Fic de ophelia_seven. Traducido por OuterSpace

24. Dejando ir

El viernes en la mañana, Bill se acurrucó en el sofá con un tazón de Fruit Loops en su regazo y con Charlie a su lado, con la mirada perdida en la parpadeante pantalla de televisión. Distraídamente, agitó su cereal con su cuchara; no tenía nada de hambre y ni siquiera estaba seguro de por qué se había molestado en servirse en primer lugar. Una vez más, Tom lo había abandonado… iban cinco días… y contando; y en esta ocasión, Bill tenía preocupaciones más grandes de las que había tenido antes. No podía entender cómo alguien podía esperar de él que hiciera cosas como comer o dormir cuando se sentía tan destrozado por dentro con todo ocurriendo tan repentinamente.

¿Y si Tom nunca volvía? ¿Y si se había metido en problemas por lo de la última vez? ¿Por qué no le había dicho antes a Bill eso de que estar con él tanto tiempo le causaba tantos problemas? ¿Podría Bill haber sido lo suficientemente fuerte como para decirle que se mantuviera alejado?

No tenía respuesta para ninguna de las preguntas que le daban vuelta en la cabeza. Y la pregunta que más lo tenía preocupado era: ¿Tom volvería? Tal vez si tuviera una respuesta para eso, las otras preguntas no serían tan estresantes. Cinco días no eran ni siquiera una semana y no deberían ser tan malos, pero la bomba que Tom le había tirado, ésa de que quizá habría un momento en el que no estaría ahí para él, tenía a Bill hecho un manojo de nervios. Cada segundo que pasaba se sentía como si clavaran otro clavo en el ataúd que representaba lo que hubieran podido llegar a ser. Bill sentía como si estuviera perdiendo más que a un buen amigo con cada minuto que pasaba sin ver a Tom.

—¿Por qué no estás listo para irte a la escuela todavía?

Bill parpadeó cuando la voz de su madre irrumpió el silencio de la habitación, y sus brazos se enrollaron sobre sus hombros desde atrás, atrayéndolo a un abrazo mañanero un tanto incómodo, sin embargo, agradable. La mujer posó un beso en la parte trasera de su cabeza y le revolvió su cabello cariñosamente.

—No voy a ir. —murmuró, esperando que su madre no lo cuestionara.

Nunca había sido bueno para faltar a la escuela, pues en general era un buen estudiante, por lo que ella normalmente no pestañeaba dos veces cuando Bill decía que quería quedarse en casa porque no se sentía bien. Pero las cosas habían cambiado desde que Tom estaba ahí, o quizá sólo desde el accidente. Era difícil discernir cuando ambas estaban bastante ligadas entre sí, pero de cualquier forma, las cosas ahora eran diferentes, y no tenía ganas de ir a la escuela.

En un instante, la mano fría de su madre se presionó en su frente, en un ataque de preocupación.

—¿Qué tienes? ¿Estás enfermo? —sus dedos se movieron de su frente a su mejilla antes de que pudiera formar una respuesta—. No te sientes caliente.

Bill se encogió de hombros, con poco entusiasmo.

—Sólo no me siento bien. —se excusó, y en realidad eso no era mentira. Su estómago se torcía en nudos de nervios cada vez que pensaba en Tom y en la posibilidad de nunca verlo de nuevo. Era una posibilidad tan real que podía hacerlo vomitar; no podía soportar la idea de comer, y se sentía tan exhausto que estaba seguro de que si le daban la oportunidad, podría dormir doce horas seguidas. Tal vez no estaba enfermo, con los tradicionales síntomas de un resfriado, pero estar enfermo de amor contaba, ¿no? Su corazón estaba roto y se rompía cada vez más con cada segundo que pasaba.

—¿Seguro de que no puedes ir? —intentó su madre, y por el rabillo del ojo la vio acercarse al costado del sofá. La mujer se mordió el labio tentativamente, mientras lo observaba—. Ya has faltado mucho.

—Me puse al corriente. —respondió Bill, suprimiendo el impulso de estallar con su madre por estar cuestionándolo. Sus nervios estaban fritos y estaba haciendo su mejor esfuerzo por mantenerse sereno, pero no le gustaba ser presionado con nada. Giró su cabeza hacia su madre y la miró a sus ojos, tan idénticos pero llenos con mucha preocupación—. Me quedaré en casa hoy y todo el fin de semana para estar bien el lunes.

La madre de Bill entrecerró sus ojos para mirar a su hijo y abrió la boca, eligiendo con cuidado sus palabras.

—¿Te estás haciendo el enfermo para no tener que ir al baile? —le preguntó—. Porque no te voy a forzar a…

—No es por el baile —dijo Bill, estallando en ese momento. Estaba tan inmerso en su frustración que no notó la forma en la que los ojos de su madre se abrieron con sorpresa y con dolor—. Ya te dije que no voy a ir, y tampoco voy a ir a la escuela, así que ya córtala.

Se tensó, sus dedos se aferraron fuertemente a los bordes de su tazón mientras su madre se sentaba a su lado y unía sus manos en su regazo. Sólo hacía eso cuando estaba a punto de traer algo serio a colación y no sabía si Bill reaccionaría bien a ello. La había visto hacerlo el día que se enteraron de que su padre había fallecido, y también cuando le anunció que se iban a mudar de la casa donde había crecido porque no podía pagarla ella sola, y ahora esto. Bill se preparó para lo que fuese que estuviera a punto de decir. Amaba a su madre, pero a veces sentía que su preocupación estaba fuera de lugar.

—Voy a conseguirte una cita. —empezó; su tono era serio, pero suave. Era como si estuviese intentando ser firme como mamá, pero persuasiva como un entrenador de perros, como si Bill fuera un perro al que tuviera que entrenar—. Creo que un doctor podría conseguirte medicina para ayudarte a lidiar con lo que pasó y para nivelar tus estados de ánimo.

—Mis estados de ánimo están bien —dijo inmediatamente, inclinándose hacia adelante para colocar su tazón en la mesita de café después de tener un impulso particularmente fuerte de lanzarlo a través de la habitación y ver la leche salpicando en toda la pared—. No necesito lidiar con lo que pasó. Yo sé lo que pasó, lo superé y estoy bien.

—Billy —suspiró, y Bill tuvo que tragarse sus palabras para pedirle que no lo llamara así. Le había dicho de esa forma casi toda su vida, y usualmente le traía confort. Pero ahora sentía como si lo estuviera tratando como a un bebé, o a una pieza frágil de cristal. No estaba hecho de cristal; ¿acaso no lo había comprobado ya al sobrevivir a un accidente de autos que bien pudo matarlo?

Bill apretó sus dientes y miró a su madre.

—Estoy bien —le dijo, reuniendo toda la convicción que pudo encontrar para pimentar su voz—. Sólo no me siento bien hoy, y no voy a ir a la escuela.

—Está bien —dijo su madre, levantándose y sacudiendo sus palmas en sus pantalones. Bill notó el ligero temblor en ellas, de la misma forma en la que lo hacían cuando estaba enojada. Odiaba ser el causante de su dolor, pero él mismo estaba muy angustiado como para ofrecerle disculpas—. De todas formas te conseguiré una cita. Haré la llamada hoy en mi hora de almuerzo.

—No podemos pagarlo. —Bill contraatacó, bruscamente. Normalmente no era tan cruel con su propia madre, pero últimamente había sentido cada vez más estrés y tensión en su relación.

—Pues entonces con el consejero de la escuela, por ahora —respondió después de un breve momento de silencio en el que se dio cuenta de que su hijo tenía razón.

Con la promesa quedando flotando en el aire, su madre desapareció de la sala y fue a la cocina, encendiendo la cafetera y haciéndose algo para desayunar.

Bill miró a Charlie, que tenía su cabeza descansando en el piso, mientras sus ojos se concentraban en él, con lo que parecía ser compasión; Bill resopló con frustración.

Todo era culpa de Tom.

&

Tom se le quedó viendo al techo, haciendo inventario de todas las pequeñas gotitas de pintura y las manchas que se dispersaban en la superficie. El sofá era duro y estaba lleno de grumos, pero se había quedado entumecido desde hace horas, así que ya ni siquiera le molestaba. No ser capaz de ir a ver a la única persona que anhelaba ver, y evitar a todos los demás, dejaba a Tom sin mucho que hacer, más que acostarse por ahí y observar el techo, lo cual había estado haciendo por días. Literalmente, había estado acostado en el apartamento desde hace días, sin hacer nada más que lamentarse por su insalvable relación con Bill, la relación que tuvo que terminar antes de que pudiera empezar.

¿Qué tan buen protector podía ser, de todas formas, si no podía ir con su cargo? ¿Cómo se supone que debía superar el hecho de no poder interactuar con Bill, cuando todavía estaba a cargo de su bienestar? Tom se sentía como un fracasado; no precisamente en su trabajo, sino más bien como un amigo. Le había fallado a Bill a un nivel personal y eso era peor que ser malo en su trabajo. De hecho, Tom lo veía peor que la mayoría de las cosas, si no es que peor que cualquier otra cosa.

En algún lugar del apartamento, una puerta se azotó. No podía estar seguro de dónde había sido porque en su profundo remordimiento, se sentía como si estuviera en una pecera. Todo se sentía y se escuchaba nublado, no podía mantener rastro de sí mismo, mucho menos de Andi. No volteó la mirada y continuó viendo el techo conforme pasaron los segundos, y después lo sintió: un golpe en la cabeza con un periódico.

Tom levantó el mentón para ver a su compañero de pie por encima de él, con un aspecto de desaprobación pintándosele en el rostro. Andi se quitó su mochila de mensajero de su hombro y la tiró al piso antes de cruzar sus brazos sobre su pecho con el periódico enrollado todavía entre sus dedos.

—No puedo creer que de verdad sigas aquí acostado, sintiendo lástima por ti mismo.

—Fuera —dijo Tom, en lugar de quedarse callado porque en ese momento, sentía como si fuera la opción más madura. Rompió el contacto visual con su compañero y rodó sobre su costado, enterrando la cara en el respaldo del sofá. ¿Y qué si estaba sintiendo lástima por él mismo? Andi nunca podría entender. Había algo malo con Tom que le hacía sentir las cosas que sentía por Bill, y Andi nunca lo experimentaría.

—No, tú necesitas salir —contraatacó Andi, y Tom gruñó con ambivalencia. Quería salir, pero no había ningún lugar al que pudiera ir donde pudiera ocultar el tormento por el que estaba pasando, así que ¿por qué molestarse?

—También es mi apartamento —murmuró, metiendo más su rostro en el material rasposo del respaldo del sofá, considerando brevemente la idea de asfixiarse a sí mismo y a toda su frustración.

Segundos después, sintió los dedos de Andi empuñando una parte de su camisa y jalándolo. El ángel rubio estiró un brazo y tomó su barbilla, volteando su rostro para que no hubiese forma de que Tom se escondiera. Podía mirar a Andi o cerrar sus ojos. Pero de cualquier forma, sabía que Andi estaba decidido a hacerse escuchar, así que mantuvo el contacto visual.

—Ve a verlo —instruyó Andi, y Tom negó con su cabeza, su refutación ya estaba empezando a formarse en sus labios. Sin embargo, su compañero era inteligente y conocía bien a Tom y se adelantó para interrumpirlo—. No has ido a verlo en toda la semana, ¿verdad?

Los ojos de Tom se volvieron hacia el localizador negro que yacía abandonado en la mesita de café. No había sonado; ya nunca sonaba.

—No me necesita —dedujo tristemente, y las palabras lo golpearon tan fuerte que decirlas en voz altas, admitiéndoselo a sí mismo, resultó como un golpe al estómago. Bill no lo necesitaba, así que ¿por qué debería Tom estar allá?

—Ve a verlo —repitió Andi, esta vez, luchando contra el peso muerto de Tom para levantarlo del sofá y ponerlo de pie. Tom se tambaleó un poco sobre sus piernas gelatinosas, una prueba del mucho tiempo que había estado acostado—. No soporto verte así.

—Se supone que no debo ir. —argumentó Tom.

—Hazlo de la forma correcta —advirtió Andi—. Ve a verlo, pero no dejes que te vea.

—Eso sería injusto.

—Sólo hazlo, Tom. GP nunca te prohibió que fueras a verlo.

Tom suspiró, echándole otro vistazo a su localizador. Tal vez la cosa estúpida estaba rota. Tal vez Bill sí lo necesitaba. No había forma de saberlo, a menos que fuera a comprobarlo por sí mismo.

—Bien —resopló, pero un poco e esperanza se encendió dentro de él—. Pero si me meto en problemas por esto, te voy a culpar a ti.

&

Al igual que lo había hecho antes, Tom encontró a Bill recostado en el sofá, usando a Charlie como almohada mientras tenía la mirada perdida a través de la habitación, sin parpadear. Para el chico enrastado, fue como recibir otro golpe en el estómago. Más que sentir lástima por sí mismo, se sintió culpable por hacer que Bill pasara por lo que lo había hecho pasar, por lo que GP lo forzaba a hacer.

Tom no quería alejarse más de lo que Bill quería que se alejara, pero el hombre detrás del escritorio no le estaba dando a Tom más opciones. Era, o alejarse voluntariamente, o ser alejado sin advertencia. Por razones egoístas, Tom había decidido alejarse por su cuenta para mantener su misión con Bill. Pero era sólo eso: una razón egoísta. Había querido ser capaz de ver a Bill, incluso si Bill no podía verlo, pero si ver a Bill significaba verlo así, entonces Tom no estaba seguro de querer seguir haciéndolo.

Desde su lugar por encima de Bill y sin ser detectado, Tom observó cómo sus ojos se cerraban y cómo una lágrima se filtraba de sus parpados apretados. Viajó por el valle de su ojo y aterrizó en la suave tela del sofá, oscureciendo un círculo en el material. Charlie levantó la vista hacia Tom y dejó escapar un profundo suspiro, como si también lo culpara de la situación actual de Bill. El ángel le dio una rápida caricia antes de posicionarse a sí mismo en el suelo, frente al sofá, justo en frente de su cargo.

Más lágrimas cayeron, y Tom sintió una humedad saltando a sus propios ojos. ¿Cómo podía hacerle esto a alguien que clamaba amar? ¿Cómo podía la vida… y la vida después de la muerte, en este caso, ser tan cruel con alguien que no lo merecía?

Sin pensarlo, los dedos de Tom se movieron instintivamente, pasando sobre los mechones negros del cabello de Bill con suavidad. Con un suspiro que sonó más feliz que triste, Bill abrió sus ojos. Por un momento, Tom creyó haberlo arruinado todo y que ahora Bill podía verlo, pero cuando los ojos de Bill se enfocaron, Tom se dio cuenta de que sólo estaban mirando a través de él. Tragó con dificultad en torno a su propia angustia.

—Aquí estoy. —susurró Tom con una voz apretada, pero no estaba seguro de que Bill pudiera escucharlo. No tenía caso; sin importar lo que Tom decidiera, Bill iba a sufrir. Lo único que quedaba era averiguar qué sería lo que le causaría a Bill menos dolor, y sumergirse completamente en ello, sin importar las consecuencias.

Bill gimoteó cuando Tom quitó su mano, causando que Tom se preguntara si podía sentirlo ahí. ¿Qué tan fuerte se había vuelto su lazo? ¿Cómo era posible que Bill pudiera sentirlo de esa forma, incluso cuando no podía verlo o escucharlo? Tom se hizo para atrás cuando Bill se sentó, frotando sus ojos llorosos y su cara llena de lágrimas. Odiaba ver a Bill así; odiaba verlo cuando no estaba feliz.

—Tom —Bill sollozó patéticamente, inclinándose sobre sus rodillas y dejando caer su cara en sus palmas. Sus manos temblaron mientras sus dedos se enredaban en su propio cabello, y Tom no pudo hacer nada más que observar, con impotencia. Era un horrible ángel guardián. Había fallado en su trabajo, y también al ser amigo de Bill.

A sabiendas de lo que tenía que hacerse, Tom se levantó de su lugar en el suelo y posó un beso ligero en la nuca de Bill. No tenía otra opción; tenía que hacerlo por Bill. No porque se preocupaba por él como un amigo, sino porque lo amaba como algo más.

Continuará…

Como siempre, les pido que si ven algo que no se entiende o que se ve raro, me avisen, para poder corregirlo. Gracias.

🙁 Las cosas no se ven muy positivas para nuestro Bill y nuestro ángel… pero esto todavía no termina. En el próximo capítulo: Tom conoce a alguien muy importante.

Muchas gracias por sus comentarios. Espero que estén pasando una linda semana. ^^

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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