dijo con voz baja pero llena de determinación

Bill se apartó ligeramente, mirándolo con ojos hinchados y rojos.

—No va a quitarte a tus hijos.— Le dijo directamente a los ojos— No lo permitiré.

—Tom, no hay nada que puedas…

—Sí hay— Lo interrumpió

—¿Qué vas a hacer?— Preguntó con voz temerosa, sin saber si quería realmente saber la respuesta.

Tom no respondió directamente. Solo acarició el rostro de Bill con ternura, limpiando las lágrimas con sus pulgares.

—Confía en mí— Dijo suavemente.— Haré lo que sea necesario para protegerte. Al igual que tus hijos.

—Tom…

—Te lo prometo, Bill.— Tom se inclinó, presionando su frente contra la de Bill.— No los perderás. No mientras yo siga respirando.

Bill cerró los ojos, permitiéndose creer, aunque fuera por un momento, que Tom podía cumplir esa promesa. Que había una forma de salir de esto.

Tom se apartó ligeramente, suficiente para mirar el rostro de Bill. Luego, despacio, se inclinó hacia adelante. Sus labios rozaron los de Bill. Bill respondió inmediatamente. Sus manos encontraron las rastas de Tom, jalándolo más cerca, profundizando el beso con una desesperación que no había estado ahí antes.

Cuando se separaron, ambos respiraban pesadamente. Tom apoyó su frente contra la de Bill otra vez.

—Todo estará bien— Susurró— Te lo prometo.

Asintió débilmente, queriendo creerlo con cada fibra de su ser.

&

Bill abrió la puerta principal, entrando a lo que ahora era oficialmente su nuevo hogar.

Era una casa hermosa. Grande, elegante, con muebles caros y pisos de madera pulida. Todo era perfecto.

Dejó su mochila junto a la puerta, cargada con libros de la universidad.

Todo se sentía surrealista todavía. Hace solo dos semanas, seguía viviendo con Andreas. Ahora estaba aquí, en esta casa enorme, como pareja del hombre más exitoso de Stuttgart.

—¿Tom?— Llamó, y su voz resonó en el espacio vacío.

Caminó hacia la sala, pensando que quizás estaban ahí. Revisó el comedor. También vacío.

Frunció el ceño. Thomas había mencionado específicamente que Tom no salía, que pasaba las tardes en casa después de la escuela. Pero la casa se sentía completamente abandonada.

Subió las gradas lentamente, sus pasos apenas hicieron ruido sobre la madera.

Caminó por el pasillo hasta llegar a la última puerta. La habitación de Tom.

Se detuvo ahí, dudando. No quería invadir el espacio del chico. Tom ya había dejado claro, sin palabras, que no estaba contento con la presencia de Bill. Las miradas frías, los silencios tensos, la forma en que se iba a su habitación cada vez que Bill entraba a la sala.

Pero Thomas había dicho que Tom estaba en casa. Y la casa estaba demasiado silenciosa.

Tocó suavemente la puerta.

—¿Tom? ¿Estás ahí?

Silencio. Tocó otra vez, un poco más fuerte.

—Tom, soy yo… Bill. Solo quiero saber si estás bien…

Nada.

Bill mordió su labio inferior, debatiendo. Luego, despacio, giró el picaporte y empujó la puerta apenas, asomándose por la rendija.

La habitación estaba oscura, con las cortinas cerradas bloqueando la luz del día. Tardó un momento en que sus ojos se ajustaran, pero entonces lo vio sentado en el suelo. Con la espalda apoyada contra la cama, las rodillas levantadas hacia su pecho, su cabeza estaba inclinada hacia abajo, las rastas rubias cayendo sobre su rostro, ocultándolo. Y sus hombros temblaban ligeramente.

El corazón de Bill se apretó inmediatamente.

—¿Tom…?— Susurró, entrando completamente a la habitación y cerrando la puerta detrás de él.

Tom levantó la cabeza bruscamente. Incluso en la oscuridad, Bill pudo ver el brillo de las lágrimas en sus mejillas. Pero no eran lágrimas dramáticas, no sollozos fuertes. Solo lágrimas silenciosas que caían sin sonido, sin expresión en su rostro.

Inmediatamente, se limpió las mejillas con el dorso de la mano, brusco, como si quisiera borrar la evidencia.

—Vete— Dijo con voz ronca.

Bill se quedó donde estaba.

—¿Por qué lloras…?

—No estoy llorando— Mintió, aunque las lágrimas todavía brillaban en su rostro.

—Tom…

—¡Te dije que te fueras!— La voz de Tom subió, pero incluso en su grito había algo quebrado.

Bill no se fue. En cambio, lentamente, caminó hacia donde Tom estaba y se sentó en el suelo junto a él. No demasiado cerca, dejando espacio suficiente para no sentirse invasivo. Pero lo suficientemente cerca para que Tom supiera que estaba ahí.

Tom lo miró con expresión entre sorprendida y molesta.

—¿Qué haces?

—Sentarme— Respondió, ajustándose para estar más cómodo.— Si no quieres hablar, está bien. Pero no voy a dejarte solo cuando claramente estás sufriendo.

—No te necesito— Tom escupió las palabras, pero había menos convicción en ellas ahora.

—Lo sé— Asintió calmadamente.— No me necesitas. Pero estoy aquí de todas formas.

Se quedaron en silencio por un largo momento. Bill mirando hacia adelante, dándole a Tom el espacio de no ser observado directamente. Tom mirándolo de reojo, como si no pudiera entender por qué este extraño se quedaba.

Pasaron pocos minutos así. El silencio solo interrumpido por la respiración ocasional entrecortada de Tom mientras intentaba controlar las lágrimas que seguían queriendo caer.

Bill habló con su voz suave y sin juicio:

—Puedes confiar en mí, ¿sabes? Sé que no me conoces realmente y que probablemente me odias por… por estar con tu padre, pero… si necesitas hablar con alguien… estoy aquí. No voy a juzgarte.

Tom apretó más sus rodillas contra su pecho, enterrando medio rostro en ellas.

Otro silencio largo. Luego, con voz tan baja que Bill apenas la escuchó:

—Extraño a mi madre.

El corazón de Bill se partió con esas cuatro palabras. Se giró ligeramente hacia Tom, pero no intentó tocarlo, respetando su espacio.

—Lo siento tanto…— Dijo con sinceridad absoluta.— Puedo imaginar lo difícil que debe ser…

—Murió hace un año y todavía… todavía la extraño cada día. Cada maldito día…

—Por supuesto que sí— Bill respondió suavemente.— Era tu madre. Ese tipo de dolor no desaparece solo porque pase el tiempo.

Tom soltó una risa amarga.

—Mi padre actuó como si sí. Como si pudiera simplemente… reemplazarla.

Bill sintió el golpe de esas palabras, pero no se defendió. Porque entendía que desde la perspectiva de Tom, eso era exactamente lo que parecía.

—Y lo odio— Su voz subiendo ligeramente.— Odio a mi padre y cómo se olvidó de ella tan rápido. Odio cómo te trajo aquí como si… como si ella nunca hubiera existido.

Levantó su cabeza, mirando directamente a Bill por primera vez. Sus ojos brillaban con lágrimas frescas y resentimiento, dolor, furia.

—Odio que te mire de la forma en que solía mirarla a ella— Escupió las palabras.— Odio que intentes… que intentes ser…

Se detuvo. Bill asintió lentamente, entendiendo.

—No estoy intentando reemplazarla— Dijo con cuidado.— Nunca podría. Tu madre… ella fue especial. Fue la primera. Quien le dio un hijo. Nadie puede reemplazar eso, Tom, nadie.

Tom lo miraba con expresión incomprensible. Inesperadamente, dijo algo que hizo que el pelinegro se quedara en blanco.

—Mi mamá era más hermosa que tú.

Parpadeó, sorprendido por la declaración tan directa.

Tom continuó con ese tono infantil pero con una crueldad inconsciente:

—Ella era realmente hermosa. Con cabello rubio que brillaba. Y ojos que sonreían incluso cuando ella estaba triste. Y su risa… su risa hacía que todo se sintiera mejor.

Sus ojos recorrieron el rostro de Bill con algo parecido a desdén.

—Tú eres… feo— Terminó, y la palabra cayó como una piedra entre ellos.

El silencio que siguió fue absoluto. Bill sintió el golpe de esas palabras, sintió cómo se clavaban en ese lugar inseguro que todos tienen. Pero cuando miró a Tom, no vio malicia real. Vio a un niño de doce años desesperado por defender la memoria de su madre, dolor expresándose de la única forma que sabía.

Así que en lugar de ofenderse, en lugar de levantarse y marcharse herido, Bill hizo algo que Tom claramente no esperaba.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, pero pura.

—Probablemente tienes razón— Dijo suavemente— Estoy seguro que tu madre era absolutamente hermosa. Debe haber sido increíble para haber criado a alguien como tú.

Parpadeó, claramente confundido por la respuesta.

—Yo… ¿qué?

—Tu madre debe haber sido maravillosa— Su voz llena de sinceridad.— Y tienes toda la razón en extrañarla. En odiar que alguien más esté en su lugar.

Tom lo miraba con los ojos agrandados, como si no pudiera procesar que Bill estaba… de acuerdo con él.

—¿No… no estás enojado?

—¿Por qué estaría enojado?— Bill ladeó la cabeza.— Dijiste lo que sentías. Y tus sentimientos son válidos, Tom. Todos ellos. La tristeza, el enojo, el resentimiento hacia mí… todo es válido. Nunca voy a intentar ser tu madre. Eso sería imposible e irrespetuoso hacia su memoria. Pero… me gustaría ser tu amigo. Si me lo permites. Alguien en quien puedas confiar. Que esté aquí cuando necesites llorar o gritar o simplemente estar en silencio.

Tom lo miraba con una expresión que Bill no podía saber completamente. Confusión, sorpresa, y quizás, apenas, el más mínimo toque de alivio de no estar completamente solo.

—¿Por qué?— Preguntó con voz pequeña.— ¿Por qué querrías ser mi amigo cuando claramente te odio?

Bill sonrió con más calidez.

—Porque no creo que realmente me odies. Creo que odias la situación. Odias que tu padre siguió adelante. Y honestamente, si odiarme te ayuda a procesar tu dolor, está bien. Puedo soportarlo.

Tom abrió la boca, luego la cerró. Abrió otra vez.

—Eres raro— Murmuró finalmente. Bill se rió suavemente.

—Sí, probablemente. Pero la oferta sigue en pie. Si necesitas hablar, o llorar, o incluso insultarme más… mi puerta está abierta. Siempre.

Se levantó lentamente, sacudiendo el polvo de sus jeans.

—Voy a bajar a preparar algo de cena. ¿Tienes hambre?

Tom lo miró por un largo momento. Luego, casi imperceptiblemente asintió.

—Un poco…

—Bien— Sonrió

Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, Tom habló:

—No eres… tan feo…

Bill parpadeó, sorprendido, luego sonrió ampliamente.

—Gracias, Tom. Eso significa mucho.

Tom se sonrojó ligeramente, bajando la mirada.

—Lo que sea…

—Aprecio tu honestidad, Tom…

Continúa… 

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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