Intervención divina 29

Fic de ophelia_seven. Traducido por OuterSpace

29. La suspensión del tiempo

—No te duermas.

Bill sacó su mano de su capullo de mantas para picar la mejilla de Tom. La suave piel se apretó bajo el piquete y Bill se rió cuando Tom gruñó; la privación del sueño sacaba lo mejor de ambos.

—No me estoy durmiendo —respondió el ángel, pero sus palabras fueron pesadas y sus párpados estaban adormilados.

—Mentiroso.

La acusación de Bill salió en un murmuro, a pesar de que sus labios seguían apretados formando una sonrisa mientras intentaba suprimir una risotada. Bill se inclinó hacia adelante para cerrar el espacio entre ambos y atrapar el labio inferior de Tom entre los suyos, mordisqueando el apéndice inánime hasta que obtuvo una respuesta del ángel, quien abrió su boca para darle un beso de buenos días. O buenas noches, dependiendo en cómo lo viera uno.

El sol ya se elevaba en el horizonte; habían logrado mantenerse despiertos toda la noche, exitosamente. La única cosa que quedaba por hacer, era decir adiós, y ninguno de los dos estaba listo para eso todavía. Era demasiado difícil aceptar la realidad, que ésta bien podía ser su última noche juntos.

—¿Quieres desayunar? —ofreció Bill al sentir la sensación de un estómago quejumbroso. No quería salir de la cama, pero tampoco quería ser descortés y no ofrecerle nada a Tom.

—Mmm —Tom declinó con una sacudida de su cabeza, cerrando sus ojos fuertemente y acurrucándose más cerca de Bill. La calidez de su cuerpo fue tranquilizadora y al mismo tiempo alarmante para Bill, incluso antes de que Tom dijera algo—. De hecho me estoy sintiendo un poco mal.

—¿Qué tienes? —preguntó Bill, las banderas rojas se izaron en su mente e inmediato. Su mano, que hace unos momentos había picado juguetonamente a Tom en la mejilla, se presionó contra la frente de Tom para sentir si tenía fiebre. Prácticamente se sentía bien, cálido, pues sus cuerpos se habían presionado juntos por un largo periodo de tiempo, e intentó convencerse de que no era nada de qué preocuparse. Aunque su rostro sí se veía un poco paliducha, y Bill mordió su labio, observando a Tom cuando él lo miró a él.

—Estoy bien —le aseguró con su tono más firme y serio, pero Bill no estaba convencido del todo.

—Podría ir por alguna medicina o… algo.

Tom sonrió; el aro en su labio brilló contra sus labios perfectamente blancos.

—No creo que tu medicina funcione en alguien como yo —Bill frunció el ceño y abrió su boca para discutir, pero Tom fue más rápido—. Tenemos nuestros propios medicamentos para este tipo de cosas.

Mintió. La verdad era que Tom no estaba completamente seguro de que los guardianes pudieran enfermarse. Pero, de nuevo, parecía que todo respecto a él se trataba de desafiar la lógica. Parecía que nada sobre su existencia tenía sentido para alguien.

Tom había pensado que el dato tranquilizaría a Bill, pero todavía momentos después, Bill continuaba mirándolo con un ceño fruncido, y Tom sonrió.

—Ven aquí —murmuró, mimosamente, jalando a Bill más cerca y presionando sus labios contra su cálida frente. El olor era embriagante y tener a Bill tan cerca, envuelto entre sus brazos con los recuerdos frescos de la conexión que habían logrado tener la noche anterior, hacían que irse fuera mucho más difícil.

Pero sabía que debía hacerlo, y sabía que entre más tiempo permaneciera ahí, más difícil sería irse. ¿Acaso no lo había hecho ya lo suficientemente difícil?

—Ya te vas —dijo Bill antes de que Tom pudiera comenzar a decir algo. Era como si pudiese ver la dificultad en los ojos del ángel, aunque Tom había creído hacer un buen trabajo para ocultarlo. No quería admitir lo mucho que le tomaba por sorpresa lo bien que Bill podía leerlo.

—Tarde o temprano voy a tener que hacerlo —dijo Tom, tristemente, acercando más a Bill para sentir el latido de su corazón debajo de su pecho desnudo.

—Podrías quedarte —dijo Bill, afirmativamente—. Para siempre.

El estómago de Tom dio vueltas por la seriedad con la que Bill estaba hablando, y deseó que pudiera ser así.

—Sabes que no puedo —respondió con remordimiento. La boca de Bill se abrió rápidamente para proponer un pacto, pero Tom lo cortó—. No soy como tú, Bill. No puedo sobrevivir aquí.

—¿Qué más necesitas? —preguntó Bill; su voz desfalleció hasta un punto de incertidumbre y desesperación. Sus ojos buscaron la mirada de Tom en busca de cualquier vestigio de duda al que pudiera aferrarse, y Tom hizo su mejor esfuerzo para no mostrarle nada de eso, aunque lo sentía de la cabeza hasta los pies—. Puedo darte todo lo que necesites.

Su corazón se apretó ante la súplica prometedora. Por supuesto que sabía que Bill estaba siendo sincero, pero había demasiadas diferencias entre los dos mundos. Sabía, en su corazón, que nunca lograría sobrevivir en el mundo de Bill, de la misma forma en la que Bill no podría sobrevivir en el suyo. Era injusto, pero ambos sabían al meterse en eso, que eran dos seres muy diferentes de mundos diferentes. Ninguna súplica lo iba a cambiar. Si dependiera de Tom, él se hubiera sacrificado ante tal compromiso, pero ya se había llegado a la conclusión de que, ciertamente, no dependía de él. Tom lo hubiera intentado. Pero de ninguna forma podría funcionar; Tom no estaba seguro de cómo funcionaba todo, pero era lo suficientemente realista para saber que mezclar ambos mundos, seguramente causaría un problema mucho mayor, y simplemente no podía arrastrar a Bill en algo así, más de lo que ya lo había hecho.

—Bill, ven aquí —dijo, acercando imposiblemente más al chico. Al principio, Bill se mantuvo rígido, luchando contra lo inevitable, pero tan pronto como los brazos de Tom se envolvieron protectoramente a su alrededor, se derrumbó, presionando su nariz en el cuello de Tom y respirando una bocanada de aire brusca que desafiaba a las lágrimas. Tom intentó ignorar el desagradable vuelco en su estómago y usó toda su energía para consolar a Bill en la única forma que sabía hacerlo. Su manos acariciaron la espalda de Bill de arriba abajo y su aliento salió en pequeños soplidos contra su cuello. Lo sostuvo cerca y, con sus pechos desnudos presionándose cálidamente el uno contra el otro, lo meció con suavidad. Cuando Tom sintió los innegables rastros de lágrimas en su piel, dejó escapar un suspiro cansado y dolido.

¿Cómo había permitido que las cosas se salieran tanto de control?

—Si me transfieren, encontraré una forma para regresar a ti —prometió esperando que no fuera una promesa que no tuviese que romper. Después de todo, estaba decidido. Y aunque las reglas decían que sería algo imposible, Tom estaba seguro de que nada en la lógica de esas reglas había permitido nunca una conexión tan fuerte entre un ángel y un encargado. Ambos habían desafiado la lógica antes, y Tom estaba decidido a asegurarse de que pudieran hacerlo de nuevo.

Bill esnifó ruidosamente contra su pecho y Tom lo apretó con más fuerza, moldeando sus cuerpos con más solidez.

—Pero dijiste…

—Te amo —interrumpió Tom, haciendo su cabeza hacia atrás y quitando un mechón de cabello de la frente de Bill. Juntos, sus ojos revolotearon con cansancio, y el ángel le sonrió con amor al chico entre sus brazos—. Te amo, y encontraré una manera.

Sabía que sería contra las reglas, y se metería en muchos más problemas, pero si perdía su tarea con Bill, ¿qué más podría perder? Bill era lo único que le importaba, y si GP no podía verlo, entonces era su propia ruina. Tom no podía evitar sentirse así con Bill, y GP tampoco podía evitarlo.

Con sus ojos rojos y llenos de lágrimas, Bill mordió su labio y miró a Tom, dolorosamente.

—No hagas promesas que no puedes cumplir —rogó, el tormento era evidente en sus ojos marrones. Tom quería secar todas sus lágrimas y alejar todas sus inseguridades. Lamió sus labios, empujando su piercing con su lengua, y fijó sus ojos a los de Bill.

—Encontraré una forma para encontrarte —prometió con toda la seguridad en su corazón—. Encontré a tu papá, ¿no?

Bill asintió contra su propio pesar e intentó permitir que el consuelo lo confortara. Después de todo, era mejor que la otra alternativa.

—Sí —chilló—. Ok.

—No llores —susurró Tom, inclinándose para besar una lágrima que caía por el rostro de Bill—. Lo voy a resolver.

Estaba decidido a resolverlo.

&

Bill no salió de su cuarto hasta mucho más tarde, después de que Tom se fuera y una siesta había secado todas sus lágrimas. Ni siquiera se molestó en tomar una ducha, sólo se había puesto algunas prendas viejas y bajó las escaleras para calmar a su estómago hambriento.

Charlie lo saludó fuera de su habitación, moviendo su cola en lo que parecía ser un gesto muy comprensivo. Era como si supiera que Tom se había ido, y Bill casi quiso estallar en lágrimas de nuevo, pero las contuvo y se puso de cuclillas para envolver sus brazos alrededor del cuello de su perro. A parte de Tom, Charlie era posiblemente el único mejor amigo que Bill había tenido, y sabía que el perro también extrañaría la presencia del ángel. Los tres habían logrado convertirse en un grupo muy unido. Las cosas nunca volverían a ser las mismas si Tom nunca…

Bill sacudió su cabeza y también sus dedos, en la parte trasera de las orejas de Charlie. No podía pensar así. Tom no se había ido ya por mucho tiempo como para izar banderas rojas.

—Volverá —le susurró Bill al perro, esperando estar en lo correcto y que Tom no se hubiera ido para siempre. Pero Bill aún no estaba convencido, a pesar de las afirmaciones de Tom y toda la confianza que había intentado transmitir. ¿Cómo podía Tom estar tan seguro de que encontraría una forma de regresar a él cuando muchas otras cosas sobre su existencia eran inciertas para ambos?

El perro siguió lealmente a Bill abajo y hacia la cocina, y él se sorprendió de ver a su madre sentada a la mesa con una taza de café y un periódico. No levantó la vista de su lectura mientras Bill cruzaba la habitación para servirse a sí mismo un poco de café. Se tomó su tiempo para prepararlo con crema y añadiendo un toque de azúcar para endulzarlo a su gusta, pero más que nada, era para ganar tiempo. Sabía que tan pronto como terminara, las preguntas comenzarían a bombardearlo.

Por supuesto que su madre tendría preguntas sobre el baile, sobre su cambio tan repentino en su decisión de asistir con Tom. Sin importar lo mucho que no le gustara el pensamiento, sabía que tendría que decirle algo y, además del misterioso ángel guardián en su vida, no había secretos entre ambos. Ahora con Tom en el marco, no había nada que ocultar, a excepción de algunos detallitos sobre quién era realmente Tom y lo que Bill sentía realmente por él.

Bill se dio vuelta para enfrentar a su madre, sosteniendo su taza firmemente entre sus dos manos. Con su labio formando un puchero, se inclinó sobre el mostrador y levantó la taza de café a sus labios, soplándole al líquido que estaba lo suficientemente caliente como para escaldarle la boca.

—Adelante —incitó antes de tomar el primer sorbo. Su madre ladeó su cabeza para mirarlo inocentemente, pero no podía engañarlo—. Sé que tienes cosas que te mueres por preguntar, así que sólo pregunta.

—Ok —dijo su madre, aclarando su garganta y doblando su periódico. Se volteó de lado en su silla para verlo de frente y dejó que sus cejas se levantaran, formando un par de arcos perfectos; estaba lista para indagar. Hizo para atrás unos cuantos mechones de su cabello y miró a su hijo a los ojos mientras se preparaba y probablemente intentaba decidir por dónde empezar. Bill permaneció con paciencia mientras ella se alistaba—. Así que, Tom, ¿eh?

Bill asintió, ocupándose a sí mismo con soplarle a su café para mantener sus ojos desviados y no develar lo triste que lo hacía sentir el escuchar el nombre de Tom. Era una desgracia que tuvieran que tener esta conversación después de que Tom se hubiera ido y cuando había una posibilidad de que no volviera. Sin embargo, al mismo tiempo, también se sentía orgulloso. La primera vez que Bill había visto a Tom, de pie en la esquina de su habitación en el hospital, cuando Tom le había servido un vaso con agua y la madre de Bill había acudido a su lado, había comprendido que Bill era un secreto que debía mantener y que nadie podría entenderlo. Aunque no estaba completamente informado, Bill había estado consciente de todo eso sobre la relación con el extraño chico con rastas en su habitación del hospital.

Ahora, meses después, Bill era capaz de pararse en su cocina y hablar con ella sobre el chico que había conocido, sin saber que él había sido el que había salvado la vida de su hijo, en primer lugar. Habían recorrido un largo camino en tan poco tiempo. Y, como dicen, es mejor haber amado y perdido…

Bill se reprendió a sí mismo por pensar de esa forma. No había perdido a Tom; Tom le había prometido que encontraría una forma de volver. Y todavía no estaban seguros de que fuera a ser transferido… sólo era una gran posibilidad, y Bill…

—¿Bill?

Bill salió de sus pensamientos para mirar a su madre, quien ya tenía un aspecto preocupado.

—¿Eh? Lo siento, ¿qué dijiste? —levantó su taza a su boca de nuevo para disfrazar la repentina mueca en sus labios.

—Te pregunté cómo lo conociste en la fiesta.

—Oh, eh… —Bill tartamudeó. No podía decirle a su madre que había cambiado su virginidad por unas cervezas y por querer sentirse normal—. Estaba yo solo y Tom empezó a hablarme y… nos hicimos amigos.

—¿Y van a la misma escuela?

Vagamente, Bill recordó haberle dicho eso a su madre, así que asintió.

—Al principio no lo sabíamos porque nunca habíamos tenido clases juntos.

Bill era un pésimo mentiroso, pero cada vez se le facilitaba más mentir, y no estaba seguro de cómo se sentía respecto a eso.

Su mamá cruzó sus manos sobre su regazo y frunció los labios, adoptando el aspecto de una mujer seria a la que no deberías intentar engañar.

—Me gustaría verlo otra vez para conocerlo un poco más.

Ahí estaba. El estómago de Bill cayó y el repentino temblor en sus manos casi le hizo soltar su taza. Para estar seguro, cruzó la distancia entre la mesa y él y se sentó frente a su madre.

—¿Va a haber algún problema con eso? —insistió.

—Eh… —empezó Bill, quitándose algunos mechones de sus ojos. Vio la mirada pensativa de su madre y negó—. Digo, si está por aquí, creo que no tendría ningún problema con eso.

—¿Pero? —su madre se dio vuelta para verlo de frente y juntó sus manos sobre la mesa, inclinándose en busca de la verdad en los ojos de Bill, la verdad que sabía que estaba ocultándole. Bill se esforzó por mantener contacto visual, cuando todo lo que quería era salir corriendo de la cocina y encerrarse en su habitación.

—Es que… no sé qué tanto podré verlo —la oración hizo que las cejas de su madre emigraran a la cima de su cabeza, y Bill no podía culparla. Ahí estaba el único chico que Bill le había presentado, y justo cuando ella comenzaba a confiar en él, Bill tenía que ir y echarlo todo abajo—. Somos de mundos distintos.

—Ay, cariño —dijo ella, y Bill de inmediato supo que había entendido mal—. ¿Le gustan las chicas?

Bill cerró sus ojos y negó con su cabeza, intentando alejar la frustración que estaban causando sus preguntas. Repentinamente, quería volver a su cama, hundirse en su montón de mantas y esconderse de todo el mundo. ¿Cómo podría terminar con el dolor de la nostalgia si estaba siendo forzado a pensar constantemente en Tom?

—No, no le… No —volteó su cabeza, pretendiendo que rascaba su oreja, pero estaba seguro de que su madre podía sentir su incomodidad. Cuando volteó su rostro de nuevo, ella seguía mirándolo, y Bill sintió que debía decir algo más para confirmarlo—. No le gustan las chicas.

En realidad, nunca habían hablado al respecto, pero Bill sabía que Tom lo amaba, así que eso debía contar.

—Bueno, ¿te gusta, verdad? — preguntó su madre y Bill asintió una vez como respuesta—. ¿Y tú le gustas?

De nuevo, Bill asintió y su madre hizo una mueca de confusión. Si tan sólo fuera algo tan simple como eso, entonces Tom y él hubiesen estado juntos desde hace siglos.

—Es complicado —se justificó, subiendo la taza a sus labios y esperando a que su madre terminara.

—¿Se quedó a dormir?

Bill balbuceó, casi ahogándose con su café ante la actitud tan directa de su madre. No se atrevía a mentirle de semejante forma, pero tampoco podía encontrar el valor para responderle. En vez de eso chilló, un poco indignado.

—¡Mamá!

—Como tu madre, tengo que preguntar —dijo, sus labios se apretaron en una línea, pero Bill casi pudo ver una chispa de diversión en sus ojos.

—Y como tu hijo, debo evitar responder.

—Sólo quiero estar segura —empezó y Bill identificó la tentativa a la que estaba acostumbrado. Mordió su labio mientras ella intentaba elegir las palabras correctas para terminar de vocalizar sus preocupaciones—. Digo, sólo necesito asegurarme de que si ustedes van a… van a protegerse.

Bill se sonrojó y se rió, incómodamente, ante la mirada escrutiñadora de su mamá. ¿Qué podía decir para contrariar semejantes asunciones tan directas?

—Tom nunca me lastimaría —concluyó y lo juró para dejarlo hasta ahí.

&

Tom dejó escapar un suspiro trepidante cuando se paró frente a la puerta de su apartamento. Haber dejado a Bill había sido la cosa más difícil que había tenido que hacer en su vida y se sentía como un cobarde por haberse ido cuando estaba dormido. Aun así, concluyó que así sería más fácil para ambos; Bill no lo vería irse y Tom no tendría que partir con el dolor en los ojos de Bill dirigidos hacia él.

Aun después de irse, Tom no había sido capaz de ir a casa. En vez de eso, había deambulado toda la noche, sin saber a dónde se dirigía o qué haría una vez que llegara ahí. En ciertos puntos, se quedaba cerca de la casa de Bill, pero sin acercarse mucho porque dejarlo por segunda ocasión, aunque Bill no supiera que había estado ahí, sería más difícil que la primera vez. En otros momentos, Tom vagaba por su mundo, mezclándose entre otros ángeles que parecían estar felices. Tom se preguntó por qué no había podido ser como ellos. ¿Por qué debía preocuparse tanto? ¿Por qué había tenido que enamorarse de Bill? ¿Había sido un acto de rebelión o algo que simplemente había estado fuera de su control?

Bill era la última persona a la que hubiera querido lastimar, pero al final, eso era exactamente lo que había hecho. Supuso que su castigo, cualquiera que fuese, lo tenía bien merecido; pero nada podría compararse con la culpa con la que se había estado golpeándose a sí mismo.

Tom estaba tenso para cuando volvió finalmente a su casa el lunes por la mañana, pero sabía que incluso poner un pie adentro, no lo cambiaría. Su constante estado de preocupación no iba a desaparecer hasta que supiera qué era lo que iba a pasar ahora. Imaginó que sería transferido, pero quería saber quién lo reemplazaría para cuidar a Bill. Quería encontrar al guardián para asegurarse de que estuviera a su altura, quería asegurarse de que incluso aunque no fuera capaz de encontrar a Bill por un largo tiempo, Bill estaría a salvo en su ausencia.

Para él valía la pena, sin importar lo mucho por lo que tendría que pasar. Pasar esa noche extra con Bill como una pareja normal era todo lo que había podido desear. Sin embargo, lo que verdaderamente esperaba, era que para Bill también hubiese valido la pena, por todas las reglas que tuvo que romper.

Y vaya que había roto muchas reglas.

La puerta rechinó cuando giró la perilla y abrió, listo para tirarse en el sofá y dormir hasta que la tormenta hubiese pasado. Como si se tratara de un sistema de alarma integrado para anunciar su llegada, pero se dio cuenta de que no había necesidad de anunciar nada, tan pronto como le dio una ojeada a la habitación. Andi estaba sentado en el sofá con sus piernas debajo de él, y lo miró con un ceño fruncido desaprobador.

Tom quería pedirle que no empezara, pero estaba demasiado cansado como para abrir su boca.

—Buenos días —saludó Andi, pero su voz salió tensa y cansada. Obviamente, había mucho más que quería decir.

Tom entrecerró sus ojos al cerrar la puerta y se apoyó sobre ella con suspiro profundo.

—No empieces —advirtió, pero las palabras salieron débiles e impotentes.

—Estás horriblemente vestido y llegas horriblemente tarde. Dos días, ¿no?

Su acto parental inocente e indagador no estaba funcionando. Tom sacó el localizador de su bolsillo y se lo aventó a su compañero, dirigido a la cabeza del rubio, pero falló miserablemente. Andi lo atrapó en el aire antes de que pudiera pasar volando al lado de su cabeza y que se estrellara en pedazos.

Los dos chicos permanecieron en silencio desde sus respectivos lugares en la sala. Andi se inclinó para colocar gentilmente el localizador idéntico al suyo sobre la mesa, y Tom cruzó sus brazos, desafiante, deseando poder tener una mejor puntería. No estaba completamente seguro de dónde provenía el enojo hacia su compañero y amigo, pero pensó que tal vez se debía a la forma en la que Andi siempre era tan perfecto y propio para nunca meterse en problemas. Tal vez era porque estaba celoso de que Andi hubiese tenido como misión a un hombre más viejo que probablemente iba a morir pronto de cualquier forma, y no tenía que preocuparse por enamorarse de él.

Porque eso era. Tom se había enamorado, y estaba a punto de ser separado de la única persona que le había importado.

—Lo hiciste, ¿verdad? —Andi rompió el silencio, con una voz baja. Tom podía verlo en sus ojos: la incertidumbre mezclada con preocupación. Como siempre, Tom estaba seguro de que su curiosidad le estaba ganando a su preocupación—. Rompiste otra regla, esta vez, algo grande.

Tom resopló al cruzar la habitación, sacándose y pateando sus zapatos al hacerlo. Como si las otras reglas no hubiesen sido grandes. Pero Andi tenía razón. Todas las otras reglas rotas no podían compararse junto a esa noche con Bill.

—No quiero hablar de eso —le dijo a su amigo al sentir su corazón apretándose dentro de su pecho, y su estómago revolviéndose.

El malestar que había comenzado a sentir en la cama el día antes, todavía no se apaciguaba. De hecho, había empeorado. ¿Qué le pasaba? Los guardianes no se enfermaban ¿o sí? Tal vez ése era el castigo. Tal vez lo sentía porque ya había sido transferido y no debía estar con Bill para nada. Tal vez estaban en proceso de quitarle todos sus privilegios de protector de una buena vez. Ésa idea tampoco le hizo sentir bien.

Aclaró su garganta al sentarse en el sofá del otro lado a donde estaba Andi, y cuando volteó su cabeza para mirarlo, éste todavía miraba en su dirección; Tom cerró sus ojos.

—Tengo mucho en mente.

Andi se encogió de hombros, casualmente, y mordisqueó sus uñas.

—Bueno, tal vez es para bien, de cualquier forma —dijo, y la cabeza de Tom volteó rápidamente con incredulidad, algunas de sus rastas sueltas lo golpearon en la cara con fuerza—. Bill no ha sido nada más que problemas desde el día que lo conociste.

—Vete a la mierda, Andi —estalló Tom, enojado porque Andi se había atrevido a tocar ese tema. Culpar a Bill por todo, estaba mal, y hacerlo cuando Tom ya se sentía triste y culpable, era como darle un golpe bajo y batearlo mientras estaba caído. Sintiéndose mal o no, Tom no iba a dejar que su compañero degradara una relación que ni siquiera podía comprender—. No sabes ni una mierda sobre Bill, o sobre lo que hemos pasado.

—Sé que has tenido que ir a hablar con GP más que cualquier otro ángel que he conocido —dijo Andi, con una voz petulante y confianzuda. Tom quería golpearlo.

—Eso no tiene nada que ver con Bill —dijo Tom entre dientes y Andi levantó sus cejas.

—¿Entonces tienes una aventura con el Gran Hombre? —asumió con un tono acusador y burlón—. Sus ojos brillaban de una forma que delataba que estaba intentando colarse bajo la piel de Tom y presionarlo, y estaba funcionando.

Tom se levantó y fulminó con la mirada al rubio que estaba sentado en el sofá mientras empuñaba sus manos a sus costados. Apretó sus dientes, luchando contra las ganas ridículas de ponerse a llorar, y endureció su mirada. Inmutable, Andi también endureció su mirada y un montón de balas volaron entre ambos, silenciosamente, en un campo de guerra.

—No tienes una puta idea de cómo se siente esto —escupió Tom, hincando un dedo en el pecho de Andi después de darse cuenta de que sus palabras silenciosas no tenían ningún impacto en su compañero—, así que deberías…

Tom se congeló en su lugar, las palabras se evaporaron de sus labios cuando el negro teléfono rotatorio en la mesa que estaba junto a Andi sonó. Incluso el ángel rubio pareció suavizarse un poco al darse cuenta de lo que eso significaba. Era el momento; podía ver el miedo en los ojos de Tom.

La sangre de Tom se heló y alejó su dedo acusador de su amigo mientras Andi se estiraba, con lentitud, para agarrar el teléfono y detener el timbre ofensivo que llenaba al apartamento silencioso. No intentó detener a su amigo cuando puso el teléfono sobre su oreja.

—¿Hola? —contestó Andi, y Tom esperó en ascuas, los segundos se sintieron como horas antes de que su amigo le pasara el teléfono, solemnemente.

Tom tomó el aparato con una mano temblorosa y lo puso contra su oreja. Cuando contestó, su voz sonó temblorosa igual que su mano

—¿Hola?

—Tomas —dijo la voz familiar con un tono agrio y brusco—. Quiero verte en mi oficina en diez minutos.

Continuará…

¿Qué tal el capítulo? 🙁 Yo lloré cuando lo estaba traduciendo. ;-;

En el próximo: muchas cosas pueden pasar en diez minutos.

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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