Fic Toll de CookieJar

«Inválido» Capítulo 5

By Tom

Iba media hora tarde camino al consultorio de Gustav. No era culpa mía, el tráfico estaba tan sofocante… por un momento creí que explotaría por la angustia y desesperación.

Miraba a mí alrededor, intentando buscar algo que no fuesen coches, y mí mirada perturbada sólo se empotraba contra más gente caminando con prisa en todas direcciones.

Era la hora pico.

Le pité a un coche que amenazó con meterse a mi hilera cuando yo iba andando, evitando un accidente.—¡Cabrón! —estallé mostrándole mi querido dedo medio a través del vidrio, el cual bajé para que me viera, ya que estaban tintados.

Me ponía de muy malhumor conducir a estas horas, y más lo era porque sabía que Bill estaba solo en casa. Sabía que Gustav me había pedido no dejarlo solo, pero estaba tan dormido… que sentí que sería un gravísimo error despertarlo.

Así que lo dejé dormido en casa, sabía que no se asustaría cuando al despertar no me viera. Me suponía que estuvo acostumbrado a estar siempre solo, por eso no me recriminaba eso, ni mucho menos otra cosa.

El tipo al que le había hecho la grosería me regresó el dedo, pero fui más inteligente y arranqué alejándome de él, antes de que me comenzara a seguir.

Después de conducir alrededor de 10 minutos, finalmente llegué al consultorio, y entré como si nada.

Tenía que contárselo todo a Gustav.

En cuanto me vio sonrió, pero después de unos segundos su sonrisa se depuró, y sabía a qué se debía ese hecho que me hizo hilar de culpa.—¿Dónde está Bill? —se cruzó de brazos, viéndome casi indignado.

Suspiré y comencé a dar vueltas sobre mí mismo.—¿Estás bien? —se acercó a mí y me vio con el ceño fruncido, evitando la segura molestia de saber a Bill lejos, y solo.

—Está en casa, Gustav… tengo que hablar contigo. —dije una vez que me detuve y le vi a los ojos, suplicante.—¿Sobre qué? —dijo ya más tranquilo, regresando a su silla.

Dio una vuelta en su propia silla jugando con un lápiz y me senté frente a él. —Dime tus problemas ceñor Tom. —siguió girando, y un poco enfadado por su poca atención hacia mí le detuve la silla, haciéndole casi caer.—Besé a Bill.

Al escuchar eso se me quedó viendo, un poco pasmado, con el lápiz entre los labios.

Cuando éste se le cayó suspiré profundamente.—En los labios. —terminé de contarle mi pesar, rematando mi hecho.

Tosió exageradamente, cubriéndose la boca con su puño derecho. —¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —se quejó aún tosiendo.—No lo sé Gustav… necesitaba contárselo a alguien. —me cubrí el rostro con ambas manos y las resbalé jalándome la cara.—¿Sientes algo por él? —preguntó viéndome repentinamente rudo.

—No lo sé… cuando lo veo, no puedo evitar tratarlo con cuidado…—Entonces sientes lástima, eso no es amor, Tom. —me lanzó una mirada severa.—No lo sé… cuando lo veo actúo como estúpido… —fruncí los labios.—Hay pero si eso siempre…

Le vi con fingida molestia.—Sígueme contando. —se puso serio, y recargó su barbilla en su mano. —Anda, sigue… —incitó.—Dime qué hizo ante el contacto.

Tomé otra vez una bocanada de aire fuerte. —Se dejó. —le alcé ambas cejas. —No lo esperaba, pero sí… se dejó acariciar, pude sentir su corazón apresurado y me respondió el beso. Un poco torpe… pero lo hizo.

Gustav suspiró escandalosamente, parpadeando unas cuantas veces, como si se le hubiese metido algo a los ojos. —Necesito verle. A la siguiente sesión hablaré de esto con él.—De acuerdo.—Sólo evita dejarlo solo, Tom. Te lo advertí. —me señaló con su dedo índice, inculpándome.—Sí, lo siento… —esquivé su mirada, pues me sentía lleno de una fétida culpa.

Después de unos momentos de silencio espeso, volvió a abrir la boca: —Tengo una teoría.—Dímela.—Creo que Bill se deja hacer porque se siente necesitado. Lo vi en sus ojos, Tom. Él es un necesitado y tú un aprovechado. —nuevamente me atacó, llenándome de culpa.

Sentí mis ojos humedecerse repentinamente. —No quiero ser eso para él… —sollocé. Estaba llorando frente a Gustav, pero después de todo él era mi amigo, y encima psicólogo.

—Tranquilo. —me sonrió. —Basta, mírame a los ojos.

Le vi a los ojos, repleto de cobardía, me comenzaban a arder.—Hablaré con Bill. Quiero saber que siente él al respecto. Sólo, no vuelvas a tocarle así, ¿de acuerdo?—Pero no lo puedo evitar. —mi vista se nubló de nuevo. Comencé a llenarme de rabia, ¿cómo me prohibía eso? ¿Quién se creía?—Yo quiero a Bill…—dije y finalmente me sentí aliviado, como si hubiese dejado caer un pesadísimo costal de arena que traía en el lomo.—Es suficiente. —sonrió sagaz.

Fruncí el ceño. No había entendido nada.—Le quieres, y supongo que él me dirá que también te quiere a ti. Fin del asunto.

Asentí ahora sonriendo, limpiándome las lágrimas.—Ten cuidado con lo que haces con él. —achinó la mirada. —Y deja de llorar. No ha pasado nada grave, sólo quería comprobar que sentías algo por él.

Me sentí perdido cuando escuché eso, pero no me dejé caer. Me levanté de la silla y le sonreí ampliamente, despidiéndome de él con la mano.

Cuando salí de ahí, sentí que todos mis tormentos se eclipsaron.

&

—Vaya… —escuché su risita, mientras tomaba la linterna del manubrio, y giraba la luz en dirección a mí.

Bill estaba recostado en mi antigua cama, jugueteando con la lámpara. Cuando la vio y la encendí, pude ver la emoción en sus ojos. Para él era perfecto cargar con luz.

La fuerte luz blanca que emanaba de ésta me encandiló, por lo que cerré un poco los ojos, cubriéndome el rostro con mi mano libre, ya que la otra la tenía ocupada quitándole los zapatos a Bill.

Eran pasadas de las 11, y se había ido la luz por todo el vecindario, y para colmo el cielo estaba nublado. Así que no se veía nada en absoluto. A tientas busqué la vieja lámpara que tenía guardada en el garaje y regresé con Bill para que éste no entrara en pánico, pues sabía muy bien que la obscuridad no era muy de su agradar.

Ni siquiera las estrellas se miraban, inclusive a mí me atemorizaba un poco lo espeso que estaba la noche. Nunca había sucedido algo así por el barrio, y me irritó un poco saber que había sucedido justo ahora que tenía a Bill a mi lado.

Cuando vio mi reacción ante la luz enseguida la alejó y dirigió la luminosidad hacia el techo, ayudándome con eso a ver los cordones de sus zapatos.—Lo siento. —dijo con una pequeña sonrisa.—Descuida. —reí muy bajo, deshaciéndome de un nudo realmente molesto que me había entretenido un par de minutos.

Le quité el tenis y lo dejé caer al suelo, después quité su calcetín, y se me cruzó por la cabeza hacerle cosquillas ahí, pero mi sonrisa se deformó al recordar que Bill era incapaz de sentir esa parte del cuerpo.

Suspiré y acomodé su pie en la cama, y segundos después ya me dirigía a la cama, junto a él.

Me senté junto a él y dirigió la luz a la pared que estaba atrás de mí. Pude ver sus ojos brillar, como dos pequeñas luciérnagas entre las sombras.—Me gusta tu lámpara. —dijo con una sonrisa que me pareció verdaderamente sincera, acariciando el manubrio de la dichosa linterna con sus dedos.

Sentí como pasaba la luz de mi rostro a mi cuello, y descendió por mi pecho hasta llegar a mi cadera, ya que estaba sentado a un costado suyo. —Me gustas tú. —musitó ansioso, alejando la luz de mí fugazmente.

Sonreí al escuchar eso. —Me gustas más tú. —susurré recargándome con una mano en la curva de su cuello. Ya estaba encima de él, creando un escudo contra la obscuridad. Tomé la cobija del borde y cree una capa cubriéndonos a ambos. Bill no tardó en iluminar a nuestro alrededor con la linterna.

Vi su sonrisa clara y pura, pestañeó un par de veces, con un resplandor en sus ojos que sólo él poseía.

Le tomé de improvisto la cintura y me giré con delicadeza, haciéndole a él quedar encima de mí. Quité la cobija de encima de nosotros y lo cubrí a él de la espalda. —Es hora de dormir. —anuncié tomando la linterna, posando mi mano ruda sobre la de él.

Él asintió no muy convencido, y finalmente apagó la linterna. Se la quité de las manos y la lancé lejos. Tomé su rostro con una mano aún entre las sombras, y le di un casto beso en los labios.

Escuché un leve gemido escapársele de los labios, y se arrastró un poco más arriba de mí.

Jadeó y regresó a su postura anterior. —¿Qué soy, Tom?

Fruncí el ceño ante aquellas especulaciones. —¿A qué te refieres?—¿Qué soy para ti Tom? uhm… —sentí sus fríos dedos en mi cuello, trazando finas líneas misteriosas.—Eres… eres… —me quedé pensando, la verdad no sabía qué responder a eso.

Bill se había convertido en alguien muy especial para mí, tanto que no sabía cómo clasificar su lugar en mi corazón. Tal vez lo era todo.—Mi todo. —expulsé finalmente. Pensé un par de veces en lo que acababa de decirle, y me di cuenta de que era cierto. Era mi todo.

Bill siempre estaba conmigo, estaba aquí cuando regresaba del trabajo, me sonreía agradecido con cada pequeño detalle que tenía con él. No me preguntaba a dónde iba y con quien estaba, ni mucho menos me reprochaba si lo dejaba solo.

Él se conformaba con lo que yo le daba, pero él se merecía más, y yo intentaba dárselo con cada uno de mis actos.—Tú también lo eres, para mí. —escuché que susurró un poco avergonzado.

No pude evitar la enorme sonrisa que se formó en mi rostro al escuchar eso. Me cayó de maravilla.—Ven… —lo tomé con cuidado de la nuca, eh hice que untara sus labios con los míos. Abrí mi boca sobre sus labios y los cerré sobre los mismos, atrapando su suave carne.

Su torpeza al besar me dejaba en claro que jamás lo había hecho antes. Eso me causaba sentir cierta ternura, y un poco especial.

Seguí besándole, mientras acariciaba con mis pulgares sus mejillas. Sentí sus manos sobre mi pecho, removiendo sus dedos de forma nerviosa. Sonreí entre los besos, y bajé mis manos rápidamente hasta su cadera, de donde lo tomé y lo empujé con cuidado, haciéndole quedar debajo de mí nuevamente.

Sonreí sin ser malicioso, y tomé sus piernas dobladas y me acomodé entre ellas. Desde donde estaba podía escuchar su respirar agitado. Sabía que probablemente tenía miedo, pero iba a enseñarle a no sentirlo.

Me acerqué nuevamente a sus labios y le robé varios besos, decidí probar un poco más de lo que Bill me daba. Si no es que me daba todo.

Dibujé un camino de besos castos de sus labios a su barbilla, y después a su cuello.

Gimió realmente agudo, encendiendo mis sentidos. Cerré los ojos y seguí besándole el cuello. Lamí evitando ser perverso, y succioné su dulce cuello que me sabía a gloria.

Decidí frenar un poco, así que volví a sus labios. Colé mis dedos bajo su camisa, y acaricié su estrecha cintura, y a su pequeño vientre. Tragué saliva, un poco nervioso, al poder sentir sus costillas realmente marcadas.

Abrió la boca gimiendo, tal vez de impresión, o de excitación.

No lo supe clasificar en esos momentos. Mi mente se bloqueó y saqué las manos de su camisa.—¿Por qué te detienes? —preguntó asustado. —¿Te —d‐doy asco? —volvió a titubear.

Suspiré y le bajé la camisa, cubriendo su pálido vientre de nuevo.

No me había dado asco en lo absoluto, simplemente me sentí mal al sentir su delgadez. Bill no estaba bien, cuando recordé eso, me sentí realmente deshecho.—No vuelvas a decir eso. —espeté firme, para después tomarlo de su cadera y apretarlo con cuidado entre mis brazos.—T‐tócame… —suplicó con los ojos acuosos tomando mi mano, llevándola de nuevo bajo su vientre. Sus manos temblaban como gelatina.

—No llores. —me apresuré a decirle, besándole la frente. Suspiré aún con mis labios en su piel, y comencé a frotar su vientre con mi mano. —Me gustas… —dije viéndome necesitado, quería decírselo. —Me gustas, y eres hermoso, en verdad…

Jadeé mientras seguía acariciándole. Podía sentir sus dificultades al respirar y sus leves temblores.—Oh Dios… —gemí nuevamente. Me vi yo mismo sorprendido al sentirme completamente empalmado. Producto de unos simples roces que le estaba brindando a Bill.

Y es que saberlo tan frágil entre mis manos, tan vulnerable y dócil, me derretía. Bill era sólo mío. Sabía que su cuerpo se sentía tan ajeno ante mis dedos.

Subí mi mano hasta su pecho y le acaricié sus pezones, los cuales estaban realmente erizados. Jadee en sus labios, expulsando todo mi aire en su suave boca mientras mis manos divagaban en su suave piel.—Quiero tocarte… Tomi… —musitó gimiendo, alzando sus manos y después hundiéndolas en mi pantalón.

Abrí los ojos con impresión al sentir sus frías manos cerca de mi miembro.—L‐lo siento… no quise tocarte ahí… —se disculpó alejando sus inconsistentes manos de ahí.

Las comenzó a dirigir a mi pecho pero le detuve tomándole con cuidado de su frágil muñeca. —Puedes tocar lo que desees de mí… —le susurré confidencial, besándole la mano.

Tragó saliva y sonrió. —¿En verdad?

Asentí guiando su mano de nuevo a mi pantalón. Sentí como abría su mano fría dentro de mi ropa interior, no se atrevía a tocar mi miembro. Su vista se veía nublada, cuajada de lágrimas que probablemente eran de pasión.

Le besé la nariz con cuidado y me fui de nuevo a sus labios. Decidí hacer lo mismo que él, así que bajé mi mano de su pecho a sus pantalones, y me fui directamente a su hombría.—Ohm…. —gimió arqueando su espalda, cubriéndose la boca con las manos.

Sonreí cerrando la palma de mi mano alrededor de su dureza. —¿Te gusta? —susurré cerca de su oído.

Con la otra mano libre le quité las manos de la boca con cariño, y le volví a comer los labios, sin dejar de acariciar su suave miembro.—Me g‐gusta… —dijo la frase envuelta en un dulce gemido. Estaba titubeando, pero sabía que se debía a mis roces.

No podía describir realmente la satisfacción que sentía al estar toqueteando su suave miembro. Sabía que todo esto era nuevo para Bill, pero también lo era para mí.

Jamás había tocado a un hombre como lo estaba haciendo con Bill. Pero es que Bill no era un simple hombre, él era diferente. No sabía cómo clasificarlo.

Guié mi mano más abajo y acaricié sus testículos con cuidado, le tomé de una pierna cuando deslicé más abajo mi mano. —¿Sientes, Bill? —dije entre besos.

Él negó lentamente, enroscando sus brazos en mi cuello, recibiendo mis besos.

Subí un poco más mi mano y le abrí de poco en poco la cremallera de sus vaqueros, y saqué su suave miembro. Dejé de besarle y le vi a los ojos, me sonrió entre sus lágrimas de excitación y le besé la frente, después el tabique de su nariz, luego sus labios, barbilla, y cuando llegué a su cuello le escuché emitir un sonoro gemido.

Era su punto débil.

Sonreí mientras succionaba cachos de la piel de ahí, y metí mis manos bajo su camisa, acariciando sus delicados pezones. No iba a quitarle la ropa, sabía que podría negarse a pesar de estar en completa obscuridad, así que me fui directamente a su miembro y me lo llevé a la boca.

Soltó un pujido gustoso tomándome de las rastas. Escuché que jadeaba con la boca abierta, como si acabara de correr en una maratón.

Lamí un poco el glande, sintiendo el calor emanar de éste chocar contra mis labios. Me sentía un poco extraño haciendo esto, definitivamente jamás lo haría con alguien que no fuera Bill.

Sentí los fríos y delgados dedos de Bill acariciar mi cuello, mientras me jalaba de las rastas un poco conforme mis lamidas.

Su piel sabía a gloria. Cuando sentí sus fluidos brotar le dejé su sexo y me relamí los labios.

Volví a cerrarle la cremallera y rápidamente volví a subir a sus labios. Cuando volví a juntar su mirada con la mía, me encontré con una par de ojos brillosos y una sonrisa perfectamente esculpida.

Rápidamente le acaricié las mejillas mientras apretaba mis ojos.

Mi hombría dolía, y sabía que yo y sólo yo resolverían ese problema.

&

—En verdad quiero saber… —suplicó jalándome la sudadera.

Estaba de pie frente a Bill quien estaba en su silla. Le estaba adaptando un gorrito para el frío, acomodándole unos cabellos rebeldes tras su oreja. Le ladee un poco el gorro unas cuantas veces hasta que quedé conforme.

Desenfoqué mi vista del gorro para verle a los ojos. Me miraba un poco serio y curioso también.—Iremos al súper, por las compras. —le sonreí agachándome, quedando a su misma altura.

Frunció el ceño. —¿Quieres que haga contigo las compras? —masculló haciendo pucheros.

Asentí tomándole la mano. Gustav me había mencionado que a Bill le faltaba socializar, y no se me ocurría manera de hacer eso realidad. Bill sólo hablaba conmigo, y me suponía que eso no era correcto, así que comencé a formular un plan.

En la mañana cuando vi la nevera casi vacía, se me ocurrió eso de llevarle conmigo a hacer las compras. Me pareció perfecta la idea. Sólo esperaba que eso funcionara. Era un buen comienzo, saludar a la gente del súper de vuelta… me pareció fácil.

Cuando llegamos al súper, le ayudé a incorporarse en su silla y entré con él, comenzando a deambular por los pasillos.—¿Cuándo fue la última vez que hiciste esto? —pregunté, intentando conseguir un poco más de información del pelinegro.—No lo recuerdo… —musitó un poco desconcertado. —Pero me gusta hacerlo, contigo.-finalmente sonrió, sujetando la silla con sus largos dedos.

Sonreí ante sus suaves palabras. Bill siempre sabía qué decir para hacerme sentir algo cálido en el pecho, justo encima del corazón.

Seguí empujándolo a paso lento, para que él pudiese estirar su pálido cuello y ver todo alrededor. Varias personas nos saludaron por respeto y nos sonrieron, logrando que Bill interactuara con ellos al regresarles el saludo. Me sentí bien al ver sus mejillas teñirse de un rosado intenso.

Estaba socializando. ¿Qué no? O eso creía.

Estábamos girando por una esquina, dispuestos a penetrar otro pasillo y coger otras cosas cuando vi a Gustav frente a nosotros. Al vernos sonrió enormemente y se ajustó sus gafas.

Venía con su mujer e hijas. La mujer me sonrió en cuanto me miró. —Tom, hola… —se acercó a mí y estrechamos nuestras manos. Le sonreí de vuelta.—Hola Bill. —ella dijo como si ya se conociesen, y le sonrió a mi pelinegro.

Bill estaba tenso, podía sentirlo desde nuestra corta distancia, así que me acerqué más a él y le acaricié la espalda. Sus músculos se relajaron un poco y le sonrió a la mujer de mi amigo. —Un gusto. —estrechó su mano, sonriéndole tímido a Paris, la mujer de Gustav. Una vieja amiga para mí, tan vieja como Gustav.

Me sorprendí al ver el esfuerzo que Bill hizo, creando esa conexión con la mujer. Gustav me sonrió con complot, mientras tomaba a su mujer, pasándole un brazo por la cintura.

Ella le sonrió a Gustav y volvió a ver a Bill. —Soy Paris, y ella son mis hijas… —musitó llamando la atención de las pequeñas mellizas, quienes jugaban alrededor de un anaquel de salsa de tomate bien apilado.

Ellas sonrieron y dando brinquitos se acercaron a nosotros. Al ver a Bill le sonrieron enormemente y se acercaron a él. Bill les sonrió de regreso, y acarició el cabello rubio de la melliza mayor, Andrea.

La otra se acercó a Bill y le acarició el cabello. Ellas tanto como yo, sabíamos que Bill era una preciosura.

La timidez de Bill fue notoria, pero Gustav y su esposa seguramente sabían ya sobre la actitud de Bill, pues no le juzgaban ni nada por el estilo. Lo vi en sus miradas.—Hola. —Bill sonrió, rojo como tomate, mientras la melliza menor le seguía estocando el cabello. —Soy Bill.—Hola. —ellas dijeron a la par.

Dieron un paso hacia atrás y se juntaron y tomaron de la mano. Cuando las miraba en esa postura me era difícil saber cual era cual.—Soy Andrea. —la mayor aclaró, sonriéndole a Bill.

Sabía que ella era Andrea por el simple hecho de ver que era más abierta. La melliza menor era un poco más reservada.—Yo soy Mónica. —musitó viendo a Bill con una pequeña sonrisa, jalándose un poco el vestido naranja que cargaba.

Sonreí con satisfacción al presenciar a Bill charlando con alguien más que no era yo. Me causaba cierta ilusión el hecho de verle así, acoplado al mundo, y no consternado a lo que él merecía tener.—Me alegra verlos por acá. —Gustav finalmente habló, sonriéndonos a Bill y a mí.

Un sentimiento de gusto se apegó a mi pecho. Estaba haciendo lo correcto con Bill. Le sonreí a mi amigo, tomando a Bill de las riendas de la silla. —Ya era hora de que hiciéramos las compras.—De acuerdo, nos vemos después. —Gustav me guiñó un ojo con complot, sonriendo enormemente, feliz de saberme haciéndole a Bill un bien.

El sonido fuerte de un balazo me detuvo el corazón. Sentí la garganta repentinamente seca, y temí lo peor. Tomé con fuerzas la silla de Bill, cerrando los ojos pesadamente.

Cuando los volví a abrir, entré en pánico total.

Volví a verla después de tanto. La vi ahí, frente a nosotros, a una distancia justa, con un arma entre manos. Su sonrisa reflejaba claramente lo trastornada que estaba, y el suelo tintado de sangre me dio un escalofrío.

Tragué saliva, y con manos temblorosas bajé un poco más la mirada.

Cuando vi la escena, me sentí completa e irremediablemente perdido.

Bill se retorció en la silla, arqueando su espalda, poniendo ambas de sus manos en su vientre, justo en donde la bala estaba seguramente incrustada.

Escuché varios gritos alrededor.

Cayó al suelo con los ojos abiertos a tope, sin dejar de tocarse la parte afectada. Se derribó de estómago, sobre sus propios brazos. Empezó a retorcerse, viéndose incapaz de siquiera levantarse. Pude escuchar claramente el golpe de su cabeza contra el piso de baldosa.—¡Oh Dios mío! —escuché un grito más por parte de la mujer de Gustav, quien corrió hacia Bill, se hincó en el piso lleno de sangre, y le tomó de la nuca, sin saber qué hacer.

No supe qué más hacer. Ella seguía observándome, guardándose el arma en el bolsillo de sus vaqueros. La ira me inundó, por lo que corrí hacia ella, sacando mi lado asesino, el cual hasta ahora desconocía.

No me anduve con rodeos, así que al estar demasiado cerca de ella a una velocidad nada prudente, ella me vio con pasmo. Me lancé finalmente sobre ella, y la aplasté con mi peso, deseando destriparla ahí mismo, para que la muy… perra dejara de respirar para siempre.

Me giré a ver hacia donde estaba Bill, y pude ver como mi amigo tomaba a sus hijas y las arrinconaba lejos de la escena. Sentí los puños de Ashley empotrarse contra mis mejillas, por lo que me vi obligado a proporcionarle exactamente lo mismo. Pero decidí no hacerlo.

La tomé de las manos, y la detuve bajo mi cuerpo.

De pronto, todo comenzó a verse en cámara lenta, al menos para mí.

Ella seguía retorciéndose bajo mi cuerpo, totalmente inmovilizada, vulnerable. Cerré los ojos ante todo lo que estaba sucediendo.

Escuché unos pasos estruendosos tras de mí, por lo que giré el rostro.

Un par de personas de blanco se estaban llevando a Bill. Entre ambos lo tomaron en peso y lo colocaron sobre una camilla. Su mano derecha se resbaló por el borde de la camilla, y la palma de su mano cayó, con los dedos entrecerrados.

Las lágrimas comenzaron a salírseme al imaginarme lo peor.

Necesitaba un policía, y pronto, antes de que asesinase a Ashley.

&

—¡Maldito hijo de puta! —gritó frenética, por milésima vez.

Me le quedé viendo. Observé con cuidado como tomaba los barrotes de su celda, hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Los removía como loca, intentando desvanecer esos grotescos cachos de metal que la tenían cautiva.

Estaba llorando frente a ella, sabía que me veía patético pero me era inevitable. Por su jodida culpa Bill, mi Bill estaba rozando la muerte en estos mismos instantes.—¿Por qué le disparaste? —Gustav interrogó fingiendo calma, observando a Ashley con ojo crítico.

Ella dejó de zarandear los barandales, y formó una sonrisa que me dio escalofríos. Quité mi mirada de ella, limpiándome con coraje las lágrimas.—¡Porque se lo tenía merecido! —seguido de eso comenzó a carcajearse.

En su misma celda había una tipa que fumaba un cigarrillo, que reía observando la escena.—Sí que estás loca… —susurré dándole la espalda. Pude apreciar que Gustav se acercó más a la celda por lo que enseguida me giré para ver qué sucedería.—Sólo dime tu jodida razón. —Gustav susurró entre dientes, observando a Ashley con iracundia.

Ella dirigió su mirada hacia mí. —¿Acaso Bill no te dijo por qué intenté matarlo la otra vez, Tomi? —sonrió.

Me sentía cada vez más desconcertado con su actitud. Ahora me daba cuenta de lo psicópata que estaba. En verdad le faltaba un tornillo, y grueso.

Arrugué mi frente sin dejar de observarle severo. —Porque eres una puta psicópata. —me lancé y tomé los barandales con fuerza, haciendo mi rostro quedar cerca del suyo.

Ella al verme así de cerca sonrió ladina y se acercó a mis labios a modo de besarme, pero me hice para atrás antes de tocar sus asquerosos labios.

No podía siquiera imaginar por qué hacía meses me había atrevido a besarlos. —Jaj… —ella rió al ver mi reacción. —Ese Bill es un auténtico hijo de puta… —sonrió. —Ahora hasta me ha quitado tu amor. —susurró juguetona.

Fruncí el entrecejo. —Cállate. —¡Me las va a pagar! —gruñó removiéndose como psicópata, desacomodándose el cabello.—No puede ser posible. —Gustav susurró. Se giró a verme, desconcertado.—Me das asco. —le dije a ella, y cuando escuchó mis rudas palabras su sonrisa se deformó.

Estás loca, eres una psicópata… ahora entiendo por qué Bill te tenía miedo. —reí irónicamente, sonriendo con amargura.

Ella se quedó seria unos momentos, inmóvil. Después volvió a sonreír. —¿De veras crees que ese imbécil es lo que piensas? ¡Pregúntale! ¡Pregúntale lo que hizo hace 5 años! —volvió a carcajearse, y sentí mi estómago revolverse.

Ya no soportaba a esa tipa. Me froté el rostro con una mano.

Bill no sería capaz de haber hecho algo realmente malo, pero me puse a pensar en él, recordando cómo se comportaba cuando le preguntaba por qué Ashley le trataba así.

Alcé el entrecejo, acercándome más a ella, entre los barandales. —¿Qué se supone que hizo? —susurré viéndole fijamente a los ojos.

Ella soltó una risita.—¿Qué hizo para que le dieras de comer sólo una vez al día? ¿Para qué no le dejaras salir?

¿Para qué le quemaras los brazos? ¿Eh?

Su sonrisa se deformó. —Él se lo merecía. Dime, ¿se fue a quejar contigo, el muy hijo de puta?—Bill ni siquiera se queja, así que cierra la puta boca. —susurré entre dientes.

—Me parece que sí. Nunca estaba conforme con lo que yo le daba, pero solo podía darle lo que él se merecía. —susurró seria de pronto.

Suspiré y bajé la mirada. —Sólo dime qué hizo para merecer todo eso. —volví a alzar mi mirada, ésta vez llena de lágrimas.

Ella hizo un puchero, fingiendo lástima. —Es un asesino, Tom. Has estado viviendo con un asesino…

Mi corazón dio un vuelco y le di la espalda. —No lo creo. —espeté firme, sin siquiera girarme a verla.—¡El mató a mis padres! —finalmente estalló.

Escuché cómo rompía en llanto, por lo que me giré a verla. —¿Qué?

Sentí la mano de Gustav en mi hombro. —Tom, ella no está cuerda, te lo puedo asegurar…

le escuché susurrar. —Ella puede estar mintiendo.—¡Cierra la boca! —expulsó viendo a Gustav de manera asesina. —¡Yo no estoy loca! —se carcajeó volviendo a zarandear los tubos. —¡Yo sólo cuidé a ese puto bastardo! ¡Ese paralítico inútil!

Apreté los ojos. Ya no podía seguir escuchándola hablar así de Bill, cuando él no se lo merecía.—Ya no quiero estar aquí. —suspiré, dirigiéndome a Gustav.—¡Me las vas a pagar Tom! ¡Y ese Bill también! ¡Lo tendré cautivo otros 5 años! ¡Lo mataré yo misma! ¡Le sacaré las malditas tripas!—siguió riendo como maniaca, jalando los barandales de la celda.

Cuando escuché eso, me dieron ganas de vomitar. Un malestar pesado se agolpó en mi pecho. Todo me dio vueltas y las lágrimas volvieron a azotarme sin clemencia.

No soporté escuchar eso. Ashley sí que estaba fuera de órbita.

Me giré a ver a Gustav con lágrimas en los ojos, y me encontré con su rostro, reflejando una expresión de angustia y asombro.

Bill había estado cautivo 5 años.—Vámonos. —el rubio espetó con firmeza, tomándome del hombro, evitando que yo siguiera escuchando más.

&

Me encontraba en el hospital, en donde Bill estaba internado.

Habían podido salvarle la vida, y yo me sentía verdaderamente agradecido con cada uno de los médicos.

El problema estaba en que aún no despertaba.

Me acerqué a él en la camilla. —Vas a estar a salvo. —musité reprimiendo un gemido de agonía. —Ella ya no nos va a molestar. —sonreí amargamente.

Era cierto. Ésta vez levanté cargos contra ella, de igual manera las cámaras del súper lo habían captado todo, y se tendría que ir a prisión automáticamente lo hiciera oh no.

Empuñé los ojos, evitando que la imagen de Bill se marcara más en mi mente.

Se veía realmente roto en esa camilla, respirando a través de un tubo. Seguía estando delgado y pálido como la primera vez que lo vi en un hospital.

Nada había cambiado. Sólo la bala hacía diferencia ahora Tragué saliva, acariciando el dorso de su mano. En eso escuché unos pasos atrás de mí.

Enseguida me giré y pude apreciar a Gustav.

Me sonrió viendo a Bill. —¿Cómo va? —preguntó una vez ya junto a mí.

Ambos nos quedamos petrificados en la imagen de Bill.—Dicen que probablemente estará despertando mañana, o pasado… —le vi con angustia.

Él suspiró y me tomó del hombro. —Lo siento.

Busqué su mirada y le sonreí.—Necesito decirte algo. —susurró, empujándose las gafas por el tabique de su nariz.—¿Sobre qué? —musité sin prestarle mucha atención, pues volví a clavar mi mirada en Bill.—Vamos. —fue lo último que dijo mientras estábamos con Bill, antes de jalarme lejos del hospital.

Llegamos a su casa, la cual estaba vacía.—¿Dónde están los demás? —pregunté viendo a todo alrededor, recordando cada detalle de la casa de mi amigo. Su esposa e hijas no estaban cerca, ni se escuchaban por alguna parte de la casa.

La verdad es que tenía bastante de no haber vuelto a venir. Seguimos caminando por el pasillo hasta llegar al salón, enseguida me senté sin esperar a que él me invitara a hacerlo.—Salieron por ahí. —dijo sin mucha importancia. Se quitó el saco y lo lanzó lejos. Segundos después miré cómo se dirigía a mí y se sentaba a mi lado.

No me había percatado de que traía un folder en manos. Su grosor era evidente. Comencé a sentirme curioso.

Suspiró una vez que ya se había sentado a mi lado y abrió el folder todo lo que pudo, permitiéndome ver.

Pude leer en el título el nombre completo de Ashley. Me dio un escalofrío.—Estuve investigando… —susurró acomodándose las gafas.

Parpadee hacia él, intentando averiguar qué demonios se traía entre manos.—Me pasaron el expediente sobre Ashley en el reclusorio. —vi como su nuez se movía, y su voz temblaba al nombrarla.

Fruncí el entrecejo, y me acerqué más a mi amigo cuando vi que cambiaba de hoja.—Al parecer, uhm… ella sufre un severo trauma. —susurró mostrándome la hoja.

Observé la hoja, la cual estaba repleta de palabras que yo sinceramente no entendía.

—No está cuerda Tom. —me vio fijamente a los ojos.—Eso ya lo sabía. —dije firme.—Me refiero a que ella no está lo suficientemente cuerda, como para cuidar de alguien como Bill, quien requiere cuidados especiales.

Tragué saliva y agaché la mirada. —Lo sé.—Por eso investigué más, busque mucho sobre Bill. —escuché que cambiaba de hoja, sin embargo no alcé la mirada para ver qué leía.

Me sentía cada vez más y más agobiado.—En el año de 2005 se registró un accidente por la autopista que está a la salida de Leipzig…

Mis sentidos despertaron de súbito y alcé la mirada, viéndole directamente a los ojos.—Bill estaba ahí. —musitó apagado. —Bill iba conduciendo. —agregó, causándome un escalofrío que me recorrió toda la espina dorsal.

Mi corazón comenzó a latir a paso apresurado, como si me estuviesen correteando. Vi a Gustav con los ojos como huevos. —Dime más. —espeté intrigado.—Los padres de Bill también iban.

Suspiré ruidosamente, cerrando los ojos, apretándolos de hecho. Recargué mi frente en la palma de mis manos, apoyando mis codos en mi regazo.—Bill pudo sobrevivir, pero desgraciadamente perdió la sensibilidad en sus piernas. Él quedó a cargo de Ashley, ya que era menor de edad.—¡¿Cómo mierda permitieron que se quedara con ella?! —exploté viendo con furia a Gustav, quien dio un respingo en el sofá ante mi explosión emocional.

Gustav carraspeó nervioso, y se volvió a empujar las gafas. —Porque la ley no sabía lo que Ashley padece, Tom. Bill tampoco lo sabe. Nadie lo sabía hasta hoy.

Seguía agitado, viendo a Gustav fijamente a los ojos. No podía creerlo.

—Ashley le culpa porque Bill iba conduciendo, Tom. Puedo jurar que ella lo ha martirizado todos y cada uno de los días de su existencia, recriminándole ese hecho. —dejó a un lado el folder, y me tomó de los hombros. —Y ahora Bill cree que es un asesino. Le ha lavado el cerebro.

Asentí frenéticamente, sintiendo mis ojos arder. Iba a llorar nuevamente.

Todo era intensamente injusto.

Y sabía que si volvía a ver a Ashley, acabaría por destriparla.—Él no se merece nada de esto… —susurré entre dientes, tomando con fuerzas a Gustav de los hombros. —Es tan injusto…

Gustav me rodeó con sus brazos. Me sorprendí bastante, pero no rechisté. Recibí con gusto su abrazo amistoso, porque en verdad lo necesitaba.—Desahógate… —musitó dándome palmadas en la espalda.

Empuñé con más fuerza su torso, apretando los ojos. Me sentía verdaderamente cursi, pero en esos instantes me importó una mierda.—Ella debería estar muerta…—Pagará por lo que hizo, Tom. Tranquilízate. —me alejó de sus brazos y me sonrió con casi ternura.

Sonreí entre mis lágrimas, limpiándomelas con mis propias manos.—Bill va a estar bien. Tendrá terapia conmigo, él va a salir adelante. —sonrió limpiándose rápidamente una lágrima que amenazaba con salírsele. Reí al verle casi llorar. Me resultaba muy gracioso, jamás lo había visto así.

Continúa…

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por admin

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Un comentario en «Inválido 5»

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