Mi dulce recuerdo 13

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 13

El motor del auto llevaba apagado varios minutos. La gente caminaba rápido bajo el frío, había nubes bajas sobre los edificios, el viento movía las ramas de los árboles sin hojas todavía.

Pero adentro del auto polarizado no había nada de eso.

Solo ellos dos.

Bill estaba recostado contra el asiento trasero, sin su pantalón y las bragas tiradas en el piso del auto. Solo le quedaba puesta su blusa manga larga de cuello de tortuga, negra y ajustada. Sus pechos, libres de sostén, se movían con cada embestida y sus pezones se marcaban contra la tela.

Thomas estaba entre sus piernas, teniendo una de ellas arriba para mejor acceso y follarlo profundo.

Su polla entraba y salía del pelinegro con ritmo constante y sonido húmedo. El sonido de piel contra piel se mezclaba con la respiración agitada de ambos.

—Ah…— Soltó Bill. Un gemido bajito que no pudo contener. Tenía los ojos cerrados y la boca en una pequeña «o».

Una mano se aferraba con fuerza al respaldo del asiento y la otra apretaba el hombro de Thomas.

Intentaba contener los gemidos, pero cada vez que él empujaba fuerte, se le escapaba alguno suave y tembloroso.

El mayor jadeaba mirando hacia arriba, con la boca entreabierta y el placer marcado en la cara. Sus caderas chocaban contra las del menor con más fuerza, entrando hasta el fondo.

Los pechos de Bill se balanceaban visiblemente debajo de la blusa con cada embestida.

El castaño aceleró el ritmo, follándolo lo más duro y profundo que podía, hasta que sintió cómo su pareja se tensaba alrededor de su polla.

Bill llegó primero. Su cuerpo se sacudió, apretó los ojos con más fuerza y soltó varios gemiditos cortos y ahogados mientras se corría.

Eso fue suficiente para Thomas. Con un último gemido ronco empujó profundo y se corrió dentro de él. Su cuerpo temblaba de placer.

Se quedaron unos segundos así, conectados y respirando agitados. Luego Thomas soltó su pierna y se inclinó, besándole la boca.

Siendo un beso más lento e íntimo.

El azabache todavía con los ojos cerrados, le devolvió el beso suavemente, casi con vergüenza, rozando apenas su lengua contra la de él.

Thomas sonrió contra sus labios y metió una mano bajo su blusa, apretando uno de sus pechos suaves, sintiendo el pezón duro contra su palma.

—¿Estás bien?— Susurró contra su boca, todavía dentro de él.

El menor abrió los ojos y solo asintió, mordiéndose el labio y escondiendo la cara en su cuello, ruborizado.

Las caderas del castaño se movieron de repente, lentamente. El pelinegro buscó sus labios y volvieron a encontrarse pero con urgencia, comiéndose la boca como habían hecho en cuanto se vieron. Y parecía que habría una segunda ronda, si no fuera por el celular de Thomas que comenzó vibrando y luego sonando.

Claramente lo escucharon pero no le prestaron atención. Sin embargo, el teléfono insistió.

El mayor lo ignoró completamente. Sus labios bajaron hacia el cuello de Bill, que echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

Casi un minuto después, el teléfono dejó de sonar.

Y solamente se escucharon los sonidos salientes de sus bocas.

Pero nuevamente volvieron a llamar.

Thomas soltó un suspiro largo contra la piel de Bill sin separarse del todo.

—Atiende la llamada…— Murmuró Bill respirando entrecortado.

—No pienso hacerlo— Le respondió volviendo a su piel.

La llamada terminó sola.

El castaño volvió a sus labios pero otra vez hubo interrupción. Esta vez en el celular de Bill.

Los dos se quedaron completamente quietos.

El azabache abrió los ojos y el mayor levantó la cabeza para mirarlo.

Bill tuvo que incorporarse un poco y jalar su abrigo que estaba tirado en suelo del coche. Sacó el teléfono del bolsillo con cierta dificultad desde la posición en la que estaba.

Miró la pantalla y se la mostró a su novio sin decir nada.

Bill contestó.

—¿Bueno?

—Hola, hermanito— La voz de Andreas sonó completamente tranquila, demasiado tranquila.— ¿Cómo estás?

—Bien— Respondió Bill con una calma que no tenía.— ¿Qué pasa? ¿Tú estás bien?

—Nada, nada. Estoy bien. Solo quería saber cómo estabas. ¿Estás ocupado?

—Un poco.

—Ah. ¿Con qué?

El azabache volteó a ver a Thomas y este apoyó la frente en su hombro.

—Con… ¿cosas de la universidad…?— Le contestó como si fuera una pregunta.

—Qué interesante— El rubio no sonaba para nada convencido.— ¿Y Thomas está por ahí?

—¿Por qué iba a estar Thomas aquí?

—No sé. Solo digo. ¿Si está?

El menor se quedó en breve.

—Sí, sí está…— Dejó de verlo.

—Ajá— Su hermano se quedó en silencio. Uno que duró exactamente lo suficiente para ser incómodo.— Bueno. Necesito hablar con los dos. ¿Pueden ir a la cafetería? Ya saben cuál.

El tono en su voz había cambiado. Solo un poco. Pero suficiente.

Bill frunció el ceño.

—¿Estás bien, Andy?

—Sí, sí. Nada grave. Solo quiero contarles algo en persona. ¿Pueden?

—Sí— Respondió sin dudar.— Ahí estaremos.

—Bien. Gracias, Bi. Los espero.

La llamada terminó.

El pelinegro bajó el teléfono despacio y miró a Thomas, que seguía con la frente apoyada en su hombro.

—¿Lo escuchaste?

—Todo— Murmuró sin moverse.

Pasó un segundo.

—¿Crees que es algo serio?— Preguntó el pelinegro.

Thomas levantó la cabeza por fin y lo miró. Buscó algo en su expresión antes de responder.

—Puede ser…

Los ojos de Bill fueron fijos a el teléfono que todavía sostenía entre las manos.

El castaño le puso dos dedos bajo la barbilla y le giró la cara hacia él.

Lo besó una vez más. Breve, tranquilo.

—Vamos a ver qué dice.

&

La cafetería olía y estaba exactamente igual que la primera vez.

A café recién hecho, a algo dulce horneándose en algún lugar del fondo, y todo en su debido orden. La lluvia entraba cada vez que alguien abría la puerta.

El castaño aparcó el auto y los dos bajaron sin mucha prisa, con el frío de Stuttgart recibiéndolos de inmediato.

Bill ya buscaba con los ojos antes de entrar.

Y lo encontró enseguida.

Andreas estaba en la misma mesa de siempre, con las manos alrededor de una taza y la vista en la misma.

De repente, como si lo hubiera sentido llegar, vio a Bill y se levantó.

El menor ya estaba caminando hacia él antes que terminara de ponerse de pie.

Aquel abrazo fue inmediato, de esos que no necesitan explicación.

Andreas lo envolvió entero con los brazos y lo apretó con fuerza.

Su hermano menor hundió la cara en su hombro y cerró los ojos un segundo.

Tres días.

Solo tres días. Pero en circunstancias que ninguno de los dos había elegido.

Andreas le besó la sien y después la mejilla.

Y el pelinegro levantó una mano para acariciarle la mejilla, despacio, mirándolo a los ojos cálidamente y también comprobando que estaba bien.

—Estás flaco— Murmuró Andreas jalándolo hacia él y enterrando su naríz en su cabello.

—Siempre he sido así, Andy.

—Más flaco estás.

—Thomas me da de comer muy bien— Respondió con una sonrisa pequeña que su hermano no podía ver pero sí sentir.

El rubio soltó una carcajada corta y lo apretó una vez más antes de separarse.

Entonces miró a su cuñado, que estaba de pie a unos pasos, mirándolos con fija atención.

Había observado el abrazo entero sin decir nada. Sin moverse.

El rubio sonrió, muy despacio.

—Thomas— Lo saludó, estrechándole la mano con una palmada en el hombro.

—Andreas.

—Vamos. Tomemos asiento.

Los tres ocuparon la mesa. La misma de la primera vez. Esta vez Bill junto a Thomas y Andreas frente a ellos.

La mesera llegó de inmediato y los dos pidieron sin necesidad de revisar la carta. Café para los dos y su postre. Andreas pidió más café.

Cuando la mesera se fue, se quedaron en silencio.

Andreas tenía las manos entrelazadas sobre la mesa y miraba a esta.

Bill lo observaba preocupado.

—Andy— Dijo con voz suave.— Dinos qué pasa.

El rubio levantó la vista por fin. Parecía haber salido de sus pensamientos muy abruptamente.

Primero miró a su hermano. Después a su cuñado.

—La casa… la casa ya la están arreglando desde ayer en la mañana— Empezó con un tono que no anticipaba nada malo pero tampoco bueno.— Me dijeron hoy que está lista en aproximadamente dos semanas, quizás un poco menos de tiempo. Así que no es para tanto.

El menor asintió despacio, con las manos alrededor de su taza recién llegada.

—Bien— Dijo, sonriendo poco.— Me alegra…

—Sí— Andreas asintió también. Pero no continuó de inmediato.

Hubo una pausa, de esas que tienen peso propio.

El castaño lo notó y no dijo nada. Solo lo observaba desde su lugar.

—Hay otra cosa…— Soltó el rubio finalmente.

Bill lo miró con atención.

—Llevo días pensando en esto— Continuó con una voz más seria pero sin perder la calma.— Y no es fácil decirlo porque sé que no te va a gustar escucharlo.

—¿Que quieres decir…?

Andreas tomó de la taza entre sus manos antes de hablar.

—Cuando la casa esté lista… no quiero que vuelvas conmigo.

El silencio se propagó más tenso.

Bill se quedó más rígido de lo que estaba. Y lo miró fijamente, con una expresión que todavía no había decidido qué ser.

—Escúchame— Pidió Andreas antes que pudiera reaccionar.— Conmigo… conmigo solo pasas penas, Bill. Lo sabes. La casa con goteras, el sótano inundado, el auto que no arranca, el dinero que nunca alcanza del todo… y tú ahí, aguantando todo eso sin quejarte nunca, como si fuera normal. Y no, no es lo normal. No debería serlo.

—Andy… eso no importa— Le contestó Bill, y su voz había perdido la poca tranquilidad de antes.— Nunca me ha importado. Estoy bien contigo, siempre he estado bien y…

—Lo sé— Lo interrumpió con suavidad.— Lo sé, Bi. Pero yo no estoy bien con eso.

El menor trató de tragar aquel nudo que se formó en su garganta.

—Por eso… sé que lo mejor para ti es Thomas. Que él querrá que te quedes con él.

—¡No…! ¡No quiero separarme de ti!— Exclamó el azabache con los ojos aguados.— Dime que es una broma tuya…— Susurró

—No… no lo es, hermanito…

—Entonces vente tú también con nosotros— Habló Thomas, que había estado viendo y escuchando todo en silencio. Lo dijo mirando a Andreas directamente.— Los dos.

El azabache giró la cabeza hacia él con algo encendiéndose en sus ojos.

Esperanza.

Clara y directa.

Luego miró a su hermano.

El rubio lo estaba mirando también a él.

Y negó con la cabeza. Despacio y sin dudar.

—No— Dijo simplemente.

La esperanza en los ojos de Bill se apagó de inmediato.

—Andy…— Susurró

Pero Andreas no lo miró a él; miró a Thomas.

Y Thomas lo sostuvo.

Hubo algo en ese intercambio que no necesitó palabras. Andreas lo miraba con esa seriedad que aparecía pocas veces, la que estaba debajo de todo lo torpe y ruidoso que solía ser. La que era completamente real.

El mayor leyó todo lo que había ahí.

Andreas le estaba entregando lo más importante que tenía.

Había una gran confianza que tenía en él para cuidar a su hermano menor.

Thomas asintió una vez en un gesto pequeño. Suficiente que daba su palabra.

Andreas volvió a mirar a Bill.

—Si me voy con ustedes…— Empezó con voz tranquila.— nunca vas a soltar mi mano, Bi. Y yo tampoco voy a soltar la tuya. Los dos lo sabemos.— Sonrió ligeramente.— Y tú necesitas aprender a estar bien sin tenerme al lado.

Bill tenía la mirada baja y los ojos nublados. Los labios ligeramente apretados.

—Llevas años cuidándome a mí— Continuó su hermano.— Desde que mamá se fue. Cocinando, ordenando, haciendo que la casa funcionara cuando yo no podía. Demasiado tiempo siendo el adulto que no debías ser todavía— Su voz bajó.— Ya es suficiente, hermanito. Ahora te toca a ti dejarte cuidar.

El azabache apretó más los labios.

Thomas miró a su pareja.

—Yo quiero hacerlo— Dijo— Y no te lo estoy pidiendo por lástima ni porque Andreas me lo esté diciendo. Te lo pido porque te amo y porque quiero que estés bien. Que estés cómodo. Que no tengas que preocuparte por goteras ni por cubetas en el suelo— Tocó su mano.— Tom ya te conoce. Ya dieron ese paso. El resto viene solo, con el tiempo.

Levantó la mirada y los miró a los dos.

A Thomas, que lo esperaba con calma que no presionaba pero tampoco cedía.

A Andreas que lo conocía mejor que nadie en el mundo y que aún así, o precisamente por eso, le estaba diciendo aquello.

Una lágrima bajó por su mejilla antes de que pudiera evitarlo.

La limpió rápido.

—No me gusta…— Murmuró

—Ya sé— Respondió su hermano suavemente.

—Que conste.

—Consta.

Bill soltó aire despacio y asintió.

Andreas por fin se permitió soltar el aire que llevaba retenido sin darse cuenta.

Y el castaño entrelazó sus dedos con los de Bill sobre la mesa.

&

Andreas los acompañó hasta el auto. Y antes que el menor abriera la puerta, lo detuvo con una mano en el hombro.

Bill se giró aún moqueando y con los ojos rojos.

Su hermano lo miró un momento, con esa expresión que no necesitaba muchas palabras.

—Eres lo mejor que me ha pasado, ¿sabes?

Y más lágrimas llenaron los ojos de Bill.

El azabache lo abrazó otra vez.

Más fuerte, y más largo.

Andreas le dio una palmada en la espalda, despacio, como siempre lo había hecho desde que Bill era pequeño y se caía y no quería llorar delante de nadie.

Cuando se separaron, el rubio le revolvió el cabello con una mano.

—Llámame cuando llegues.

—Siempre lo hago…

—Lo sé— Sonrió— Por eso te lo digo.

Se despidió de Thomas con otra palmada en el hombro y una mirada que decía varias cosas sin decir ninguna.

El castaño asintió firmemente.

Andreas metió las manos en los bolsillos y caminó de vuelta hacia la cafetería sin girarse.

El menor lo vio alejarse desde donde estaba, con la mano todavía en la manija del auto.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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