
Fic TWC de Ladyaradia
9. Zoom into me (Acércate a mí)
(…) ¿Te ríes en algún lugar de ahí fuera con lágrimas en la cara? ¿Gritas en algún lugar de ahí fuera hasta romper el silencio? Te veo, no te rindas ahora. Acércate a mí, yo me acerco a ti; conseguiremos brillar, lejos de aquí; a través del espacio y el tiempo, acércate a mí. Te veo, ¿me ves? Lejos de aquí, a través del espacio y el tiempo, acércate a mí, acércate a mí, yo me acerco a ti, a través de la tormenta, a través del frío de la noche, y los miedos en ti. Lejos de aquí, a través del espacio y el tiempo, acércate a mí.
Aunque ya Tom no le rehuía, aunque cada vez que podían dormían uno en brazos del otro y hacían el amor con el ardor y la impaciencia de sus 17 años, Bill sabía que no todo estaba bien. Veía cómo Tom parecía ahogarse con sus sentimientos, por no poder expresarlos abiertamente, por saber que ese amor que lo consumía nunca podría salir a la luz, ni ser aceptado, que nunca podría sucumbir al deseo de besar los labios de Bill en el momento en que lo deseara porque los podrían descubrir otras personas, y que tendría que seguir haciendo creer a todos que era un mujeriego consumado amante del sexo de una sola noche cuando en realidad era todo lo contrario.
En el fondo, Tom seguía creyendo que lo hacían era malo, perverso y enfermizo, y que no se merecía la felicidad; por tanto, esperaba que se la quitaran de un momento a otro. Más de una vez, lo vio llorando a escondidas precisamente para que Bill no supiera que se estaba sintiendo de ese modo, para no hacerlo sentir mal, pero obviaba en esos momentos que su conexión de gemelos era aún más fuerte desde que eran amantes y no había nada que Tom sintiera que Bill no pudiera percibir.
Su segundo disco de estudio había sido lanzado a fines de febrero de 2007, con el título tan sugerente, para ellos, de “Zimmer 483” y lleno de canciones que describían su historia, especialmente “Reden” e “In die Nacht”. Y en la nueva vorágine de conciertos, la interacción de Bill y Tom en el escenario, especialmente con esas canciones, se había cada vez más evidente. Porque no había manera de que Bill cantara aquella parte de “Reden”, “todos tiran de mí, pero yo solo quiero contigo” sin que Tom estuviera mirándolo de frente; o de que cantara “In die nacht” sin dar un discurso antes sobre por qué esa canción era de los dos, de su relación tan especial.
Ese día, antes del concierto, mientras tenían aún dos horas para arreglarse, Tom parecía estar aún más ansioso; Bill sabía que necesitaba hacer algo.
—¿Por qué estás tan mal, Tomi?
—¿Yo? Yo no estoy mal —dijo él algo nervioso, sus piernas en movimiento constante, a un lado, al otro, arriba, abajo.
—Sabes que no puedes mentirme. Mírame.
Tom lo miró, y suspiró.
—Ni yo mismo sé lo que me pasa, Billy. Tengo…sobre todo… mucho miedo de perderte.
—¿Por qué?
—No lo sé. Quizá porque… un día descubras que no soy suficiente para ti.
—Tú eres todo para mí; ese miedo no tiene ninguna base, ¿entiendes? —lo besó, y Tom sintió esa inmensa calidez entrando a su corazón y bombeándose por su sangre. Si seguían por ese camino, no iban a estar listos a la hora del concierto.
—Dejémoslo así. Dejémoslo así hasta que termine el concierto. Hablaremos al regreso, ¿está bien?
Bill se paró, un poco frustrado.
—Está bien —siguió en su rutina de vestirse, peinarse con aquel nuevo estilo en que sus cabellos quedaban estirados y el maquillaje, que Natalie solo retocaría al final, justo antes de entrar al escenario, dándole el glamour necesario para que su belleza natural brillara aún más. Cerca, Tom se ponía sus pantalones anchos, dos playeras una sobre otra, a cuál más grande, y una gorra a través de la cual asomaban sus rastas rubias. Mirándolo así, Bill no podía más que pensar cómo, a pesar de todo eso, la belleza de Tom, reflejada únicamente en su rostro mientras estaba enmascarado por toda esa ropa, sobresalía. ¿Cómo podía él dudar de sí mismo, de su atractivo tan fuerte que era la mezcla de su hermosura física y de alma? “¿Cómo puede creer que alguna vez yo desearía a alguien más que a él?”, se dijo, mientras lo observaba enternecido.
Se juntaron con Georg y Gustav en los pasillos del hotel, mientras caminaban hacia la van y fue Georg quien se acercó a Tom sonriendo.
—Hey, respira, respira o te desmayarás, ¿eh?
—¿Por qué dices eso?
—Porque te estoy viendo, amigo; estás muy tenso esta noche, y no hay de qué preocuparse tanto.
—Miren quién habla, tú eres el más nervioso antes de un concierto, Geo.
—Un poco, pero tú hoy me ganaste. ¿Qué pasa? ¿Algún problema? ¿Acaso tú y Bill se pelearon o…?
—¿Pelearnos? No, hace tiempo que no nos peleamos.
“Ah, ya”, se dijo Georg y decidió cambiar el tema, porque supo que estaba entrando a terreno peligroso.
—Pronto estaremos en los Comets otra vez.
—Sí —Tom sonrió al fin, conversar así con su amigo realmente había logrado relajarlo un poco.
Antes de entrar al concierto, cuando aún no habían subido los escalones, Gustav también se acercó a Bill, sonriente: —Ok, vamos a comernos a este público.
Bill le sonrió agradecido, y entró así sonriente al escenario, mucho más cuando Tom pasó a su lado y le apretó una mano mientras lo miraba lleno de amor y deseo. La energía de todos estaba alta, pero la de Bill había llegado a niveles extraordinarios por ese gesto de Tom.
Y Tom allí estaba, tocando su guitarra como un poseso, moviéndose de un lado al otro del escenario, mirando a Bill disimuladamente cuando él estaba concentrado en el público, buscando la complicidad de sus compañeros de banda que también sentían esa noche algo diferente… Quizás tanto tiempo juntos, había hecho que Gustav y Georg crearan una empatía con sus amigos gemelos que de alguna manera repartía el dolor y la alegría para ellos también; pero lo que todos sentían esa noche era pasión… una pasión desbordada.
Las sensaciones que provocaba en Tom escuchar a Bill cantar, aumentaba más cada vez que se le acercaba y le cantaba directamente un trozo de canción: ¿Ya es el día después, en el que todos los relojes se paran? ¿En el que termina el horizonte y los sueños duermen? “No, Bill, no; no quiero que llegue ese día nunca”. Y luego: Demasiado amor por la música, demasiadas fronteras intocadas, tantos pensamientos y palabras inacabados, no creo que esto acabe pronto. “Claro, soy yo quien siempre estoy preocupado por eso, ¿no?”. Permaneceremos para siempre escritos en la eternidad. Sé que siempre queda algo en algún lugar. “Claro; eso es. No importa lo que pase luego, esto que hemos hecho, nuestra banda, y nuestro amor, no se borrarán nunca”.
Y cuando Bill cantó Ich bin nicht ich, esa canción que describía cómo se había sentido cuando Tom lo dejaba solo, ahora a Tom le parecía que, en ese momento, describía exactamente su más grande miedo: perder a Bill y sentir que ya no era nada… Mis ojos me miran con cansancio, sin ningún tipo de desahogo. Ya no me puedo enfrentar a mí mismo. Estoy dispuesto, todo siempre es verdad. No soy yo cuando no estás conmigo, estaré solo. He olvidado quien soy y lo que todavía es importante. Eso es todo, en el lugar en el que estés, sin ti en la noche no encuentro nada dentro de mí. ¿Qué me has hecho? Veo cómo me esfumo cada vez más. No te puedo sacar de mí otra vez; no importa donde estés, ven y rescátame. “No te puedo sacar de mí otra vez, Bill; sí, esa es la verdad”. Vemos, sentimos, entendemos, igual que ustedes. Reímos y lloramos, queremos vivir, igual que ustedes. Pero claro, sería demasiado pedir que pudieran entenderlos; aquel amor que para ellos era sagrado y puro, para otros sería abominación y vicio. ¡Era tan difícil vivir así, siempre escondidos, siempre con miedo!
Llegó el momento para In die nacht, y sus compañeros, que hasta ese momento habían respaldado cada uno de sus arranques sentimentales de esa noche, que habían sido el complemento perfecto para su interpretación, que hacían también todo aquello posible con su apoyo y su talento, los dejaron solos en el escenario. Primero tomaron agua, y lanzaron agua al público, tratando de calmar sus corazones acelerados para poder cantar y tocar sin equivocarse, sin que los delatara demasiado temblor. Se colocaron en sus sillas, y Bill lo miró sonriendo con todo ese amor en sus ojos; Tom no pudo sostener esa mirada, pero ya no más por vergüenza sino porque no creía ser capaz de aguantar sus deseos de tomarlo en sus brazos ahí mismo y que se fuera el mundo al diablo. Y Bill le habló al público, pero mirándolo de reojo todo el tiempo:
—Ahora estamos solo Tom y yo sobre el escenario, porque esta canción trata sobre nosotros; sobre nuestra relación. Pienso que es algo muy extraño, ya que probablemente pasaremos el resto de nuestra vida juntos. Nunca nos separaremos. Tom y yo nos iremos juntos… hacia la noche.
Demasiada emoción. El público gritó, y cada palabra fue haciendo estragos en el autocontrol de Tom. No era la primera vez que tocaba esa canción, o que Bill le daba ese discurso, pero era la primera vez que todo estaba tan claro para él. No quería nada más que eso: solo él y Bill en su futuro, pasara lo que pasara, luchando contra todo lo que viniera en contra.
Todo el resto del concierto lo pasó entre feliz y embelesado, hasta casi el momento final, cuando Bill volvió a cantarle directamente: Cuando no entiendas más el mundo y cada día desaparezca en la nada, cuando la tempestad no se calme y no soportes más la noche, yo estoy ahí cuando quieras, no importa donde estés, a tu lado… Y Tom fue justo a su lado para despedirse del público, con una sonrisa en el rostro, y esta no era una sonrisa falsa: estaba absolutamente lleno de felicidad.
Cuando los cuatro bajaron de allí, Gustav, siempre tan callado, fue quien lanzó un grito.
—¡Eso fue… genial! ¡Es el mejor concierto que hemos tenido! ¡Por Dios! Bill, Tom, Geo, estoy orgulloso de haberlos conocido y de tocar con ustedes…
—Y yo también de trabajar con ustedes —llegó David hasta ellos—; me han demostrado una vez más que no me equivoqué al elegirlos.
—¡Gracias, David! —gritaron casi a coro, sonrientes.
—Lo único que les señalaría es que, Bill, te acercas demasiadas veces a Tom, y eso se está viendo un poco… raro…
—¿Raro? Es nuestra forma de interactuar en el escenario, y creo que hemos dejado claro, todos los miembros de esta banda, que nadie se mete con nuestros estilos de vestir, ni de peinarnos, ni de hacer música, y mucho menos de interactuar en el escenario… —Bill hablaba apresuradamente, casi iracundo.
—Bien, bien; no te alteres…
—Entonces no te metas con lo que haga Bill sobre el escenario, David —intervino Tom—; al público le gustó, ¿o no lo pudiste ver?
—Ok, ok. De acuerdo. Ya hablaremos luego de esto, con más calma. Vamos, ahora tienen que descansar.
Los cuatro chicos se fueron a la van, aún felices, aunque la conversación con David les hubiese bajado un poco los niveles de energía.
En el hotel, fueron los cuatro juntos hasta el piso donde estaban sus habitaciones y, no sabían por qué, Georg y Gustav necesitaron abrazar a sus amigos.
—Los apoyamos, chicos, en todo lo que decidan, ¿está claro? —dijo Georg.
—Los quiero, ¿saben? Los quiero a los dos mucho —Gustav parecía a punto de echarse a llorar.
Fue Bill quien habló por él y por Tom, adivinando que si Tom intentaba hablar solo le saldría un sollozo.
—Ustedes son los mejores amigos del mundo.
—¿Mejores que su querido Andreas? —bromeó Georg, mientras ya se iban él y Gustav hacia sus propias habitaciones.
—Puede que sí —Bill sonrió afectuoso, luego miró a Tom. Ni siquiera harían una tentativa de irse a habitaciones separadas ni por cinco minutos, necesitaban estar hasta el mínimo milisegundo juntos. Bill abrió la puerta y Tom entró junto a él, prácticamente sin despegarse, y la puerta se cerró con el empuje de sus dos cuerpos enlazados: Tom lo había llevado contra la puerta para besarlo ansiosamente. Así estuvieron un buen rato, besándose y acariciándose por sobre la ropa, pero cuando Bill quiso empezar a desnudar a Tom, él lo detuvo.
—¿Por qué? Tomi… —Bill hizo un gesto caprichoso y Tom tuvo que sonreír.
—Es que… antes tengo que decirte algo, y si empezamos esto… no podré.
—Puedes decírmelo después —Bill se volvió a pegar a Tom, y él, mordiéndose el labio inferior y con ojos sonrientes también, se alejó hasta el diván.
—Ven, Bill, siéntate aquí conmigo.
—De acuerdo —dijo Bill resignado—. ¿Ahora qué pasa?
—Me preguntaste eso más temprano, ¿recuerdas?, que qué me pasaba. Y te dije que sobre todo tenía miedo de perderte.
—Y yo te dije que… —fue a protestar Bill, pero Tom lo detuvo callando sus labios con un dedo.
—Déjame hablar, ¿sí?
—Sí, de acuerdo, pero, por favor, me tienes intrigado; no le des más vueltas.
—Ok, entonces es esto: quiero que seamos novios.
—Yo creí que ya lo éramos.
—No, Billy, hasta esta noche éramos dos hermanos que se amaban más de lo natural, y que se besaban, se abrazaban y tenían sexo una que otra vez, pero no hemos hecho ningún compromiso, no hemos hablado del futuro…, y sí, sé que no lo hemos hecho porque yo no he querido hacerlo… hasta ahora. Pero esta noche todo se aclaró en mi mente. Quiero que vivamos este amor, luchando contra todo, aunque tengamos que esconder lo que sentimos delante de la mayoría de las personas, pero siempre juntos, y que no permitamos que nada ni nadie nos separe.
—Eso es lo que yo quiero.
—Entonces… prometámonos que no nos haremos sufrir, que no nos heriremos, que no nos daremos celos uno al otro, que seremos solo nosotros para siempre y nadie estará en medio de nosotros.
—Nadie estará en medio de nosotros, te lo prometo. ¿Tú lo prometes también?
—Por supuesto, lo prometo. No quiero a nadie más que a ti, Bill, no deseo a nadie más que a ti; tú eres mi pareja, mi alma gemela, y si el destino quiso que fuéramos hermanos, y gemelos, por algo sería, ¿no?
—Sí —Bill estaba llorando de alegría al escuchar todo eso, porque al fin Tom podía decirlo en voz alta sin ruborizarse ni temer—, el destino es algo complicado, Tomi. Y yo creo que no podía ser de otra manera; nacimos así, destinados a amarnos de este modo, y no hay modo de huir de eso.
—Yo ya no voy a huir, nunca más.
—Entonces… ahora somos en verdad una pareja, somos… novios.
—Sí, aunque eso no quiere decir que no seamos también hermanos. Siempre vas a seguir siendo mi hermanito…
—Oh, sí, claro, tú y tu complejo de hermano mayor…
—No te burles —Tom trataba de mirarlo serio, pero no le salía, así que empezó a reírse y Bill con él hasta que mezclaron las risas con besos. Otra vez Bill trató de empezar a desnudar a Tom y él se paró.
—Déjame, voy a hacerlo para ti.
—Ugh…
Bill tragó en seco y se echó hacia atrás para disfrutar de su espectáculo personal: ver a Tom frente a él, sacándose lentamente cada pieza de ropa hasta quedar completamente desnudo, algo tan jodidamente excitante que su erección empezó a doler dentro de su ropa. Y entonces Tom fue hacia él para desnudarlo con la misma lentitud, como si se moviera en cámara lenta. Cuando los dos estuvieron sin ropas, Bill atrajo a Tom hasta su cuerpo, lo hizo sentir su dureza, igual a la de Tom, y no esperaron más para volver a hacerse uno en cuerpo, como ya lo eran en alma.
&
Bill casi nunca lograba despertar primero que Tom, así que agradeció a su suerte haber podido hacerlo esa tarde, por poder tomarse todo el tiempo que quisiera en admirarlo, perderse en la belleza de su piel, en la paz de sus ojos cerrados y su expresión casi infantil; sí, tan bello como un ángel, como si no fuera simplemente humano sino algo más allá.
Mientras lo miraba así, no podía creerse completamente que al fin lo hubiera conseguido: tener a Tom en sus brazos, saber que él lo amaba del mismo modo, con esa devoción también llena de deseo, de ansias de estar juntos, cuerpo con cuerpo, hasta que pareciera que no había fronteras entre sus pieles.
Sí, en esos momentos sentía que podía con todo, que nada podría detenerlo ahora que había logrado lo que tanto soñaba. Pero la realidad era otra: afuera de esa habitación lo esperaba todo un mundo al que tendría que ocultarle esa felicidad; tendría que prepararse para mentir bien, y también Tom, si querían proteger su amor de los juicios de los demás. Esa idea le generó cierta angustia, y su desasosiego mental logró despertar a Tom.
—Bill… —le sonrió y Bill sintió su angustia desaparecer en un segundo: nada era mejor que ver a Tom sonreír; podía hacer desaparecer cualquier problema y dejar solo una sensación de éxtasis. ¿Quizás así se sintieran los ángeles cuando miraban a Dios, como decían en las clases de teología a las que asistió en la escuela? Tocó el rostro suave de Tom, miró sus ojos aún llenos de sueño, y le sonrió a su vez.
—Dime, mi ángel…
—Anda, Bill, no soy ningún ángel, un ángel no habría hecho lo que yo hice contigo anoche…
—Tú eres mi ángel, Tomi; quizás somos solo dos ángeles caídos, atrapados por la pasión… —dejó salir una risita: a veces era divertido ponerse tan cursi.
—Por el amor…
—Sí, por el amor —le dio un beso suave, y Tom le correspondió para luego hacer un mohín.
—Y acá estamos besándonos sin lavarnos los dientes, apestosos, y creo que… todavía pegajosos de los jueguitos de anoche… ¡qué sucios que somos!
—¡Eres un coqueto! —Bill se rió—. Y luego el de la fama de coqueto soy yo… —volvió a tomar su rostro y lo volvió a besar—. Me gusta todo de ti, incluso si estás sucio, apestoso, con lagañas en los ojos y las rastas despeinadas…
—¿Mis rastas? Ay, te dije que no las halaras tanto…
—Oops, lo siento —Bill seguía riendo. Tom se levantó de un salto de la cama.
—Ya, me voy al baño.
Bill se quedó en la cama mirándolo caminar desnudo, y es que sí, todo él era disfrutable: tenía un trasero jodidamente sexy al que Bill disfrutaba tocar, besar, apretar. ¡Ajá!, su media erección de recién despertarse se había vuelto una erección completa con esos pensamientos calientes, y se levantó decidido a unirse a Tom en el baño cuando sintió que tocaban a la puerta. “Vaya, qué inoportuno”, pensó, “¿quién podrá ser?” Fuera quien fuera, no podría abrirle desnudo, así que se puso el pijama que no había usado para nada la noche anterior y una camiseta por encima. Cuando abrió, David Jost entró sin pedir permiso.
—Ya estaba por llamar al conserje del hotel para que me diera una copia de sus llaves; llevo horas llamándoles a sus teléfonos y a los de las habitaciones —Bill recordó que todos los teléfonos habían sido apagados, no querían que nadie los molestara—; toqué esta puerta y la de Tom, varias veces, pero nada…
—No escuché nada, David, lo siento, pero… ¿por qué tanto apuro?
—¿Cómo por qué tanto apuro? ¿Sabes qué hora es? Son pasadas las cinco de la tarde, y tienen que empacar porque salimos a otra ciudad en unas horas —¿Era tan tarde? Bill siempre ponía alarmas para despertarse, para no fallar a sus responsabilidades por quedarse dormido, pero no había pensado en nada de eso esa noche, no había podido pensar en nada más que en Tom. Empezó a oírse el sonido del agua de la ducha y David aguzó el oído.
—Espera, ¿estás acompañado? ¿Te trajiste a alguien anoche a la habitación?
—¡No, ¿cómo crees?! Yo no soy así. En el baño está… Tom.
—¿Qué? ¿Por qué está Tom en el baño de tu habitación? —David habló irritado.
—Anoche… él se vino a dormir conmigo; es que… los dos estábamos nostálgicos de nuestra familia y… somos hermanos, ¡somos gemelos, David!, no creo que puedas entender qué tipo de unión significa eso. A veces necesitamos estar juntos…
—Están juntos todo el día, solo se separan cuando van a dormir.
—Así es, pero a veces necesitamos incluso dormir juntos —realmente no estaba mintiendo, se dijo Bill, solo estaba omitiendo parte de la verdad.
—Cosas de gemelos… Ok, supongo que tienes razón y los seres humanos normales y corrientes que no nacimos con un hermano idéntico siempre pegado al lado nunca podríamos entender sus costumbres tan… peculiares. En fin, dile a Tom que se apresure. Les mandaré algo de comer con el servicio de habitaciones, y los espero en media hora en el lobby, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
David salió cerrando la puerta tras él y Bill suspiró. Fue hacia el baño donde Tom no había escuchado nada de lo ocurrido.
—¡Hey! —dio un grito cuando vio que Bill entraba—. ¡Me quería dar un baño privado!
—¡Mentiroso! —Bill le sonreía—. Pero no te ilusiones, por mucho que ahora quisiera que… hiciéramos cosas bajo la ducha, solo necesito bañarme rápido; no tenemos tiempo, David estuvo aquí y nos espera en media hora abajo.
—¡Media hora! Casi no me dará tiempo a arreglarme. Y tú… pudiste usar el baño de mi habitación.
—Ah, sí, pero no quería. Al menos… necesito verte… si no podemos hacer nada más.
—¡Eres un mirón!
—¡Y a ti te gusta que te mire! —se rieron los dos mientras Bill se metía bajo la ducha.
Ya fuera, vistiéndose, Bill le dijo lo que David había preguntado sobre por qué Tom estaba allí y la historia que le había contado.
—Así que ya sabes, eso es lo que tienes que decir si te pregunta. David está muy suspicaz, ayer con lo del concierto y hoy con esto…
Tom se veía nervioso.
—No puede enterarse de la verdad, Billy. ¡Eso sería terrible!
—Ya sé que no, pero…
—Y mamá, ella no puede sospechar nada. Si ella se entera, la haremos sufrir demasiado, sentirá que la hemos defraudado y nos rechazará… por enfermos…
—Sí, no lo dudo —Bill sabía que Charlotte era muy capaz de eso, pero tal vez no tanto con Tom sino con él; para ella, siempre Bill parecía más culpable que Tom de cualquier cosa.
—Y Gustav y George…
—Ah, no, Tom, ellos tendrán que saberlo pronto, están siempre con nosotros y no nos va a ser posible…
—¡No, Bill! ¡Aún no! Tengo miedo de cómo reaccionen cuando lo sepan. ¡Por favor! ¡Guardemos el secreto!
—Como quieras.
Bill se sintió triste con esas palabras de Tom. Sabía que él tenía parte de razón, pero no podía evitar que le doliera ver que la valentía de Tom para enfrentar al mundo por ese amor, como había declarado en la noche, solo le hubiera durado unas horas.
Comieron lo que trajeron de parte de David en silencio, y así se fueron al elevador, junto al que los esperaba un guardaespaldas.
&
La noche de los Comets, aun antes de recibir los tres premios que ganaron, tenían programada su presentación. A punto de subir al escenario, Tom se le acercó y le susurró al oído.
—Canta para mí.
—Siempre canto para ti —Bill sonrió; con solo esas palabras, Tom lo había hecho demasiado feliz. Quizás eso era la felicidad: pequeños momentos sublimes para disfrutar.
Habían ensayado bien la canción, porque estarían acompañados por violines, y todos estarían sentados en banquillos, con poco movimiento, para cantar Spring Nicht. La interpretación siempre emocionada que hacían de esa canción, sumada al sonido acariciador de los violines y las decisiones tomadas en los días recientes, hicieron que Tom se sintiera embargado por sus sentimientos, hasta el punto de tener que respirar fuertemente para no echarse a llorar por tantas pasiones contenidas, y porque la letra de la canción hablaba de alguien que pedía a gritos a quien amaba que no renunciara, que no perdiera la fe en ese amor porque eso los destruiría, y el imaginarse esa posibilidad, tener que renunciar a Bill, lo ahogaba. Entonces Bill, con su mejor sonrisa estampada en el rostro, esa sonrisa que le podía, se paró y fue hasta él para cantarle: Toma mi mano y empecemos otra vez. No saltes. Él también lo miró y sonrió, y se entendieron sin palabras.
Continúa…
Gracias por la visita. Si te gustó, no olvides dejar un comentario.