
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 9
Thomas llegó temprano.
Colgó el saco en el perchero de la entrada y se aflojó el nudo de la corbata antes de asomarse a la sala.
Tom estaba en el sofá sin sentarse correctamente, el cuaderno de una de sus materias abierto sobre la almohada que usaba de escritorio y un plato con restos de comida. El televisor estaba encendido en algún canal de documentales que Tom no estaba viendo, pero que le hacía compañía de fondo.
Thomas se quedó un momento en el umbral.
El niño ya había notado que había llegado, pero igualmente nunca lo miraría ni saludaría antes que él.
Pasaba el lápiz por el cuaderno con ese ceño concentrado que ponía cuando algo no le salía. Borraba, volvía a escribir.
—Hola— Saludó su padre.
Unos segundos y Tom levantó la vista.
—Hola.
Thomas entró a la sala, y se sentó en el sillón frente al sofá. Miró el cuaderno y el plato vacío.
—¿Cenaste?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
—Un snack.
Thomas asintió.
—¿Cómo te fue hoy?
Tom bajó la vista al cuaderno un segundo.
—Bien— Respondió y volvió a verlo— Saqué un ocho en el examen de historia.
—¿Solo un ocho?
Tom lo miró con el ceño fruncido.
—Un ocho está bien, papá.
—Un ocho está bien— concedió Thomas.— ¿Algo más?
Tom pensó en Dereck en el suelo del patio, con los dos tipos detrás de él sin saber muy bien qué hacer. En Georg que había dicho «eso fue lo más increíble que he visto en mi vida», y en Gustav que simplemente había aplaudido sin comentarios.
—No— Terminó diciendo— Nada más.
Thomas asintió lento. Miró el televisor un momento y volvió a mirar a su hijo que ya había vuelto al cuaderno.
Se levantó.
—Feliz noche, Tom.
—Feliz noche— Respondió el niño, sin levantar la vista del cuaderno.
Thomas subió las gradas.
El televisor seguía hablando y Tom siguió con su cuaderno, aunque el ceño ya no estaba tan apretado como antes.
&
El tráfico de la mañana avanzaba despacio.
Iban por la mitad del camino cuando el teléfono de Thomas sonó.
La pantalla mostró aquel nombre que Tom descubrió.
Su padre contestó de inmediato.
—Amor, buenos días.
—Buenos días, Thomas…— Llegó la voz del otro lado.
Tom miró de reojo.
La voz era suave. Más de lo que esperaba. No era la voz grave y áspera del hombre de chaqueta de cuero que había imaginado semanas atrás. Era otra cosa completamente. Tranquila. Como si la persona al otro lado del teléfono hablara siempre a ese volumen, sin esfuerzo.
Aún así, Tom frunció el ceño.
—¿Ya estás listo?— Preguntó Thomas.
—Casi. Me tengo que maquillar todavía…
Thomas sonrió. Y la imagen de Bill en la cabeza de Tom no tardó en aparecer. Como siempre, imaginó algo que no era.
—Está bien. Tómate tu tiempo.
Una pausa breve.
—¿Llevas a Tom a la escuela?
—Sí, vamos en camino.
—Ah…— La voz se volvió un poco más cuidadosa.— Está bien. Te llamo después entonces.
—No hace falta.
—Bien— Una sonrisita pequeña, luego, después de un momento:— Oye… ¿le puedes dar un saludo a Tom de mi parte? Dile que tenga un buen día.
—Gracias, mi amor. Se lo diré— Su calma era absoluta.
—Muy bien. Te veo en un rato entonces…
—Sí. Te amo, hermoso…
—Y yo a ti…
La llamada finalizó y Thomas observó por pequeños momentos a Tom, quién miraba el camino.
—Bill te manda saludos. Te desea un buen día.— Dijo, viendo que Tom no había dicho nada al respecto cuando claramente escuchó.
—Ajá— Gesticuló con una voz completamente plana.
El auto quedó en silencio.
Tom seguía mirando el camino. El ceño lo tenía todavía fruncido, aunque Thomas no lo veía desde su ángulo.
Una voz así y seguro era horrible de todas formas. La gente con voz suave podía ser perfectamente horrible. De hecho, probablemente era peor. De esos que sonríen todo el tiempo y dicen cosas ridículas con esa calma que a Tom le resultaba, por alguna razón que no supo explicarse, todavía más irritante que si hubiera sido brusco.
Y encima mandando saludos, como si Tom fuera a corresponderlos.
Definitivamente horrible.
Thomas se detuvo frente a la escuela.
—Te veo en la noche, hijo— Le dio una palmada en la cabeza que pretendía ser cariñosa. Lo fue, algo.— Ten cuidado.
—Sí, adiós.
Thomas esperó a que Tom desapareciera en la entrada.
&
El tráfico de la tarde avanzaba despacio por las calles de Stuttgart, como era de costumbre a esa hora.
Thomas conducía con una mano en el volante y Bill hablaba desde el copiloto.
Habían empezado hablando de la universidad, luego de música, y de ahí habían llegado, sin un camino claro, a los niños.
—Andy dice que tengo instinto de madre— Confesó Bill con una pequeña sonrisa.
Thomas sonrió mirándolo un momento para después volver al camino.
—¿Y no es verdad?
—Lo es— Admitió— Es que los niños son honestos. Dicen lo que sienten sin pensarlo dos veces. Los adultos complican todo.
—Los adultos tienen más cosas que perder.
—O más miedo— Dijo, mirándolo de reojo.
Thomas consideró eso sin responder.
—¿Tú siempre quisiste ser padre?— Preguntó Bill después de un momento.
—Sí— Respondió Thomas, sin dudar.— Siempre. De hecho quería muchos.
Bill lo miró sin sorprenderse.
—¿Cuánto es «muchos»?
—No sé. Varios. Una casa llena.— Se sinceró— Nunca lo pensé como un número exacto, solo como… ruido. Movimiento. Que la casa tuviera vida.
Bill sonrió.
—Entonces… bueno, si hubieras tenido otro hijo, ¿cómo se llamaría?— Preguntó el azabache con curiosidad.
—Nick— Fue inmediata su respuesta.— Bueno, yo quería ponerle Nick a Tom.
—¿Y por qué «Tom»?
—Por su madre— Thomas hizo una pausa breve.— Quería ponerle Thomas. Pero entonces habrían dos. Entonces dijo que «Tom» se parecía demasiado a Thomas. Yo estuve de acuerdo y ahora ese niño se llama Tom.
Bill se rió, suave.
—Tiene lógica.
—Tenía mucha lógica, siempre.— Thomas sonrió de lado.— Ganó ella.
Hubo un silencio cómodo. Afuera Stuttgart pasaba gris y tranquilo.
—¿Y tú? ¿Quieres hijos algún día?
El pelinegro bajó la vista hacia sus manos, jugando despacio con uno de sus anillos.
—Sí— Dijo, con esa calma suya que no tenía nada de indiferente.— Siempre lo he sabido. Un hijo. Ya le tengo nombre de hecho.
Thomas lo miró de reojo.
—¿Ya?
—Sí— Dijo Bill, con naturalidad absoluta.— Nikki. Se llamará Nikki.
Thomas procesó eso.
—¿Como el bajista de Mötley Crüe? ¿Nikki Sixx?
—Como el bajista de Mötley Crüe, sí— Confirmó Bill, sin una sola duda en la voz, sonriente.
—Es un lindo nombre.
—Por supuesto.
—Nikki Sixx fue un tipo muy…— Thomas buscó la palabra.— Complicado. Toda una vida construida sobre el exceso, las drogas, el caos. Clínicamente muerto por dos minutos en el ochenta y siete por una sobredosis de heroína.— Hizo una pausa.— Y aun así se levantó. «Kickstart My Heart» nació de esa experiencia.
Bill lo escuchaba, confirmando con la cabeza lo dicho por el hombre.
—Hay algo en eso— Continuó Thomas, más despacio.— En alguien que toca fondo de verdad y aun así encuentra la forma de volver.
El azabache sonrió.
—Por eso me gusta el nombre. No por el caos, sino por lo que vino después.
Thomas lo miró un segundo, el tiempo que permitía el tráfico, y luego volvió los ojos a la carretera.
—Nikki— Repitió— Sí. Es un buen nombre.
&
Thomas estacionó el auto frente a la casa, y antes que Bill abriera la puerta ya se escuchaba a Andreas.
No palabras todavía, solo el ruido metálico inconfundible de alguien peleando con algo que no cede.
Bajaron. Andreas estaba agachado, con la mitad del torso metido bajo el capó, una llave en la mano. Tenía una mancha de aceite en la mejilla que claramente no sabía que estaba ahí.
Levantó la vista cuando escuchó los pasos.
—¡Thomas!— Saludó, enderezándose con la llave todavía en la mano y una sonrisa amplia.— Qué bueno verte, viejo.
—Andy— Thomas le estrechó la mano sin importarle el aceite.— ¿Qué le pasa?
—No arranca bien desde ayer— Andreas le dio un golpe afectuoso al capó.— Ya le estoy diciendo que se deje de tonterías.
—¿Revisaste la batería?
—Eso mismo le dije yo— Intervino Bill desde atrás.
—Los dos en mi contra— Murmuró Andreas, volviéndose hacia el motor.
Bill se acomodó la bufanda y miró a su hermano con paciencia.
—Andy.
—¿Qué?
—Thomas se queda a cenar.
Andreas no levantó la vista del capó.
—Bien— Dijo— Hay suficiente comida.
—Y en lo que terminas nosotros estaremos en mi habitación. Luego haré la cena.
Andreas se incorporó despacio. Miró a Bill, miró a Thomas.
—Sí, claro. En tu habitación.
—Andy
—No dije nada— Andreas levantó las manos con inocencia, la llave inglesa incluida.
—Bien— Dijo Bill— Te esperamos entonces— Comenzó a caminar hacia la puerta.
—Entren, entren. Yo termino aquí.
Thomas pasó a su lado y cuando cruzó frente a Andreas, este le dio una palmada en el hombro con la mano limpia.
—Pórtate bien— Le dijo, en voz baja, con una sonrisa que no tenía nada de amenazante y todo de cómplice.
Thomas no respondió, pero la comisura de su boca se movió mientras seguía a Bill hacia adentro.
Andreas los vio desaparecer por la puerta y volvió al capó.
—En su habitación— Repitió para sí mismo, meneando la cabeza con una sonrisa.
Y siguió con el auto.
La habitación de Bill era pequeña pero ordenada, con esa clase de orden que no venía de la obligación sino del carácter. Todo tenía un lugar y ese lugar tenía sentido.
Thomas se sentó en el borde de la cama y miró a su alrededor despacio, sin prisa, dejando que el espacio le contara cosas.
Cuatro pósters, uno por integrante, enmarcados con cuidado y aprecio.
Nikki Sixx en el más grande, justo sobre el escritorio. Tommy Lee a la izquierda, con esa energía suya que se sentía incluso en papel. Mick Mars en la pared del fondo, quieto y oscuro como siempre. Vince Neil junto a la ventana, con esa sonrisa de los años dorados de la banda.
—¿Tienes favorito entre los cuatro?— Preguntó Thomas, sabiendo la respuesta.
Bill estaba de pie junto al escritorio, acomodando algo.
—Nikki— Respondió sin dudar— Siempre Nikki.
Thomas asintió, mirando el póster.
—Se nota.
Bill sonrió apenas y se acercó a la repisa que colgaba en frente de la cama. Thomas la había notado desde que entró pero esperó a que Bill la mostrara solo.
Eran tortugas. Decenas de ellas, de todos los tamaños y materiales. Cerámica, resina, vidrio soplado, madera tallada, algunas pintadas a mano con colores que no existían en ninguna tortuga real.
Había una pequeñísima de cristal azul que captaba la poca luz de la tarde y la repartía en puntos brillantes sobre la pared. Otra de barro con la concha grabada a detalle, del tamaño de un puño. Una fila de tres idénticas en distintos tonos de verde.
Había una en especial, en su cama. De peluche y con detalles bonitos.
—¿Cuántas tienes?
—No sé exactamente— Admitió Bill con una sonrisa pequeña.— Dejé de contarlas hace tiempo. Andy dice que tengo un problema.
—¿Y tú qué dices?
—Que son tortugas que no hacen daño a nadie.
Thomas tomó con cuidado la que estaba en el centro de la cama. Observó sus detalles.
—Esa es mi favorita— Confesó Bill.
—Es hermosa. ¿Desde cuándo las coleccionas?
—No recuerdo— Dijo Bill.— Pero la primera me la regaló una vecina— Sonrió
Thomas la dejó en su lugar con el mismo cuidado con que la había tomado. Luego miró a Bill, que seguía de pie con los brazos cruzados y esa expresión suya totalmente cálida.
—Me encanta.
Bill se sonrojo hasta la orejas ante el comentario.
Thomas miró los pósters otra vez.
—¿Cuál es tu canción favorita de ellos?
Bill no tardó en responder.
—Home Sweet Home.
—¿Por qué esa?
—Porque debajo de todo el ruido— Dijo despacio— Es una canción sobre extrañar un lugar donde estar. Y eso lo entiendo bien.
Thomas lo miró, sentado en el borde de la cama, con las manos apoyadas en el colchón a cada lado de sus caderas.
Bill seguía de pie junto a la repisa de las tortugas, pero ya no miraba las figuras; lo miraba a él.
Ninguno de los dos dijo nada durante un segundo. Solo se observaron.
Entonces Bill dio un paso. Y otro. Hasta quedar justo frente a Thomas.
El hombre separó un poco las piernas para dejarle espacio. El menor se acercó más, hasta que sus rodillas rozaron el borde del colchón, metiéndose entre las piernas abiertas de Thomas.
Sus rostros quedaron muy cerca.
Bill levantó una mano y le acarició la mejilla a Thomas. Él, sin apartar la mirada, lo tomó de la cintura con ambas manos.
Se besaron.
Primero fue solo un roce de labios, tibio y lento. Después Thomas profundizó el beso; su lengua buscó la de Bill con hambre. El pelinegro respondió de inmediato, apoyando las manos en los hombros de Thomas y dejando escapar un suspiro suave.
Las manos del castaño subieron y bajaron por su espalda hasta posarse en su cadera, luego siguió más abajo, abarcando la curva suave de su trasero por encima de los jeans.
Apretó con cuidado, sintiendo cómo Bill inhalaba bruscamente contra su boca.
Thomas lo mantuvo pegado a él, una mano firme en su cintura, la otra amasando su trasero con movimientos lentos y posesivos.
Sin romper el beso, Bill se inclinó más hacia adelante. Thomas se dejó caer de espaldas sobre la cama, llevándolo consigo agarrado de la cintura. Bill terminó encima de él, con las rodillas a cada lado de sus caderas, su cuerpo ligero y cálido presionando contra el suyo.
Bill separó apenas los labios para tomar aire, pero volvió a besarlo casi al instante, más profundo, más urgente. Sus manos se colaron bajo la camisa de Thomas, recorriendo el pecho y el abdomen con dedos ávidos.
El hombre gruñó bajito contra su boca y subió las manos por debajo de la camiseta de Bill, acariciando la piel desnuda de su espalda y luego bajando otra vez hasta apretar su trasero con ambas manos, atrayéndolo con más fuerza contra su creciente erección.
El menor soltó un gemidito ahogado. Thomas sintió el calor que emanaba su pelinegro incluso a través de la ropa.
—Bill…— Murmuró contra sus labios, con su voz ronca.
Él solo sonrió contra su boca y lo besó de nuevo, más hambriento, mientras fuera, muy lejos, el ruido metálico de Andreas con el motor seguía sonando como si perteneciera a otro mundo.
Bill seguía besándolo con esa mezcla de timidez y hambre que volvía loco al castaño.
Thomas se separó un poco de los labios para mirarlo. Sin decir nada, le levantó la camiseta con ambas manos. Bill se incorporó un poco para ayudarlo, alzando los brazos. La prenda cayó al suelo junto a la cama.
Sus tetas quedaron libres: redondas, suaves, con los pezones ya endurecidos por el roce y la excitación. Thomas las miró un segundo, sentía la boca seca. Subió las manos para tomarlas con cuidado. Las ahuecó, sintiendo su peso cálido, los pulgares rozando los pezones en círculos lentos. Bill arqueó la espalda y soltó un gemido bajito, cerrando los ojos.
Besó su cuello, bajando por la clavícula hasta llegar a uno de sus pechos.
Tomó el pezón entre los labios, chupándolo suavemente al principio, luego con más fuerza, mientras su mano masajeaba el otro. Bill se estremeció encima de él.
—Thomas…
Lo volteó con cuidado, sin dejar de besarle en esa parte, hasta que Bill quedó debajo.
Sus manos bajaron por el cuerpo de su amor: por sus pechos, vientre, hasta el botón de los jeans. Lo desabrochó despacio, bajando la cremallera. Bill levantó las caderas para ayudarlo y Thomas le quitó los jeans junto con las bragas de un solo movimiento.
Bill quedó sin prenda alguna debajo de él.
Sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada. La piel sonrojada, y entre sus piernas abiertas, su coño ya estaba humedecido. Incluso sus fluidos brillaban bajo la mirada del castaño.
Solo entonces Thomas se incorporó, liberó su erección desabrochando con rapidez el cinturón; se posicionó bien entre sus piernas.
Su polla dura rozó la entrada mojada de Bill. Lo miró a los ojos mientras empujaba despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente enterrado en su coño palpitante.
El azabache soltó un gemido largo, sus uñas se clavaron en los hombros de Thomas.
Él se quedó quieto un momento, disfrutando la sensación de estar dentro del menor.
Empezó a moverse hasta que las embestidas lentas, subieron de intensidad y profundidad.
Cada una de sus tetas rebotaban con cada intrusión a su vulva. Thomas masajeaba una mientras follaba a Bill con más fuerza, la otra mano en su cadera para mantenerlo en su lugar.
Solo existían ellos dos: los gemidos de Bill, los gruñidos de Thomas, y el ritmo cada vez más urgente de sus cuerpos uniéndose una y otra vez.
Continúa…
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