Fic TWC de Sxgar_V1rus

Capítulo 22

By Bill (Tres años atrás)

Tom se alejó mucho antes de que yo pudiera ponerle nombre al hueco en mi pecho que dejaba su ausencia. «Soledad» fue lo más lógico para mí, demasiado básico. Lo sé, lo que más me caga es que esa palabra le quedó como anillo al dedo. Todo ese sentimiento se reducía a un puto hueco negro que se tragaba todo.

Los silencios son muy ambiguos, pueden significar paz, como también puede sonar a que estás esperando a que una bomba explote. Siempre estaba al tanto de las tensiones en la casa, para poder anticipar a ellas como sea. Al quedarme completamente solo, extrañaba cualquier sonido o interacción con cada celular de mi cuerpo.

Me dolió que él ya no venía a abrazarme, no me hablaba. No me veía. ¿Y saben que es peor que ser ignorado? Que te ignoren cuando eras el centro de su universo.

Yo, en mi infinita estupidez, pensé que había hecho algo mal.

Me desesperé, y créanme cuando les digo que intente muchas cosas. Entre ellas: Aprender a tocar la guitarra, lo deje porque me lastimaba demasiado los dedos. Quise aprender a boxear porque sé que es un deporte que practicó, no seguí porque se negaban a entrenar conmigo por parecer mujer. Lo único que medio funcionó (aunque en realidad no mucho) fue cantar.

Forcé las cosas como un idiota, traté de dormir con él como cuando éramos niños. Esa noche me pateó de la cama. Literal, me lanzo como si fuera porquería.

Juro que mi corazón se partió.

Luego un día en clase nos hablaron de la adolescencia y de cómo es normal que los chicos se alejen y quieran tener su propio espacio. Y como buen imbécil que soy me aferre a eso, todos los días me decía «Es normal» y «No te odia, solo está creciendo».

Entonces deje de buscarlo, deje de arrastrarme. Y empecé actividades por mi cuenta. La más épica era encerrarme en la biblioteca, no porque me gustara leer (Spoiler: me aburre), sino porque los sillones eran jodidamente cómodos. Además de que nadie me molestaba y podría estar tirado todo el día sin que nadie me diga algo.

Así, de la nada, apareció Gustav. Al principio se trataba de ese sujeto con el que cruzas miradas, con el tiempo tuvimos pequeñas conversaciones y cuando menos me di cuenta, él tenía mi número y yo el suyo.

No había día en el que no habláramos. Gus siempre fue tranquilo, callado, medio antisocial. Conmigo era otra cosa, siempre me hacía reír. Y yo, que estaba más lleno de huecos que rallador, me acogí a ese cálido sentimiento. Probablemente a este punto, cualquier cosa funcionaba como relleno para la mierda en la que me convertía.

Al llegar a Diciembre la cosa estaba más que cagada.

Tom y yo parecíamos un par de desconocidos obligados a vivir bajo el mismo techo. Para ese momento, Gustav me había acompañado mucho más que Tom en todo el año.

Y así hasta que la quincena de diciembre pasó.

Era tarde. No tan tarde como para que mamá ya estuviera durmiendo, pero lo suficiente como para que no estuviera en casa. Yo estaba tirado boca abajo en mi cama, chateando con Gus desde un celular que me dió mi papá (probablemente porque se compró uno mejor y ese día se acordó de que tenía un hijo). Verdadero amor paternal.

De pronto la puerta se abrió de golpe y reventó contra la pared. No tuve ni un segundo para procesar o de entender qué carajo estaba pasando, Tom ya estaba encima de mí.

El peso de su cuerpo se aplastó contra el colchón. Su rodilla se clavó justo en mi espalda, prohibiendo cualquier intento de escape.

—¡Suéltame! — Logré gritar.

Su puño cayó de lleno en mi mandíbula y no puedo negar que me dolió hasta el alma, en mi cabeza, el mundo vibró. Seguido de ello, vinieron más. Uno tras otro, una especie de pasa calle de golpes directos al cráneo, costillas y al rostro.

No es que yo fuera demasiado delicado, esto no se trataba de un juego de hermano y definitivamente no era solo un empujón fraternal. No.

Era odio. Era furia.

Tom había decidido desatar el infierno sobre mi.

Intente tapar mi cara, GRAVE ERROR. Sentí como el hueso de mi muñeca crujía como una ramita. El dolor fue tan bestial que en mi cabeza pensé haber soltado un grito desgarrador. Lo que salió fue un chillido ahogado.

Patético.

Apenas me recuperaba de la muñeca destrozada, un golpe dió en mi costado. Juro que sentí como algo dentro hacia crack y una ola de calor subió por mi pecho. Fue en ese momento que mis ojos empezaron a arder.

Lloré. No por miedo, no por tristeza. Lloré porque el cuerpo ya no encontraba otra forma de soltar el dolor. Como si hasta el llanto se volviera reflejo involuntario.

Al arrojarme al suelo pude ver su cara un segundo, los ojos desorbitados, los dientes apretados. Ese no era mi Tom… Se trataba de un animal rabioso, y yo su presa.

Si de por si tenía la vista borrosa, una patada directa a la cien me hizo ver puntos negros. Mi cabeza rebotó contra la pared. Deje de sentir las piernas. Después no pude sentir el golpe que destrozó mi clavícula, ni la costilla que se hizo añicos bajo su rodilla.

Como flotar fuera de tu cuerpo. Vi mi brazo caer como trapo a un costado, vi la sangre manchando el suelo y vi como mi pecho luchaba por conseguir un poquito más de aire.

Incluso cuando ya no me movía, Tom era incapaz de parar. Aún cuando mi cuerpo se convirtió en una masa de carne blanda debido a la falta de huesos completos.

De repente paró. Quizá se cansó o se dió cuenta de que estaba al borde de cometer homicidio. Como sea, se terminó por alejar, respirando como perro sofocado.

Intenté mover un dedo. No pude.

Intente gritar. Mucho menos.

Y mientras me iba… mientras me quedaba como un tomate, blandito. Lo último que pensé fue: «Si me muero, lo último que sentí fue la destrucción de la persona que más amo».

Wonderful, ¿No?

Además de todo lo obvio, eso aniquilaba mi alma por completo. Había rogado por tanto tiempo tener su atención y como, al parecer, Dios me odia. La única forma en la que me vió fue cuando me mataba.

La conciencia regresó a migajas. Con voces irreconocibles, con luces que brillaban demasiado y con frío.

MUCHO FRÍO.

Entre tantas cosas pude reconocer palabras sueltas: «traumatismo craneal severo», «fractura de cúbito izquierdo», «hematomas subdurales evacuados», «riesgo de daño neurológico permanente»

Perfecto. Soy un caso clínico.

No lloré, no porque soy un chico muy fuerte y que quiere seguir adelante. Lo que pasó es que… no podía y no sabía como reaccionar. Para empezar, lo último que había visto antes de casi morir fue a mi hermano comportándose como un animal feroz. Y cuando desperté no sabía ni en donde estaba.

De lo único que tenía certeza era que existía como un bulto con vendas y yeso.

Una vez pude sentarme y hablar me dijeron que pasé tres días inconsciente. Además que tuvieron que operarme dos veces para evitar que la hemorragia en mi cabeza me matara. También me entubaron porque al parecer mis pulmones ya no podían seguir el ritmo. Y que fue un milagro salvarme

Sumado a que me desperté con el brazo enyesado y que mi hombro estuvo fuera de lugar un poquito más de lo que debería.

¿Pero saben qué? No me importaba ni una mierda. Me llegaba al huevo la cantidad de heridas, los riesgos neurológicos y el sin fin de moretones a lo largo y ancho de mi cuerpo.

Yo solo podía pensar: ¿Dónde está Tom?

Esperaba, muy en el fondo, que entrara por la puta puerta. Que me dijera que fue un error, que se volvió loco, que se confundió. Deseaba que me pidiera perdón. Que me dijera que todavía… yo que sé, me quería.

Para sorpresa de absolutamente nadie, no vino. O al menos no lo note ni una sola vez.

En general el hospital apestaba a analgésicos, desinfectante, a mierda. Era obligatorio moverme, sentarme, a no dejar que mi cuerpo se echara a perder más. Yo lo hacía sin chistar, no por tener ganas de vivir, sino porque no me quedaba de otra.

Era eso o morir aún más rápido.

Mamá, como la mejor madre del mundo, venía de vez en cuando. Solo para firmar papeles, para decirle a los doctores lo que quisieran escuchar. No se quedaba más de media hora, No preguntaba si tenía miedo. No me abrazaba.

Gustav… fue capaz de visitarme cuando podía, cuando lo dejaban. Debido a la naturaleza del incidente las visitas que no eran de familiares eran suerte, además, tuve que mentirle. La mentira oficial fue que tuve un desafortunado accidente automovilístico.

Aún me pone triste pensar en que se la creyó completa.

Se sentaba al lado de la camilla y me contaba cada estupidez se le ocurriera, todo valía siempre y cuando me haga olvidar que estaba atrapado. Ya no solo en un cuerpo deshecho, sino en un hospital.

Para el mes de mayo, después de casi cinco meses, me dieron (POR FIN) el alta hospitalaria.

Aunque técnicamente estaba más estable, aún tragaba pastillas como si fueran caramelos y debía asistir a rehabilitación física como si fuera un viejo. Lo peor no eran las manos temblorosas de a gratis, más era la sensación de tener el cerebro revuelto. Los doctores dijeron que mis funciones cognitivas estaban hechas trizas y que tendría repercusiones a lo largo de mi vida.

Y, sinceramente, sé que no tengo las neuronas suficientes para contradecirlos.

Eso y la parte emocional… me sentí como una paleta que fue chupada y que a nadie le gusto su sabor. Si me sentía más que solo, imagínate como me sentí al regresar del hospital y no encontrar a nadie y encima haber tenido que testificar en contra de tu ser amado en un juicio.

Pero al menos, ya no era un paciente. Solo era un chico que debía recordar qué es vivir.

Al final, perdí un año y tendría que recursar. Todos los demás avanzaban y yo me quedaría estancado en muchos aspectos de mi vida.

Por decir que, a pesar de todo esto, aún pensaba en que si mi Tommy volvía… si mostraba arrepentimiento. Yo podría perdonar todo.

Porque sí, tengo retraso mental desde la fábrica y encima fui y me reventé el cerebro. Lo más gracioso es que lo amo tanto que me olvido que es tener amor propio.

Continúa…

Gracias por leer. No te vayas sin comentar 😉

por admin

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