
Fic TWC. Temporada 2. Parte I
7: Mientras pasan los días III
Para Bill fue una verdadera tortura hablar con Ria e intentar ser amable; no dejar que su animadversión por ella volviera infructuoso su intento de conocer qué estaba ocurriendo con Tom.
—Por favor, solo quiero que me digas si él está bien.
—Sabes que no lo está, Bill —a través del teléfono él podía sentir que ella tampoco parecía muy a gusto.
—Él… ya no debería estar ahí, molestándote. ¿Ha dicho algo de regresar a nuestra casa?
—En este momento, está recogiendo su bolsa.
—¿Quieres decir que… regresará esta noche?
—O mañana, no lo sé, no me lo ha dicho claramente.
—Oh, gracias, Ria; ¡esa es la mejor noticia que me han dado en los últimos tiempos!
—Me satisface lograr alguna vez alegrarte y no amargarte. Deberías entender que no quiero separar a Tom de ti; Tom me ha contado cómo se siente y yo… intento ayudarlo…
Bill se quedó atónito mientras escuchaba esas palabras: ¡Tom le había contado cosas íntimas a Ria! ¡Y ella decía que lo quería ayudar! ¿Acaso eso podía ser real?
—Te… agradezco —colgó, sin saber qué más decir. Y empezó a pensar en Tom regresando a la casa, y en cómo iba a reaccionar al verlo ahí de nuevo.
Por lo pronto, debía agradecerle a David y decirle que ya podía dejarlo solo, si así lo quería.
—Entonces… ¿Tom va a regresar?
—Ria ha dicho que sí.
—¿Ria? ¿Has hablado con ella acerca de Tom? ¡Por Dios!, debe estar llegando el fin del mundo.
—Ella dice que quiere ayudar.
—¿Ayudar cómo? Sí, lo mejor es que me vaya a mi propia casa antes de que explote mi cerebro si sigo enterándome de cosas así.
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Cuando sintió el sonido de la puerta abriéndose, lo supo: Tom estaba entrando a la casa, no podía ser otro que él.
Sus perros llegaron primero y estaban lamiéndolo por dondequiera, mientras él los abrazaba y acariciaba, en el momento en que Bill llegó al salón. Tom no levantó la vista ni dijo “Buenas noches”, solo siguió disfrutando del demandante amor de sus “bebés”, pero esa escena era demasiado tierna para Bill, que sintió perder todas sus fuerzas y se dejó caer sobre un mueble, con un llanto silencioso saliendo de sus ojos: ¡Tom estaba ahí! ¡Tom había vuelto! Deseaba tanto besarlo y… Se fue acercando a él, se arrodilló a su lado, y buscó sus labios, pero cuando ya casi los alcanzaba Tom lo empujó haciéndolo caer al piso mientras él se levantaba.
—Quiero que respetes mi espacio personal, Bill. No te quiero tan cerca de mí porque… se me revuelve el estómago.
—Tom, es que… ¡te extraño tanto! –dijo Bill desde el suelo, volviendo a ponerse de rodillas.
—Lo siento por ti —Tom ya subía las escaleras rumbo a su habitación, aquella que siempre mantenían intacta porque dormían en una compartida, donde únicamente Tom guardaba parte de su ropa, pero que era necesaria para cuando alguien que no conociera su secreto visitara la casa, y ahora, por primera vez desde que se mudaran a Los Ángeles, Tom la iba a usar en verdad.
Algo en él seguía recordando la imagen de Bill de rodillas, con lágrimas bañando su rostro, mirándolo con tanto anhelo.
Bill sabía que no podía quedarse de ese modo: tenían que hablar sí o sí; al menos él necesitaba explicarle a Tom sus razones, así que subió los escalones de dos en dos, entró a la habitación de Tom y sintió el agua de la ducha caer.
Se sentó sobre la cama todavía sin deshacer, para esperarlo. Y Tom salió al poco rato, con la toalla alrededor de la cintura y sus trenzas negras cayéndole sobre la espalda: esa visión que siempre dejaba embobado a Bill; así que todas las palabras que estaba ensayando para decir escaparon de su mente.
—Vete de aquí —a voz grave de Tom lo sacó de su ensoñación.
—No; no me iré hasta que me escuches.
—¿Qué quieres que escuche? ¿Que no te bastaban mis besos, que extrañabas un par de enormes tetas que yo no tengo? ¿O que tener sexo con ella te hizo sentir al fin un hombre?
—Yo no necesito eso para sentirme un hombre, y lo sabes —Bill se había parado, ceñudo.
—Claro —Tom se rio—; supongo que yo soy el único que lo sé. O no. ¿Con cuántos más has sido activo?
—Tom —Bill respiró fuerte para calmarse—, ojalá pudieras entender por qué lo hice; yo no lo había entendido muy claramente hasta ahora que lo pensé concienzudamente; y es que… de veras tenía mucha rabia contigo, porque te necesitaba en ese viaje, porque estaba demasiado tenso y no tenerte a mi lado solo lo hacía todo peor; eso y que, ciertamente, tengo poca experiencia con chicas. Así que la curiosidad, el alcohol y la rabia, fueron un mal coctel. Pero te juro que solo saqué una lección de eso: que tú eres todo para mí, que ninguna piel se compara a tu piel, y que cuando hacemos el amor… hay una magia que nada puede reemplazar.
—¿En serio? No te creo nada, Bill; únicamente tratas de manipular mis sentimientos, como siempre. Y ahora salte, que me voy a vestir para dormir.
—Nunca te vistes tanto para dormir.
—No cuando duermo acompañado; pero si estoy solo, hace frío.
—Sabes que decirme eso solo me provoca, ¿no?
—¿Te provoca? ¡Qué lástima!
—Tom, te necesito… —Bill fue hasta él, intentando abrazarlo una vez más, y Tom se dejó abrazar, pero sin corresponderle. Los labios de Bill buscaron los de Tom y él volvió a negarle el rostro.
—No.
Bill retrocedió otra vez hacia la cama y Tom se fijó bien en lo que llevaba puesto.
—Esa playera es mía, ¡quítatela!
Bill se había puesto sus pantalones de pijama y una playera de Tom; la única manera de dormir algo era sentir su olor tan cerca, imaginarlo ahí…
—La estoy usando desde que te fuiste, porque tiene tu olor… —Tom tragó en seco; su gemelo había dicho lo último con un tono tan sensual que su cuerpo fue recorrido por escalofríos de deseo involuntarios—. Pero si la quieres de vuelta, ven y quítamela…
La reacción de Tom fue instintiva; fue hacia Bill y bruscamente empezó a quitarle la playera, mientras él solo hacía sonidos parecidos a jadeos. Cuando Tom tuvo la prenda en sus manos, la lanzó sobre la cama, y entonces vio el torso de Bill desnudo. Ahora Bill le sonreía y eso lo puso furioso, así que lo empujó sobre la cama y le quitó también el pijama; con el esfuerzo su toalla fue a parar al piso, quedando completamente desnudo. La mirada ávida de Bill se posó sobre él, pero Tom le habló sin ternura.
—Yo voy a estar a cargo, si es que quieres que esto pase.
Bill solo gimió, sabiendo lo que se venía. Llevaban años en que el rol pasivo era asumido casi totalmente por Tom, porque habían encontrado que era lo más satisfactorio a las personalidades de los dos; pero sabía que esa noche él necesitaba dominar, no sentirse vulnerable ni sumiso.
—Yo soy tuyo, Tom —dejó salir casi en un susurro.
Esa fue la señal para que sus cuerpos se enlazaran, dejando salir toda la nostalgia que los había embargado durante esos días separados. Sus erecciones chocaron y Tom no preparó demasiado a Bill antes de penetrarlo, haciéndolo soltar un quejido de dolor. Pero poco a poco, con las embestidas, Tom fue tocando ese lugar dentro de él que lo hacía estallar de placer, no había olvidado que durante un año y algo ese había sido su papel dentro de la pareja, y tenía memorizados los puntos que hacían a su gemelo entrar en erupción y gritar satisfecho. Cuando llegaron sus orgasmos, Bill buscó los labios de Tom mientras gritaba “Te amo, te amo”, pero él se los negó.
—No te besaré, Bill; tus besos todavía me dan asco. Y ahora vete de mi habitación —lo empujó fuera de la cama, y Bill se puso de pie adolorido en lo físico pero con más esperanza en su corazón: Tom lo amaba, solo que todavía no estaba dispuesto para perdonar por completo. Pero él iba a lograr que lo hiciera; aún no sabía cómo, pero lo iba a lograr.
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Encontrarse de nuevo con sus grandes amigos Georg y Gustav, se sintió muy bien. Aquellos que primero habían sabido de lo suyo, aquellos que primero los habían apoyado, y que seguían haciendo todo para ayudarlos, incluso cuando los afectara a ellos mismos.
En realidad, cada uno tenía su propio confidente, y si Georg lo era de Tom, Gustav lo era de Bill. Tal vez tuviera que ver con la semejanza en temperamentos que los hacía más afines.
Por supuesto que Georg ya sabía algo de lo ocurrido, porque Tom se lo había contado por teléfono una de las noches en que más desesperado se sentía, y él estaba de acuerdo en que Bill se merecía una lección, ser castigado por lo que había hecho: todavía el bajista no podía entender muy bien cómo Bill había sido capaz de algo como eso después de tantas cosas que él sabía los gemelos habían tenido que pasar por estar juntos.
—Cuenta conmigo —le dijo a Tom, cuando este le contó algo de lo que tenía pensado para hacerle pagar a Bill en ese viaje.
Mientras, Gustav decía algo parecido a Bill.
—Cuenta conmigo, yo hablaré con Tom. Creo que ya basta de tonterías y de lastimarse uno al otro. Además —le sonrió—, ¿cómo me sentiría si no ayudo a mi pareja favorita?
Bill también sonrió, aunque no con las mismas ganas que su amigo baterista.
Continúa…
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