Fic de ophelia_seven. Traducido por OuterSpace
13. Lucha de poder
—El torpe de Kaulitz se consiguió un novio —dijo una voz burlona vociferando detrás de Bill al caminar por los pasillos después de su clase de inglés. Se dirigía a la biblioteca mientras el resto de la manada se encaminaba a la cafetería, sólo deteniéndose momentáneamente para hacerle pasar un mal rato con un rumor que habían escuchado entre clases en los pasillos.
—Sí —dijo otra voz en voz alta, igual de fuerte y burlona—. Un novio imaginario.
Bill agachó su cabeza, empujando gente para hacer su camino a través de la multitud en un intento por encontrar un poco de aislamiento en algún lugar de la escuela. Lo había estado escuchando toda la mañana: era de lo que todos parecían poder hablar. Así de invisible como a veces se sentía entre sus propios amigos, resultaba obvio que Bill era ciertamente conocido por el resto del cuerpo escolar.
—Oye, Bill, ¿cuándo lo vamos a conocer?
Bill apretó sus dientes mientras continuaba haciendo su camino a través de la multitud con la cabeza gacha. Empujaba personas, casi pisaba sus pies y codeaba sus costillas, pero necesitaba salir de ahí. Quería irse temprano a su casa, pero sabía que no podía darse el lujo de faltar a más clases de las que ya había faltado, y de todas formas, no serviría de mucho. Al día siguiente seguirían recordando a Bill y a su novio imaginario. Lo mejor que podía hacer era mantener su cabeza en alto y soportarlo. Eventualmente, la escuela encontraría un escándalo aún más escandaloso y todos se olvidarían nuevamente de Bill. Volvería a ser igual de invisible que Tom.
Finalmente levantó su cabeza cuando entró a la biblioteca, seguro de que nadie que ocupaba ese espacio durante el almuerzo sabía o se interesaría en lo que el resto de la escuela decía de él. Los ratones de la biblioteca raramente se metían en chismes o pláticas de quién sale con quien, y si lo hacían, lo hacían calladamente entre ellos y tenían la decencia de no difundir rumores no confirmados. El pecho de Bill lanzó un profundo respiro de alivio cuando el sonido del pasillo fue sofocado detrás de la puerta de cristal del lugar más tranquilo de toda la escuela. Había estado seguro de que finalmente había escapado de todas sus preocupaciones, al menos por un ratito, pero la primera cara que vio, sin embargo, fue la de Clara. Sus ojos se encontraron a través del cuarto y después su barbilla cayó a su pecho, culpablemente. Bill quería ir con ella, actuar como si nada hubiese pasado, pero no podía.
Sabía que ella había sido la que había esparcido el rumor: era la única que había escuchado acerca de Tom. Tal vez se había tratado de un error; una simple plática con algún amigo, pero las noticias habían viajado rápidamente, dejando a Bill teniendo que lidiar con el desastre de la situación que ni siquiera él estaba seguro de que podía explicar. Estaba llevándose la peor parte, y no podía sólo ir y sentarse con ella, así que agachó su cabeza y puso sus cosas en la mesa de la esquina que estaba al fondo, lejos de la mesa donde Clara estaba sentada. Bill abrió su libro de matemáticas, intentando apagar todos sus pensamientos y las burlas que había recibido todo el día con un poco de álgebra.
Y funcionó por un rato. Había logrado escribir media página de problemas con sus soluciones en su libreta sin pensar en otra cosa que no fueran las ecuaciones frente a él, antes de que una sombra cayera sobre su papel, avecinándose como una fea nube en un día soleado. Esperó, esperando a que pasara, pero no lo hizo, y eventualmente tuvo que levantar la vista para encontrarse con los ojos de su traidora.
—Hola, Bill —dijo Clara con partes iguales de dulzura y culpa.
—Hola —respondió, pero su voz fue cortante y fría, escasamente amigable, pero tampoco hostil. Permaneció desinteresado, incluso cuando el rostro de la chica se derrumbó, decaído.
—De verdad lo siento… por, tú sabes, que la gente se enterara —así que sí había sido ella, Bill no pudo evitar pensarlo triunfalmente. Sin embargo, era una victoria que venía con un precio. El precio de su solitaria existencia, su invisibilidad entre sus compañeros—. Sólo se lo mencioné a un par de amigos, ellos se lo habían estado preguntando, no pensé que a la gente fuera a interesarle tanto o hacer algo tan grande de todo eso.
—Bueno —Bill se encogió de hombros, intentando permanecer igual de desinteresado que antes, pero las cuerdas de su corazón estaban siendo apretadas y manipuladas inconscientemente. No tenía muchos compañeros, y había creído que había encontrado una amiga en la chica de cabello oscuro y sonrisa dulce, pero ahora no estaba tan seguro. Tenía que recordarse a sí mismo que ella era la razón esencial de que ahora estaba escondiéndose en la biblioteca—. Lo hicieron, y no importa.
Bill bajó su vista a su tarea de álgebra, pero por el rabillo del ojo pudo ver que la chica seguía de pie ahí, mordiéndose su labio en contemplación. Sin embargo, se quedó callada por varios minutos, hasta que Bill volvió a verla, inquisitivamente.
—Va a haber una fiesta este fin de semana en la casa de Jacob Dean —dijo insegura. Al mirar a su rostro, Bill recordó lo que Tom le había dicho. ¿Sabes? Sólo pregunta esas cosas porque le gustas. ¿Le gustaba? ¿Podía Bill verlo reflejado en sus ojos? La chica sólo parecía nerviosa, arrepentida—. Deberías venir; trae a Tom. Me gustaría conocerlo.
El estómago de Bill dio un vuelco sólo con pensar en tener que inventar una excusa para eso.
—No sé —intentó, esperando que la chica no esperara una excusa, porque en verdad era un pésimo mentiroso. No podía sólo decirle que Tom iría. No cuando sabía que Tom no podía estar ahí, incluso si, para Bill, si estuviera—. Está ocupado… ya sabes, trabajando. Así que… ¿tal vez?
—Bueno, tú deberías venir de todas formas —ofreció, dándole una invitación personalmente a Bill, y Bill, repentinamente, sintió menos irritación y más perdón hacia la chica. De verdad estaba haciendo un esfuerzo para disculparse al invitarlo a algún lugar, a salir y divertirse. Era más de lo que sus amigos habían hecho para incluirlo en su grupo.
—Tal vez —dijo de nuevo, en un acuerdo provisional—. Todavía estoy intentando ponerme al corriente.
Era sólo una pequeña mentirita; no estaba completamente atrasado con toda su tarea, pero algo era algo.
—Entiendo —aceptó la chica rápidamente y después cambió el peso de su cuerpo sobre sus pies incómodamente—. Bueno, entonces… me voy a sentar otra vez allá y te dejaré solo.
—Puedes sentarte aquí —se encontró Bill diciendo inmediatamente, pero sabía que su muro de precaución había crecido un poco más alto alrededor de la chica. La burbuja de confianza que había empezado a extender hacia la dulce chica que había conocido casualmente desde su niñez, ya no la incluía. Por ahora, era sólo para su madre y para Tom, Tom a quien nadie podía ver, Tom, quien había salvado su vida. Clara era una fisura temporal en su vida, un sujeto variable en el momento.
&
Una semana. Fue lo que se le recordó a Bill tan pronto como abrió la puerta de su habitación, esperando encontrar a Tom descansando en su cama y al no encontrar nada. Había pasado más de una semana desde la última vez que había visto a Tom. Y una semana era mucho tiempo. Era tiempo suficiente para que Bill se obsesionara con lo que había hecho; lo que Tom había hecho. Era mucho tiempo, pero no era lo suficiente para que Bill pudiera sólo dejarlo en el pasado.
Entre más días pasaba sin Tom, más se preocupaba Bill; preguntándose si tal vez debía haber hecho algo de forma diferente. Tal vez debió detenerse en el momento en el que Tom apareció; para empezar, tal vez ni siquiera debió comenzarlo. Tal vez debió intentar más hacer que Tom se quedara después de lo sucedido para poder asegurarse de que nada sería incómodo entre ellos. Tal vez había empezado antes de eso, tal vez había alcanzado a escuchar a Bill llamándolo su novio. Tal vez, tal vez, tal vez. Todo lo que Bill tenía al final de la semana era un puñado de “tal vez” y ninguna explicación lógica para desaparición de Tom.
Bill se despojó de sus zapados en la puerta de su habitación y tiró su mochila sobre su colchón. Charlie lo había seguido arriba y se había acostado a un lado de la cama, su cabeza descansaba en el suelo entre sus dos patas delanteras y sus ojos seguían a Bill por toda la habitación. Distraídamente, Bill caminó por el pequeño lugar, recogiendo cosas y poniéndolas en su lugar como Tom hubiera hecho si hubiese estado ahí toda la semana.
—¿Tú qué crees, Charlie? —le preguntó Bill al perro, sosteniendo una página cubierta con los dibujos de Tom—. ¿Crees que va a regresar por estos?
Charlie dejó salir un chillido desde el fondo de su garganta y movió su cabeza a un lado; su cola golpeteó perezosamente la alfombra un par de veces. Bill concordó con él con un asentimiento e hizo bolita el papel, tirándolo al basurero que estaba a un lado de su escritorio. En el siguiente respiro que dio, se inclinó hacia adelante y lo sacó, desarrugando la hoja entintada. Arrugó su nariz al ver a Charlie y dejó salir un suspiro.
—Me he convertido en un desastre, ¿verdad? Si no le hablo a un perro, le hablo a una persona invisible. Eso es estupendo.
Charlie observó a Bill tomando su mochila de su cama y sentándose en frente a su escritorio, decidido a terminar con toda su tarea. Una semana sin la dulce distracción de Tom, había sido una semana en la que Bill había sido capaz de terminar la mayoría de sus tareas atrasadas. Incluso su ensayo de Romeo y Julieta había sido terminado, algo vago pero sin llegar a un punto de oscuridad. Aun así, había logrado cumplir con todos los requerimientos que el profesor había pedido, y ni siquiera había tenido que usar amigos imaginarios como ejemplo.
La madre de Bill llegó a casa para cuando Bill había terminado con su tarea y se encontró sin nada que hacer. Hicieron cena juntos y disfrutaron de una conversación amena mientras comían. Fue obvio para Bill, en los momentos en los que en verdad salía de su ensimismamiento para ponerle atención a su madre, que ella tenía algo en mente: ella misma. O tal vez sólo había tenido un largo día. Después de la cena, Bill le dijo que fuera a tomar un baño y que se relajara un poco mientras él limpiaba la cocina. Al principio había estado un poco renuente, pero después el alivio se disipó en su rostro cuando le ofreció a su hijo un asentimiento y un pequeño beso en la mejilla con gratitud.
Durante todo el rato, Bill siguió esperando a Tom, deseando que se apareciera por algo, incluso si era sólo para hostigar a Bill por una u otra cosa. Bill sólo quería verlo, quería descansar al asegurarse de que lo que había hecho, lo que había dejado que pasara, no iba a dejar un impacto negativo en su relación incipiente, o amistad, o como fuera que pudiera llamársele.
Se tomó su tiempo en la cocina, prolongando los quehaceres, esperando que entre más tiempo se mantuviera ocupado, menos pensaría en Tom. Aunque, en realidad, no funcionó, porque incluso mientras trabajaba enjuagando los trastes y llenando el lavavajillas, en limpiar la mesa y los manteles, en barrer el piso y sacar la basura, Tom seguía en el frente de su mente, haciendo que Bill se mordiera su labio con preocupación y frustración.
¿Cómo había podido ser tan estúpido? ¿Cómo se había permitido a sí mismo cruzar semejante línea?
Cuando Bill terminó con la cocina, subió las escaleras para ir a su habitación, pero encontrarla vacía y sin Tom era casi insoportable, así que caminó de vuelta al primer piso y se sentó en el sofá, en frente de la televisión parpadeante. Su mente deambuló, sin enfocarse en el programa que estaba en pantalla. Entre más tiempo pasaba sentado ahí, sin moverse, más frustrado se ponía.
Se había estado culpando a sí mismo por la desaparición de Tom, pero, ¿por qué la culpa no podía recaer en el mismo ángel? No tenía que habérsele aparecido a Bill de la forma en la que lo había hecho. No tenía que haberse quedado de la forma en la que lo había hecho, ni alentar a Bill en la forma en la que lo hizo. Y bien pudo haber regresado en la semana para dejarle saber a Bill que las cosas estaban bien entre ellos. O incluso si no lo estaban, pudo pasarse un rato.
Debió pasarse a ver a Bill.
Bill se le quedó viendo a la televisión con los ojos inexpresivos, dejando que la oscuridad lo engolfara y que sus pensamientos dieran vueltas en su mente. No fue hasta que, por el rabillo del ojo, vio algo titilar que le hizo parpadear y romper su trance. Bill giró su cabeza y encontró, justo ahí de pie en su sala, a un ángel. Aunque no era el ángel al que había estado esperando; Tom todavía podía ser considerado desaparecido en combate. En su lugar, parado en frente de Bill y con sus brazos cruzados sobre su pecho, estaba Andi, con su cabello rubio despeinado y una mueca en su rostro.
Bill quiso hundirse en los colchones del sofá y desaparecer sólo al ver su apariencia, pero antes de pudiera salir pitando, se dio cuenta de que Andi era lo más cercano a Tom que había viso durante toda la semana. Y aprovecharía lo que se le pusiera en frente.
—Hola, Andi —saludó vacilantemente, manteniendo su voz baja, aunque sabía que su madre todavía estaba arriba, tomando un buen y merecido baño—. ¿Qué haces aquí?
—Estoy aquí porque estoy preocupado —respondió Andi, directo al grano y sin juegos, y Bill sintió la necesidad de echarse para atrás un poco, como si hubiese sido quemado; la forma en la que la frialdad del ángel rubio llenaba la habitación, hacía que todo el cuerpo de Bill quedara con piel de gallina. Si fuera por Bill, diría que no parecía muy preocupado. En todo caso, parecía un poco irritado—. Espero que sepas que enamorarte de tu propio ángel guardián sólo llevaría a problemas.
Bill resistió el deseo de mofarse; como si se hubiera dado cuenta ya de eso, y también se aguantó las ganas de llorar por haber sido regañado por eso, lo que significaba que alguien más en realidad había notado sus sentimientos por Tom. Alguien más, en vez de él mismo, podía ver lo confundido que estaba por toda la situación.
—Por supuesto que lo sé —contestó Bill en defensiva, construyendo un muro de defensa propia para mantener a Andi fuera; para mantenerse a salvo de ser lastimado—. No soy estúpido.
—Entonces, probablemente deberías saber también que no hay forma de que Tom y tú puedan tener algún tipo de relación real, nunca —acusó Andi, y aunque Bill era más alto cuando estaba de pie, prácticamente podía sentirse a sí mismo hundiéndose bajo la mirada ardiente del ángel exaltado.
—Como dije —repitió Bill, apretando sus dientes e intentando levantar más alta y más rápido esa pared—. No soy estúpido.
Las palabras de Andi ya estaban adentrándose en él, por la forma en la que lo miraba, por la forma en la que le estaba hablando, por hacerlo sentir como un idiota por tener sentimientos por la única persona que vendría en su rescate, por la única persona que se interesaba en pasar tiempo con él nada más para evitar que estuviera solo. Bill nunca había tenido un amigo como Tom, dejando a un lado la parte no convencional.
—Sólo estoy intentando advertirte —dijo Andi, su tono se había suavizado, pero no sus palabras. Las palabras seguían siendo frías e hirientes, encajándole a Bill sus horribles colmillos de la verdad—. No sería justo para ninguno de ustedes. Y Tom nunca sería capaz de reciprocar los sentimientos que puedas tener por él.
Con eso, Bill se puso de pie, indignado; sus ojos escocían con las lágrimas que se rehusaba a llorar. Estaba seguro de que eso no era verdad. Tom podía sentir el jalón de la amistad, así que Bill no veía ninguna razón por la cual no podría sentir el jalón hacia algo más. No, tal vez nunca serían capaces de caminar por las calles agarrándose de las manos, pero eso no significaba que Tom no pudiera sentir lo mismo que él.
Bill abrió su boca para contraatacar con algo mordaz e hiriente de su parte, pero las próximas palabras que llenaron la habitación no fueron las suyas.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Bill se dio la vuelta hacia la tercera voz en el cuarto para encontrar de pie a Tom detrás de él. Estaba fulminando con la mirada a Andi por encima del hombro de Bill, y Bill no estaba seguro si debía sentirse aliviado por que Tom estuviera ahí, o sentirse con pánico por la mirada abrasadora en los ojos de Tom. Bill nunca lo había visto tan enojado, tan molesto, y se preguntó si era porque las palabras de Andi eran verdad. Tal vez Tom nunca se sentiría así por él. Tal vez los sentimientos de Bill que se construían rápidamente, serían por siempre no correspondidos.
Tom puso una mano sobre el hombro de Bill mientras continuaba fulminando con la mirada al ángel rubio y Bill, instantáneamente, se sintió más calmado, más relajado; a pesar de que el peso de la mano de Tom nunca se sentía físicamente. Bill no estaba seguro si se trataba de algún tipo de poder calmante que Tom tenía o si era sólo la idea de que Tom estaba ahí con él.
—Tom… —empezó Andi mientras Bill veía con los ojos bien abiertos al ángel rubio, cuyo comportamiento había cambiado en el instante en el que Tom había aparecido.
—¿No tienes gente qué proteger o algo?
—Estoy intentando protegerte a ti —contestó Andi con un tono cortante e irritado. Obviamente no era uno de los que se preocupaban por la desaprobación de sus equivocadas buenas intenciones.
—Bueno, no necesito protección —dijo Tom, su tono fue definitivo al pasar al lado de Bill. El joven enrastado se plantó erguido frente a Andi y Bill imaginó que tan sólo su presencia amenazadora sería suficiente para espantar a cualquiera inmediatamente. Especialmente con la mirada que Bill había alcanzado a ver hace unos momentos—. Sólo vete.
Andi no discutió más. Tom retrocedió y se giró hacia Bill, y el ángel rubio desapareció.
—Lamento que te haya molestado. A veces… —Tom se detuvo, apretando sus dientes con frustración. Bill conocía demasiado bien ese sentimiento. Tan pronto como se quedó a solas con Tom, todos los sentimientos de antes volvieron a fluir en él. Tom se había desaparecido por una semana, sin dar señales de que todavía andaba por ahí, le había hecho sentirse como la mierda, como si hubiera hecho algo malo.
—¿En dónde has estado? —Bill demandó saber; sus ojos seguían un poco acuosos por las lágrimas que se había rehusado a dejar caer.
—Lejos —respondió Tom vagamente, llevando una mano a su cuello para masajearlo y quitarse un poco de tensión—. Nada de qué preocuparse. Sólo que, será mejor si me mantengo alejado por más tiempo.
—Me dejaste una semana, después de haber hecho eso —dijo Bill entre dientes, su voz se elevaba más con cada segundo—, ¿y luego regresas y esperas que no quiera una explicación?
—Bill, no entiendes.
—No —espetó Bill con enojo—. No entiendo. Explícamelo. Porque todo lo que sé es que me dejé en ridículo a mí mismo, y tú sólo te largaste sin dar explicación alguna. Y te fuiste por tanto tiempo que empecé a culparme a mí mismo, pero yo…
—No lo hagas —suspiró Tom, cortando a Bill a media bronca—. No te culpes.
—¿Tienes una idea de lo que se siente estar aquí, sólo esperando a que te vuelvas a aparecer?
Tom asintió con aire sombrío; las palabras de GP y de Andi hicieron eco en su mente. Era injusto arrastrar a Bill de esta forma, hacerle sentir las cosas que estaba empezando a sentir. Dijeron que Tom era egoísta, que debía alejarse, y guiar a Bill en direcciones diferentes, más saludables. Pero el problema era que Tom no podía. Sentía lo mismo que Bill, esa misma atracción, las mismas frustraciones, el mismo muro en cada vuelta que daba.
—No sabes lo que se siente, porque tú tienes todo el poder —la voz de Bill subió a un nivel peligroso, y aunque Tom quería discutir y decirle que sí sabía, que él también lo sentía, sabía que no podía hacerlo. Porque todavía podía ver a Bill, incluso si Bill no podía verlo a él. Era diferente; Bill era la vida de Tom, su trabajo, su tarea las veinticuatro horas del día. Y Tom era sólo una pequeña astilla en la vida de Bill, algo pequeño a la larga, pero lo suficientemente grande para dejar un hoyo vacío cuando no estaba.
—Bill… —Tom intentó advertirle para mantener su voz baja, para que no gritara cuando su madre estaba en casa, pero Bill no escuchó. Continuó con su diatriba.
—Es completamente injusto que tú puedas ir y venir cuando se te da la gana. Tú tienes todo el control, todo el poder. Sí, me beneficié con eso una vez y pude sobrevivir, ¿y eso qué? Pero, ¿sabes algo? …
—¿Bill? —la boca de Bill se cerró y su cabeza giró rápidamente para ver a su madre de pie en el portal de la sala, con una bata de baño envuelta fuertemente alrededor de su cuerpo mientras ladeaba su cabeza. Sus ojos estaban entrecerrados con preocupación y confusión—. ¿Con quién estás hablando?
La mente de Bill quedó en blanco y su boca se secó.
—Contigo mismo —Tom ofreció una explicación rápidamente—. Sonará menos loco que la verdad.
Pero Bill todavía estaba irritado con Tom y se rehusó a aceptar su ayuda.
—Estaba… practicando un discurso —dijo, sus palabras fueron lentas y dificultosas.
—¿Ah, sí? —las cejas de su madre se arquearon con curiosidad—. Pero no estás en la clase de discurso.
—Tienes que dar uno en la clase de inglés —Tom modificó su idea original para seguirle la corriente a Bill, aun ofreciéndole su ayuda, pero Bill seguía terco y no lo aceptó.
Resopló indirectamente para el ángel que estaba a su lado.
—Estaba hablando solo, ¿ya? ¿Es un crimen? —no había querido que las palabras salieran tan frías y abrasivas, y se sintió culpable tan pronto como salieron de su boca. Su madre retrocedió como si hubiera sido abofeteada. Sus dedos se apretaron alrededor de las dos piezas de la bata de la parte de arriba, como para escudarse a ella misma de las palabras.
—Estoy preocupada por ti —dijo, el dolor y la preocupación en su mirada eran dolorosamente obvios—. Has cambiado desde el accidente. Duermes más, y tus cambios de humor se han salido de control. Te estás cerrando más. A duras penas sales de la casa, y ahora…
Pausó, pero Bill no tuvo tiempo de hablar.
—Ahora hablas solo. Creo que tal vez tienes ese trastorno, ¿Cómo se llama?
—¿El trastorno por estrés postraumático? —ofreció Bill y luego negó rápidamente— Mamá, no tengo…
—Mañana voy a llamar a un doctor. Tal vez pueda ayudar.
—Mamá, estoy bien —dijo Bill obstinadamente, cruzando sus brazos encima de su pecho—. No me estoy cerrando. Voy a ir a una fiesta este fin de semana.
Su madre pareció casi aliviada, y por el rabillo del ojo, pudo ver que Tom estaba menos que emocionado, lo que le hizo querer seguir más.
—Una chica de la escuela me invitó —añadió, como para solidificar sus planes, y tal vez, para darle una puñalada extra a Tom.
—¿Estás seguro de que quieres ir? —preguntó su madre y Bill rodó sus ojos.
¿Acaso no acababa de decirle que necesitaba salir más?
—Sí —dijo firmemente, mientras Tom lo miraba con furia desde el otro lado de la habitación con sus brazos cruzados y sin hablar—. Estaré bien.
Sabía que estaría bien, porque confiaba que Tom se aseguraría de ello.
Continuará…
Parece que la invitación de Clara ha sido aceptada. ¿Qué pasará en la fiesta?
Muchas gracias a todos por sus comentarios. No dejen de comentar. 🙂
¡Saludos! ^^