
Fic TWC. Temporada 2. Parte II
16: Parte II
La cena transcurrió bastante normalmente, entre conversaciones casuales y las típicas anécdotas de Charlotte sobre la infancia de sus hijos gemelos. A Bill no se le pasaba la circunstancia de que ella parecía poner más interés en halagar a Ria, de entre todos los presentes, y que dirigía a ella la mirada siempre que hablaba de algún rasgo especial de Tom, mientras Ria sonreía encantada. Él deseaba que pasara rápido el tiempo y pudieran irse a Bootsy Bellows, el club donde la música alta, las luces y las bebidas lo harían sentirse mejor, o eso creía.
Pero no iba a ser así. Desde que habían llegado al club, Ria se la había pasado junto a Tom y él había tenido que conformarse con conversar con sus amigos, extrañando poder hablar al oído de su amor, decirle cosas tiernas o calientes, cantarle un trozo de canción, comentar cualquier cosa que se le ocurriera con el único que entendía perfectamente cada recoveco de su mente.
No pudo más y se acercó a ellos; allí estaba ya Charlotte y justo pudo escuchar lo que estaba diciendo.
—Es lo que le decía a Tom, Ria, que ustedes dos hacen buena pareja, así que anímense; yo quiero tener nietos mientras aún sea joven, para poderlos mimar.
—¿Qué dices…? —Tom casi se sintió ruborizado; miró la cara de Bill y notó cómo crecía la furia en su interior.
—Es lo que creo, Tom —Charlotte sonrió—; y tú lo sabes, no veo por qué te asombras.
Los ojos de Bill se enfocaron en su madre: “¿Cómo puedes hacerme esto? Me odias, ¿verdad?” Una vez más ella hacía caer sus ilusiones de que pudiera tener mejores relaciones filiales; cada vez que pensaba que todo estaba mejorando, ella le daba un golpe como ese. Para ponerlo aún peor, Charlotte le habló a él directamente.
—Dime, Bill, ¿no crees que es verdad lo que digo? ¿No hacen una pareja hermosa? —Ria tenía una sonrisa complacida en su rostro, por el apoyo de Charlotte—. ¿No te gustaría tener un sobrinito? Tu hermano se ve feliz a su lado.
La palabra resonó fuerte en la mente de Bill: “hermano”; Charlotte, una vez más, estaba recalcándole que Tom era su hermano, que no debería ser para él nada más que su hermano.
—Mamá, por favor, no seas impertinente —intervino Tom antes de que Bill soltara todo lo que estaba escuchando en su mente a través de la conexión mental de los dos—. Este no es momento para hablar de esos temas. Y, además, Ria es solo una amiga.
Miró a Bill, quien se dio la vuelta para buscar un nuevo trago, ya que el suyo se lo había vaciado de un tirón; se quedó entretenido mirándolo, tanto que no sintió que Ria se arrimaba más a él, mucho más, hasta que sintió que ella tomaba una rasta en sus manos y disimuladamente le rozaba la mejilla.
—Tu mamá tiene razón, Tom; tú y yo podríamos intentarlo. Me gustas mucho y, quizás, si tú te dieras la oportunidad de… intentar querer a alguien —lo besó sorpresivamente en los labios, un beso suave como el que ya le había dado una vez; Bill vio eso desde donde estaba y su furia lo hizo palidecer. Llegó hasta ellos justo cuando Tom la separaba, un poco brusco.
—¿Qué haces, Ria? No te permito que…
—Hey, me voy —interrumpió Bill—; me estoy sintiendo enfermo, creo que voy a vomitar —se dio la vuelta dirigiéndose a la salida mientras dejaba su copa llena en la mesilla con rudeza.
—¡Espera! ¡Espérame! —Tom fue apurado tras él, dejando atrás a una consternada Ria; lo alcanzó y lo tomó por el brazo, haciéndolo mirarlo—. ¿Qué tienes?
Charlotte también se acercó preocupada a ellos, y Bill la fulminó otra vez con la mirada; esta vez nadie detendría sus palabras.
—¿Sí era esto lo que querías? Pues lo lograste, me arruinaste el cumpleaños. ¡Adiós!
Salió apurado y Tom tras él. Shay y Shiro, que desde hacía rato venían observando que había cierto drama familiar, se les acercaron.
—Si se van, nosotros los llevamos.
Tom asintió y Bill solo espero a que el valet trajera el auto y se montó, aún con cara de pocos amigos.
Charlotte y Ria salieron también, solo para verlos alejarse sin más despedidas. Ria sintió las lágrimas agolpándose en sus ojos.
—¡Por Dios, Charlotte! Creo que Tom se enojó conmigo.
—Tú no te preocupes, es cosa de Bill, ¡él siempre está manipulándolo! Es muy dominante con su hermano, quiere tener el control de Tom a cada instante; ¡quiere escogerle hasta la novia! —Charlotte también intentaba creerse eso, aunque en el fondo sabía que la realidad era diferente.
—Siempre he creído que no le caigo muy bien a Bill, eso sí —ella sabía que lo de esa noche había sido atrevido de su parte—. Charlotte, ¿tú puedes… hablar con Tom?; dile que no fue mi intención, que no quise que se perturbara. Él me gusta mucho, pero no quiero perder su amistad. Y ahora este malparido paparazzo está filmando todo y él lo va a ver mañana; se va a enojar porque yo estoy haciendo drama aquí en la calle —se secó las lágrimas.
—No te preocupes, preciosa —la consoló abrazándola—. Yo hablo con Tom, le explico; y no le pongas cuidado a Bill, él solo cree que es el dueño de Tom.
El paparazzo llegó muy cerca de ellas mientras caminaban escoltadas por Alex, Gordon y Katie; Ria lo miró angustiada.
—No publiques eso, por favor, me puede perjudicar.
—¡Ella no es su novia! —gritó Charlotte al hombre; era mejor que supieran eso, a que pensaran que Tom había dejado plantada a su novia para irse de allí con su hermano.
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Mientras, en el auto, Bill continuaba furioso mientras Tom sonreía; le veía cierta gracia a que Bill reaccionara de ese modo, que no pudiera controlar sus celos, y también había disfrutado un poco dejar a la familia con un palmo de narices.
—Ya cálmate, Bill; te va a dar una úlcera si te enojas tanto.
—Tú mejor no hablas: dijiste que no la ibas a besar.
—¡No la besé! Fue ella quien…
—Hey, Bill —intervino Shay, con la confianza que le había dado que Bill le hiciera confesiones y la considerara casi como una madre—, tienes que intentar disimular tus celos. Ya sé que Ria y tu madre se pasaron, pero no puedes dejar ver tan claro lo que pasa entre ustedes; recuerda que también se deben a la banda.
—Pero Shay, es nuestro cumpleaños, es… nuestro día especial, ¿y ella no podía dejarnos en paz siquiera en este día?
Tom le tomó una mano, la apretó entre las suyas.
—Mäuschen, no te pongas así, sabemos que soportar todo el secreto no es fácil, las cosas que tenemos que hacer a veces para protegernos, pero yo solo te amo a ti.
—¡Tom! —Bill comenzó a relajar sus músculos—, es que mamá sabe cómo ponerme furioso, y lo hace con toda la intención, tiene la facultad de hacerme doler el estómago con mucha facilidad últimamente, y esa putita de Ria está loca por ti; solo simula ser tu amiga, ¡uy, no la soporto!
—Bueno, chicos —Shiro tomó la palabra—, no se amarguen el resto de la noche; los vamos a dejar en un hotel de lujo, para que le den toque final a su aniversario, ¿está bien?
Bill sonrió; sí, aquella idea estaba bien, ¡estaba muy bien! Miró a Tom que también asentía, con una mirada brillante que Bill conocía bien: mirada de deseo.
Tomaron una de las mejores suites del hotel, no la presidencial, no la dedicada a las grandes personalidades políticas o artísticas, o, la que alquilaría una pareja de recién casados con mucho dinero, para no llamar demasiado la atención; pero sí una bien equipada con todas las comodidades, especialmente un jacuzzi, eso especificó Tom cuando Shiro les preguntó antes de alquilar él mismo la habitación para sus amigos.
Ya dentro, solos, la pasión no fue contenida. Se pegaron uno al otro, uniendo sus labios, sus caderas, sus torsos, sus manos; chocando contra las paredes, se fueron desprendiendo de todas sus ropas de esa noche, sin importarles lo finas que pudieran ser para dejarlas tiradas de cualquier modo en cualquier parte. Bill había convertido toda su furia en un ansia dominante de hacer suyo a Tom, demostrarle que nadie podría amarlo así, que nadie podría hacerlo sentir placer de ese modo, que no se había equivocado al decidir que debían quedarse juntos e ir en contra de todo, hasta de su propio orgullo, para salvar eso tan grande que tenían los dos; demasiado inmenso para ser entendido por el resto de los mortales.
Aquel placer que sentían cuando estaban juntos, no podía compararse con ningún otro, porque entre ellos el goce se multiplicaba por dos, a través de su conexión psíquica, y tener sexo con cualquier otra persona, lo habían comprobado, era un acto solitario que solo podía dejarles después una sensación de amargura y desamparo.
—Te voy a dar tan duro que vas a olvidar cómo te llamas —dijo Bill al oído de Tom, haciéndolo gemir al sentir su aliento en el cuello.
—Espero que lo hagas, señor Kaulitz —jadeó contra él, moviendo sus caderas, mostrándole cuán deseoso estaba de sentirlo—, pero vamos al jacuzzi… ahora —Bill asintió con una sonrisa, cambiando su rudeza lasciva por una caricia tierna en el rostro de su gemelo. Terminaron de desnudarse, y se separaron solo para tocar el botón que hacía burbujear el agua, antes de entrar. Las cosas se ralentizaron un poco entonces, el agua empezó a relajar sus músculos y Bill solo se dejó llevar, mientras Tom lo acariciaba suavemente—. Te amo, Bill; por encima de todo. A veces no quisiera amarte así, pero es inevitable para mí. Te necesito… tanto —suspiró mientras otra vez las caricias se volvían incontinentes, y buscaba la erección de Bill para tomarla en sus manos y sentir su dureza—Lo quieres, ¿eh? ¿Lo quieres ahora? —Bill lo miraba divertido; sabía que Tom era insaciable cuando su apetito pedía de aquel instrumento de placer de su gemelo que a veces lo obsesionaba un poco.
—Hmmm… —Tom se acercaba a sus labios, a la vez juntando más sus cuerpos, haciéndole sentir que también estaba enormemente excitado.
Se besaron largamente, y las manos de Bill acariciaron aquella espalda bien formada, cerró los ojos por un momento para disfrutar aún más la conexión.
—Hmmm… —le hizo eco, mientras separaban sus labios y lo volvía a mirar a esos ojos tan parecidos a los suyos y, a la vez, tan llenos de matices diferentes—. Te amo, mi Tomi, nunca dudes eso; te amo más que a mi vida, y moriría si te pierdo, ¿lo entiendes? ¡No puedo perderte! Ya sé que yo no merezco… —Tom lo calló con otro beso, abrazando su cuello; no quería que recordaran momentos tristes; ese era su día especial que comenzaba: 1ro de septiembre, y con ese día esperaba que comenzara todo de nuevo, allí, esa madrugada, juntos los dos, prometiéndose que nada ni nadie podría separarlos nunca.
En esa posición, Tom se movió lentamente sobre él para hacerle saber que no necesitaba más preámbulos, ni lubricantes ni preparaciones; estaba tan excitado y ansioso por sentirlo dentro suyo que sabía que el placer esperado lo haría olvidar cualquier otra cosa; así que Bill, ayudándose con una mano, empezó a entrar en él lentamente para no lastimarlo, mientras Tom soltaba suaves quejidos, se mordía los labios esperando que pasara el momentáneo dolor y acostumbrarse a la intromisión en su estrechez.
Poco a poco fue aumentando la velocidad de las embestidas, y el mismo Tom empezó a controlar el ritmo con sus movimientos, gritando de placer cuando Bill tocaba aquel punto que lo hacía ver las estrellas, viajar al espacio exterior, donde sus mentes acopladas se encontraban y hacían de ese acto algo más que una unión física, una comunión espiritual, un éxtasis arrebatador. Se sucedían palabras tiernas y exclamaciones obscenas; Tom pasaba de decir algo tan perturbador como “rómpeme, hazme tu maldita puta” a “eres mi ángel, Billy, mi ángel de luz”; y algo parecido pasaba con Bill que alababa ese “tu culo apretado que me quema en el infierno” y la “belleza de tu rostro de niño dulce”.
Se hicieron el amor por horas, hasta terminar de nuevo descansando en el jacuzzi, relajados uno sobre otro, más bien Tom descansando de espaldas entre los brazos de Bill, entre sus piernas, sintiéndose acunado y protegido, mientras se acariciaban con ternura y conversaban sobre cualquier cosa, incluidas aquellas que cualquier par de hermanos conversarían aun cuando no fueran, como ellos, gemelos idénticos.
Se durmieron en la amplia cama justo cuando comenzaba a salir el sol, felices, esperando que ese signo fuera también el que señoreara sobre sus vidas: un nuevo amanecer.
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Regresaron a su casa entre risas, en una limousine que les proveyó el hotel. Llamaron a sus amigos para agradecerles haberles salvado la celebración y ellos solo bromearon con que no querían saber los detalles íntimos.
—Creo que te adoptaré oficialmente como mamá —le dijo Bill a Shay, alegre.
—Será un honor —rio ella del otro lado. En realidad, ella lo sentía así, ya que no tenía hijos propios; los hermanos Kaulitz se habían metido en su corazón con su ternura, su alegría contagiosa, su manera algo loca de ser, y también, cómo no, con sus problemas e intensos secretos—. Por cierto, te mando un link de lo que publicó el paparazzo ese que siempre les persigue “casualmente” sobre la partida de ustedes anoche del Bootsy Bellows.
—Ok, nos vemos luego, ¿sí?
Bill siguió el link, miró las imágenes, volvió a sentir furia, pero luego se carcajeó, movió la cabeza de un lado a otro, y fue a la BTK app —que entre Shiro y Andy les habían ayudado a lanzar— para ver qué habían escrito sus fans, y quizás postear algo. Tom se paró tras él y se fijó en la foto con fecha 31 de agosto que aparecía ahí: una de Bill frente al espejo, con la foto suya desnudo, en el fondo, borrosa, pero aún discernible para quien los conociera. Claro que Bill había puesto eso luego de oír la conversación de Tom con Charlotte, algo así como gritando silenciosamente: “Tom es mío, que quede claro”. Sonrió algo halagado por la posesividad de su gemelo, y porque también él deseaba mucho que acabara aquel secreto, aunque supiera que aún era imposible.
—Bill, eres un tiranito posesivo. Pero te amo por eso mismo, y no se puede negar que el detalle de mi foto salva este post, ¿no?
—¡Tom… eres un presumido! —le sonrió Bill volviéndose para mirarlo, y se enlazaron de nuevo en uno de esos besos que los transportaban de nuevo a su propio mundo mágico.
Continúa…
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