
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 7
Thomas bajó a la cocina a las seis y cuarto.
Tom ya estaba en la cocina, de pie frente a la encimera, comiendo directamente de la caja de cereal sin molestarse en servirse un plato. Cuando escuchó los pasos de su padre, la dejó sobre la encimera y fue por su mochila.
—Espera— Dijo su padre.
—Se me hace tarde.
—Tom.
El niño se detuvo, con la mochila a medio colgar del hombro, sin girarse del todo.
—Desayuna algo de verdad antes de irnos.
El niño no protestó. Dejó la mochila en el suelo y se sentó en la mesa en silencio.
Thomas sirvió dos tazas de café, luego lo pensó mejor y le puso jugo a Tom. Hizo dos sandwiches de jamón con un extra de ingredientes agregados. Se sentó frente a él. Ninguno habló mientras comían. Era el silencio de siempre, pero esta mañana Thomas tenía la intención de romperlo antes que llegaran a la escuela.
Salieron a las seis y media.
El cielo estaba encapotado, como casi siempre en Stuttgart a esa hora. Tom se acomodó en el asiento del copiloto y se puso los audífonos antes que Thomas arrancara el motor.
—Quítatelos.
Tom lo miró de mala gana.
—Necesito hablar contigo.
Se quitó los audífonos despacio, con cara de quien espera algo que no quiere escuchar. Los dejó colgando alrededor del cuello y miró hacia adelante.
Thomas arrancó y se incorporó al tráfico de la mañana.
Durante los primeros minutos no dijo nada. Buscaba las palabras correctas.
—Sé que lo de esta semana te cayó de golpe— Empezó diciendo.
El de rastas no lo vio ni movió ningún dedo.
—Y entiendo que estés enojado. Tienes razones para estarlo.
—No estoy enojado— Dijo Tom, con una voz que decía lo contrario.
Thomas no discutió eso.
—En algún momento quiero presentarte a Bill— Dijo directo y sin rodeos.— No ahora. Pero en algún momento.
Fue evidente que Tom se tensó en el asiento.
—No quiero conocer a nadie.
—Tom…
—Es una pérdida de tiempo— Continuó Tom, mirando esta vez por la ventana con los brazos cruzados.— Total, probablemente no van a durar. Ese tipo de noviazgos no duran.
—Puede ser— Respondió con calma, mirando el camino.— O puede que no.
—Claro que no va a durar— Insistió Tom— Tú ni siquiera… o sea, ¿un hombre, papá? ¿Es en serio? Qué asco.
—Tom.
—No, en serio— El niño se giró hacia él, con las mejillas ligeramente rojas.— ¿Qué te pasa? Primero no hablas de mamá, nunca, como si no hubiera existido, y ahora sales con un hombre. ¿Qué está pasando contigo?
Thomas apretó el volante pero mantuvo la voz tranquila.
—Entiendo que te resulte raro.
—No es raro, es asqueroso— Repitió Tom, con la misma palabra de la mañana anterior, como si fuera la única que alcanzaba a cubrir lo que sentía.— ¿Cómo se llama? ¿Bill? ¿Qué clase de nombre es ese? Seguro es un tipo horrible. Seguro es raro. Y además, viejo.
—Tiene dieciocho años.
Tom parpadeó.
—¿Dieciocho?
—Sí.
Hubo un momento de silencio en el cual Tom procesaba lo dicho por su padre.
—O sea que es todavía un adolescente— Concretó Tom. Parecía sorprendido y asqueado al mismo tiempo, sin creer que su padre estuviera saliendo con alguien tan joven.— Tienes treinta años y sales con alguien de dieciocho. Eso es…
—Tom, eso…
—¡Es raro! ¡Todo esto es raro y está mal y no entiendo por qué no puedes simplemente…!— Se detuvo. Apretó la mandíbula.— No sé… estar normal.
Thomas dejó que el silencio se asentara antes de hablar.
—¿Qué es estar normal para ti?
El pequeño miraba por la ventana de nuevo. Los edificios pasaban, gente en las aceras con paraguas aunque todavía no llovía.
—No sé— Dijo al final, con una voz más pequeña.— Como antes.
Thomas sintió algo apretarse en su pecho.
—Antes que muriera mamá— Murmuró— Cuando tú llegabas temprano a casa y cenábamos juntos. Veíamos películas con mamá. Eso. Eso era normal.
—Tom…
—Y ahora, llegas tarde y te duermes con cara de tonto y ni siquiera…— Se interrumpió otra vez, tragando algo.— Ni siquiera me preguntas cómo me fue en la escuela.
Tenía razón. En eso tenía completamente la razón.
—Tienes razón— Admitió su padre.
Tom lo miró de reojo, como si no esperara eso.
—He estado ausente— Dijo con voz firme pero sin dramatismo.— Eso no está bien y lo sé. Y no tiene que ver con Bill. Tiene que ver conmigo, con cómo he manejado todo desde que murió tu madre.
Tom volvió a mirar por la ventana.
—Quiero hacer todo bien, hijo. Ya no quiero que estemos así. No quiero que odies a Bill— Agregó— Cuando lo conozcas, yo sé que…
—No— Le cortó seco.
—Escúchame. Ya sé que…
—Y no quiero conocerlo.
—Ya sé eso también.
—Entonces para qué me lo dices.
Thomas redujo la velocidad al acercarse a la escuela. Se estacionó frente a la entrada, con el motor encendido, y se giró hacia su hijo.
Tom lo miraba con esa expresión cerrada que había aprendido en el último año. Pero debajo había algo más blando, algo que todavía esperaba aunque fingiera que no.
—Te lo digo porque eres mi hijo— Dijo Thomas.— Y porque las cosas que pasan en mi vida te afectan, te gusten o no. Y porque no quiero que te enteres de todo por un teléfono.
Tom bufó.
—Cuando lo conozcas vas a pensar diferente— Le aseguró.
—No voy a conocerlo.
—Está bien— Asintió, mirando al frente.— Por ahora está bien.
Tom tomó su mochila. Abrió la puerta, y el frío de la mañana entró al auto. Antes de bajarse se quedó un segundo quieto.
—Papá.
—¿Sí?
—Pregúntame cómo me fue en la escuela cuando llegues a casa.
Thomas lo miró con una pizca de esperanza.
—Te lo prometo.
Tom asintió apenas. Cerró la puerta.
Thomas lo vio caminar hacia la entrada de la escuela, con la mochila al hombro y las manos en los bolsillos.
Se quedó ahí un momento más de lo necesario antes de arrancar.
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Bill ya estaba en la entrada de la universidad cuando Thomas llegó, con la mochila al hombro y la bufanda enrollada hasta la nariz. Cuando vio el auto, sonrió, y Thomas sintió que algo en su pecho se aflojaba después de toda la mañana.
Subió al copiloto, dejando entrar una ráfaga de aire frío antes de cerrar la puerta.
—Hola— Saludó con esa voz suave que Thomas ya necesitaba escuchar todos los días.
—Hola— Respondió él, y antes de arrancar se inclinó para besarlo brevemente en los labios.
Bill sonrió contra su boca.
—¿Mejor que esta mañana?— Preguntó, porque siempre notaba todo.
—Un poco— Admitió Thomas, arrancando el motor.
No fueron a ningún lugar en particular. Thomas condujo hacia las afueras de Stuttgart, por una ruta que conocía, hasta llegar a un pequeño mirador desde donde se veía la ciudad extenderse bajo el cielo que ya empezaba a teñirse de naranja.
Estacionó el auto frente al paisaje y apagó el motor.
Bajaron y se recostaron encima del vehículo, mirando cómo el sol bajaba despacio detrás de los edificios. Bill apoyó la cabeza en el hombro de Thomas, y Thomas pasó el brazo alrededor de sus hombros, atrayéndolo hacia él.
—Hablé con Tom esta mañana.
—¿Cómo estuvo?
—Dijo que eres una pérdida de tiempo. Que probablemente no vamos a durar.— Soltó un suspiró.
Bill no respondió de inmediato. Sus dedos jugaban con los de Thomas, entrelazándolos despacio.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que cuando te conociera iba a pensar diferente.
El pelinegro levantó la cabeza para mirarlo.
—¿Lo crees?
—Sí— Respondió Thomas, sin dudar.
Bill sonrió apenas y volvió a apoyar la cabeza en su hombro. Thomas besó su cabello.
El sol seguía bajando. El cielo había pasado del naranja al rosa, y Stuttgart brillaba con las primeras luces de la tarde.
—¿Puedo preguntarte algo?— Dijo Bill después de un rato.
—Lo que quieras.
—¿Cómo era ella?
Thomas se tensó apenas. Pero no apartó el brazo de sus hombros.
—¿La madre de Tom?
—Sí— Habló con cuidado.— No tienes que contarme si no quieres. Pero… me gustaría saber. Para entender mejor a Tom.
El mayor vio el horizonte. El sol casi había desaparecido.
—Era tranquila. Paciente. El tipo de persona que siempre sabía qué decir cuando yo no sabía nada.— Hizo una pausa.— Tom se parece mucho a ella. En la forma de mirar. En la terquedad también.
Bill escuchaba sin interrumpir.
—La quise mucho— Continuó Thomas, con voz serena, sin el peso de antes.— Y cuando murió sentí que todo mi mundo se derrumbaba.
—¿Y ahora?
Thomas miró a Bill.
—Ahora siento que alguien abrió una ventana…
El azabache lo miró con esos ojos avellana que le hacían sentir muchas cosas al mismo tiempo.
Bill se inclinó y lo besó despacio, con una ternura que no tenía prisa.
El mayor respondió con la misma calma, una mano moviéndose hacia su mejilla, sosteniéndolo con cuidado.
Cuando se separaron, la ciudad ya brillaba con luces artificiales y el cielo había pasado al azul sin llegar a anochecer del todo.
—Yo nunca he perdido a nadie así— Murmuró Bill.— Pero perdí a dos personas. Y sé lo que es sentir que una parte de ti se queda fría y no sabes si va a volver a calentarse.
El mayor lo escuchaba con atención. Las preguntas surgieron.
—¿A quién perdiste?
Bill dudó un momento, apartó la mirada hacia abajo, jugando con el anillo de uno de sus dedos.
—Nunca supe de mi padre. Y mi madre nos abandonó— Dijo con voz tranquila, como quien cuenta algo que ya dejó de doler aunque nunca desaparezca del todo.— Andreas tenía dieciocho. Desde entonces él se encargó de todo. De mí, de la casa, de que no nos faltara nada.
—Por eso te cuida mucho— Sonrió pequeñamente el mayor.
—Y por eso yo lo cuido a él— Asintió Bill.
Thomas apretó su mano. Ambos rieron.
Bill se acomodó mejor contra él, con la cabeza de vuelta en su hombro. Thomas apoyó la mejilla sobre su cabello.
—Oye, Thomas.
—¿Mn?
—Sobre Tom…— Bill habló despacio.— No te rindas con él. Sé que es difícil ahora, pero aún así te necesita.
—Sí— Asintió, dándole la razón.— Esta mañana me lo recordó él mismo.
—¿Sí?
—Me dijo que le preguntara cómo le fue en la escuela cuando llegara a casa.
Bill levantó la cabeza.
—¿Lo harás?
El mayor lo miró con una sonrisa pequeña.
—Lo haré.
El azabache sonrió suavemente, satisfecho con esa respuesta. Se inclinó y lo besó en la mejilla, despacio, cerca de la comisura de los labios.
—Vas a estar bien. Los dos.
Thomas capturó sus labios. Esta vez fue más profundo, más urgente, con las manos de Thomas enredándose en su cabello y las de Bill aferrándose a su saco. Cuando se separaron, Bill tenía las mejillas rosadas y los ojos brillantes.
—Tengo que llegar a casa— Murmuró, aunque no se movió.
—Sí— Respondió Thomas, aunque tampoco se apartó.
Se besaron una vez más, y luego otra, hasta que Bill se rió suavemente contra su boca y lo empujó con delicadeza.
—Thomas.
—Ya— Cedió él, con una sonrisa.
En el camino, Stuttgart brillaba bajo la noche, y el trayecto de vuelta transcurrió con la mano de Bill sobre la de Thomas en la palanca de cambios, sin necesidad de decir nada más.
Cuando llegaron frente a la casa de Andreas y Bill, Thomas lo besó una última vez antes de dejarlo ir.
—Mañana te recojo.
—Mañana— Confirmó Bill, con una sonrisa pequeña.
Bajó del auto y caminó hacia la puerta. Antes de entrar se giró, como siempre, y agitó la mano.
Thomas esperó hasta que la puerta se cerró.
Condujo de regreso a casa, donde Tom lo estaba esperando.
Y esta vez, cuando llegó, lo primero que hizo fue buscarlo.
Lo encontró en su cuarto, tirado sobre la cama con un videojuego en las manos. Tom lo miró cuando apareció en el umbral, sin decir nada.
—¿Cómo te fue en la escuela?
Tom lo miró un segundo más. Volvió a la pantalla, pero su expresión cambió apenas, casi nada.
—Bien— Dijo— Saqué un nueve en matemáticas.
—Bien hecho.
Tom no le respondió, no apagó el juego ni le pidió que se fuera.
Thomas se quedó ahí un momento más, en el umbral, antes de alejarse hacia su habitación.
Era poco. Pero era algo.
Y lo importante, es que ambos estaban de cierto modo, contentos.
Continúa…
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