Fic original de Buyyouadrank. Traducción de JJ Carpe / Twincestoxa
Capítulo 8: Brusco despertar
Bill dejó escapar un gemido suave y lentamente abrió los ojos, sintiéndose muy cálido y relajado para hacer otro intento por despertar. Su visión se aclaró y lo primero que vio fue un rostro cerca del suyo. Era fácil reconocer a Tom así que Bill ronroneó y se acurrucó más cerca hasta que se puso rígido. Los brazos de Tom se cerraron alrededor de su cintura, sosteniéndolo casi posesivamente. Claro que habían estado durmiendo juntos en la cama del de rastas durante casi un mes, y por lo general siempre despertaban en unas posiciones menos que inocentes, pero esta mañana fue algo diferente.
Cualquier conocimiento del lenguaje corporal dejó saber a Bill que esta mañana su posición tenía un toque de intimidad. La cabeza de Tom se inclinaba hacia Bill, sus piernas se enredaron en él y sus brazos lo estaban apresando fuertemente. Bill se mordió el labio y se acomodó dentro de la trampa de Tom cuando un latido sordo golpeó detrás de sus ojos.
Algo sobre una jaqueca como Tom lo llamaba. Bill nunca había consumido ningún tipo de bebida alcohólica antes, así que prometió que anoche iba a ser su primera y su última. Gimió, presionando su frente contra la de Tom. Se acordó de cuando llegaron a la fiesta, recordaba la alberca; recordó bailar con Tom y recordó besarlo…
Un rubor se instaló en las mejillas de Bill mientras recordaba el momento casto de afecto que había compartido con Tom. Él había llegado a este cuarto con ayuda de Tom, lo acostó sobre la cama y había estado tan cerca que pensó que iba a cerrar la distancia por un momento. Casi deseaba que el momento hubiera durado más tiempo, pero no había tenido tanto control sobre su cuerpo, entonces.
—Eres tú, ¿no es así? —Bill susurró, presionando los dedos en las gruesas rastas de Tom.
—¿Bill? —las pestañas de Tom revolotearon y gimió suavemente. Bill frunció el ceño mientras el otro hombre se echó hacia atrás y se arqueó en la cama, estirándose mientras gemía—. Mierda. ¿Qué hora es?
—Eres tú, Tom.
—¿Hmm? —Tom volvió la cabeza hacia Bill con los ojos entrecerrados. Bill le miraba con sus ojos caramelo, casi triste—. ¿Qué soy yo?
En vez de responder, Bill curvó las piernas hacia sí mismo y miró a su regazo, mordiéndose el labio.
—¿Bill? —Tom insistió, colocando una mano sobre la rodilla de Bill.
Bill ignoró la mirada de Tom. El dolor en su cabeza, el remolino nauseabundo en su estómago, la luz casi cegadora de la habitación… se inclinó hacia adelante, presionando sus labios contra los de Tom. Tom se despertó al instante. Hizo un ruido sordo y un chasquido de sus labios producido mientras se separaba haciendo eco a través de la habitación.
El rojo de la cara de Bill se profundizó, pero no apartó la mirada. Se quedó mirando insistentemente a Tom con el corazón palpitante, mientras esperaba su respuesta. Él no estaba muy contento.
—Debemos irnos —Tom murmuró, ya saliendo de la cama— Corina no nos quiere aquí por mucho tiempo.
Su corazón se rompió y Bill contuvo las lágrimas mientras el plástico en su cuello parecía avanzar lentamente hacia el nacimiento del cabello, resistió el deseo de rascarse y asintió con rigidez, balanceando las piernas fuera de la cama después de Tom.
El camino a casa fue más que incómodo y cuando llegaron por fin, Bill se sentía como si fuera a explotar.
—Tom, por favor. Estoy enamorado de ti. Dime que me amas, también. No, no, eso suena ridículo. Hum… Tomi… no, no lo llames así. Tom, creo que eres mi verdadero amor. No… Eso suena estúpido —Bill suspiró y se dejó caer en la cama. Había estado sentado sin hacer nada en la habitación de Tom en la parte frontal del espejo, ensayando lo que quería decir.
Todo su ser se dividió en dos. La primera parte se alegró mucho; por fin había encontrado a alguien que amaba de verdad. Todo sobre Tom parecía apelar a él, desde el movimiento de sus rastas hasta la modesta fragancia masculina que cubría sus almohadas. La segunda parte sin embargo, estaba consternado. Seguramente Tom no lo quería de vuelta en su cama. Pero sólo había una manera de averiguarlo. Tragando saliva, Bill se puso de pie y se dirigió hacia la puerta sólo para toparse con la persona a la que tanto quería hablar y quería evitar.
—Tom —gritó, limpiando la suciedad invisible de su camisa— ¿Qué estás haciendo aquí?
—… Es mi habitación —Tom lo miró como si estuviera loco.
Bill suspiró, sintiéndose más estúpido que nunca.
—Lo siento.
—Sólo quería hacerte saber que mi mamá me tiene que dejar a Giselle de nuevo. Estaré de vuelta pronto. Tal vez pueda llevarlos a algún lugar divertido otra vez.
—Está bien —Bill asintió.
—Bueno… nos vemos —Tom se volvió para irse, pero sintió una mano en su muñeca y se dio la vuelta mirando a Bill.
—No te vayas —Bill dijo en voz baja—. Yo… yo… Tom, ¿te acuerdas de lo que pasó anoche?
—La fiesta de Corina pasó anoche.
—¿Y recuerdas lo que pasó esta mañana?
Tom maldijo mentalmente y cerró los ojos por un momento. Había estado temiendo el momento en que Bill hablara sobre los dos besos cortos que habían compartido. Él no sabía qué pensar de ellos y estaba orando por que Bill no esperara que fuera su verdadero amor. Su estómago hizo algunos giros cuando sus ojos se encontraron con Bill.
—Debería irme —Tom murmuró, sintiéndose como un cobarde justo como se había sentido esa mañana cuando había ignorado el beso de Bill.
—Por favor, Tom. Yo te am…
—¡No digas eso, Bill! —dijo Tom con más fuerza de lo que pretendía.
—¡Estoy enamorado de ti! —pero Bill gritó también, sus manos temblaban mientras agarraba el dobladillo de la camisa de Tom.
—No. No lo estás.
—Sí, sí lo estoy. Por favor, yo…
—No puedes estar enamorado de mí —dijo Tom con calma, a pesar de que quería arrancarse el pelo en la frustración y la ira— Ni siquiera me conoces.
—Yo sé mucho de ti —Bill resopló, mordiéndose el labio para evitar que temblara— Sé que estás preocupado. Sé que amas a tu familia y a tus amigos. Sé que trabajas en la tienda de Jost gratis porque lo ves como un padre. Sé que te gusta Giselle como te gustaría que fuera tu hija. Sé que te gusta tomar paseos por el parque, que te gusta bailar. Sé que actúas tan duro y lejano porque sólo estás asustado.
—No tengo miedo —Tom no podía mantener la compostura durante tanto tiempo—. Yo sólo… no soy el adecuado para ti. Tú no eres el adecuado para mí.
Bill sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Soltó la camisa de Tom y volvió a sentarse en la cama con la cabeza inclinada sobre su regazo mientras se estremecía. Tenía una sensación de frío hielo a pesar de que la ventana abierta permitía una cálida brisa de verano para acariciarlo.
—Entonces me iré —Bill habló por el miedo, por la derrota— Me iré muy pronto, Tom.
Poco a poco extendió su brazo hacia Tom y éste se encogió. El brazo de Bill, desde el codo hasta la muñeca era de plástico. Tom lentamente se acercó y envolvió su mano alrededor del plástico al darse cuenta de que no era sólo en la superficie.
—Mierda —dijo en voz baja—. Yo… yo no quiero que te vayas.
—Entonces…
—Pero yo no te amo —dijo Tom antes de que pudiera preguntar. Apartó la vista de la expresión impasible de Bill y se volvió para irse— Te veré cuando vuelva a casa.
Bill pudo oír el cierre suave de la puerta y se hundió lentamente en la cama, mirando al suelo. Su brazo se sentía pesado y se dejó caer a su lado, colgando de la cama.
.
Bill no podía recordar cuando empezó a llover. Sollozó en voz baja mientras caminaba por el golpeteo pesado, haciendo caso omiso de la forma en que su cabello se pegaba a su cara y cuello. Una fuerte ráfaga de viento desordenó sus ropas y apremiaba impacientemente las hebras negras de sus ojos mientras seguía caminando.
Era mediodía, y Bill deseaba que la noche hubiera llegado ya. Que la luna llena viniera y se lo llevara de una vez.
No te amo, se hizo eco en su cabeza. El latido sordo de su resaca fue sustituido por el insoportable dolor de un corazón roto.
Por fin había encontrado a alguien del quien estaba enamorado, pero su amor no fue correspondido. Pocas personas sabían que lo contrario del amor no es el odio, sino la apatía. La apatía duele mucho más que el odio. Ahogando un sollozo, Bill abrió la puerta de la tienda.
.
Jost estaba contento de estar en casa. Paris era impresionante, pero realmente no había nada como el hogar. Suspiró felizmente mirando alrededor de la tienda, feliz de ver que había sido bien cuidada. Todo estaba donde se suponía, todo estaba limpio y ordenado, todo estaba…
El aliento se atoró en su garganta mientras su mirada se posó en la repisa de la ventana vacía. La ventana no había estado vacía en dieciocho años. No podía creerlo. Sin embargo, un rápido paseo a través de la tienda y la palanca abierta de todos los rincones confirmó su peor miedo. El maniquí había estado allí con él todo el tiempo, el maniquí había estado con él a través de sus altas y bajas, y ahora se ha ido.
Los recuerdos que había traído de regreso del viaje parecían desvanecerse mientras caminaba hasta la cornisa sin poder creer lo que veía. Su respiración era pesada y trató de no pensar en lo ridículo que se veía llorando por un maniquí. Un ser de plástico que no podía hablar y no lo podía amar de nuevo.
Así que Jost tragó saliva y negó con la cabeza, rascándose la parte posterior de su cuello. Quería llamar a Tom y preguntarle qué coño había pasado, pero no estaba a punto de perder la calma. Justo mientras cogía el teléfono, oyó la campanilla de la puerta cuando alguien entró.
—Hemos cerrado, me olvidé de poner el cartel… —Jost anunció. Furiosamente hojeó su agenda, buscando el número de Tom. Maldijo cuando se dio cuenta de que el número garabateado en la página era el viejo número de celular de Simone.
El relleno húmedo de pasos a través de su piso de linóleo limpio sólo empeoró su frustración.
—Hemos cerrado —dijo en un tono más cortante. Miró por encima del hombro para ver un par de ojos de caramelo que lo observaban con seriedad—. Eh… ¿puedo ayudarle, joven?
—¿J-Jost? —el chico tartamudeó, con la boca temblando.
—¿Puedo ayudarte? —Jost repitió con voz temblorosa. Dio un paso atrás, sin saber por qué lo hizo. El pálido joven estaba de pie en su tienda goteando, sus ojos sin brillo, con apatía. Esos ojos de caramelo, el pelo oscuro, la piel luminosa, sus largas y delgadas extremidades. Jost nunca había tenido un déjà vu tan fuerte.
—Yo… —el chico comenzó y echó un vistazo a la repisa de la ventana. Se quedó un poco más erguido y entonces Jost se dio cuenta.
—Oh… oh dios —Jost abrió y cerró la boca varias veces, mirando a su maniquí con incredulidad— Esto es… es… no puedes… que tú, que… era sólo una historia. Oh, dios —un revoltijo de palabras salieron de su boca antes de que sus ojos se hicieran blancos y se desmayara.
Bill gritó y saltó hacia atrás cuando Jost se derrumbó. El momento fue casi cómico. Jost aterrizó despatarrado, con la boca abierta, las cejas retenidas en estado de shock, un poco de baba haciéndose camino por la barbilla.
Bill miró a su alrededor con incertidumbre. Sabía que probablemente debería pedir ayuda. Era una lástima que nunca había llegado a dominar la forma de usar el teléfono, no importa cuántas veces Tom le había enseñado. Quería correr a casa y encontrar a Tom, preguntarle lo que tenía que hacer.
.
Tom, Tom, Tom.
Sus cejas se fruncieron y gruñó a sí mismo. No podía confiar en Tom ya; Tom no lo amaba, él nunca lo haría.
Así que Bill reunió a su sentido común y se acercó al cuerpo inconsciente de Jost, asomándose por encima. Bajó la cabeza, lanzando su pelo largo sobre su hombro. Las gotas de agua cayeron sobre la cara del hombre y él movió su cabeza de lado a lado, gimiendo. El orgullo de Bill se desbordó. Había logrado hacer algo bien por primera vez en su vida.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente, arrodillándose y poniendo un brazo alrededor de los hombros de Jost, ayudándolo a sentarse.
El rostro de Jost estaba a centímetros de Bill y él débilmente extendió una mano, ahuecando la mandíbula de Bill. Acarició con el pulgar sobre su mejilla sintiendo su piel, la sensación de que él realmente estaba vivo.
—Mierda —susurró, alejándose—. Tengo que llamar a Tom.
—No, no llames a Tom —Bill agarró su mano, apretándolo con fuerza—. Por favor. No quiero ver a Tom más.
—¿Quieres decir que Tom sabe de ti? —Jost preguntó con desconcierto—. Ese mocoso. Qué tan difícil hubiera sido coger el teléfono y decirme, bueno, ¡el maniquí despertó mágicamente!
Jost rio secamente, poniéndose lentamente de pie. Su corazón se sensibilizó al ver cómo Bill se puso de pie con él, sujetándolo por los brazos mirándolo con preocupación sincera. Durante todos estos años el maniquí había estado con él. Siempre con él.
Continúa.
Agradecería si queda con Jost está vez 🤭