
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 3
Otra semana había pasado desde aquella cena en casa de Andreas. Una semana en la que Thomas Kaulitz no había podido sacarse de la mente la imagen de Bill.
Era ridículo. Sabía que era ridículo. Pero ahí estaba, conduciendo por las calles de Stuttgart, cerca de la universidad. «Casualmente» en la que Bill estudiaba.
No estaba acosándolo. Solo pasaba por ahí. Eso era todo.
Mentiroso, se dijo a sí mismo.
Bill tampoco había tenido paz.
Cada noche, antes de dormir, el rostro de Thomas aparecía en su mente. A veces era inocente: su sonrisa durante la cena, la forma en que lo miraba con esos ojos que parecían verlo realmente. Pero otras veces… otras veces los sueños eran diferentes.
Se despertaba en la madrugada, con el corazón acelerado y el cuerpo caliente, recordando fragmentos de sueños donde las manos de Thomas lo tocaban, donde sus labios recorrían su piel, donde ese hombre maduro y hermoso lo hacía suyo de formas que Bill apenas comprendía pero que su cuerpo anhelaba desesperadamente.
Thomas Kaulitz se había instalado en cada rincón de sus pensamientos, tanto los puros como los prohibidos.
Y Thomas tampoco había dormido bien esa semana.
Cada noche, cuando cerraba los ojos, Bill aparecía. A veces era tierno: imaginaba besarlo suavemente, abrazarlo, protegerlo. Pero otras noches… otras noches sus sueños eran mucho más oscuros, más urgentes.
Se despertaba sudando, con una erección dolorosa, recordando sueños donde desnudaba a Bill lentamente, donde descubría cada centímetro de esa piel pálida, donde escuchaba esos labios rosados gemir su nombre. Sueños donde exploraba ese cuerpo voluptuoso con manos y boca, donde lo hacía suyo de todas las formas posibles.
Pero la vergüenza no era suficiente para detener los pensamientos, ni los sueños, ni el deseo que crecía cada día.
Thomas sintió su corazón acelerarse cuando lo vio. Sin pensarlo demasiado, redujo la velocidad y se detuvo justo a su lado.
Bill caminaba por la acera, con un abrigo largo color café que le llegaba casi hasta las rodillas, un bolso negro colgando de su hombro, y esos mismos jeans oscuros acampanados que hacían que sus piernas se vieran interminables. Debajo del abrigo, un suéter de cuello alto gris se ajustaba a su figura. Su cabello azabache se movía suavemente con el viento frío de la tarde.
Thomas bajó la ventanilla, dejando que el aire frío entrara al vehículo.
Bill se detuvo, sorprendido. Sus ojos se abrieron cuando reconoció a Thomas detrás del volante.
—¿Bill?
—¿Thomas?— Respondió el chico, acercándose un poco, con expresión de sorpresa genuina.— ¿Qué haces aquí?
—Pasaba por aquí— Mintió con naturalidad.— ¿Vas a casa?
—Sí…— Bill asintió, ajustándose el bolso en el hombro.
—Sube. Te llevo.
Bill dudó apenas un segundo, mirando el auto elegante, luego a Thomas. Finalmente asintió con una pequeña sonrisa.
—Gracias…
Thomas salió del auto rápidamente, rodeándolo para abrir la puerta del copiloto. Bill lo miró con sorpresa ante el gesto, pero no dijo nada, solo se deslizó dentro con cuidado, acomodándose en el asiento de cuero mientras dejaba su bolso en el suelo del auto.
Thomas cerró la puerta y volvió a su lugar.
—¿Estás cómodo?— Preguntó Thomas, arrancando el motor.
—Sí, gracias— Respondió Bill con voz suave, acomodándose el cabello detrás de la oreja.
No pudo evitar contemplar a Bill de reojo. La forma en que ese suéter gris se ceñía a su cuerpo era una tortura exquisita. Se imaginaba quitándole ese suéter lentamente, descubriendo qué había debajo. ¿Llevaría algo? ¿O estaría completamente desnudo bajo la tela?
¿Qué estaba pensando?
Pero no podía detenerse. Se imaginaba deslizando las manos por esos jeans ajustados, sintiendo las piernas delgadas bajo la tela. Besando ese cuello pálido que quedaba expuesto. Escuchando los sonidos que Bill haría.
Thomas apretó el volante con más fuerza, intentando concentrarse en la carretera y no en cómo su pantalón comenzaba a apretarle incómodamente. Bill estaba ahí, a centímetros de él, sin saber el efecto devastador que tenía.
Durante los primeros minutos, el silencio fue cómodo, solo interrumpido por el sonido del motor y el tráfico ocasional.
—¿Cómo estuvo tu día?— Preguntó Thomas finalmente, rompiendo el silencio.
—Bien…— Bill sonrió tímidamente.— Tuvimos una clase sobre métodos de enseñanza para niños pequeños. Fue interesante.
—¿Te gusta la carrera?
—Mucho— Respondió Bill, y sus ojos se iluminaron ligeramente.— Me gusta la idea de poder ayudar a los niños a aprender, a crecer. Andy siempre dice que tengo paciencia infinita.
Thomas sonrió.
—Apuesto a que serás un gran maestro.
Bill se sonrojó ante el cumplido, bajando la mirada hacia sus manos.
—Espero…
Hubo una pausa. Bill jugaba nerviosamente con sus anillos, y entonces, con voz más suave, preguntó:
—¿Y… tu hijo? ¿Cómo está?
Thomas se tensó apenas, sus manos apretando ligeramente el volante. No esperaba esa pregunta.
—Tom…— Dijo con voz neutra.— Está… bien, supongo.
—¿Supones…?
Thomas suspiró, manteniendo la vista en la carretera.
—Tom tiene doce años. Es… complicado. Desde que su madre murió, se ha vuelto más distante. Más cerrado. Sus calificaciones han bajado y… no sé cómo llegar a él.
Bill escuchaba en silencio, con atención completa.
—Debe ser muy duro para él— Dijo finalmente, con voz llena de empatía.— Perder a su madre tan joven…
—Lo sé— Admitió Thomas.— Y sé que debería estar más presente. Pero… no sé cómo. Cada vez que intento hablar con él, es como si hubiera un muro entre nosotros.
—Quizás solo necesita tiempo— Sugirió Bill con suavidad.— Y saber que su padre está ahí, aunque no sepa cómo expresarlo.
Thomas lo miró de reojo, sorprendido por la madurez en las palabras de Bill. Tenía solo dieciocho años, pero hablaba con una sabiduría que no correspondía a su edad.
—Tienes razón.
Hubo otra pausa, más pesada esta vez. Bill parecía querer decir algo más, pero dudaba.
—¿Y… tu esposa?— Preguntó finalmente, con voz apenas audible.— ¿Hace cuánto…?
Thomas apretó el volante. Ese tema. Siempre doloroso.
—Un año— Respondió con voz tensa.— Cáncer. Fue… rápido al final.
—Lo siento mucho— Murmuró Bill, y la sinceridad en su voz era palpable.
—Gracias
El silencio que siguió fue incómodo. Thomas se arrepintió de haber hablado de eso. No quería que Bill lo viera solo como un viudo, como un hombre roto por la pérdida.
—Ella era… una buena persona— Continuó Thomas, sin saber muy bien por qué seguía hablando.— Una buena madre. Tom la adoraba.
—Estoy seguro que sí…— Bill miraba por la ventana, como dándole espacio.
—Pero…— Thomas se detuvo, dudando si debía continuar. Finalmente lo hizo.— Ha sido difícil seguir adelante. Sentir que está bien… vivir sin ella.
Bill giró su cabeza hacia él, y sus ojos lo miraron con una comprensión que lo desarmó completamente.
—Creo que ella querría que fueras feliz— Dijo con voz suave.— Que vivieras. Que… encontraras razones para sonreír de nuevo.
Thomas sintió algo apretarse en su pecho.
—Sí…— Murmuró.
El resto del trayecto transcurrió en un silencio más cómodo. Bill miraba ocasionalmente por la ventana, y Thomas lo miraba a él cada vez que se detenía en un semáforo.
&
Finalmente llegaron a la casa de Andreas y Bill. Thomas estacionó el auto frente a la entrada, y ambos se quedaron quietos por un momento, sin hacer ademán de salir.
—Gracias por traerme— Dijo Bill, girándose hacia él con una sonrisa pequeña.
—No fue nada.
Bill tomó su bolso del suelo y abrió la puerta del auto, comenzando a bajarse. Pero entonces escuchó la voz de Thomas:
—Bill
Se detuvo, girándose hacia él con expresión curiosa. Thomas lo miraba con una intensidad que le cortó la respiración.
—¿Sí?
Thomas no respondió con palabras. En cambio, levantó su mano y la colocó suavemente sobre la mejilla de Bill.
El chico se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos, pero no se apartó.
—Yo…— Murmuró Thomas, su voz apenas un susurro.
Thomas se inclinó lentamente, dándole tiempo a Bill para apartarse si quería. Pero Bill no se movió. Sus ojos bajaron hacia los labios de Thomas, luego volvieron a sus ojos, y eso fue todo lo que Thomas necesitó.
Sus labios se encontraron en un beso suave, casi tímido. Thomas sostuvo la mejilla de Bill con delicadeza, como si fuera algo frágil que pudiera romperse. Bill cerró los ojos, sus manos apretando ligeramente su bolso en su regazo, sin saber qué hacer con ellas.
El beso duró apenas unos segundos, pero se sintió como una eternidad. Cuando se separaron, ambos se quedaron quietos, con las frentes casi tocándose, respirando el mismo aire.
Bill abrió los ojos, y Thomas pudo ver el rubor intenso en sus mejillas.
—Lo siento— Dijo Thomas de inmediato, apartándose un poco.— No debí…
—No— Interrumpió Bill rápidamente, y sus ojos evitaron verlo.— No te disculpes. Yo… yo también quería…
Se miraron nuevamente, y esta vez fue Bill quien se inclinó. El segundo beso fue más seguro, más real. Bill dejó caer su bolso al suelo del auto y levantó tímidamente una mano hacia el cuello de Thomas, sosteniéndolo con delicadeza mientras sus labios se movían juntos con más confianza.
Thomas profundizó el beso apenas. Su otra mano se movió hacia la cintura de Bill, atrayéndolo más cerca en el espacio limitado del auto. Bill emitió un sonido pequeño, que hizo que algo en el pecho de Thomas se encendiera.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Bill tenía los labios ligeramente hinchados y rojos.
Thomas acarició su mejilla con el pulgar, memorizando cada detalle de ese rostro que ya se había grabado en su mente.
—Eres tan hermoso— Murmuró Thomas, con voz ronca.— Tan jodidamente hermoso que me quitas el aliento.
Bill se sonrojó intensamente, sin saber qué decir.
—No he podido dejar de pensar en ti— Continuó Thomas.— Cada noche, cada maldita noche… sueño contigo. De formas que no debería.
—Thomas…— Susurró Bill
—Sé que es complicado— Thomas lo miró directamente a los ojos.— Tengo treinta años. Tengo un hijo. Soy amigo de tu hermano. Debería ser más responsable, más correcto, pero…
—Dime…— Bill lo animó a continuar.
—Pero no puedo— Admitió Thomas, con vulnerabilidad pura en su voz.— No puedo dejar de desearte. Me haces sentir vivo de nuevo, Bill. Por primera vez en meses, siento algo más que vacío.
Bill sintió su corazón acelerarse.
—No sé qué me haces— Thomas continuó, y su pulgar acarició el labio inferior de Bill.— Pero te deseo. Dios, cómo te deseo. Y no solo físicamente… quiero conocerte, quiero estar contigo, quiero…
Se detuvo, como si las palabras fueran demasiado. Thomas lo miró con una intensidad que lo hizo estremecer.
—Quiero que seas mío— Dijo finalmente con voz firme.— Sé que es egoísta. Sé que probablemente te estoy arrastrando a algo complicado. Pero… ¿puedo intentar esto contigo? ¿Podemos intentarlo?
Bill no dudó ni un segundo.
—Sí— Respondió, con convicción absoluta.— Sí quiero intentarlo. Yo también… yo también te deseo. Y no solo… no solo físicamente. Quiero estar contigo, Thomas.
Thomas sonrió, y fue la sonrisa más genuina que Bill había visto en él.
Se miraron en silencio, conscientes que acababan de cruzar una línea que no tenía vuelta atrás.
—¿Qué hacemos ahora?— Preguntó Bill con voz pequeña.
Thomas no tenía respuesta. Solo sabía que no quería que Bill saliera de ese auto. No quería que este momento terminara.
—No lo sé— Admitió honestamente.— Pero… ¿puedo verte de nuevo?
Bill sonrió, y fue como si el sol saliera después de días de lluvia.
—Sí…— Susurró.— Sí, quiero verte de nuevo.
Thomas sonrió también, sintiendo felicidad por primera vez en meses.
Bill finalmente tomó su bolso y abrió la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez hacia Thomas.
—Buenas noches, Thomas.
—Buenas noches, Bill.
Bill salió del auto y caminó hacia su casa. Thomas esperó hasta que la puerta se cerrara detrás de él antes de arrancar el motor.
Mientras conducía de regreso a su casa, no pudo borrar la sonrisa de su rostro. Sus labios aún hormigueaban con el recuerdo del beso, y su mente reproducía una y otra vez la imagen de Bill sonrojado, mirándolo con esos ojos brillantes.
Cuando llegó a casa, Tom estaba nuevamente en la sala, viendo televisión. Thomas lo saludó, pero el niño apenas respondió. Y por primera vez, a Thomas no le importó tanto.
Solo pensó en Bill.
Continúa…
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