Mi dulce recuerdo 20

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 20

El pelinegro despertó. Sus párpados se abrieron y volteó hacia el techo con los ojos adormilados, escuchando la respiración de Thomas a su lado.

Lo de la noche anterior lo azotó de golpe de una forma tan linda, como si su cerebro hubiera estado esperando exactamente ese momento para devolverle cada detalle de la noche anterior.

Una sonrisa se le formó en su rostro. Una de esas que aparecen antes que uno pueda evitarlas.

Con cuidado de no despertar al castaño, que seguía dormido con un brazo extendido sobre él y la expresión completamente relajada, Bill se incorporó y tomó el teléfono de la mesita de noche.

Marcó el número que sabía de memoria desde antes de saber leer.

Sonó tres, cuatro, cinco veces.

—¿Bueno…?— La voz de su hermano llegó ronca, completamente enterrada en el sueño, con ese tono grave y desorientado.

—Andy— Susurró el menor con una sonrisa que se coló directo en su voz.— Buenos días.

Al otro lado escuchó una respiración y el tronar de huesos por parte de Andreas.

—Bill…— Dijo, y en esa sola palabra había todo un inventario de emociones: confusión, cariño, y el principio de una queja que todavía estaba formándose.— Son las… ¿qué hora es?

—Las cinco y cincuenta.

—Las cinco y cincuenta— Repitió su hermano, despacio y adormilado.— Bill… ¡Es de madrugada…!

—Sí, lo sé— El azabache contuvo una risa.— Perdón. Pero es que quería avisarte que vamos a ir a verte hoy. Thomas y yo. Tenemos una noticia que darte.

Andreas pareció levantarse de golpe. Más despierto.

—¿Una noticia…?— No fue una pregunta exactamente. Fue más como repitiendo las palabras en voz alta para organizarlas dentro de su cabeza todavía medio dormida, dándoles vueltas.

—Sí— Dijo Bill, y aunque intentó mantener la voz neutral, había algo imposible de ocultar en ella.

Y Andreas no era tonto.

Se quedó en silencio al otro lado de la línea.

Nunca había sido tonto en realidad, aunque a veces lo fingiera para no robarle el protagonismo a los demás.

—Bill— Su voz había cambiado. Ya no sonaba adormilada.

—¿Mn…?

—¿Estás embarazado?

El menor abrió la boca, incrédulo. Y soltó después de inhalar aire:

—¡Andy…!— Susurró con fuerza, entre escandalizado y completamente sin palabras.— ¡Así no era!

—Pero sí o no.

—¡Ese no es el punto! ¡Tenías que esperar a que yo te lo dijera en persona, no adivinar como si fueras un…!

—Hey, Bi— Lo interrumpió con una calma exasperante.— Pero sí o no.

Bill se quedó callado unos segundos. Pero luego lo afirmó con un puchero.

—Sí…

Escuchó al otro lado de la línea un sonido que tardó un segundo en identificar.

Su hermano mayor soltando aire de golpe, como si lo hubiera estado reteniendo sin darse cuenta.

—Dios mío…— Murmuró Andreas. Su voz había perdido toda la calma elaborada de antes. Sonaba diferente. Más suave.— Dios mío, Bi…

—Tenías que esperarte…— Le reclamó el menor, aunque no había enojo de verdad en su voz.— Había pensado en cómo decírtelo y tú adivinaste como si nada…

—Lo siento, lo siento— Dijo el mayor, y en ningún momento sonó arrepentido del todo.— Pero es que escuché tu voz y supe. Así de simple. Te conozco desde que tenías horas de haber nacido, ¿qué esperabas?

Bill no supo qué responder a eso porque era verdad.

Andreas siempre había sido así: capaz de leerlo en el tono de una sola palabra, en la forma en la que respiraba antes de hablar, en el silencio específico que ponía cuando tenía algo importante guardado. Era una habilidad que a veces le daba paz y otras veces lo desesperaba profundamente, y en ese momento eran las dos cosas al mismo tiempo.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo?— Preguntó el rubio con esa voz nueva y más tranquila.

—Me hice la prueba ayer— Respondió en voz muy baja.— Bueno… dos pruebas. Para asegurarme.

—¿Y Thomas ya sabe?

—Sí; se lo dije anoche.

—¿Cómo reaccionó? Más vale que bien, eh.

Una sonrisa lenta y completamente involuntaria le cruzó en el rostro al menor.

Cerró los ojos un segundo, recordando como aquella caja estuvo en las manos de Thomas. La risa incrédula. Las manos en su cara con ese cuidado casi reverente. El «gracias» que le había salido quebrado.

—Se puso muy feliz— Dijo simplemente, porque no tenía palabras más grandes para describirlo y tampoco las necesitaba. Andreas lo entendería igual.

Y en efecto, al otro lado de la línea, el rubio guardó silencio durante un momento. Solo escuchó. Y en ese silencio había una ternura enorme que no necesitaba palabras para existir.

—Bien— Dijo finalmente, con una voz que era la más sincera que Bill le había escuchado en mucho tiempo.— Me alegra muchísimo, hermanito…

El azabache ya lloraba ahí mismo.

Más sin embargo guardó el llanto para después.

Sorbió su nariz y se limpió las lágrimas en los bordes de sus ojos.

—Oye, Andy…

—¿Qué?

—¿Estás bien?— Preguntó, y no era solo la pregunta de siempre. Era la otra. Las dos.

Su hermano inhaló y exhaló para responder.

—Estoy bien, Bi— Respondió. Su voz volvía a tener esa ligereza de siempre.— Estoy muy bien. Sobre todo ahora.

—Andy…

—Felicidades, hermanito.

Bill abrió la boca para responder y no pudo. Solo sonrió, con los ojos húmedos mientras la habitación seguía en silencio a su alrededor.

El rubio terminó la llamada segundos después. El menor dejó el teléfono en su lugar.

Permaneció quieto unos segundos, mirando a la nada.

Una sonrisa volvió a su rostro.

El corazón le latía a ese ritmo suave y acelerado que llevaba desde la noche anterior y que no parecía tener ninguna intención de calmarse pronto.

Escuchó movimiento a su lado.

Thomas se removió despacio entre las sábanas, con ese despertar lento y gradual que tenía.

Directamente vio a su chico, entreabriendo los ojos.

—¿Con quién hablabas?— Su voz salió grave y adormilada, todavía a medio camino entre el sueño y la conciencia.

—Con Andy.

El mayor parpadeó despacio.

—¿A esta hora?

Lo miró con una ceja levemente arqueada, todavía sin terminar de despertar del todo.

—¿Para qué?

—Para contarle…— La sonrisa se le ensanchó sola.— Él adivinó.

Thomas abrió los ojos.

¿Debería asustarse?

—¿Que adivinó qué?— Preguntó rápidamente aunque ya sabía.

—Lo del bebé— Respondió Bill.

Pronunciar esa palabra en voz alta le producía algo extraño y cálido en el pecho.

—Antes que yo pudiera decírselo lo supo.

El mayor lo miraba fijamente. Después soltó una risa corta, genuina.

—Ese es Andreas— Dijo con calidez en la voz.

Sin decir nada más se incorporó y extendió un brazo. Lo jaló hacia él con facilidad. Bill se dejó llevar sin resistencia y terminó contra su pecho, con la mejilla apoyada sobre la tela de la camiseta.

El mayor bajó la cabeza y presionó sus labios contra su sien.

Bajó una mano sin apresurarse y la posó sobre el vientre de Bill. La palma grande y tibia descansó ahí.

El azabache bajó la vista hacia esa mano y algo en su pecho se apretó de una manera que no dolía en absoluto. Volvió a verle.

Thomas movió la mano con lentitud. Una caricia pequeña sobre la tela de la pijama, y luego levantó la vista hacia él.

—Soy el hombre más feliz del mundo— Expresó con una voz que no tenía ninguna exageración. Solo la verdad dicha de la manera más simple posible.

Si antes a Bill le brillaban los ojos… en ese instante estaban más iluminados que nunca.

El menor no encontró ninguna respuesta que estuviera a la altura de eso, así que no buscó ninguna. Solo se inclinó hacia él y lo besó.

La mano del castaño pasó de su vientre a acariciar con suavidad su muslo.

El beso duró lo que tuvo que durar. Y sus frentes quedaron apoyadas una contra la otra.

&

Tom no entendió por qué su padre lo levantó temprano. Siendo ese día sábado.

Los sábados eran para dormir. Y sin embargo ahí estaba, sentado en su silla de siempre con las rastas cayéndole por los hombros y los ojos entrecerrados en una lucha silenciosa y completamente perdida contra el sueño que seguía jalándolo de vuelta.

Tenía los codos apoyados sobre la mesa y su rostro en una de sus manos. La cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. Señal que ya se iba. Sus ojos se cerraban despacio, se abrían con un esfuerzo enorme y volvían a cerrarse. Cada vez que lo hacía duraban un poco más cerrados que la vez anterior.

Desde la estufa llegaban los sonidos tranquilos que la pareja de su padre hacía día tras día.

Su padre estaba sentado frente a él con la taza de café entre las manos, observando a su hijo con una expresión que mezclaba la ternura con algo más quieto.

No dijo nada. Solo lo dejó estar ahí, a medio caer sobre la mesa.

El sartén dejó de sonar.

Hubo un momento de silencio breve y después los pasos de Bill se acercaron a la mesa.

El menor no los escuchó llegar.

Cuando el plato aterrizó suavemente frente a él, el chico pegó un respingo pequeño y completamente involuntario, levantando la cabeza de golpe con los ojos de repente muy abiertos y una expresión de quien acaba de regresar de muy lejos en muy poco tiempo.

Se quedó inmóvil un instante, desorientado, mirando el plato como si estuviera intentando recordar cómo había llegado ahí.

—Gracias— Murmuró con la voz todavía espesa de sueño, acomodándose en la silla con movimientos lentos.

Luego se pasó el dorso de la mano por la comisura de los labios, limpiándose las babas.

El pelinegro lo miró con una sonrisa pequeña que demostraba su ternura hacia él. La que Tom no vio porque ya tenía los ojos de vuelta sobre el plato.

Bill dejó el desayuno frente a Thomas y luego tomó su propio plato y se sentó.

La cocina volvió al silencio de las mañanas.

Comieron. Más bien, Thomas y Bill comieron, levantando la vista el uno hacia el otro de vez en cuando.

Tom, por su parte, avanzaba despacio. Muy despacio. Pinchaba algo con el tenedor, lo miraba un momento como si estuviera evaluándolo, y finalmente se lo llevaba a la boca con esfuerzo visible.

Cuando masticaba, sus ojos se cerraban solos, completamente, con una rendición total y absolutamente inconsciente que hacía que su rostro serio y siempre guardado se suavizara de una manera que raramente se le veía.

Los dos adultos lo notaron.

Se miraron brevemente por encima de la mesa sin decir nada, y en esa mirada había algo cálido y compartido que no necesitaba palabras.

Tom pinchó otro trozo y masticó.

El pelinegro bajó la vista hacia su plato con una sonrisa que se guardó para sí mismo.

Pasaron varios minutos así, hasta que Thomas dejó el tenedor sobre el borde del plato con un gesto tranquilo y miró a su hijo.

—Tom

El niño abrió los ojos.

Los clavó en su padre con una inmediatez que contrastaba completamente con el estado en el que había estado. Como si el nombre dicho en ese tono específico fuera un interruptor que activaba algo en él, borrando el sueño de golpe y dejando en su lugar esa atención quieta y directa.

Los ojos de Tom cuando prestaba atención de verdad no eran los ojos de un niño de doce años medio dormido; eran los ojos de alguien que escucha con todo el cuerpo.

—Hay algo de lo que quiero hablarte— Empezó— Sobre la vida. Sobre cómo cambia esta.

Su padre comenzó a hablar con esa voz tranquila que usaba cuando tenía algo importante que decir y quería que llegara bien, sin ruido alrededor.

Tom nunca dijo nada. Solo siguió mirándolo.

—La vida no es estática— Continuó— Cambia aunque no se lo pidamos. A veces de formas que no esperamos, y a veces de formas que sí esperábamos pero que igual nos toman por sorpresa cuando llegan. Eso no es malo. Es simplemente como funciona.

El niño frunció levemente el ceño. Un gesto pequeño que significaba que estaba escuchando pero que todavía no entendía hacia dónde iba aquello. No preguntó. Solo esperó, con esa paciencia suya que a veces Thomas encontraba más desconcertante que cualquier pregunta directa.

—Hay cambios que llegan de afuera— Siguió Thomas.— Y hay cambios que uno elige. Los dos tipos pueden ser difíciles. Los dos tipos pueden ser buenos, aunque al principio no lo parezcan.

Tom seguía con el ceño ligeramente fruncido, los ojos fijos en su padre, el tenedor quieto sobre el plato. No entendía a qué iba con todo eso. Pero tampoco interrumpió.

Thomas miró a Bill. Un segundo de contacto visual entre los dos adultos.

—A veces los cambios más grandes…— Dijo el azabache con esa voz suave que tenía, sin elevarla, sin forzarla— Son los que más tiempo necesitan para acomodarse. Pero eso no significa que no sean buenos. Solo significa que necesitan espacio.

El de rastas giró los ojos hacia él un momento. Luego los volvió a su padre.

Algo en su expresión había cambiado. No era alarma todavía; era la intuición que lo que venía a continuación era más grande que las palabras que lo habían precedido, y que las palabras habían sido preparación.

Su padre no lo hizo esperar más.

—Verás, Tom— Dijo, y su voz siguió siendo tranquila pero ya no tenía ningún rodeo adentro.— Bill y yo llevamos un tiempo juntos. Ya lo sabes. Y en ese tiempo han pasado muchas cosas. Cosas buenas. Y hay algo que también ha pasado y que queremos que sepas.

Tom esperó lo siguiente. Vio como ambos adultos se miraban brevemente y asentían al mismo tiempo.

—Bill está esperando un bebé.

Nada más cayó esa frase y el silencio fue ensordecedor para los dos adultos.

Tom no se movió ni un milímetro. Además, era de esperarse que no respondiera. Su rostro no hizo ninguno de los gestos pequeños e involuntarios que hacía siempre.

No frunció el ceño, no parpadeó más rápido… y no apretó los labios.

Se quedó completamente quieto, como si las palabras de su padre hubieran llegado y encontrado algo rígido en su camino.

Sus ojos siguieron sobre Thomas durante un segundo muy largo. Y se movieron muy despacio hacia Bill.

El azabache lo estaba mirando. Con expresión que no empujaba ni retrocedía, que solo estaba ahí, esperando, dejándole el espacio que necesitara.

Y sí, su expresión cambió.

No fue un cambio dramático. No fue un grito ni un golpe sobre la mesa ni lágrimas inmediatas.

Tom jamás reaccionaría así.

Fue Tom. Simplemente Tom.

Su mandíbula se tensó, sus manos que habían estado quietas sobre sus piernas se cerraron en puños que ninguno notó por la mesa.

Empujó la silla y se levantó.

El sonido de las patas sobre el suelo de madera rompió el silencio de la cocina de una manera que se sintió mucho más grande de lo que fue.

No los miró. A ninguno de los dos.

Mantuvo los ojos fijos en algún punto de la mesa.

Caminó hacia la puerta con pasos que no eran rápidos pero tampoco lentos. Sus pasos subieron las gradas con ritmo pesado.

La puerta de su habitación se cerró al final del pasillo. Sin golpe, sin portazo. Solo el clic suave y definitivo de una cerradura encontrando su lugar.

Thomas permaneció inmóvil en su silla, con los ojos puestos en la puerta vacía por donde su hijo había salido.

Su pareja tenía la vista baja, sobre su taza de café que ya no humeaba. Sus manos la rodeaban sin apretarla, quietas.

Era los más esperado en Tom.

Sin embargo, Bill había tenido la esperanza que no lo fuera.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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