Inválido 3

Fic Toll de CookieJar

«Inválido» Capítulo 3

By Bill

Cuando vi a Tom salir por la puerta, di un profundo respiro, mientras sonreía como loco, observando a mí alrededor.

La luz entraba por todas las ventanas, sin cortinas bloqueando los finos rayos del sol que tanto me gustaban. Sabía que había perdido mi silla, pero eso no interrumpía mi felicidad.

Había salido de casa después de tanto, y había conocido a un chico muy lindo llamado Tom que me cuidaba y veía por mí. Me avergonzaba mucho porque él no sabía lo que yo en realidad era.

Mi sonrisa rápidamente se desvaneció al recordar aquel atroz antecedente que había cometido hace 5 años.

Respiré profundamente un par de veces, cerrando los ojos, evitando llorar. No quería llorar. No quería hacerlo.

Una parte de mí se sentía gozosa y feliz por salir, ver el sol, sentirlo, casi acariciarlo, pero otra… me hacía sentir miserable, porque sabía que Tom en cuanto supiera lo que yo había hecho, me odiaría, y tal vez me regresaría con mi hermana, Ashley.

Yo no quería regresar con ella. Ella me daba miedo. Sabía que ella podía hacerme todo lo que quisiera, pero eso no quitaba que el miedo no me viniera.

Parpadee un par de veces, arrastrándome por el suelo. Era muy ágil en eso debido a mi discapacidad de ya hacía años, y sabía que podría cruzar la puerta, la cual estaba abierta.

Pero también sabía que con Tom no debía huir. Con él me sentía seguro.

&

Pasaron alrededor de 3 horas. Cuando Tom regresó, entró con una sonrisa de oreja a oreja, con algo entre sus manos.

Mis ojos se abrieron enormemente al percatarme de que era una silla de ruedas doblada.

Hubiese corrido hacia él si hubiese podido, pero sólo me vi capaz de sonreír mientras sentía los ojos acumulárseme de lágrimas. —Hola… —saludó sin dejar de verme, deshaciéndose de su gorrito. Lo colocó en el perchero y casi corrió hacia mí.

Desdobló la silla frente a mí, y me ayudó a trepar a ella. —¿Te gusta? —jadeó debido a la velocidad que había tomado al desdoblarla.

Asentí como psicópata, tocando las llantas. Eran nuevas y lisas, eran preciosas, el asiento era cómodo.

Por fin tenía de vuelta una silla. —Gracias. —dije con la voz atascada. Iba a romper a llorar.—Oye, no llores. —me sonrió de pie, junto a mí.—Es, es genial… —titubee, pues me era algo difícil controlar mis emociones cuando Tom me veía a los ojos.

Me veía con inocencia, y casi ternura, cuando yo no me lo merecía.

Esquivé su mirada, sintiéndome repentinamente culpable.—¿Pasa algo? ¿No te gustó? —musitó, un poco decepcionado.

Volví a mirarle a los ojos, y le sonreí tratando de ser franco. —Me ah gustado, gracias. —Bien. —tomó mi silla y me guió hasta el pórtico.

Nuevamente pude sentir el sol tocar mi piel. —Es hermoso… —dije con asombro.

Escuché cómo arrastraba una de las sillas del pórtico, acomodándola a mi costado.

Segundos después ya estaba sentado ahí, junto a mí. —Te gusta mucho el sol, eh… no lo parece.

Asentí en silencio. Vi los coches pasar, creando brisa. Tomé aire varias veces, respirando el aire casi puro de Leipzig, porque me suponía que estábamos en Leipzig.—Sabes Bill… me agradas. —me giré rápidamente al escuchar eso salir de sus labios.

Comencé a titubear sin saber qué decir ante esas palabras. Lo correcto sería decirle lo mismo, pero tenía demasiado sin charlar con alguien que no fuese Ashley, que me daba miedo decir alguna estupidez. —Tú… t‐tú a… —mis manos comenzaron a temblar, por lo que empuñé las llantas de mi nueva silla.

Odiaba cuando me daban este tipo de espasmos, que me bloqueaban la mente. —Oye, tranquilo… —le oír susurrar, y cuando sentí su mano sobre la mía, algo dentro de mí se apaciguó.

Suspiré pesadamente, viéndole a los ojos.—No pasa nada, ¿de acuerdo?—De acuerdo. —parpadee hacia él.

Observé sus ojos color avellana. —Quiero saber quién eres. —dirigió su mirada hacia el horizonte, y yo le imité.

El sol comenzó a tintarse de rosado, y ya se encontraba ocultándose tras las montañas. Era hermoso. —Mira eso… —le susurré. —…cuando era pequeño, solía ir a jugar junto a un árbol, lo escalaba y me quedaba viendo las puestas de sol… —me sorprendí mucho al notar que no había titubeado para nada en toda la frase.

Él abrió mucho los ojos ante mi confesión, y comencé temer. Tal vez no había sido correcto decirle eso.

Después sonrió y me confundí aún más.—Sígueme contando… —susurró sin sonar muy interesado.—A‐Ashley… —musité, y desde donde estaba pude sentir como él también se atiesaba. —Ella es… mi, mi hermana… —cerré los ojos reprimiendo las lágrimas.

Tal vez lo que dije, fue un gravísimo error. El abrió mucho la boca, totalmente sorprendido, y sabía que se me vendría una lluvia de preguntas, pero finalmente no sucedió.

Cerró la boca de golpe, como si supiera que me tensaba mucho hablar sobre eso. Y sonrió.

Su sonrisa era falsa. Como la de Ashley.

&

Tom había traído de cenar. Una de las cosas geniales de él, era la comida 3 veces al día.

Como en los viejos tiempos, antes de… antes de lo que hice.

Él me permitía comer cuanto deseara, me permitía andar por la casa y salir al pórtico a que el sol me acariciara. Me dejaba encender el televisor.

Odiaba cuando se iba a trabajar. Pero sabía que era necesario.

Él me estaba prácticamente manteniendo…

Estaba en el patio trasero, cerca de la puerta. No me atrevía a alejarme más, pero hoy quise hacer la excepción.

Hice las llantas rodar hasta que finalmente me metí al césped. Abrí los ojos con curiosidad al ver un camino de piedras, las cuales guiaban hacia un punto de la casa que yo aún desconocía.

La curiosidad me picaba, y mucho, así que me dirigí hacia el camino para averiguar hacia donde llevaba. La casa de Tom era enorme, bastante. Era de dos pisos, lo sabía a pesar de no haber subido jamás al otro piso.

Cuando finalmente terminé de andar por el caminito, sonreí accidentalmente al ver una enorme piscina azul en la esquina, junto a la verja.

Yo cuando tenía 8, había aprendido a nadar. Sin embargo, sabía ahora que si lo intentaba, moriría dentro de aquel líquido.

Me acerqué más, hasta que mi silla quedó a escasos centímetros del borde de la alberca y pude ver mi propio reflejo en el agua limpia.

Observé por un par de segundos las leves corrientes del agua, e intenté alejarme de ahí antes de que Tom me pillara, pero escuché la voz del mencionado detrás de mí, por lo que abrí los ojos con pasmo.

Giré el rostro para toparme con su mirada llena de miedo. Corrió hacia mí y me tomó de la silla, jalándome lejos de la piscina con desesperación.—No te acerques a eso… —dijo agitado. Corrió al frente mío y se puso a mi altura, hincándose en un pie.

Yo le vi fijamente a los ojos, tan aterrado como él.

Me tomó de los hombros y me abrazó con desesperación. —No lo vuelvas a hacer. —susurró sin dejar de apretarme.

Abrí mucho los ojos, pero pronto me encontré con un sentimiento agradable al sentirle abrazándome, por lo que no pude evitar rodearle con mis brazos. —No lo haré. —dije sonriendo, por alguna extraña razón.

&

—De acuerdo, sólo agárrate de mí.

Nos encontrábamos en la piscina.

Sí, sonaba como una locura. Pero después de haberle prometido a Tom no volver a acercarme a la piscina, se le había metido ahora la idea de meterme a ella.

No sabía qué lo había arrinconado a eso, pero me sentía agradecido. Fue como si me hubiese leído la mente.

Por supuesto que yo quería nadar. Tenía años sin hacerlo, y en verdad me emocionaba mucho, mucho.—No te sueltes. —rió tomándome de la cadera.

Por suerte, Tom no había dejado que me desnudase el torso, me daría vergüenza. Me había prestado un traje de buzo que me quedaba muy ajustado, y me hacía sentir gracioso.

Según él, para mí sería más cómodo “nadar” con el traje.

Negué mientras me agarraba con fuerza de sus toscos hombros. Cuando mis manos tocaron su piel desnuda, ya que no portaba nada en el torso, me sentí un poco incómodo. Bastante de hecho. Evité que se diera cuenta de mi incomodidad, y de mi seguro sonrojo pasando mi cabeza por la curva de su cuello.

Sentía un poco de pánico, a decir verdad, y temí clavarle las uñas por mis turbaciones.—Voy a bajar. —anunció y pronto sentí cómo bajaba las escaleras de la piscina.

El agua estaba tibia, tal vez era cosa del traje, pero fría no estaba. Gemí de gusto al sentir el agua. Sentí a Tom tocar el suelo, y el miedo nuevamente me atacó, por lo que desee rodearlo con mis piernas.

Pero no pude.—Tom… —apreté con más ansias su torso.

Escuché su risa fresca. —Ya estamos aquí. —seguía caminando, y a cada paso dentro del agua que dábamos, nos hundíamos más.

Cuando ya quedaban sólo nuestros hombros fuera de la superficie, Tom me separó un poco. Sólo un poco, pues sabía que podría tragar agua aunque fuese sólo un segundo.

Recorrió su mano de mi espalda por mi espina dorsal y se detuvo ahí, evitando que me separase de él.

Me sonrió.

No me había percatado de sus rastas sueltas en el agua. Se veía realmente lindo.

Negué ante esos pensamientos. Eso era extraño. Al menos para mí.

Le sonreí sintiéndome como un crío, tomándome de sus hombros, pues sabía que si me soltaba me hundiría sin más.

—¿Puedes moverte?—Sólo, sólo siento un poco los muslos. —dije sonrojado.

Él se volvió a acercar a mí. Sentí sus manos moverse bajo el agua, y me tomó un muslo.

Pude sentirlo sólo un poco. —¿Sientes? —susurró.

Sus ojos brillaban. No me había percatado de cuando obscureció. Pese a eso, podía ver su silueta. Todo estaba silencioso, y el único ruido que estaba presente era el del agua que resonaba conforme nuestros movimientos.

Asentí viéndole a los ojos. Tom era perfecto.—¿Sientes? —volvió a preguntar, deslizando su mano.

Ésta vez no pude sentir.

Negué lentamente. Me dolía el corazón, me daba cierta vergüenza esto, con Tom.—¿Desde cuándo eres así, Bill? —preguntó siendo cuidadoso, acercándose más a mí, haciendo nuestros pechos juntarse.

Le di un abrazo inesperado, del cual hasta yo me sorprendí, y escondí el rostro en su pecho.

No le respondí.

&

—¿Cómodo? —escuché como susurraba, mientras me cubría con la cobija.

Asentí sin poder evitar sonreír como estúpido. Algo estaba cambiando.

Algo estaba creciendo en mi estómago, y se sentía gracioso. —Buenas noches. —musitó antes de sonreírme y encaminarse hacia la puerta.—Tom… —le llamé, sin saber realmente por qué.

Se giró a verme con el entrecejo fruncido, antes de apagar la luz. La apagó después de todo. —¿Sí? —musitó con suavidad, girándose hacia mí entre la obscuridad.—¿Podrías abrazarme?

No respondió a eso, no de manera verbal. Escuché sus pesados pasos hacia mí, y cuando estuvo junto a la cama conmigo, me abrazó fuertemente.

Nos quedamos así unos segundos. —Gracias por todo. —susurré cerrando los ojos, sintiendo la suavidad de sus rastas contra la piel de mi cuello.

Escuché un suspiro profundo emanar de su nariz, y me apretó más, aún sin soltarme.—Quédate. —le pedí, sin saber realmente por qué le estaba diciendo algo así.

La verdad es que no me gustaba estar solo, y menos por las noches.—¿Te pasa algo? —alejó un poco su rostro de mí, viéndome con sus ojos avellana que tan lindos me parecían.—No quiero estar solo. La noche me da miedo. —le confesé tras unos segundos. Me sentía patético diciéndole ese tipo de cosas, pero al final de cuentas, esos eran mis miedos.

Tom me había sacado de las garras de mi hermana, las cuales eran de soledad y desprecio.

Y me sentía muy agradecido, y ciertamente apegado a él.

Bajó la mirada y sonrió triste. Sabía a qué se debía su desolación. Podía sentir su penetrante deseo por saber quién era yo, pero no iba a contárselo ahora.

Podría asustarse y deshacerse de mí, y por algún motivo aún ajeno para mí, yo no quería separarme de él. Que eso sucediera.

Enseguida sentí cómo su cuerpo pesado se hundía junto a mí en la cama, la cual olía a él, y eso porque antiguamente había sido sólo de él.

Ahora la usaba yo, y quería compartirla con él. Después de todo; seguía siendo suya.

Nos quedamos unos segundos en silencio, viendo al techo, sin tocar nuestras pieles.

Rompí el hielo y le abracé del torso fuertemente, escondiendo el rostro por un costado de su pecho con rapidez.

Sus músculos se relajaron, y finalmente me rodeó con un brazo. Se quedó con el brazo a mí alrededor unos segundos. Sabía que se sentía incómodo, pero yo quería abrazarle.—Buenas noches. —dijo tras unos segundos.—Buenas noches. —gemí cerrando mis ojos.

No iba a soltarlo.

.

By Tom.

Iba regreso a casa. Mi casa, y de Bill también, porque ahora también era suya. Yo decidí compartirla con él.

Al principio creí que era extraño, el hecho de haber metido a un desconocido a mi casa, quien no me decía mucho. Pero con los días había aprendido a valorar a Bill.

Bill estaba enfermo. Bill no estaba bien. Bill era silencioso, y eso no podía estar bien. No debía estarlo.

Así que comencé a tratarlo con cuidado, y decidí dejarlo quedarse conmigo, para observarlo. Quería cuidarlo, porque se veía muy trastornado, y eso a mí me daba lástima.

Podía sentir su soledad a pesar de no saberle mucho. Yo quería que sanara, y qué mejor que en mis manos.

Yo me haría cargo, porque yo intentaba hacer el bien.

Bill me había confesado que Ashley era su hermana. No sabía si creerle al inicio, pero después opté por hacerlo, a pesar de que ella nunca me lo había mencionado.

Aún no sabía por qué ella intentó matarlo, por qué ella le había prohibido tantas cosas a Bill. Por qué lo había ocultado de mí. Todo era un enigma que yo iba a resolver, así me llevase toda una vida.

Hoy en el trabajo, había estado pensando en si Bill necesitaba ayuda especializada. Parecía necesitarla, y me alegraba mucho el hecho de contar con un amigo cercano que era psicólogo.

Gustav, ese era su nombre. Tenía años de conocerlo, antes de obtener mi licenciatura, habíamos estudiado la universidad, juntos. Era un gran amigo.

Tras habérmelo pensado como mil y un veces, finalmente me atreví a ir a su consultorio para decirle sobre Bill. Quería saber su opinión ante el comportamiento del chico. Quién mejor que él.—Tom, hola. —me saludó animado, sonriéndome al a par de que se ponía de pie.

Le sonreí de vuelta tomando su mano, en un saludo cordial. Cuando el saludo se quebró me vio a los ojos. —¿Qué te trae por acá? —se sentó en su escritorio, y le seguí para sentarme el frente suyo, entre el mueble.—Quería hablarte sobre algo… sobre alguien, de hecho.

Frunció el ceño y le dio un sorbo a su café, viéndome a través de sus gafas. —¿Quién? —dejó su tasa en el escritorio mientras tomaba unos papeles y los acomodaba.

Observé sus manos tocar las hojas, y me lo pensé unos segundos. ¿Valdría la pena decirle a Gustav?

Definitivamente.—Bueno, es un poco difícil de explicar… —me rasqué la nuca viendo hacia otro lado. —Sólo dilo. —me sonrió con franqueza, invitándome a contarle lo que sabía.—Tengo un… amigo… sí…—Oh, vaya… —dijo con burla.

Le sonreí. —No sé mucho de él, pe…—Entonces no es tu amigo. —interrumpió. —No puede ser tu amigo si no lo conoces. —sonrió brillante.—Bueno… un conocido. —cuando solté eso, algo incómodo me comenzó a apretujar los pulmones. No se había sentido bien decir eso.—¿Y cuál es el problema? ¿Te molesta? —frunció el ceño volviendo a clavar su profunda mirada en mí.

Su mirada pesaba como el demonio. Él era psicólogo, por supuesto que pesaba, estudiaba el comportamiento humano y eso me ponía de nervios.—Tiene muchos problemas. —expulsé finalmente. —No habla mucho conmigo, y creo que es preocupante.

El interés de Gustav se encendió de golpe y se acercó a mí un poco más. —¿Cómo dices? sabía que era fascinante para él tratar casos especiales.—Sí, no habla mucho. Creo que tiene un pasado realmente obscuro, no lo sé… es muy confuso. No me dice casi nada. —¿Cómo se llama?—Bill.—Uhm… ¿y qué edad tiene?

Me encogí de hombros. —No tengo idea, pero aparenta unos 18 o 19, para mí…

Gustav me veía indeciso. —¿Cómo sabes todo eso?—Pues, él… vive conmigo.

Los ojos de mi amigo se abrieron de sorpresa, y juraría que su corazón se detuvo. —¿Cómo llegó eso a pasar?

Cerré mis ojos con frustración. Eran tantas preguntas con respuestas incoherentes, y otras que simplemente no tenían. Al menos yo no las tenía y eso me irritaba.—Tuve, una cita con una chica… fui a su casa y… fue muy extraño.

Gustav se acercó otro poco más a mí, y se ajustó sus gafas. —Sigue.—Bien, primero, ella… yo estuve saliendo con ella alrededor de un mes. Cuando fui a su casa, pasé la noche ahí. —me sonrojé de pronto. —Y, desperté y me dirigí a la cocina a coger un vaso de agua y entonces lo miré…

Gustav seguía mirándome, esperando a que prosiguiera. Tomé aire y proseguí. —Fue muy extraño Gustav. —le miré a los ojos con preocupación.—Sigue, adelante. —alentó.—Él estaba en una silla de ruedas. No puede caminar, al verme se asustó e intentó huir de mí pero no se lo permití, porque yo no le conocía. ¿Qué hacía él ahí, cuando supuestamente la chica vivía sola? Ella me mintió. —agaché la mirada ante el vago recuerdo de Ashley.—De acuerdo, —resopló. —fuiste a su casa, y te encontraste al chico.

Le miré a los ojos asintiendo. —Ella apareció, y encendió la luz. Y al vernos juntos ella, no lo sé… ella simplemente intentó matarlo.

Gustav frunció el ceño. —¿Por qué?

Me encogí de hombros. Ese era el punto, ¿por qué?—No lo sé. Me lo traje a casa, huyendo de ella. —cerré los ojos, indicándole a mi amigo que había terminado.—¿La has vuelto a ver después de eso?

Negué frenético. ¡Por supuesto que no!—¿No levantaste cargos contra ella…?

Negué nuevamente. Me sentí estúpido, ¿cómo no lo había pensado? —N‐no. —me sonrojé ante mi propia estupidez. —Igual no tengo pruebas. —intenté excusarme.

Gustav me vio un poco decepcionado y negó.—Es muy extraño, Tom. —musitó tan confuso como yo. —¿Qué son ellos?—Hace poco Bill me dijo que eran hermanos, pero ella jamás me lo dijo. Ni siquiera sabía que Bill vivía ahí. me cubrí el rostro con ambas manos, comenzando a frotar.¿Y qué quieres que yo haga por él? regresó a su taza de café y le robó otro sorbo.

Me descubrí el rostro y le vi a los ojos fijamente, justamente como él lo hacía conmigo, y probablemente con sus pacientes. —Quiero que me ayudes a saber quién es.

Gustav asintió quitándose las gafas, colocándolas en la superficie plana del escritorio.

Dime más sobre él. —se sacó una libreta y tomó una pluma.

Me sentía un poco culpable al estar haciéndole esto a Bill, pero él se lo merecía. Él necesitaba ayuda.—¿Qué quieres que te diga? —musité apagándome de golpe.—Sólo unos datos. ¿Qué comportamientos extraños tiene?

Me lo pensé unos segundos, trayendo el recuerdo de los últimos días que había vivido junto al pelinegro. —Es… silencioso, muy silencioso.

Gustav anotó y asintió sin verme. —Dime más.—Come demasiado, pese a eso está muy delgado, Gustav, deberías verlo… podría decir que tiene algún desorden sin dudar, pero jamás eh visto que vomite o algo así…—Tom, los bulímicos son realmente buenos ocultando el vómito. Dime, ¿Cuándo entra al baño pone música?

Negué enseguida, por supuesto que no. Bill no tenía nada, no poseía si quiera un móvil.—¿Se atraganta al comer?

Asentí con cuidado. Comencé a temer que Bill tuviera alguno de esos problemas. Algo se impregnó en mi pecho, molestándome.

Mi amigo frunció aún más el ceño. —¿Ojeras?

Asentí feroz.—¿No le has visto los dedos o los dientes? Deberías hacerlo. Es lo primero que se deforma en un bulímico.

Me quedé pensando por unos segundos, recordando a Bill. —Sólo sé que es muy pálido, mierda, juraría que no tiene sangre. —dije con angustia.—¿Por qué no lo traes aquí? —musitó dejando de apuntar, viéndome con sus ojos marrones carentes de anteojos.—No creo que le guste. Preferiría que fueses a mi casa a ver qué pasa, ¿podrías? —le miré con ojos suplicantes.

Finalmente Gustav suspiró. —Me parece bien. —sonrió minúsculamente. —¿Crees que se pueda alterar con mi presencia?—Espero que no.

&

—¿Te gusta el café? —interrogué dándole la espalda, mientras llenaba de agua la tetera.

Me giré a verle y asintió en silencio. Se encontraba cerca de mí, apaciguado en su silla, como siempre. Desde que nos conocimos, era ya costumbre que él me siguiera por la casa.

Puse la tetera sobre la estufa y la encendí. —Bien. —le sonreí, y me recargué en uno de los estantes de la cocina.

Me cruce de brazos mientras veía como se me quedaba viendo con esos ojos enormes, decorados con esas obscuras ojeras, arrinconado en una esquina de la cocina. Bill no se había maquillado desde el día que lo traje a casa, y me supuse que tal vez él se sentía raro.—Dime Bill… —dije desde mi posición. —¿Cuántos años tienes, pequeño? —me sorprendí a mí mismo al llamarle así, pero pues creí que si le hablaba con cuidado, tal vez él hablaría un poco más conmigo.

Sonrió minúsculamente dejándome ver sus pequeños y blanquecinos dientes. Esos dientes no eran los de un bulímico. —19. —ah… como lo supuse.

Le sonreí. —Yo tengo 26, sólo por si querías saber. —me encogí de hombros, sin borrar la sonrisa de mis labios.

Sus ojos seguían sobre mí. No me había dado cuenta cuan lindos eran, a pesar de la obscuridad que había debajo de ellos. Él era tierno, y parecía a punto de quebrarse si lo tocaba.

Era un bello misterio.

Me acerqué a él y me puse a su altura, recargándome en una rodilla y le acaricié el dorso de su mano. Ante el contacto se guardó los brazos bajo la manga del suéter que cargaba, el cual era mío. Y sabía por qué lo había hecho.

Estaba ocultando sus cicatrices de mí.—¿Qué te pasó aquí? —me atreví a preguntarle, tomando el borde del suéter y alzándolo con cuidado.

Me miró con los ojos muy abiertos, con el temor tan claro que cegaría si fuese luz. Intentó soltarse de mí pero le tomé con un poco de fuerzas, sólo un poco.

Podría quebrarse.—Dime… —susurré en su rostro buscando su mirada. La busqué serpenteando mi rostro mientras él me evitaba, pero finalmente nuestros ojos se conectaron.—¿Tú te lo hiciste?

Negó temblorosamente.

De pronto sentí como su brazo se relajaba entre mis manos. Yo le imité, sin embargo no le solté.

Alcé más la manga del suéter, hasta casi sus axilas, y pude ver el doloroso camino de cicatrices. Acaricié una parte del trayecto con la yema de mis dedos, con la garganta entumida.—¿Quién te hizo eso? —le miré a los ojos y por primera vez no me esquivó. —¿Quién? —susurré apenas audible.

Sus ojos se acumularon de lágrimas, y vi una descender por su mejilla en total silencio.

Seguía mirándome.

Creí saber quién había sido. Cerré los ojos con rabia.—No volverá a pasar. —le dije seguro de mis propias palabras.

Le limpié las lágrimas con mi dedo pulgar acariciando su rostro. Le acicalé el cabello un poco antes de ponerme nuevamente de pie.

—El café está listo. —dije sonriéndole. No quería que siguiera llorando.

Me sonrió entre sus ojos cristalizados, y asintió.

Le serví una taza y acerqué la crema, el azúcar y el café en polvo a la mesa. Finalmente tomé a Bill de la silla y lo arrimé a la mesa. Sabía que él podía hacerlo solo, pero de igual manera yo lo quise hacer.

Jalé una silla y me senté junto a él. Le sonreí de lado mientras me preparaba el café.—¿Quieres que te prepare el tuyo? —le sonreí en confianza mientras tomaba el pomo con el azúcar.—Sí. —sonrió tomando su tasa humeante. —Está caliente.

Le preparé su café y le revolví bien la azúcar, después observé cómo le daba un sorbo. El momento estaba tranquilo, y era merecedor de llamarlo cómodo. Recordé la conversación que tuve con Gustav. Habíamos llegado a un acuerdo.

En un par de horas más él llegaría. Iba a diagnosticar a Bill.—Oye Bill. —musité destapando un paquete de galletas. Él enseguida tomó una y se la llevó a la boca. Sus mejillas se veían redondas y no hundidas, como debían de ser.

Le acaricié la espalda mientras él masticaba. —Invité a un amigo.

Los músculos de su espalda se tensaron, detuvo su mastique y me vio con preocupación. —Quiere conocerte, es muy bueno. —me apresuré a decir. Le sonreí de oreja a oreja, intentando tranquilizarle.—¿Quién es? —su mirada se dirigió hacia mí y pude ver una sonrisa pequeña escondida tras sus labios repletos de galletas.—Ya lo verás. —le sonreí acomodándole un mechón de cabello tras su oreja.

De acuerdo, le dije lo de Gustav, y no se lo había tomado tan mal. Algo era algo.

&

—¿Dónde está? —Gustav preguntó.

En menos de lo que había creído, mi viejo amigo ya se encontraba en el umbral de la puerta. Venía vestido casual, y traía un maletín. No sabía realmente para qué era, ni qué había dentro, pero creí que le sería necesario.—Pasa. —me hice a un costado, manteniendo la puerta abierta para que entrara.

Escuché el ruido de sus zapatos en la madera del suelo y cerré la puerta de golpe.—¿Me mencionaste, como te dije? —frunció el ceño.

Asentí sin mirarle y me puse las manos en la cintura.—¿En dónde está? —repitió la pregunta.

No le respondí, sólo me limité a caminar por el pasillo. No tardé en escucharle ir tras mí.

Yo le había advertido a Bill que Gustav vendría, así que me esperaba un poco de serenidad por parte del pelinegro.

Me detuve y vi a Gustav junto a mí.

Bill se encontraba en su silla —como siempre— dándonos la espalda. Su largo cabello caía en su espalda.—Bill… —le llamé acercándome a él. Él se giró enseguida a verme y me sonrió. —Gustav está aquí. —tomé su silla y lo giré.

Ambos se quedaron viendo a los ojos. Gustav le sonrió al pelinegro, y supe entonces que las cosas iban a estar bien.

Continúa…

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por admin

Traductora del fandom

Un comentario en «Inválido 3»
  1. amo cómo poco a poco se desarrolla la relación en ambos, y aunque sea un poco frustrante que bill no diga nada, entiendo lo que no es poder decir algo después de haber sufrido un gran trauma

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