Administración: Este fic fue originalmente publicado por la autora en la segunda thf y será rescatado aquí. Contiene temas delicados, como abuso verbal y físico, desorden alimenticio y es muy triste, pero muy bueno, así que si se animan a sufrir un rato, lo recomiendo.

Fic Toll de CookieJar

«Inválido» Introducción

Caminé, bueno… anduve con cuidado, deslizando las ruedas por la palma de mis manos de poco en poco hasta que mis insensibles pies se frotaron contra la puerta. No es que ellos sintieran, pero lo supe al escuchar el sonido de mis zapatos golpear la pared.

Alargué mi mano y tomé la perilla.

Genial. Estaba cerrada. Sin embargo la giré varias veces como psicópata.

Seguramente mi hermana había salido, como de costumbre, a vaguear por ahí mientras yo me podría aquí dentro. Me sentía asfixiado, y lo peor de todo es que ya estaba acostumbrado a sentirme así. Me sentía miserable e inútil.

Pero sí claro que eres un inútil.

Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás apretujando mis ojos, evitando a toda costa llorar. Los abrí de golpe tomando valor y me limpié la poca humedad que había alcanzado a formarse en mis ojos con el dorso de mi mano. Suspiré profundamente.

Retrocedí un poco, forzando las ruedas y después anduve hasta el salón. Mi plan había sido salir al patio a tomar un poco de sol, ya que me encontraba bastante pálido, y eso sólo se debía a mi encierro constante, perpetuo. Pero se me olvidaba que ella siempre aseguraba la puerta.

No tenía idea de por qué me hacía eso. Ni tenía intenciones de averiguarlo, hasta un día que lo supe sin querer.

Eres un monstruo, Bill. ¿Te imaginas la cara de horror que pondrían todos al verte? ¿A ti? ¿A un asesino?

Seguí mi trayecto haciendo las ruedas girar por el rayado piso de mármol de la casa de mi hermana. Su casa. No mía, jamás. Ella no se cansaba de repetírmelo todos los días.

Giré con tranquilidad por el pasillo y di hasta el cuarto de baño. Ésta era la puerta de la casa que más trabajo me causaba abrir, la perilla estaba muy lejos, y no había nada que yo pudiera hacer para abrirla sin tener que casi salirme de mi silla, a pesar de ser inválido.

Me orillé un poco de mi silla tomando los costados de la puerta y como pude tomé la perilla y la giré, abriendo la puerta un poco. Volví a acomodarme en mi silla, agitado, y empujé nuevamente las llantas, abriendo la puerta por completo a la vez.

Volví a girarme con dificultad para cerrarla y asegurarla. Cuando estuve encerrado, volví a girarme y me acerqué a la tina. Cuando mi silla chocó contra ella abrí el grifo del agua caliente, y un poco a la fría.

Mientras escuchaba la tina llenarse, suspiré en mi asiento, tratando de relajarme. Me deshice de mi camisa, dejando al descubierto mi torso desnutrido. Era culpa mía; vivir con ella te hacía eso.

Me deshice después de mis vaqueros con facilidad, por algo los usaba flojos. Y después de mi ropa interior.

Cerré el grifo y me recargué en mis propias manos, moviéndome hábilmente de la silla al interior de la tina, la cual me llegaba hasta el pecho.

Pasar horas en el agua de la ducha era uno de mis pasatiempos favoritos. Moría de hastío aquí.

Sentí el agua tibia en mi torso, sólo en mi torso.

En mis piernas no. Ya estaba acostumbrado a cargar con ellas a pesar de ser inútiles. No me veía capaz de sentirlas, después de 5 años así. Al igual que tampoco me veía capaz de huir de ahí, de mi hermana.

Sabía que nadie más que ella podría hacerse cargo de un inútil inválido como yo. Ella siempre me lo decía.

Cuando yo intentaba renegar sobre algo, por muy mínimo que fuera, siempre venía y me recriminaba que era un engendro malagradecido.

Y yo le creía. Yo le creía, porque tenía toda la razón del universo. Nadie más que ella soportaría cargar conmigo. Sólo ella me cuidaba. Ella era todo lo que tenía. Ella me daba de comer, y ella me daba albergue en su casa.

Así que yo sólo callaba.

Hundí toda mi cabellera en el agua, reteniendo la respiración, jugando con el líquido.

Cuando terminé de juguetear, ya que me había arrugado todo por estar en el agua toda la tarde, salí de ahí vestido. Me cepillé el cabello y me pinté como solía hacerlo desde que tenía 13.

Yo sabía que era algo innecesario, ya que la única que me miraba todos los días era ella.

Pero de igual manera yo lo hacía. Era costumbre.

Traté de disimular un poco mis ojeras, pero de cualquier manera se veían. Suspiré lanzando lejos el maquillaje.

Di varias vueltas por el interior de la casa, viendo las ventanas, buscando alguna abierta, pero todas para mi desgracia tenían cortinas, y estaban tan selladas como la puerta.

Habían pasado más de 5 años cerradas, y a pesar de eso, yo seguía buscando alguna abierta, girando sobre mí mismo, en un laberinto que no tenía inicio ni fin.

Me orillé en la pared, y comencé a golpear mi cabeza una y otra vez contra ésta. Gruñí con rabia, lastimándome la garganta y empuñé las cortinas de la ventana más cerca de mí.

Tiré de ellas, tratando de hacer que un poco de sol entrara por ella, aunque fuese un rayito… pero no pude. No podía porque era un maldito estorbo, un inútil que no podía siquiera quitar una cortina.

Me removí en mi propia silla, jalándome los cabellos, comenzando a llorar como solía hacerlo cuando ella no me veía.

En eso escuché un auto, el auto de ella… lo sabía por el particular sonido que emitía el motor de su coche cuando llegaba.

Guardé silencio, quedando mudo de pronto, con el maquillaje escurriéndome en el rostro.

Abrí los ojos como platos al escuchar otra voz con ella.

Era alerta roja.

Ella siempre me amenazaba con quemarme como lo hacía a veces si me mostraba cuando traía compañía. Ella decía que esos eran amigos suyos, no míos. Que yo ya había tenido oportunidad de tener, y la había desperdiciado. Ella tenía toda la razón.

A partir de ese día, cuando ella venía acompañada, yo solía esconderme.

Comencé a hacer rodar mis llantas a una velocidad casi sobrenatural al escuchar los pasos cada vez más y más cerca.

Abrí como maniaco la puerta de mi habitación, la cual estaba en completa obscuridad. Ella no me dejaba encender la luz.

Tampoco es que hubiera focos o alguna lámpara.

Cerré la puerta de golpe, asegurándola, así como ella me lo exigía.

Bajé de mi silla, y me arrastré por la alfombra hasta llegar a mi cama, la cual consistía en un simple colchón con una sábana. Cuando era época de frío, mi cama parecía un iceberg, pero bueno… me había acostumbrado a todo ello. A todo lo que mi hermana me daba. Ella me odiaba, me despreciaba, y yo no la culpaba.

Ella tenía razones de más para odiarme. Ella tenía derecho a tratarme así. De darme de comer sólo una vez al día, de darme un simple colchón para dormir, de no dejarme salir para que el mundo no viera los ojos de un asesino inválido…

Ella podría matarme, sin sentirse culpable. Y lo peor de todo, es que yo no la culparía si lo hiciera.

Me escondí bajo las cobijas, como si ellos fueran a encontrarme. Cosa que jamás pasaría, porque ella siempre me ocultaría.

¿A quién no le daría vergüenza ser hermano de un asesino?

Continúa…

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por admin

Traductora del fandom

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