Fic de ophelia_seven. Traducido por OuterSpace

21. El regalo de la amistad

El papel se sentía caliente y pesado dentro del bolsillo de Tom mientras estaba de pie en el baño de su apartamento mirando su reflejo tenso y nervioso. En la sala, el teléfono negro que estaba en la mesita de la esquina, sonaba, y sonaba, y sonaba. Había estado sonando desde que había vuelto del mundo de Bill, y Tom estaba feliz de que Andi no estuviera, porque para ese entonces, seguramente ya hubiese contestado. Habían pasado horas. Tom sabía que estaba en problemas, que había una gran posibilidad de que lo transfirieran a otro caso, pero todavía estaba el regalo que tenía para Bill; estaba en su bolsillo y necesitaba entregarlo antes de permitir que lo alejaran de él. El pedazo de papel no le servía de nada sin Bill. Era para Bill y sólo para él.

Nerviosamente, Tom aplacó sus rastas en la parte de arriba de su cabeza y luego recogió la gorra roja que había puesto en el lavabo. Había estado debatiéndose si debería ponerse gorra o no… o, ¿quizá sólo una bandana roja? Y finalmente, había elegido la gorra. Sabía que en realidad no importaba, de cualquier forma, sólo estaba dándole vueltas al asunto.

Por un lado, tenía a GP pisándole los talones, y sabía que era sólo cuestión de tiempo antes de que el gran hombre detrás del escritorio lo alcanzara. Por el otro lado, estaba nervioso por ir a ver a Bill porque la última vez que le había llevado el regalo, Bill había estado tan enojado con él, que ni siquiera le había dado la oportunidad de dárselo. Pero era por eso que Tom había regresado en el tiempo para arreglar las cosas; se había puesto a sí mismo y a su misión con Bill en riesgo con tal de mejorarlo todo. Si eso iba a ser todo, Tom necesitaba darle a Bill el pedazo de papel que permanecía doblado en su bolsillo. Incluso si Bill todavía estaba enojado con él, incluso si sus intentos habían sido en vano y si era la última cosa que podría darle… Tom tenía que dárselo.

El teléfono dejó de sonar en la otra habitación, y Tom suspiró aliviado, intentando pestañear para alejar el dolor de cabeza que el ruido constante le había provocado. Al jalar sus rastas entre el hoyo de su gorra, dejándolas caer libremente por su espalda, se miró a los ojos en el espejo e intentó poner una cara valiente para engañarse a sí mismo. Pero, ¿A quién quería engañar? Estaba igual de nervioso en el silencio del apartamento que como lo había estado cuando el teléfono estaba sonando. Era ahora o nunca. Lo estaba haciendo por Bill; todo lo que había hecho hasta ese momento había sido por Bill. Al menos la mayor parte.

Salió del baño y apagó la luz. El apartamento tomó un brillo inquietante y de mal agüero. Era como si todo el universo supiera exactamente lo que Tom había hecho, y todo lo que estaba tramando. No había forma de que pudiera escapar. Era un hombre convicto sin juicio; corría tan rápido como podía antes de ser capturado. Sólo era cuestión de tiempo.

Decidió que no rondaría por ahí sin ser detectado por Bill para ver primero cómo estaba el chico, porque sabía que si veía a Bill de mal humor o triste, sólo le haría querer darse la vuelta y salir corriendo con la cola entre las patas. No quería más temor apilado en su estómago antes del encuentro, y ciertamente no necesitaba que nada lo disuadiera de lo que necesitaba hacerse.

Así que Tom cerró sus ojos y esperó lo mejor.

Se encontró a sí mismo solo en la habitación de Bill; el distintivo sonido de agua golpeteaba un suelo de ducha. El reloj en la mesita de noche de Bill confirmó que todavía era muy temprano para que su mamá estuviera en casa, así que todo lo que Tom podía hacer era sentarse en la cama y esperar. Sintió que pasó mucho tiempo, al igual que la última vez, y Tom se encontró esperando ansiosamente a que llegara el momento de la verdad.

Mientras esperaba, sacó el pedazo de papel de su bolsillo y lo retorció entre sus dedos nerviosos. Todavía no lo había abierto, porque no era suyo, pero definitivamente, era algo que esperaba que Bill compartiera con él. Tom se había metido en muchos problemas por conseguirlo, había arriesgado su propio cuello otra vez, y esperaba que todo valiera la pena. Podría decirse que lo suponía, pero realmente no había forma de saberlo si él mismo no lo abría y lo leía, lo cual era algo que no iba a hacer.

Unos cuantos minutos de espera pasaron antes de que Tom escuchara el distintivo rasguño de las garras de Charlie contra la puerta. El perro era inteligente y podía detectar a Tom en minutos cada vez que se aparecía. El ángel se movió para dejar entrar al perro a la habitación para que pudieran esperar a Bill los dos juntos, pero tan pronto como abrió la puerta, encontró a Bill de pie frente a él, vestido y recién bañado. Estaba igual de sorprendido por la aparición de Tom ante él como Tom lo estaba porque Bill estuviera de pie justo afuera de la habitación.

Tom contuvo su respiración mientras los segundos que pasaban se sentían como horas, esperando en ascuas para determinar el humor de Bill. ¿Había funcionado su intento para arreglar las cosas? Durante esos segundos, Tom contuvo su respiración, esperando sobre todas las cosas, que en verdad estuvieran en buenos términos de nuevo. No podía soportar que Bill estuviese molesto o enojado con él.

Finalmente, después de un momento, Bill rompió el silencio.

—¿Intentas hacer que me dé un infarto? —preguntó, pero el tono en su voz era desenfadado y la sonrisa en su rostro se desplegó hasta sus ojos.

Tom dejó escapar la exhalación que había estado reteniendo y se hizo a un lado para dejar que Bill entrara a su habitación, detrás del perro que ya había entrado; Bill cerró la puerta detrás de él y se plantó frente a Tom. Las manos del ángel, automáticamente, se dirigieron a sus caderas y lo acercaron. La explosión de energía que fluyó entre los dos era densa y palpable, como dos magnetos que se atraían mutuamente.

—Sabes que nunca haría nada para lastimarte —prometió Tom y Bill tarareó en apreciación, apoyando su mentón en el hombro de Tom y respirando su aroma. Bill encontró increíble cómo hace semanas se había estado disputando en su mente, intentando encontrar excusas para definir lo que Tom era e intentando reunir todas las cosas que Tom nunca podría ser. Pero ahora… ahora Bill tenía a Tom en sus brazos, podía sentir su calidez y olfatear su olor juvenil, y podría hablar con él y tocarlo y sentirlo, y ya ni siquiera tenía que preguntarse por qué o cómo era posible. Tom existía… así de simple. Era suyo cuando las cosas iban bien y cuando las cosas iban mal.

Tom, su amigo. Tom, su ángel guardián.

—Pero si muriera, podría ser como tú y tenerte todo el tiempo —murmuró Bill, enlazando sus brazos alrededor de la cintura de Tom por anclaje, pero Tom rápidamente se hizo para atrás, sosteniendo a Bill firmemente de los hombros.

—No —dijo, y no había ni una pizca de broma en sus ojos. Tom no podía ni imaginarse qué pasaría con Bill si comenzaba a pensar cosas como esa en caso de que Tom sí fuera transferido de su caso—. Ni siquiera empieces a pensar ese tipo de cosas, ni siquiera funciona así.

El ceño de Bill se frunció ante la reacción de Tom y levantó las esquinas de su boca para formar una sonrisa que esperaba fuera mitigante.

—No lo estaba —prometió, sus ojos firmes en los de Tom para transmitir su sinceridad—. Estoy feliz de tenerte así.

Tom pasó una mano sobre la cabeza de Bill, peinando con sus dedos entre el cabello delgado y mojado.

—Sólo no empieces a pensar en esas cosas, ¿ok?

Bill sonrió ante la preocupación de Tom y asintió una vez en concordancia.

—Sí.

—Prométemelo —demandó el ángel, su tono era serio y postura era severa.

—Lo prometo —dijo Bill rápidamente, a la ligera y desenfadado. Se inclinó por un beso casto y cuando se separó, Tom estaba sonriendo también—. Aunque, por pura curiosidad…

—Bill… —advirtió Tom, todavía inquieto, pero ya se había tranquilizado considerablemente.

Bill tomó su mano, entrelazando sus dedos mientras estaban de pie, unidos estómago a estómago.

—Si yo muriera, ¿en qué tipo de ángel crees que me convertiría?

Tom tragó con dificultad, sin apreciar siquiera la idea de que pudiera morir. Ni siquiera quería pensar qué pasaría con Bill o en todo caso con él mismo. Y luego recordó en el pedazo de papel que estaba doblado en su bolsillo, en lo mucho que había pasado con tal de conseguirlo, teniendo una buena idea de lo mucho que significaría para Bill.

—Tengo algo para ti —le dijo al chico frente a él, dándole un tirón a su mano y encaminándolo a la cama. Tom quería sentarse, pero Bill lo resistió, con una sonrisa plantada en su rostro.

—¿Evitando la pregunta, eh?

—No, yo… —Tom sacudió la cabeza y quitó un par de rastas de sus hombros. Todo se sentía mucho más pesado estando frente al peligro, estando a punto de complacer o decepcionar al chico que estaba frente a él. Tom esperó haberlo hecho bien—. Te-tengo algo para ti, y tiene que ver con eso.

Una de las cejas de Bill se arqueó con curiosidad y la mano de Tom tembló al meterla torpemente en su bolsillo y rebuscar por el regalo en el que había pasado tanto tiempo intentando encontrar. Tomándolo entre sus dedos, Tom lo sacó de su bolsillo y apresuradamente, lo empujó en dirección de Bill; sus nervios estaban apoderándose de él.

Bill soltó una risita y sacudió su cabeza, sus dedos ágiles desdoblaron rápidamente el papel de cuaderno. El ángel contuvo la respiración, esperando por el momento de la verdad. Lo amaría o lo odiaría, de una u otra forma, Tom estaba seguro de que recibiría alguna reacción importante.

—Tom, ¿un pedazo de papel en blanco? —dijo Bill, y cuando Tom levantó su cabeza rápidamente para mirarlo, encontró al chico sonriendo. No era exactamente la reacción que había estado esperando—. En verdad no debiste.

Tom le arrebató el papel. No era posible que estuviese en blanco. Había visto las palabras escritas en él; lo había visto con sus propios ojos.

—No lo entiendo —susurró, encontrando el papel en blanco, igual que Bill. Había habido tinta sobre las líneas, al menos una media página—. ¿Por qué no…?

Tom le dio vuelta al papel, inspeccionando cada centímetro de él en busca de evidencia de que las palabras se hubiesen borrado, pero no encontró nada, ni un borrón de tinta, ni el sangrado de un bolígrafo.

Bill tomó el papel de las manos de Tom y lo examinó por sí mismo.

—¿Era una carta de amor? —preguntó, el brillo en sus ojos mostraba señales seguras de apreciación y una falta de cuestionamiento poco característica de él.

—No, tenía… —Tom miró a Bill, cuyos ojos amplios y apreciativos lo observaban, esperando por una respuesta. Tom no podía mentir. Dejó salir un suspiro que sonó muy parecido a un resoplido de frustración—. Era una carta de tu padre.

—De…. —Bill empezó y se detuvo igual de abruptamente—. ¿De mi papá?

Frenéticamente, le dio vuelta al papel un par de veces en sus manos, buscando por la misma evidencia que Tom había estado buscando y no encontró nada.

—Tom, ¿qué decía?

—No lo sé —admitió lastimosamente, y los ojos de Bill lo miraron oscuramente—. No la leí.

—¿Por qué no? —exigió saber, su cadera sobresalía y sus ojos estaban en llamas.

A pesar de haber tenido buenas intenciones, Tom se sintió avergonzado. Había conseguido un regalo perfectamente bueno para Bill, y la había cagado. ¿Qué había salido mal? ¿Por qué nada le salía bien?

—No me correspondía a mí leerla.

Bill se sentó en el borde de su colchón, derrotado, y pronto, Tom se le unió con su propia desilusión. Se sentía tan estúpido; si tan sólo hubiese leído la carta, incluso memorizarla, hubiese podido leérsela a Bill de memoria. Pero tampoco podía culparse por no leerla. Era un asunto privado; si la hubiera leído, Bill hubiera podido haberse enojado con él. Pudo haber algo ahí que Bill no quería que Tom supiera. Era el tipo de pequeñas idiosincrasias que llegaban a conocerse sólo cuando conocías a alguien a nivel personal, y Tom encontraba más de ésas cada día.

—De verdad lo lamento.

Los hombros de Bill temblaron con emoción, pero hasta donde Tom pudo ver, sus ojos no estaban más húmedos de lo normal.

—Está bien —susurró finalmente para liberar a Tom de la culpa, pero en realidad no funcionó—. Está… gracias. Digo, por intentarlo.

Tom tragó saliva, envolviendo un brazo alrededor de los hombros de Bill y acercándolo con fuerza. Bill se debilitó a su lado, su cuerpo quedó flácido bajo el peso del brazo confortante que colgaba sobre él.

—Es un tipo muy agradable —dijo Tom, ofreciendo el poco consuelo que pensó que podía otorgar.

Bill levantó la vista a través de sus gruesas pestañas.

—¿Lo conociste?

—Fui a buscarlo —admitió Tom con un asentimiento, sólo un poco avergonzado por haberse esforzado tanto con algo en lo que había fallado tan miserablemente—. Pasé por todos los recursos que tenía hasta que lo encontré.

—Oh, Tom —Bill rio, con la garganta apretada, estrangulando el sonido que debería sonar feliz.

—Él sabía quién era yo —declaró Tom y Bill se le quedó viendo, como si no entendiera el significado de eso—. Me reconoció inmediatamente como amigo tuyo. Siempre está contigo, como ya te lo había dicho.

—¿En serio?

Tom asintió en afirmación, jalando a Bill más cerca de él; el calor de sus cuerpos donde se unían radiaba y los envolvía en un capullo cálido.

—Está muy orgulloso de ti, Bill —ofreció Tom, recordando la forma en la que el hombre había hablado de su hijo—. Debiste ver la forma en la que sus ojos brillaban cuando habló de ti.

Mansamente, Bill levantó su barbilla para mirar a Tom de nuevo; sus ojos estaban muy abiertos y perceptivos.

—¿Ha… hablaste de mí? Con él. Ustedes…

—Me invitó a tomar una taza de café.

Sollozando, Bill se echó a reír y secó sus ojos que empezaban a rebosar con lágrimas.

—Amaba su café.

—Todavía —Tom sonrió, jugando con el aro de plata en la esquina de su boca, y junto a él, Bill zumbó con alegría—. Es un Transicionador. Ayuda a los nuevos ángeles a encontrar sus caminos y a adaptarse a sus nuevas vidas, y es uno de los pocos ángeles que conservan algunos de sus recuerdos.

Con un suspiro tembloroso, Bill envolvió sus dedos con fuerza en el pedazo de papel en blanco y luego se volteó para envolver ambos brazos alrededor del cuello de Tom, el papel crujió debajo de su abrazo. Respiró hondo, asimilando la calidez y el olor de su ángel y en general todas las buenas sensaciones.

—Gracias, Tom —murmuró contra la unión del cuello y el hombro de Tom, y Tom envolvió sus brazos alrededor de la espalda de Bill, recuperándose por un trabajo bien hecho.

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Bill suspiró mientras su reloj despertador comenzaba a sonar, y se estiró sobre Tom para apagarlo rápidamente. Ya había estado despierto por una hora, mirando a Tom dormir, intentando encajar las piezas. No podía evitar preguntarse por qué los cambios con Tom estaban sucediendo. Cuando lo había conocido, Tom había proclamado no necesitar comida, o sueño, o sexo. Y aun así, entre más tiempo pasaban juntos, Bill había notado evidencia de lo contrario de las tres cosas. Además Tom parecía estar igual de perplejo por toda la cosa, lo cual sólo llevaba a Bill a sentirse más intranquilo.

¿Pasaba algo malo con Tom?

Los ojos de Tom revolotearon para abrirse segundos después de que Bill hubiese apagado la alarma, y lo primero que vio, fue a Bill observándolo. Una sonrisa adornó su rostro mientras estiraba sus piernas debajo de la manta y jaló a Bill más cerca de él.

—Hace mucho frío para que estés hasta allá —murmuró, su voz estaba cargada con sedación, y Bill le sonrió sin poder evitarlo. Sabía que debía levantarse y prepararse, pero las ganas de quedarse en la cama con Tom todo el día eran tentadoras.

—Sabes que tengo cosas qué hacer hoy —susurró Bill, posando un beso en la esquina de la boca de Tom.

—¿Como quedarte aquí y mantenerme calientito? —Tom se quejó con sus ojos cerrados sin hacer un intento para alejarse o liberar el agarre que tenía en Bill.

Bill resopló e hizo un esfuerzo para librarse del agarre del ángel.

—Lo siento —se disculpó mientras Tom dejaba salir un largo suspiro de sufrimiento—. Ven abajo y desayuna conmigo.

—Pero tu mamá…

Bill se puso sobre Tom al borde de la cama y miró al chico con el que estaría feliz de quedarse por siempre, si pudiera. Tenía tantas ganas de ceder, de faltar a clases y pasar todo el día holgazaneando con Tom, pero no podía. Tenía que ir a la escuela; tenía cosas que hacer. Por mucho que no quisiera admitirlo, su vida no giraba en torno al ángel.

—Sabes a qué me refiero —dijo, estirándose y dándole un manotazo al ángel en el brazo—. Ven a sentarte conmigo.

Bill se dio vuelta y se inclinó para recoger sus pantalones del piso, y Tom se estiró para darle una nalgada, haciendo que Bill saltara y chillara simultáneamente. Se giró para dispararle al chico enrastado una mirada desdeñosa, pero la sonrisa en su rostro lo delató inmediatamente.

—Voy a bajar ahora —dijo, moviendo su trasero un poco seductoramente—. Acompáñame o no lo hagas.

Tom gruñó y cubrió su rostro con sus manos.

—Lo único que eso va a lograr es que quiera jalarte a la cama conmigo —le gritó a Bill, pero Bill ya estaba cerrando la puerta, retorciendo sus dedos en un silencioso adiós.

Abajo, Bill fue recibido con una taza caliente de café y con una elección entre Zucaritas y Cheerios. Se deslizó en una silla frente a su madre y sin pensar, pateó una silla para que Tom se sentara, en caso de que decidiera unírseles a la mesa del desayuno.

—¿Dormiste bien, cariño? —preguntó su madre al deslizar la crema sobre la mesa para su hijo, y Bill tarareó con aprecio.

Luchó contra el impulso innato de sonrojarse. Había dormido muy bien, enredado con Tom toda la noche, envuelto en un capullo de seguridad y felicidad.

—Bastante bien —dijo, intentando restarle importancia a su aturdimiento. Todavía estaba conmocionado por el pensamiento de Tom hablando con su padre, o su padre estando cerca lo suficiente como para saber acerca de Tom, y también por el pedazo de papel en blanco que en algún momento había tenido palabras suyas dirigidas para Bill.

Casi tenía sentido para Bill que las palabras no se hubieran transferido entre los dos mundos, pero al mismo tiempo, Bill no podía encontrarle sentido a muchas otras cosas que pasaban con Tom; sin embargo, no cuestionaba ninguna de ellas.

Bill vertió un poco de crema en su café y luego levantó el borde a sus labios para tomar el primer sorbo divino mientras le echaba un vistazo a sus opciones de cereal. Estaba decidiéndose por las Zucaritas, porque podía salirse con la suya y ponerles más azúcar, cuando vio a Tom por el rabillo del ojo, entrando a la cocina, usando nada más que una sonrisa de suficiencia en el rostro y unos bóxers alrededor de sus caderas. Bill casi se atragantó con su café mientras Tom se sentaba adyacente a donde estaba y le enviaba una mirada ardiente.

—¿Todo bien? —preguntó su madre, preocupada; la cuchara de su cereal quedó congelada en el aire sobre su tazón mientras observaba a Bill desde el otro lado de la mesa.

—Mmm —murmuró Bill rápidamente con un asentimiento de su cabeza, tragando el café caliente y estirándose por la caja de cereal, evitando a propósito ver en la dirección de Tom—. Más caliente de lo que esperaba.

Dijo, y su madre no tenía idea del doble sentido de su oración.

—Bueno, ten cuidado —dijo ella y Bill rodó los ojos, ignorando el bamboleo de cejas que Tom dirigía en su dirección—. Oh, ¿sabes a quién me encontré ayer en la tienda?

Bill se sirvió una abundante cantidad de cereal en su tazón, haciendo un esfuerzo consciente para ponerle atención a su madre e ignorar las miradas sugestivas que recibía de parte de Tom.

—Eh, ¿a quién? —preguntó, y Bill pudo ver que Tom se veía demasiado petulante consigo mismo ante su distracción aparente.

—A la mamá de Clara Thompson, ¿te acuerdas de ella? —el rostro de Clara pasó por su mente en un instante. Su compañera de la biblioteca, la que había hablado de su novio secreto y la que lo había abandonado en la fiesta, sin embargo, era la única a la que se sentía atraído sólo por el simple hecho de que era amigable y familiar—. Solías hablarle en la secundaria.

—Todavía le hablo —admitió, añadiendo leche a su tazón y hojeando sus Zucaritas con su cuchara para asegurarse de que ninguna hojuela se quedara sin leche—. Su mamá trabaja en la escuela también.

Bill añadió lo último como un pensamiento repentino.

—Sí, lo mencionó —la ceja de su madre se levantó con curiosidad—. El baile de graduación va a ser pronto, ¿no?

—Eh… hmm, sí… eso creo —no era algo a lo que Bill le había prestado mucha atención y realmente no le gustaba el tono sugerente en la voz de su madre.

—Bueno, ¡deberías invitarla! —dijo su mamá—. Todavía estaba esperando la invitación de algún buen chico.

Brevemente, y por instinto, Bill miró a Tom, y Tom lo miró a él, su propio interés se hacía aparente en su rostro angelical. Tom mordisqueó su aro y Bill buscó una respuesta, tanto para tranquilizar a su madre, como para sofocar la idea.

—Mamá, no soy… quiero decir…

—Sólo como amigos, cariño —sugirió, levantándose con su tazón vacío y caminando por la cocina para colocarlo en el fregadero—. Estoy segura de que no esperaría nada más de ti. ¿Ella sabe de…?

—Sí —Bill respiró, agachando la cabeza. Sabía más de lo que su propia madre sabía, lo cual lo hacía sentir como un hijo terrible.

Su madre fue a pararse detrás de él y despeinó su desordenado cabello mañanero antes de presionar sus labios sobre su cabeza.

—Sólo piénsalo, ¿ok? —pidió, apretando su hombro, y cuando asintió, se disculpó para ir a prepararse para su trabajo, y Bill dejó escapar un profundo suspiro.

—¿El baile de graduación, eh?

Bill miró a su ángel y negó firmemente con su cabeza.

—No voy a ir.

—¿Por qué no?

—No quiero —dijo con tanta firmeza como se pudo; dado el paradero desconocido de su madre en la casa—. Prefiero pasar la noche contigo que con todos los imbéciles con los que ya tengo que pasar todos los días.

Continuará…

Se agradecen los comentarios…

En el próximo capítulo: algunas cosas no se pueden evitar para siempre. D:

Que pasen una linda semana.

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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