
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 12
Bill marcó el número de Andreas.
Llevaba despierto desde las cinco.
La cama de invitados era perfectamente cómoda y aún así su cabeza no había querido cooperar con dormir más.
—¿Bueno…?— La voz de Andreas sonó ronca y desordenada al otro lado.
—Buenos días, Andy.
—Bill. Son las seis y cuarto de la mañana— Se quejó.
—Sí. ¿Cómo estás?
Escuchó un suspiro al otro lado.
—Dormido. Estaba dormido.
—¿Y?— Añadió removiendo los huevos en el sartén.— ¿Está todo bien allá?
—Sí, sí. El apartamento es pequeño y no he dormido bien pero… oye, ¿me estás cocinando algo? Escucho el sartén.
—Estoy haciendo el desayuno de Thomas y Tom.
—Ah. Claro.— Dijo como si no recordara.— ¿Cómo estás? ¿Todo bien por allá?
Los huevos estaban listos. Giró la perilla, apagando la llama.
—Sí, dodo bien.
—¿Seguro?
—Tom no me odia todavía. Eso es algo.
Andreas soltó algo entre una risa y un bostezo.
—Ese niño no odia a nadie. Solo necesita tiempo— Le dijo— Ah, por cierto. ¿Y Thomas?
La comisura de los labios de Bill se movió sola.
—Thomas está bien.
—Ajá. Ese «está bien» tuyo tiene una cara muy específica que aunque no te estoy viendo sé que la tienes.
—Andy…
—Solo digo— Se escuchó levantarse.— Oye, sobre la casa…
—¿Qué pasa con ella?— Preguntó de inmediato.
—Me dijeron que hay tres puntos que hay que reemplazar completamente, no solo parchar. Y la pared del sótano tiene una filtración que…— Andreas soltó un suspiro largo.— Va a tomar más de lo que pensaba, Bi.
El pelinegro se quedó quieto un momento con el sartén en la mano.
—¿Cuántos días?
—No sé todavía. Pero… no son días, probablemente.
El menor no respondió de inmediato.
—Está bien— Dijo sin más.
—Bill…
—De verdad, Andy. Está bien. Solo avísame cualquier cosa.
Andreas iba a decir algo más cuando un ruido del otro lado lo detuvo.
Una mochila golpeando el suelo y una silla jalándose.
Bill giró la cabeza.
Tom estaba sentado en la mesa ya listo para su jornada. Miraba la mesa. No a él.
—Andy, te llamo después.
—¿Pasó algo?
—No. Todo bien. Luego hablamos.
Colgó antes que su hermano pudiera insistir y dejó el teléfono sobre la encimera.
Se giró hacia el pequeño con una expresión tranquila.
—Buenos días, Tom.
El contrario levantó la vista apenas para devolverle el saludo.
—Buenos días.
No hubo más. El azabache volvió al sartén. Sirvió el plato, añadió el pan tostado al lado y lo dejó frente a Tom, sin decir más de lo necesario.
Se sentó en la silla de enfrente con una taza de café entre las manos.
Tom miraba su plato. Después miró a Bill.
—¿Cuántos días son?— Preguntó directo y sin rodeos. Sin que su voz tuviera mucho más que la pregunta en sí.
El pelinegro lo miró.
—¿Cómo?
—Que cuántos días te quedas— Volvió a repetir con algo de irritación en su voz.— Tu hermano dijo «unos días». Mi papá también. Pero nadie ha dicho cuántos.
—Todavía no lo sé con exactitud— Respondió con honestidad.— Depende de cuánto tarden las reparaciones en la casa.
—Pero son días— Insistió— No es para siempre.
—Son días— Confirmó Bill— No es para siempre.
El niño asintió una sola vez y comenzó a comer.
Pasaron unos segundos.
—¿Andreas ya sabe cuánto va a tardar?
—No, a él tampoco le han dicho— Sonrió inconscientemente, dándose cuenta de la insistencia en sus palabras.
El menor ya no dijo más.
Bill lo observó desde el otro lado.
Tom tenía el ceño ligeramente fruncido sin explicación. Y se lo volvía a repetir.
Ese niño era ver a Thomas.
El menor sonrió apenas antes de poder evitarlo.
El menor levantó la vista justo en ese momento.
—¿Qué?— Soltó con ese tono plano suyo que no era hostil del todo pero tampoco era amable.
—Nada— Respondió simplemente.
—Me estabas viendo.
—Lo hago.
—¿Por qué?
Aún con su pequeña sonrisa no tardó en responder.
—Porque eres demasiado tierno.
Tom abrió la boca para responderle, pero solo tragó saliva o lo que tenía en la boca.
El color le subió por el cuello y le llegó a las orejas y a las mejillas en aproximadamente dos segundos, con una velocidad que claramente lo tomó por sorpresa tanto como a Bill.
—Yo no soy…— Empezó, y su voz salió un tono más alta de lo normal.— No soy tierno. Eso es una cosa ridícula de decir…
El azabache no lo discutió. Solo bebió su café.
Lo que naturalmente empeoró todo.
—Deja de verme así— Miraba su plato con las orejas todavía completamente rojas.
—¿Cómo te estoy viendo?
—Así— No especificó más porque claramente no podía.
—Está bien— Dijo con una calma que no tenía nada de burla, sonriendo todavía.— Lo siento.
El menor siguió comiendo con el ceño fruncido y las mejillas encendidas, mirando su desayuno muy fijamente.
Y Bill, muy discretamente, volvió a su café.
Sin decir nada más.
Aunque la sonrisa pequeña no desapareció del todo de su cara.
En ese momento sin que lo escucharan, Thomas se detuvo en el umbral.
Se sorprendió al ver a Tom sentado, comiendo mientras Bill tomaba de su café.
El azabache lo notó y su expresión fue más abierta, más cálida. Se levantó.
—Buenos días…
Thomas cruzó la cocina sin apresurarse.
Pasó junto a la silla de Tom, que levantó la vista apenas para verlo pasar, y llegó hasta donde estaba Bill.
Le puso una mano en la cintura y lo besó en los labios, despacio, con esa naturalidad tranquila de cualquier pareja.
Tom lo escuchó.
El sonido breve e incómodo para él.
No levantó la vista del plato.
Solo frunció más el ceño con lentitud. Y le dio un mordisco enorme a su pan tostado.
Nadie lo notó.
Lo cual era exactamente lo que quería.
Aunque honestamente no entendía por qué tenían que hacer eso en la cocina. Había toda una casa. Muchas habitaciones. Con puertas que cerraban con llave y todo.
Pero no. La cocina. Mientras él estaba ahí, comiendo.
Le dio otro mordisco al pan. Más grande que el anterior.
—Buenos días…— Murmuró sobando su nariz con la del azabache.— ¿Cómo dormiste?
—Bien…— Respondió con las mejillas ya más llenas de color.— Siéntate, ya te sirvo— Se separó de él.
—Primero dime cómo dormiste de verdad.
El pelinegro lo miró de reojo.
—Bien, Thomas.
—¿Seguro?
—Siéntate— Repitió con una sonrisa tímida.
Thomas obedeció y se sentó al lado de Tom, sin dejar de verlo.
Bill le sirvió el desayuno.
El café primero y el plato después.
Luego dejó el sartén en el fregadero.
—¿No vas a desayunar?— Le preguntó Thomas al no ver más comida servida.
—Yo ya desayuné— Respondió suavemente, secándose las manos con el trapo de cocina.— Me iré a alistar— Anunció
—¿Ya?
—Ya— confirmó Bill, colgando el trapo.
Pasó junto a la mesa camino a la salida y Thomas, sin pensarlo mucho, le tomó la mano apenas un segundo cuando estuvo a su alcance.
Bill lo miró sin entender.
—Te amo— Soltó. Y apretó sus dedos una vez antes de soltarlos.
El pelinegro sonrió tímidamente con color nuevamente en sus mejillas. Y salió de la cocina.
Sus pasos subieron despacio por las gradas hasta perderse arriba.
La cocina quedó en silencio.
Thomas bebió su café.
Tom cortó lo que quedaba en su plato.
Pasaron unos segundos antes que el niño hablara.
—Tu novio es raro.
Thomas dejó la taza sobre la mesa con calma.
—¿Por qué lo dices?
Tom se encogió de hombros y no aclaró el por qué.
Su padre lo miró un momento, esperando. Cambió de tema.
—¿Está rico el desayuno?
Como siempre esperó un momento su respuesta.
—Está bien— Dijo al final, con una voz completamente plana que no concedía nada más.
El mayor sostuvo una sonrisa que prefirió no mostrar.
Bebió su café en silencio.
Y Tom siguió mirando su plato, con las orejas todavía ligeramente rosadas de algo que había pasado antes que su padre bajara, y que claramente no tenía ninguna intención de mencionar.
—¿Te molesta que esté aquí?— Preguntó Thomas con voz tranquila.
—No me molesta.
—Tom.
—Que no me molesta— Bajó los ojos hacia la mesa.— Solo es… raro. Tener a alguien nuevo aquí.
Thomas no respondió de inmediato. Lo dejó terminar.
—Mamá era la única que cocinaba antes— Continuó, con una voz que había perdido algo del filo de siempre. Más pequeña.— Y ahora baja él y hace lo mismo y yo no sé dónde meterme.
El mayor sintió algo moverse despacio en su pecho, no esperando eso de su hijo.
—No tienes que meterte en ningún lado— Dijo con calma.— Esta sigue siendo tu casa. Siempre va a ser tu casa.
Tom asintió, mirando la mesa.
—Lo sé.
—¿Y Bill?
El niño levantó la vista.
—¿Qué con él?
—¿Qué te parece?
Miró hacia otro lado con las orejas empezando a ponerse rosadas por razones que claramente no tenía intención de explicar.
—Es raro— repitió, como si eso lo cubriera todo.
—Ya me dijiste eso.
—Porque es verdad.
—Hijo
—Es muy raro, papá— Lo miró fijo— No es como las demás personas.
El mayor dejó salir la sonrisa que trataba de no soltar.
Tom la notó alzando una ceja.
—Para— Formuló muy serio.
—¿Qué cosa?— Rió
—Estás haciendo una cara horrible.
—Estoy desayunando.
—Con una cara horrible— El niño empujó su silla hacia atrás y se puso de pie recogiendo su plato.— No voy a seguir hablando de esto.
—Nadie te está obligando— Respondió su padre completamente tranquilo.
Tom dejó el plato en el fregadero y salió de la cocina con las manos en los bolsillos y las orejas y cara todavía calientes.
Thomas se quedó solo en la cocina en silencio.
Sonrió otra vez
Raro, había dicho Tom.
Dos veces.
&
Los tres amigos estaban en su lugar de siempre. Los lonches entre las manos y el ruido del recreo alrededor.
Gustav notó algo en el rostro serio de Tom.
Georg también lo había notado, pero prefirió no decir nada.
Tom mordió su sándwich mirando el suelo del patio.
—Ya lo conocí— Dijo sin que nadie le tuviera que preguntar.
El castaño se enderezó de inmediato.
—¿Al novio de tu papá?
—Sí.
—¿Y?— Georg se giró hacia él— ¿Cómo es? ¿Es horrible?
El de rastas le dio otro mordisco a su sandwich. Tragó y observó el patio donde los demás estudiantes convivían.
—Joven— Dijo al final.— Muy joven. Ya sabía que tenía dieciocho pero igual… es joven. Más de lo que pensaba.
Gustav seguía comiendo, pero escuchaba.
—¿Y?
—Y nada.
—¿Cómo es físicamente?— Preguntó porque su amigo no decía más.
Tom le dio otro mordisco al sándwich.
Georg lo miraba sin parpadear.
Gustav levantó la vista de su comida.
—¿Es bonito?— Preguntó directo.
El de rastas no respondió, pero algo que simplemente sus amigos podían leer en su rostro les afirmó una respuesta completísima.
—¡Es bonito!— Señaló el castaño en el aire con el dedo.
—No dije eso.
—¡No lo negaste!
—Tampoco lo confirmé.
—Tom— Georg se paró delante de él abandonando su lonche en el muro.— Mírame a los ojos y dime que no es bonito.
Tom lo miró directamente. Abrió la boca para decir algo que tardó en salir.
Apartó la mirada para ver su sandwich de repente.
Georg soltó un sonido triunfal que hizo que un grupito de cinco estudiantes se giraran a verlos.
—¡Lo sabía!
—Baja la voz— Habló el de rastas con el ceño fruncido.
—¡Es bonito y Tom no lo quiere admitir!
—Georg— La voz de Gustav fue corta y suficiente.
Él bajó la voz pero no la emoción.
—O sea que— Continuó en un susurro exagerado.— El novio de tu papá es joven y es bonito.
—Es raro— Agregó el contrario, como si eso compensara algo.— Se despierta temprano a cocinar sin que nadie se lo pida.
—Eso no es ser raro, eso es ser considerado— Expresó el castaño.
—Es raro y ya.
Gustav lo miró de reojo.
—¿Y fue amable contigo?
No pensó para responder.
—Dijo que era tierno.
Georg se tapó la boca con ambas manos. Sus hombros empezaron a temblar.
—No tiene gracia— Habló con frialdad absoluta.
—No me estoy riendo— Respondió claramente riéndose.
—Georg
—¡Es que te dijo tierno, Tom!
—Ya sé lo que dijo.
No pudo más; la risa salió completa, sin contenerse, lo suficientemente alta para que más alumnos incluyendo el mismo grupito volvieran a girarse para verlos.
Tom lo dejó reírse con dignidad intacta.
Ya sabía que eso iba a pasar y simplemente estaba esperando a que terminara.
Gustav le dio una palmada tranquila en la espalda.
—Es buena señal— Comentó.
—¿Qué es «buena señal»?
—Que no sea horrible— Se encogió de hombros sin saber qué más decirle.
Continúa…
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