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«Letra y Música»
Capítulo 5: negociando con el enemigo
Bill no habló con nadie el resto de la tarde. Supuso que era fácil para él, porque hablar en realidad requería un esfuerzo consciente de su parte, que incluía mover las manos y recordar que seña representaba cada palabra. Maddie a menudo mencionó su intensión de hacer una protesta silenciosa y luego, un par de minutos después, abría la boca en respuesta a alguna cosa.
Simone, quien tenía un raro momento de calma, notó las manos quietas de su hijo y lo vio sentado de piernas cruzadas en el piso de la sala, con su cabeza en un libro.
—¿Bill? ¿Te pasa algo malo, cariño?
El pelinegro la miró—. No pasa nada. Estoy bien.
—¿En serio? —Simone lo miró dudosa—. Porque ese es un libro de diseños de tejidos, cariño.
Bill parpadeó, mientras Maddie trataba de suprimir una risita—. Bueno, es que estaba pensando en hacerme un gorro.
—¿En serio? —De pronto su madre lucía eufóricamente feliz—. Bueno, te daré algo de lana y puedes escoger el diseño. ¡Quedará fabuloso!
Maddie le lanzó a Bill una mirada inquisitiva y él esquivó sus ojos. Había inventado todo ese asunto de querer hacerse un gorro y ella lo sabía, porque, a diferencia de Simone, su juicio no estaba nublado por ser sastre. Además, ella pasaba tiempo con Bill constantemente y eso probablemente ayudaba a saber que algo raro pasaba.
—Hey, Bill, ¿puedes ayudarme a llevar mi ropa limpia arriba? —Maddie no era la única de la familia que podía inventar pretextos estúpidos para explicar su comportamiento.
El pelinegro todavía no la miraba a los ojos y negó con la cabeza—. No, tengo que trabajar en mi tejido.
La chica le dio una pequeña mirada a su mamá, la cabeza de Simone estaba agachada, tratando de comprender un patrón de costura.
No me vengas con esa mierda, Bill y ven conmigo arriba y háblame, ¿está bien?
El menor suspiró—. Te escuché hablando con Tom y por eso voy a seguir en silencio por el próximo millón de años, ¿okey? —«Dios, esto es tan irónico»
Maddie parpadeó y su boca se abrió levemente, mientras trataba desesperadamente de pensar algo qué decir. Bill se alzó de hombros y se giró, para poner su atención en la televisión. De pronto, todo lo que quería era ir a su pieza y tocar música. El único problema era, que la música que quería tocar era ruidosa y rockera, o melódica y deprimente, y ninguna de las dos le ayudarían a mantener sus sentimientos ocultos de su madre.
Y de la nada, tuvo un extraño deseo de ver a Tom. No estaba completamente seguro de por qué. Todo lo que sabía era que a ambos le habían revelado cosas bizarras y terribles y que posiblemente Tom era el único que podía comprender lo que estaba pensando en esos momentos. Sin importar lo idiota que fuera.
¿Sabes dónde vive Tom?
Su abrupta pregunta, confundió a Maddie por un segundo—. ¿Qué? ¿Tom? En algún lugar de Loitsche, creo. ¿Por qué?
Voy a ir a verlo.
¿Qué? —La chica se rió—. No seas estúpido, Bill, no puedes llegar allá, o regresar. ¿Y qué le vas a decir a él? El tipo es un imbécil, así de simple. Y, por si no fuera obvio, él no sabe leer lenguaje de señas.
No importa.
Bill se levantó y corrió por las escaleras hasta su habitación. Ya lo había decidido todo. Tomaría un taxi y escribiría el nombre de “Tom” y “Loitsche” en un trozo de papel. Había dinero en su alcancía de chanchito que nunca había tocado. Y aunque esto fuera como una huída, estaba bastante seguro que los padres de Tom, lo traerían de regreso, o por lo menos llamarían a su mamá, para hacerle saber que estaba allá. Dentro de todo, parecía ser una buena idea.
—Bill, esto es una idea estúpida. —Maddie lo había seguido arriba a su cuarto—. No entiendo por qué estás haciendo esto. ¿No puedes hablar conmigo de este tema de que fue papá quien destruyó tus cuerdas vocales?
No. —Bill ni siquiera la miró—. ¿Por qué no me contaste antes? Soy solo un par de años menor que tú, no que no hubiera podido soportarlo.
Ella resopló—. Claro, porque huir donde el único chico que te odia en todo el mundo, es la mejor forma de superar esto.
Pero por lo menos nunca me ha mentido.
—No es capaz de mentirle a nadie —dijo con enojo—. Pero eso no lo hace confiable, solo significa que no tiene opción. Apuesto a que mentiría si pudiera.
El pelinegro no dijo nada. Había escrito las palabras en el papel y ahora estaba cogiendo su chaqueta, agradecido de que su casa estuviera cerca de una parada de taxis. Se estaba oscureciendo y a él no le gustaba andar solo por el centro de la ciudad cuando estaba oscuro. Empujó a su hermana para pasar por la puerta y marchó hacia las escaleras, corriendo para abrir la puerta principal.
—¿Cariño, vas a salir?
—¡Mamá, Bill se ha vuelto loco! —Maddie había seguido a Bill a la carrera y ahora lo observaba pasar por el camino del jardín—. ¡Va a la casa de Tom Kaulitz!
—¿Tom Kaulitz? —Simone sonó confundida—. Conozco a su mamá. ¿Por qué va para allá?
Bill ya no les prestó atención. Simplemente caminó hasta la esquina y se subió en el taxi que estaba en la línea, poniendo el papel en frente del conductor. El hombre asintió y comenzó a conducir. Bill miró por la ventana, mirando las luces de alumbrado al pasar. Se veían bastante bonitas, pensó con tristeza.
Le tomó quince minutos llegar a Loitsche y fue entonces, cuando Bill se dio cuenta lo estúpido que era en realidad su plan. Claro que Loitsche era pequeño comparado con Magdeburgo, pero aun así eran como setecientas personas que vivían allí y tratar de llamar a setecientas puertas y explicar sin palabras a quien estaba buscando, sería interesante.
A sus espaldas, el taxi se marchó y él suspiró. Decidió comenzar con la casa que estaba frente a él. Tocó la puerta y no fue sorpresa que una mujer desconocida le abriera.
—¿Sí? Lo siento, no quiero comprar nada ahora.
De pronto, Bill tuvo una idea y metió la mano en su bolsillo para sacar el papel. Lo sostuvo en el aire y sonrió con esperanzas a la mujer. Ella también sonrió.
—¿Los Kaulitz? Ellos viven justo al otro lado de la calle, cariño. En el número doce. ¡Buena suerte!
El pelinegro sonrió tan grande como pudo y la mujer cerró la puerta. Prácticamente de un salto cruzó la calle y tocó la puerta número doce antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Cuando la puerta se abrió y apareció el papá de Tom, su corazón se oprimió y se preguntó qué demonios le diría a Tom.
Levantó el papel con el nombre de Tom y el hombre achinó los ojos para leerlo—. ¿Eres un amigo de Tom? ¿Cuál es tu nombre, por favor?
Bill señaló su boca y negó con la cabeza—. No puedo hablar, solo conozco a Tom por el colegio. —Era muy improbable que el papá de Tom conociera el lenguaje de señas, pero debía intentarlo.
El papá del trenzado no comprendió, pero miró de cerca el rostro de Bill—. Hey, tú eres el chico de la escuela de St Joseph’s. Pasa, lo iré a buscar. —Retrocedió para dejar entrar a Bill—. ¡Tom, vino un amigo a verte!
—¿Qué amigo? —La voz de Tom flotó por las escaleras y sonaba bastante perpleja—. Yo no tengo amigos, tengo gente que tolera mi presencia.
—Bueno, entonces es uno de esos el que está aquí —respondió su padre—. Ven acá y saluda.
Hubo sonidos de pisadas en las escaleras y luego Tom apareció en el corredor. Se quedó mirando fijamente a Bill, con una expresión de shock en todo el rostro—. Jesús, ¿qué demonios estás haciendo aquí?
Vine a verte. —Bill se mordió el labio, sabiendo que el otro no podía entenderle, pero rogando que de todas maneras entendiera el mensaje—. Quería hablar con alguien, sobre lo que escuché en la escuela.
Tom simplemente se quedó allí—. Mierda, Bill, sabes que no entiendo las señas.
Su padre intervino—. ¿Tom, por qué no llevas a, em, Bill, a tu cuarto? Les llevaré algo de comer.
—Claro. —Tom volteó—. Entonces, ven conmigo, mudo.
& Continuará &