Notas: Esta temporada está dividida en partes. Esta es la cuarta parte y se titula: Escapar.
PARTE IV: ESCAPAR (inicios de 2013)
Fuego en el cielo, sombras unidas, el mundo está afuera, nos escondemos. Los latidos luchan la guerra, cierra la puerta, cierra la puerta, buscando la cura en el suelo. Nos encontramos, en este club. Nos encontramos. Duele, pero se siente bien (…) Lágrimas cayendo, clandestino, clandestino, siguiendo el sonido de la multitud. Reflejo de la luz en tus ojos, en tus ojos, ¡nos elevamos alto, esta noche! (…) No nos importa, no nos importa. No nos importa, no nos importa. No nos importa, no nos importa. Duele, pero se siente bien. Encontramos el amor en este club esta noche. Encontramos el amor en este club esta noche. Encontramos el amor en este club esta noche, chicas y chicas, y chicos y chicos…

Fic TWC. Temporada 2. Parte IV
21: Escapar I
A los Kaulitz siempre les habían gustado los clubs nocturnos: un lugar para conversar, bailar, donde algunos iban a ligar un poco (ellos no, no realmente) y, sobre todo, para beber tranquilamente rodeados de montones de gente metida cada una en su propio mundo.
En Los Ángeles, donde tenían su nueva casa, iban a cada rato con sus nuevos amigos; pero esa noche era especial porque estaban de nuevo en Alemania, compartiendo con su mejor amigo de toda la vida, Andreas (a pesar de todos los altibajos de esa amistad, habían logrado conservarla porque les era realmente importante tener un afecto seguro fuera del suyo; una isla en la que desembarcar si el mar de sus agitadas vidas intentaba tragárselos).
Ahí estaban Tom y Andreas con su enésima cerveza en mano, conversando, tratando de escucharse a través de la música a todo volumen, mientras Bill se había levantado al empezar las notas de Mirrors, por Justin Timberlake, y bailaba lentamente delante de ellos, repitiendo las frases de la canción, dándole énfasis a algunas frases y sonriendo a veces como si se acordara de algo muy agradable. (http://www.youtube.com/watch?v=uuZE_IRwLNI)
—Antes Bill no bailaría solo por nada del mundo —le dijo Andreas a Tom, interrumpiendo su anterior diálogo acerca de cómo llevar una relación con una chica mientras seguía gustándote mucho un chico—. Los Ángeles ha hecho que se desinhiba mucho más.
—Sí, y no sabes cuánto —Tom sonrió a su vez, recordando. Bill seguía con aquella sonrisa boba en la cara, y luego abrió los ojos para enfocar a Tom y mirarlo insistentemente, mordiéndose los labios. Tomó un trago de su botella sin apartar la mirada, y sin dejar de moverse lentamente de un modo que a su gemelo le pareció demasiado sexy. Tom escuchó la voz de su amigo como si viniera de muy lejos; luego sintió que le gritaba al oído y lo zarandeaba, pero a él le costaba salirse de la conexión que había iniciado con Bill.
—Lo… lo siento, Andy; ¿qué decías?
—Olvídalo; perdió la gracia con toda la demora para que me atendieras.
—Vamos, habla; no te molestes conmigo, ¿sí? Ya me conoces….
—Sí, ya sé, te vuelves un bobo mirando a tu hermano, ¿no? Bueno, te decía que…
Tom sentía la mirada de Bill clavada en su rostro aun cuando él estaba vuelto hacia Andreas; llegaban a su mente las imágenes libidinosas que Bill estaba evocando mientras sus ojos lo recorrían y quería darse vuelta para mirarlo; o, mejor aún, acercarse a él y bailar juntos, abrazados. No podía concentrarse en las palabras de Andreas mientras le llegaban directamente de los pensamientos de su gemelo cosas como “te ves condenadamente sexy, mi hermoso bebé”, “quiero bailar contigo delante de todos y pegarte a mi cuerpo para poder sentirte”, “muero por besarte, quiero halar ese piercing con mis dientes”… Tom pasó sus labios por el piercing y se los mordió, como respuesta; y no pudo evitar volverse y mandarle también sus pensamientos: “ese baile sensual tuyo, me va a enloquecer”, “¿ya te han dicho que eres el hombre más sexy del mundo?”.
Con Bill bailando ahora de lado, Tom tenía una vista directa del trasero de Bill, firme y alto; sabía que él lo estaba haciendo a propósito para dejarlo más excitado de lo que ya estaba, dejándole ver cómo resaltaba en sus jeans apretados aquel miembro masculino al que Tom solo podía catalogar como delicioso para él. Su temperatura se estaba alzando y una erección comenzaba a apretarse bajo sus ropas. Toda esa energía empezó a llegarle a Bill, haciéndole sentir escalofríos que le recorrían todo el cuerpo; ya no aguantaba más, quería abrazarlo, sentirlo cerca, así que se le acercó mientras Andreas seguía hablando y se agachó para quedar frente a su cara.
—Hey, ¿sabes qué?… —se mordió el labio inferior antes de continuar—, me muero de ganas de fumar.
—Obvio, Bibi, es que llevamos varias semanas de haberlo dejado; siempre es difícil.
Andreas dejó de hablar; era inútil seguirlo intentando: Tom no le prestaba atención. Bill se colocó a un lado, tomó su barbilla y lo volvió hacia él; le habló directamente al oído, intentando que Andreas no escuchara.
—No, ¡quiero fumar “hierba”! Quiero sentirnos mientras estamos colocados con esa plantita maravillosa.
El aliento de Bill en el oído de Tom hizo que a este se le erizara todo el cuerpo; no se contuvo más y, de improviso, lo atrapó con su mano y sin que Bill pudiera hacer algo volteó aún más para atrapar su boca en un beso rápido pero húmedo, una suave succión de su labio inferior que hizo estremecer a Bill, dejándolo sin aliento después. Sentía su corazón latiendo locamente en su pecho; después de tantos años juntos, Tom lograba descontrolarlo y ponerlo a mil con un simple beso, y Bill sintió cuán imposible sería para cualquiera entender lo que él sentía por Tom: una mezcla de ternura, pasión, dolor y obsesión que era más grande que su propio instinto de conservación, tanto que se atrevió a tomarle la mano y darle un beso en la palma mientras lo miraba intensamente.
Andreas ya se sentía demasiado incómodo: era demasiado que otra vez tuviera que ser testigo de eso, que Bill le restregara en la cara que Tom era suyo y le trajera de nuevo todos esos recuerdos de su necesidad por el mayor de los gemelos, su ansiedad por no poder tenerlo, por saber que nunca lo tendría porque él solo amaba a una persona. Y Andreas ya no quería sentir eso, quería recuperar su amistad con sus dos amigos de infancia y olvidar cualquier otro sentimiento que lo intentara importunar, así que se paró de allí con la excusa de ir por un trago, para dejarlos solos. Entonces Bill, con una sonrisa ladina, se sentó al lado de Tom, o más bien casi encima, y le susurró al oído.
— Hey, ya quiero irme. Vámonos y compremos un poco de hierba, quiero aspirar el humo en tu boca…
Tom volvió a sentir aquel estremecimiento de deseo atravesándolo, así que se levantó decidido.
—Ok, vámonos ya, Bibi. ¿Por qué es que nunca puedo decirte no?
—¿Porque me amas? —su sonrisa era ahora triunfadora.
Se despidieron rápidamente de Andreas, que estaba hablando con otros amigos, y este no les hizo ningún comentario: ya conocía a sus amigos, ya sabía que nada ni nadie se interpondría entre ellos y su necesidad de estar juntos.
Salieron hasta su auto para ir a su hotel en Colonia, pero, antes, allí mismo a la entrada del club, Tom compró los cigarros que Bill había pedido un rato antes, para darle gusto.
— Tómalos, Billy, al fin y al cabo ¡somos vegetarianos!, así que no va a estar mal usar algo de “hierba” —empezaron a reírse a carcajadas, y no pararon aun mientras abrían las puertas del auto, donde los esperaba uno de los de su seguridad al timón, uno de los que conocían bien lo que había entre ellos y, mientras los protegían, guardaban sus secretos.
Se abrazaron en el asiento de atrás, y poco a poco pararon de reírse: seguían siendo los mismos de siempre, Bill siempre riendo de cualquier broma tonta de Tom aunque a nadie más le hiciera gracia; cada uno orgulloso del otro, admirándolo en la justa medida en que no lo haría nadie más.
Llegaron así abrazados a su hotel, pero a nadie le llamó la atención porque realmente tropezaban de borrachos y era comprensible que se apoyaran uno en el otro.
Al llegar a su habitación, casi sin cerrar la puerta, Bill se abalanzó a Tom abrazándolo por la espalda: le encantaba sentirlo de ese modo, sentir como Tom se abandonaba a sus brazos, a sus caricias.
Desde sus pocos centímetros más alto, se inclinó sobre aquel cuello para besarlo; suaves besos en la nuca mientras su mano izquierda se perdía bajo la camiseta y luego la otra mano tomándole suavemente el rostro para voltearlo de lado y besar esos labios que lo enloquecían tanto cuando se apretaban en una sonrisa como cuando se abrían para cantar o eran mojados por una lengua traviesa, y le hizo sentir a la vez su erección potente a la altura de las nalgas cada vez mejor formadas de Tom, quien, al sentir eso, comenzó a moverse lentamente, como un gatito cuando se procura cariño, deslizándose suavemente. Eso arrancó un gemido de Bill, quien luego aventuró su mano derecha dentro de los jeans de Tom, deslizándose con desesperante calma hasta su erección. Tom gimió igualmente al contacto, y Bill mantuvo durante un rato esa deliciosa tortura.
Bill acercó a Tom a la cama, haciéndolo voltearse y besándolo sin cansancio; abrió los jeans y los fue bajando junto con la ropa interior para encontrar ante sus ojos la erección indócil. Tom jadeaba excitado, sin poder evitar que su mirada persiguiera cada una de las acciones de Bill, quien dio un lengüetazo único a la entrepierna para luego seguir bajando por sus muslos, sus piernas, sus pies, “amo tanto tus pies”, dijo antes de besar uno a uno y volver a subir entre sus piernas con besos, lamidas y pequeñas mordidas.
Era enloquecedor para él sentir como Tom se abría a él, se entregaba por entero y sin reservas. Se detuvo solo un momento para librarse él también de sus jeans y su camisa. Tom solo pudo echarle una mirada ávida, convencerse una vez más de que amaba todo de ese cuerpo ante él que lo enloquecía, que lo hacía salivar de gusto con solo repasarlo por un segundo, antes de que Bill fuera de nuevo hasta él y desnudara también su torso (que ahora mostraba una cintura estrecha y unos abultados pectorales), para apoderarse de los pezones de sus tetillas con manos y lengua, mientras Tom abría la boca, respirando fuerte, gimiendo y comenzaba a mojarse con líquido preseminal. Bill, a la vez, masajeaba su propia erección. Luego regresó a esos labios enloquecedores y solo rompió el beso para decirle: “Te amo, bebé”. Tom se deslizaba bajo él, con lentitud, intentando acariciarlo con todo el cuerpo y logrando así encenderlo aún más.
Adivinando lo que Tom deseaba, Bill hizo que cambiaran de posición; tomó entre sus manos la cabeza ahora de cabellos lacios y largos, y dirigió sus movimientos mientras Tom lo tomaba en su boca, saboreándolo como si se tratara de un manjar delicioso, y buscaba su mirada para transmitirle toda esa energía que estallaba en él, toda la voluptuosidad que se estaba impregnando en su piel, en sus huesos y en su pensamiento. Bill aceleró sus movimientos en la boca de Tom y sus gemidos eran desesperados, así que Tom supo que era el momento de dejar aquello y sentarse en su pelvis: tomó ambos penes con su mano y los hizo rozarse mientras movía su cadera. Se inclinó sobre la boca de Bill para besarlo profundamente, y repetía “te amo, te amo, te amo” con cada beso.
Con su mano, Bill acercó su erección a la entrada de Tom para mojarla con el líquido que ya escurría de él, lubricándolo un poco, preparándolo, hasta que Tom no pudo aguantarse más y se penetró él mismo, muy lentamente, mientras Bill gemía más alto: Ohoh, ohoh, Tom, hmmm…, y se mordía los labios para aguantar mientras sentía su corazón acelerarse tanto que parecía a punto de explotar. Ambos sentían como fuego corriendo por sus venas, sus sensaciones multiplicándose por la conexión y amplificadas por la unión física entre sus cuerpos.
Tom empezó a balancearse sobre Bill cada vez más rápido y Bill lo ayudó moviendo las caderas al vaivén, dándole algunas nalgadas estimulantes; sus manos le recorrían el cuerpo y Tom se dejaba acariciar, justamente como un tierno gatito, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, tratando de conseguir más oxígeno. Bill masturbó a Tom y lo masajeó mientras continuaban el movimiento sincronizado de sus caderas; sin salir de él lo levantó para acomodarlo sobre la cama, cambiando la posición para penetrarlo con más fuerza, para ser quien estuviera a cargo de guiar el ritmo, algo que aumentó la excitación de Tom, porque disfrutaba demasiado sentir a Bill tomar el mando. Sus conciencias se fueron perdiendo en un éxtasis arrebatador y Bill al fin terminó dentro de Tom mientras él lo hacía en el abdomen de su gemelo. Al retomar sus respiraciones se enredaron en un beso profundo, mientras gritaban a la vez: “Ahah, … te… amo”.
Jadeantes, se echaron uno al lado del otro y entonces Bill recordó los famosos cigarros que Tom le había comprado antes de regresar al hotel. Aunque habían sudado mucho del alcohol de la noche durante su perfecta sesión de sexo, Bill aún sentía ganas de perderse junto a Tom en un escape de los sentidos ya que todavía no podían hacerlo en la realidad.
Se levantó para sacar uno de su bolso mientras Tom soltaba un pequeño sonido de protesta porque Bill se alejara de sus brazos, el que luego se convirtió en una sonrisa pícara al ver lo que se proponía su gemelo. Mientras le dirigía una mirada cómplice, Bill lo prendió. Aspiró una bocanada y luego otra y, acercándose a la cama, la pasó de su boca a la de Tom mientras se enredaban en un beso. Luego le pasó el cigarrillo a Tom, quien hizo lo mismo, como si jugaran a ser espejos uno del otro. Bill soltó la primera risa.
—Estoy acordándome ahora… nuestra primera vez con… la hierba.
—¿Todavía… te acuerdas? —Tom también comenzaba también a sentirse hiper relajado.
—Claro; estaba muy enojado contigo, estaba muy… triste y decepcionado porque solo estabas en esa “casa libre” con tu novia y tus amigotes, mientras yo… —la “hierba” podía tener doble efecto, ahora Bill sentía que podía llorar tan fácilmente como antes había reído.
—No recuerdes eso, Billy. Yo… ¡estaba tan confundido! —a través de la conexión, todos los sentimientos estaban siendo compartidos.
—Recuerdo que llegaste una noche tarde, bastante borracho —siguió Bill— y traías un cigarrillo de esos… y yo estaba enfurruñado contigo, pero tú, esa noche, no tenías muchas inhibiciones. Viniste directo hacia mi cama y me pediste que te perdonara, mientras me acariciabas el rostro una y otra vez. Decías: “Perdóname, Billy; soy un tonto. Te quiero, Billy”.
—Oye, no recuerdo eso.
—Ya lo sé, porque al día siguiente no te recordabas de eso ni de todo lo que vino después. Yo me incorporé en la cama y te abracé: estaba tan feliz en ese momento, que toda la otra tristeza que me habías causado se borró enseguida. Te dije que solo no quería que me volvieras a dejar solo, que, si era así, todo estaba perdonado. Pero tú se separaste del abrazo y me miraste a los ojos, “no solo pido perdón por eso; sino por esto”, y me tomaste los labios en un beso, uno de esos que ya hacía tiempo no me dabas. Te separaste y sonreíste; yo temblaba de deseos, sorprendido, y tú agarraste el cigarrillo ese, lo prendiste: “Vamos a relajarnos, Billy”, dijiste. Tomaste una bocanada e hiciste exactamente lo mismo que ahora, la pasaste a mi boca con un beso. Yo sentí algo raro, como mareo, y a la vez euforia. Y luego nos recostamos juntos, nos abrazamos, reímos y nos acariciamos mucho, hasta quedarnos dormidos. Cuando despertamos, yo creía que todo había cambiado, que ya no huirías más de mí; pero tú reaccionaste mal cuando viste que estábamos durmiendo abrazados y con poca ropa, y huiste. Esa noche volviste a la “casa libre” con tu novia, sin recordar que me susurraste toda la noche: “¡Te amo, Billy, te deseo tanto! ¡Nunca me dejes!” Por eso nunca me rendí en luchar porque aceptaras tus sentimientos, a pesar de que se hiciera tan difícil.
—Ay, Bibi… —Tom se abrazó a él y besó su pecho—, ¡qué bueno que no te rendiste!, si no… ¿quién sabe qué sería de mí ahora?
Bill se echó a reír; sí, Tom mostraba una necesidad tan grande de él que se hacía difícil imaginarlo de otro modo. Pero claro, esa necesidad era mutua: él no podía imaginarse estar lejos ni por un espacio de tiempo corto de su alma gemela, su complemento, sin él se sentía solo la mitad de una persona.
Siguieron disfrutando su cigarrillo compartido, mezclando recuerdos, riendo, y también llorando a veces, cuando venían a su mente momentos dolorosos, las luchas para hacer que su amor no fuera excesivamente lastimado por el secreto, el desprecio de algunos (incluida la imperturbable oposición de su madre), los circos obligatorios para encubrir lo que ocurría entre ellos, tan fuerte que se hacía casi imposible disimularlo. Preferible era no mencionar aquel otro incidente, el más doloroso, porque Tom se había sentido traicionado, usado, herido en su confianza por Bill y habían necesitado mucho tiempo y esfuerzo para volver a estar así, tan emocionalmente unidos y sin ninguna duda.
—Te amo, bebé —dijo Bill por enésima vez mientras seguían acostados, pegados uno al otro como siameses, y Tom verbalizaba cada una de sus épicas metidas de pata.
—Y yo a ti, Maüschen, más de lo que debería —se miraron y volvieron a besarse. Y una vez más sus cuerpos desnudos comenzaron a encenderse en roces, caricias, queriendo volverse uno. Bill pensó un instante si Tom querría dominar esta vez, pero desistió de ello al notarlo otra vez complaciente, suave como un gatito, en el rol que más le gustaba.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a leer el último capítulo de esta temporada a continuación.