
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 18
El aroma del chocolate haciéndose se mezclaba con el del pan tostándose lentamente, llenando la cocina de ese aroma acogedor que contrastaba con el frío que seguía dominando las mañanas de Stuttgart.
Bill estaba frente a la estufa sosteniendo la espátula con una mano mientras removía los huevos.
Estaba completamente concentrado en el desayuno.
No escuchó los pasos detrás de él. Solo sintió unos brazos rodeándole la cintura desde atrás.
Sonrió incluso antes de girar la cabeza para ver de quién se trataba.
Una barbilla descansó sobre su hombro, seguida por el roce de unos labios tibios contra la piel de su cuello.
—Buenos días…— Murmuró Thomas con la voz todavía adormilada.
—Buenos días— Respondió dulcemente.
Sin dejar de cocinar, apoyó una mano sobre los brazos que lo abrazaban, acariciándolos distraídamente.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
No hacía falta cuando el silencio entre ellos nunca era incómodo.
El mayor respiró profundamente con los ojos cerrados, disfrutando el olor del desayuno y el aroma natural de Bill.
Después le robó un beso rápido en los labios.
El menor rió suavemente.
—Me hace cosquillas tu barba.
Thomas levantó una ceja con fingida sorpresa.
—¿Ah, sí?
Antes que el azabache pudiera responder, el mayor volvió a acercarse.
Esta vez no buscó sus labios. Al contrario, presionó sus labios contra la mejilla de su chico robándole otro beso y se frotó deliberadamente contra su mejilla de manera exagerada.
—¡Thomas!— Rió nuevamente Bill, más alto, intentando apartarlo con el hombro mientras seguía sujetando la espátula.— ¡Así no!
El mayor se apartó y soltó una carcajada grave que resonó por toda la cocina.
—¿No que te gustaba?
—¡No cuando haces eso!
El castaño insistió unos segundos más solo para escucharlo reír.
Y finalmente se apartó apenas lo suficiente para poder mirarlo de perfil.
—Creo que ya es momento de afeitarme. Está demasiado crecida.
Bill apagó el fuego y dejó la espátula sobre el plato.
Lo miró de reojo tímidamente. Las mejillas se le habían teñido de un ligero tono rosado.
Negó con la cabeza.
—No…
—¿No?
—No te la cortes.
Bajó un poco la mirada, avergonzado de admitirlo.
—A mí… me encanta…
La sonrisa del mayor se volvió todavía más amplia.
—Entonces no me la corto.
Bill sonrió tímidamente antes de volver a concentrarse en servir el desayuno.
Justo en ese momento, el sonido seco de una mochila cayendo sobre la mesa rompió por completo el silencio de la cocina.
Los dos se separaron casi al instante.
Tom acababa de entrar.
Ya estaba completamente listo para ir a la escuela.
Las rastas rubias del chico iban recogidas en una coleta alta y llevaba un abrigo puesto.
—Buenos días, Tom— Saludó Bill con la misma calidez de siempre.
—Buenos días, hijo— También saludó su padre, ambos ya viéndolo.
—Buenos días.
La respuesta llegó tranquila y sin molestia. Pero también sin entusiasmo.
El niño ajustaba una de las correas de la mochila.
Aquel golpe no había sido un accidente.
Tom perfectamente pudo haber dejado la mochila con cuidado, como hacía siempre.
Pero aquella vez la dejó caer con la fuerza suficiente para que el sonido atravesara toda la cocina.
Era su manera de anunciar que ya estaba ahí. De recordarles que no estaban solos.
—¿Ya te lavaste las manos?— Preguntó Bill mientras comenzaba a servir el chocolate.
—Hoy me voy caminando— Respondió sin levantar la vista.
Thomas levantó la vista de su taza.
—¿Sí?
El de rastas asintió.
—Georg y Gustav me están esperando afuera.
Se colgó la mochila al hombro.
—Ten cuidado— Dijo su padre con tranquilidad.
Bill dejó el plato de comida de Thomas sobre la mesa.
—¿No quieres que te prepare algo para el camino?
Tom negó suavemente.
—No es necesario. Gracias.
Ya caminaba hacia la puerta.
—¿Seguro?— Insistió Bill.
—Seguro— Confirmó sin girarse.
La puerta se abrió y se cerró.
Bill y Thomas intercambiaron una mirada breve. Los dos se acercaron a la ventana casi al mismo tiempo.
A través del vidrio vieron a Tom bajar despacio los escalones de la entrada con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo.
En la acera lo esperaban dos chicos.
Uno era castaño, muy inquieto, incapaz de quedarse completamente quieto. Apenas vio aparecer a Tom, levantó la mano para saludarlo de una manera tan exagerada que hizo sonreír a Bill.
El otro era rubio.
Mucho más tranquilo.
Simplemente levantó la cabeza y saludó con un pequeño movimiento.
Tom llegó hasta ellos.
Dijo algo que ninguno de los dos adultos alcanzó a escuchar.
El castaño respondió moviendo las manos mientras hablaba sin parar.
El rubio volvió a asentir con calma.
Un segundo después, los tres comenzaron a caminar juntos por la acera todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior.
Siguieron observándolos hasta que estuvieron a media calle.
—Georg y Gustav…— Murmuró Thomas a su lado.
—¿Los conoces?
—Solo de vista. Han venido un par de veces por él.
Guardó silencio un instante antes de añadir:
—Son buenos chicos.
Bill no respondió enseguida; continuó observando a los tres niños mientras se alejaban entre conversaciones y pequeños empujones amistosos.
Esperó hasta que desaparecieron de su vista. Solo entonces habló.
—Tiene amigos que lo esperan.
Lo dijo casi para sí mismo con una sonrisa pequeña. Sincera.
Thomas volvió la vista hacia él.
El azabache seguía mirando la calle vacía.
—Me alegra.
&
El sonido de la salsa hirviendo suavemente llenaba el silencio mientras Bill removía la olla con movimientos tranquilos, tarareando una melodía que ni siquiera recordaba de dónde había salido.
La luz que entraba por la ventana era tenue, casi blanca. Era una tarde tranquila.
Bill sonrió para sí mismo mientras probaba un poco de la salsa con una cuchara.
Le faltaba apenas una pizca de sal.
Estiró la mano hacia el salero.
Pero esta no alcanzó a llegar cuando una sensación extraña le recorrió el cuerpo.
Un ligero mareo y después una oleada de náuseas que subió con rapidez desde el estómago hasta la garganta.
El menor dejó la cuchara de golpe sobre la encimera.
Se llevó una mano a la boca y cerró los ojos. Esperó a que pasara. La sensación tardó unos segundos en disminuir.
Cuando finalmente pudo volver a respirar con normalidad, apoyó ambas manos sobre la encimera y permaneció inmóvil.
Su corazón le latía tan rápido. Porque aquella no era la primera vez.
En los últimos días había ocurrido varias veces. Y cada vez era exactamente igual.
Las náuseas aparecían de repente… y desaparecían casi tan rápido como habían llegado.
Bill bajó lentamente la mirada hacia su propio abdomen.
Había una posibilidad.
Una que llevaba varios días rondándole en la cabeza y que no le había dicho a Thomas.
Apagó la estufa con cuidado y subió las gradas con pasos que trataban de ser tranquilos.
La comida podía esperar unos minutos.
Se detuvo frente a la habitación de Tom y dio un par de golpecitos suaves sobre la puerta.
—¿Tom?
—¿Sí?— Respondió la voz amortiguada desde dentro.
—Voy a hacer un mandado rápido— Dijo— ¿Me esperas para comer o prefieres servirte tú?
Hubo unos segundos de silencio hasta que la puerta se abrió.
Tom apareció con los audífonos alrededor de su cuello y una expresión curiosa.
—¿A dónde vas?
Bill sonrió con la mayor naturalidad que pudo reunir.
—Por un mandado. No voy a tardar.
Tom notó que había algo raro en él. No sabía exactamente qué. Solo… algo.
—Te espero— Respondió.
La sonrisa de Bill se hizo más grande.
—Gracias, Tom. Regreso enseguida.
&
El viaje hasta la farmacia le pareció eterno. Y el regreso todavía más.
Todo el camino sintió el corazón golpeándole el pecho con una fuerza absurda.
No quería hacerse ilusiones pero tampoco podía dejar de pensar en ello.
Una vez llegando, cruzó la puerta de la casa y subió las gradas casi corriendo.
Los pasos resonaron tan deprisa sobre la madera que Tom se obligó a quitarse los audífonos y a levantar la vista de su celular.
Frunció el ceño. Nadie subía así en esa casa. Mucho menos Bill.
Escuchó abrirse la puerta de aquella habitación. Y luego… silencio, que permaneció mirando hacia la puerta un instante. Pero no escucho nada más.
Terminó encogiéndose de hombros y volvió a colocarse los audífonos, y su atención a su celular.
Dentro del baño Bill estaba tan nervioso.
Había cerrado la puerta con seguro.
Sacó la prueba de la pequeña bolsa de papel y leyó las instrucciones otra vez aunque ya las había leído tres veces durante el camino. Solo quería asegurarse.
Cuando todo estuvo listo, esperó.
Fueron unos minutos que le parecieron una eternidad.
Caminó de un lado a otro. Se sentó. Volvió a levantarse. Se mordió el labio interior y miró el reloj. Volvió a mirar la prueba y todavía faltaba.
—Vamos…— Susurró para sí.
Cuando finalmente llegó el momento, sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
La tomó con ambas manos y cerró los ojos un instante.
Y después los abrió.
«Positivo».
Parpadeó y miró otra vez para confirmar que no había visto mal.
«Positivo».
Uno muy claro.
Se quedó completamente inmóvil. Su cerebro parecía incapaz de procesarlo.
Hasta que, de golpe, toda la emoción explotó al mismo tiempo.
—¡Ay, Dios!
La prueba salió disparada de sus manos cuando pegó un pequeño salto completamente involuntario.
Después le rebotó suavemente en la frente.
—¡Ay!
Cayó directamente sobre su pecho e intentó atraparla pero falló por completo.
La prueba volvió a rebotar, esta vez hasta terminar entre sus manos justo cuando él perdía el equilibrio.
—¡Ah!
Cayó sentado de golpe sobre el piso del baño.
El impacto resonó por toda la habitación.
Se quedó inmóvil unos segundos mirando a la nada. Tenía el cabello completamente despeinado y la prueba entre ambas manos juntas.
Y de repente empezó a reír.
Era una risa bajita, una de alegría que fue incontrolable.
Levantó la prueba frente a sus ojos.
Y ese «positivo» seguía siendo positivo.
La abrazó contra su pecho como si fuera el tesoro más importante del mundo.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. Y no de tristeza, sino de una felicidad tan grande que apenas le cabía dentro del cuerpo.
Estaba completamente solo en aquel baño, sentado en el suelo sonriendo como un tonto.
—Vamos a tener un bebé…— Se permitió decir, en voz muy bajita, casi como si todavía no pudiera creerlo.
Lo más sorprendente era que todo había empezado hace apenas una semana después que Thomas en ese momento más íntimo le confesara que soñaba con tener un hijo con él.
Era como si la vida lo hubiera escuchado. Porque casi al mismo tiempo comenzaron las náuseas, los mareos y aquellas pequeñas señales que ahora, con la prueba entre las manos, cobraban todo el sentido.
Con una sonrisa miraba una y otra vez la prueba.
Thomas iba a ser tan feliz.
Solo de imaginar la expresión que pondría cuando se lo dijera le hacía sentir mariposas en el estómago.
Seguramente abriría mucho los ojos, se quedaría unos segundos sin poder decir nada y después lo abrazaría tan fuerte que casi no lo dejaría respirar.
Bill sonrió todavía más.
No. No iba a esperar.
Esa misma noche, en cuanto Thomas regresara del trabajo y subieron a la habitación, se lo contaría.
No podía esperar para ver la felicidad reflejada en sus ojos.
&
A varios kilómetros de ahí, Thomas levantó la vista del montón de documentos que tenía sobre el escritorio cuando su teléfono vibró.
Lo tomó por costumbre.
Apenas vio el nombre en la pantalla, una sonrisa apareció sola en su rostro.
Abrió el mensaje de inmediato.
¿A qué hora sales hoy?
El hombre dejó escapar una risa baja antes de responder.
En teoría a las seis. ¿Por qué, bonito?
La respuesta llegó unos segundos después.
Porque tengo una noticia muy, muy grande que darte.
Thomas arqueó una ceja, curioso.
¿Debería preocuparme?
Tres puntitos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron y volvieron a aparecer.
Finalmente llegó otro mensaje.
Nooo… al contrario. Pero quiero decírtela en persona.
El castaño apoyó la espalda en la silla sin poder dejar de sonreír.
Ahora me dejaste con la intriga.
La respuesta no tardó.
Ven temprano, por favor… no quiero esperar hasta muy tarde…
El mayor soltó un suspiro resignado, aunque la sonrisa seguía instalada en su rostro.
Por ti dejo la oficina ahora mismo.
Casi de inmediato apareció la respuesta.
No, no, no. No hagas eso. Te espero mejor.
Thomas rió por lo bajo.
Entonces intentaré terminar todo lo antes posible.
Pasaron unos segundos antes que llegara un último mensaje.
Te amo…
El hombre ni siquiera lo pensó; sus dedos comenzaron a escribir solos.
Yo te amo más, precioso.
Hoy llego lo más temprano que pueda para escuchar esa «gran noticia»… aunque sospecho que ninguna noticia puede hacerme tan feliz como llegar a casa y encontrarte esperándome.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su saco con una sonrisa imposible de ocultar.
No tenía la menor idea que esa noche su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉