Intervención divina 2

Fic de ophelia_seven. Traducido por OuterSpace

2. Propenso a los accidentes

Bajo la fuerte anestesia de los sedantes, lo único que el cuerpo de Bill quería, era dormir. Al mismo tiempo, le era muy difícil encontrar un estado esporádico para descansar. Le habían dicho que su brazo, por suerte, había sido la única cosa que se le había roto y traía enyesado. No podía ponerse cómodo, pero los sedantes lo adormecían tanto que a veces se sorprendía a sí mismo echándose una siesta en una posición incómoda, se despertaba lo suficiente para acomodarse y después volvía a quedarse dormido. Aunque el sueño estaba lejos de ser rejuvenecedor. Incluso cuando estaba dormido, soñaba acerca del accidente, de su tiempo en el hospital y hasta del chico con rastas, mirada sagaz y sonrisa agradable que había conocido ahí.

Sin embargo, la impresión más inquietante de todas, era cuando Bill se despertaba, de vez en cuando después de dar vueltas en la cama, intentando ponerse cómodo y encontraba al chico (Tom, había dicho que era su nombre), de pie en la esquina o sentado en el suelo al lado de su cama, sólo observándolo. Lo ponía de nervios, y Bill sólo podía convencerse a sí mismo de que estaba bajo mucha medicación y que estaba alucinando la existencia del chico.

Después de haber pasado aproximadamente doce horas consecutivas, dando vueltas en la cama, finalmente Bill se encontró a sí mismo completamente despierto y sentado erguido sobre su cama. Al otro extremo, a un lado de sus pies, estaba Tom sentado con las piernas cruzadas debajo de él, leyendo un libro que parecía haber sido sacado directamente del librero de Bill. Lentamente, Tom levantó la mirada por sobre las páginas del libro para encontrarse con la mirada de Bill, y Bill se relamió sus labios secos y algodonosos algunas veces antes de parpadear solemnemente ante el intruso.

—Eh… —comenzó, mirando fijamente a Tom—. ¿Quién eres y por qué estás sentado sobre mi cama?

Tom sonrió ampliamente, cerrando el libro sin siquiera fijarse en qué página se había quedado. Lo aventó al otro lado de la cama y se puso de pie, acercándose a un costado de Bill y arrodillándose a su lado.

—Me llamo Tom —dijo, y Bill quiso rodar sus ojos porque eso ya se lo había dicho, pero parecía que Tom tenía algo más qué decir, así que se mantuvo callado—. Estuviste en un accidente muy grave.

Esta vez, Bill sí rodó sus ojos ante la ridiculez de la aseveración. Por supuesto que había estado en un accidente; no era como que simplemente iba a ponerse un yeso sólo por diversión.

—Gracias, Capitán Obvio —contestó a secas.

Una suave y empática sonrisa se formó en los labios de Tom por la réplica, y después se puso serio.

—Soy tu ángel guardián —dijo, con sus labios permaneciendo en una línea recta y fina.

Bill miró boquiabierto al chico, esperando el remate del chiste, pero éste nunca llegó. Finalmente, sacudió su cabeza con una sonrisa propia y frotó el cansancio de su cara. Pensó en intentar seguir durmiendo, pero su estómago gruñó en protesta sólo por haberlo pensado. Al quitar sus manos de su rostro, Bill vio que Tom continuaba observándolo, y estaba convencido (completamente convencido), de que Tom era una alucinación. ¿Qué otra explicación había? Había un intruso en su habitación de hospital, y ahora estaba en su cama clamando que era algún tipo de, ¿ángel guardián? No, no era posible. Definitivamente estaba alucinando.

—Muy bien entonces, chico ángel, alucinación… o lo que seas —dijo Bill, quitándose las sábanas de sus piernas y volteándose para dejar caer sus pies al piso. Estiró su brazo no lastimado sobre su cabeza mientras Tom se levantaba y retrocedía—. Voy a ir por algo a la cocina. Tú quédate aquí porque…

La voz de Bill se fue apagando mientras veía como Tom lo veía divertido con algo de curiosidad.

—Para ser honesto, como que me pones los pelos de punta.

Bill se puso de pie con sus piernas tambaleantes, y parecidas a las de un cervatillo en su habilidad para mantener el peso de su cuerpo después de haber pasado mucho tiempo en su cama. Tom permaneció cerca, sin moverse, pero aparentemente preparado, y Bill lo rechazó silenciosamente mientras recuperaba el equilibrio

—Quédate —demandó, y estaba seguro de haber alcanzado a ver a su amigo alucinado rodando los ojos cuando él se giró hacia la puerta.

La luz del pasillo era tenue. Ya que eran cerca de las seis de la tarde, el sol ya estaba poniéndose, y Bill no había salido de su cama en todo el día, mucho menos había ido a otras partes de la casa para encender las luces. Sus piernas todavía se sentían como gelatina mientras tanteaba la pared para encontrar el interruptor de la luz y encenderlo. El pasillo se inundó de luz y quemó el reverso de sus ojos. Gruñó, pestañeando algunas veces antes de intentar descender por las escaleras.

Así de torpe y propenso a los accidentes como era, su madre se había burlado de él un sin número de veces con que debían haber conseguido una casa con una habitación en el primer piso. Había sido gracioso antes, pero ahora, con la abrumadora tarea de tener que estar de pie mientras seguía bastante exhausto, la idea no le parecía tan graciosa. Consideró regresar a su habitación y esperar a que su madre llegara del trabajo, de todas formas sabía que estaba a punto de llegar; pero su estómago gruñó dolorosamente de nuevo y bajó los primeros dos escalones.

En el tercero, se tropezó con algo (o con nada, como normalmente lo hacía), y se encontró a sí mismo girando hacia adelante. Cerró sus ojos y estiró su brazo frente a él, preparándose para lo peor. Se había caído miles de veces durante toda su vida, algunas veces por las escaleras. Se había vuelto un experto en eso, incluso elegante, si había alguna tipo de elegancia en caerse.

Pasaron varios segundos y Bill estaba seguro de que en cualquier momento debería estar aterrizando en el suelo al fondo de las escaleras, pero se encontró a sí mismo detenido, suspendido en el aire y sin caerse, pero sin estar de pie tampoco. Abrió sus ojos con algo de vacilación para ver qué había sucedido; quizá, después de todo, sí había caído y se había golpeado su cabeza tan fuerte que había quedado paralizado. Al abrirlos, se encontró a sí mismo cara a cara con Tom, el chico que había estado alucinando. Esperaba ver algún tipo de sonrisa burlona o diversión en su rostro, pero lo único que había era ansiedad y preocupación.

—Estás bien —le aseguró, bastante parecido a como Bill recordaba que lo había hecho en el hospital la primera vez que lo había visto, y ayudó a Bill a ponerse de pie nuevamente sobre uno de los escalones alfombrados.

—¿Cómo hiciste eso? —Bill demandó saber, con sus ojos achicados en pequeñas hendiduras; su corazón seguía acelerado por el casi-accidente.

Acababa de dejar al chico en su habitación hace apenas unos segundos, y éste había logrado salir de su habitación para llegar a estar frente a él en las escaleras y poder atraparlo antes de que Bill supiera que estaba cayendo. ¿Cómo era eso siquiera posible?

—Ya te lo dije —dijo Tom, jugueteando nerviosamente con el aro en la esquina de su labio inferior, como si tuviera miedo de que Bill volviera a caerse sin poder estar preparado.

Bill se encontró completamente despierto y consciente, y Tom todavía estaba de pie a su lado en el escalón. Ladeó su cabeza para mirar al intruso alucinado. En dado caso de que Tom no fuera sólo una alucinación, un efecto secundario al azar debido a muchos sedantes, Bill decidió seguirle la corriente.

—Así que eres un ángel guardián, ¿eh? —preguntó; su voz se tornó baja y desafiante, obviamente aún sin creerlo—. ¿Y dónde está tu aureola?

—Esos los dan cuando cumples diez años siendo ángel —explicó Tom, sus ojos eran completamente honestos al igual que su boca.

Bill atrapó sus propios labios entre sus dientes, considerando esa declaración.

—Okay —dijo, alargando la última sílaba en contemplación—. ¿Y en qué año vas?

En respuesta, Tom bajó su mentón a su pecho y cambió su peso al otro pie. Un murmuro salió de entre sus labios; apenas audible, y sin formar palabras en verdad, Bill no tenía idea de lo que había dicho.

—¿Qué dijiste?

—Acabo de empezar —dijo Tom más fuerte, más pronunciado en su habla.

—Ya veo —Bill asintió condescendiente—. ¿Y a cuántas personas has protegido?

Bill resistió las ganas de hacer comillas con sus dedos al decir la última palabra, sin querer burlarse del chico que hasta ahora no había sido más que agradable, amigable y servicial con él. Intruso o no, Bill pudo haberse caído por esas escaleras y romperse el cuello.

Al principio, Bill pensó haber detectado un rubor rosado en la piel de Tom, pero después desapareció rápidamente.

—Tú eres el primero —contestó Tom con confianza.

Bill se rio; frotó su mano en su frente con incredulidad y volvió a comenzar a bajar por las escaleras de nuevo. No tenía más preguntas. O, mejor dicho, necesitaba tener algo en su estómago antes de siquiera intentar comprender los trucos que su mente le estaba jugando.

Esta vez, Tom bajo a su lado con cada paso que daba, listo y preparado para atraparlo en caso de que comenzara a dar otra voltereta. Con las manos de Tom guiándolo sin tocarlo, Bill llegó a la cocina sano y salvo y se paró frente al refrigerador abierto, intentando decidir qué se le antojaba más. De ninguna forma intentaría cocinar algo; dado el actual estado en el que se encontraba, además del hecho de  que era la persona más torpe en la existencia, sabía que no sería buena idea intentarlo. La única otra cosa que le resultaba apetecible era un sándwich. Así que, sacó el jamón y la mayonesa, y se puso a trabajar en la cocina para alimentarse a sí mismo.

Al tener uno de sus brazos enyesado y en un cabestrillo, se encontró a sí mismo batallando para poder abrir el frasco de mayonesa y para abrir la bolsa de pan para poder construir su sándwich. A su lado, Tom ofrecía su ayuda, estirando un brazo para poder ser la segunda mano de Bill, pero Bill siempre movía su mano para golpearlo amonestadoramente, y Tom quitaba la mano antes de poder ser golpeado. Con el tiempo, Tom terminó sentándose a la mesa de la cocina para supervisar.

Finalmente, Bill terminó con dos sándwiches y un completo desastre por toda la barra de la cocina. Aunque, estaba orgulloso de sí mismo. Esa mañana, le había asegurado a su mamá que estaría bien y que podría cuidar de sí mismo… de todas formas, probablemente dormiría todo el día, y si no era así, pues era un chico grande y sobreviviría. Había tenido razón en ambas partes. Tomó el plato de sándwiches y lo puso en la mesa, justo frente a Tom.

—Para ti —dijo cuando Tom bajó la vista al sándwich que quedaba en el plato, después de que Bill hubiese agarrado uno de ellos.  Bill enganchó su pie en la pata de una silla para sacarla, y una vez que se sentó, encontró a Tom mirándolo, en vez de agarrar el sándwich que Bill había preparado para él—. No está envenenado.

Le dio una mordida a su propio sándwich para demostrárselo, mientras mentalmente, tallaba un punto extra en el lado de “alucinación”  en su tabla de “alucinación vs. ángel guardián”.  Pero entonces, ¿cómo se supone que una alucinación hubiera podido evitar que se cayera de las escaleras? Por otro lado, un intruso, amigable o no…

—De hecho, yo… no como —explicó Tom, empujando el plato hasta el otro lado de la mesa en frente de Bill.

Bill masticó su bocado, lentamente, mirando a Tom. Cuando tragó, juntó sus cejas, confundido.

—¿A qué te refieres con eso de que no comes?

—No estoy vivo —dijo Tom—. Así que, no hago cosas como comer, dormir o todo eso.

Lentamente, aun considerando la confesión del chico con rastas, Bill usó su lengua para quitar los restos de comida de entre sus dientes y el costado de su boca. Tom también se le quedó viendo mientras Bill mantenía sus ojos clavados en los del intruso.

—Eso está muy raro —concluyó finalmente.

Tom se alzó de hombros y mantuvo su cabeza abajo.

—Todo esto también es bastante nuevo para mí.

—Claro —dijo Bill—. Entonces, yo soy tu primera… ¿Qué? ¿Persona?

—Misión —corrigió Tom, y los ojos de Bill se entrecerraron otra vez—. Es algo extraño. Te ponen en una clase para entrenamiento, y después tienes que seguir a alguien en secreto, y ya luego él te da un poco más de libertad.

—¿Él? —quiso saber Bill levantando una ceja con curiosidad mientras mordisqueaba el sándwich que estaba en su mano y que había sido hecho descuidadamente.

—GP —dijo Tom, y cuando los ojos de Bill le dieron a entender que no entendía, Tom clarificó—: el jefazo, el gran hombre en las alturas.

—¿Dios?

—No —negó Tom con una sacudida de su cabeza—. GP.

Bill resopló, incrédulo. Toda esta situación era rara, y él estaba empezando a desear que realmente estuviera alucinando la conversación y al chico.

—Entonces, básicamente —prolongó, poniendo su sándwich a medio terminar de vuelta en el plato, y sacudiendo las boronas de sus dedos, a sus pantalones—. ¿Me estás diciendo que pasaste por algún tipo de entrenamiento para convertirte en un ángel guardián, un tipo llamado GP es tu jefe y yo soy tu primera misión?

—Básicamente —afirmó Tom, su frente arrugada con preocupación—. Ya sé que suena muy raro, pero…

—¿Y qué si te digo que no te creo? —preguntó Bill rápidamente, inclinándose sobre la mesa.

Tom se inclinó para atrás en su silla y juntó sus manos sobre la mesa. Se veía confiado (quizá también un poco engreído), y rozó con su lengua el aro en la esquina de su boca.

—Ya llegó tu mamá.

Bill esperó por el resto del alegato, y se mofó cuando nunca llegó. ¿Acaso se suponía que eso debía convencerlo de que Tom era algún tipo de ángel guardián, en vez de convencerlo de que fuera un intruso que había entrado a su casa? Volteo a ver el reloj que estaba arriba de la estufa, para asegurarse de que ya era la hora, y lo era.

—Escuchaste su carro estacionándose en la entrada.

—Bien —dijo Tom;  esa vez, hubo un definitivo matiz de presunción en su tono—. Si entra y me ve, entonces se dará cuenta de que estoy aquí y dirá algo al respecto. Si no puede verme, no se dará cuenta y…

Tom se cortó a sí mismo cuando escuchó que la puerta principal se abrió. Bill agudizó su oído, mientras observaba con sus ojos entrecerrados a Tom. Escuchó a su golden retriever, Charlie, correr emocionadamente hasta la puerta principal para saludar a su madre, y después escuchó a su madre hablándole bonito al perro, probablemente mientras se quitaba sus zapatos. Momentos después, la mujer entró a la cocina con su bolso aprisionado entre su costado y su brazo; aparentemente, Charlie había recibido atención suficiente, porque no la había seguido hasta ahí. La mujer se veía exhausta, pero pareció feliz de ver a Bill sentado a la mesa de la cocina.

—Cariño, estás despierto —dijo, dejando su bolso en la mesa, frente a Tom, y después tomó el rostro de Bill en sus manos—. ¿Cómo te sientes? Estás un poco caliente, ¿tienes fiebre? ¿Ya te checaste?

—Estoy bien —dijo, encogiéndose de hombros y zafándose de su agarre—. Algo atontado.

Quizá alucinando… pensó, mientras veía a Tom, del otro lado de la mesa.

—Acabo de despertarme.

—Veo que estás comiendo —dijo su mamá, y pareció feliz por eso. Bill bajó la vista a los dos sándwiches que había hecho. Uno había sido para Tom, y no tenía interés en terminarse el otro, aunque antes sí había estado muriendo de hambre.

—Pensé que tenía hambre —dijo, picando su sándwich que estaba en el plato junto al otro—. Pero creo que al final no tenía mucha.

—Bueno —dijo su madre, acariciando con su mano su cabeza y bajando al costado de su rostro. Se inclinó para darle un beso en la sien, y después se hizo para atrás, dejando sus llaves en su bolso, sin siquiera notar a Tom—. Me alegra que al menos lo hayas intentado. Probablemente los medicamentos tuvieron algo que ver.

—Tal vez —Bill se encogió de hombros y se arrepintió de haberlo dicho al ver la preocupación agraviándose en el rostro de su mamá. Tenía arrugas de sonrisa alrededor de su boca, las cuales se hacían más visibles cuando fruncía el ceño, y también tenía patas de gallo alrededor de sus ojos, que se profundizaban aún más cuando ponía una cara más seria—. Sólo hacen que me sienta más cansado. Creo que voy a tener que dejar de tomármelos por un rato, sólo para ver cómo me va.

Su madre sonrió suavemente después de eso, obviamente pensando que sería una buena idea. Giro, en torno a la silla en la que Tom estaba sentado y observando en silencio el intercambio de palabras entre madre e hijo, y empezó a sentarse. Bill vio cuando una expresión de pánico cruzó en el rostro de Tom, y después desapareció, segundos antes de que el trasero de su madre tocara la silla; obviamente, su mamá no tenía ni idea de que había estado a punto de sentarse sobre el ángel guardián de Bill… o su alucinación, o lo que sea que fuere.

—Si me necesitas, mañana puedo quedarme aquí en la casa contigo —ofreció, pero Bill negó con su cabeza, antes de que pudiera terminar. En los últimos dos días, su mamá había intentado quedarse en la casa con él; pero él había estado lo suficientemente consciente para insistirle que fuera a trabajar. Sabía que estaba preocupada por las cuentas médicas, independientemente por sobre todas las finanzas por las que siempre estaba preocupada al ser una madre soltera. También sabía que él, probablemente pasaría la mayor parte del día dormido, y que no habría sentido alguno si ella se quedaba a cuidarlo; por eso le había insistido en que fuese a trabajar.

—Estaré bien —dijo—. Y si te necesito, te llamaré.

—Bill…

—En serio —dijo, sonriendo para hacerla sentir mejor. Todavía se sentía ansioso por la forma tan extraña en la que Tom se había desaparecido, y por la forma en la que se aparecía misteriosamente. Era poco ortodoxo e inquietante—. Voy a estar bien. Creo que me voy a ir a acostar otro rato.

Bill se levantó y estiró un brazo para tomar el plato con los sándwiches, pero su madre fue más rápida y los tomó antes de que él pudiera.

—Yo me encargo de estos —dijo, ahuyentándolo de la cocina—. Los pondré en una bolsa para que te los puedas comer después.

Bill sonrió cuando su madre le dio un beso en su mejilla antes de moverse escurridizamente para cuidar de él. No era algo nuevo, siempre estaba cuidando de él, pero ahora parecía tener un fervor renovado. Lo había llevado al siguiente nivel.

—Gracias —murmuró Bill, y después empezó a  caminar hacia las escaleras; su mente se dejó llevar con todas las posibles explicaciones que tenía para la existencia de Tom.

Subió los escalones con precaución. Por un breve momento, pensó en tropezarse con uno a propósito, sólo para ver si Tom volvería a aparecerse para atraparlo, pero supuso que probablemente sería una mala idea. Era muy probable que Tom era en verdad una alucinación. Pero, ¿Qué no se supone que las alucinaciones no podían atraparte antes de caer? Él, en definitiva, había sido atrapado; se había sentido como si hubiese estado suspendido en el aire, pero no como si las manos de alguien hubiesen serpenteado su abdomen para sostenerlo.

En su habitación, Bill encontró de vuelta a Tom sentándose en su lugar, al pie de la cama con el libro  abierto en su regazo. Bill cerró la puerta, haciendo un fuerte sonido con esta acción y Tom levantó la vista, con autosuficiencia escrita por todo su rostro. Aparentemente había ganado la apuesta, pero no la confianza de Bill.

—Todavía me das miedo —le dijo Bill, pero también hubo un tono risueño en su voz. Después de todo, Tom  había evitado que se cayera por las escaleras. Y, alucinación o no, a Bill le vendría bien un poco de compañía—. Pero me caes bien, así que supongo que puedes quedarte.

Continuará…

Capítulo dos. 🙂
Parece que Bill se siente solito. 🙁 ¡Qué bueno que Tom está ahí para hacerle compañía! Como siempre, les pido que si ven algo raro me avisen y yo después lo corrijo.

Gracias por leer y muchísimas gracias a todos los que se dan un momento para comentar. ¡Saludos!

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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