Mi madrastra 10

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 10

Bill estaba frente a la estufa, removiendo el contenido de la olla. La sopa burbujeaba, pero él no la veía realmente. Sus ojos estaban perdidos, vacíos, fijos en la nada.

En el patio, los gemelos jugaban con una pelota. Sus risas entraban por la ventana abierta, un sonido que debería llenarlo de alegría pero que ahora solo le recordaba por qué tenía que seguir fingiendo que todo estaba bien.

Tom estaba en la sala, recostado en el sofá, viendo la televisión. Pero Bill podía sentir su mirada de vez en cuando. Esos ojos que lo seguían incluso cuando no estaban en el mismo lugar.

El cucharón resbaló de su mano y cayó al suelo con un ruido metálico.

Bill parpadeó, regresando al presente, y se agachó para recogerlo. Pero cuando sus dedos rozaron el metal frío, las memorias de la noche anterior lo golpearon como una ola.

&

Caminó hacia la habitación de Tom con pasos lentos, arrastrándose casi. Cada paso era una tortura.

Tocó la puerta suavemente.

—Entra— La voz de Tom sonó del otro lado.

Bill entró, cerrando la puerta detrás de él.

Tom estaba sentado en la cama, esperándolo con esa expresión que Bill ya conocía demasiado bien: deseo y posesión. Satisfacción de saber que Bill vendría.

—Ven aquí— Ordenó Tom, y Bill obedeció.

Se acercó despacio. Tom lo jaló hacia él y lo sentó a su regazo, y lo que siguió fue lo de siempre: las manos de Tom recorriendo su cuerpo, los besos forzados pero que su cuerpo traicioneramente respondía, la ropa cayendo al suelo, las sábanas debajo de él.

Esta vez fue más lento. Casi tierno de una forma retorcida. Tom lo besaba con cuidado, lo tocaba con delicadeza.

—Eres tan hermoso…— Susurró contra su cuello mientras entraba en él.— Tan perfecto…

Bill cerró los ojos con fuerza. Lágrimas escapando, pero sin hacer ruido. Nunca hacía ruido. Solo dejaba que pasara, esperando que terminara pronto.

Pero esta vez Tom se tomó su tiempo. Cada embestida era lenta, profunda, casi amorosa si no fuera por el hecho que Bill no quería estar ahí.

Cuando finalmente terminó, Tom se recostó a su lado, aún sin soltarlo. Su brazo rodeaba la cintura de Bill posesivamente, manteniéndolo pegado a su cuerpo.

Sacó un cigarrillo del cajón de la mesita de noche y lo encendió, fumando en silencio mientras su otra mano acariciaba distraídamente el brazo de Bill.

Bill se quedó inmóvil, mirando el techo, con las lágrimas cayendo por sus mejillas.

—¿Por qué lloras?— Preguntó después de un rato. Su voz extrañamente calmada.

No respondió.

—Te trato bien— Continuó Tom.— No te golpeo. No te grito. Te toco con cuidado…— Hizo una pausa, exhalando el humo.— No soy como él.

—Él… él cambió…— Murmuró tan bajo que apenas se escuchó.

Tom giró su cabeza para mirarlo.

—¿Qué dijiste?

—Thomas cambió…— Bill repitió, y su voz se fue quebrando.— Se arrepintió… Nunca más volvió a hacerlo…

Tom soltó una carcajada amarga que hizo que Bill se estremeciera.

—¿Nunca más?— Repitió con incredulidad, incorporándose sobre un codo para mirarlo directamente.

Bill lo miró con ojos asustados, arrepintiéndose inmediatamente de haber hablado.

Tom apagó el cigarrillo con fuerza en el cenicero y se acercó más, a centímetros del de Bill.

—¡Claro que no volvió a hacerlo!— Escupió con sarcasmo.— ¡No volvió a hacerlo después de mil veces, Bill! ¡Después de mil putas veces!

—N-no fueron tantas…— Bill susurró, encogiéndose.

—¿No?— Tom rió sin humor— Yo las conté. Cada cachetada. Cada empujón. Cada vez que te dejaba moretones en los brazos y tú los cubrías con mangas largas. Cada vez que te jalaba del cabello. Cada vez que llorabas en el baño pensando que nadie te escuchaba.

—Él… Él ya no es así… Me ama…— Bill murmuró débilmente, sin levantar la vista.

—¿Te ama?— Tom casi escupió la palabra.— ¿Dices que te ama cuando te hacía todo eso?

—Ya no lo hace…— Bill insistió en un hilo de voz.

—Sí, dejó de hacerlo— Tom asintió con amargura.— Hace apenas dos años. Dos años, Bill. Después de hacerte mierda. Y ahora actúas como si fuera un santo porque lleva dos años sin agredirte.

Bill se cubrió el rostro con las manos, sollozando en silencio.

—Dime algo, Bill— Tom se inclinó hacia él, tomándolo del mentón para obligarlo a mirarlo.— ¿Andreas estaría orgulloso? Tu hermano mayor, quien te cuidó con toda su vida después que su madre los abandonó, que te protegió de todo… ¿estaría feliz?

Bill gimió de dolor ante la mención de su hermano muerto, intentando apartar el rostro, pero Tom lo sostenía firme.

—Él te prometió un cuento de hadas, ¿verdad?— Tom continuó sin piedad.— Al principio todo era perfecto. El hombre maduro, exitoso, con dinero. Flores, cenas románticas, palabras dulces. Te sacó de la universidad, te convenció, te dijo que no necesitabas estudiar, que él cuidaría de ti. Te hizo creer que todo sería bonito.

—Por favor…— Bill suplicó en un susurro casi inaudible.— Para…

—Y así fue… por un tiempo— Tom ignoró su súplica.— Hasta que los gemelos cumplieron un año. Entonces la máscara cayó. Entonces comenzó a mostrarte quién realmente era.

Bill sollozaba más fuerte, pero seguía sin levantar la voz, sin gritar, completamente sumiso incluso en su dolor.

—La primera vez que te golpeó, ¿qué dijiste?— Tom preguntó, soltando su mentón pero manteniéndose cerca.— Déjame adivinar: «Está estresado por el trabajo. No es su culpa».

Bill no respondió, pero la forma en que se encogió fue respuesta suficiente.

—Y la segunda vez. Y la tercera. Y la centésima— Tom continuó— Siempre lo justificabas. Siempre encontrabas excusas. Porque aceptar que elegiste quedarte con un abusador sería aceptar que Andreas murió preocupándose por ti… y tenía razón en preocuparse.

—¡No!— Bill sollozó, finalmente hablando un poco más alto, aunque todavía no era un grito.— ¡Andreas…! ¡Andreas quería que fuera feliz…!

—Andreas debe estar retorciéndose donde quiera que esté— Dijo con voz más baja pero igual de cruel.— Viendo a su hermano pequeño siendo tratado como basura. Golpeado durante dos años. Humillado. Convertido en un ama de casa sin sueños, sin vida propia, sin nada más que servir a un hombre que ni siquiera te respeta.

—Él cambió…— Bill insistió débilmente entre sollozos.— Thomas cambió…

—¿Y eso borra todo lo demás?— Preguntó

Bill solo quería que parara.

—Y ahora vienes y me dices que soy malo— Tom rió amargamente— Cada vez que me miras, veo el juicio en tus ojos. «Tom es malo. Tom me lastima». Vamos, Bill. Dilo correctamente. Di la palabra completa.

Bill lo miraba con los ojos desorbitados, temblando.

—No soy malo— Tom se acercó más. Su rostro quedó a centímetros del de Bill.— Soy un monstruo. Dilo.

—Yo… yo no…— No podía formar las palabras.

—Di que soy un monstruo— Insistió— Di que te violo. Que te uso como quiero. Que me aprovecho de ti. Que no tengo piedad ni remordimiento. Dilo.

Bill negaba con la cabeza, incapaz de pronunciar esa palabra.

—No puedes, ¿verdad?— Tom sonrió con amargura.— Porque sigues siendo la misma persona dulce que conocí. Incapaz de hacerle daño a las personas, e igual a las que te han hecho mierda. Porque en el fondo sabes que si me llamas monstruo, tendrías que llamarlo monstruo a él también. Y no puedes hacer eso.— Sus labios rozaron el oído de Bill.— Ninguno de los dos te merece. Ni él. Ni yo. Pero la diferencia es que a mí no me importa. Porque al final del día, Bill… eres mío. Y eso es lo único que importa…

&

Bill parpadeó, regresando al presente, todavía agachado en el piso de la cocina con el cucharon en la mano.

—¿Mami?

Levantó la vista rápidamente. Nick estaba en la entrada de la cocina, mirándolo con preocupación.

—¿Estás bien, mami? ¿Por qué lloras?

Bill se tocó el rostro y se dio cuenta que las lágrimas estaban cayendo otra vez. Rápidamente se las limpió, forzando una sonrisa.

—Estoy bien, cielo— Mintió, levantándose— Solo… solo se me metió algo en el ojo.

Nick lo miraba con esos ojos tan parecidos a los de Thomas, llenos de inocencia y preocupación.

—¿Seguro?

—Seguro, mi amor— Bill asintió, lavando el cucharon rápidamente.— ¿Tienes hambre? La sopa ya casi está lista.

—¡Sí!— Nick sonrió, y su preocupación se desvaneció con la facilidad de un niño.— ¡Huele muy bien!

—Ve a decirle a tu hermano que vengan a lavarse las manos— Le indicó suavemente.

—¡Okay!— Nick corrió de vuelta al patio gritando.— ¡Nikki! ¡Mami dice que nos lavemos las manos!

Bill se quedó solo en la cocina otra vez. Miró por la ventana hacia el patio donde los gemelos ahora corrían hacia la casa, riendo.

Luego su mirada se deslizó hacia la sala, donde Tom seguía en el sofá. Como si hubiera sentido su mirada, Tom giró la cabeza y sus ojos se encontraron.

Tom le sonrió.

&

Una semana había pasado desde la partida de Thomas. Una semana de pesadillas que Bill intentaba olvidar durante el día, solo para revivirlas cada noche cuando Tom lo reclamaba nuevamente.

La casa estaba sumida en silencio. Los gemelos dormían profundamente en su habitación.

En la sala, iluminada por la luz amarilla, Tom estaba recostado en el sofá. Bill estaba arrodillado frente a él. Sus manos temblaban ligeramente en las rodillas de Tom mientras él lo miraba desde arriba con esa expresión de satisfacción oscura que ya se había vuelto familiar.

—Así…— Murmuró Tom, y su mano se enredó en el cabello de Bill, guiándolo.— Justo así, joder…

Bill cerró los ojos, disociándose como había aprendido a hacer, dejando que su mente flotara lejos mientras su cuerpo hacía lo que Tom demandaba. Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas, pero Tom no parecía notarlas. O si las notaba, no le importaban.

Cuando Tom finalmente se derramó dentro de su boca, lo levantó bruscamente, llevándolo hacia la pared más cercana. Bill apenas tuvo tiempo de apoyar las manos contra la superficie antes de sentir a Tom presionando contra su espalda. Sus manos ya trabajando en remover la panty que Bill llevaba.

—No…— Susurró Bill débilmente— Los niños… podrían despertar…

—Entonces será mejor que te mantengas callado— Tom respondió contra su oído, posicionándose detrás de él.

Lo que siguió fue rápido pero brutal. Bill mordió su labio hasta sangrar para no hacer ruido, sus manos se presionaron contra la pared, sosteniéndose de la repentina intromisión del miembro de Tom en su vulva.

Lo tomaba sin consideración, sin ternura, solo con esa necesidad posesiva que parecía no tener fin. No sabía si lo que resbalaba con cada penetración era sangre o los fluidos juntos. Quizás una mezcla de todo.

Cuando terminó, se separó con un suspiro satisfecho. Bill se dejó caer contra la pared, sin fuerzas para mantenerse de pie, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo.

Tom se vistió con calma, mirándolo desde arriba.

—Deberías ir a dormir— Dijo casualmente, como si acabaran de tener una conversación normal.— Te ves cansado.

Y sin esperar respuesta, salió de la casa prendiendo un cigarrillo, dejando a Bill solo en la oscuridad.

&

Tom se despertó temprano. Más temprano de lo usual. Tenía planes.

Se vistió con ropa oscura, tomó las llaves de su auto y bajó. Bill estaba en la cocina, preparando el desayuno.

—Salgo— Anunció— Volveré tarde.

—Pero… pero tu padre dijo que…

Tom salió de la casa, sin hacerle terminar sus palabras. Encendió el motor de su Cadillac y se dirigió al mismo lugar de siempre. Tenía que ver a su gente. Hacía días que no aparecía, y aunque sabía que Gustav y Georg podían manejar las cosas sin él, era hora de recordarles quién estaba a cargo.

Cuando llegó, varios de sus hombres ya estaban ahí, fumando, hablando en voz baja, tomando y diciendo tonterías.

Gustav fue el primero en verlo, asintiendo en reconocimiento. Georg sonrió ampliamente.

—¡Mira quién decidió aparecer!— Gritó Georg.— ¡El jefe fantasma!

Tom con una sonrisa ladeada respondió:

—Tenía asuntos que atender— Respondió simplemente.

—Asuntos, claro— Georg se rió— ¿O debería decir «alguien»?

Gustav, más serio como siempre, lo observaba con esos ojos calculadores.

—Te ves… diferente— Comentó Gustav— Más relajado. Satisfecho, diría yo.

Tom se recargó en una pared, sacando un cigarrillo y encendiéndolo.

—Quizás lo estoy.

Georg se acercó, bajando la voz aunque todavía con ese tono de diversión.

—¿Ya tomaste lo que querías?— Preguntó directamente, sin rodeos.

Tom le dio una larga calada a su cigarrillo, dejando que el humo escapara lentamente antes de responder.

—Sí

—¡Lo sabía!— Georg prácticamente gritó, volteando hacia los demás.— ¡Nuestro jefe finalmente lo hizo!

Varios de los hombres rieron y aplaudieron. Gustav no se unió a la celebración, solo observaba a Tom con una expresión indescifrable.

—¿Y?— Presionó Georg— ¿Valió la pena la espera?

Tom sonrió con esa sonrisa peligrosa que hacía que la gente se apartara.

—Cada segundo.

&

Bill estaba sentado en el suelo de la sala con los gemelos. Nick y Nikki coloreaban con entusiasmo. Sus lenguas se asomaban por la concentración mientras llenaban los dibujos con crayones de colores brillantes.

—Mami, mira— Nick levantó su dibujo orgulloso— ¡Es un dinosaurio!

—Es muy bonito, cielo— Bill sonrió débilmente, pero entonces sintió cómo su estómago se revolvía.

La náusea llegó de golpe, como una ola. Se llevó una mano a la boca, respirando profundamente por la nariz, intentando controlarla.

—¿Mami?— Nikki lo miró con preocupación— ¿Estás bien?

—Sí, sí— Bill forzó otra sonrisa— Solo… tengo un poco de sed. Sigan coloreando, ya regreso.

Se levantó rápidamente, casi corriendo hacia el baño. Llegó justo a tiempo, inclinándose sobre el inodoro, pero nada salió. Solo arcadas secas que le dolían el pecho y la garganta.

Se quedó ahí, aferrándose al borde del inodoro, respirando con dificultad. No era la primera vez. Llevaba días así. Cada mañana. Cada vez que olía ciertos alimentos. Cada vez que se movía demasiado rápido.

Al principio pensó que era el estrés. El trauma. Su cuerpo reaccionando a lo que Tom le estaba haciendo noche tras noche. Pero ahora… ahora comenzaba a sospechar algo diferente. Algo peor.

Se lavó la cara con agua fría, mirándose en el espejo. Lucía pálido, demacrado, con ojeras profundas. Sus ojos ya no tenían vida.

Regresó a la sala donde los gemelos seguían coloreando, ajenos a todo.

—¿Ya estás mejor, mami?— Preguntó Nick.

—Sí, mi amor— Mintió Bill, sentándose nuevamente— Mucho mejor.

Pero sus manos temblaban mientras tomaba un crayón, y su mente no dejaba de contar los días.

Una semana. Había pasado una semana desde la primera vez con Tom.

Y sus síntomas coincidían demasiado bien con algo que ya conocía. Algo que había experimentado antes. Con los gemelos.

Tom había salido temprano esa mañana, probablemente rumbo a reunirse con su pandilla como siempre hacía cuando se aburría de la casa.

Los gemelos estaban en el patio, jugando bajo el sol.

Bill sabía que tenía poco tiempo. No sabía cuándo regresaría Tom.

Con manos temblorosas, subió las escaleras y entró al baño que compartía con Thomas. Abrió el gabinete con cuidado, buscando detrás de las toallas, donde guardaba las cosas que no quería que los gemelos encontraran.

Ahí estaba. Una prueba de embarazo que Thomas le había comprado. Cuando Thomas y él hablaron de tener otro bebé. Nunca la había usado. Hasta ahora.

Se sentó en el borde de la bañera, leyendo las instrucciones aunque ya las conocía de memoria. Dos líneas significaba positivo. Una línea, negativo.

Hizo la prueba con movimientos nerviosos. Luego la dejó sobre el lavabo y esperó.

Tres minutos. Eso era todo.

Bill cerró los ojos, respirando entrecortadamente, rogando, suplicando a cualquier Dios que escuchara que fuera negativo. Que esto fuera solo estrés, trauma, cualquier cosa menos…

El temporizador de su teléfono sonó.

Abrió los ojos.

Miró la prueba.

Dos líneas. Claras.

Positivo.

Bill sintió cómo sus piernas cedían. Se deslizó al suelo del baño, con la prueba todavía en su mano temblorosa, y las lágrimas comenzaron a caer.

Estaba embarazado.

Pero no sabía de quién.

Thomas había estado dentro de él la noche antes de irse a Berlín. Y Tom… Tom había estado dentro de él casi todas las noches desde entonces.

No había forma de saber. No había forma de estar seguro.

¿De quién era este bebé?

Los sollozos escaparon sin control.

—¿Qué voy a hacer?— Susurró al vacío.

&

Ya era pasada la medianoche cuando Tom regresó a casa. Las luces estaban apagadas, todos dormidos. O eso pensaba.

Subió las gradas, pero notó que la puerta de aquella habitación estaba entreabierta y la luz estaba encendida.

Se asomó. Bill estaba sentado en la cama, mirando algo en sus manos con expresión devastada.

Tom empujó la puerta completamente, entrando sin pedir permiso.

Bill levantó la vista, y Tom notó sus ojos rojos e hinchados. En sus manos sostenía algo pequeño, plástico.

Una prueba de embarazo.

Tom se acercó. Sus ojos fijos en Bill hasta pasar a las dos líneas rosadas claramente visibles.

—Estás embarazado— No fue una pregunta.

Bill asintió, incapaz de hablar.

Tom se sentó en el borde de la cama, procesando la información.

—¿Y qué quieres que haga?— Preguntó finalmente, con su tono neutral.

Bill lo miró incrédulo.

—¿Qué… qué quiero que hagas?— Su voz se quebró— Tom, estoy embarazado. Y no sé… no sé si es de Thomas o…— Se detuvo, incapaz de terminar la frase.

—O mío— Tom completó por él.

Bill sollozó, asintiendo.

—Thomas vuelve en unos días. Tengo que… tengo que decirle. Pero si resulta ser…— Se cubrió el rostro con las manos.— Dios… ¿Qué voy a hacer?

Tom observó el derrumbe de Bill con una calma extraña. Luego, preguntó:

—Si es mío— Dijo lentamente— ¿Quieres saber si me haré cargo?— Se arrodilló frente a Bill.

Bill lo miró entre sus dedos, esperanzado y aterrorizado al mismo tiempo.

—¿Lo harías?

—Si ese bebé es mío— Dijo con voz firme— Es mío. Y lo que es mío, lo protejo.

No era exactamente tranquilizador, pero era algo.

—Pero si es de Thomas…— Bill susurró

—Entonces es problema de Thomas— Rió— Aunque…— Una sonrisa oscura apareció.— Sería interesante ver su cara cuando le digas.

—¡Tom!— Bill casi gritó— ¡Esto no es un juego!

—¿No lo es?— Tom se incorporó—Has estado jugando conmigo desde que entraste a esta casa. Provocándome sin saberlo. Siendo todo lo que quería pero no podía tener.

—Yo nunca…— Bill intentó protestar.

Hubo un silencio largo. Bill miraba la prueba en sus manos, Tom miraba a Bill.

—Sea de quien sea ese bebé, ya es parte de esto. De nosotros.

—No hay un »nosotros»— Bill negó con la cabeza— No puede haberlo…

Tom se volvió a arrodillar frente a él, tomando su rostro entre sus manos, obligándolo a mirarlo.

—¿No?— Susurró— Entonces, ¿qué es esto? ¿qué hemos estado haciendo estos días?

—Tú… tú me obligaste…— Lloró

—Al principio, sí— Admitió— ¿Pero ahora? Ya no te resistes.

—Porque no tiene caso— Bill sollozó— Porque eres más fuerte. Porque me amenazas con mis hijos. Porque…

Tom lo besó, interrumpiendo sus palabras. Bill intentó apartarlo, empujando contra su pecho, pero Tom sostuvo su rostro con firmeza.

Y Bill dejó de resistirse. Sus manos, que habían estado empujando, ahora solo descansaban contra el pecho de Tom. No lo abrazaba, pero tampoco lo rechazaba activamente.

Tom profundizó el beso. Sus manos bajando desde el rostro de Bill hacia su espalda, hasta hacerlo pararse. Sus manos encontraron el trasero de Bill, y lo apretaron, amasaron, como si tuviera todo el derecho del mundo.

Bill sollozó contra sus labios, pero sus brazos, traicioneramente, se enrollaron alrededor del cuello de Tom. No por deseo, sino por resignación. Porque era más fácil ceder que seguir luchando. Porque ya no le quedaba fuerza.

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban pesadamente. Tom apoyó su frente contra la de Bill.

—Dime que no sientes nada— Susurró— Dime que cuando te toco, no sientes absolutamente nada.

Bill cerró los ojos, y las lágrimas corrieron libremente.

—No puedo…— Admitió quebrado— No puedo decir nada porque ya no sé qué siento. Solo sé que esto está mal. Que estoy traicionando a Thomas. Que estoy perdiendo todo lo que amaba.

—Pero aquí estás— Tom besó suavemente su mejilla, saboreando las lágrimas.— En mis brazos. Con mi bebé posiblemente creciendo dentro de ti.

—No sabemos eso— Bill se estremeció.

—No— Tom coincidió— Pero pronto lo sabremos. Y cuando Thomas regrese y le digas… todo cambiará.

—Tengo miedo— Confesó

—Lo sé— Tom lo abrazó, extrañamente gentil.— Pero yo estaré aquí. Pase lo que pase.

Era una promesa y una amenaza al mismo tiempo.

Se quedaron así por un largo momento, envueltos en un abrazo que no debería existir, con un bebé de paternidad incierta entre ellos, y el regreso de Thomas acercándose como una tormenta inevitable.

Faltaban pocos días. Y Bill… tendría que decir las palabras que destruirían todo.

Continúa… 

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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