
Fic TWC de Ladyaradia
12. Phantom Rider (Conductor fantasma)
(…) Dame un beso de adiós en la luz; como un conductor fantasma, estoy muriendo esta noche. Tan oscuro y frío, conduzco solo, como un conductor fantasma… No puedo hacer todo por mi cuenta (…) Ahora estoy aquí, no más temores; ángel, no llores, te encontraré en el otro lado.
No regresarían a Hamburgo hasta principios de noviembre.
Habían pasado más de dos meses fuera, de hotel en hotel. Su agenda estaba cargada de encuentros con la prensa y conciertos en diferentes ciudades europeas, y aunque frente a las cámaras y delante del público todo parecía igual con los integrantes de Tokio Hotel —Bill siempre blandiendo su sonrisa, sus gestos suaves y su aire de inocencia, Tom con su papel de player y bromista del grupo, Georg el mayor blanco de las bromas y el que mejor se tomaba todo, y Gustav el chico serio y solitario—, en realidad las cosas, sobre todo entre los gemelos, estaban muy cambiadas.
Bill parecía tener menos reserva de su habitual energía: se cansaba rápido y pasaba la mayor parte de su tiempo libre durmiendo o escuchando música con sus audífonos, aislado; se mostraba apático, y Tom lo notaba más que los demás porque veía que no solo comía menos, sino que tampoco parecía tener muchos ánimos para el sexo, cuando normalmente era precisamente Bill siempre el que lo buscaba con mayor avidez. Tom estaba preocupado, porque además no le decía nada sobre lo que le estaba pasando, a pesar de que se lo había preguntado. “Nada; no me pasa nada”, repetía.
Pero él podía ver que la apatía de Bill empeoraba cada vez que llamaba Charlotte. Bill evitaba hablar con ella, pero estaba pendiente de las respuestas de Tom al teléfono. “¿Qué puedo hacer? —se preguntaba Tom—. Ella es nuestra mamá, y tiene derecho a querer saber cómo estamos; no podemos evadirla. Yo necesito que ella no me odie, igual que lo necesita Bill. Y sé que ella no lo odia, es solo que… ¡son tan parecidos en su forma de ser!, por eso se pelean tanto”. Lo cierto era que Tom también sabía que, a pesar de que Charlotte sí quería a Bill, a su manera, la convivencia entre ellos dos se había vuelto insoportable. Y Tom no soportaba estar en el medio, dividido entre el amor por su madre y el amor aún más grande por su hermano —y novio, se corrigió a sí mismo—. Hacia el final de la gira, decidió que ya había soportado demasiado y que tenía que hacer algo. Lo hizo cierta noche en que Bill aceptaba sus besos casi sin corresponderle.
—¡No! —se separó de Bill que quedó sobre la cama pestañeando con dejadez, como si fuera a quedarse dormido de un momento a otro—. ¡Esto no puede seguir así, Bill! Tienes que decirme qué te sucede para que podamos solucionarlo, porque no puedo verte más así. Estoy a punto de llevarte a un terapeuta, y si es necesario contar todo…, contarle nuestro secreto a un completo extraño si es que así logro ayudarte —Bill sólo lo miró, pero no habló, y Tom siguió soltando todo lo que llevaba dentro—. Está empezando a afectar el trabajo también, no rindes del mismo modo en el escenario, ni yo; los fans gritan tanto que quizá aún no lo notan, pero lo harán si sigues de ese modo. Vamos, ¡háblame, Bill! —lo tomó del rostro y lo hizo mirarlo; Bill tenía los ojos llenos de lágrimas a punto de salir.
—Está bien, Tomi; te voy a decir lo que me ocurre. No quería decirte porque… no soporto que parezca que… intento dominarte; ella me acusa de eso, pero no es cierto. Lo que pasa es que yo quiero que estés conmigo porque quieres hacerlo, en completa libertad, y que este amor sea algo por lo que luchamos los dos, pero tú… me has dejado solo.
—¡Eso no es cierto!
—Yo lo siento así —Bill se incorporó, aunque sus movimientos seguían pareciendo muy lentos—; siento que solo yo estoy luchando, desesperadamente, por nuestra relación, como lo hacía desde el principio. ¡Y ya he perdido las fuerzas! ¡No puedo seguir haciéndolo solo! Me mata, Tomi, me está matando esta desesperanza —las lágrimas al fin salieron—, y cada día es peor. Te veo, y te escucho, cuando hablas con ella; te ves como un niño asustado, y no creo que alguna vez logres enfrentarla: la vas a dejar que nos destruya, que nos separe…
—¡Ya te dije que eso no va a pasar nunca! ¡Ella no me apartará de ti! Por favor, Bill, no dudes de mi amor por ti…
—No dudo de tu amor; yo sé que me amas, pero no basta con eso. No basta decir, sino hacer.
—¿Qué quieres que haga, entonces?
—¿Qué quiero? ¿Ves? Lo que quiero es que no necesites preguntarme qué quiero que hagas, porque de ese modo ella tendría razón y tú estarías haciendo todo solo porque yo quiero que lo hagas. ¡Y no puedo con eso, no soporto eso! ¿Entiendes? Lo que yo quiero es que tú sepas lo que quieres, y que lo hagas.
Tom se dejó caer a su lado. Sabía que Bill tenía razón: había dejado todas las decisiones en manos de él, desde el inicio; había necesitado que Bill lo sedujera, lo tentara, casi lo obligara a actuar, y luego solo se había dejado llevar por el empuje de Bill, por su fuerza, replegándose tras él cada vez que algún obstáculo se les presentaba en el camino. “¡Eres un cabrón cobarde, Tom Kaulitz! —se dijo a sí mismo—, y por cobarde vas a perderlo todo; estás sacrificando a quien amas por tu maldita inseguridad”. Sí, sentía que él tenía toda la culpa de haber orillado a Bill a esa situación, de haberle arrancado la fuerza a quien siempre había sido su roca. Bill no merecía tener a su lado a alguien que no se atrevía a tomar las riendas de su propia vida.
—Sé lo que quiero hacer, Bill —dijo, secándose las lágrimas y tratando de sonar decidido—, y lo voy a hacer. Cuando regresemos, quiero que nos mudemos solos, a una casa nuestra, y nadie nos lo podrá impedir ahora que somos mayores de edad. Y si mamá tiene opiniones contrarias a eso, que se aguante; no debió presionarte de ese modo, ni a mí a tener que elegir entre ella y tú, porque yo siempre elegiré por ti —esas palabras lograron al fin animar a Bill, sus ojos empezaron a recobrar su chispa de energía acostumbrada.
—Sí, eso sería muy bueno, Tomi; tú y yo juntos, sin nadie mirándonos sobre el hombro, en un lugar solo nuestro.
—Sé que ya te lo habías imaginado, ¿o no?
—Sí —sonrió al fin—, pero no quería… presionarte —empezaron a reír de repente, y se abrazaron.
—Ahora, Billy, quiero hacerte el amor, y quiero que sientas también este deseo como lo estoy sintiendo yo, porque… ¡te he extrañado tanto!
—Nunca dejé de desearte —Bill le acarició aquel rostro que lo hacía enternecer—, solo estaba… ¿desanimado?
—Deprimido, esa es la palabra, y por mi culpa. Realmente no sé por qué me amas, creo que no valgo mucho —otras lágrimas se acumularon en sus ojos.
—¡No llores, mi ángel! —lo abrazó contra su cuerpo—, y no pienses eso. Tú eres todo, tú eres… grande, en todos los sentidos; solo tienes que creer más en ti mismo y defender lo que quieres.
—Como tú siempre lo haces, ¿no? ¡Siempre tan fuerte! Tal vez para complementarme a mí que soy un flojo. ¿No es así como dice Geo que ocurre con algunos gemelos? —le sonrió entre sus lágrimas y Bill solo pudo besarlo. Mientras lo besaba, le habló sin palabras: “Te amo como eres; no podría ser de otro modo”. Bill sabía que él también tenía defectos, su intención no había sido juzgar a su Tom, ni hacerlo sentir inferior. ¡Jamás! ¡Al contrario! Necesitaba que Tom se sintiera cada vez más seguro de sí mismo, para que nadie más pudiera confundirlo ni dominarlo. “¡Ni siquiera yo!”, pensó mientras lo acariciaba, sintiendo renacer en él otra vez el gusto por la vida. Sí, porque la vida sin Tom era lo único que no podía soportar. El desprecio de su madre, tantos que lo habían odiado u ofendido, hasta la posibilidad de que su sueño de ser exitoso con la música se fuera al traste un día, nada de eso podía dañarlo tanto como creer que podía perder el amor de Tom.
Ahora volvía a permitirse ser feliz, porque Tom parecía decidido a luchar a su lado por ese amor. No iba a ser fácil y, sin duda, tampoco iba a ser de un momento a otro, pero estaba empezando a confiar en que un día tal vez no tan lejano, Tom tendría el valor para ser, por fin, él mismo; sin máscaras, sin poses, sin complejos, ser solamente ese ser que Bill amaba por completo: un hombre sensible, tierno, divertido y sensual, algo antojadizo y celoso, pero lleno de amor y listo para ser el más entregado amante. Tom era su otra parte, su alma gemela, su complemento; si no lo tuviese, nada más tendría sentido; y sí, tenía que admitirse que no lo había dicho por impulso aquella noche en el 483: si lo perdiera, si tuviera que vivir sin él, prefería morir.
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Regresaron a Hamburgo con el sabor de la victoria en los labios: su actuación en los MTV EMA Awards había sido histórica: lo que había empezado con abucheos y silbidos de un público que esperaba ver a otra banda, se convirtió en aplausos respetuosos y gritos histéricos de nuevos fans; habían sorprendido a todos y logrado una hazaña: convertir a un público fastidiado en uno amante con la interpretación de una sola canción: “Monsoon”. Fue a Tom y Bill, en una de sus conversaciones sobre la cama, tras una fuerte sesión de sexo, a quienes se les ocurrió la idea de simular la lluvia sobre el escenario y terminar todos mojados sin equivocar una nota o desafinar.
La energía había vuelto a la banda y, también con esa misma energía, ellos asumieron la mudanza a su nuevo apartamento. Tom había cumplido con sus propósitos: había resistido firmemente cada crítica de Charlotte, que no se había cortado para llamarlo traidor —por tomar partido por Bill— y débil —por no resistir a los, según ella, deseos caprichosos de su hermano—. Igualmente, ella intentó la súplica: “Quería que estuvieran conmigo; nunca están conmigo, siempre de viaje, y ahora se mudan solos: son unos ingratos”. Bill no decía nada, se limitaba a escuchar a Charlotte con un rictus en los labios y una expresión ausente, mientras Tom al fin cerraba la discusión.
—Lo siento, mamá; pero esto es necesario. Queremos nuestro propio lugar. Y que sepas: fui yo quien le sugerí a Bill mudarnos —ella pareció quedar desarmada con esa declaración de su consentido—. Sé que nos amas, pero necesitamos libertad ahora, y estar tranquilos cuando regresamos de todos esos viajes, pero tú… siempre peleas con Bill por todo, ¡y no lo soporto! Tal vez si no vivimos todos juntos, nos podremos querer mejor. Y tú tendrás más privacidad con Gordon, ¿no? —ella le lanzó una mirada fúrica, que a Tom le hizo recordar a Bill enojado: de ella había heredado ese gesto; pero no se dejó intimidar—. Vamos, Bill; nos esperan afuera —le tomó la mano y Charlotte resopló.
Las cosas que se llevaban de la casa estaban ya en la van donde David Jost y dos guardaespaldas aguardaban para ayudarlos a acomodarse en su nuevo hogar. Bill llevaba también a Scotty, atado con su nueva correa: el perro estaba feliz de estar otra vez junto a sus verdaderos dueños.
Cuando ya estaban en sus asientos, Bill acercó su boca al oído de Tom, una costumbre suya que ya no asombraba a nadie, y susurró, de forma que solo él le oyera.
—Eso fue grandioso de tu parte… —y terminó mentalmente—: “No veo la hora en que estemos solos”. Tom sonrió y lo miró a los ojos, olvidando por un momento que tenían compañía. Bill pudo leerlo perfectamente: “Bautizaremos cada habitación de nuestra casa, te lo prometo”, así que dejó su mano reposar sobre la de Tom, con una sonrisa pícara adornando su rostro.
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En su búsqueda de mayor libertad se fueron de vacaciones a Maldivas; lo cual fue todo un éxito: era la maravillosa sensación de sentirse libres, lejos de todas las miradas; pero a la vez sin puertas cerradas, sin esconderse detrás de muros, pudiendo ser ellos mismos sin testigos.
A su regreso a Hamburgo, y aunque realmente extrañaban volver a los escenarios, encontraron que por primera vez les costaba bastante dejar su hogar. Sí, porque ese se sentía más su hogar que cualquier otro que hubieran tenido, y no precisamente porque fuera el más confortable o hermoso, sino porque sentían que tenían allí justo lo que necesitaban: a su gemelo, y a su perro de casi 8 años, el que siempre había devuelto con creces el amor que ellos le profesaban.
Era sorprendente cómo el hecho de vivir solos en un lugar propio, no en un hotel, no en un apartamento-estudio de la disquera, y definitivamente, no en la misma casa que su madre, les había dado tanta paz y tranquilidad para disfrutarse a sí mismos, y para ver el mundo con mejores colores. También, como Tom había vaticinado, no vivir con Charlotte había ayudado a que ella y sus hijos normalizaran bastante sus maltrechas relaciones; su actitud para con Bill dejó de ser tan crítica e incluso parecía deseosa de reivindicarse con él.
Dejaron pues, a Scotty, de nuevo en la casa de su madre, donde Gordon se había ofrecido a cuidar de él —solo hasta que regresemos, dijo Bill al perro mientras le acariciaba las orejas, agachado a su lado—, y partieron primeramente al North America Showcase Tour, en ciudades de Canadá y U.S.A, y luego al 1000 Hotels Tour; en verdad iban de hotel en hotel, y de concierto en concierto; la mayoría de las veces estaban tan cansados después de un concierto que lo único que podían hacer era dormir, ni siquiera salían a conocer las ciudades que visitaban: su agenda estaba llena de presentaciones a la prensa y actuaciones en vivo. Lo único bueno que le veía Tom a tanta carga era tener la justificación perfecta para no tener que pretender su papel de player de la banda por un tiempo.
Entonces, desde inicios de marzo, Bill comenzó a sentir molestias en su garganta que atribuyó al exceso de trabajo. El año anterior, durante sus peores momentos anímicos, había tenido también una infección respiratoria que le duró varios días y por culpa de la cual hubo que cancelar dos presentaciones, y ahora se estaba sintiendo parecido, con dolor y disfonía. Todos estaban preocupados por él, especialmente Tom, que parecía sentir también malestares físicos cuando Bill se sentía enfermo, posiblemente por culpa de su bendita conexión psíquica de gemelos, algo que los científicos no aceptaban completamente pero que ellos sabían existía, porque la experimentaban todos los días.
—Tal vez solo les ocurre así a los gemelos que están demasiado unidos, como ellos —aventuró Georg a Gustav, quien acababa de manifestarle su preocupación porque veía que Tom también se sentía adolorido de su espalda—. La cosa es que ninguno acepta que pidamos un receso, dicen que hay que cumplir los contratos.
—Y es cierto; pero tampoco se puede jugar con la salud, y Bill está terminando muy mal los conciertos; prácticamente no puede hablar. Quizá también debería dejar un poco el cigarrillo, los dos están fumando mucho.
—¿Y quién le va a dar ese consejo? ¿Tú? Ya sabes cómo es Bill cuando cree que alguien intenta imponerle cómo debe comportarse o qué debe hacer.
—Al menos lo intentaré; Bill es nuestro amigo y de su salud también depende esta banda.
—Eso es cierto.
El bajista y baterista esperaron hasta la hora de comer para expresarles sus preocupaciones a sus dos amigos gemelos, cuando se quedaron solos los cuatro. La respuesta de Bill fue la esperada.
—No hay por qué preocuparse; mejoraré pronto —Tom lo miró sin decir nada en voz alta, pero mentalmente lo estaba desmintiendo. Si alguien sabía la verdad era él: Bill estaba tan mal después de un concierto que ni siquiera podía dormir bien por el dolor en la garganta; lo sentía removerse en sus brazos cuando dormían juntos, cansados para cualquier cosa más.
—David debería saber lo que pasa —apuntó Georg.
—Ya lo sabe —dijo Bill otra vez—; le dije que tengo un resfriado, pero puedo cantar. Solo tengo que descansar más la voz entre un concierto y otro.
—Bueno, si tú lo dices. Y entonces… ¿los cigarrillos? —insistió Gustav.
—Estoy fumando mucho menos, te lo aseguro.
—Por ahora, no deberías fumar nada, amigo. Anda, Tom, intenta que tu hermano-novio te escuche si no nos escucha a los demás, ¿eh? —Georg bromeó con él. Tom se sonrojó un poco, pero asintió, y aprovechó para abrazar a Bill, con la cobertura que la broma de su amigo le había dado para no avergonzarse tanto ante ellos por querer acariciarlo a toda hora.
—¿Bill? Tal vez sí deberíamos pedir un descanso.
—¡No! Somos profesionales todos nosotros, y tenemos contratos que cumplir. ¡Fin de la discusión!
—¡Bien! —Tom se separó de él algo molesto, porque Bill se mostraba como si pudiera manejarlos a todos a su antojo—. Ya ven que no se puede razonar con él. ¡Ni siquiera yo!
Se hizo un silencio molesto, antes de que David entrara con el cronograma del día siguiente: una agenda bien cargada antes del concierto por la noche en aquella ciudad donde se encontraban: Marsella. Les aconsejó irse a descansar lo más pronto posible porque necesitarían todas sus fuerzas para el día siguiente.
Cuando se fueron a sus habitaciones, Tom se dirigió decidido a la suya, y Bill lo haló por el brazo.
—Oye, te espero en cinco minutos, ¿sí?
—No sé, Bill; quizás hoy duerma en mi propia cama de hotel.
—Entonces… ¿quieres que vaya yo a la tuya?
—Creo que… tal vez hoy deberías dormir solo, ya que tomas decisiones solo que nos incumben a los demás.
—Ah, ya veo; pretendes castigarme por ser… ¿profesional?
—Por ser egocéntrico; porque tú y yo somos una pareja, ¿recuerdas? Deberíamos discutir estas cosas y tomar decisiones juntos, pero no es posible si tú dices “fin de la discusión”.
—¡Es mi cuerpo!
—¡Es nuestra banda! Y tú eres a quien amo, si no bastara con que eres mi hermano gemelo, así que… no tienes derecho a decidir sobre algo así tú solo. ¡Y ya no voy a seguir discutiendo contigo en el pasillo del hotel! —Pasó la tarjeta magnética por la puerta de su habitación para abrirla, dejando a Bill dirigirse a la suya.
Bill entró malhumorado: sentirse débil y enfermo le ponía muy enfadado, aunque no sabía hacia quién o qué dirigía su enfado; posiblemente a sí mismo, porque él se había acostumbrado a ser fuerte, a tomar decisiones difíciles cuando los demás no se atrevían o no podían hacerlo, a no dejar que nada lo detuviera cuando realmente quería conseguir algo, y a hacerle frente a todas las críticas con la frente alta y sin dejar que lo afectara demasiado. Claro, eso cuando las críticas no venían de su madre: ella tenía el poder de herirlo en su amor propio como nadie podía hacerlo, y el de provocarle una profunda desilusión, porque no podía evitar quererla tanto a pesar de todo, y desear con todas sus fuerzas que ella lo quisiera igual.
Y en todo eso se entremezclaba la impotencia por ese secreto que él y Tom guardaban, y que definitivamente era una gran barrera para que hubiera absoluta sinceridad en sus relaciones con Charlotte. A Tom le era más fácil, a él le bastaba con que Charlotte le diera tanto cariño y no le exigiera nada; pero Bill quería ser aceptado, quería que lo quisiera del modo en que él era, y guardarle un secreto como ese no lo dejaría saber nunca si ella sería capaz de entender y aceptar.
Intentó de verdad dormir solo, pero después de una hora de dar vueltas en la cama abrió la puerta que comunicaba su habitación con la de Tom, que nunca estaba cerrada. Se acercó a la cama para comprobar si él dormía y Tom se incorporó.
—Tampoco puedo dormir.
—Lo siento —Bill se acercó y se sentó en la orilla de la cama—, sé que a veces me porto como si fuera el jefe de todos, dando órdenes sin pedir opiniones. Y tú… eres mi amor, no tienes que soportar que te trate así; es solo que… estoy muy estresado y… asustado, lo admito. Esta vez las molestias has durado demasiado y son peores, y siento que tengo una carga demasiado grande sobre mí y que yo… —Tom lo calló con un beso y Bill empezó a relajarse entre aquellos brazos que lo hacían sentir a salvo, sintiendo esas caricias que le hacían tanto bien. Y sí, una buena noche de sexo con Tom podía hacerlo olvidar todo lo que no fuera esa sensación deliciosa que era amar y ser amado de modo tan brutal y completo.
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Había ocurrido: en medio de una canción Bill abrió su boca y no salió sonido alguno. Todos se asustaron, incluidos sus fans, y luego de varios intentos Bill se retiró del escenario mientras Tom, Georg y Gustav lo seguían unos minutos después; el concierto había acabado por esa noche.
David Jost parecía estar en pánico, pero no más que el propio Bill quien miraba a todos con lágrimas en los ojos.
—¿Alguien me puede explicar qué está pasando?
Bill solo alzó la mirada impotente: no podría explicar nada, estaba completamente afónico e intentar siquiera emitir un sonido era demasiado doloroso. Tom supo que debía ser la voz de Bill en esos momentos.
—Bill ha estado mal en estos día, demasiado mal de su voz.
—Tiene que verlo un doctor ya, entonces —repuso David.
—Teníamos una agenda muy apretada, no había tiempo para…
—Tenían que habérmelo dicho, y yo hubiera buscado el tiempo; lo hubiéramos resuelto antes de que pasara algo tan desastroso como esto. Es una catástrofe para la publicidad, sin contar las cuestiones financieras. ¡El concierto de Lisboa es pasado mañana! ¡Y ya está vendido por completo! ¡Saldremos de aquí en unas horas! Está todo planeado: vuelo, hotel, prensa… —Tom miró a Bill, y supo lo que debía contestar.
—Vayamos a Lisboa, y allí veamos a un buen doctor para Bill, y según lo que diga y como él se sienta, si no hay otra solución, cancelemos el concierto.
—Sí, eso es lo mejor —lo apoyaron sus compañeros de banda y Bill asintió, intentando recuperar su entereza acostumbrada.
Continúa…
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