
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 19
La televisión estaba encendida desde hacía casi dos horas, llenando la sala con los diálogos de una película que Tom seguía sin demasiado interés.
Estaba recostado en el sofá, con un brazo sobre el respaldo y las piernas estiradas, cambiando de postura de vez en cuando mientras mordisqueaba distraídamente unas galletas.
Desde la cocina llegaban sonidos constantes.
Cajones que se abrían, platos que se acomodaban, la llave del agua y, de vez en cuando, la voz de Bill.
El azabache apareció en el marco de la puerta secándose las manos con un paño de cocina.
—¿Ya hiciste tareas? ¿Te ayudo?
Tom apartó la vista del televisor apenas un segundo.
—Ya las hice.
—¿Todas?
—Mn
—Muy bien.
Bill sonrió satisfecho y volvió a desaparecer hacia la cocina.
El de rastas frunció lentamente el ceño.
Qué raro.
Volvió la atención a la televisión.
No habían pasado ni cinco minutos cuando el azabache apareció otra vez.
Esta vez llevaba una taza entre las manos.
—¿Quieres chocolate?
—No…
—¿Seguro?
—Sí.
—Está bien.
Otra sonrisa. Y otra vez desapareció.
El chico siguió mirando la pantalla, aunque ya no estaba prestando demasiada atención a la película.
Algo le decía que aquello no había terminado.
Y no se equivocó.
Un rato después Bill regresó por tercera vez.
—¿No tienes hambre?
—No
—¿Ni un poquito?
—No
—Bueno…
Al final simplemente sonrió y volvió a la cocina.
El menor lo siguió con la mirada hasta que desapareció.
Cada vez era más raro.
Y cinco minutos después…
—¿Tom?
El niño ni siquiera volteó.
—¿Qué?
—Ya no te pregunté cómo te fue hoy…— Sí lo había hecho.— ¿Cómo te fue?
Tom suspiró muy bajito.
—Bien…
—Me alegro— Sonrió y volvió a irse.
El de rastas permaneció inmóvil unos segundos.
No entendía absolutamente nada.
Desde la tarde Bill estaba… distinto.
Más sonriente… más distraído. Parecía que llevaba una felicidad enorme guardada y que apenas podía contenerla.
Pero no preguntó. Simplemente respondió cada una de las preguntas con sus habituales monosílabos y dejó que Bill siguiera entrando y saliendo de la cocina como si nada.
Cuando por fin se escuchó el sonido de unas llaves al otro lado de la puerta principal, el clic de la cerradura y la puerta abriéndose, Bill salió prácticamente corriendo de la cocina.
Tom apenas alcanzó a girar la cabeza para mirar.
—¡Thomas…!
Su padre apenas había dado un paso dentro de la casa cuando Bill se lanzó sobre él.
Rodeó su cuello con ambos brazos y casi lo hizo retroceder un paso por el impulso. Él soltó una risa sorprendida mientras lo sujetaba por la cintura para que ninguno de los dos perdiera el equilibrio.
—Vaya recibimiento…
El pelinegro escondió el rostro contra su cuello incapaz de borrar la enorme sonrisa que llevaba desde hacía horas.
—Te tardaste muchísimo…
Thomas le besó la frente con una ternura que le salió completamente sola.
—Perdón, bonito. Ya estoy en casa.
El mayor todavía tenía un brazo alrededor de la cintura de Bill cuando levantó la vista hacia la sala.
—Hola, hijo.
El niño giró apenas la cabeza para saludarlo.
—Hola.
Fue todo. Thomas ya conocía esos saludos breves. No esperaba más.
Y sin darse cuenta Bill ya se había separado de él. Desde lejos escuchó como lo llamaba.
El mayor soltó una risa dirigiéndose a la cocina.
—¿Ni siquiera me vas a dejar respirar?
—No
La respuesta fue tan rápida que hizo sonreír a Thomas.
—Está bien, está bien.
Bill colocó un plato humeante frente a su lugar.
El mayor tomó asiento y el azabache hizo lo mismo frente a él, apoyando los antebrazos sobre la mesa sin apartar los ojos de su rostro.
Thomas bajó la vista hacia el plato.
—Huele increíble.
Probó el primer bocado y masticó despacio.
El menor seguía mirándolo con una atención tan evidente que terminó haciéndolo reír.
—¿Qué?
—¿Está rico?
Tomó otro bocado antes de responder.
—Muchísimo.
La sonrisa de Bill apareció al instante.
—Me alegro…
Thomas negó con la cabeza entre divertido y enternecido.
—¿Cuál es esa noticia tan importante que me tienes que decir?
Bill bajó la vista de inmediato, ruborizado. Jugó nerviosamente con sus propios dedos debajo de la mesa.
Thomas lo observó unos segundos con una sonrisa.
—¿Es una noticia o una sorpresa?— Dijo con un tono sugerente que traía una sonrisa coqueta incluida.
Bill levantó la cabeza de golpe.
—¡Thomas!
El rubor que ya tenía se volvió todavía más intenso.
—¿Qué?— Rió él, haciéndose el inocente.— Solo estoy preguntando.
—No es eso…
—¿Seguro?
—¡Sí!
El mayor soltó una carcajada.
Bill escondió media cara detrás de una mano, muerto de vergüenza.
—Ya no voy a decirte nada…
—Ay, bonito…
Thomas estiró una mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los de él.
—Era broma.
Bill resopló bajito, aunque una sonrisa terminó escapándosele de todos modos.
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Terminaron de cenar y Bill apenas pudo quedarse quieto.
Durante toda la comida había intentado actuar con normalidad.
Pero por dentro…
Por dentro sentía que el corazón no le cabía en el pecho.
La caja seguía escondida en el cajón de su mesa de noche. Y la prueba, cuidadosamente envuelta dentro de ella, parecía pesar más que cualquier otra cosa en la habitación.
Subieron juntos al segundo piso.
Thomas caminaba delante de él, aflojándose la corbata mientras soltaba un suspiro de cansancio.
—Qué día…
Bill solo podía pensar en los siguientes minutos.
Unos minutos y todo cambiaría.
Entraron a la habitación.
Thomas dejó el saco sobre una silla.
—Voy a lavarme los dientes. No tardo.
—Sí… está bien…
En cuanto la puerta se cerró, Bill corrió hasta la mesa de noche.
Abrió el cajón y sacó la pequeña caja de regalo.
La observó unos segundos entre sus manos.
Sonrió. Comprobó por quinta o sexta vez que la prueba seguía ahí.
La palabra «positivo» seguía pareciéndole increíble.
La cerró y respiró hondo.
La escondió detrás de unos libros sobre el mueble pero era demasiado visible.
No. La volvió a mover. Ahora detrás de una pequeña lámpara.
Tampoco. Negó con la cabeza entre una risa nerviosa.
—¿Qué estoy haciendo…?
Desde el baño escuchó la llave del agua cerrarse.
Bill levantó la cabeza de golpe. Se acercó hasta la puerta y se asomó un poco por la puerta entreabierta del baño.
Thomas seguía frente al espejo, cepillándose los dientes con absoluta tranquilidad que cuando lo vio sonrió y Bill desapareció tan rápido aunque ya lo hubieran visto. La vergüenza le subió a la cara.
Caminó en círculos por la habitación abanicándose con la mano después de ser descubierto.
Después de un minuto que se sintió eterno, el mayor salió finalmente del baño mientras se secaba las manos con una toalla.
—Ahora sí.
Thomas caminó hasta la cama y se dejó caer sobre el colchón con un pequeño suspiro.
—Bueno…
Lo observó con curiosidad.
—¿Entonces cuál era esa noticia tan importante?
Bill tragó saliva. El corazón volvió a acelerarse.
Fue despacio hasta el mueble, tomó la pequeña caja entre las manos y regresó junto a la cama. Se sentó a su lado.
Durante unos segundos no dijo nada, solo contempló la caja.
—¿Es para mí?— Preguntó Thomas con una sonrisa.
Bill asintió tímidamente.
—Ábrela…
El mayor recibió la caja con una expresión entre curiosa y divertida.
—No es mi cumpleaños…
—Lo sé…
—¿Entonces?
—Solo… ábrela.
Thomas levantó la tapa lentamente. Su sonrisa permaneció unos segundos. Hasta que vio lo que había dentro.
Su expresión cambió por completo. Miró la prueba con los ojos muy abiertos.
Fue una sorpresa tan grande que incluso dejó de respirar durante un instante.
—Bill…— Su voz salió como un susurro, levantando la vista hacia su chico.
Volvió a mirar la prueba.
—¿Esto…?
Bill ya no podía dejar de sonreír. Asintió despacio.
—Sí…
Thomas siguió completamente inmóvil, como si su cerebro necesitara unos segundos más para comprender lo que estaba viendo.
—¿Es… de verdad?
El azabache volvió a asentir.
—Me hice otra para asegurarme…
Al siguiente segundo, Thomas dejó la caja sobre la cama. Una sonrisa enorme, imposible de contener, apareció lentamente en su rostro. Negó con la cabeza varias veces como si todavía no pudiera creerlo.
Entonces soltó una risa completamente incrédula.
—No…
Se llevó ambas manos al rostro. Volvió a reír.
—No puede ser…
Bill sintió que los ojos se le humedecían.
El mayor volvió a mirarlo. Había una felicidad tan inmensa en sus ojos.
Tomó el rostro del menor entre sus manos con un cuidado casi reverente. Lo observó durante unos segundos.
—Vamos a tener un bebé…
Y Bill volvía a asentir con una sonrisa temblorosa.
Thomas dejó escapar otra risa, completamente desbordado por la emoción.
Lo abrazó con fuerza, pero con un cuidado de puro instinto, como si ya quisiera proteger todo lo que significaba aquella noticia.
Escondió el rostro en su cuello que Bill podía sentir que seguía riéndose.
—Gracias…
La palabra salió casi quebrada.
—¿Por qué me das las gracias?
Thomas se apartó lentamente para mirarlo. Sus ojos seguían brillando.
—Porque acabas de darme el regalo más grande de toda mi vida.
El menor sintió que el corazón volvía a desbordársele. Había imaginado muchas reacciones durante todo el día. Pero jamás imaginó que Thomas pudiera ser incluso más feliz de lo que él había imaginado.
Al verlo sonreír de aquella manera, comprendió que aquella pequeña caja no solo había cambiado una noche.
Había cambiado el resto de sus vidas.
Continúa…
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