
Administración: Les aviso que el fic termina la próxima semana (pone cara de pánico)
Fic Toll de CookieJar
«Inválido» Capítulo 4

By Bill
Gustav era un buen hombre. Y digo buen hombre porque su rostro proclamaba cuan maduro y simpático era.
Tom había dejado al tipo entrar, y yo no pude decir nada al respecto porque simplemente no tenía autoridad. La casa era de Tom, y yo respetaría sus decisiones ante el hecho de quién podía entrar y quién no.
No es que me haya molestado Gustav, es sólo que me daba un poco miedo. No sabía qué pretendía conmigo.—Bien Bill… —Gustav suspiró sentándose frente a mí.
El tipo de lentes, Gustav, había pedido unos minutos para hablar conmigo. El miedo me volvió a invadir cuando Tom asintió y se alejó. El rubio no parecía querer asesinarme, pero uno nunca sabe…—¿Cómo te sientes, ahora mismo? —me sonrió mostrándome sus dientes.
Tomé mi silla por instinto y comencé a temblequear.—No tengas miedo. —volvió a expulsar al verme. —No te voy a hacer daño.—¿N‐no? —titubee sintiéndome patético.
Negó febrilmente sin dejar de verme a los ojos. —Mírame, no me ignores. No te voy a lastimar.
Le miré a los ojos, y sentí mi frente relajarse. —Hola. —le sonreí minúsculamente.—Hola Bill. ¿Cómo te sientes?
Vi de lado, ya no tenía tanto miedo, pero sí sentía nervios aún. —Nervioso. —logré espetar sin temblequear.—¿Por qué? —interrogó con pereza, agachándose y sacándose algo del maletín.
Era una hoja y una pluma.—Uhm…—Necesito que respondas a unas preguntas, ¿te parece? Todo lo que digamos aquí, nadie más lo va a saber, ¿de acuerdo? Sólo tú y yo. Ni siquiera Tom.
Asentí lentamente, observando sus manos tomando la pluma con detención. Esas palabras me hicieron entrar un poco en confianza. Poseía una calidez al hablar que me aguadaba el corazón.—¿Qué edad tienes?—19…—¿Tu nombre completo?—Bill K‐Kaulitz… —el temblequeo volvió a mí.
No sabía si era correcto seguir respondiendo. Podría saber quién era y eso me daba pánico.—¿Novia?
Negué exasperadamente.—¿Novio? —espetó con toda calma, y me sonrojé hasta las orejas.
—N‐no…—¿Has tenido relaciones sexuales? —interrogó como si fuera algo jodidamente normal
preguntar por tu virginidad.
Mis mejillas comenzaron a arder, pero finalmente negué.
Y así se nos fue una parte de la tarde con preguntas.
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By Tom
Estaba sentado del otro lado del salón, en donde no estaba Gustav ni Bill a mi alcance.
Estaba desesperado, no es que temiera a lo que pudiera suceder pero me angustiaba mucho saber que Bill tal vez podría sentirse presionado. Pero opté por creer que Gustav estaba siendo cuidadoso. Tenía que serlo.
Estaba viendo la punta sucia de mi zapato cuando escuché unos pasos acercarse a mí. Por obviedad era Gustav, así que aún sin verle me puse de pie y suspiré.
Se acercó a mí. Su rostro reflejaba amargura y pánico, como si Bill le hubiese contagiado eso.—¿Qué pasó? —pregunté con desesperación.
Gustav infló los mofletes y se quitó las gafas. Traía un expediente entre manos, me supuse que era el de Bill.—Tom… —musitó bajando la mirada, doblando sus gafas. —Bill no está bien. —finalmente alzó la mirada y me miró a los ojos.
Viré los ojos. —No me digas, ¡no lo sabía! —intenté burlarme pero me vio con una seriedad que jamás le había visto.—Me refiero psicológicamente.
Tragué saliva muy grueso y parpadee un par de veces.—No me quiso decir mucho, pero su actitud y lo poco que me contó me deja ver muy en claro que algo grave le sucedió hace tiempo. —me tomó del hombro mientras le escuchaba atentamente. —Bill no es inválido por alguna enfermedad congénita.
Fruncí el ceño. —¿Eso qué quiere decir?—No nació así.
Al oír eso un tumor tiñó mi garganta.—Algo grave le pasó, muy grave. —su mirada se obscureció. —Y no me quiere decir.—¿Qué va a pasar con él? —pregunté ansioso.—Trabajaré con él, dijiste que querías saber quién era. —sonrió minúsculamente. —Tendré una siguiente sesión con él para la próxima semana.
Mi corazón palpitó de gusto al oír eso. Bill recibiría la atención que merecía.—¿Vendrás o…—Yo vendré. —me dio un par de palmaditas en los hombros.
Le sonreí agradecido.—Aparentemente no tiene familia, sólo ella, aunque no me lo dijo. —musitó guardándose unos papeles en el maletín. —Así que no lo dejes solo Tom. No te atrevas.
Tragué saliva. —¿Qué hay de mi trabajo? No puedo faltar. —le vi con angustia.—Llévalo contigo. —dijo con facilidad. —No lo dejes solo. —me sonrió. —Y quiero que mañana vayan ambos a cenar a mi casa. Ya le dije, y aceptó.—¿Eh? —le vi realmente sorprendido. ¿Bill había aceptado? Pero, ¿cómo?
Gustav asintió viéndome burlesco. —Le falta socializar, así que te espero mañana a las ocho.
Fue eso lo último que dijo antes de salir por la puerta, huyendo de mí antes de que le pudiera reclamar algo.
Suspiré y me giré. Caminé hasta la otra parte del salón y lo vi ahí, tranquilo en su silla como siempre. Me acerqué a él y le acaricié el cuello ya que estaba de espaldas.
Al sentirme se giró enseguida y me sonrió con temor. —Es un b‐buen tipo. —finalmente dijo.
Asentí sin verle. —Lo es.
Gustav nos había invitado a su casa a cenar. Yo no sabía si eso era buena idea, pero después de todo Gustav era psicólogo y sabía lo que hacía. Iríamos sólo a cenar, con su esposa y sus hijas mellizas.
Yo había ido un par de veces, y resultaba encantadora la reunión, pero ésta vez Bill iría conmigo y eso podría resultar totalmente distinto.—Necesitarás ropa para la cena. —dije acomodándole el cabello de lado, dejando su blanquecina nuca al descubierto. —Vayamos de compras.
Cuando miré su enorme sonrisa, sentí algo cálido entre mis tripas.
&
Nos encontrábamos en el centro comercial.
Bill se encontraba realmente emocionado al respecto. Creí que sería un poco difícil lograr hacer que se sintiera bien fuera de casa, pero las cosas resultaron ser mejores de lo que creí.
Podía ser libre aquí, entre las prendas. Observaba toda la ropa, de todos los colores y tamaños. Tomaba unos ganchos y otros y los miraba detenidamente.
Sonreí con autosuficiencia.
Al final del día, terminé por comprarle varias mudas y zapatos. Me veía con regocijo, agradecido conmigo, agradecido con todo.
Le ayudé a subir al auto y después guardé la silla en la cajuela. Me observaba con cuidado, siempre que me giraba a verle me topaba con sus profundos ojos marrones, y terminaba por sonreírme.—Gracias por todo, Tom. —espetó sonriendo, viendo hacia el frente.
Giré por una esquina y sonreí de lado. —No es por nada, Bill. —pisé el acelerador y pude sentir como se estremecía.
Se tomó con fuerzas del sillón observando la pista con miedo.—¿Pasa algo?—Vas m‐muy rápido. —comenzó a titubear y eso no me agradaba.
Reduje la velocidad mientras pensaba y pensaba. ¿Por qué el miedo?
No había llegado ni a 60.
Sus manos soltaron el sillón y se mordió el labio, se recargó en el sillón, mostrándome su pálido cuello.
Le observé de reojo, cerró los ojos y respiró con dificultad.
Decidí orillarme. Cuando detuve el coche abrió mucho los ojos y me miró confundido.
¿Por qué paras? —me vio con una mueca que no supe descifrar. —Tienes miedo.
Esquivó mi mirada y se sonrojó.
—Tienes miedo y no sé por qué. —espeté verdaderamente decepcionado.
Volvió a girarse a mí rápidamente al escuchar mi tono de voz. Abrió mucho los ojos como si mi rostro fuera monstruoso. —Y‐yo…—No titubees por favor. —le supliqué con la mirada. —No es gracioso.
Vi su pequeña nuez moverse. Asintió sin dejar de verme.—Tranquilo… —susurré desde mi asiento, sonriéndole cálido.
Él empuñó los ojos y dejó salir un suspiro.
Alargué una mano y le acaricié la mejilla. —Estás helado. —fruncí el ceño.
Corrí a encender la calefacción. Puse mis nudillos frente a uno de los ventiladores, sintiendo el aire tibio emanar de ahí.
Sentí como su sonrisa se clavaba en mi espalda. —¿Mejor? —me giré a verle, y asintió efusivamente.
Se tomó de los hombros, tratando de darse calor propio. —Tenemos que irnos. —encendí nuevamente el motor, sin dejar de verle.
Aceleré. Conduje hasta casa a paso lento.
&
—¿En verdad no quieres que te ayude? —pregunté recargado en la puerta de mi habitación.
Había llegado el día de la dichosa cena en casa de Gustav. Le había dicho a Bill con anticipación que se preparara para salir. Yo ya me encontraba listo, después de todo no pretendía ir muy elegante.
Así que me encontraba recargado en la puerta de mi antigua recámara, donde Bill llevaba alrededor de una hora, arreglándose. Por su demora creí que tal vez necesitaba una mano, así que me acerqué a la puerta.—No, gracias. —se le escuchó decir.
Vi mi reloj de mano. Se nos hacía tarde. —Se hace tarde, Bill. —musité con tranquilidad. No quería que se apresurara sólo por una cena.
Escuché cómo se dirigía a la puerta, por lo que me quité de ella de inmediato. Tomé la perilla y la giré para abrirla, y me encontré con él.
Se veía distinto. Debía admitir que muy lindo. Tenía un estilo muy poco usual que me pareció único. Le quedaba muy bien la ropa que había comprado el día en que fuimos al centro comercial, y debo admitir que el maquillaje le sentaba bastante bien.
Poco usual para ser un hombre. Aunque su rostro dejaba en dudas si era un varón.
Bill poseía una belleza extraña. Ahora me daba cuenta.—Te ves muy bien. —dije con un leve sonrojo. Debía admitirlo, y dárselo a saber.
Me sonrió tímido. —Gracias. —agachó la mirada.—Bueno, debemos irnos. —dije para después tomarlo de la silla y comenzar a andar hacia la cochera.
Cuando estuvimos cerca del coche, abrí la puerta de éste y cargué a Bill en brazos. Podía sentir la vergüenza del pelinegro, pero debía de hacerlo si queríamos llegar a la cena. Al fin de cuentas, no era algo que me molestara.
—Tom… —le escuché decir con voz confusa, una vez que lo acomodé en el asiento.
Alcé la mirada antes de ponerle el cinturón de seguridad, y le miré a los ojos. Sus ojos se veían confusos y casi nublados. Opacos y vacíos.
Eso era algo inhumano en él. Sus ojos solían estar cuajados de brillo, o por lo menos de lágrimas. Pero jamás vacíos.
Cuando cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás sentí una punzada realmente desagradable en el corazón.
Rápidamente le tomé de la nuca y sostuve su cabeza en la palma de mi mano. —¿Bill?
pregunté abriendo los ojos como platos, con un latido feroz en mi órgano vital.
Le tomé de la mandíbula con mi otra mano y le zarandee con cuidado el rostro, pero simplemente no abrió los ojos ni expulsó palabra alguna. Comencé a asustarme, así que tomé su muñeca helada y le revisé el pulso.
Suspiré fuertemente al sentir los débiles latidos de su corazón. Aparentemente sólo se había desmayado.
Lo senté rápidamente en la silla y corrí al asiento del piloto, dispuesto a llevarlo al hospital.
Después de pasarme un par de semáforos en rojo y rebasar en raya continua, llegué al hospital en donde se encontraba mi doctor de cabecera.
Sería un peligro ir ahí, porque ella podría encontrar rastro de nosotros, pero en esos momentos le resté importancia a eso. Bill podría morirse, y yo no lo iba a permitir.
Entré con él en brazos, corriendo por el pasillo.
Cuando me topé con una enfermera, ésta enseguida me atendió, pues vio el cuerpo de Bill moribundo entre mis brazos.
Sólo deseaba en esos instantes que todo saliera bien.
Cuando se llevaron a Bill en una camilla, me vi obligado a limitarme a hacer tiempo en la sala de espera. Deseaba con todas mis fuerzas que Bill estuviera bien, que saliera de aquí sin que me diesen la noticia de que algo grave le ocurría a él y a su organismo.
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By Bill
Cuando abrí los ojos, me encontraba recostado en una cama que no era la de Tom. Las paredes eran tan blancas que dolía mirarlas, y no había muebles. Intenté incorporarme un poco para ver más a mí alrededor, pero sentí un pinchazo en una de mis muñecas.
Giré los ojos hacia ese punto de mi cuerpo que dolía y me encontré con un tubo encajado en mi piel. —Oh D‐Dios… —titubee como de costumbre, toqueteándome el tubo que tenía incrustado en mi carne.—No hagas eso. —se escuchó esa voz grave que me daba escalofríos.
Era Tom. Me giré a verle, se encontraba parado al pie de la cama en la que me encontraba.
Dio un par de pasos largos hacia mí y me obligó a recostarme de nuevo. —No te esfuerces mucho. —su voz sonaba extrañamente apagada, como si acabase de recibir una terrible noticia.
No sonaba jocosa como cuando intentaba hacerme reír, ni curiosa como cuando me preguntaba si quería más de comer. Sonaba apagada, sin vida.—¿Qué pasó? —pregunté sobándome la cabeza, ya que ésta me punzaba.
Se sentó junto a mí en la camilla y me observó con esos ojos opacos.
Sentí su mano colarse sobre la cobija que traía encima mi cuerpo y me tomó de la otra mano en la que no tenía nada incrustado. Sonrió con amargura. —Te desmayaste. Tienes una fuerte anemia. —musitaba acariciando el dorso de mi mano. —Necesitas comer más.
Abrí mucho los ojos. —¿Anemia?
Asintió sin verme, como si le diera vergüenza aceptarlo.—Quiero irme, Tom. —musité comenzando a desesperarme.
El hecho de saberme atado a ese tubo que me dolía hasta las venas, me comenzó a exasperar. Quería irme lejos de ahí lo antes posible.
Era el colmo para mí; inválido y atado a un tubo.
Miré como negaba lentamente. —Me temo a que tendremos que quedarnos aquí un rato más. Gustav llamó para preguntar por qué no aparecimos… —su mirada se obscureció.—Quiero irme… —musité con desesperación.
—No podemos. —su rostro se contrajo por uno de dolor. —¿Sabes? —preguntó llamando mi atención. —Estás muy enfermo Bill, y no sé por qué… estás muy débil.
Eso no lo podía negar. Después de haber llegado a casa de mi hermana, al mes de estar viviendo con ella comencé a sentirme muy débil. El cabello se me caía a mechones y las ojeras comenzaron a pintárseme. Pero después de 5 años… se me hizo normal vivir con esas cosas.—¿Por qué Bill? Estás muy delgado.
Tragué saliva dejando caer mi cabeza a la almohada de la cama, y suspiré. —Es por la comida, eso es todo… ella sólo… ella decía que con una vez al día podría sobrevivir… finalmente confesé, en un intento de tranquilizarle.
Me arrepentí enseguida al ver su rostro tensarse y observarme con cautela.
Tom me observó detenidamente, con los ojos abiertos como huevos. Tomó con fuerzas mi mano, descargando su rabia con ella.
Sus ojos se acumularon de lágrimas, pese a eso seguían tan abiertos como platos, sin pestañear.
Cuando gemí por su fuerza, me soltó de golpe y finalmente las lágrimas se resbalaron por sus mejillas. No sollozó, no gimió ni nada. Se limpió con rapidez las lágrimas y evitó mi mirada, y me supuse que fue por pudor.
—No llores. —sonreí un poco, obligándolo a verme a los ojos.
Él estaba llorando por mí, era un hecho que me había logrado palpar el lado más profundo y sensible del corazón. Le acaricié la mejilla con mi mano temblorosa y él se apresuró a tomarla.
Comenzó a sobarme la mano, sus dulces caricias me gustaban. Era cuidadoso conmigo, como nadie lo había sido después de tanto.—Te picaron como 8 veces, tienes las venas colapsadas, ¿sabías? —musitó viendo a mi otro brazo, el cual tenía el tubo encajado.
Pestañee observando mi propia mano. Ese dato era nuevo.—Por eso el suero. —volvió a decir, tomando la bolsa que estaba colgada al perchero junto a mí.—¿Estaré bien? —pregunté con la mirada cansada, sintiendo los labios resecos.
Él asintió. —Comiendo balanceadamente. —me acarició una mejilla.
No pude evitar sonreír como loco ante su toque. Tom se había convertido en alguien muy especial para mí.
Me relamí los labios ante su atenta mirada. Me estaba observando.—Quiero hacer algo… —musitó nervioso, subiendo un poco a mí. Abrí los ojos ante su cercanía. —No te muevas… —susurró cerca de mi rostro, demasiado.
Decidí confiar en él, así que cerré los ojos por instinto, y enseguida pude sentir que ya acariciaba mis labios con los suyos.
Abrí los ojos ante el contacto. Él los tenía cerrados, así que se me ocurrió imitarle. Sentí ambas de sus manos en mis mejillas, tomándome con cuidado.
Moví mis labios con torpeza, pero después de unos segundos intenté llevarle el ritmo, así que rápidamente nos acoplamos y fundamos un húmedo beso.
Semi abrí la boca por instinto y entrecerré los ojos, y nuevamente me atacó con sus dulces labios. Me mordió con cuidado y me lamió el labio inferior con su suave lengua.
Fue como ir y regresar al paraíso en una milésima de segundo.
Cuando se separó de mí, sólo un poco, abrió los ojos y se me quedó viendo. Yo le imité, abrí los ojos como huevos ante lo que acabábamos de hacer.
Sentía mi estómago hormiguear, y por algún motivo que desconocí sonreí.
El momento se relajó cuando él también me sonrió. Acarició por última vez mis mejillas antes de volver a sentarse junto a mí.
Agachó la mirada. —No sé quien seas.
Tragué saliva con angustia. Había metido la pata hasta el fondo.—Y sé que no me lo dirás. —sonrió con una mueca indescifrable.
Finalmente se puso de pie y salió de ahí.
Me sentí solo. Pese a eso no le llamé y reprimí mis ganas de sollozar. Yo lo merecía, merecía todo esto, pero Tom no.
Me sentí culpable.
&
—Bien… —le oí susurrar.
Tenía un frasco entre sus manos que me comenzó a intimidar. Sabía que se trataba de medicina, y que seguramente me haría tragarla.
Me daba miedo tomar eso, no quería hacerlo.
Ashley me las daba cuando quería deshacerse de mí por unas horas. Con ellas caía dormido como piedra y despertaba después de un largo tiempo. Prefería esconderme, pero jamás tomarlas.—Debes tomarte dos cada 8 horas. —le escuché susurrar.
Estaba recostado en su cama después de haber salido del hospital. Finalmente había logrado salir de ahí, y eso me quitó el pesar de encima, pero ese mismo pesar regresó cuando vi a Tom con ese extraño frasco.
Se acercó a mí con un vaso de agua.
Me cubrí la boca con mis dos manos, abriendo los ojos lo más que pude. Negué con la cabeza frenéticamente, y su expresión se tensó.—¿Qué pasa? —se sentó por la orilla de la cama, junto a mis piernas inmóviles.
No iba a responderle, porque eso implicaría abrir la boca, y si la abría me haría tragar las pastillas. Yo no quería tomarlas, sabía que Tom no me haría daño, pero de cualquier forma no quería tomarlas.
Siempre hubo algo que me hacía desconfiar de la medicina.
Sentí los ojos húmedos, y cuando Tom dejó las pastillas en la mesita de noche, suspiré aún con las manos en la boca. Descansé mis hombros y parpadee finalmente, haciendo las lágrimas resbalar.—No las tomarás si no quieres. —sonrió verdaderamente franco.
Quité mis manos de mi boca poco a poco y parpadee hacia él un par de veces.—No quiero, Tom.—Tranquilo… —me acarició meloso una mejilla. —No habrá pastillas.
Le sonreí en agradecimiento con el corazón latiendo a paso apresurado. Cuando Tom me veía y me tocaba me ponía así, y no sabía si era algo bueno, pero el cosquilleo en mi estómago se sentía verdaderamente agradable.—En verdad me gustaría saber más de ti. —volvió a posicionar sus ojos sobre los míos, llenos de angustia. —No sé quién eres, y eso me frustra. —musitó entre dientes, reprimiendo las ganas de llorar.
No me gustaba cuando Tom se ponía así. En el hospital lloró, y verlo me causó una sensación de asco. Asco a mí mismo, claro.
—No llores. —le vi en un intento de sonreír, y me recargué en la cabecera de la cama tomándole una mano con las mías.—Sabes que te quiero… —mi corazón dio un latido que retumbó más fuerte que los demás, justamente cuando dijo eso.—¿Es cierto? ¿Me quieres? ¿No es mentira? —mis ojos volvieron a cuajarse, sus palabras me dolían a pesar de que no me estaba diciendo nada hiriente. Esas palabras quemaban, y me crearon un tumor caliente en la garganta. Iba a vomitar.
Se apresuró a mí y me tomó del rostro con una mano y volvió a besarme. Gemí ruidosamente cuando sus labios volvieron a crear ese contacto tan placentero con los míos, pues me sentía tan débil y sensible que inclusive un beso me dolía.
Sin embargo, Tom prosiguió besándome. Sus besos eran fieros, se estaba llevando cachos de mi respiración con cada uno de ellos, dejándome sin aliento.
Mis manos temblorosas viajaron a su cadera, y sin querer levanté un poco su camisa.
Escuché su jadeo entre los besos. Fue un simple roce que le hizo gemir.
Se me hizo tan desconocido, e insólito también.—No me mientas. —susurré en su rostro cuando se detuvo a verme a los ojos, de los cuales me salían borbolleos de lágrimas negras.—Te quiero, Bill. No es mentira. —apretó los ojos y jadeó.
Le acaricié una mejilla.
Abrió los ojos y frotó su rostro contra mi mano, casi ronroneando de gusto. —Eres tan dulce… —le oí susurrar. —tan frágil, tan bello… —surcó una de mis mejillas con una mano temblorosa. Como si temiera quebrarme.
Mi corazón volvió a latir apresurado, y daba vuelcos conforme sus fieras palabras que eran cosquilleos para mi corazón.
Reí sin poderlo evitar. Hacía mucho que no reía. Me apreté a él como koala del pecho y escondí mi faz en la curva de su cuello.
Su cuerpo se relajó sobre el mío y sentí cómo besaba mi cabeza. —Me gusta tu risa.
—Y tú me gustas a mí… —confesé tras unos segundos, ya que sentía que era algo que debía saber.
Era cierto después de todo. Tom me gustaba, me encantaba, y mucho más allá de la misma palabra. Él no me lastimaba, me cuidaba y me protegía. Simplemente él era una aventura que yo quería vivir. Era un tornado de emociones que me hacían sentir vivo.—Ya es muy tarde. —insinuó poniéndose de pie, se encaminó junto a la puerta, y creí que se iría para dejarme dormir, pero en vez de eso apagó la luz.
No le temí a la obscuridad, pues la luna dejaba que un poco de su luz se colara a la recámara por la ventana que siempre estaba abierta.
Escuché como arrastraba los pies por la alfombra, y al instante sentí su cuerpo hundirse junto a mí.
Sonreí sin saber por qué, y en menos de lo que creí él ya estaba abrazándome con delicadeza.—Estás tan frío… —se quejó sin sonar grosero. De hecho sonaba gracioso.
Sentí su enorme mano en mi vientre, sobre mi camisa y me acarició sin intención de desnudarme. Tragué saliva, ya que se me comenzó a acumular en la garganta. Comenzaba a rellenarme de nervios.—La obscuridad es bella contigo. —musité después de unos segundos, evitando tragar saliva.—¿Lo es? —preguntó con voz curiosa.
Me tomó de la nuca y obligó a recargarme en su pecho. Abrí mucho los ojos al sentir mi cabeza en ese lugar tan cálido, sólo entonces me di cuenta de que no llevaba nada encima puesto en el torso.
Volví a tragar saliva y tomé una bocanada de aire de un tamaño considerable y sonreí. Pasé un brazo por su vientre en silencio.
Sentía mucha curiosidad de su cuerpo. Era tosco, y fornido a comparación del mío. Su piel estaba bronceada, ya que el sol le acariciaba mucho. Era apuesto y su voz me agitaba.
Con la yema de mis dedos toqué su tibio vientre. Estaba a una temperatura que me hacía sentir tranquilo. —Sólo contigo lo es… —expulsé casi inaudible, con la voz repentinamente cansada y ronca.
Me tomó de un muslo con su mano caliente, y la resbaló por mi pierna y la levantó, acomodándole sobre él. No la sentí, pero sí pude ver. Finalmente me atrapó más, creando un ovillo con su cuerpo y el mío.
Su nariz quedó cerca de la mía, y pude sentir su tibio aliento emanando de sus labios. —La obscuridad no es mala, Bill. —dijo firme.
Yo no sabía si eso era cierto. Ya no me daba miedo la obscuridad, pero seguía pensando que no era buena. Me traía oscuros recuerdos.—¿Por qué? —me atreví a preguntarle tras unos segundos.
Suspiró y se acercó más a mí, haciendo su suave nariz tocar la mía por un segundo. —Ayuda a dormir…
Eso fue lo último que dijo esa noche. A decir verdad, eso me ayudó bastante a cerrar los ojos y caer dormido.
La obscuridad no era mala, a fin de cuentas. Tom tenía razón.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a comentar 😉
Bill tendrá que hablar y ver que paso hace 5 años, talvez su invalidez también sea reversible
wey, pues qué tanto le pasó 😭
nombre, yo ni soy hombre, pero me siento uno teniendo mi despertar gay con cada cosa que hace tom