Mi dulce recuerdo 17

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 17

El auto apenas se había detenido cuando Bill ya tenía la mano sobre la manija.

Thomas ni siquiera había terminado de estacionarse por completo.

La puerta se abrió y el pelinegro bajó con rapidez, corriendo.

Sus ojos estaban puestos en la entrada, donde ya estaba Andreas, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa enorme dibujada en el rostro.

Por un instante, Bill volvió a sentirse como un niño.

—¡Andy!

Andreas apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes que Bill se lanzara contra él con todo el impulso que traía.

Lo atrapó por reflejo.

Su hermano menor enterró el rostro contra su pecho mientras lo abrazaba con fuerza.

Y el rubio lo sostuvo exactamente como siempre lo había hecho.

Como si nada hubiera cambiado.

Como si todavía fueran ellos dos contra el mundo.

—Hola, hermanito.

El azabache no respondió y solo lo abrazó más fuerte.

Andreas soltó una risa suave y comenzó a repartirle besos sobre el cabello, uno tras otro, sin ninguna prisa.

Cuando finalmente el menor se separó un poco, levantó ambas manos y le sostuvo el rostro.

Lo observó unos segundos, como asegurándose que realmente estaba ahí. Después le dejó un beso suave en la punta de la nariz.

—Te extraño…— Susurró.

La sonrisa del rubio se volvió más cálida.

—Yo también te extraño a ti, Bi.

Thomas llegó hasta ellos en ese momento, con las llaves en la mano y una sonrisa tranquila instalada en su cara al ver la escena.

Andreas lo miró por encima de la cabeza de Bill.

—Thomas.

—Andreas.

Se estrecharon la mano con firmeza. Después Andreas le dio una pequeña palmada en el hombro.

—Pasen.

Se hizo a un lado.

—Vean cómo quedó todo.

El menor no necesitó una segunda invitación.

Entró de inmediato. Sus ojos recorrieron cada rincón de la casa.

Las paredes, las ventanas, el suelo.

Todo lucía distinto.

Mejor.

Se acercó a una de las paredes y pasó la punta de los dedos sobre la pintura nueva.

Lisa.

Ya no había manchas ni humedad.

Las ventanas cerraban correctamente y el suelo ya no se quejaba bajo cada paso.

Por primera vez en años, la casa parecía respirar tranquila.

Bill aceleró el paso, entrando en cada habitación con la alegría de un niño explorando un lugar nuevo por primera vez.

Thomas y Andreas lo observaban. Los dos sonriendo, sabiendo exactamente lo importante que era aquello para él.

—Está feliz— Comentó Andreas en voz baja.

—Mucho.

El rubio asintió. Luego dirigió una mirada sincera hacia Thomas.

—Gracias.

El mayor lo observó.

—¿Por qué?

—Por todo.

El rubio bajó la vista un instante antes de volver a mirarlo.

—Por cuidarlo. Por ayudarme con la casa.

El castaño negó suavemente con la cabeza.

—No hace falta que me lo agradezcas.

—Aún así lo hago.

Los pasos rápidos de Bill volvieron a escucharse acercándose hacia ellos.

Tenía los ojos brillantes y una sonrisa imposible de ocultar.

Se acercó directamente a su pareja, sin decir una palabra, simplemente rodeó su cintura con los brazos y escondió el rostro contra su pecho.

Thomas bajó la vista hacia él, sorprendido.

—Gracias…— Murmuró. La voz le salió pequeña y sincera.

El mayor sonrió. Le acarició la mejilla con ternura.

—De nada, bonito.

Andreas observó la escena durante un segundo. Pero apartó la vista hacia otro lado, disimulando una sonrisa con una tos falsa.

—Bueno— Dijo— ¿Les hago café o no?

&

La mesa de la cocina tenía tres tazas humeantes y el pastel que Thomas y Bill habían traído, ya partido en rebanadas generosas.

Andreas tomó un bocado y cerró los ojos con satisfacción exagerada.

—Esto sí que es vivir.

—Es de la pastelería de la esquina— Dijo Bill, acomodándose la bufanda.

—Con razón. Está increíble.

El castaño rió, bebiendo su café en silencio.

Andreas los miró a los dos con una expresión divertida.

—Oye, Thomas— Empezó con una calma demasiado elaborada.— ¿Sabías que Bill de pequeño tenía novio?

Bill levantó la vista de su taza de inmediato.

—Andy.

—Solo informo.

—No tienes que informar nada.

—Thomas merece saber— Andreas se recostó en la silla con total comodidad.— Era un chico de aquí que se mudó hace como cinco años. Dos años mayor que Bill. Estoy seguro que ese niño hubiera sido mi cuñado. Le cargaba la mochila al entrar y salir de la escuela.

El castaño dejó la taza sobre la mesa despacio.

—¿Ah, sí?

—Sí— El rubio asintió con seriedad absoluta.— A veces venía a casa y se la pasaban jugando en la sala. Recuerdo que le gustaba tocar el cabello rubio de Bill. Porque Bill es naturalmente rubio, ¿sabes? Rubio de verdad. Un cabello largo y muy bonito que tenía antes de teñírselo.

Thomas miró al menor. Bill tenía las orejas completamente rojas y miraba su pastel como si fuera lo más interesante del mundo.

—No sabía eso— Dijo el castaño, con una voz perfectamente tranquila que no engañaba a nadie.

—Rubio precioso— Confirmó Andreas, completamente imperturbable.— Al chico le encantaba. Se lo trenzaba a veces.

—Andy, por favor— Murmuró el menor.

—¿Qué? ¡Es verdad!

Thomas no dijo nada. Solo tomó su taza de café y bebió un sorbo largo, con los ojos fijos en un punto de la mesa.

Andreas lo observó de reojo. Sonrió.

—¿Estás celoso, Thomas Kaulitz?

—Para nada.

—Claro.

—Tenía doce años— Dijo el azabache mirando a su novio.— Éramos niños.

—Lo sé— Respondió Thomas con una sonrisa.

El rubio soltó una carcajada.

—Bueno, ya que estamos hablando del pasado— Se inclinó hacia Bill con cara de conspirador.— ¿Tú sabes cómo era tu novio antes de conocer a la mamá de Tom?

—¿Cómo era?— Preguntó su hermano menor, curioso.

—Thomas— Andreas señaló al aludido con el tenedor.— Antes de sentar cabeza era un caso perdido. Mujeriego de primera.

—Andreas…

—¿Mujeres? ¿Cuántas?— Decía— Uf, un montón.

El pelinegro se giró hacia su novio con los ojos muy abiertos.

—Eso es irrelevante.

—Muchas— Soltó Andreas con alegría.— Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cómo se veía. Thomas, dile cómo te veías.

—No.

—Tenía trenzas africanas, Bill.

Bill parpadeó muy sorprendido.

—¿Trenzas?

—Africanas— Repitió Andreas con énfasis.— Las chicas se volvían locas. Literalmente. Había una que lo esperaba en la salida del instituto todos los días.

El menor rió suavemente, e hizo que Andreas se uniera de inmediato con una carcajada más sonora.

—¡Thomas Kaulitz con trenzas africanas!— Repitió Andreas entre risas.

—Ya terminaste— Dijo el mayor, aunque la comisura de su boca traicionaba todo.

—Y mujeriego— Agregó su pareja riendo divertido.

—Eso quedó en el pasado.

—Claramente— El rubio señaló la escena completa con un gesto amplio.— Míralo ahora. Completamente domesticado.

—Andreas.

—Digo, enamorado. Completamente enamorado.

Bill seguía riendo, tapándose la boca con una mano.

Thomas intentó mantener una expresión seria, pero no pudo. Terminó sonriendo.

Fue Andreas quien habló primero cuando las risas empezaron a calmarse.

—En serio que se ven bien juntos— Habló con un tono más tranquilo.— Los dos.

Bill que todavía tenía una sonrisa fresca en la cara, se ruborizó ligeramente.

El rubio iba a decir algo más cuando la tos seca llegó sin avisar.

Fuerte, sacudiéndole el pecho de golpe.

Se cubrió la boca con el puño y esperó a que pasara, inclinándose levemente hacia adelante.

Un segundo, dos, tres. Y se calmó.

Andreas se limpió la comisura de los labios y retomó la postura como si nada.

Pero su hermano menor ya no estaba riéndose.

—Andy…

—Estoy bien.

—Esa tos…

—Es la lluvia, Bi. Todo Stuttgart está así.

—Llevas semanas con eso— Insistió el menor.— Te voy a acompañar al médico.

—Ya fui.

Bill frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—La semana pasada— Respondió Andreas con una naturalidad perfecta.— Me dijeron que es por la lluvia. Ya sabes cómo es Stuttgart.

El pelinegro lo estudió un momento más sin decir nada.

—¿Seguro?

—Segurísimo— Sonrió— Deja de ponerte así, que me haces sentir viejo.

Era raro para Bill. Siempre había llovido en Stuttgart. Y nunca antes le había afectado así a su hermano mayor.

Andreas tomó su café con calma.

—Será la edad— Bromeó.

Pero la sonrisa de Bill no regresó del todo.

No dijo nada más; lo dejo pasar. Pero algo pequeño y persistente se quedó instalado en su pecho, sin irse del todo.

&

Ya era de noche y se estaban alistando para dormir. Thomas estaba en la habitación quitándose el traje, desabotonando la camisa blanca y dejándola caer sobre la silla.

Bill estaba en el baño, terminando de desmaquillarse y haciendo su rutina frente al espejo. Se lavó la cara con cuidado, aplicó sus cremas y sérums, y finalmente salió del baño ya listo para dormir.

El castaño ya se había terminado de cambiar.

Bill se acercó y se sentó en el tocador para peinar su cabello.

—¿Crees que Tom sí cenó?— Preguntó con voz suave, un poco preocupada, porque habían llegado muy tarde y el pequeño Tom ya estaba dormido.

—Sí, mi amor. Tom come sin esperar a nadie.

El azabache asintió con un gesto de alivio evidente, soltando un suspiro bajito. Thomas se dio cuenta y se acercó a él con una sonrisa tierna y orgullosa.

—Me alegra mucho que te preocupes por mi hijo— Expresó feliz, mirándolo con cariño.— Significa mucho para mí.

Sin darle tiempo a responder, el mayor lo tomó de la cintura y lo cargó en brazos fácilmente, levantándolo del asiento.

El menor soltó un pequeño sonido de sorpresa y rodeó la cadera de él con sus piernas, quedando cara a cara. Sus brazos se apoyaron en los hombros de Thomas.

Él lo miró a los ojos un segundo y le dio un pico suave en los labios. Luego frotó su nariz contra la de Bill con ternura, en un gesto juguetón y cariñoso.

—Eres increíble, ¿lo sabías?— Susurró contra su boca, todavía cargándolo.

Bill se sonrojó y escondió el rostro en el cuello de Thomas, abrazándolo más fuerte, pero con una pequeña sonrisa tímida en los labios.

Con una sonrisa oscura y cariñosa, el mayor lo dejó caer suavemente sobre la cama. Su pelinegro rebotó un poco sobre el colchón con un pequeño jadeo, pero antes de que pudiera acomodarse, Thomas ya estaba encima de él, cubriendo su cuerpo con el suyo.

Sus bocas se encontraron. Y al principio ese beso fue tierno. Sus labios suaves rozándose, pero pronto las lenguas se enredaron con más urgencia.

El menor rodeó el cuello de Thomas con sus brazos y gimió bajito contra su boca cuando sintió la erección dura de su novio presionando contra su vientre a través de la tela.

Thomas sonrió contra sus labios y movió las caderas, frotándose contra el pelinegro para que sintiera lo duro que estaba.

—¿Lo sientes?— Le dijo con voz ronca.— Esto es lo que me provocas solo con mirarte.

El mayor deslizó las manos hacia abajo y empezó a bajarle los pants de dormir con lentitud deliberada, llevándose también la braguita roja de encaje al mismo tiempo. El menor, ruborizado, levantó las caderas para ayudarlo.

Cuando la tela pasó por sus tobillos y cayó al suelo, el castaño le separó las piernas con cuidado y las subió sobre sus hombros, dejándolo completamente expuesto y abierto para él.

Empezó a besar la pierna derecha de Bill desde el tobillo, bajando con besos húmedos y suaves hasta que sus labios rozaron la piel sensible del interior de su muslo, deteniéndose para chupar y mordisquear suavemente cerca de su vulva.

El cuerpo de Bill temblaba ligeramente y respiraba agitado, con las manos aferradas a las sábanas.

—Eres tan suave…— Susurró Thomas mientras repetía un camino de besos por el interior de su muslo, tomándose su tiempo, saboreando cada centímetro.

Pasado un rato, se incorporó y se bajó el pantalón de su pijama lo suficiente para sacar su erección palpitante. La que frotó contra la humedad de su pareja, cubriéndose con su lubricación natural.

Empujó despacio pese a las veces que ya habían hecho el amor, centímetro a centímetro. Y ante la estrechez que lo volvía loco, gruñó, empezando a moverse con embestidas que iban subiendo de nivel. A lo que el azabache soltó un gemido más audible, mordiéndose el labio interior de inmediato.

Su novio se inclinó hacia adelante, doblándolo casi en dos, y lo besó otra vez mientras seguía enterrando su hombría en su cálido interior.

Después de varios minutos en ese ritmo delicioso, el castaño comenzó a desacelerar sus penetraciones y lo miró fijamente a los ojos, con ellos brillando.

—Mi amor… no he dejado de pensar en algo desde hace unos días…— Confesó con voz grave y llena de deseo.

Repartió unos cuantos besos entre su mejilla y cuello antes de hablar.

—Cada vez que hacemos el amor, cada vez que me corro dentro de ti… fantaseo con dejarte embarazado.

El menor lo miró con los ojos muy abiertos y las mejillas ardiendo. Respiraba agitado por las embestidas lentas que no habían parado.

—Quiero tener un hijo contigo, Bill. Niño o niña, no me importa. Quiero verte con el vientre crecido y saber que el pequeño ser que llevas dentro es nuestro. ¿Tú… te gustaría eso…?

Bill jadeó antes de responder.

—Sí…— Susurró tímidamente, sin apartar la mirada de la suya. Sus ojos brillantes al igual que él.— Amo a los niños… y la idea de tener uno tuyo… de formar una familia contigo… me hace mucha ilusión…

El mayor gruñó de pura satisfacción ante la respuesta y el placer, y aceleró el ritmo, follándolo con más energía y posesividad.

—Te voy a cuidar tanto, mi amor. A ti y a nuestro bebé— Dijo contra su boca antes de besarlo con lengua.

Ante cada embestida intensa, Bill gemía bajito y se agarraba de los hombros del mayor.

Thomas empujó hasta el fondo una última vez antes de correrse dentro de su cavidad en chorros calientes y abundantes.

Se quedó dentro de su pareja unos segundos, recuperando el aliento. Y salió lentamente, observando cómo su semilla espesa empezaba a salir de la vulva hinchada de Bill.

Con dos dedos lo recogió y lo empujó de nuevo hacia adentro, con movimientos suaves y posesivos.

—En verdad deseo tener un hijo contigo, mi amor…— Murmuró, mirándolo con ojos oscuros mientras seguía jugando con su coño lleno de semen.— Quiero que te quedes con todo dentro.

El pelinegro solo pudo gemir, lleno de rubor, mientras Thomas le besaba otra vez con ternura.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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