
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 1
El murmullo de las conversaciones ajenas se mezclaba con el golpeteo suave de la lluvia contra los ventanales.
Thomas Kaulitz se mantenía en silencio, removiendo su taza de café sin demasiado interés, mientras Andreas comía su postre.
—Stuttgart se está cayendo a pedazos— Comentó Andreas entre bocado.— Las lluvias no paran desde hace una semana. Anoche el agua se metió en la casa otra vez.
Bill, a la par de Andreas, sostenía la taza de café con ambas manos, soplando el vapor con cuidado. Su bufanda seguía puesta, cubriéndole parte del cuello, y sus ojos se mantenían clavados en el líquido humeante.
Thomas levantó la vista por primera vez.
—¿»Otra vez»?
—Sí— Respondió Andreas con una mueca.— Arreglé el techo el año pasado, pero parece que le tengo que volver a meter mano. Bill tuvo que dormir en mi cuarto anoche porque el suyo quedó empapado.
Ante eso, Thomas se encontró observando al pelinegro, y cuando el chico notó su atención, desvió la vista a su café.
Andreas continuó, ajeno al intercambio de miradas.
—Pero bueno, ahí vamos sobreviviendo. Aunque tengo que pagar la universidad de Bill y al mismo tiempo arreglar la chatarra de auto que tengo.
Thomas dio un sorbo a su taza de café, observando a Bill. No podía evitarlo. Había algo en ese chico que lo mantenía enganchado, en cómo evitaba su mirada.
Bill notó nuevamente los ojos de Thomas sobre él. Alzó la vista por un segundo, y cuando las miradas se cruzaron, la evitó nuevamente tomando de su café.
—Bill solo estudia y mantiene la casa en orden. No tiene por qué preocuparse de los gastos cuando está su hermano mayor.— Agregó orgulloso, a pesar que no cualquiera lo diría así.
Entonces comprendió que no solo la vida era injusta con él, que Andreas si sonreía pese a su situación económica. Y aún así, intentaba ayudarlo.
El castaño se sintió mal.
—Bueno, permiso, que ya me estoy orinando— Anunció de golpe, dejando la taza sobre la mesa y levantándose con rapidez.
Thomas arqueó una ceja, viendo cómo su amigo desaparecía rumbo al baño. Bill permaneció quieto, sosteniendo su taza.
El silencio que quedó entre ambos no fue incómodo pero tampoco tranquilo. Y se fue apenas unos segundos antes que Thomas hablara.
—No sabía que Andreas tenía un hermano menor.
Bill lo miró de inmediato, sorprendido; no esperaba que le dirigiera alguna palabra. Sus labios se entreabrieron a penas, pero por fin habló.
—Tampoco sabía de usted, señor Thomas.
No esperaba respuesta, pero por fin le escuchaba decir más palabras. Su voz era tan dulce y tímida que logró hacer latir el corazón de Thomas. Y Bill no sabía si había dicho algo malo por la expresión de Thomas.
Bill evitó verlo por mas tiempo, en lugar de eso, se distrajo con las manos del hombre al otro lado de la mesa. Grandes y venosas. Una de ellas tatuada, la otra limpia, contrastando de una forma que le resultó extrañamente atractiva.
Desvió la vista hacia la ventana, buscando refugio en la lluvia, aunque la imagen de aquellas manos ya se había quedado grabada en su mente. Aún más de su propietario.
Sin disimular su atención, lo siguió mirando. No sabía por qué, pero observar a Bill en silencio le resultaba más fascinante que cualquier conversación que hubiera tenido en meses.
—No hablas mucho, ¿verdad?— Bill enseguida lo vio con una pequeña sonrisa tímida pero segura.
—Disculpe mi falta de cortesía, realmente no es eso.
—Mn…— Y otra pregunta más:— ¿Cuántos años tienes?
—Este año cumplí dieciocho.
Thomas asintió despacio, procesando la información. Dieciocho. Apenas adulto. Doce años menor que él. La diferencia de edad era enorme, y sin embargo, no lograba apartar la mirada de esos ojos avellana.
«Joven», pensó. Demasiado joven, quizás. Pero eso no explicaba por qué su corazón latía más rápido cada vez que Bill lo miraba.
Intentó buscar algo más que decir, pero nada. El silencio volvió a instalarse entre ellos, cargado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar todavía.
Ninguno de los dos sabía qué más decir.
Bill sostenía su taza con ambas manos. Thomas notó que tenía las uñas pintadas de negro, pequeños detalles oscuros que contrastaban con la blancura de su piel. Anillos plateados adornaban varios de sus dedos, algunos con diseños que no alcanzaba a distinguir desde su lugar.
Quería preguntarle más. Qué estudiaba, qué le gustaba hacer, por qué siempre vestía de negro. Pero algo lo detenía. Quizás el miedo de parecer demasiado interesado. Quizás el miedo de que Bill notara lo que él mismo apenas empezaba a comprender.
Bill, por su parte, alzó la vista brevemente, encontrándose otra vez con los ojos de Thomas fijos en él. Esta vez no apartó la mirada de inmediato. Sostuvieron el contacto visual apenas dos segundos más, suficientes para que ambos sintieran algo extraño en el pecho, como un tirón suave pero insistente.
Fue Bill quien finalmente desvió la vista, mordiéndose ligeramente el labio inferior, justo donde tenía aquel lunar que Thomas no podía dejar de notar.
Por suerte o por desgracia, la puerta del baño se abrió de golpe.
—¡Dios mío, qué alivio!— Exclamó Andreas al volver, y volvió a sentarse.
Thomas dejó de verlo, y Bill respiró más tranquilo.
—Ah, por cierto, Bill— Dijo riendo— Antes de venir me pasó algo— Bill le prestó atención.— Mis calzoncillos se volaron del tendedero, ¡y también tus pantis!— Soltó una carcajada.— Los vecinos seguro lo vieron.
—¡Andy!— Gritó Bill, rojo hasta las orejas, llevándose las manos a la cara.— ¡No digas eso aquí!
Thomas miró al chico y su sonrojo intenso lo dejó encantado. La vergüenza hecha arte.
—¿Qué? ¡Fue un accidente!— Andreas rió ante sus expresiones, encogiéndose de hombros.— Además, no se perdieron, ¿eh? Las recuperé todas. Bueno, creo.
Bill apartó un poco su mano, y nuevamente se cubrió por la mirada de Thomas, deseando desaparecer por la vergüenza.
Thomas lo observaba como si quisiera reírse.
La risa torpe de Andreas fue apagándose poco a poco, hasta que solo quedó el sonido de la lluvia golpeando los ventanales del restaurante. Bill evitó contacto visual, aún con las mejillas rojas.
Andreas, ajeno a la vergüenza ajena que había provocado, suspiró y se reclinó en su lugar.
—Bueno, cambiando de tema… Deberías de considerar mis palabras, amigo— Empezó, mirándolo con seriedad por primera vez.— No toda la vida tienes que estar deprimido por la muerte de tu esposa.
Bill levantó la cabeza de inmediato, con los ojos muy abiertos.
—Tu hijo te necesita. El también perdió a su madre. ¿Cómo crees que siente? Mal. Necesita a su padre, no a un tipo sin ganas de vivir.
Thomas bajó la mirada. No dijo nada.
Andreas podía ser fastidioso, pero no hablaba con mala intención.
La mirada del azabache reflejaba tristeza y sorpresa, como si acabara de descubrir algo que no debía. Su corazón se apretó al imaginar al pequeño sin madre, y a ese hombre frente a él, con esa mirada tan vacía que ahora entendía.
—No puedes seguir así…— Andreas también lo miraba con tristeza.— Podría traerte consecuencias en el futuro.
El tiempo pasó. La tarde iba muriendo con el cielo gris extendiéndose sobre Stuttgart. Afuera, la lluvia se había vuelto una cortina delgada que apenas permitía ver los autos pasar. Dentro, las tazas vacías y los platos terminados, marcaban el final de la comida.
Thomas miró su reloj, luego alzó la vista hacia sus acompañantes.
—Bueno…— Dijo con voz serena— Gracias por la comida y la compañía. Ha sido… agradable.
Andreas sonrió. Ambos se pararon de sus asientos.
—No es nada, viejo. Para eso estamos los amigos, ¿no?— Le dio una palmada en el hombro.
Thomas asintió. No dijo nada más, pero el gesto bastó.
Andreas se giró hacia su hermano.
—Bill, hazme un favor, ¿sí? Pasa al súper de la esquina y paga lo que debo. Yo me quedo terminando de hablar con Thomas.
Bill asintió enseguida, poniéndose de pie con cuidado. Colgó la mochila al hombro y se despidió con una sonrisa educada, sin llegar a sostener la mirada de Thomas.
—Fue un gusto, señor Thomas— Dijo con esa voz suave que Thomas ya empezaba a grabar en su memoria.
—Thomas— Corrigió él, suave, casi sin pensar. Quería que Bill lo llamara por su nombre. Quería romper esa formalidad que los separaba.
Bill parpadeó, sorprendido por el tono cálido, y repitió:—Thomas…— Como probando el nombre en sus labios.
La forma en que lo dijo, casi en un susurro, hizo que algo en el pecho de Thomas se apretara.
Luego Bill se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Thomas lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista a través del ventanal. Ese andar cuidadoso, los pasos medidos, la bufanda ondeando apenas con el viento. Todo en él le resultaba una contradicción fascinante: tímido y, sin embargo, imposible de ignorar.
Andreas notó la mirada de su amigo y sonrió para sus adentros, pero no dijo nada. Todavía no.
Thomas se giró hacia Andreas y metió la mano en el interior del bolsillo de su saco.
—Andy— Dijo con tono firme, sacando un fajo de billetes.— Quiero que aceptes esto— Thomas le tendió el dinero.— Para ti… y para Bill.
—No, no, no, Thomas, no puedo aceptar esto…
—Sí puedes— Interrumpió Kaulitz, mirándolo fijamente.— No lo tomes como un favor. Llámalo… compensación por el café y la charla.
Andreas lo miró, dudando, pero al final asintió, con una sonrisa pequeña y sincera.
—Eres un buen tipo, aunque te guste fingir que no.
—Nos vemos, Andy. Cuida de tu hermano.
Salió del lugar con paso tranquilo, dejando atrás el aroma a café y la tarde que, sin saberlo, había cambiado algo en él.
Afuera, la lluvia lo recibió con suavidad. Encendió el coche, y mientras el limpiaparabrisas apartaba las gotas del vidrio, no pudo evitar pensar en los ojos avellana que lo habían mirado solo unos segundos… pero habían sido suficientes para devolverle el pulso.
Cuando llegó a casa, el reloj marcaba casi las seis.
Le echó un vistazo a la sala y subió las gradas despacio. Caminó hacia la habitación de Tom y lo encontró ahí, dormido, entre las sábanas, sin dejarse ver. Lo observó en silencio.
Cerró la puerta con cuidado. Y en su habitación, Thomas se dejó caer sobre la cama sin siquiera cambiarse.
Cerró los ojos, esperando que el cansancio lo venciera como siempre lo hacía últimamente. Pero esta vez, algo era diferente.
En lugar del vacío habitual, del peso aplastante de la soledad que llevaba meses cargando, apareció un rostro. Ojos avellana que lo habían mirado con timidez. Cabello negro azabache que contrastaba con esa piel tan blanca. Un lunar bajo el labio que pedía ser observado.
Bill.
El nombre resonó en su mente con una suavidad extraña, casi prohibida. Dieciocho años. Apenas un chico. Doce años menor. Su amigo Andreas era su hermano. Había tantas razones por las que no debería estar pensando en él de esta manera.
Y sin embargo…
No podía recordar la última vez que algo/alguien había capturado su atención así. No desde… no desde antes de que todo se viniera abajo.
Abrió los ojos en la oscuridad, mirando hacia la ventana donde la lluvia seguía cayendo, y se preguntó si volvería a verlo. Si Andreas lo invitaría otra vez. Si tendría otra oportunidad de escuchar esa voz dulce decir su nombre.
«Thomas…»
Cerró los ojos de nuevo, y esta vez se permitió sonreír apenas, mientras la imagen de un chico de bufanda negra y mirada tímida, que jugaba con su taza de café para no mirarlo directamente, se quedaba grabada en su mente.
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En la pequeña casa de Andreas y Bill, algunas ollas estaban esparcidas por el suelo, recogiendo el agua que se filtraba por las rendijas del techo.
—¡Maldición!— Exclamó Andreas, con un pie dentro de una olla llena de agua.— Esto cada vez se pone peor…
Bill, tranquilo a pesar del caos, estaba en la cocina improvisando la cena. Andreas se sentó mientras esperaba la comida. Cuando Bill llevó los platos, colocó uno frente a cada uno con delicadeza, y se sentó también.
—Gracias, Bill— Dijo Andreas, sonriendo— Esto huele increíble.
Bill asintió con una suave sonrisa y comenzaron a comer. Andreas, ajeno a los pensamientos de su hermano, disfrutaba cada bocado como si fuera un banquete, mientras Bill apenas tocaba la comida con calma, su mente en otro lugar; en aquel café, en aquella mesa, frente a un hombre de mirada intensa.
Se preguntó si Thomas pensaría en él también. Probablemente no. Era ridículo pensar que alguien como Thomas Kaulitz, un hombre exitoso, mayor, viudo con un hijo, se fijaría en él. Un chico de dieciocho años que todavía vivía con su hermano en una casa con goteras, que estudiaba con una beca y usaba ropa de segunda mano.
Pero entonces recordó la forma en que Thomas lo había mirado. No como los demás amigos de Andreas, ni como los compañeros de universidad que lo veían con deseo. Era diferente. Más profundo.
Sacudió la cabeza, intentando alejar esos pensamientos.
Pero su corazón, necio, seguía latiendo más rápido cada vez que el nombre «Thomas» cruzaba por su mente.
Andreas lo miró de reojo, notando la sonrisa pequeña y distraída en los labios de su hermano. Conocía esa expresión. Bill estaba pensando en alguien. Y Andreas tenía una muy buena idea de quién era.
Y aún en medio de la tormenta, el corazón de Bill latía por alguien que, sin que él lo supiera, también pensaba en él.
Continúa…
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