Mi madrastra 13

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 13

Tom entró al hospital. Eran apenas unas horas de la madrugada. Varias enfermeras levantaron la vista. Una dejó caer el expediente que sostenía. Porque Tom se veía exactamente como alguien que debería estar en la sala de emergencias, no caminando por los pasillos.

La misma ropa de la pelea, manchada con sangre seca que nadie sabría decir si era suya o ajena. Los nudillos destrozados y ensangrentados. Un ojo hinchado hasta casi cerrarse, morado oscuro extendiéndose por toda la cuenca. El labio partido. Moretones visibles en su cuello donde su padre había intentado estrangularlo.

Pero lo que más perturbaba no era su apariencia física; era su expresión. Completamente neutra, fría. Como si no sintiera nada del dolor que claramente debería estar experimentando. Como si su cuerpo fuera solo un inconveniente menor.

Caminaba con pasos medidos, firmes, con la espalda recta. Como si no acabara de salir de una celda.

Una enfermera joven se acercó con expresión preocupada.

—Señor, ¿está bien? ¿Necesita atención médica?

Tom la miró directamente a los ojos. Ella se estremeció ante la intensidad de esa mirada vacía.

—Estoy bien— Dijo con voz plana, sin emoción.

—Pero sus heridas…

Tom la ignoró completamente, caminando directo hacia el escritorio de recepción.

La enfermera se quedó atrás, sintiéndose extrañamente descartada, antes de alejarse con expresión inquieta.

En el escritorio, otra enfermera, mayor, más experimentada, lo observó acercarse con profesionalismo cuidadoso.

—¿En qué puedo ayudarle?— Preguntó, aunque sus ojos recorrían las heridas visibles con preocupación evidente.

—Bill Kaulitz— Pronunció sin preámbulos.— ¿En qué habitación está?

La enfermera consultó en su computadora, luego lo miró con expresión dubitativa.

—¿Es usted familiar?

—Su hijastro— Respondió sin dudarlo, aunque la palabra se sentía extraña en su boca después de todo lo que había pasado.

La enfermera frunció el ceño ligeramente, pero la frialdad absoluta de Tom, esa determinación inquebrantable, le hizo saber que no valía la pena discutir.

—Habitación 483. Tercer piso.

El de rastas se dirigió hacia los elevadores sin otra palabra. Entró al elevador, presionando el botón del tercer piso. Las puertas se cerraron.

En el elevador, solo, Tom finalmente cerró el ojo que podía cerrar, respirando profundamente. Tenía sueño, inmensas ganas de dormir y una hambre mortal. Le dolía todo. Cada respiración era una agonía en sus costillas. Su cabeza palpitaba con un dolor sordo pero constante. Pero no importaba. Nada importaba excepto llegar a esa habitación. Y ver a Bill.

Las puertas se abrieron con un »ding» suave. Salió, caminando por el pasillo iluminado por luces fluorescentes que hacían que su piel pálida se viera fantasmal.

Se detuvo frente a la 483. Pero no estaba solo en el pasillo.

Había una mujer sentada cerca de la puerta. Joven, menos de treinta, vestida con ropa profesional pero cómoda. Tenía un portapapeles en su regazo y una expresión de paciencia forzada. Y junto a ella, acurrucados en la misma bancada, estaban los gemelos, todavía en sus pijamas. Tenían los ojos hinchados y rojos de tanto llorar. Nick sostenía su tortuga de peluche con la cabeza recosida. Nikki se chupaba el pulgar, algo que Bill había trabajado años para que dejara de hacer.

Lucían exhaustos, aterrorizados y al mismo tiempo perdidos.

Tom se quedó a cierta distancia, mirándolos. Fue entonces cuando Nick levantó la vista. Sus ojos se encontraron.

El niño se quedó paralizado por un segundo. Tom se veía aterrador cubierto de sangre, golpeado, con esa expresión fría y muerta.

—¿Tom?— Susurró el gemelo mayor con voz temblorosa.

Nikki también levantó la vista, quitándose el pulgar de la boca.

Ambos niños se movieron simultáneamente. Se lanzaron de la bancada, corriendo hacia Tom con pasos torpes y desesperados.

—¡Hermanito!— Gritaron, y había tanto alivio en sus voces que algo en el pecho de Tom se apretó dolorosamente.

Se aferraron a sus piernas con fuerza, sollozando contra su pantalón ensangrentado. Pequeños puños agarrando la tela como si temieran que fuera a ser arrebatada.

Tom se quedó completamente inmóvil. No sabía qué hacer; sus manos flotaban en el aire sobre sus cabezas, sin saber si tenía derecho a tocarlos.

—Hermanito…— Nikki sollozaba— Papá es malo… muy malo…

—¡No nos deja ver a mami!— Los ojos de Nick se encontraron con los de Tom, con lágrimas cayendo de los bordes de sus ojos brillosos.— ¡Dice que mami necesita descansar pero queremos verlo!

—¡Tenemos miedo!— El pequeño dejó de sollozar contra su pantalón. Alzó la mirada, la misma que Nick. Era la misma.— ¡Había mucha sangre! ¡Mami estaba en el suelo! ¡Y papá gritaba! ¡Y tú también!

Algo dentro de Tom se quebró ante el miedo palpable en sus voces.

Con movimientos pausados, bajó las manos. Las colocó sobre las cabezas de los gemelos, acariciando suavemente sus cabellos rubios.

—Ya pasó— Dijo con voz ronca.— Ya pasó. Están a salvo.

—¡Niños!— La voz de la mujer cortó el momento bruscamente.

La trabajadora social se había levantado, caminando hacia ellos con expresión de desaprobación.

—¡Les dije que se sentaran! ¡Que esperaran tranquilos!

Intentó tomar a Nick del brazo, jalándolo lejos de Tom.

—No— Nick se resistió, aferrándose más fuerte a la pierna de Tom.— ¡No! ¡Es nuestro hermanito!

—El señor Kaulitz dejó instrucciones claras…— La mujer intentó tomar a Nikki también.

—¡No!— Exclamó el más pequeño, escondiéndose detrás de Tom.— ¡Queremos quedarnos con mi hermanito!

—Niños, por favor…— La mujer suspiró con exasperación.— Están siendo difíciles. Su padre dijo que debían esperar aquí hasta que él regresara. No dijo nada sobre…

—Suéltalos— La voz de Tom salió baja. Peligrosamente baja.

La mujer parpadeó, finalmente mirando realmente a Tom. Y lo que vio la hizo retroceder instintivamente.

Porque Tom la estaba mirando con una expresión que prometía violencia. Sus ojos, el que podía abrir completamente, al menos, ardían con algo oscuro y salvaje.

—Yo… el señor Kaulitz…

—Me importa una mierda lo que haya dicho ese hijo de puta— Tom la interrumpió, y cada palabra goteaba veneno.— Estos niños quieren ver a su madre. Y van a verlo. Ahora.

—Pero las órdenes…

—Las órdenes de mi padre no significan nada aquí— Tom dio un paso hacia ella, y la mujer retrocedió otro paso.— No tiene derecho de mantener a estos niños alejados de su madre.

—Yo solo estoy haciendo mi trabajo…

—Su trabajo es cuidar el bienestar de los niños— Tom señaló con voz peligrosamente calmada.— ¿Y cree que mantenerlos sentados en un pasillo de hospital por horas, aterrorizados, sin poder ver a su madre que está hospitalizado, es cuidar su bienestar?

La mujer abrió y cerró la boca, sin saber qué responder. Vio algo en sus ojos que la convenció absolutamente que ese joven ensangrentado y golpeado era completamente capaz de cumplir cualquier amenaza implícita.

—Yo… yo tendré que reportar esto al señor Kaulitz…— Murmuró débilmente.

—Repórtalo— Dijo— No me importa.

Tomó las manos de los gemelos y caminó hacia la puerta. La abrió sin tocar.

Bill estaba en la cama de hospital. Despierto pero ausente; sus ojos estaban abiertos, mirando el techo, pero no veían realmente nada. Su rostro estaba pálido, casi translúcido bajo la luz artificial. Tenía tubos conectados a su brazo. Monitores pegados a su pecho. Su mano descansaba sobre su vientre. Su expresión era completamente vacía; disociada. Como si su mente hubiera escapado a algún lugar lejos donde el dolor no podía alcanzarlo.

Los gemelos se quedaron inmóviles en la entrada, mirando a su madre con ojos que se llenaban de lágrimas otra vez.

—¿Mami?— Nick susurró con voz quebrada.

Bill no reaccionó, ni siquiera parpadeó.

—Mami…— Sollozó el menor— Mami, estamos aquí…

Los gemelos miraron a Tom con expresión desesperada, como preguntando qué estaba mal, por qué su madre no los veía.

—Vayan— Dijo Tom con voz sorprendentemente gentil.— Vayan con él.

Los gemelos corrieron hacia la cama. Subieron con cuidado y se acurrucaron a cada lado de Bill.

—Mami…— Nick presionó su rostro contra el hombro de Bill.— Mami, somos nosotros…

—Te extrañamos tanto…— Nikki se aferró a su brazo.— Por favor, mami… di algo…

Entonces, lentamente, como si despertara de un sueño profundo, Bill parpadeó; su mirada perdida comenzó a enfocarse. Bajó la vista hacia los niños acurrucados contra él.

—¿Nick?— Susurró con la voz comenzando a quebrarse.— ¿Nikki?

—¡Mami!— Ambos sollozaron al unísono.

Sus brazos se envolvieron alrededor de sus hijos con fuerza desesperada, jalándolos más cerca, enterrando su rostro en sus cabellos.

—Mis bebés…— Sollozó— Mis pequeños… ¿Están bien? ¿Los lastimaron?

—Estamos bien, mami— Nick aseguró, aunque ambos lloraban.— Pero teníamos tanto miedo…

—Había mucha sangre…— Nikki temblaba— Y todos gritaban…

—Ya pasó, ya pasó…— Bill los mecía suavemente— Mami está aquí. Están a salvo.

Los gemelos se aferraban a su madre, sollozando, finalmente permitiéndose desmoronarse después de horas de estar aterrorizados.

Tom observaba desde la puerta, sintiéndose como un intruso en ese momento de amor puro entre madre e hijos.

Bill levantó la vista. Sus ojos se encontraron. Se quedó completamente inmóvil, con los gemelos todavía en sus brazos. Tom igual de inmóvil en el umbral.

Se miraron en silencio absoluto. No había palabras que pudieran capturar todo lo que había pasado.

Los ojos de Bill se llenaron de lágrimas otra vez.

—Tom…— Susurró, y había tanto peso en ese nombre.

Tom no respondió. Solo asintió apenas, reconociendo… algo. Todo. Nada.

El silencio se extendió.

Los gemelos finalmente se calmaron lo suficiente para notar la tensión. Levantaron sus rostros manchados de lágrimas, mirando entre su madre y Tom.

—Mami…— Dijo suavemente el mayor— Tom está lastimado.

Bill parpadeó, como si acabara de notarlo realmente. Sus ojos recorrieron las heridas visibles de Tom.

—Tom…— Repitió, con voz llena de preocupación ahora.— Tus heridas… deberías… deberías atenderlas…

—Estoy bien— Respondió con la misma voz plana que había usado con las enfermeras.

—No estás bien— Bill lo contradijo suavemente.— Estás sangrando. Necesitas atención médica.

—No me duele— Mintió Tom

—¡Sí te duele!— Nikki lo contradijo, frunciendo el ceño con esa testarudez infantil.— ¡Te vi hacer una mueca cuando caminabas!

—No hice ninguna mueca…

—¡Sí lo hiciste!— Nick lo apoyó— ¡Hermanito, tienes que curarte!

Los gemelos lo miraban con ojos grandes y preocupados. Tom sintió algo ablandarse en su pecho ante esa preocupación genuina. Cuando realmente no la merecía.

—Los niños tienen razón— Habló Bill con más firmeza— Necesitas atención médica.

—Tú necesitas descansar…

—Y tú necesitas curarte— Bill lo interrumpió.— Por favor, Tom. Deja que alguien te ayude.

Tom vaciló. Cada parte de él gritaba que no merecía cuidados. Que debería sufrir. Que el dolor físico era lo mínimo que merecía después de todo lo que había hecho.

Pero los gemelos lo miraban con esa preocupación pura. Y Bill… Bill lo miraba con algo que no era odio.

—Está bien— Cedió finalmente.

Bill presionó el botón de llamada junto a su cama.

Una enfermera entró momentos después. Una joven, eficiente, con expresión profesional.

—¿Señor Kaulitz?

—Mi… mi hijastro— Dijo— Necesita atención médica.

La enfermera miró a Tom, tomando nota de todas las heridas visibles.

—Por supuesto. Señor, si puede acompañarme a…

—No— Dijo Tom firmemente— Aquí está bien.

La enfermera parpadeó.

—Señor, realmente debería ir a una sala de examen donde tenemos mejor equipo…

—Aquí— Repitió, sin espacio para discusión.

La enfermera miró a Bill, buscando ayuda.

—Puedo hacerlo yo— Dijo el de rastas bicolores— Si… si puede traer los suministros aquí… yo puedo curarlo.

—Señor Kaulitz, usted está en reposo ordenado. No debería…

—Por favor— Suplicó— Solo… tráigame los suministros. Yo me encargo.

La enfermera dudó, claramente sin estar convencida. Pero aceptó.

—Está bien— Suspiró— Traeré el kit médico. Pero si siente cualquier dolor o mareo, me llama inmediatamente.

—Lo haré. Gracias.

La enfermera salió, regresando minutos después con una bandeja llena de suministros como: alcohol, gasas, vendas, antiséptico, tijeras y pinzas.

La dejó en la mesita auxiliar junto a la cama.

—¿Está seguro que puede manejarlo?— Preguntó con preocupación.

—Sí— Asintió— Gracias

La enfermera se fue, cerrando la puerta detrás de ella. Bill miró a los gemelos.

—Pequeños…— Dijo suavemente— ¿Pueden sentarse en esas sillas allá? Mami necesita espacio para curar a su hermano.

Los gemelos asintieron, bajando de la cama con cuidado y sentándose en las sillas junto a la ventana, observando con ojos grandes.

Sus ojos viajaron hacia los de Tom.

—Ven— Hizo espacio en el borde de la cama.— Siéntate aquí.

El de rastas se acercó lentamente, sentándose donde Bill indicaba.

Bill tomó la bandeja de suministros, colocándola en su regazo.

—Esto va a doler— Advirtió levemente, empapando una gasa con alcohol.

—No me importa— Respondió con voz plana.

Bill levantó la gasa hacia el rostro de Tom, comenzando a limpiar la sangre seca alrededor de su ojo hinchado.

El de rastas ni se inmutó. Ni siquiera cuando el alcohol tocó los cortes abiertos.

Bill trabajaba con movimientos cuidadosos. Limpiando, desinfectando. Sus dedos rozando la piel de Tom con delicadeza.

—Recuerdo…— Bill murmuró mientras trabajaba.— Recuerdo hacer esto antes.

Tom lo miró con su ojo bueno.

—Cuando tenías trece años— Continuó. Su voz tomó un tono nostálgico, casi triste.— Llegabas a casa lastimado. Siempre peleando.

Sus dedos trazaron suavemente el moretón alrededor del ojo de Tom.

—Tu padre nunca lo notaba. O no le importaba. Pero yo… yo sí lo veía. Te veía llegar, tratando de esconder las heridas. Tratando de no mostrar dolor.

Tom se quedó completamente inmóvil ante las palabras.

—Eras solo un niño— Ahora había lágrimas en sus ojos.— Un niño lastimado que nadie veía. Excepto yo. Yo te veía, Tom. Siempre te vi.

Sus manos temblaban ligeramente mientras limpiaban el labio partido con cuidado.

—Y ahora… ahora estás más lastimado que nunca. Y no solo por fuera.

Tom cerró su ojo bueno, respirando profundamente.

—Lo siento…— Susurró Bill— Siento no haber podido protegerte. Siento… siento todo lo que pasó.

—Tú no tienes nada de qué disculparte— Tom respondió con voz ronca.— Yo soy quien…

—No…— Lo interrumpió levemente, moviendo su atención a los nudillos destrozados de Tom.— No ahora. Ahora solo… déjame cuidarte. Como solía hacerlo.

Tom asintió apenas, permitiéndose este momento. Este cuidado que no merecía pero necesitaba desesperadamente.

Bill trabajó en silencio, limpiando cada herida, aplicando antiséptico, vendando donde era necesario.

Los gemelos observaban desde sus sillas, fascinados por la gentileza de su madre, por la quietud de su hermano.

Cuando Bill terminó, Tom estaba limpio, vendado, cuidado. Se miraron a los ojos. Y sin palabras, llegaron a un entendimiento.

El pasado era el pasado.

El futuro era incierto.

Pero en este momento, en esta habitación, eran solo dos personas rotas tratando de sobrevivir.

Y por ahora, eso tendría que ser suficiente.

&

El reloj de la sala marcaba las 12:17 AM cuando la puerta principal se abrió con un crujido suave.

Tom entró con pasos cuidadosos, intentando no hacer ruido. Cerró la puerta detrás de él con lentitud, evitando que el pestillo hiciera clic.

Respiró aliviado cuando todo permaneció en silencio. Quizás había logrado entrar sin que nadie…

—¿Dónde estabas?

Tom se congeló; la voz de Bill venía desde la sala. Suave, pero definitivamente despierta.

Se giró lentamente. El pelinegro estaba sentado en el sofá, con una lámpara pequeña encendida, vestido con un camisón largo de seda color marfil. Tenía un libro en las manos, pero era obvio que no había estado leyendo. Había estado esperando.

—Yo…— Tom comenzó, pero Bill lo interrumpió.

—Tu padre está furioso— Dijo con voz tranquila pero seria.— Nadie sabía dónde estabas. Quería llamar a la policía.

Tom apretó la mandíbula.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Porque yo le dije que esperara— Bill dejó el libro a un lado, levantándose del sofá.— Le dije que probablemente solo habías perdido la noción del tiempo. Que vendrías pronto.

Se acercó más, y la luz de la lámpara finalmente iluminó el rostro de Tom.

Ahogó un jadeo.

—Tom…

El rostro de Tom era un desastre.

—¿Qué pasó?— Preguntó, acercándose inmediatamente con preocupación.

—Nada— Soltó automáticamente, intentando pasar junto a él hacia las gradas

Pero Bill lo detuvo, tomándolo suavemente del brazo.

—Tom, estás lastimado.

—Estoy bien.

—No estás bien— Bill insistió— Siéntate. Déjame verte.

—Tú…

—Siéntate— Repitió, y había ese tono que Tom había aprendido que significaba que Bill no iba a ceder.

Así que suspiró, dejándose guiar hacia el sofá. Se dejó caer en él con más fuerza de la necesaria, cruzando los brazos en una postura defensiva.

Bill desapareció por un momento, regresando con el botiquín de primeros auxilios y una toalla húmeda. Se arrodilló frente a Tom, entre sus piernas, para poder alcanzar su rostro adecuadamente.

—¿Te metiste en una pelea?— Preguntó mientras examinaba las heridas con cuidado.

—¿Qué te hace pensar eso?

Bill lo miró con esos ojos que de alguna manera lograban hacerlo sentir como un niño pequeño siendo regañado.

—Tom

Tom suspiró, descruzando los brazos.

—Sí, está bien. Fue una pelea.

—¿Con quién?

—Unos tipos. No importa.

—¿Eran más grandes que tú?

Tom hizo una pausa, luego asintió levemente.

—Tres tipos. De preparatoria.

Bill se quedó inmóvil por un segundo, procesando eso.

—¿Tres contra uno?

—Mn

—Tom…— La voz de Bill se suavizó, mezclando preocupación con algo parecido a… ¿orgullo? No, no podía ser orgullo. Pero había algo ahí.

—Pero gané— Añadió rápidamente, y había un toque de satisfacción en su voz.— Uno terminó con la nariz rota. Otro no podía caminar derecho. El tercero corrió antes que terminara con él.

Bill parpadeó, sin saber exactamente cómo responder a eso. Por un lado, estaba horrorizado. Pero por otro… Tom había sobrevivido una pelea tres contra uno. Eso requería habilidad o suerte… una combinación de ambas.

—Bueno…— Dijo finalmente, comenzando a limpiar la sangre de su rostro con la toalla húmeda.— Esto te va a doler.

—No me importa— Expresó, pero se tensó cuando Bill comenzó a limpiar el corte en su labio.

—¿Por qué te peleaste con ellos?— Prosiguió con sus preguntas mientras trabajaba.

Tom dudó. No quería admitir la verdad. Que uno de esos tipos había dicho algo inapropiado sobre Bill. Un comentario realmente asqueroso que lo molestó y había lanzado el primer puñetazo sin pensarlo.

—Dijeron algo que no me gustó— Fue todo lo que ofreció.

Bill lo miró, como si pudiera ver a través de la evasión, pero no presionó.

—Esto necesita desinfectante— Anunció, abriendo el botiquín y sacando una botella de alcohol.

Presionó el algodón contra el corte del labio. Tom siseo, apretando los puños, pero no se apartó.

—Perdón, perdón— Murmuró el pelinegro, soplando suavemente sobre el corte para aliviar el ardor.

Ese simple gesto, tan maternal y tierno, hizo que algo en el pecho de Tom se apretara incómodamente.

Bill continuó limpiando y desinfectando cada herida.

—Vas a tener un moretón horrible mañana— Comentó— ¿Cómo le explicarás esto a tu padre?

—No voy a explicarle nada— Su tono era agresivo— No es su problema.

—Tom, él es tu padre. Claro que es su problema.

—No le importo lo suficiente para que sea su problema— Dijo con amargura.

Bill se detuvo, mirándolo directamente a los ojos.

—Eso no es verdad.

—¿No?— Tom se rió sin humor— ¿Cuándo fue la última vez que realmente habló conmigo? ¿Que no fuera para regañarme o darme órdenes? ¿Cuándo fue la última vez que le importó dónde estaba o qué hacía?

Bill no tenía respuesta para eso. Porque Tom tenía razón. Thomas había estado tan absorto en su trabajo y en su nueva familia que Tom había quedado… olvidado.

—A mí me importa— Dijo suavemente— A mí me importa dónde estás. Por eso estaba esperándote.

Tom lo miró, y por primera vez desde que había llegado, su expresión dura se suavizó apenas.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué te importa?— Preguntó, y había vulnerabilidad en su voz— No soy tu hijo. No soy tu responsabilidad. Podrías simplemente… ignorarme como mi padre hace.

Bill puso el algodón a un lado, tomando el rostro de Tom entre sus manos con cuidado de no lastimar sus heridas.

—Porque eres parte de esta familia, Tom— Dijo con convicción absoluta— No me importa si no eres mi hijo biológico. Vives en esta casa. Eres el hermano mayor de mis hijos. Y yo…

Se detuvo, buscando las palabras correctas.

—Me preocupo por ti.

Tom no sabía qué decir. Nunca había sido bueno con las emociones. Nunca había sabido cómo responder cuando alguien mostraba que le importaba.

Así que simplemente asintió, con su rostro todavía entre las manos de Bill.

Bill sonrió suavemente, apartando sus manos.

—Listo— Anunció— Ya estás curado. Bueno, curado lo más que puedo hacer. El resto tendrá que sanar naturalmente.

—Gracias— Murmuró tan bajo que casi no se escuchó.

Bill comenzó a guardar las cosas del botiquín, pero entonces notó algo más.

—¿Has comido?

Negó con la cabeza.

—Me fui antes de la cena.

El pelinegro frunció el ceño.

—Tom, son más de las doce. No has comido en horas. Espera aquí.

Se levantó, caminando hacia la cocina. Tom lo observó irse, luego miró alrededor de la sala vacía.

La casa estaba silenciosa. Thomas probablemente dormía ya, habiendo decidido lidiar con Tom en la mañana. Los gemelos definitivamente dormían, como siempre a estas horas.

Era solo él y Bill.

Bill regresó unos minutos después con un plato de comida recalentada y un vaso de jugo.

—No es mucho— Se disculpó— Pero es lo que quedó de la cena. Come.

Le extendió el plato. Tom lo tomó, mirando la comida. Pollo asado, arroz, vegetales. La comida favorita de su padre. Bill siempre cocinaba las cosas que a Thomas le gustaban.

—Gracias…

Se sentó a su lado en el sofá, observándolo comer. Tom se sentía extrañamente cohibido bajo esa mirada. Usualmente no le importaba cómo comía. Pero con Bill ahí, observándolo con esos ojos suaves…

Intentó comer con más cuidado de lo normal. Masticar con la boca cerrada. No hacer ruido. Comportarse.

—Tom— Bill habló después de unos minutos.

—¿Mn?

—No voy a decirle a tu padre sobre esto— Dijo— Sobre la pelea y que llegaste tan tarde.

Tom dejó de masticar, mirándolo con sorpresa.

—¿No vas a…?

—No— Confirmó— Pero con una condición.

Por supuesto. Siempre había condiciones.

—¿Cuál?

—Que la próxima vez que vayas a llegar tarde, me avises— Habló seriamente— No me importa qué estés haciendo o dónde estés. Solo llámame para que sepa que estás bien. Así no tendré que esperar despierto preocupándome.

Tom parpadeó.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—¿No vas a pedirme que deje de pelear?

—¿Lo harías si te lo pidiera?—Preguntó con una pequeña sonrisa.

Tom lo pensó, luego negó con la cabeza honestamente.

—Probablemente no.

—Exacto— Bill asintió— Así que no voy a perder mi tiempo pidiéndote algo que no vas a hacer. Solo… avísame cuando vayas a llegar tarde. Es todo lo que pido.

Tom lo miraba, tratando de entender. Nadie había sido así con él antes. Nadie le había dado confianza así. Y nadie había hecho un trato tan… razonable.

—Está bien— Aceptó finalmente— La próxima vez te avisaré.

—Bien— Sonrió más ampliamente, claramente satisfecho.

Tom continuó comiendo, pero ahora más relajado. El silencio entre ellos no era incómodo. Era… agradable.

No solo admiraba a Bill. No solo apreciaba su amabilidad.

Sentía algo más. Algo más profundo. Algo que no debería sentir.

Y eso lo aterrorizaba. Porque Bill era su madrastra, la pareja de su padre y la madre de sus hermanos.

Pero también era la única persona que parecía verlo realmente. La única que se preocupaba lo suficiente para esperarlo.

No podía dejar de pensar en Bill desde que lo conoció. Sabía que esos sentimientos solo crecerían. Y que algún día, no podría seguir escondiéndolos.

Continúa… 

Gracias por leer. Te invitamos a comentar 🙂

por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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