Mi dulce recuerdo 14

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 14

Ese día, Thomas se lo había dicho después de cenar, con voz tranquila y directa, que Bill se quedaría de forma permanente.

Tom lo había escuchado sentado en su cama, sin moverse, sin decir una sola palabra. Solo lo había mirado con esa expresión que no concedía nada.

Al final, con un poco de fuerza en sus manos, levantó la sábana de su cama y se metió en ella, tapándose por completo, obligando así a su padre salir.

Era obvio que no le había gustado esa noticia cuando le habían dicho que serían «unos días».

Así, su dinámica en la casa se convirtió en exactamente: bajar, comer, subir, y durante esos periodos sin querer ver miraba cómo el fruto de esa relación crecía. Tom respondía lo mínimo necesario. Además, cada tarde que se encerraba en su habitación, aumentaba el volumen de música, una forma bastante clara de dejarles saber que no estaba interesado en mantener ninguna conversación. Y no era hostilidad abierta, sino una distancia calculada, esa que duele más que cualquier palabra dicha.

El pelinegro lo notaba todo. Lo notaba y no decía nada, porque sabía que no era su lugar todavía aunque quisiera hablarlo con el pequeño. Solo seguía su rutina: cocinaba, ordenaba, iba a la universidad y regresaba con Thomas. Dejaba espacio. Mucho espacio.

Y aquella tarde no creía que fuera diferente.

Llevaba veinte minutos sentado en el escalón de la entrada principal de la universidad.

Tenía los auriculares puestos pero sin música, solo como escudo. Su mochila entre las piernas, los ojos en el teléfono esperando el mensaje de Thomas que dijera que ya estaba cerca. Y su mente, muy ocupada con aquellos pensamientos.

Soltó un suspiro viendo hacia fuera. El frío de Stuttgart hacía que su aliento saliera en pequeñas nubes blancas.

Miró la hora nuevamente.

No estaba acostumbrado a esperar.

Normalmente, cuando salía de clases, Thomas ya estaba allí.

Esa era la primera vez que llegaba tarde desde que comenzaron a salir.

El mayor le había escrito díez minutos antes de salir, diciéndole que una reunión se había alargado y que llegaría un poco más tarde. Nada grave. Nada fuera de lo normal.

Aún así, Bill no podía evitar revisar el teléfono cada pequeño tiempo, esperando ver aparecer su nombre en la pantalla.

Ni escuchó llegar a la persona que de repente se sentó a su lado. Demasiado cerca para ser casualidad.

—Hola.

El azabache levantó la vista. A su lado estaba un chico de su edad, rubio, con sonrisa de quien sabe que es guapo y lo usa con frecuencia.

—Hola…— Respondió con educación, bajando un auricular.

—Te he visto por aquí antes— Dijo el chico.— Primera vez que me atrevo a acercarme.

Bill sonrió apenas, cortés pero sin invitar a más.

—Ah…

—¿Esperas a alguien?

—Sí

—¿Mucho tiempo?

—No creo…

El chico asintió, como si eso no cambiara nada. Siguió ahí. Bill volvió a su teléfono, esperando que el silencio fuera suficientemente claro.

No lo fue.

—Oye, ¿puedo preguntarte algo?

El azabache lo volvió a ver.

—Dicen por ahí— El rubio sonrió diferente, más calculado.— Que tienes novio.

—Sí— Confirmó sin dudar.

—Dicen que es mayor. Bastante mayor para ti.

No respondió, solo sostuvo su mirada.

—Dicen que es el mismísimo Thomas Kaulitz.

El nombre cayó con intención. Como si esperara ver algo en el rostro de Bill. Sorpresa, negación, vergüenza quizás.

Bill no le dio ninguna de esas.

—¿Y qué pasa con eso?— Preguntó simplemente.

El chico soltó una risa suave, pegándose un poco más hacia él.

—Nada, es que… siendo «hombre»— Enfatizó la palabra con una sonrisa que pretendía ser halagadora y no de morbo.— Eres demasiado bonito para conformarte con alguien así. Eres… demasiado sensual. Todos concordamos con eso.

El pelinegro se tensó. No sabía qué responder a eso.

Sin esperar algo más que incómodo, sintió la mano del chico posarse sobre su muslo.

Se quedó completamente paralizado, más de lo que estaba. No por miedo exactamente, sino por la sorpresa absoluta que alguien tuviera ese descaro. La mano se movió despacio, rozando la tela de su pantalón hacia arriba, y Bill no sabía si apartarla, levantarse o simplemente desaparecer del escalón.

Las tres opciones hacían un buen algoritmo.

Si bien, siempre había notado las miradas fijas sobre él, de esas que se quedan y te persiguen. Más no se habían acercado directamente. No de esa forma.

Lo que no esperaba es que en ese justo instante, retumbara el sonido de una puerta de auto abriéndose.

Thomas nunca bajaba del auto. Era una regla no escrita, una costumbre desde que empezaron a salir.

Él ya estaba allí, Bill lo veía y subía al copiloto. Así funcionaba siempre.

Pero ese día el mayor bajó.

Y caminó hacia ellos sin calma en absoluto, con los ojos fijos en la mano sobre el muslo de Bill desde antes de haber dado tres pasos.

El rubio lo vio llegar demasiado tarde.

Thomas se detuvo frente a ellos. Miró la mano y después al chico con una expresión que no necesitaba volumen para comunicar lo que pensaba.

—Quita la mano.

El chico la retiró de golpe.

—Y aléjate de él.

—Oye, tranquilo, solo estábamos…

El puñetazo llegó antes que terminara la frase. Limpio, directo, sin exageración. El rubio fue del escalón al suelo con un sonido sordo que hizo que tres estudiantes cercanos se giraran de golpe.

—¡Thomas!— Bill se levantó de un salto.

El chico en el suelo se tocó la mandíbula con los ojos desorbitados, sin terminar de procesar lo que había pasado.

Thomas extendió la mano hacia Bill sin mirar al chico otra vez. Ya no existía.

—Vámonos.

Bill lo miró, después al chico en el suelo y luego volvió hacia Thomas.

—No había necesidad de eso…— Murmuró, aunque tomó su mano.

—Probablemente— Concordó el mayor, sin rastro de arrepentimiento, guiándolo hacia el auto.

El azabache subió al copiloto y el castaño arrancó el motor.

Ninguno de los dos dijo nada por un momento.

—No tenías que pegarle— Habló Bill finalmente.

—Tenía su mano en tu muslo.

—Yo lo habría manejado.

El mayor lo miró de reojo.

—Sí— Dijo simplemente.— Pero yo lo manejé primero.

Bill soltó un sonido que pretendía ser de desaprobación y que no lo era en absoluto. Desvió la vista hacia la ventana para que su novio no viera la sonrisa que no podía controlar del todo.

Thomas siguió conduciendo, con calma y una satisfacción muy pequeña pero muy real instalada en la comisura de sus labios.

&

En cuanto cerraron la puerta, Thomas ya lo tenía contra ella.

Un segundo estaban entrando y al siguiente la espalda de Bill estaba contra la madera y los labios de Thomas sobre los suyos, con una mano enredada en su cintura y la otra bajando sin disimulo a su trasero.

—No me gustó…— Murmuró el mayor entre besos, con esa voz baja que usaba pocas veces.— Que ese idiota se te acercara.

—Thomas…— Bill soltó una risa baja contra su boca.

—Silencio— Lo apretó más contra él, apretando sus nalgas de paso.— Eres mío.

Bill cerró los ojos, dejándose llevar por el beso, por las manos de Thomas, por esa sensación de pertenecer completamente a alguien.

Hasta que algo le hizo abrir los ojos de golpe. Mejor dicho: alguien. Una presencia. Una mirada.

Desde el sofá, Tom los miraba fijo. Sin expresión, sin mover ni un solo dedo. Solo observando con esos ojos que no parpadeaban, procesando la escena sin dejar ver nada de lo que pensaba.

El azabache se separó de Thomas tan rápido que casi tropezó.

El mayor frunció el ceño, confundido por la reacción, hasta que siguió la dirección de su mirada y encontró a Tom sentado en el sofá.

—Hola, Tom…— Saludó Bill, intentando sonar normal.

—Hola.

La respuesta fue plana.

—¿Ya comiste?

—No

—¿Tienes hambre? Puedo prepararte algo.

—No. Está bien.

Tom no apartó la vista de ellos ni un instante.

Se puso de pie sin prisa. No esperó respuesta y subió las gradas de camino a su habitación.

El pelinegro lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el segundo piso.

—Thomas…— Le llamó.

—¿Qué?

—No vuelvas a hacer eso cuando él pueda vernos.

Thomas soltó un suspiro.

—Ni siquiera sabía que estaba ahí.

—Yo tampoco, pero sigue siendo incómodo para Tom.

—Es mi hijo, amor. Algún día tendrá que acostumbrarse a verte aquí.

—Acostumbrarse a que viva aquí es una cosa. Esto es otra.

El mayor abrió la boca para responder, pero se quedó callado.

Entonces se escuchó la música comenzando a sonar.

Lo bastante fuerte para atravesar el techo y llegar hasta la sala.

Bill bajó la vista y soltó una pequeña risa sin humor.

—Creo que ese es su modo de decirnos lo que piensa.

Thomas negó con la cabeza mientras miraba hacia las gradas.

—O su modo de evitar decirlo.

&

La casa casi estaba lista.

Las paredes ya no olían a humedad. Incluso las manchas oscuras que durante años habían cubierto algunos rincones habían desaparecido bajo capas de pintura nueva. Las goteras estaban selladas, las ventanas reparadas y el viejo suelo de madera ya no crujía con cada paso.

Unos cuantos arreglos extras que gracias a Thomas se habían hecho.

Tal como había prometido, cumplió su palabra y ayudó con más.

Andreas permanecía de pie frente al lavamanos de la cocina, justo en frente de aquella ventana que daba al bosque.

La lluvia seguía adueñándose de Stuttgart.

Sacó su celular, y como casi todos los días, llamó a Bill. Se llevó el teléfono a la oreja.

Quería saber cómo estaba. Porque aunque ya no vivieran juntos, aunque Bill tuviera una nueva rutina y una nueva vida, aquella costumbre no había cambiado.

—Se ve bien— Comentó Andreas mientras observaba la pared recién pintada.

Una tos los interrumpió de la nada.

Cubrió su boca con la mano y esperó a que pasara.

—Ya casi parece que nunca estuvo.

—Me alegra escuchar eso— Respondió Bill desde el otro lado de la línea.

La calidez de su voz arrancó una sonrisa involuntaria en Andreas.

—¿Y tú cómo estás?— Preguntó enseguida el menor.— ¿Te hizo mal la lluvia de estos días? Esa tos se escucha muy mal…

Andreas soltó una pequeña risa.

—Estoy bien, Bi. Deja de preocuparte por mí.

—¿Seguro…?

—Hace frío — Respondió con normalidad.— Todo Stuttgart está tosiendo.

—Andy…

—Que estoy bien— Insistió con una sonrisa.— Cuéntame de ti mejor. ¿Cómo estás tú?

Y Bill habló.

Le contó sobre la universidad, sus clases, su rutina con Thomas, y sobre Tom encerrándose cada tarde en su habitación con la música tan alta que podía escucharse desde cualquier rincón de la casa.

Andreas escuchó todo.

Hizo preguntas cuando debía hacerlas. Se rió cuando correspondía. Comentó alguna que otra cosa con aparente normalidad.

Y durante aquellos veinte minutos consiguió olvidarse de todo lo demás.

Cuando finalmente su hermano colgó, el silencio regresó a la cocina.

Andreas sostuvo el teléfono en su oreja unos segundos más.

Todavía sonreía.

Hablar con Bill siempre conseguía eso.

Luego bajó la vista.

Había mantenido una mano cerrada durante toda la llamada.

Por costumbre. Sin pensar.

La abrió lentamente.

La mancha rojiza seguía allí, extendida sobre su palma.

La observó en silencio sin ninguna expresión.

Sin sorpresa, sin negación.

Sabía perfectamente lo que significaba.

Sabía también que ya no podía seguir fingiendo que era algo pasajero.

Aún así, no dijo nada. Nunca le dijo nada a Bill.

Una nueva oleada de tos volvió.

Más fuerte. Como si hubiera estado esperando pacientemente a que la llamada terminara.

Andreas alcanzó el pequeño paño blanco que descansaba junto al lavamanos casi por reflejo.

Lo llevó a su boca justo cuando el ataque de tos lo obligó a inclinarse ligeramente hacia adelante.

Una vez, dos veces, tres.

Apoyó la mano libre sobre el borde del lavamanos mientras esperaba a que pasara.

Cuando por fin pudo volver a respirar con normalidad, apartó la tela despacio.

Se quedó inmóvil, mirándola.

El blanco ya no era completamente blanco.

Aquella mancha era más evidente. Más extensa.

Lo suficiente para que resultara imposible seguir convenciéndose que no estaba empeorando.

Durante unos segundos no apartó la vista.

Luego abrió el grifo y puso la tela debajo de este.

El agua fría cayó sobre el paño mientras Andreas observaba cómo el color desaparecía poco a poco por el desagüe.

Soltó un suspiro.

Cuando terminó, dejó la tela a un lado y se volteó.

Las paredes recién pintadas.

Las ventanas reparadas.

El techo arreglado.

Todo exactamente donde debía estar.

La casa estaba casi lista.

Durante años había imaginado ese momento. Había pensado en cómo se sentiría verla recuperada, convertida nuevamente en un hogar y no en una colección de problemas imposibles de solucionar.

Y allí estaba. Exactamente como debía estar.

Sin embargo, la satisfacción duró apenas un instante.

Porque una pregunta seguía regresando una y otra vez.

¿Cuánto tiempo más podría seguir diciéndole a Bill con una sonrisa que todo estaba bien?

Andreas volvió la mirada hacia la ventana.

El bosque se mecía por el aire frío de Stuttgart.

Solo entonces recordó que el tiempo seguía avanzando.

Con o sin él.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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