Fic de ophelia_seven. Traducido por OuterSpace

25. Rompiendo las reglas

—De verdad espero que no tengas planes para esta noche.

La cabeza de Bill dio un latigazo, levantando la vista ante el sonido de la voz de Tom; su corazón revoloteó, golpeó y palpitó, todo al mismo tiempo, en el mismo instante. Había estado sentado a la mitad de su cama con sus piernas cruzadas bajo él, releyendo una de sus novelas favoritas. Un día antes de que se cumpliera una semana desde la última vez que había visto a Tom, y ya se había resignado a una existencia miserable sin la exuberante presencia de su ángel guardián. Estaba intentando averiguar cómo volver a ser quien había sido antes de conocer a Tom.

Pero ahí estaba él, de pie en su habitación, con una sonrisa en su rostro como si no hubiera pasado una semana, como si no hubiera dejado solo a Bill durante seis días, preocupándose, inquietándose y castigándose a sí mismo por la desaparición del ángel. Quería estar enojado, y aun así, la sonrisa de Tom lo llenó de perdón, y se encontró a sí mismo moviéndose de la mitad del colchón, bajándose de la cama y siendo atraído hacia su muy extrañado amigo.

—Te fuiste por tanto tiempo. —murmuró al pararse frente a Tom, levantando una mano tentativamente para trazar las mejillas de Tom con las puntas de sus dedos. Había tenido miedo de no ser capaz de sentirlo, pero una oleada de alivio atravesó su cuerpo en cuanto sus dedos tocaron una piel cálida, y se encontró a sí mismo, lanzándosele al brazo abierto de Tom sin siquiera pensarlo, acurrucando su mentón en la unión entre el cuello del ángel y su hombro.

Tom frotó círculos en la espalda de Bill con una sola mano. El corazón del ángel dio un vuelco igual de fuerte, sino es que más, que el de Bill.

—Lo lamento. —se disculpó en un tono tan sincero que hizo que Bill se alejara.

Con la sorpresa inicial y la oleada de emociones fuera del camino, Bill se dio la oportunidad de mirar a su amigo de arriba abajo. Estaba usando un esmoquin negro con zapatos negros que hacían juego, y una flor en el bolsillo de su saco. Todas sus rastas estaban peinadas hacia atrás en una coleta bien hecha, y con una simple bandana atada alrededor de su cabeza, en lugar de la gorra que siempre usaba. Se veía guapo, si Bill se atrevía a admitirlo.

Bill lo ojeó sospechosamente por varios momentos antes de vocalizar sus pensamientos.

—Estás extremadamente bien vestido como para pasar una noche aquí conmigo. —acusó con una sonrisa cautelosa.

Los labios de Tom se arquearon formando una sonrisa y lentamente sacó de atrás de su espalda un segundo esmoquin que hacía conjunto también. Bill entrecerró los ojos, evaluando el atuendo que ni siquiera se había dado cuenta que Tom llevaba consigo.

—Espero que no demasiado bien vestido como para ir a baile. —respondió, y aunque sus palabras estaban llenas de confianza, Bill también pudo detectar un ligero titubeo de incertidumbre.

Bill eludió la respuesta, moviendo sus pies sobre la alfombra de la habitación incómodamente. Había estado diciendo que no quería ir al baile, que prefería pasar una noche con Tom, o solo, si Tom no se aparecía. Ni siquiera estaba seguro de cómo podría funcionar. Para todos los demás, parecería como si estuviera sentado solo, bailando solo, hablando solo. Nunca funcionaría. Cruzó sus brazos sobre su pecho y ladeó su cabeza; seguro que Tom era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de las ramificaciones.

—No creo que sea una buena idea —empezó a protestar, pero se detuvo cuando vio el aspecto ligeramente dolido en la luz de los ojos color marrón de Tom y el levantamiento inmediato de una ceja. Bill suspiró, suavizando su postura—. Es que no entiendo cómo podría funcionar.

—Confía en mí un poco, ¿sí? —dijo Tom, pasándole el esmoquin a Bill, quien lo tomó cautelosamente, aún inseguro.

—De verdad no tengo ganas de…

—Bill —dijo Tom, y lo cortante en su voz tomó a Bill por sorpresa. Sus ojos se encontraron en el corto espacio entre ellos, y Bill pudo sentir cada miligramo de seriedad en su ángel. Confiaba en él, sin duda alguna —. Esta noche voy a romper las reglas… ya lo hice.

Las implicaciones resonaron fuerte y claro. Tom estaba rompiendo más reglas para llevar a Bill al baile, para darle y dedicarle esta noche; y si la preocupación en sus ojos era algo que pudiera darle una pista, las reglas que estaba rompiendo, eran importantes. Si Tom iba a meterse en problemas, como había mencionado la última vez que estuvieron juntos, entonces ésta podría ser la última noche que pasarían juntos. La realización hizo que Bill tragara con dificultad, sus dedos temblaron cuando tomó el esmoquin para inspeccionarlo, aunque sus ojos nunca dejaron los de Tom.

—Yo…

—Por favor dime que valió la pena.

Bill sabía que Tom estaba haciendo esto por él, sólo en caso de que algo le pasara y que no pudiera volver a verlo. Sabía que era una disculpa y una súplica de perdón, todo en uno. Todavía no estaba seguro de cómo funcionaría, pero confiaba en Tom, y se encontró a sí mismo asintiendo.

—Valdrá la pena. —dijo. Su propia respuesta encajó con la de Tom como si hubiera sido una pieza perdida en el rompecabezas.

Sintiendo una oleada de afecto y esperanza, Bill puso el esmoquin sobre su cama y avanzó para abrazar a Tom. Inmediatamente sintió los brazos de Tom serpenteando su cintura, y unos labios cálidos se presionaron contra su frente. El enlace de sus extremidades fue un alivio de tensión para ambos, individualmente, y como una fuerza unida.

—Y por cierto, ¿de dónde sacaste un esmoquin? —preguntó Bill, la curiosidad sacaba lo mejor de él. Una imagen de la habitación de Tom cruzó por su mente; se imaginó algo pequeño y ordenado, con un gran closet lleno de ropa, ropa holgada y gorras, y un arcoíris de zapatos con cordones de diferentes colores, pero definitivamente, ningún esmoquin—. ¿Te lo robaste?

—No —negó Tom sinceramente, meciéndose de adelante hacia atrás con Bill cómodamente entre sus brazos—. Fui a la tienda donde los venden y lo compré.

Bill se hizo para atrás y miró a Tom a los ojos; sus rasgos se arrugaban con confusión.

—¿Lo… compraste? ¿Pudieron verte?

Luciendo petulante y muy seguro de sí mismo, Tom sonrió y se alejó de Bill, pasando una mano sobre su cabeza, nerviosamente. Bill estaba seguro de que era porque no estaba acostumbrado a no llevar una gorra cubriendo sus rastas, pero estaba más preocupado por averiguar cómo el ángel había podido comprar un esmoquin, si se suponía que nadie era capaz de verlo.

—Síp —contestó Tom, el aro plateado en su labio reflejó la luz cuando sonrió. En respuesta a la sonrisa de Tom, Bill frunció el ceño y, pronto, Tom también lo hizo—. Puedo hacerme visible ante la gente cuando quiera, y por alguna razón, también pueden sentirme, como tú. Lo comprobé.

—Oh. —Bill se quedó sin palabras, estupefacto. Tom se veía tan seguro de sí mismo pero Bill estaba tan nervioso e inseguro. Estaba seguro de que eso estaba en contra de las reglas. Si Tom ni siquiera tenía permitido hacerse visible ante Bill, estaba seguro de que la gente en las calles y las tiendas también estaban fuera del límite. Y también las personas en el baile. Bill se hizo a la idea de que en realidad iba a presumir a Tom, presentárselo a la gente como su novio. Su novio. Pero Bill sabía que no duraría mucho, con todas las reglas rotas. No podría durar. Necesitaba disfrutarlo. Asintió, inhalando profundamente y aceptándolo todo, y le envió a Tom una mirada reconfortante para darle a entender que comprendía el asunto—. Ok.

Con el silencioso entendimiento que pasó entre ambos, se encontraron a sí mismos sintiéndose más pesados y ligeros al mismo tiempo. Más pesados por el peso de la situación, pero más ligeros por el conocimiento de que esta noche era suya y podrían hacer lo que quisieran con ella.

—Ve a ponerte bonito —dijo Tom, empujando ligeramente a Bill hacia su cama donde el esmoquin negro estaba esperando.

Bill lo levantó y pasó sus dedos sobre el simple detalle.

—¿Dónde conseguiste el dinero para comprarlo.

—Robé un banco —dijo Tom con el mismo tono serio con el que le había dicho a Bill que lo había rentado, y la cabeza de Bill giró rápidamente para mirarlo con los ojos bien abiertos incrédulamente. Inmediatamente, Tom resopló, la diversión iluminó todo su rostro—. No es cierto.

—¿Y qué si no te creo?

—Tendrás que confiar en mí un poco. ¿Cuánto tiempo necesitas para alistarte? ¿Cómo una media hora?

Burlándose, Bill sostuvo el atuendo nuevo y limpio contra su pecho.

—Al menos una hora, ¿por qué?

—Porque vamos a hacer esto como debe ser. —inseguro, Bill se balanceó sobre sus pies; sus ojos inquisitivos se encontraron con los de Tom a través de la distancia mientras sus dedos agarraron el esmoquin con fuerza—. Te voy a dejar para que te alistes, y luego te voy a recoger en la puerta principal, y…

—Pero mi mamá… —Bill protestó inmediatamente, y sus cejas se fruncieron con preocupación.

—Me gustaría conocerla oficialmente —dijo Tom, su lengua salió un poco para juguetear con su piercing como lo hacía cuando estaba nervioso—. Si eso está bien, claro.

—Oh —Bill respondió tontamente, el impacto de las palabras llegó atrasado, pero con fuerza—. Sí, suena bien.

—Bien —dijo Tom, caminando hacia adelante para ponerse frente a Bill y ofrecerle un beso casto. Bill sonrió contra los suaves labios justo antes de que Tom se separara. Las palabras “te amo” brillaban en sus ojos, causando que el corazón de Bill se detuviera un poco y bailara, golpeando su caja torácica—. Te veo en una hora.

&

El timbre sonó y Bill dio un respingo frente al espejo. Su cabello estaba alisado y adornaba el contorno de su rostro y su maquillaje negro adornaba el contorno de sus ojos ligera y elegantemente, haciendo juego con el esmoquin que Tom le había llevado. Todo era perfecto, se veía y se sentía perfecto, pero estaba nervioso, muy nervioso, e inquieto. Cuando todo parecía ir tan bien, Bill era lo suficientemente escéptico para creer que todo podría salir mal.

Se alejó del espejo renuentemente, pasando su mano por última vez por el frente de su esmoquin y se dirigió a las escaleras. Así de tambaleantes como se sentían sus piernas, tomó una precaución extra para bajar los escalones con cuidado, y para cuando llegó a bajo su madre ya estaba en la puerta, invitando a Tom a entrar.

Se detuvo al final de las escaleras, dedicándose solamente a observar la interacción. No era algo que hubiera podido imaginar que pudiera suceder, y le cortó la respiración el tiempo suficiente antes de que Tom levantara la vista y lo viera ahí de pie, dándole una sonrisa triunfante merecedora de un premio.

—Bill. —saludó, como si no se hubieran visto hace poco menos de una hora.

Lentamente, la madre de Bill se volteó para verlo y la confusión estaba escrita por toda su cara.

—¿Bill? No sabía que ibas a ir al baile.

Bill abrió su boca para responder, pero Tom fue más rápido, y finalmente tuvo la oportunidad de hablar por Bill, como Bill sospechó que había querido hacerlo desde hace un buen tiempo.

—Fue una decisión de último minuto —dijo—. Espero que no le moleste. Me tomó una eternidad convencerlo para ir.

—No, no me molesta en absoluto —dijo, todavía mirando a Bill, y aunque sus palabras salieron aprensivas, Bill pudo detectar en ellas la sinceridad—. Sólo me hubiera gustado saber desde antes.

—Lo siento —Bill se encogió de hombros, en forma de disculpa—. Es que Tom es muy persistente.

—Tom —dijo ella, girándose para ver al chico enrastado en su sala, a quien estaba conociendo por primera vez—. Conociste a Bill en la fiesta, ¿verdad?

Instantáneamente, Bill esperó que Tom lo mirara confundido, pero no lo hizo. Ya sabía la respuesta.

—Sí —sonrió con facilidad; echando otra capa de encanto—. Se veía tan miserable que no pude evitar tomarlo bajo mi protección.

Bill evitó resoplar con eso, pero su cuerpo se llenó de calidez. Tom, su ángel guardián, el chico que salvó su vida, estaba de pie en su sala, vestido con un esmoquin, encantando a su madre.

Increíble.

—Bueno, me da mucho gusto conocerte, Tom.

—Igualmente —respondió Tom, y Bill rápidamente se movió a través de la sala para terminar las cursilerías. Por mucho que le gustara ver a los dos interactuando, no estaba seguro de cuánto tiempo le quedaba con Tom, y quería monopolizar cada segundo.

—Tal vez deberíamos irnos —dijo suavemente, echándole un vistazo al ángel que estaba en su sala—. No queremos llegar tarde.

—¿Cómo se van a ir?

—Manejando —contestó Tom, levantando un pulgar hacia la puerta por donde había entrado, que seguía abierta. Bill y su madre se dieron la oportunidad de asomarse por la puerta para encontrar un Toyota negro desconocido que estaba estacionado frente a la casa. Una marca definitiva de preocupación se instaló en el rostro de su madre, pero Tom parecía saber exactamente qué decir—. No se preocupe por Bill. Sé que ha pasado por mucho, pero soy un conductor muy confiable. Nunca haría algo para ponerlo en peligro.

Todavía un poco escéptica, su madre lo miró, y él asintió, afirmándolo. Si había algo de lo que estaba seguro, era que Tom lo protegería, sin importar qué pasara.

—Bueno, está bien —concedió, aunque seguía pareciendo preocupada, hubo un matiz de alivio en su voz también. Su hijo estaba mostrando señales de ser normal. Muy poco sabía que, ella misma estaba de pie en su sala hablando con un ángel guardián—. Diviértanse, y llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo?

Bill se sonrojó, aunque estaba seguro de que Tom había atestiguado muchas otras conversaciones vergonzosas entre ambos.

—Mamá —se quejó, acercándose a ella y abrazándola—. Estaré bien.

Después de que Bill posara un firme beso en su mejilla, Tom tomó su mano y lo llevó fuera de la casa, donde el sol rápidamente se desvanecía y formaba sombras en los rasgos prominentes de Bill. Se detuvieron por un momento, recuperando sus alientos después de lo que acababan de superar.

—Creo que le gusto. —bromeó Tom.

—Creo que tú me gustas —contraatacó Bill, acercando a Tom e inclinando su boca para darle un beso—. Creo que me gustas mucho, pero ¿de verdad tenías que rentar un auto para hoy?

La cara de Tom se volvió seria y se alejó del casi-beso que Bill le había ofrecido apenas hace unos segundos.

—Sí —dijo—. Te dije que quería hacerlo como se debe.

—Pudimos haber caminado —le dijo Bill—. No me hubiera molestado caminar.

—Pudiste arruinar tus zapatos —Bill carraspeó ante la insinuación de que era una chica que se preocupaba por ése tipo de cosas, y Tom le sonrió—. Ok, pude haber arruinado mis zapatos. Además, ¿sabes lo que la gente hace después del baile?

—Eh… —Bill arrastró la sílaba, pero su rostro se calentó cuando las imágenes de todas las cosas que podrían hacer cruzaron por su mente—. Tal vez deberías… ¿refrescarme la memoria?

Los ojos de Tom se oscurecieron, revelando que los dos estaban en la misma página.

—Hacen cosas en los asientos traseros, claro.

—Pensé que rentaban habitaciones de hotel —contestó Bill retadoramente, con su voz baja en caso de que su madre pudiera escuchar su conversación desde el otro lado de la puerta. Tenían una buena relación y compartían muchas cosas, pero había algunas cosas que ella simplemente no tenía por qué saber.

—Eso podría arreglarse —prometió Tom, y hubo un brillo en sus ojos que hizo que Bill le creyera. Sintió mariposas en el estómago, haciéndole cosquillas hasta que tuvo las rodillas débiles y se colgó de Tom para apoyarse.

—Creo que preferiría mi propia cama —dijo suavemente y bajando la vista hacia sus brillantes zapatos negros que se emparejaban perfectamente con los de su ángel. Le costaba mirar a Tom a los ojos, sintiéndose penoso y tímido, pero necesitado y lleno de admiración, por miedo de que todas las cosas poderosas que estaba sintiendo no fueran correspondidas en su totalidad.

Tom enganchó un dedo debajo de su mentón y lo levantó para que sus miradas se encontraran, y toda la sinceridad y admiración que ambos sentían fluyó libremente con esa conexión.

—Lo que tú quieras, ¿ok? Esta noche es tuya. —Tom tragó saliva mientras Bill intentaba, en vano, encontrar algo que decir para si quiera igualar las cosas que estaba sintiendo, pero Tom fue más rápido—. Bill, si ésta es la última vez que…

—No —Bill lo hizo callar rápidamente, presionando las puntas de sus dedos en los labios de Tom para mantener las palabras alejadas. Si no las decía, Bill no tendría que pensar en ellas, y los pensamientos no lo harían sentir mal—. No digas nada. Sólo hay que disfrutar esta noche, ¿ok?

Tom asintió solemnemente una vez, su barbilla se movió hacia arriba y luego hacia abajo, y Bill le sonrió.

Ésta era su noche, e iba a disfrutarla al máximo.

Continuará…

El principio del fin…

En el próximo capítulo: Bill y Tom van al baile. D:

Muchas gracias a todos por sus comentarios. ^^

por OuterSpace

Traductora del Fandom

Un comentario en «Intervención divina 25»

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