
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 11
—¡Papá llegó!
Los gritos agudos de los gemelos se oyeron por toda la casa. Bill, que estaba en la cocina terminando de lavar los platos del desayuno, se sobresaltó ligeramente.
Escuchó el sonido de pies pequeños corriendo por el piso de madera, dirigiéndose a la puerta principal.
—¡Niños!— Los llamó con voz suave, saliendo de la cocina.— ¡Esperen! ¡No corran tan rápido o se van a caer!
Pero ya era demasiado tarde. Nick y Nikki habían alcanzado la puerta, prácticamente tirándola al abrirla.
Los siguió con pasos más calmados, llegando justo a tiempo para verlos en los brazos de su padre.
Thomas apenas había bajado del auto cuando dos pequeños cuerpos se abalanzaron contra sus piernas con tanto ímpetu que casi lo tiran al suelo.
Dejó caer su maleta al suelo, envolviéndolos en un abrazo apretado, riéndose con esa alegría que solo sus hijos podían arrancarle.
—¡Papiii!— Nikki se aferró a su cuello cuando Thomas se arrodilló.
—¡Te extrañamos mucho, mucho!— Nick apretaba su rostro contra el pecho de su padre.
Ambos abrazándolo con toda la fuerza que sus pequeños brazos permitían.
—Mis pequeños— Dijo besando sus cabecitas repetidamente.— Los extrañé tanto. Tanto, tanto.
—¿Nos trajiste algo?— Nikki preguntó inmediatamente, con esos ojos brillantes de ilusión.
—¡Nikki!— Nick lo regañó, aunque también miraba a su padre con la misma esperanza.
Thomas rió más fuerte.
—Por supuesto que sí. Tengo regalos para ustedes. Pero después, ¿sí? Primero déjenme respirar.
Fue entonces cuando levantó la vista hacia la puerta.
Y ahí estaba Bill.
Parado en el umbral. Llevaba una de esas prendas que Thomas tanto amaba: corto, apenas llegándole a la mitad de los muslos, de tela suave color crema que se pegaba ligeramente a su cuerpo. El escote era un poco revelador, mostrando sus clavículas y un poco de sus pequeños pechos.
Su cabello en rastas caía desordenadamente sobre sus hombros. Sus ojos, esos ojos que siempre lo habían cautivado, lo miraban con timidez y algo parecido a… ¿Tristeza?
Bill se veía… hermoso. Como siempre. Pero había algo diferente. Algo en la forma en la que evitaba su mirada directa. En cómo sus manos temblaban ligeramente, apretando la tela del camisón.
Thomas lo atribuyó al nerviosismo. Dos semanas era mucho tiempo separados.
Se levantó lentamente, con los gemelos todavía aferrados a sus piernas, y caminó hacia su pareja con una sonrisa que se ensanchaba con cada paso.
—Hola— Dijo Bill suavemente. El tono parecido a la primera vez que se conocieron.
—Hola, mi amor— Respondió, y sin esperar más, sin importarle que los gemelos estuvieran ahí, lo atrajo hacia él con una mano en su cintura.
Lo besó. Profundamente. Apasionadamente. Como había querido besarlo durante dos semanas enteras.
El de rastas bicolores se tensó por un segundo. Sus manos encontraron el pecho de Thomas, y parecía como si quisiera apartarlo, pero luego se relajó, permitiendo el beso, moviendo sus labios contra los de su esposo aunque sin la misma pasión.
El beso duró menos de un minuto, y cuando finalmente se separaron, Thomas apoyó su frente contra la de Bill.
—Te extrañé tanto…— Susurró contra sus labios.— Cada maldito día fue una tortura sin ti.
—Yo también…— Respondió, aunque su voz sonaba extraña, quebradiza.
—¡Ewww!
La voz de Nikki los hizo separarse completamente. Ambos miraron hacia abajo.
Los gemelos los observaban con expresiones de fascinación absoluta, con las boquitas ligeramente abiertas, como si acabaran de presenciar algo completamente mágico pero también un poco asqueroso.
—¡Mami y papi se estaban besando!— Nick señaló con el dedo, riendo.
—¡Con lengua!— Añadió el más pequeño, haciendo una mueca exagerada de asco pero con los ojos brillando de diversión.
Su madre se sonrojó intensamente, cubriendo su rostro con las manos.
—Niños…— Murmuró avergonzado.
Thomas, por otro lado, solo se rió, agachándose para quedar a la altura de los gemelos.
—¿Y qué tiene de malo que bese a su mami?— Preguntó con falsa seriedad.— ¿Acaso no puedo besar a mi esposo en mi casa?
—¡Pero es asqueroso!— El mayor hizo una mueca, sacando la lengua.
—¡Súper asqueroso!— Nikki lo imitó, aunque sus risitas lo traicionaban.
—Ah, ¿sí?— Arqueó una ceja, y antes que los gemelos pudieran reaccionar, los atrapó a ambos, haciéndoles cosquillas.— ¡Pues ahora les daré besos a ustedes!
—¡Nooo!— Los gemelos gritaron entre carcajadas, retorciéndose.— ¡Para, papá!
Thomas les plantó besos exagerados y ruidosos en sus mejillas, frentes y cabezas mientras ellos chillaban de risa.
—¡Eso les pasa por burlarse!— Declaró finalmente, soltándolos.
Los gemelos corrieron hacia adentro, todavía riendo a carcajadas, persiguiéndose el uno al otro.
—¡Mami y papi en la orilla de un lago!— Cantaba Nikki mientras corría.
—¡Besándose!— Continuaba el otro.
Sus risas resonaban por toda la casa, llenándola de vida.
Bill sonrió débilmente, viendo a sus hijos desaparecer. Thomas se enderezó, volviendo su atención a su esposo.
—Son unos payasos— Comentó con cariño, envolviendo a Bill en sus brazos otra vez.
—Lo son…— Concordó, pero su voz seguía sonando distante.
Thomas frunció ligeramente el ceño, apartándose apenas para mirar su rostro.
—¿Estás bien, amor? Te ves… no sé. ¿Cansado?
—Estoy bien— Respondió Bill rápidamente, quizás demasiado rápido.— Solo… han sido dos semanas largas.
—Lo imagino— Thomas acarició su mejilla.
—Sí…— Bill bajó la mirada.
Iba a preguntar más, pero entonces recordó algo, o alguien.
—Por cierto— Dijo, mirando alrededor.— ¿Dónde está Tom?
El de rastas bicolores se tensó visiblemente en sus brazos.
—Salió esta mañana— Dijo sin mirarlo.— No… no me dijo a qué hora volverá.
Asintió lentamente, y algo en el tono de Bill le hizo sentir una ligera inquietud. Pero la descartó.
—Bien— Dijo finalmente— Tengo tiempo a solas con mi familia.
Enfatizó la palabra «mi» de una forma posesiva, jalando a Bill más cerca.
—Vamos adentro— Murmuró contra su oído.— Más tarde quiero pasar tiempo a solas contigo.
Bill se estremeció, y no de la forma que Thomas esperaba. Pero Thomas no lo notó, estaba demasiado perdido en su propia alegría de estar en casa.
Entraron a la casa, donde los gemelos ya estaban peleando por quién abriría la maleta de papá primero.
Sin darse cuenta que las próximas horas cambiarían todo para siempre.
&
Después de la cena, cuando el sol ya se había ocultado completamente y la casa estaba bañada en la calidez de las luces amarillas, Thomas subió las escaleras con los gemelos de la mano.
—Vamos, pequeños— Dijo con esa voz suave que reservaba solo para ellos.— Es hora de dormir.
—¡Pero no tenemos sueño!— Protestó Nikki, aunque sus ojitos ya parpadeaban de cansancio.
—¡Queremos jugar más!— Habló Nick, frotándose los ojos con los puños.
—Mañana jugaremos todo lo que quieran— Prometió Thomas, guiándolos hacia su habitación.— Pero ahora sus cuerpecitos necesitan descansar.
Bill los siguió en silencio, manteniéndose unos pasos atrás. Se detuvo en el umbral de la puerta, observando la escena que se desarrollaba frente a él como si estuviera viendo una película. Como si no fuera realmente parte de ella.
Thomas ayudó a los gemelos a ponerse sus pijamas. Nick con su pijama de dinosaurios, Nikki con su pijama de tortugas.
Los arropó con cuidado en sus respectivas camas, asegurándose que las mantas los cubrieran hasta el pecho.
—Ahí está— Dijo, sentándose en el borde de la cama de Nick primero.— Calentitos y listos para soñar cosas bonitas.
—Papá…— Nick lo miró con esos ojos tan parecidos a los de Thomas.— ¿Te vas a ir otra vez?
La pregunta hizo que el corazón de Thomas se apretara dolorosamente.
—No, hijo— Respondió, acariciando su cabello rubio.— No voy a irme por mucho, mucho tiempo. Papá se queda en casa.
—¿Lo prometes?— Nikki habló desde su cama.
—Lo prometo— Thomas asintió solemnemente.
Bill observaba desde la puerta, con las manos cruzadas. Su garganta ardía con lágrimas que no podía derramar.
—Los amamos mucho, ¿saben?— Dijo, mirando a ambos con ternura infinita.— Mami y yo los amamos más que a nada en el mundo.
—Nosotros también los amamos— Dijeron los gemelos casi al unísono.
—Papá…— Comenzó el mayor con voz pequeña.— ¿Ya no vas a castigar a Tom?
Thomas parpadeó, sorprendido por la pregunta.
—Tom se portó muy bien mientras no estabas— Continuó Nick, y Nikki asintió repetidas veces desde su cama.— No nos pegó.
—Y ya no nos asusta como antes. Bueno… a veces todavía da miedo, pero… Pero Tom es bueno, papá— Añadió el menor
Bill sintió cómo algo dentro de él se quebraba. Su respiración se volvió irregular. Las lágrimas que había estado conteniendo amenazaban con desbordarse.
Thomas no sabía qué decir. Miró a sus hijos con sorpresa y… alivio.
—¿En serio?— Preguntó suavemente— ¿Tom se portó bien con ustedes?
—¡Sí!— Los gemelos respondieron con entusiasmo.
—Hasta nos dejó ver televisión con él— Nikki sonrió.— Y no nos gritó ni una sola vez.
Thomas sintió una calidez extraña en el pecho.
Quizás había esperanza para Tom después de todo. Quizás esos días sin él habían sido buenos para su hijo mayor. Quizás le habían dado responsabilidad y madurez.
—Me alegra escuchar eso, pequeños— Dijo finalmente, sonriendo.— Le diré a Tom que estoy orgulloso de él.
—¿Ya no lo castigarás?— Nikki preguntó con ojos esperanzados.
—No— Thomas prometió— No lo castigaré. Si realmente se portó bien, entonces merece reconocimiento, no castigo.
Los gemelos sonrieron ampliamente, satisfechos.
Bill, en la puerta, cerró los ojos con fuerza.
¿Cómo podía destruir la inocencia de sus hijos? ¿Cómo podía decirles que su hermano mayor, el mismo que los había cuidado y alimentado, le había hecho daño?
—Bueno— Thomas se inclinó, besando la frente de Nick con ternura.— Ahora a dormir, mis pequeños.
Se movió hacia la cama de Nikki, repitiendo el gesto. Un beso suave en la frente del niño, quien cerró los ojos con una sonrisa.
—Buenas noches, papá— Murmuraron ambos.
—Buenas noches, mis tesoros— Thomas respondió, levantándose.
Entonces se giró hacia la puerta, hacia donde Bill seguía de pie.
—Amor— Lo llamó suavemente.— Ven a darles las buenas noches.
Bill parpadeó, regresando al presente. Asintió débilmente.
Se acercó primero a la cama de Nikki, inclinándose para besar su frente. Sus labios temblaban contra la piel tibia de su hijo.
—Buenas noches, cielo— Susurró con voz apenas audible.— Te amo.
—Yo también te amo, mami— Nikki le sonrió, ya medio dormido.
Se movió hacia la cama de Nick, repitiendo el gesto. Un beso en la frente. Un susurro de amor que se sentía como una despedida.
—Te amo, mi pequeño…
—Te amo, mami— Nick bostezó— Gracias por cuidarnos siempre.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero la limpió rápidamente antes que alguien pudiera verla.
&
Tom todavía no regresaba. Bill no sabía si sentirse aliviado o temeroso por su ausencia.
Cuando los gemelos finalmente se quedaron dormidos, ambos padres bajaron a la sala, finalmente solos.
Thomas no esperó. Apenas llegaron a la sala, envolvió a Bill en sus brazos, atrayéndolo contra su cuerpo con urgencia.
—Te he extrañado demasiado— Murmuró con voz ronca.
Lo besó antes que Bill pudiera responder. Profundamente. Apasionadamente. Sus manos recorrían el cuerpo de Bill con hambre, bajando por su espalda, sus caderas, explorando cada curva con esa familiaridad de años juntos. El beso se intensificó, Thomas presionando más, necesitando más.
Bill intentaba corresponder, pero su cuerpo estaba rígido, tenso.
—Dios, te extrañé tanto…— Murmuró contra sus labios sin separarse. Sus manos se deslizaron bajo el camisón corto, encontrando piel desnuda.
Su mano subió por el muslo de Bill, acariciando, apretando posesivamente, reclamando lo que consideraba suyo.
Bill soltó un gemido ahogado contra los labios de Thomas, pero no era de placer. Fue un sonido de dolor puro, agudo, que hizo que todo su cuerpo se tensara.
Thomas se separó ligeramente, frunciendo el ceño.
Bill intentó apartarse, pero Thomas lo sostuvo con la otra mano en su cintura. Con cuidado, levantó más el camisón.
Lo que vio hizo que su sangre se helara.
El muslo de Bill estaba cubierto de moretones. Morados oscuros, algunos casi negros, con tonos amarillentos en los bordes donde comenzaban a sanar. Marcas de dedos claramente visibles. Marcas de manos que habían apretado con fuerza múltiples veces.
Bill intentó jalar el camisón hacia abajo, cubriéndose, pero Thomas lo detuvo.
Thomas tocó el área con cuidado, y Bill se estremeció.— Bill, ¿qué es esto?
—Yo…
—¿Te caíste?— Preguntó, aunque algo en el fondo de su mente ya sabía que esa no era la respuesta.— ¿Te golpeaste con algo?
Bill negó con la cabeza, incapaz de hablar.
Thomas miró los moretones más detenidamente. La forma. La distribución. Y entonces lo comprendió. Esas no eran marcas de una caída. Eran marcas de alguien sosteniéndolo. Sosteniéndolo con fuerza mientras…
Su mente se negaba a completar el pensamiento.
—Bill— Su voz salió más dura de lo que pretendía.— ¿Quién te hizo esto?
Antes que Bill pudiera responder, antes que Thomas pudiera presionar más, Bill se apartó, necesitando distancia.
—Thomas… espera…— Su voz comenzó a quebrarse.
—¿Esperar?— Thomas avanzó— Bill, alguien te lastimó. Alguien te puso las manos encima. ¿Quién fue?
—Thomas, tengo que decirte algo— Bill lo interrumpió, y había tal peso en esas palabras que Thomas se detuvo.
La expresión de Bill era absolutamente destrozada.
—¿Qué pasa? ¿Pasó algo mientras no estuve? ¿Los niños están bien?
—Los niños están bien— Bill se alejó más— Es… es otra cosa.
—¿Qué cosa?— Thomas se acercó— Bill, me estás asustando.
Bill respiró profundamente, y las lágrimas en su rostro comenzaron a caer libremente.
—Estoy embarazado.
El silencio que siguió fue absoluto. Thomas parpadeó, procesando las palabras. La preocupación por los moretones se desvaneció momentáneamente, reemplazada por shock. Luego, lentamente, una sonrisa incrédula comenzó a formarse.
—¿Estás…?— No pudo terminar la frase. La emoción ahogaba sus palabras.— ¿De verdad?
Bill asintió, pero no había alegría en su expresión. Solo dolor.
—¿Cuándo te enteraste?— Dio un paso hacia él.— ¿Por qué no me llamaste? Hubiera…
—Thomas…— Lo interrumpió, sollozando, retirando sus manos cuando Thomas intentó tomarlas.— Hay algo más.
La sonrisa de Thomas vaciló.
—¿Qué más?
Bill cerró los ojos, incapaz de mirarlo a la cara.
—No sé… no sé si es tuyo.
El tiempo pareció detenerse. Thomas se quedó completamente inmóvil. Su cerebro intentaba procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué?— Su voz salió apenas como un susurro.
—Lo siento— Bill sollozó— Lo siento tanto, Thomas. Yo no… yo no quería…
—¿Qué significa que no sabes si es mío?— La voz de Thomas subió, la confusión convirtiéndose en algo más oscuro.— Bill, ¿qué demonios significa eso?
—Significa— La voz de Tom surgió desde el umbral de la sala, recargándose casualmente contra el marco de la puerta con esa sonrisa oscura.— Que también podría ser mío.
Thomas giró tan rápido que casi pierde el equilibrio. Su rostro pasó de confusión a shock absoluto.
—¿Qué…?— Miró entre Tom y Bill, buscando alguna explicación, alguna señal que eso fuera una broma cruel.
—Oíste bien, papá— Dijo la palabra con burla pura.— Tu hermoso esposo y yo hemos estado… muy cercanos mientras no estabas.
—No…— Thomas negó con la cabeza.— No, esto no… Bill, dime que esto no es verdad.
Bill se cubrió el rostro con las manos, sollozando entrecortado. Su silencio fue respuesta suficiente.
Thomas miró a su hijo, luego a su esposo, luego nuevamente los moretones apenas visibles bajo el camisón de Bill. Su mente empezó a conectar las piezas, y la imagen que formaban era monstruosa.
—Tú…— Miró a Bill con ojos que empezaban a llenarse de furia.— Tú lo provocaste, ¿verdad?
Bill lo miró con horror.
—¡No!— Gritó— ¡Yo nunca…!
—¿¡Entonces cómo?— Thomas rugió— ¿¡Cómo terminaste en la cama de mi hijo!?
—Yo no quise…— Bill sollozó— Lo juro…
—¿No quisiste?— Thomas se burló amargamente— Por Dios, Bill. Eres un adulto. Pudiste haber dicho no. Pudiste…
—Ambos quisimos— Tom interrumpió con voz fría, apartándose del marco y caminando hacia la sala.— ¿Quieres seguir culpándolo?
Thomas explotó. Su mano impactó en el rostro de Bill con tanta fuerza que lo envió al suelo. La cabeza de Bill giró violentamente con el golpe. Una marca roja apareció inmediatamente en la misma mejilla que había golpeado años atrás.
—¿¡Cómo pudiste!?— Gritó— ¿¡Cómo pudiste dejar que mi hijo te tocara!?
Bill se quedó en el suelo, tocándose la mejilla, sollozando sin control.
Tom no se quedó atrás. Se lanzó contra Thomas con una furia que eclipsaba todo lo que había sentido antes. Su puño conectó con la mandíbula de su padre con fuerza brutal, enviándolo hacia atrás.
—¡No lo toques!— Tom rugió, y su voz resonó por toda la casa.— ¡No vuelvas a ponerle las manos encima, maldito hijo de puta!
Thomas escupió sangre, mirando a su hijo con ojos desorbitados de furia y traición.
—¿No puedo tocarlo?— Gritó de vuelta, limpiándose la boca.— ¡Es mío!
Tom avanzó con pasos amenazantes.
Se lanzaron el uno contra el otro simultáneamente.
Puños volando. Sangre salpicando. Cada uno tratando de dominar al otro.
Thomas logró conectar un puñetazo en las costillas de Tom, haciéndolo gruñir de dolor. Pero Tom era más joven, más fuerte, entrenado en peleas callejeras. Contraatacó con un gancho que abrió el labio de Thomas, y la sangre brotó inmediatamente.
Thomas logró bloquear un golpe y empujar a Tom con fuerza, pero Tom era como un animal. Volvió a la carga inmediatamente, topándolo contra la pared. El impacto hizo que un cuadro cayera y se hiciera añicos.
Intercambiaron golpes salvajes. La nariz de Thomas crujió bajo el puño de Tom. Los nudillos de Tom se abrieron contra los dientes de Thomas. Sangre por todas partes.
Tom finalmente logró dominar completamente a su padre. Sus manos encontraron el cuello de Thomas y apretaron.
—No me importa— Tom jadeaba. Sus ojos salvajes, completamente fuera de control.— No me importa si tengo que matarte. No voy a dejar que lo sigas lastimando.
El rostro de Thomas comenzó a ponerse rojo, luego púrpura. Sus manos jalaban las de Tom, tratando de aflojar el agarre, pero Tom apretaba con la fuerza de años de odio acumulado.
—Muere…— Tom gruñó entre dientes.— Muere y déjalo en paz…
Thomas logró liberar una mano y golpeó a Tom en la sien, aturdido momentáneamente. Aprovechó para invertir las posiciones, quedando él arriba, y ahora eran sus manos las que encontraban el cuello de Tom.
—Eres tú quien tiene que morir— Thomas gruñó, apretando con toda su fuerza, con toda la furia y el dolor de la traición.— Eres tú quien arruinó todo.
Tom sonreía incluso mientras le faltaba el aire.
—Adelante…— Logró decir con voz estrangulada.— Hazlo… y Bill… nunca te perdonará…
Esas palabras hicieron que algo en Thomas vacilara.
Bill, quien había estado paralizado de horror, finalmente reaccionó. Se levantó del suelo con dificultad, lanzándose contra Thomas, golpeando su espalda, jalando su brazo con toda su fuerza restante.
—¡Lo vas a matar!— Gritó histérico— ¡Thomas, vas a matar a tu hijo! ¡Para, por favor!
Thomas, cegado por la furia, giró bruscamente para apartarlo.
—¡Quítate!
El empujón fue brutal. Su brazo se movió con toda la fuerza de su desesperación y rabia. Bill salió volando hacia atrás, sin control, sin poder detener su caída.
Su espalda chocó contra la pared. El impacto fue en la columna, justo en la espalda baja. Hubo un sonido horrible, un crujido enfermizo que resonó en la sala, y Bill cayó al suelo.
El sonido hizo que todo se detuviera.
Thomas soltó a Tom inmediatamente, mirando hacia donde Bill había caído.
Tom, todavía jadeando y tosiendo, también giró la cabeza.
Bill estaba en el suelo, retorciéndose. Una mano aferrada a su espalda baja, la otra abrazando instintivamente su vientre.
Respiraba en jadeos cortos, entrecortados, dolorosos. Lágrimas rodaban por su rostro mientras intentaba moverse, pero cada movimiento arrancaba un gemido de dolor.
—Bill…— Thomas susurró. La furia fue reemplazada por horror absoluto.
Y entonces escucharon los sollozos.
Pasos pequeños acercándose.
—Mami… ¿Estás bien?
—¿Qué tiene mamá…? ¿Por qué está en el suelo?
Los tres adultos miraron simultáneamente.
Los gemelos estaban ahí, a mitad de camino, abrazados el uno al otro, llorando desconsoladamente. Sus ojitos desorbitados, llenos de terror, mirando la escena de destrucción absoluta.
Su padre y hermano cubiertos de sangre. La sala destrozada. Los muebles rotos. Vidrios por todas partes.
Y su mami en el suelo, claramente herido, incapaz de levantarse.
—No miren…— Bill sollozó débilmente, extendiendo una mano temblorosa hacia ellos incluso desde el suelo.— Por favor… no miren…
Pero los niños estaban paralizados, incapaces de apartar la vista del horror, incapaces de procesar lo que estaban viendo.
Tom fue el primero en moverse. Se levantó con dificultad, todavía tosiendo, y se arrastró hacia Bill con pasos tambaleantes.
—No te acerques a él…— Thomas advirtió con voz ronca, pero no se movió. No podía moverse.
Tom lo ignoró completamente. Se arrodilló junto a Bill con cuidado.
—¿Dónde te duele?— Preguntó, y su voz había perdido toda la furia, reemplazada por preocupación.
—La… la espalda…— Bill jadeó entre sollozos.— No… no puedo moverme… duele demasiado…
Tom miró hacia Thomas con odio puro y venenoso.
Thomas solo miraba a Bill en el suelo, retorciéndose de dolor. A sus hijos llorando, aferrados el uno al otro, aterrorizados. A la destrucción completa que había causado.
Y por primera vez en toda la noche, pareció comprender la magnitud de lo que había hecho.
Continúa…
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