
Fic TWC de Sxgar_V1rus
Capítulo 18
By Tom
Podía sentir su mirada en mí, juzgando por cada segundo que pasaba sin responder. Bill siempre había sido así: Curioso, caprichoso y, a veces, demasiado insistente.
No tengo ni idea por dónde empezar, para mí el tema de Andreas era muy superficial, claramente para Bill no lo es. ¿Por qué carajos debía sacar el tema justo ahora que estamos más que tranquilos?
—Andreas es… ¿Mi amigo? — Su ceja de arqueo y su mirada es de recelo. — Pasamos mucho tiempo juntos, quizás demasiado, y las cosas se complicaron.
Mi error, lo admito.
Solo está ahí, de pie, sin ninguna expresión importante. Siento que en la cabeza de Bill se desarrolla la mayor de las tormentas vistas por la humanidad. Sé que mi respuesta no va a bastar, no se conforma con medias respuestas.
Quiero darle lo que él desea y para mi desgracia lo que él desea son detalles.
—Desde el inicio te quise a ti.
—Y por eso fornicaban todos los días. — Miraba con recelo. — Claro, te creo.
—Creo que no lo dije. Pero cada vez que veía a Andreas, pensaba en ti. — Relaje mi postura, sintiéndome cómodo con mi respuesta. — No me puedes criticar.
—¿Por qué? — No me importaría repetirlo mil y una veces, responder todas las preguntas del mundo, si me mira con esos ojos de bambie.
—Porque tú no estabas dispuesto a acostarte conmigo y yo no estaba dispuesto hacerlo contigo.
Claramente hay una gran diferencia entre golpear a tu hermanito (cosa de la que no me siento del todo orgulloso. Pero, repito, es altamente estimulante) y tener sexo con él. Normalmente no siento culpa por mis acciones, no lo necesito. Pero no saben cómo se siente imaginar mancillar su inocencia de esa forma.
Es como si me hicieran tragar vidrios, como si me apuñalaran el alma, que me golpearan de la peor forma y no pudiera defenderme.
Se siente más que abominable.
—Claro, tienes un punto. — Bill tomó mis manos y volvió a mirarme directo a los ojos. —Dime… — Su expresión me decía que no está molesto, herido o algo parecido. Más bien puedo notar una sonrisa burlona en sus labios, justo como yo lo hago. Después de todo, somos hermanos. — ¿Qué le viste?, el hijo de perra quería ser idéntico a mi. — Dijo con sorna.
—Uhmmm… Veamos. — Lo más difícil de hablar es encontrar las palabras correctas. — Es atrayente, antes de teñir su pelo creo que era atractivo. Pero no mi tipo…
Le dije que antes de ser una copia de Biha ya tenía algo especial, sin embargo, es algo más referido a la amistad. Tampoco es que pudiera no poder fijarme en los cambios que comenzó a formar.
—Así que… ¿eso era Andreas para ti? — Dijo con una sonrisa casi imperceptible. — Un entretenimiento de bajo mantenimiento, ¿No?
—Exacto. — Le respondí sin dudar. — Fue divertido, bastante en realidad, hasta que dejó de serlo.
—Honestamente, se sintió vacío. — Una de las diferencias entre Bill y Andreas era el nivel de conexión. Incluso un silencio era más significativo con Bill. — Andreas era una bola de exigencias y reclamos, logrando que hasta el silencio fuera incómodo.
Biha solo asentía con la cabeza sobre todo lo que decía, me pregunto si está disfrutando de esta confesión. Fuera de estar siendo, literalmente humillado, sentía que podía decirlo todo sin miedo al juicio.
Sentía su genuino interés en el tema, apoyó los codos sobre la encimera y nuevamente me miraba fijamente.
¿Cuántas veces más va a comerme con la mirada?
—¿Entonces… te cansaste de tener la copia? — Me encogí de hombros.
—Claro, sí. — Admití sin vergüenza. — Cuando comenzó su mierda de imitarte fue raro.
Trataba de imitarlo en todo aspecto posible, en un principio pensé que era un juego y luego escaló. Se vestía, hablaba e intentaba mirarme como lo hacía Bill, en ciertos días me parecía perturbador.
Él soltó carcajadas intensas.
—Te gustaba eso, ¿No?
—No. Me asfixiaba. Él no era tú, ni en lo más mínimo.
Por naturaleza Andreas no es sumiso, se doblegó ante mí. No puedo negar que al inicio me pareció muy sexy, luego cansado. No me gusta… no me interesa estar al pendiente de la correa de mi perro. Todo el día, todos los putos días. Digo, no quiero ni controlarme a mí mismo, ¿Y voy a querer controlar a alguien más?
Mejor chúpame el pene.
—Controlarlo era un grano en el culo, estaba harto. — Sacudí la cabeza. — Como ya te dije en mi cabeza estaba contigo mientras estaba con él. — Ese interés suyo es tan agudo que me resulta divertido.
Me gusta caer en su juego. Soy consciente que para él, Andreas no es más que un mal chiste y eso de “querer saber más” solo es para ver que tan incómodo podría sentirme. Nos quedamos en silencio, solo con el sonido de la cocina de fondo, dentro de poco debería estar hirviendo el agua.
&
A la mañana siguiente me levanté en la cama de Bill con la cabeza revuelta de pensamientos. La almohada que usó Biha podía conservar su olor, es sutil, pero podría reconocerlo en donde sea y como sea. Lo apreté unos segundos más contra mi cara antes de lanzarlo por ahí.
Estoy solo en la cama, él ya está en la ducha y el casi imperceptible sonido del agua cayendo de la ducha me dice en dónde está. Cuando no puedo ubicarlo me pongo ansioso, necesito saber que aún está aquí, bajo el mismo techo que yo.
Simone vendrá hoy. Esa mujer no es más que una bola de problemas, la dinámica que tiene con Bill me pone más que incómodo, pone con los pelos de punta, de una forma que no logro explicar bien con palabras. Él siempre quiere orbitar a su alrededor, quiere que ella noté su presencia. No importa si en el proceso se encoge y trata de desaparecer a más no poder.
No lo admite, sin embargo, cada “visita” lo destroza por completo. Cuando Simone se olvida de él después de que haga su trabajo de ama de casa, puedo verlo en sus ojos o en la forma en la que sus hombros se tensan y decaen.
Lo bueno es que progresivamente se va despegando de su atención, ya no lo necesita fervientemente y eso es un gran avance.
Porque ahora solo desea que yo lo mire.
Al dejar de escuchar el agua caer, me acerqué al baño y toque la puerta.
—Bill, ¿Ya terminaste?
Se escucharon pasos y el sonido de la puerta desbloqueándose. Apareciendo desnudo, algunos mechones cayéndole por los hombros y otros tantos siendo secados por su toalla. Se ve malditamente bien, cada uno de sus movimientos me hace recordar su delicadeza.
Odio esa mierda. No porque quiero que sea igual a cualquier mocoso, sino porque odio los impulsos que me genera. Una grave necesidad de protegerlo, de poseerlo y asegurarme de que nadie se acerque más de lo necesario.
—Estoy terminando. — Dijo mirando al suelo. — ¿Ya tienes hambre?
—No, solo quería saber. Acabo de despertarme
Asintió sin mirarme y se dirigió a su cuarto, dejando detrás, un rastro de gotas de agua. Sin decirme nada lo seguí, clavando mi mirada en su cuerpo completo. Ya en su cuarto se dejó caer en su cama y siguió secando su pelo, mi presencia no generaba nada en él.
—¿A qué hora es la cita con ya sabes quién? — Pregunté apoyándome en el marco de la puerta.
—No tengo ni la más putísima idea. — Me respondió, por fin, mirándome a los ojos. — Todo lo que sé es que mamá llegará una o dos horas antes de la cita y que no quiero ir.
Solté una buena carcajada, me aparté del marco para acercarme a Bill
—Claro que no quieres ir. Tienes una gran capacidad de complicarte la vida con todo.
Biha me rodó los ojos y lo amé. Me encanta como cada vez es más desafiante y burlón, siempre fue parte de él y ahora lo deja relucir.
—Ya sabes lo que tienes que hacer, tu eres opcional, yo tengo que ir por obligación. — Incliné mi cuerpo hacía él, enterrando mis manos en mis bolsillos para controlar el impulso de tocarlo.
Desde está vista se ve perfecto.
—Ya sabemos que no me escuchará. — Enderecé mi cuerpo.
Billy tiene ese gran talento de parecer siempre al borde de derrumbarse, y aunque odio que sufra, también me da ese placer sucio y oscuro saber que él no tiene a nadie más que yo.
—Aún tienes la otra opción… Ya sabes, ponerte como un loco. — Deliberadamente sugerí provocador.
Hasta ahora no hizo uso de su privilegio de hacerme lo que quiera, me intriga saber hasta dónde llega antes de romper esa fachada sumisa y vomitar toda su rabia interna. Es curioso, el desafío con Bill no es controlarlo, sino forzarlo a estallar.
—No soy como tú, Tom. — En su voz escucho una sorprendente sorpresa. — No puedo gritarle ni tirarle cosas cuando me enojo. En vez de eso, lloro.
—No, no eres como yo. — Murmuré cerca de su oreja. — Por eso terminas acá, limpiando el desastre de todos.
—Lo hago porque te amo. ¿Vale? — Sus manos se detuvieron.
Pensé que haría algo más, que rompería el momento tenso entre nosotros. En cambio dejó la cama con calma. Luego sin prisa, se acercó a mí. Sus brazos se deslizaron con naturalidad detrás de mi cuello, atrayendo mi ser a él.
Su cuerpo se pegó al mío, cálido y algo húmedo, y antes de tan siquiera pensar en algo más, dejó un beso en mis labios, apenas un roce. Ligero, pero repleto de intención.
—Ya voy a cambiarme, deberías bañarte también.
Bill se apartó, no sin antes lanzarme esa nueva mirada que recientemente había descubierto, una mezcla de desafío y dulzura. Como si buscará protegerse de mí y al mismo tiempo buscará provocar.
—Sí, tienes razón. — Mientras me alejaba, regresé mi mirada a su cuerpo — Recuerda que pase lo que pase, siempre vas a volver aquí. Y yo siempre estaré aquí. — Lo vi temblar ligeramente.
No puedo dejarlo ir. Sé todo lo que siente por mí, la repulsión y atracción, nos mantiene juntos, unidos en un ciclo que ninguno va a romper. Es todo lo que somos, todo lo que nos gusta, todo lo que deseamos. Un ciclo vicioso que nunca terminaría.
Salí de la habitación aún pensando en el gesto sutil de sumisión que ni siquiera él debe ser consciente que muestra. Lo quería, más de lo que puedo imaginar. Hay algo en su silencio, esa forma de evitarme, me podría enloquecer mucho más que cualquiera de sus gritos. Me gusta cuando está en silencio, cuando no puede esconder lo que siente, cuando no sabe a donde debe de ir.
Me metí en la ducha, con el agua cayendo en mi piel mientras me hundía con mis pensamientos. Cada que lo veía, hay una presión que se eleva como si fuera a estallar. Sabía que tenía que mantener el control y desde que lo hicimos me cuesta, tampoco es que el pequeño Billy (quizás ya no tan pequeño) me provoque cosas pequeñas, casi insignificantes para cualquiera. No para mí.
Sé que soy una porquería de persona, pero él saca aún peores cosas de mi interior, hacerme querer poseerlo más de lo que ya lo poseo. Una manera en la que ya no puedo comprenderlo.
Después de bañarme, directo me dirigí a cambiarme. Como toda la vida, elegí algo cómodo, unos pantalones de bota recta, unos tenis todos maltratados y una camiseta que parecía pertenecer a algún participante de kilos mortales. Y busqué un par de crochet para arreglar mis rastas.
Es un ritual casi automático, lo hago sin pensarlo, pero me mantiene lo suficientemente enfocado. Con las herramientas en mano, regresé a la habitación de Bill.
La puerta está abierta, desde acá puedo verlo siendo él mismo, metido en su cabeza como siempre. Sentado en su escritorio, rodeado por un caos de maquillaje. Sobre la mesa hay sombras, bases y pinceles que parecen formar parte del paisaje que solo él comprende. Desde su celular, una canción pop popular sonaba lo suficientemente alto como para poder reconocer la melodía.
Uhmmm… Creo que yo podría tocar la canción con la guitarra… Para que Bill sea la voz…
—¿Tienes otro espejo? — Pregunté cuando entraba al cuarto.
Sin apartar la mirada en lo que fuera que esté haciendo, alargó la mano y sacó un espejo con base en medio del desorden de su escritorio.
—Claro, tomo. — Volvió a concentrarse en su reflejo mientras retoca su sombra de ojos nuevamente.
Con el espejo en mi poder comencé a tejer las rastas. Me encanta tenerlas, son parte de mí, de mi identidad, pero mantenerlas es un trabajo muy exigente y que pide dedicación. Mi mente divagaba en las nubes y en todo tipo de pensamiento, mientras mis manos trabajan en automático.
—¿Algún día dejarás de teñir tú pelo? — Pregunté al aire, con la atención dividida entre la rasta entre mis dedos y el reflejo de Biha en su espejo.
Por un segundo su brocha se suspendió en el aire, unos segundos antes de responder de manera despreocupada que siempre usa cuando se trata de hablar de él mismo.
—Uh… No lo sé. Tendría que pasar por un laaaargo proceso. — Alargando la “a” para dar a entender su pereza. — O tendría que dejarlo crecer sin aplicar tinte.
—Me gustaría verte con el cabello al natural. — No le dije que es por la obvia nostalgia, por la imagen del antiguo Bill.
—Tom, a mí también me gustaría verte sin rastas. — Soltó mientras me miraba de reojo, con una ligera sonrisa en sus labios. Yo deje salir una risa entre dientes.
—Eso no pasará. — Dije firme.
Pasando un rato más terminé de arreglar mis rastas y me tocó esperar a Bill. Él terminó de arreglarse con una precisión casi obsesiva, todo en su lugar, retocando cada detalle como si estuviera a unos segundos de subirse a un escenario.
Admiraba en silencio con una rasta jugueteando entre mis dedos, Biha revisó su reflejo una vez más. Solía ser muy desordenado de niño, de hecho, aún lo es para algunas cosas. Eso cambió cuando salió del hospital, muchas cosas cambiaron desde ese momento.
Lo que más me llama la atención ahora es su perfeccionismo. Si lo miras de otra forma, parece más una desesperación por aferrarse al control, por tener dominio sobre cualquier cosa… En un mundo que rara ocasión le permite tener el mando. Es fascinante como lucha por mantener lo poco que puede de su lado, como si fuera lo último que le queda.
—¿Listo? — Me levanté de la cama.
—Sí, vamos a desayunar.
Salimos de la habitación y bajamos en silencio. La cocina está más que tranquila, como si la casa se estuviera anticipando para algo y eso me dejó en alerta.
A pesar de todo, Biha logró hacer un desayuno ligero. Estábamos en medio de nuestro desayuno cuando el típico sonido de la puerta principal siendo abierta resonó en la casa, Bill parecía inmutable ante su llegada. Sin embargo, me fue imposible ignorar su mano deteniéndose a medio camino hacia su taza y la ligera contención de su respiración.
No es necesario decirlo en voz alta, Simone había llegado y Bill tenía algo que decirle. Ahora la cuestión es: ¿Billy podrá decirle?
Por alguna extraña razón su llegada siempre trae un aire cargado y bastante cagado. Sus pasos sonaban firmes en el vestíbulo de esa forma anunciando su llegada antes de aparecer en la cocina.
Como siempre entra sin decirnos nada, con un porte altivo e insufrible y, que desde mi punto, no le queda para nada ese papel de mujer autoritaria. Sus ojos pasaron por el ambiente, deteniéndose en Bill por unos segundos.
La dinámica entre Simone y yo es más que simple. La indiferencia o los insultos, no hay un punto medio y para tener la paz de forma tácita acordamos no dirigirnos la palabra lo máximo posible. Aunque quiero aclarar que hay excepciones, hay días en los que deseo molestarla y hacer que se salga de sus cabales por completo, eso me divierte.
Pero con Bill… con Bill es diferente.
Ambos tienen conversaciones, no como madre e hijo. Obvio que no. Su voz siempre sale con una ligera vibración venenosa, entendiendo a Bill como una especie de empleado o subordinado al que puede pisar con discursos hirientes.
Me pregunto si Bill alguna vez lo habrá notado.
—¿Es todo lo que comerás? — Claramente le preguntó a su hijo “favorito”.
— Sí, mamá. — Respondió con normalidad, quizás acostumbrados a estos tratos de mierda.
De reojo pude ver cómo rodaba los ojos y ponía una cara de cansancio exagerado. Esas expresiones que usaba cuando quería demostrar su disconformidad sin decirlo de forma directa.
—No sé porqué me molesto. Siempre haces lo mismo.
Eres una vieja puta, Simone.
Miré a Bill esperando algún tipo de reacción, cualquier cosa que demostrara que ese comentario acababa de afectar sus sentimientos. Su rostro quedó neutro. Ni un solo parpadeo, ni un solo cambio de voz o de postura, seguía tomando su café con la misma calma de siempre.
Yo no había sido el único que buscaba una reacción. Pude ver como ella se quedó de pie, con los brazos cruzados, observando a Bill. Sus ojos se desplazaban de él hacía la tasa que tiene entre las manos, intentando captar cualquier cosa, lo que sea que confirmara su control sobre Biha.
Lo que no sabe es que todo cambió y nada será como antes.
Hay cosas que no puedes evitar, como por ejemplo, soltar risas pequeñas. De esas que sabes que van a molestar, y miré directo a los ojos de la señora, con una deliberada burla en mis ojos.
— ¿Esperabas que se pusiera a llorar o algo? — Incline un poco mi cuerpo en su dirección, con esa actitud que sé que le pone los nervios de punta.
Simone me reprendió con la mirada, pero no respondió de inmediato. Quizá está pensando en si vale la pena ponerse a discutir conmigo. No le conviene, de hecho, nunca le conviene.
— Tom, los animales no hablan y no opinan. — Uy… Comenzamos fuertes.
— Claro… — Le dije con diversión en mi voz.
Lo que más saboreo de las confrontaciones, son los resultados, la frustración. Resalta mi sentido de superioridad. Si te afecta, significa que tengo el control de ti.
— Bill, en una hora nos vamos a la consulta. — Aún con toda la situación, le habló con tono firme. Luego, se dió la vuelta y salió de la cocina.
Perfectamente podía escuchar el resonar de sus pasos en las escaleras, después en el pasillo del segundo piso, en dirección a su habitación. Mientras tanto, Biha seguía en el mismo lugar, sin mover un solo músculo. Aunque pude notar como su rostro pasaba de una neutral a tener una ligera sonrisa en sus labios.
En el ambiente se escuchó una risa corta y suave. Posé mi mirada sobre él, arqueando una ceja, Billy me devolvió la mirada. Sus ojos eran raros, no expresaban felicidad ni tristeza. Algo más que no se descifrar, quizás porque jamás sentí algo parecido en mi vida.
— Aún así… La quiero… — Cuando se trata de la señora Simone, la palabra “amor” o “querer” no entran en el juego.
— ¿Sabías que puedes odiar a tu familia? — Apoyé mi espalda en el respaldo de la silla.
— Uhh… Creo que… ¿Sí? — No dijimos nada más y conectamos miradas una vez más en este día.
¿De qué sirve obligar a alguien a amarte? Lo único que obtienes es un amor falso, vacío, que no sirve ni servirá para nada.
Sonará a retrasado mental, pero el amor no es una obligación, sino una elección libre. Una persona cuando usa su libre albedrío para amar significa que se quedará contigo en cualquier circunstancia.
Y yo considero que amo a Bill y a Georg con total libertad.
—Ugh, como sea. — Bill interrumpió mis pensamientos, dejó la tasa en la mesa con un gesto de ligera molestia. — ¿Tienes más hambre?
— ¿Más? — No como tanto, más bien, cantidades razonables. — ¿Cara de qué me ves?
— No todos necesitamos comer diez veces al día como tú, Tom. — Dijo rodando sus ojos, esa típica expresión de niña creída.
Se levantó a dejar su tasa en el fregadero y procedió a preparar unos sandwiches de jamón y queso. Seguía con la mirada cada uno de sus movimientos, la forma en la que se esfuerza por hacer las cosas bien, de mantenerse entero. Me hace imposible apartarme, ni por un segundo.
— Toma. — Dijo dejando el plato con los tres sándwiches en la mesa, frente a mí. — Subiré a buscar mis cosas. — Limpiaba sus manos en un mantel de por ahí.
— ¿Y me vas a dejar aquí solo? — Fingí indignación. — ¿Y sí la vieja bruja baja?
— Te la puedes manejar perfectamente. — Contestó desinteresado, cerca de la puerta de la cocina. — Me lanzó una mirada rápida por sobre el hombre antes de desaparecer por el pasillo.
Me quedé solo en la cocina, con un buen silencio, que podría haber sido perfecto. Si tan solo no supiera que Simone está arriba.
Miré los alrededores de la habitación, por mucho que mi pequeño hermano tratara de disimularlo, siempre me daría cuenta de las pequeñas cosas. Las miradas, los gestos, las respiraciones, las palabras que se guardan en su garganta.
Ni loco me pienso quedar acá solo. Con un poco de frustración pase mi mano por el cabello y salí de la cocina.
Con lo (ocasionalmente) vago y desinteresado que soy, subía las gradas con bastante calma. Al fondo, la puerta de Simone está cerrada, preparándose para el gran día que llevamos atrasando como dos años consecutivos.
Pensé en irme a mi habitación a tontear con el celular, pero imaginé que sería mejor compartir todo el tiempo que pueda con Biha y molestarlo. Me detuve en la puerta de Bill, entreabierta, lo vi dentro.
Otra vez en su escritorio, sujetando cosas de un lado a otro, “ordenando” sin realmente hacerlo. Obviamente fingía estar ocupado, y sé que solo estaba matando el tiempo. Lo conozco lo suficiente como saber el significado de la mayoría de sus acciones.
Sin preguntar nada, me metí y me lancé en la cama. Para mayor comodidad apoyé mis manos detrás de la cabeza.
— ¿Qué haces? — Mi pregunta es tan inútil como pedirle a un cura que deje de tocar niños.
— Ordenando y alistando mi bolso. — Respondió sin girarse. — Te lo dije abajo.
— Sí, lo sé. Solo quería molestar. — La respuesta que obtuve fue unas carcajadas.
— ¿No te vas a cambiar?
— Ya estoy bien así. — Encogí los hombros. — De hecho me esforcé más, estoy usando colonia y ese desodorante que me compraste.
Biha soltó un resoplido quizás intentando contener la risa o quizá de queja. Después de ello la habitación estaba casi silenciosa, los ruidos de la calle rellenaban el silencio que dejamos.
— ¿Sabes algo? — Me enderecé un poco para poder recibir la bola de sentimientos que está a punto de vomitar. — No entiendo por qué intento que esto salga bien. Para empezar, ni siquiera quiero regresar a ese lugar de mierda.
— Porque eres Bill. — Respondí con obviedad. — No importa si no tiene arreglo, siempre lo intentarás.
— Tom, eso suena patético.
— Lo es. — Escuché cómo de su garganta salía un gritillo de cansancio. — Pero no te preocupes. Entre tú y yo, yo las cago más que tú.
Me miró con incredulidad, sabe perfectamente que no es mentira. Es un hecho que haga lo que haga Bill, es más probable que sea fácil de perdonar, resolver u olvidar.
— Idiota.
— Gracias, a eso me dedico. — Repliqué tan rápido como pude, sacando mi celular para revisar la hora. — Anda, apura. Aún tenemos que aguantar el drama de tu mamá.
—Tommy, también es tú mamá.
— Desafortunadamente. — Dije con desgano, aunque tenía razón. Es mi progenitora y no puedo hacer nada para cambiarlo.
Sin agregar más me acerqué a él y tomé su bolso para poner mi billetera dentro. Antes de apartarme le di un ligero mordisco en el hombro. Esos pequeños gestos antes le daban miedo, le desagradaban a morir y parecía que podría tener un ataque ahí mismo.
Ahora está más abierto al contacto físico, ya no rehúye. Pero sé que el miedo sigue ahí.
Continúa…
Gracias por leer. No te vayas sin comentar 😉