Mi dulce recuerdo 22

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 22

El azabache estaba genuinamente feliz y no hacía ningún esfuerzo por contenerse.

—La ropita azul que compramos ayer tienes que verla— Decía, y Andreas podía sentir perfectamente la sonrisa en cada palabra.— Son dos conjuntitos iguales, uno para cada uno, con unos ositos pequeñitos bordados en el pecho. Thomas dijo que eran demasiado pequeños para ser reales y yo le dije que así de pequeños van a ser ellos al principio. Se quedó mirándolos como si no pudiera creerlo todavía.

Andreas sonrió.

—¿Qué más compraron?— Preguntó

—¡De todo! Thomas insistió. Yo le dije que todavía faltaba tiempo y él dijo que no importaba— El menor se detuvo un segundo con una risa suave.— Creo que está más emocionado que yo, Andy.

—Claro que está emocionado— Respondió— Son sus hijos.

—Creo que no nos falta nada más— Continuó el azabache.— Las cunitas ya las pidió Thomas, llegan la próxima semana. Los móviles también. Y Tom nos ayudó a decidir el color de la habitación, ¿te imaginas?

El mayor levantó una ceja.

—¿Tom?

—Tom— Confirmó su hermano menor— Dijo que el color azul era mejor que el amarillo porque el amarillo le da dolor de cabeza. Muy serio él.

La risa de Andreas salió, suave y genuina.

—Ese niño— Murmuró

—Ese niño— Repitió Bill con ternura.

Siguieron hablando unos minutos más. El pelinegro le contó sobre la última revisión, sobre el peso de los bebés, sobre cómo uno de los dos pateaba mucho más que el otro. Andreas escuchó todo muy atento.

—Bueno…— Dijo el menor para terminar la conversación.— Te llamo mañana.

—Aquí voy a estar.

—Te quiero, Andy.

—Yo también te quiero, hermanito— Respondió sincero.— Mucho.

La llamada terminó. Andreas bajó el teléfono despacio de su oreja.

Dejó el teléfono sobre el escritorio del consultorio y levantó la vista hacia el médico que tenía sentado frente a él al otro lado de la mesa, esperándole con paciencia y con una carpeta abierta entre las manos.

El anciano tenía una expresión que llevaba varios minutos intentando ser lo más humana posible dentro de lo que su profesión le permitía.

—Como le decía— Retomó con voz tranquila.— Los resultados de esta última revisión confirman lo que ya discutimos el mes pasado. La enfermedad ha avanzado más de lo que esperábamos en este período. Los marcadores que estábamos monitoreando han cambiado de manera significativa, y la respuesta al tratamiento no ha sido la que hubiéramos querido ver.

Andreas no se esforzó en escuchar atentamente.

El doctor diría lo mismo. Que todo avanzaba sin retroceder.

¿Qué caso tenía?

Tenía las manos sobre las rodillas y los ojos en el médico

—¿Cuánto tiempo?— Preguntó directo. Sin nada de rodeos.

El doctor no desvió la mirada.

—Es difícil dar un número preciso— Respondió con honestidad.— Pero si la progresión continúa al ritmo actual… probablemente no hablamos de años, Andreas. Puede ser que tengamos meses. Tal vez menos. Depende de muchos factores que todavía están en movimiento.

Él asintió. Una vez. Lento. Como si la información no fuera nueva, porque no lo era, sino simplemente más concreta que la última vez.

—Hay opciones que todavía podemos explorar— Dijo el doctor. Su voz tomó un tono cuidadoso.— Hay protocolos experimentales, hay posibilidades de derivación a especialistas que trabajan específicamente con este tipo de progresión. No quiero que sienta que estamos al final de lo que la medicina puede hacer, porque no lo estamos.

El rubio asintió de nuevo, con calma que había tenido desde que entró al consultorio esa mañana, desde que el doctor empezó a hablar, desde que los números, porcentajes y las palabras técnicas cayeron sobre la mesa entre ellos sin misericordia.

—Andreas— Llamó. Esta vez su voz era menos médica y más simplemente humana.— Sé que esto es mucho. Sé que no hay manera que no lo sea. Pero quiero que sepa que lo que ha hecho hasta ahora, la manera en la que ha manejado el tratamiento, la manera en la que ha seguido adelante… eso importa. Eso cuenta.

Andreas miró la carpeta sobre el escritorio.

Pasó un momento. Y entonces habló.

—No estoy triste por mí— Expresó con una voz que era completamente tranquila y completamente verdadera al mismo tiempo.— En serio. No es eso.

El doctor lo miró sin interrumpir.

—Si siente pena por mí… en verdad, no la tenga— Sus ojos fueron hacia el teléfono quieto sobre el escritorio, solo un segundo, antes de volver al médico.— Morir no me asusta como pensé que me asustaría cuando me enteré. Ya… ya he pensado mucho en eso. Ya lo procesé.

En la ventana del consultorio, Stuttgart estaba con su bello atardecer y su indiferencia absoluta a lo que ocurría en ese cuarto pequeño.

—Lo que en realidad me pone triste…— Habló— Es dejar lo que amo. Eso sí. Eso es lo único que todavía no sé cómo manejar.

Se quedó callado un momento.

—Mi hermano menor— Dijo con una voz que había perdido el último borde de compostura que le quedaba.— Recién se casó. Y está esperando dos bebés. Gemelos. Recién me estaba contando que ya les tienen todo. Y mi cuñado no puede creer que vayan a ser tan pequeños. Y Tom, Tom eligió el color de la habitación.

Sonrió levemente. Los ojos le brillaban. De una emoción absoluta… y de unas lágrimas que se acercaban.

—Quiero verlos nacer— Expresó en voz baja.— Quiero tenerlos en mis brazos. Quiero ver la cara de Bill cuando los tenga por primera vez. Quiero estar ahí.

Soltó aire.

—Eso es lo que me duele— Completó— No irme. Sino lo que me voy a perder.

El consultorio quedó en silencio.

El doctor no tuvo nada que decir porque entendía que había cosas que no necesitaban respuesta inmediata. Simplemente alguien que las escuche y las deje existir en el aire.

El rubio dirigió su mirada hacia la ventana.

Stuttgart seguiría viéndose exactamente igual aunque él ya no estuviera para verlo.

&

La universidad había quedado en pausa. Esta se retomaría cuando los niños tuvieran dos o tres años, que no era para siempre, que era solo un paréntesis.

El vientre de Bill había crecido de una manera que a veces lo dejaba sin palabras.

Seguía pareciéndole algo completamente irreal aunque fuera lo más real que hubiera vivido nunca. Su esposo lo acariciaba todas las mañanas antes de levantarse de la cama. Acercaba sus labios al vientre de su chico y decía cosas en voz muy baja que Bill nunca le pedía que repitiera porque eran para los bebés. Que aunque estuvieran presente todo el tiempo, nunca se habló de sus nombres.

Su hermano lo llamaba todos los días. A veces más. Y los fines de semana, ellos iban o él llegaba para pasar tiempo juntos.

Tom, en los siguientes meses, había estado presente a su manera. Nunca comentó más ni menos.

Y cuando ese día llegó, en la mañana, Bill despertó con una presión profunda y lenta, que empezó en algún lugar del centro de su cuerpo y se extendió hacia afuera.

Thomas no tardó en intentarlo en cuanto escuchó a Bill decir que ese día nacerían.

Tom los despidió en la puerta.

No hizo preguntas. Solo se quedó allí, observándolos. Pero su mirada terminó deteniéndose en Bill.

—Todo va a salir bien— Dijo con serenidad.

Bill sonrió con suavidad.

—Gracias, Tom.

—Sí— Murmuró— Vayan ya.

Thomas abrió la puerta del auto y esperó a que Bill se acomodara con cuidado antes de rodearlo para ocupar el asiento del conductor.

Cuando el motor arrancó, Tom seguía de pie en la entrada de la casa.

Levantó una mano en una despedida silenciosa.

El azabache respondió con una pequeña sonrisa antes que el automóvil se alejara rumbo al hospital.

Y esa tarde…

—Señor Kaulitz.

Caminó hacia el doctor antes que terminara de hablar.

—Ya puede pasar.

La habitación tenía una tranquilidad que incluso se sentía antes de entrar.

La luz era más suave que la que estaba en el pasillo. Había una ventana con las persianas a medio bajar que dejaba entrar una franja de la tarde, porque la tarde había llegado sin que Thomas se diera cuenta de cuándo había ocurrido eso.

Su chico estaba recostado en la cama. Tenía la espalda apoyada contra las almohadas y el cabello oscuro mojado por el esfuerzo. El agotamiento era visible en su rostro. Y sin embargo, no le quitaba nada de lo que siempre había tenido.

Llevaba una bata del hospital y tenía los brazos ocupados.

Un bebé a cada lado.

El castaño se detuvo en el umbral.

No porque dudara, sino porque necesitó ese segundo para que todo lo que estaba viendo terminara de llegar.

Los bebés estaban quietos. Bill los estaba mirando detenidamente. Con esa expresión que Thomas no le había visto antes porque no había existido antes. Una expresión que era completamente nueva y que al mismo tiempo parecía la más natural del mundo en su rostro.

Terminaba de darles de comer. Lo supo de inmediato.

Su chico levantó la vista cuando escuchó los pasos y lo encontró ahí, en el umbral.

Bill sonrió más. Fue una sonrisa cansada y enorme.

El mayor avanzó, como si moverse demasiado rápido pudiera romper algo, aunque sabía que no era así.

Se sentó en el borde de la cama junto a él con cuidado.

Y miró a sus hijos.

Uno de ellos tenía los ojos cerrados, la boca pequeña y apretada, el puño diminuto asomándose por el borde de la manta. El otro tenía los ojos abiertos, o más bien entreabiertos, con esa mirada desenfocada y grave como cualquier bebé que está procesando un mundo completamente nuevo.

Bill lo observó de reojo, esperando, con esa paciencia suya que nunca empujaba.

—¿Quién nació primero…?— Preguntó el mayor finalmente, con una voz que salió más baja de lo normal.

El pelinegro bajó la vista hacia el bebé que descansaba a su derecha.

Con una delicadeza infinita, acomodó un poco la manta que lo cubría antes de volver a levantar los ojos hacia su esposo.

—El de la derecha— Respondió en voz baja.— Nick… él nació primero.

El castaño lo miró fijamente. La sorpresa fue tan evidente que ni siquiera intentó ocultarla.

—¿Nick…?— Repitió casi en un susurro.

Bill asintió despacio.

Sabía perfectamente lo que significaba ese nombre.

Thomas sabía que algún día… tendría un hijo llamado así.

Él nunca volvió a mencionarlo después de aquella conversación.

Pero Bill lo había recordado. Siempre.

Una sonrisa pequeña, incrédula y profundamente emocionada apareció en el rostro del hombre. Sus ojos regresaron al recién nacido, como si necesitara comprobar que era real.

Después, el menor giró apenas la cabeza hacia el otro bebé.

El pequeño se removía entre las mantas con mucha más energía que su hermano mayor por diez minutos, frunciendo la nariz y moviendo sus diminutos puños como si ya quisiera protestar por algo.

Una risa suave escapó de Bill.

—Y él…— Dijo acariciándole la mejilla con la yema del dedo.— Se llama Nikki.

Thomas desvió la mirada hacia el segundo bebé.

—Nikki…

Su chico asintió.

—Nikki porque está más vivo que nunca.

Como si hubiera entendido que estaban hablando de él, el pequeño volvió a moverse, arrancándoles una sonrisa a los dos.

El mayor soltó una breve risa por la nariz y negó con la cabeza.

—Ya empezó a hacer honor al nombre…

Se quedaron así. Los dos adultos y los dos recién nacidos en la quietud de esa habitación pequeña, con la franja de luz de la tarde cruzando el suelo.

Thomas levantó la vista hacia Bill, y lo miró de la manera en la que lo miraba cuando no tenía palabras pero tampoco las necesitaba.

Él le sostuvo la mirada. Completamente agotado y completamente vivo al mismo tiempo.

—Gracias…— Dijo

Era la misma palabra que había dicho la noche en la que le dijo todo. Pero sonaba diferente en ese instante.

—No me des las gracias a mí.

—Amor…

—Son tuyos también.

—Lo sé— Dijo el mayor.— Por eso te doy las gracias. Porque son nuestros.

El menor sonrió y volvió a sus bebés.

Thomas sacó algo del bolsillo. Algo pequeñito.

Bill levantó la vista.

—Quieto— Dijo el mayor con esa sonrisa de lado que tenía cuando algo le parecía completamente inevitable.

—Thomas…

—Quieto— Repitió.

El azabache abrió la boca para protestar y la cerró. Miró a Nick, miró a Nikki. Y después dejó de protestar.

Thomas levantó la cámara hacia ellos.

La que había llevado sin que nadie lo viera.

Bill miró a la cámara. Y sonrió como nunca.

El obturador sonó una vez.

Thomas bajó el teléfono y miró la pantalla. Se quedó mirándola unos segundos sin decir nada.

En la foto, Bill estaba con Nick en el brazo derecho y Nikki en el izquierdo, con esa sonrisa que no había sido para la cámara sino para ellos, para los dos niños pequeños que no entendían todavía nada de lo que significaba haber llegado al mundo.

Era la foto más bonita que Thomas había tomado en su vida.

Después guardó la cámara y volvió a Bill, a sus hijos.

Y esa misma tarde… Andreas volvió a casa.

Sonrió para sí.

Porque, a veces, la vida no necesita avisar cuando está a punto de cambiar para siempre.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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