Mi dulce recuerdo 21

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 21

Durante cuatro meses Tom no les habló. Es decir, las monosílabas desaparecieron. Las respuestas de una sola palabra que antes al menos confirmaban que el niño había escuchado, que estaba ahí, que existía dentro de la misma casa, desaparecieron también. En su lugar quedó algo más difícil de manejar que el enojo: la indiferencia perfecta.

Él bajaba, comía, subía. Pasaba junto a ellos en el pasillo sin detener el paso. Respondía directamente con gestos, con asentimientos y con negaciones.

A Bill no lo miraba.

Eso dolía de una manera diferente a cualquier cosa que Bill hubiera esperado.

Había imaginado enojo, preguntas difíciles, quizás acusaciones, quizás algún momento complicado que hubiera que atravesar juntos. Había estado preparado para eso, o al menos lo había intentado. Pero no había estado preparado para esto: existir en la misma casa que Tom y sentir que para él era como si no estuviera.

Se lo guardaba. No se lo decía a Thomas con palabras porque Thomas ya lo veía igual.

Pero cuatro meses también habían traído otras cosas.

El vientre del azabache había empezado a cambiar mucho. Para cuando cumplió las doce semanas ya era visible, y no de manera discreta y ambigua que permite seguir usando la ropa de siempre con un botón desabrochado. Era visible de verdad, redondeado y claro.

Su pareja estaba encantado. Se lo tocaba constantemente. Ambos. Era un hábito que habían desarrollado sin darse cuenta, sin ninguna decisión consciente. A veces Bill lo descubría haciéndolo y no decía nada, solo ponía su mano encima de la de Thomas y los dos se quedaban así un momento, en silencio.

Y Andreas… no lo soltó. Lo llamaba todos los días, a veces cuatro veces. Iba a verlo cuando podía. Llegaba con bolsas de pan dulce y se sentaba con ellos a comerlo con café.

Y cuando llegó la fecha de la primera ecografía importante, la del sexo, Andreas sí o sí quiso estar ahí. Que le importaba que fuera de mal tercio y una falta de respeto.

Ese día, en el consultorio, cuando los llamaron, los tres se levantaron al mismo tiempo.

El consultorio era pequeño pero aún así cálido, con esa luz tenue que tienen siempre, y la doctora los recibió con una sonrisa amable.

El menor se acomodó en la camilla con nerviosismo y anticipación que llevaba días acumulando. El castaño tomó su mano desde el lado derecho.

Su hermano se quedó de pie con los brazos cruzados, mirando la pantalla del ecógrafo con una concentración que habría resultado cómica si no fuera tan genuina.

La doctora preparó el gel y comenzó.

La pantalla se llenó de esas imágenes en blanco y gris que parecen estáticas hasta que de repente cobran forma y sentido. El azabache apretó la mano de Thomas. Thomas apretó la suya de vuelta sin apartar los ojos de la pantalla.

Andreas se había inclinado imperceptiblemente hacia adelante.

—Todo se ve muy bien— Dijo la doctora.— El desarrollo es excelente para las semanas que tiene.

Movió el aparato despacio.

—Aquí pueden ver la cabeza— Señaló con el dedo en la pantalla.— Y aquí la columna. Todo dentro de los parámetros normales.

Bill exhaló despacio. El castaño llevó la mano de su pareja a sus labios y la besó sin dejar de mirar la pantalla.

—¿Ya quieren saber el sexo?— Preguntó, había una sonrisa pequeña en ella.

—Sí— Dijeron Thomas y Bill al mismo tiempo.

La doctora ajustó el ángulo un momento, buscando, y entonces asintió con una satisfacción tranquila.

—Es un niño.

El hombre sonrió en grande. Apretó la mano de Bill y lo miró, y Bill lo estaba mirando también con los ojos brillantes. Con esa expresión que Thomas había aprendido a reconocer como la más genuina que el menor tenía.

—Un niño— Repitió su chico en voz muy baja, ya soltando unas lágrimas.

—Un niño— Confirmó él, y le besó la mano otra vez.

Detrás de ellos, el rubio emitió un sonido de una tos discreta que no engañó absolutamente a nadie.

La doctora sonrió y siguió con el examen, moviendo el aparato. Revisando, midiendo, anotando cosas que Bill no alcanzaba a leer desde la camilla.

Se detuvo. Fue un cambio pequeño.

La manera en la que sus manos dejaron de moverse con esa fluidez profesional de siempre y se quedaron quietas sobre un punto específico de la pantalla… se notó. Sus ojos se fijaron en algo que las otras personas en la habitación no entendieron.

El pelinegro lo notó primero.

—¿Qué pasa?— Preguntó, de repente un poco alarmado.

La doctora no respondió de inmediato. Ajustó el ángulo del aparato. Miró de nuevo.

Andreas se había enderezado completamente. Ya no tenía los brazos cruzados sino caídos a los lados, y sus ojos iban de la pantalla al rostro de la doctora con una rapidez que decía que él también lo había visto. El cambio en su expresión, esa fracción de segundo en el que algo diferente había cruzado su cara.

—Doctora— Llamó el rubio, y su voz era tranquila pero tenía un filo discreto adentro.— ¿Qué está viendo?

La doctora levantó la vista hacia ellos. Y sonrió.

—Bueno— Dijo, con una calma que en ese momento resultó completamente exasperante.— Lo que estoy viendo es que hay otro pequeño ser en este vientre.

Nadie habló. La pantalla seguía ahí, con sus imágenes en blanco y gris, perfectamente indiferente al efecto que acababan de producir.

—¿Cómo…?— Dijo Bill.

—Gemelos— Confirmó la doctora— Aquí tienen al primero, que ya vimos. Y aquí— Movió el dedo apenas unos centímetros.— Está el segundo. También varón.

Thomas tenía la mano de Bill todavía entre las suyas y sus ojos estaban fijos en la pantalla con una expresión que había pasado de la emoción a la sorpresa.

El rubio había llevado una mano a su propia boca, y sus hombros estaban haciendo algo que no era llorar y no era reírse sino alguna cosa entre las dos. Sus ojos brillaban de una manera inequívoca. Intentó decir algo y no salió nada. Lo intentó de nuevo.

—Dos— Logró articular finalmente.— Son dos, Bi…

Bill lo miró. Se le escapó una risa. Con ella también llegaron las lágrimas.

A Thomas una sonrisa que empezó a abrirse en su cara. Enorme. La sonrisa de un hombre al que acaban de decirle que va a tener dos hijos al mismo tiempo.

Estaba dicho. Ese año, iban a recibir no a uno, sino a dos niños nuevos en el mundo.

&

A la mañana siguiente la casa amaneció con el sol en su máximo esplendor.

En el segundo piso los pasos lentos de Tom se movían de un lado a otro en su habitación.

Bill secó sus manos con el paño de cocina y se quedó un momento apoyado contra la encimera, mirando la ventana que daba al jardín. El verde de afuera era nuevo y brillante.

Pensó en Tom. En la ecografía doblada con cuidado que había dejado sobre la mesita de su habitación esa mañana. Pensó en los cuatro meses de silencio y este, eventualmente, necesita romperse desde algún lado.

Tomó aire y subió las gradas. Se dirigió a su habitación y tomó la ecografía que dejó en su mesita de noche.

Salió, caminó, y se detuvo frente a la puerta de Tom con el nudillo levantado. Antes que pudiera pensar demasiado en ello, tocó dos veces.

—¿Tom?

Más sin embargo no hubo nada del otro lado.

—¿Puedo pasar?— Preguntó— Por favor.

El azabache esperó sin moverse, con la mano todavía levantada cerca de la puerta.

Ese largo silencio, no supo cómo, pero lo tomó como un sí.

Llevó la mano al picaporte y abrió despacio.

Tom estaba sentado en el borde de la ventana y tenía los ojos puestos en el exterior. Las rastas le caían hacia adelante, enmarcándole la cara.

Entró y cerró la puerta detrás de él con suavidad.

Se quedó de pie, mirando a Tom. Los dos sabían perfectamente que ese momento llevaba tiempo acumulándose.

—Tom— Habló con esa voz suya que no levantaba ni apresuraba.— Sé que no has querido hablar. Y te he dado ese espacio porque creo que lo necesitabas y porque me parece justo. Pero hoy necesito decirte algunas cosas, y te pido que me escuches. Solo escucharme. No tienes que responder nada si no quieres.

El niño apartó la vista de la ventana pero no lo vio. Lo cual, en su idioma, era una forma de decir que estaba escuchando.

Bill tomó aire y continuó.

—Sé que esto cambia las cosas para ti. Sé que una nueva dinámica en esta casa puede generar muchas preguntas o incluso resentimiento, y tienes todo el derecho a sentirte así. Cuatro meses de silencio es mucho tiempo, y no quiero que pienses que te estamos dejando de lado o que tu lugar en esta familia va a cambiar. Este bebé es una realidad— Bill sonrió pequeño sin pensar.— Bueno… los bebés…

Tom frunció levemente el ceño.

El pelinegro metió la mano en el bolsillo de su sudadera. Sacó la ecografía doblada con cuidado y la sostuvo entre los dedos un momento antes de extenderla hacia Tom.

—Ayer fuimos al médico.

El menor lo vio por primera vez.

Miró la ecografía en la mano de Bill. No la tomó pero tampoco apartó los ojos de ella.

—Son dos— Confesó— Gemelos. Los dos son niños.

Tom miró la ecografía durante un segundo más y entonces se levantó.

La tomó, despacio. La sostuvo entre ambas manos y la miró. Las imágenes en blanco y gris no decían mucho para quien no sabía leerlas, pero la doctora había señalado con un bolígrafo los dos contornos.

—Van a necesitar a alguien que los cuide— Continuó Bill con voz tranquila, observando a Tom inclinado sobre la ecografía.— Alguien que ya conozca esta casa, que sepa cómo funciona todo aquí. Alguien mayor en quien puedan confiar.

El de rastas siguió callado, pero algo en su postura cambió apenas.

—Van a necesitar a su hermano mayor— Dijo Bill, y lo dijo sin rodeos, directo y simple, porque Tom era el tipo de persona con quien los rodeos no funcionaban.— Desde el principio. Desde antes de entender nada van a saber quién eres tú en su vida. Y eso no es algo pequeño, Tom. Eso es algo enorme.

El de rastas siguió con los ojos en la ecografía. Sus pulgares la sostenían con un cuidado que probablemente no era consciente.

—Solo quiero que sepas que yo no estoy aquí para quitarte nada. No estoy aquí para reemplazar a tu madre ni para ocupar un lugar que no me corresponde. Estoy aquí porque quiero a tu padre y porque me importa esta familia. Y eso te incluye a ti. Siempre te ha incluido a ti.

El silencio que siguió duró varios segundos hasta que todo cambió en Tom.

Fue de golpe, como cuando una presa aguanta y aguanta y en algún punto deja de aguantar.

—¿No crees que es demasiado rápido?— Soltó Tom por primera vez en cuatro meses. Su voz había subido sin que él pareciera haberlo decidido, con ese filo de quien ha estado guardando presión durante demasiado tiempo.— Llevan poco tiempo juntos ¿y ya hay dos seres de por medio? ¿Nadie pensó en si era buen momento o simplemente pasó y ya, y ahora yo tengo que adaptarme?

Bill abrió la boca pero Tom ya seguía.

—Tú llegaste aquí. Y desde entonces sonríes como si todo fuera perfecto y como si yo no existiera o como si existiera pero solo cuando te conviene acordarte— Seguía, más rápido, con la ecografía todavía en las manos aunque ya no la estaba mirando.— Y mi padre te mira como si fueras lo único que hay en el mundo y yo estoy ahí, en la misma casa y nadie… nadie me preguntó nada. Ni cuando llegaste, ni cuando dijeron que te quedabas, ni cuando…

Se detuvo. Apretó los labios.

—Ni cuando dijeron que había un bebé— Terminó, más bajo.— Ni cuando resultaron ser dos.

—Tom…

—Y encima se supone que tengo que estar feliz— Continuó. Había algo quebrado en los bordes de su voz, algo que no era rabia pura sino rabia mezclada con otras cosas.— Se supone que tengo que aceptarlo todo y adaptarme. Y ser el hermano mayor responsable de dos bebés que ni siquiera… que ni siquiera…

Volvió a detenerse. Y entonces dijo algo que salió diferente a todo lo anterior. Más duro y directo. Con esa crueldad que a veces tiene el dolor cuando no encuentra otra forma de salir.

—Que ni siquiera me importan.

El silencio cayó entre ellos.

Tom lo sintió antes de ver el efecto. Lo sintió en cómo las palabras sonaron en el aire una vez que salieron, de una manera que no habían sonado dentro de su cabeza cuando las estaba pensando.

Entonces miró a Bill. Que no había retrocedido.

Seguía de pie en el mismo lugar. Pero algo en su cara había cambiado. No era enojo y no era el tipo de expresión que Tom habría sabido manejar porque habría sido irreconocible.

Las lágrimas llegaron sin aviso. No fueron un sollozo ni un llanto abierto. Fueron simplemente lágrimas, que aparecieron en los ojos del pelinegro y rodaron despacio por sus mejillas sin que él hiciera ningún movimiento para detenerlas.

Se quedó quieto. Parpadeó una vez. Y las lágrimas siguieron cayendo en silencio.

No era lo que el menor había esperado. No era lo que había esperado en absoluto, y eso lo desconcertó. Había esperado que Bill se defendiera, que rebatiera, que dijera algo que Tom pudiera continuar rebatiendo a su vez, que la conversación siguiera siendo lo que había sido hasta ese momento.

Pero el azabache estaba llorando.

Callado, quieto, sin exagerar nada.

De repente no supo absolutamente qué hacer con ninguna parte de su cuerpo ni con ninguna parte de su cabeza.

—Yo…— Empezó, y su voz salió completamente diferente a como había sonado hace treinta segundos. Más pequeña y honesta.— No quería decir eso…

Bill solo se limpió una mejilla con el dorso de la mano, despacio.

—En serio— Insistió Tom, y había algo urgente en su voz.— No quería decir eso. No lo pienso así. Solo estaba…— Se detuvo— Estaba enojado— Dijo finalmente.— Y cuando me enojo digo cosas que no…

Tragó saliva.

—Lo siento— Soltó siendo muy sincero.— Lo siento de verdad, Bill.

Era la primera vez en cuatro meses que Tom decía su nombre.

El pelinegro lo miró. Sus ojos todavía brillaban pero las lágrimas habían dejado de caer. Asintió despacio, sin decir nada todavía.

Tom estaba sonrojado. No de vergüenza sino de algo parecido. Esa incomodidad física de quien no está acostumbrado a hablar tanto con alguien que no conoce del todo y que de repente se encuentra haciéndolo.

—Y lo que dije antes— Continuó, mirando un punto entre Bill y el suelo, porque mirarlo directamente a los ojos requería más de lo que tenía en ese momento.— Lo que nadie te preguntó… tampoco debí decirlo así. Aunque sea verdad que nadie me preguntó.

—Tienes razón en eso— Habló por fin Bill.— Nadie te preguntó. Y eso no estuvo bien.

El menor levantó los ojos hacia él brevemente. No esperaba que le diera la razón.

—Las cosas pasaron y no te dimos el espacio para opinar antes que ya fueran una realidad— Continuó el azabache.— Eso fue un error. Y lo entiendo.

El de rastas apretó los labios. Asintió una vez.

Después de unos segundos, miró la ecografía que todavía tenía en las manos. Los dos contornos pequeños.

—¿Los dos son niños…?— Preguntó

—Sí— Confirmó Bill sonriendo pequeño.

Tom miró los dos contornos durante un momento más. Y dijo algo que claramente le costó pero que era verdad.

—Sería un orgullo— Murmuró, sin levantar la vista de la ecografía.— Ser su hermano mayor.

El mayor no dijo nada. Pero era clara su sorpresa.

A el menor, las mejillas se le habían puesto de un rojo que llegaba hasta las orejas y que no tenía ninguna intención de disimular porque no sabía cómo. Seguía sin mirar al azabache directamente.

Bill volvió a sonreír cálidamente.

—Gracias, Tom…— Dijo en voz baja.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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