Mi dulce recuerdo 5

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 5

Dos meses habían pasado desde aquella primera cita en el restaurante.

Desde entonces, se veían por las tardes, a la misma hora, terminadas las clases de Bill. Los fines de semana pasaban la mayor parte del día juntos, sin planes grandes, solo disfrutando de estar uno al lado del otro. Cenas tranquilas, paseos por Stuttgart, tardes viendo el sol esconderse recostados sobre el capó tibio del auto, hombro con hombro, hablando de nada y de todo.

No habían pasado de los besos apasionados y de los roces que dejaba a ambos con el corazón acelerado y las ganas de más. Pero eso era precisamente lo que hacía cada encuentro más cargado que el anterior.

Thomas colocó el plato frente al asiento de Tom sin decir nada, luego se sirvió su taza de café y se sentó al otro lado de la mesa con el teléfono en la mano.

Segundos después, Tom bajó las gradas, con la mochila colgando de un hombro y las rastas sueltas. Se sentó frente a su desayuno sin saludar.

—Se te hace tarde— Dijo Thomas sin levantar la vista del teléfono.

Tom miró el plato. Un pan sándwich de huevo. Un vaso de jugo. Lo mismo de siempre.

Comenzó a comer despacio, mirando a su padre de reojo. Había algo diferente en él desde hacía semanas. No sabía cómo explicarlo exactamente. No era que estuviera más presente, porque seguía igual de lejos. Pero era distinto. Menos pesado, quizás. Como si alguien o algo hubiera abierto una ventana en algún lugar de la casa sin que Tom supiera dónde.

—Papá

—¿Mn?

—Estás raro.

Thomas levantó la vista del teléfono por primera vez.

—¿Eso crees?

Tom lo miró fijamente, esperando algo más. Una explicación, una pregunta de vuelta, cualquier cosa. Pero Thomas sostuvo su mirada un momento y luego volvió a bajarla hacia la pantalla.

El silencio se instaló de nuevo.

Tom apartó el sándwich a medio comer y miró hacia la ventana. Afuera, Stuttgart amanecía gris como casi siempre.

—Ya— Dijo su padre, levantándose con la taza en la mano.— Termina.

—No tengo hambre.

—Tom.

El niño lo miró. Thomas señaló el plato, sin decir más. Tom tomó el sándwich y le dio un mordisco mecánico.

Thomas dejó la taza en el fregadero y fue por su saco.

En el auto, ninguno habló.

Tom miraba por la ventana los edificios pasar, las personas en las paradas de autobús, los árboles sin hojas todavía. Su padre conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, tamborileando los dedos de vez en cuando con un ritmo que Tom no reconocía.

No era nerviosismo. Era otra cosa.

Cuando se detuvieron frente al colegio, Thomas miró el reloj en el tablero.

—Baja rápido. Se te hace tarde.

Al instante bajó sin mirar atrás. Pero antes que la puerta se cerrara del todo, se detuvo un segundo, con la mano todavía sobre el metal frío.

No dijo nada.

Cerró la puerta y caminó hacia la entrada de la escuela sin voltear.

Thomas esperó hasta que Tom desapareció entre los demás niños. Luego arrancó el motor, y por primera vez en toda la mañana, sonrió.

&

Thomas se estacionó frente a la casa de Andreas y Bill. El corazón le latía más rápido de lo normal mientras subía los escalones que llevaban hacia la puerta.

Tocó con suavidad, esperando.

—¿Andy?— Escuchó la voz de Bill del otro lado.— ¿Se te olvidó algo?

La puerta se abrió, y Bill se quedó paralizado.

No era Andreas.

Era Thomas.

Bill parpadeó, completamente sorprendido, con los labios entreabiertos. Vestía unos shorts negros cortos que dejaban ver sus piernas pálidas y delgadas, y una camisa que claramente era de Andreas, cayéndole hasta medio muslo. Su cabello estaba recogido en una coleta baja, con algunos mechones sueltos enmarcando su rostro.

—Thomas…— Murmuró, y su sorpresa era genuina.

—Buenos días— Saludó Thomas, con una sonrisa suave.— Pensé que Andreas estaría aquí.

—No…— Bill negó con la cabeza, todavía procesando que Thomas estaba en su puerta.— Se fue en la mañana. Tiene bastante trabajo por hoy.

—Oh…— Thomas asintió despacio, y algo en su mirada se oscureció ligeramente. Ambos sabían lo que significaba eso. Estaban solos.— Vine a… a llevarte a la universidad. Si quieres.

El pelinegro bajó la mirada, jugando nerviosamente con el borde de la camisa grande.

—Yo… todavía no me he bañado— Admitió con voz suave, sonrojándose.

Thomas tragó saliva audiblemente. La imagen de Bill en la ducha apareció en su mente sin permiso, y tuvo que obligarse a mantener la compostura.

—No hay problema— Dijo, con voz ligeramente ronca.— Puedo esperar.

Bill lo miró un momento más, y entonces se hizo a un lado, abriéndole paso.

—Pasa… Te haré café.

Thomas entró, cerrando la puerta detrás de él. El interior de la casa estaba tranquilo, silencioso. Demasiado silencioso. La ausencia de Andreas se sentía en cada rincón.

—Siéntate— Indicó, señalando el sofá antes de desaparecer hacia la cocina.

Se sentó, sus manos sobre sus muslos, intentando calmarse. Podía escuchar a Bill moviéndose en la cocina, el sonido de tazas chocando suavemente, el agua corriendo.

Unos minutos después, Bill regresó con dos tazas de café humeante. Le extendió una a Thomas antes de sentarse a su lado en el sofá, dejando un espacio prudente entre ellos.

Bebieron en silencio. El café estaba caliente, reconfortante, pero la tensión en el aire era palpable. Ninguno de los dos sabía qué decir.

Finalmente, Thomas dejó su taza sobre la mesita de centro y se giró hacia Bill.

—Te extrañé— Dijo con voz baja, y su mano se movió lentamente hacia el muslo desnudo de Bill.

Bill se quedó inmóvil, sintiendo el calor de esa mano grande sobre su piel. Su respiración se aceleró.

—Yo… yo también te extrañé…— Susurró sonrojado, mirando cómo los dedos de Thomas acariciaban suavemente su pierna.

Thomas se acercó más, reduciendo el espacio entre ellos. Su otra mano se movió hacia la mejilla de Bill, girando su rostro hacia él.

—¿A qué hora empiezan tus clases?— Preguntó, aunque ambos sabían que la respuesta no importaba realmente.

—A las diez…— Respondió Bill, pero su voz temblaba.

Thomas miró su reloj. Eran apenas las siete y media.

—Tenemos tiempo— Murmuró, inclinándose hacia él.

Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio. Pero rápidamente se profundizó, volviéndose más urgente, más necesario.

La mano de Thomas subió por el muslo de Bill, deslizándose bajo el borde de los shorts. Bill emitió un sonido pequeño contra sus labios. Sus manos se movieron hacia el cuello de Thomas, aferrándose a él.

—Bill…— Murmuró Thomas contra su boca.— ¿Estás seguro?

Lo miró con esos ojos avellana oscurecidos por el deseo.

—Sí…

Lo besó nuevamente, más profundo esta vez, y sus manos comenzaron a explorar, a descubrir, a reclamar.

Lo levantó del sofá con facilidad, como si Bill no pesara nada. Las piernas del pelinegro se enredaron instintivamente alrededor de su cintura mientras caminaban por el corto pasillo hacia la habitación de Bill. La puerta estaba entreabierta; Thomas la empujó con el hombro sin romper el beso.

Lo depositó con cuidado sobre la cama ordenada, las sábanas olían a Bill. Thomas se quedó de pie un segundo, mirándolo desde arriba: el cabello negro desparramado sobre la almohada, los labios hinchados por los besos, la camiseta subida dejando al descubierto la cintura estrecha y los shorts que apenas cubrían nada.

—Eres precioso…— Murmuró con voz ronca.

Bill se sonrojó hasta las orejas, pero no apartó la mirada.

Se arrodilló sobre el colchón, una rodilla entre las piernas abiertas de Bill. Sus manos grandes subieron por los costados de su chico, arrastrando la camiseta hacia arriba con lentitud. Bill levantó los brazos para ayudarlo; la prenda cayó al suelo con un sonido suave. Luego le quitó los shorts

Quedó solo con una pequeña braga y sin nada arriba. Bill no usaba sostenes.

Thomas se inclinó. Sus pulgares rozaron primero los pezones pequeños y rosados, ya endurecidos por el frío y la excitación. Los acarició en círculos lentos, presionando apenas lo suficiente para hacer que Bill arqueara la espalda y soltara un gemido bajo.

Bajó la cabeza y tomó el pezón derecho en su boca. Lo lamió primero con la lengua plana, luego succionó con fuerza suave, rodeándolo con los dientes sin llegar a morder.

Bill se retorció, una mano se enredó en el cabello de Thomas, tirando un poco sin querer.

—Thomas…— Susurró con voz temblorosa.

Thomas pasó al otro pecho. Lo mismo: lamidas largas, succiones profundas, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación silenciosa. Bill gemía más alto, y sus caderas se movían en busca de fricción que aún no llegaba.

Cuando levantó la cabeza, los pezones de Bill estaban rojos, brillantes de saliva y más sensibles que nunca. Subió despacio, besando cada centímetro de piel en el camino: el esternón, la clavícula, el hueco de la garganta, hasta llegar a los labios otra vez.

El beso fue más sucio esta vez. Lenguas enredadas, dientes chocando ligeramente, saliva compartida.

Thomas deslizó una mano por el vientre plano de Bill. Bajo la braga, su mano encontró su coñito ya empapado. Se deshizo de su ropa interior.

Metió dos dedos de una vez, despacio pero sin pausa. El pequeño jadeó contra su boca. Thomas curvó los dedos hacia arriba, rozando ese punto que hacía que Bill temblara entero.

—Estás tan mojado…— Gruñó contra sus labios.— Todo por mí.

Sacó los dedos lentamente, brillantes de esencia clara y espesa. Los llevó a su boca y los chupó con calma, saboreando cada gota, mientras sus ojos miel estaban clavados en los de su amado.

—Sabes dulce— Murmuró— Quiero más de esto todos los días.

El pelinegro gimió solo de oírlo.

Se desabrochó el pantalón con una mano, bajó el cierre y sacó su pene: grueso, venoso, ya duro y goteando en la punta. Se quitó su propia ropa quedando desnudo frente a él.

Se colocó entre las piernas abiertas de Bill. La cabeza de su miembro rozó la entrada húmeda, resbalando por los labios hinchados.

Thomas empujó despacio. Centímetro a centímetro. Sintiendo cómo el coño de Bill se abría para él, cómo lo envolvía. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto un segundo, respirando pesado contra el cuello de su chico.

—Joder…— Susurró

Empezó a moverse. Lentamente al principio, con embestidas profundas y controladas, dejando que Bill se acostumbrara al grosor, al calor, a la sensación de estar completamente lleno. Bill gemía con cada salida y entrada, sus uñas se clavaban en la espalda fornida, sus piernas se enredaban más fuerte alrededor de su cintura.

—Más… por favor… más fuerte…— Decía el pelinegro.

Thomas gruñó bajo. Aceleró el ritmo. Las embestidas fueron más rápidas, más profundas, el sonido de piel contra piel llenaban la habitación junto con los gemidos de ambos. La cama crujía bajo ellos.

Bill se corrió primero. Su coño se contraía alrededor del pene grueso. Y un chorro caliente mojaba los muslos de Thomas y las sábanas.

Thomas no paró; siguió follándolo a través del orgasmo, empujando más profundo, hasta que su propio clímax lo alcanzó.

Se corrió con un gruñido largo, su semen caliente llenó a Bill hasta el límite, goteando entre la unión. Siguió moviéndose despacio para vaciarse por completo.

Se quedó encima, su miembro seguía todavía dentro, respirando agitado contra el cuello de Bill.

—Te extrañé tanto…— Susurró Thomas, besándole la sien sudorosa.

Bill sonrió débil, agotado y saciado. Sus pequeñas manos acariciaban las espalda de su amado.

—Y yo a ti…— Respondió en voz baja.

Thomas levantó la cabeza, lo miró a los ojos.

—Te amo— Y besó sus labios.

—Yo también te amo…— Respondió el pelinegro con una pequeña sonrisita.

Se quedaron así un largo rato.

Unidos, piel contra piel, respiraciones sincronizadas.

Hasta que el reloj marcó las nueve y media.

Bill soltó una risita suave.

—Mis clases empiezan a las diez…

Thomas sonrió contra su boca.

—Llega tarde. Una vez no pasa nada.

Y lo besó de nuevo. Lento, profundo. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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