Mi dulce recuerdo 15

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 15

Bill abrió la puerta principal, entrando a lo que ahora era oficialmente su nuevo hogar.

Era una casa hermosa. Grande, elegante, con muebles caros y pisos de madera pulida. Todo era perfecto.

Dejó su mochila junto a la puerta, cargada con libros de la universidad.

Todo se sentía surrealista todavía. Hace solo dos semanas, seguía viviendo con Andreas. Ahora estaba aquí, en esta casa enorme, como pareja del hombre más exitoso de Stuttgart.

—¿Tom?— Llamó, y su voz resonó en el espacio vacío.

Caminó hacia la sala, pensando que quizás estaban ahí. Revisó el comedor. También vacío.

Frunció el ceño. Thomas había mencionado específicamente que Tom no salía, que pasaba las tardes en casa después de la escuela. Pero la casa se sentía completamente abandonada.

Subió las gradas lentamente, sus pasos apenas hicieron ruido sobre la madera.

Caminó por el pasillo hasta llegar a la última puerta. La habitación de Tom.

Se detuvo ahí, dudando. No quería invadir el espacio del chico. Tom ya había dejado claro, sin palabras, que no estaba contento con la presencia de Bill. Las miradas frías, los silencios tensos, la forma en que se iba a su habitación cada vez que Bill entraba a la sala.

Pero Thomas había dicho que Tom estaba en casa. Y la casa estaba demasiado silenciosa.

Tocó suavemente la puerta.

—¿Tom? ¿Estás ahí?

Silencio. Tocó otra vez, un poco más fuerte.

—Tom, soy yo… Bill. Solo quiero saber si estás bien…

Nada.

Bill mordió su labio inferior, debatiendo. Luego, despacio, giró el picaporte y empujó la puerta apenas, asomándose por la rendija.

La habitación estaba oscura, con las cortinas cerradas bloqueando la luz del día. Tardó un momento en que sus ojos se ajustaran, pero entonces lo vio sentado en el suelo. Con la espalda apoyada contra la cama, las rodillas levantadas hacia su pecho, su cabeza estaba inclinada hacia abajo, las rastas rubias cayendo sobre su rostro, ocultándolo. Y sus hombros temblaban ligeramente.

El corazón de Bill se apretó inmediatamente.

—¿Tom…?— Susurró, entrando completamente a la habitación y cerrando la puerta detrás de él.

Tom levantó la cabeza bruscamente. Incluso en la oscuridad, Bill pudo ver el brillo de las lágrimas en sus mejillas. Pero no eran lágrimas dramáticas, no sollozos fuertes. Solo lágrimas silenciosas que caían sin sonido, sin expresión en su rostro.

Inmediatamente, se limpió las mejillas con el dorso de la mano, brusco, como si quisiera borrar la evidencia.

—Vete— Dijo con voz ronca.

Bill se quedó donde estaba.

—¿Por qué lloras…?

—No estoy llorando— Mintió, aunque las lágrimas todavía brillaban en su rostro.

—Tom…

—¡Te dije que te fueras!— La voz de Tom subió, pero incluso en su grito había algo quebrado.

Bill no se fue. En cambio, lentamente, caminó hacia donde Tom estaba y se sentó en el suelo junto a él. No demasiado cerca, dejando espacio suficiente para no sentirse invasivo. Pero lo suficientemente cerca para que Tom supiera que estaba ahí.

Tom lo miró con expresión entre sorprendida y molesta.

—¿Qué haces?

—Sentarme— Respondió, ajustándose para estar más cómodo.— Si no quieres hablar, está bien. Pero no voy a dejarte solo cuando claramente estás sufriendo.

—No te necesito— Tom escupió las palabras, pero había menos convicción en ellas ahora.

—Lo sé— Asintió calmadamente.— No me necesitas. Pero estoy aquí de todas formas.

Se quedaron en silencio por un largo momento. Bill mirando hacia adelante, dándole a Tom el espacio de no ser observado directamente. Tom mirándolo de reojo, como si no pudiera entender por qué este extraño se quedaba.

Pasaron pocos minutos así. El silencio solo interrumpido por la respiración ocasional entrecortada de Tom mientras intentaba controlar las lágrimas que seguían queriendo caer.

Bill habló con su voz suave y sin juicio:

—Puedes confiar en mí, ¿sabes? Sé que no me conoces realmente y que probablemente me odias por… por estar con tu padre, pero… si necesitas hablar con alguien… estoy aquí. No voy a juzgarte.

Tom apretó más sus rodillas contra su pecho, enterrando medio rostro en ellas.

Otro silencio largo. Luego, con voz tan baja que Bill apenas la escuchó:

—Extraño a mi madre.

El corazón de Bill se partió con esas cuatro palabras. Se giró ligeramente hacia Tom, pero no intentó tocarlo, respetando su espacio.

—Lo siento tanto…— Dijo con sinceridad absoluta.— Puedo imaginar lo difícil que debe ser…

—Murió hace un año y todavía… todavía la extraño cada día. Cada maldito día…

—Por supuesto que sí— Bill respondió suavemente.— Era tu madre. Ese tipo de dolor no desaparece solo porque pase el tiempo.

Tom soltó una risa amarga.

—Mi padre actuó como si sí. Como si pudiera simplemente… reemplazarla.

Bill sintió el golpe de esas palabras, pero no se defendió. Porque entendía que desde la perspectiva de Tom, eso era exactamente lo que parecía.

—Y lo odio— Su voz subiendo ligeramente.— Odio a mi padre y cómo se olvidó de ella tan rápido. Odio cómo te trajo aquí como si… como si ella nunca hubiera existido.

Levantó su cabeza, mirando directamente a Bill por primera vez. Sus ojos brillaban con lágrimas frescas y resentimiento, dolor, furia.

—Odio que te mire de la forma en que solía mirarla a ella— Escupió las palabras.— Odio que intentes… que intentes ser…

Se detuvo. Bill asintió lentamente, entendiendo.

—No estoy intentando reemplazarla— Dijo con cuidado.— Nunca podría. Tu madre… ella fue especial. Fue la primera. Quien le dio un hijo. Nadie puede reemplazar eso, Tom, nadie.

Tom lo miraba con expresión incomprensible. Inesperadamente, dijo algo que hizo que el pelinegro se quedara en blanco.

—Mi mamá era más hermosa que tú.

Parpadeó, sorprendido por la declaración tan directa.

Tom continuó con ese tono infantil pero con una crueldad inconsciente:

—Ella era realmente hermosa. Con cabello rubio que brillaba. Y ojos que sonreían incluso cuando ella estaba triste. Y su risa… su risa hacía que todo se sintiera mejor.

Sus ojos recorrieron el rostro de Bill con algo parecido a desdén.

—Tú eres… feo— Terminó, y la palabra cayó como una piedra entre ellos.

El silencio que siguió fue absoluto. Bill sintió el golpe de esas palabras, sintió cómo se clavaban en ese lugar inseguro que todos tienen. Pero cuando miró a Tom, no vio malicia real. Vio a un niño de doce años desesperado por defender la memoria de su madre, dolor expresándose de la única forma que sabía.

Así que en lugar de ofenderse, en lugar de levantarse y marcharse herido, Bill hizo algo que Tom claramente no esperaba.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, pero pura.

—Probablemente tienes razón— Dijo suavemente— Estoy seguro que tu madre era absolutamente hermosa. Debe haber sido increíble para haber criado a alguien como tú.

Parpadeó, claramente confundido por la respuesta.

—Yo… ¿qué?

—Tu madre debe haber sido maravillosa— Su voz llena de sinceridad.— Y tienes toda la razón en extrañarla. En odiar que alguien más esté en su lugar.

Tom lo miraba con los ojos agrandados, como si no pudiera procesar que Bill estaba… de acuerdo con él.

—¿No… no estás enojado?

—¿Por qué estaría enojado?— Bill ladeó la cabeza.— Dijiste lo que sentías. Y tus sentimientos son válidos, Tom. Todos ellos. La tristeza, el enojo, el resentimiento hacia mí… todo es válido. Nunca voy a intentar ser tu madre. Eso sería imposible e irrespetuoso hacia su memoria. Pero… me gustaría ser tu amigo. Si me lo permites. Alguien en quien puedas confiar. Que esté aquí cuando necesites llorar o gritar o simplemente estar en silencio.

Tom lo miraba con una expresión que Bill no podía saber completamente. Confusión, sorpresa, y quizás, apenas, el más mínimo toque de alivio de no estar completamente solo.

—¿Por qué?— Preguntó con voz pequeña.— ¿Por qué querrías ser mi amigo cuando claramente te odio?

Bill sonrió con más calidez.

—Porque no creo que realmente me odies. Creo que odias la situación. Odias que tu padre siguió adelante. Y honestamente, si odiarme te ayuda a procesar tu dolor, está bien. Puedo soportarlo.

Tom abrió la boca, luego la cerró. Abrió otra vez.

—Eres raro— Murmuró finalmente. Bill se rió suavemente.

—Sí, probablemente. Pero la oferta sigue en pie. Si necesitas hablar, o llorar, o incluso insultarme más… mi puerta está abierta. Siempre.

Se levantó lentamente, sacudiendo el polvo de sus jeans.

—Voy a bajar a preparar algo de cena. ¿Tienes hambre?

Tom lo miró por un largo momento. Luego, casi imperceptiblemente asintió.

—Un poco…

—Bien— Sonrió

Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, Tom habló:

—No eres… tan feo…

Bill parpadeó, sorprendido, luego sonrió ampliamente.

—Gracias, Tom. Eso significa mucho.

Tom se sonrojó ligeramente, bajando la mirada.

—Lo que sea…

—Aprecio tu honestidad, Tom…

Bill volteó a verlo una última vez, dedicándole una sonrisa cálida antes de salir de la habitación y cerrar la puerta con suavidad tras de sí.

Al bajar a la cocina, se puso manos a la obra de inmediato.

Quería preparar algo que a Tom le gustara. Algo sencillo, reconfortante. Algo que, aunque fuera por un rato, le hiciera sentir un poco mejor.

La hora siguiente transcurrió entre el sonido de ollas, agua hirviendo y el aroma de la salsa llenando lentamente la casa.

Cuando terminó, apagó la estufa y se limpió las manos con un paño de cocina. Echó un vistazo al reloj.

Las seis y media.

Subió las gradas.

Al llegar frente a la habitación de Tom, tocó suavemente la puerta.

—¿Tom? La cena ya está lista.

No tuvo que esperar mucho.

La puerta se abrió casi de inmediato.

Tom apareció con las rastas algo desordenadas, como si hubiera estado pasándose las manos por el cabello durante un buen rato. Sus ojos ya no estaban rojos y las lágrimas habían desaparecido por completo.

El azabache le sonrió.

—Vamos.

El de rastas asintió y comenzó a seguirlo gradas abajo.

—Hice espaguetis. Tu padre me contó que te encantan— Comentó Bill con una pequeña sonrisa mientras bajaban.— Espero que ya tengas hambre por completo.

—Sí…— Murmuró el menor.

No sabía si agradecerle a su padre por haberle contado algo tan simple o molestarse porque siguiera hablando de él con otras personas.

Llegaron a la cocina.

Tom ocupó su lugar habitual en la mesa y Bill colocó su plato lleno de espaguetis frente a él antes de sentarse al otro lado.

Comieron en silencio. Pero no era el mismo silencio de siempre.

No era el silencio incómodo de las primeras semanas.

Era simplemente silencio.

Uno extraño y nuevo.

El menor levantó la vista hacia el reloj de la pared.

—¿Y mi padre?

Bill se limpió los labios con una servilleta.

—Tuvo una reunión que se alargó y me avisó que tardaría un poco más. Por eso llegué solo a casa.

Tom asintió.

—Pero no debe de tardar demasiado—Añadió con tranquilidad.— Seguro llega antes que terminemos de cenar.

El pequeño volvió a asentir y bajó la mirada hacia su plato para seguir comiendo

No sabía qué responder, ni qué hacer con Bill.

Con aquella forma tan absurda de tratarlo.

Con su paciencia, sus sonrisas…

Con el hecho que no se hubiera enfadado cuando le dijo que era feo.

Cualquier otra persona lo habría hecho.

Bill no. Él simplemente había escuchado. Había permanecido allí. Y después le había preparado su comida favorita.

El de rastas pinchó otro poco de espagueti con el tenedor.

Algo extraño parecía instalarse lentamente en su pecho.

Una sensación desconocida, pero no desagradable. Solo diferente.

Y eso, por alguna razón, lo confundía más que cualquier otra cosa.

El sonido de una puerta abriéndose rompió el silencio de la casa.

Bill levantó la cabeza inmediatamente.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Llegó antes de lo que pensé.

El azabache ya estaba poniéndose de pie. Se dirigió hacia la entrada.

Tom observó cómo desaparecía.

Escuchó la voz grave de Thomas apenas unos segundos después.

Aunque Tom no podía verlo desde la cocina, podía imaginar perfectamente la sonrisa que acompañaba aquellas palabras.

Escuchó el sonido sonoro de un beso.

El pequeño apartó la vista de la entrada y volvió a concentrarse en su plato.

No quería escuchar ni prestar atención.

Y definitivamente no quería imaginar lo que estaba ocurriendo al otro lado de la pared.

Un momento después, ambos aparecieron en la cocina.

Thomas aflojó ligeramente el cuello de su camisa mientras se acercaba a la mesa.

—Hola, hijo.

—Hola.

La respuesta fue automática.

Bill ya estaba sacando otro plato.

—Siéntate. Te sirvo.

—Gracias, amor.

Thomas ocupó su lugar habitual y observó la comida con aprobación.

—Huele bien.

—Porque sabe bien— Le respondió Bill con una sonrisa.

Thomas soltó una risa suave.

El menor comió otro bocado más grande.

Y otro.

Comió más rápido.

Cuando terminó, dejó el tenedor sobre el plato.

—Terminé.

El azabache levantó la vista.

—¿Ya?

—Sí

—¿No quieres un poco más?

Negó con la cabeza.

—Estoy lleno.

No estaba exactamente lleno, pero tampoco tenía ganas de quedarse allí más tiempo.

Se puso de pie.

—Está bien— Respondió Bill con suavidad.— Que descanses.

Tom asintió una sola vez.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Tom.

—Buenas noches, hijo— Dijo Thomas.

Sin responder nada más, salió de la cocina y comenzó a subir las gradas.

No miró hacia atrás.

&

Ya era noche cerrada. La casa ya estaba en silencio, y solo se escuchaba el agua cayendo en la ducha de aquella habitación.

El pelinegro estaba de pie, completamente desnudo. Sus manos apoyadas contra los azulejos mojados y el agua corriendo por su espalda.

Thomas estaba detrás de él.

Su polla dura y lubricada por su misma semilla, presionada entre las nalgas de Bill, abriéndolo poco a poco, hasta que sus caderas quedaron pegadas al trasero del contrario.

El menor apretó los labios y soltó un gemido bajito, casi ahogado, cuando sintió aquella polla llenarlo por completo.

—Shhh…— Emitió Thomas contra su oreja, mordiéndosela suavemente.

El mayor empezaba a moverse, follándolo por el culo con embestidas lentas.

Besaba su espalda mojada, subiendo por la columna hasta llegar a su hombro.

Le dejó un chupetón fuerte en el cuello, luego otro más abajo, marcándolo mientras seguía penetrándolo.

Sus manos agarraban las caderas de Bill, tirando de él hacia atrás para entrar más profundo.

—Joder… estás tan apretado aquí— Gruñó contra su piel, mordiendo su hombro.

A Bill se le escapó un quejido suave y tembloroso cuando Thomas empujó fuerte.

—Thomas…— Susurró casi sin voz, con los ojos cerrados y la cara roja.

Contenía sus gemidos; no quería hacer ruido. Tom dormía y Bill estaba aterrorizado que pudiera despertar por su culpa.

El mayor aceleró un poco el ritmo, follándolo más duro pero manteniendo el control.

Una mano bajó entre las piernas de Bill y empezó a frotarle el clítoris mientras seguía dándole por el culo.

Los chupetones seguían apareciendo en su espalda y hombros, marcas rojas que contrastaban con su piel pálida.

El pelinegro apretó los puños contra la pared, gimiendo bajito y entrecortado.

Su cuerpo se tensó y se corrió primero, contrayéndose alrededor de la polla de Thomas con espasmos silenciosos, mordiéndose el labio para no gritar de placer.

El castaño gruñó contra su nuca, dio unas últimas embestidas y se corrió dentro de su culo, mientras lo abrazaba fuerte por detrás, besando los chupetones que acababa de hacerle.

Lo giró para darle un beso lento en los labios.

—Me encantas…— Susurró sonriendo contra su boca.

El menor solo escondió la cara en su pecho, ruborizado y todavía temblando.

&

Después de ese encuentro, Bill salió primero del baño envuelto en un albornoz grande y negro de Thomas.

Su novio se quedó un rato más bajo el agua, terminando de quitarse el jabón de su cuerpo.

El azabache dejó caer el albornoz al suelo y empezó a secar su cuerpo todavía húmedo. Con una toalla más pequeña, pasando la tela suave por sus hombros, bajando por sus pechos, por su abdomen plano y luego por sus caderas y piernas.

Se tomó su tiempo, disfrutando la sensación cálida de la toalla sobre su piel sensible.

Luego tomó una panty negra de encaje.

Se la puso despacio, pasando por sus muslos hasta acomodarla en su lugar.

La tela se ajustó perfectamente, sintiendo cómo la panty se hundía ligeramente entre sus nalgas.

No se puso sostén. Tomó la blusa negra de tirantes, fina y ajustada. Se la pasó por la cabeza, la tela se deslizó por sus pechos desnudos, marcando claramente sus pezones todavía duros.

La blusa era corta, apenas cubriéndole el ombligo.

Después se puso los pants de dormir negros, sueltos pero suaves, que le caían cómodamente en las caderas.

Justo cuando terminaba de cambiarse, el mayor salió de la ducha con solo una toalla alrededor de la cintura. El agua todavía corriendo por su pecho.

Se quedó apoyado en el marco de la puerta, observándolo con una sonrisa.

Bill levantó la vista, y al descubrirlo mirándolo de aquella forma, sintió cómo el calor le subía inmediatamente a las mejillas.

—¿Qué?— Preguntó, aunque ya conocía esa expresión.

Thomas negó con la cabeza.

—Nada.

—Thomas…

La sonrisa del mayor se ensanchó.

—Solo pensaba que te ves hermoso.

—Siempre dices eso…

—Porque es verdad.

El azabache ya sentado en frente del tocador y todavía sonrojado, tomó el cepillo y comenzó a desenredar su cabello con movimientos lentos, intentando ignorar la mirada fija que seguía sintiendo sobre él.

—Sigues mirando— Dijo mirándolo en el espejo.

—Y voy a seguir haciéndolo.

—Ya…— Sonrió tímidamente.

El mayor soltó una risa baja.

Un momento después se acercó por detrás.

Bill lo vio llegar a través del espejo.

Sintió un beso sonoro en su mejilla.

El sonido hizo que Bill riera sin querer.

—Thomas…

—Te amo.

Las palabras fueron sinceras.

—Yo también te amo.

Thomas apoyó la barbilla sobre su hombro, mientras ambos observaban su reflejo en el espejo.

Continúa…

Dato: La escena principal es el flashback del capítulo XV de «Mi madrastra». Igualmente este es el capítulo XV de «Mi dulce recuerdo». Además, en este cap, Bill se viste sin saber que Tom lo estaba viendo. Porque Tom SÍ escuchó lo que Bill no quería que escuchara.

por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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