Mi dulce recuerdo 8

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 8

Bill estaba descalzo sobre el cemento inundado. El dobladillo de la pijama larga ya húmeda hasta los tobillos. Sostenía el teléfono en alto con el brazo estirado, haciendo de linterna mientras Andreas, frente al tablero eléctrico con el torso descubierto y el pelo revuelto, intentaba distinguir algo entre los cables con una concentración al tope.

—Alumbra más a la derecha.

El pelinegro movió el teléfono.

—No, a tu derecha.

—Esta es mi derecha, Andy.

—A la mía, digo.

El menor suspiró y movió el teléfono hacia el otro lado. Desde arriba se escuchaba la lluvia golpeando las ventanas y el techo de la casa. Y desde abajo, el goteo constante del agua filtrándose por las paredes del sótano llenándolo como una piscina que ya inundaba los pies de los hermanos.

—Creo que es este— Murmuró el rubio.

—No lo toques si no sabes.

—Sé lo que hago.

—Dijiste lo mismo cuando arreglaste la gotera del baño.— El azabache le dejó de alumbrar.

Andreas le lanzó una mirada por encima del hombro.

—Eso fue diferente. Alumbra.

Bill volvió a levantar el teléfono.

De repente, el teléfono vibró. La pantalla se iluminó y un nombre apareció.

Bill divisó el nombre. Luego miró a Andreas.

—Es Thomas.

—Ya veo— Respondió Andreas sin devolverle la mirada, concentrado al mil.— Alumbra.

Su hermano obedeció. Pero el teléfono siguió vibrando en su mano y con cada segundo algo en su pecho se impacientaba de una forma completamente involuntaria.

Thomas llamaba todas las noches desde hacía unos días. Siempre a esa hora. A veces hablaban durante media hora. A veces solo escuchaban el silencio del otro sin necesitar decir gran cosa.

El teléfono dejó de vibrar.

Luego volvió a empezar.

—Andy…— Dijo Bill sin parecer impaciente, pero con una expresión que suplicaba permiso.

—Que no.

—Solo un momento…

—Que no. Estoy en la parte delicada.

El pelinegro apretó los labios. Se contuvo unos segundos pero terminó contestando y poniendo la llamada en altavoz.

Bill no pudo evitar que se le iluminara la cara en cuanto escuchó la voz al otro lado.

—Hola…— Dijo, y el tono le cambió por completo, suave, casi distraído de todo lo demás.

—¿Estás ocupado?— Se oyó la voz de Thomas, con un toque divertido.

El azabache soltó una risa baja.

—Sí, un poco… estoy ayudando a Andy con algo. Nada grave.

—Nada grave— Murmuró Thomas— ¿Estás bien?

—Estoy bien, ¿y tú?— Respondió cálidamente, y sin darse cuenta se llevó el teléfono a la oreja no sin antes quitar el altavoz. Dio un paso hacia delante.

Andreas frunció el ceño por la falta de luz.

El menor siguió avanzando hasta subir el primer escalón.

—Bill…— Llamó el rubio, sin girarse todavía.— No te muevas que no miro bien.

Pero Bill ya estaba en el segundo escalón.

—Si quieres podemos cenar aquí— Sonrió Bill, distraído de todo su alrededor.

Otro paso y el tercer escalón.

La luz del teléfono empezó a alejarse.

—Bill.

Esta vez Andreas sí giró la cabeza. La luz ya no apuntaba al tablero, solo iluminaba a medias el agua turbia a sus pies.

—Oye…

—No, yo te amo aún más…— Respondió el menor, totalmente en otra conversación.

Cuarto escalón y la luz desapareció casi por completo.

Andreas soltó un suspiro largo, mirando el tablero a oscuras.

—Perfecto. Lo que se espera de los noviazgos de ahora.

Siguió con su trabajo, entrecerrando los ojos para distinguir cualquier cosa.

—Creo que era este cable…— Se dijo a sí mismo.

Lo tocó.

Hubo silencio más o menos unos dos segundos.

Y entonces…

Un chispazo iluminó todo el sótano por un instante. Andreas dio un salto hacia atrás, el pelo se le erizó literalmente, y su cuerpo quedó rígido por un segundo.

Y, como si nada, las luces de toda la casa se encendieron.

Arriba Bill parpadeó sorprendido.

—Oh… volvió la luz.

De un momento a otro, el pelinegro se recordó de su hermano.

Se asomó mirando el sótano desde arriba de las escaleras, todavía con el teléfono en la mano.

—¿Andy?

Andreas estaba de pie en medio del agua, con el pelo completamente fuera de lugar y una expresión que mezclaba shock con tantito enojo.

—Funcionó— Dijo el mayor.

Bill sonrió, impresionado.

—Sí sabías lo que hacías…

—Mejor sal de mi vista.

El menor soltó una risa nerviosa.

—Luego te ayudo a secar— Prometió, ya quitándose de ahí, regresando a la llamada.— Perdón… hubo un pequeño… incidente.

Andreas lo escuchó y miró el tablero, el agua, sus manos.

—»Pequeño incidente»— Murmuró con una mueca en la cara, volviendo a poner la tapa del tablero.

&

Andreas apareció en el umbral de la cocina con el cabello aplastado de un lado y la camiseta al revés, atraído por el aroma del desayuno.

Ahí se quedó viendo la escena frente a él.

Bill estaba frente a la estufa con la espátula en una mano y el teléfono en la otra, pegado a la oreja. Removía los huevos mientras se reía de algo que Thomas había dicho, con esa risita suave que Andreas le había escuchado solo con él.

Se cruzó de brazos y esperó.

Su hermano siguió cocinando. Siguió riéndose. En algún momento dijo: «no, eso no es verdad», con una voz que Andreas definitivamente nunca le había escuchado más que con él.

—Sí, te espero— Dijo Bill finalmente, apagando la estufa. Se rió otra vez.— Hasta luego, Thomas.

Colgó.

Se giró hacia la mesa con los platos en la mano y encontró a Andreas mirándolo con los brazos cruzados y una expresión que llevaba varios segundos preparándose.

—Buenos días— Dijo Bill, dejando los platos sobre la mesa.

—¿Con quién hablabas?— Preguntó

Bill lo miró.

—Con Thomas.

—¿A esta hora?

—Me llamó.

—¿A las ocho de la mañana?

—A las ocho y cuarto.

Andreas descruzó los brazos solo para volver a cruzarlos.

—¿Y anoche no hablaron suficiente?

El menor se sentó, totalmente tranquilo.

—Siéntate, Andy. Se enfría.

—Respóndeme.

—Hablamos un rato. ¿Qué tiene?

—Que son las ocho de la mañana, Bill. Las ocho. Ni yo te llamo a las ocho de la mañana.

—Tú nunca me llamas.

—¡Porque vivo contigo!— Andreas jaló la silla y se sentó con más energía de la necesaria.— Pero el punto es que ese hombre te llama a todas horas y tú contestas a todas horas y yo ya ni existo.

El pelinegro lo miró con paciencia.

—Existes, Andy.

—Dime cuándo fue la última vez que hablamos tú y yo. Solos. Sin que la mayoría de veces aparecieras con el teléfono.

—Anoche— Contestó— En el sótano.

—Anoche en el sótano me dejaste solo con los cables.

—Eso fue un accidente.

—¡Me electrocuté, Bill!

—Y volvió la luz.

Andreas lo señaló con el tenedor.

—Eso no es el punto.

—¿Cuál es el punto, Andy?

—El punto— Dijo Andreas, con la solemnidad de quien lleva rato preparando un argumento— Es que antes eras mi hermanito y ahora eres la pareja de Thomas, mi amigo.

El pelinegro lo miró fijo un momento. Luego se rió de la situación.

Fue una risita que Andreas intentó ignorar con dignidad y no pudo.

—No tiene gracia— Dijo, aunque la comisura de su boca ya lo traicionaba.

—Andy— Bill sonrió— Siempre voy a ser tu hermanito.

—Díselo a tu teléfono.

—Andreas.

—¿Qué?

—Te quiero mucho— Declaró sin quitar su sonrisa.— Pero estás celoso de mi novio y eso es un poco ridículo.

El rubio comió un bocado con cara de no estar de acuerdo con nada de lo anterior.

—No estoy celoso— Contestó masticando.— Estoy observando patrones preocupantes.

Bill rió y no dijo nada más.

Comieron en silencio un momento.

Fue Andreas quien habló primero.

—¿Ya conociste al niño?

Bill levantó la vista.

—¿A Tom?

—Sí.

—No…— Respondió, bajando la vista hacia el plato.— Todavía no.

El rubio asintió despacio, pensando.

—Es igual a Thomas— Afirmó después de un momento.— Igualito. La misma cara, los mismos ojos. Hasta la misma forma de fruncir el ceño cuando algo no le gusta.— Hizo una pausa porque tenía que tragar lo que tenía en la boca.— Aunque tiene rastas. Eso es solo de él.

El menor escuchaba sin interrumpir.

—Es un buen chico— Continuó con un tono más serio.— Duro por fuera, como su padre. Pero buen chico. Desde que murió su madre está… no sé. Cerrado. Como si hubiera metido todo adentro y atornillado la tapa.

—Thomas dice lo mismo— Murmuró Bill.

—Es que los dos son iguales en eso también.— Andreas pinchó el último trozo de huevo.— Los dos cargan todo solos y ninguno de los dos sabe pedir ayuda.

Bill miró su taza, dudando.

—¿Crees que Tom me va a aceptar algún día?

—Creo que cuando te vea va a quedarse sin argumentos— Confesó— Eso no significa que lo admita en voz alta— Rió— Es un Kaulitz, al fin y al cabo.

Bill sonrió apenas, pequeñito.

Andreas lo miró de reojo.

—Oye.

—¿Qué?

—La próxima vez que Thomas te llame en una situación así— Dijo señalándolo con el tenedor— Te tiro el celular.

El azabache lo miró sorprendido, entre sonriendo.

—Eres malo, Andy.

&

El patio del instituto olía a tierra mojada debido a la lluvia continua de Stuttgart.

Tom estaba sentado en el borde del muro de contención de siempre, con el sándwich entre sus manos.

Georg estaba a su lado, balanceando las piernas en el aire. Gustav, a la par de Tom, comía en silencio.

Había sido Gustav quien lo había notado primero esa mañana, pero no dijo nada. Georg sí.

Tom llegó al instituto con una cara distinta, no de mal humor exactamente, sino una muy pensativa.

—¿Qué tienes?— Georg decidió romper el silencio.

—Nada.

—Mentira.

Tom le dio un mordisco al sándwich sin responder.

Georg lo miró, luego miró a Gustav. Gustav lo miró de vuelta.

—¿Es sobre tu papá?— Preguntó el castaño.

Tom no respondió, lo cual para Georg era suficiente respuesta.

—¿Qué hizo?

—Nada— El de rastas miró hacia el otro extremo del patio.— Está saliendo con alguien.

Georg abrió la boca, sorprendido.

—¿En serio?

—Sí

—¿Cuánto tiempo?

—Dos meses.

Georg procesó eso e hizo cálculos.

—O sea que mientras tú estabas solito en casa, tu papá ya tenía novia y no te decía nada.

—No es una novia.

—¿Ah, no?— Georg frunció el ceño.— ¿Entonces qué?

—Es novio.

—Ah— Formuló el castaño con la boca abierta.

Gustav dejó de masticar.

El recreo seguía con su ruido habitual alrededor de los tres, pero entre ellos se había instalado ese silencio específico de cuando algo necesita un momento para acomodarse.

—¿Cómo se llama?— Preguntó Georg finalmente.

—Bill.

—Ouh…

—Tiene dieciocho años— Dijo Tom, como si resumiera varios problemas al mismo tiempo.

Georg abrió los ojos.

—¿Dieciocho?

—Sí.

—O sea que tu papá…— Señaló el aire con el dedo, buscando las palabras.— Sale con alguien que casi podría estar en nuestro instituto.

—Georg— La voz de Gustav fue corta y seca.

Georg cerró la boca.

Tom miraba el suelo, con el sándwich ya olvidado sobre las rodillas.

—¿Ya lo conociste?— Preguntó Gustav, con su voz tranquila de siempre.

—No.

—¿Quieres conocerlo?

Tom tardó en responder.

—No— Dijo. Después de un segundo:— No sé.

El castaño abrió la boca para decir algo, la cerró al recibir una mirada de Gustav, y optó por darle un mordisco enorme a su manzana.

—Mi papá dice que cuando los adultos pierden a alguien a veces necesitan…— Empezó Georg, masticando— no estar solos. No es que te reemplacen a ti ni a tu mamá ni nada, es solo que…

—Ya sé— Lo cortó el de rastas.

—Solo digo.

—Mn.

Silencio.

Gustav le dio una palmada a Tom en la espalda, sin decir nada. Ese era su modo de estar ahí, y Tom lo sabía desde primero de primaria.

—¿Tu papá parece bien?— Preguntó Gustav.

Tom pensó en los dedos de su padre tamborileando en el volante. En la cara relajada mientras dormía. En el «¿cómo te fue en la escuela?» de la noche anterior.

—Sí— Admitió— Parece bien.

Los dos chicos asintieron despacio, como si eso fuera suficiente información.

Los tres se quedaron en silencio mirando el patio.

Aunque no duró mucho.

—Oye, y ese Bill— No pudo evitar preguntar más el castaño— ¿Es guapo por lo menos?

—Mi papá dice que es hermoso— Respondió Tom con el mismo tono de siempre— Que tiene un corazón puro y no sé qué más.

—¿Y tú le crees?— Preguntó el rubio.

—No.

—¿Por qué no?— Se metió Georg.

Tom se bajó del muro.

—Porque mi papá está enamorado— Confesó— La gente enamorada exagera.

Georg consideró eso con seriedad.

—Punto válido— Admitió.

Tom no respondió. Los tres empezaron a caminar de vuelta cuando una voz conocida llegó desde la izquierda.

—Kaulitz.

Tom se detuvo.

Dereck estaba con dos estudiantes de su grado detrás, con esa postura suya de quien lleva el recreo entero esperando el momento. Era un año mayor que Tom, y tenía una sonrisa que no era una sonrisa.

—No te vi esta mañana— Dijo Dereck

—Qué lástima— Respondió

Georg se tensó a su lado. Gustav no dijo nada pero tampoco se movió.

Dereck se acercó despacio, con esa calma calculada que Tom conocía bien.

—Me debes una, ¿recuerdas?— Dijo, deteniéndose a un paso de distancia.— De la semana pasada.

—No te debo nada.

—Yo recuerdo diferente.

Tom sostuvo su mirada sin parpadear. Estaba tranquilo, con los pies bien plantados en el suelo.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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