
Humano: Especiales de TollWriter
Capítulo 9: Mi mejor amigo pelirrojo (P.2)
Sinceramente, tenía suerte de caerme tan bien, porque a cualquier otro no le hubiera pasado ni la mitad de sus mierdas, y mucho menos le hubiera permitido orbitar tanto a mi alrededor y consumir tanto de mi tiempo. No es que Tom fuera un lobo dependiente, solo que no parecía gustarle estar solo y siempre aprovechaba la menor ocasión para venir a verme o charlar conmigo.
Todavía más aquella semana que me pasé sin trabajar, cuando aparecía de vez en cuando incluso antes de la hora de la cena, picaba algo, cogíamos un poco y, si tenía tiempo, mirábamos alguna de sus series de mierda en un portátil de última generación que había traído.
Hasta que la primera semana de julio conseguí un puesto en una gasolinera de las afueras. Hacía un calor de mierda y era tan aburrido como la tienda, pero no había pasado ni un día cuando el lobo apareció en un precioso Toyota negro metalizado. Me acerqué con mi camiseta de asas bajo el chaleco con un nombre equivocado, miré al Beta pelirrojo de camisa abierta y torso al aire que bajó del todoterreno para quedarse con la espalda apoyada en la puerta. Con aquel calor, sudaba más, lo que le volvía tan apestoso que prácticamente solo tenía que acercarme a dos metros para ponerme caliente.
—Ey… —le saludé.
—Ey… —sonrió él junto con un cabeceo.
Me pegué a su cuerpo sudoroso y le di un buen beso, tocando su enorme bíceps y su pelo revuelto. Ya hacía tiempo que Tom me dejaba tocarle todo lo que quisiera sin que eso le «pusiera nervioso». Se me escapó un gruñido cuando noté su verga dura contra el abdomen y le apreté más fuerte contra mí, jugueteando discretamente con uno de sus pezones salidos. Eso siempre le arrancaba un jadeo de los labios, pero no tanto como cuando se los lamía o se los mordía.
—¿Te molesta que haya venido? —me preguntó cerca de los labios—. Sé que no te gusta que me acercara a la tienda, pero esta gasolinera queda en una ruta de la Manada.
—Y te apeteció un poco de sexo en mitad de la noche —entendí.
Tom sonrió y empezó a frotar suavemente la cadera.
—Siempre me apetece hacer muchas cosas contigo, Bill…
Resoplé y puse los ojos en blanco.
—Eso se lo dices a todos tus humanos… —murmuré.
Tom sonrió más. Ya habíamos tenido una conversación sobre el tema, porque yo quería saber si el lobo pelirrojo me mentiría o no, pero lo que me había dicho fue:
«Hay otros, Bill, pero eres un hombre muy inteligente, creo que sabrás que te presto mucha atención…» Así que yo era su favorito o alguna mierda así; no es que me importara que fuera a ver a más humanos, sinceramente, porque para mí nosotros éramos algo así como unos amigos con derechos a los que les gustaba pasar tiempo juntos. Como aquella noche en la que nos pasamos casi una hora montados en la parte atrás de su auto manoseándonos y haciéndonos un poco de todo el uno al otro, solo interrumpidos por dos clientes a los que despaché tan rápido como pude antes de volver con el lobo.
—Como llegue alguien ahora, sí que va a ser gracioso —murmuré, con la cara pegada al asiento trasero y Tom sobre mí con su verga inflamada bien dentro.
Dejó por un momento de limpiarse el sudor en mi pelo y se rio.
—Vas a conseguir que me echen de otro trabajo por apestar a lobo, Tom.
—Ya apestas mucho a mí, Bill —susurró en mi oreja—. Me he asegurado bien de ello… y lo siento, pero no vas a conseguir que me sienta mal por algo que me encanta hacer y me encanta oler… —añadió, cogiendo una buena respiración antes de ronronear como un gatito.
Todavía algo manchados y acalorados, fuimos a darnos un agua fresca con la manguera y Tom suspiró, dándome un beso en los labios antes de morderme la mejilla. Fue un poco raro, pero lo dejé pasar y le invité a una cerveza fría y a un helado de la tienda. Aquella escena del Beta pelirrojo volviendo a mi nuevo trabajo para perder el tiempo y sentarse en una silla plegable a mi lado, se repitió durante todo julio. A veces aparecían por allí otros lobos, a los que ambos nos acercábamos; Tom para charlar y yo para llenarles el depósito.
—Ey, Bill, ¿te importaría no cobrarle a la Manada? —me había pedido la primera vez, llevándome un poco a un lado para que los demás no pudieran escucharnos..
Me limité a encogerme de hombros, totalmente indiferente ya que aquel era solo un trabajo temporal y acabarían despidiéndome de todas formas. A veces me pedía un momento para «charlar en privado», pero otras me abrazaba delante de ellos o me daba algún beso de esos casuales y sin importancia.
Quizá fuera alguna mierda de lobos para enseñarles al resto que estábamos «juntos», como si los numerosos moratones y mordiscos por todo mi cuello y mis hombros no fuera ya suficiente obvio. Algunos de aquellos lobos me dedicaban una mirada y un cabeceo rápido, dándome a entender que reconocían mi presencia allí y agradeciéndome la gasolina gratis.
Todo fue bien hasta que una noche de finales de mes apareció el Beta Pelirrojo en su Toyota negro y me miró con expresión seria desde la distancia. Fruncí el ceño y aceleré el paso para reunirme con él en la ventanilla.
—Bill, necesito tu ayuda —fue lo que dijo. No iba solo y todos los lobos que le acompañaban parecían algo nerviosos—. La policía ha acordonado la autopista y llevamos encima… caramelos —señaló con la cabeza hacia la parte de atrás—. Escucha, sé que no quieres problemas y sabes que no te los daría si pudiera evitarlo, pero… necesitamos que nos cubras.
—Joder, Tom… —murmuré, negando con la cabeza. Miré a la carretera oscura y señalé hacia la parte de atrás de la tienda—. Ya sabes donde —le recordé.
El lobo asintió al momento, dio marcha atrás y se fue a prisa hacia allí. La policía llegó en menos de cinco minutos, haciendo preguntas, mirándome de arriba abajo y asumiendo que yo era un muerto de hambre que solo estaba trabajando en la gasolinera por desesperación.
Cuando se fueron, fui a la parte de atrás oscura y apoyé ambos brazos en la ventanilla.
—Muchas gracias, Bill —Tom ronroneó un poco y quiso acercar el rostro al mío, pero le detuve.
—Tú y yo vamos a hablar seriamente —le advertí.
El Beta pelirrojo me miró un par de segundos en silencio e hizo un gesto para indicarme que iba a bajar del auto, me aparté lo suficiente y me llevó con él, agarrándome suavemente de la muñeca, hacia un lugar más discreto.
Llegamos hasta el borde del bosque, donde Tom se sentó en la elevación que había entre el cemento y la tierra seca, al amparo de la leve oscuridad. Me senté a su lado y esperé a que dejara de mirarse las manos y frotarlas distraídamente.
—Bill, sabes a lo que me dedico —murmuró, mirándome al fin por el borde de sus ojos de chocolate—. Lo que hace la Manada… —esperó a que asintiera y continuó—: Si continuamos viéndonos, es muy probable que acabes inmerso en alguna de nuestras «cosas». Ya sea de forma directa como esta noche o indirecta, escuchando información o con algo que te cuente. He tratado de evitarlo por ahora, pero sé que no te gustan los problemas y por eso te diré algo: si prefieres que te mantenga al margen de la Manada, lo haré, pero a mí me gustaría poder incluirte en mi vida en muchos más sentidos que solo como a uno de mis humanos que voy a visitar y que me cogo. ¿Lo entiendes?
Me quedé unos segundos en silencio, todavía con expresión seria. Chasqueé la lengua y fui a por un cigarro que no tuve problemas en encenderme lentamente antes de volver a mirar al lobo pelirrojo.
—Entonces me mentiste y no era solo por diversión… —murmuré.
—No, al principio lo era —respondió tan seguro y firme que le creí—, pero me gustas mucho y lo paso muy bien contigo. Quiero más y, para eso, necesito saber que puedo confiar en ti y que puedo pedirte ayuda cuando la necesite.
—¿Más? —pregunté—. ¿No es suficiente con que te dé de comer, apestes mi puta casa y te pasees desnudo de un lado para otro mientras te rascas los huevos?
Tom asintió un par de veces, como si lo entendiera. Bajó de nuevo la mirada con una expresión seria y dijo:
—Escucha, no podemos pasar por el control policial con los caramelos. Si nos dejas esconderlos por algún lugar cercano, vendremos a recogerlos otra noche y no te molestaremos más.
Fumé una calada con la vista al frente, a la espesura del bosque y la oscuridad que lo bañaba.
—Hay un contenedor de basura al final de la gasolinera. No vienen a limpiarlo hasta el lunes y nadie se acerca demasiado allí.
El lobo pelirrojo volvió a asentir y se levantó, dejándome tranquilo y sumergido en mis propios pensamientos. No sabía lo que significaba del todo «querer más», pero sonaba a problemas. Tardé poco en descubrir que «problemas» y «Tom» eran dos palabras que tendrían que ir juntas o desaparecer de mi vida, porque el lobo pelirrojo no volvió a casa esa noche, ni la siguiente. Yo miraba el móvil como un idiota, con la esperanza de que, en algún momento, recibiría un mensaje de esos que tanto aborrecía antes. Sin embargo, lo único que recibí fue una nota de voz de apenas diez segundos donde un Tom bastante serio me decía:
—Lo siento, Bill, pero la policía todavía anda vigilando la zona y no podremos pasarnos por los caramelos. ¿Te importaría asegurarte de que no se los lleve el basurero? Te pagaremos bien por las molestias.
Me enfadé bastante, no voy a mentir. Me tocaba mucho los huevos que el Beta pelirrojo hubiera decidido «terminar» de esa forma lo que, en teoría, era una amistad y no nada serio. Sin embargo, yo sabía que Tom no había dudado en ofrecerme su ayuda, o la de la Manada, cuando tuve problemas. Así que tomé la decisión de devolverle el favor y llevarme los «caramelos», que no eran más que droga, conmigo en autobús hasta la ciudad, donde los guardé en una taquilla de una lavandería autoservicio veinticuatro horas. Después le mandé un mensaje de voz a Tom.
—Hola, Tom. Los caramelos están en Wash&Clean, en la 25th Avenue. Los he puesto dentro de una taquilla, así que dime un lugar para dejarte las llaves. O ven a buscarlas, así quizá podamos hablar y, si es lo que quieres, despedirnos como un par de buenos amigos y no como un puto crío enfadado que me ha empezado a ignorar por completo. ¿Qué te parece?
Tom vino esa misma noche. Se quedó con las manos en los bolsillos de su pantalón de baloncesto y la camisa de verano sudada y entreabierta, mostrando su pectoral de acero y la cadena de plata que colgaba de su cuello grueso y pálido. Nada más volver a verle y olerle, me puse caliente como una fiera, pero era una sensación de fondo, sumergida bajo la tensión del momento.
El Beta me saludó con un movimiento de cabeza. «Ey», a lo que yo respondí igualmente antes de dejarle entrar. El lobo pelirrojo dio un par de pasos y olió el aire, descubriendo que mi casa todavía olía a él. Entonces se volvió y me dedicó una de sus miradas serias de ceño levemente fruncido, más intimidante viniendo de alguien que solía sonreír tanto. Le entregué las pequeñas llaves de la taquilla y él las miró un momento.
—Muchas gracias, Bill. Nos has… ayudado mucho con esto —y me enseñó las llaves en su mano para remarcar el hecho de que me la hubiera jugado por él.
—Lo sé —respondí. Entonces nos quedamos en silencio, mirándonos fijamente a los ojos hasta que cogí una bocanada de aire y, con la mirada a un lado, pregunté—: ¿Quieres un capuchino?
—Sí… supongo que me puedo tomar un capuchino —murmuró.
Asentí y fui hacia la cocina, preparándolo todo mientras me sacaba un cigarro de la cajetilla sobre la barra de bar. Ninguno de los dos dijo nada. Yo fingía poner toda mi atención en lo que hacía y él me miraba por el borde superior de los ojos, dando vueltas a las llaves entre sus grandes manos.
—Me caes muy bien, Tom —le dije al fin, dejando el capuchino frío frente a él antes de llevarme mi café solo frío hacia la puerta de emergencias. Apoyé la espalda en la vieja pared de ladrillos y fumé otra calada—. Nos conocemos solo desde hace unos meses, pero te considero un buen amigo, además del enorme lobo que me cómo. —Tom se limitó a asentir en el breve silencio que dejé antes de continuar—: Si me pides un favor, te lo haré, porque sé que tú harías lo mismo por mí y porque me gusta tratar bien a los que son buenos conmigo. Pero te lo advierto: no me van esas mierdas de las amenazas ni ese juego de «hazlo o me voy». Porque entonces puedes irte por la puta puerta y no volver jamás.
El Beta pelirrojo se giró entonces en el taburete para ponerse cara a mí, levantando la cabeza con atención como si aquello no fuera lo que se esperaba que iba a oír de mí.
—No era una amenaza, Bill. Solo quería decirte que me gustaría poder contar contigo para algo más que para coger y pasar el rato.
—Me gusta coger y pasar el rato, Tom —le dije.
El lobo pelirrojo esperó unos segundos y entonces sonrió un poco, tan solo elevando una de las comisuras de sus labios.
—A mí también, Bill —respondió, levantándose del taburete para acercarse a mí y pegarse un poco, pero no demasiado, mientras bajaba el rostro hacia el mío—, pero también me gustaría que tú y yo empezáramos a ver esto como algo más…
—Ah… —dije antes de fumar otra calada, soltarla tranquilamente y beber un trago del café. Todo con el lobo mirándome fijamente y pegado a mí. Podía sentir el calor de su cuerpo y ese fuerte olor a sudor salado que tanto me gustaba, sin embargo, necesitaba un momento para pensar, y aquella despreocupación solo trataba de ocultar el torbellino de emociones y pensamientos que era mi mente —Al final sí me ibas a dar problemas… —murmuré, volviendo a mirar a los ojos.
—Puedes verlo así —sonrió un poco más, se acercó otro poco hasta pegarse a mí y colocó sus manos en mis costados, acariciando suavemente su nariz contra la mía—. Pero piensa que a cambio quizá estás ganando a un buen Macho con la verga perfecta…
—No sé si eso lo compensa —respondí.
Pero el lobo pelirrojo se inclinó con una sonrisa para hacerme otro de esos lentos y profundos chupetones en el cuello que causaban una reacción instantánea en mi cuerpo. Y Tom no se detuvo ahí, sino que hizo toda su magia y se esforzó mucho en demostrarme una vez más lo bueno que era con los preliminares.
Coger con el Beta pelirrojo era todo un viaje que, sinceramente, no podría describir con exactitud. Digamos que el lobo aprendía rápido, ya conocía todas mis debilidades y dónde tocar, cuándo darme de mamar o chuparla él y cómo tenía que meterme el dedo en el culo para que gimiera y jadeara de la forma en la que a él más le gustaba. Era metódico y calmado, pero a la vez muy sucio por la cantidad de fluidos que se mezclaban y lo apestaban todo. No se detenía hasta llevarte al extremo, hasta arrancar de tus labios el último gemido de placer, ahí cuando el orgasmo se convertía en algo más que una liberación. Te corrías como nunca y soltabas todo lo que había dentro de ti, como si una catarata de agua te limpiara por dentro y solo dejara relajación y tranquilidad a su paso.
Solo cuando llegó por cuarta vez, sudado y jadeando en la cama, se detuvo. Cayó suavemente sobre mí y me rodeó con los brazos, como si deseara crear una burbuja en la que solo estábamos él, yo y nuestro aliento compartido. Aquello podía alargarse mucho más allá de la inflamación, todo el tiempo que fuera necesario para volver a ser personas.
—Voy a necesitar una copia de las llaves, Bill. Quiero traer un par de cosas — me dijo tras la ducha.
—Nada de putos Funkos —respondí, colocando la fuente de carne con verduras y patatas frente a él en la barra de la cocina.
—Te van a encantar… —sonrió.
Ya había leído sobre eso de La Guarida de un Lobo, y por eso no me sorprendió cuando a la noche siguiente apareció por mi trabajo en la gasolinera para recogerme con la parte trasera del Toyota llena de cajas y mierda. Arqueé una ceja, pero Tom solo sonrió más. Le ayudé a cargarlo todo en varios viajes: su puñetera colección de Funkos con la que casi llenó una pared, apilándolos unos sobre otros; su colección de series y películas, para las que tuve que comprar un puto mueble especial y no dejarlas tiradas en otro lado de la casa; sus muchos aparatos electrónicos y digitales, para los que tuve que comprarle un escritorio amplio a un lado del salón, junto con la pantalla plana, el reproductor de DVD, el equipo de sonido y la cadena de música; además de dos maletas de ropa. El cabrón no había traído «un par de cosas», sino que se había mudado a mi puta casa.
No supe cómo eso me hizo sentir hasta un tiempo después, cuando vendí un poco de mi ropa manchada para organizar mejor el espacio con muebles y hacerlo más… cómodo. Tom vino a dormir siempre después de aquello, llevándose un tupper de comida al trabajo si necesitaba pasarse por el puerto o estaba demasiado ocupado para poder comer en casa.
Creí que tener a alguien siempre cerca sería algo que odiaría y me agobiaría, pero lo cierto era que Tom era una presencia silenciosa y calmada que no causaba ningún tipo de problema en mi vida. Estar juntos era algo que simplemente fluía, nunca era incómodo, ni siquiera cuando compartíamos largos silencios y cada uno se dedicaba a una actividad diferente.
A finales de septiembre, ya estaba tan acostumbrado que me costaba recordar
cómo era vivir sin aquella presencia pelirroja, sin sus estúpidas llamadas o sus tontos mensajes.
—La semana que viene es el Celo —me recordó, como si no lo supiera ya.
—Le diré a mi nuevo jefe que el gato se me ha muerto y que necesito unos días— respondí antes de llevarme el último trozo de sándwich a la boca.
—Tu nuevo jefe también va a estar bastante ocupado por esas fechas, no creo que le importe —sonrió Tom.
Después de que me hubieran despedido de la gasolinera por «apestar a lobo», Tom me había ofrecido un trabajo en una Tienda de Caramelos del centro. Evidentemente no era más que una tapadera para uno de los negocios turbios de la Manada, sin embargo, allí no había nada incriminatorio y me pagaban dos mil al mes por, prácticamente, responder un par de llamadas y pasarme la noche con Tom; quien no se cortaba ya nada en venir a visitarme tanto como podía, solo o acompañado por alguno de los demás lobos que ya empezaba a conocer.
—Le estás metiendo caña al bueno de Tom, ¿eh? —me dijo uno de ellos, Jack. Al que el lobo pelirrojo me había pedido seriamente que tratara de «ayudar», porque su compañera no le estaba dando de comer ni cuidándolo como se merecía—. Siempre se notaba cuando iba a ver a sus humanos, pero desde que te conoce solo huele a… a Macho muy feliz —terminó diciendo de la forma más elegante que pudo.
—¿Y eso te sorprende, Jack? —le pregunté.
—No, por supuesto —negó al momento—. Eres un humano muy guapo y tomos hemos visto los tuppers…
«Los tuppers» eran casi como el sueño húmedo de todos los solteros, según me había contado Tom una noche. Esos mismos que le daba a escondidas a Jack con malas excusas y estupideces como que los iba a tirar a la basura. Por supuesto, el Alfa en persona me había llamado para presentarse formalmente y decirme que la Manada se encargaría de pagarlos, a lo que yo solo respondí un breve: «de acuerdo, entonces, pero no prometo nada».
No me importaba demasiado la Manada, no por el momento. La mayoría de los lobos que conocía me caían bien y sus visitas eran agradables, pero solo hacía aquello porque me lo había pedido Tom. Cuando conseguí que empezara a comer y le di las mismas botella de vitaminas que le había comprado al lobo pelirrojo en esa asquerosa semana montando el nuevo almacén en la que había vuelto cansado a casa, Tom lo celebró con un buen polvo y una frase susurrada mientras me abrazaba con fuerza.
—Eres justo lo que buscaba…
No puedo decir que aquel comentario no me hiciera sentir un poco raro, sinceramente. Jack tenía razón, Tom parecía un lobo muy feliz y me hacía muy feliz a mí. Se preocupaba con lo que tenía que preocuparse y bromeaba con lo que tenía que bromear; pasaba todos sus ratos libres conmigo, pero nunca me molestaba. Se quedaba cerca y se echaba una siesta, o miraba alguna tontería mientras me sentaba sobre él o, como no, teníamos una de esas sesiones de sexo largas y extenuantes.
Desde que pasó ese segundo Celo de octubre, las intenciones de Tom no habían sido ya demasiado sutiles. Estaba muy seguro de que hacía algún tiempo que no veía a más humanos y de que me prestaba toda su atención, incluso cuando trabajaba y le dedicaba un momento para mandarme un mensaje tonto o un audio diciendo alguna tontería de las nuestras. Me llevaba introduciendo a la Manada desde ese día que le había ayudado en la gasolinera y los lobos se mostraban cada vez más abiertos conmigo.
Cuando a mediados de ese mes me pidió que le acompañara a ver un campamento abandonado que el Alfa había comprado para Linda, su compañera, rompió el agradable silencio para preguntarme:
—Bill, ¿tú me quieres?
Le miré de reojo y arqueé las cejas.
—¿Qué mierdas te pasa ahora, Tom?
—Responde, por favor.
Cogí una bocanada de aire y la solté mientras volvía a mirar al frente.
—Sí, sí que te quiero —murmuré.
El lobo pelirrojo asintió y apretó un poco más el volante.
—Si fueras mi compañero, ¿crees que te acabarías aburriendo y marchándote?
—Lo que creo que es que me está ofendiendo mucho que me compares con la puta de Ria.
Tom volvió el rostro hacia mí, aprovechando el camino recto en mitad del bosque.
—Bill —me dijo en voz baja y seria—. Estoy enamorado de ti y ahora me da miedo haberme equivocado. Sé cómo eres y sé que no me dejarías sin más, pero eso no quiere decir que no me haya precipitado y haya cometido un error del que quizá en un futuro me arrepienta.
—Oh… —dije, poco impresionado con eso—. Así que ahora dudas de mí. Y yo que creía que me estabas llevando a una escapada al bosque para coger bajo las estrellas…
—Joder, Bill, te estoy hablando en serio —gruñó, llegando a golpear el volante—. Como me abandones… me… voy a morir —terminó diciendo en casi un susurro de ojos cristalinos.
—Tom —esperé a que me mirara y continué—. No te voy a dejar y a escaparme. Así que deja de decir tonterías y relájate antes de que me enfade de verdad.
El lobo siguió en silencio un largo rato más hasta que abandonó la carretera principal para adentrarnos en un camino de tierra que llevaba directo al campamento. Apagó el motor, pero dejó la luz del techo encendida un momento antes de volver el rostro hacia mí.
—Entonces, sí quisiera presentarte delante de la Manada y hacerte mi compañero, no pasaría nada… —me dijo.
Respondí a su mirada con la misma mueca indiferente y tranquila de siempre.
—Sí, sí que pasaría, porque voy a pedir mi puto sueldo de compañero y buscar una Guarida mejor a la que mudarnos. Una con despacho para que dejes ahí todas tus mierdas.
Tom tardó un par de segundos, pero terminó poniendo una media sonrisa e inclinándose para frotar su rostro contra el mío, terminando con un beso suave en los labios.
—Tenemos que asegurarnos de que todo funciona —dijo, ahora con su mismo tono animado de siempre mientras sacaba un portafolios de la guantera y me hacía una señal al exterior para que le siguiera. Una vez fuera, giró en dirección al maletero y sacó otra bolsa que se colgó al hombro y otras dos de comida y cerveza—. La tienda de campaña —dijo con un encogimiento de hombros—. Hay que probar el suelo, ya sabes, por si es inestable; quizá comprobemos que el agua del lago es buena para el baño, también si la leña está seca para hacer una hoguera y calentar comida… Cosas importantes —concluyó.
—Por supuesto —sonreí, sacándome un cigarro de la cajetilla antes de seguir al lobo en dirección a las escaleras.
El campamento abandonado no era gran cosa. Estaba lleno de polvo y todo era viejo, pero al menos el agua funcionaba y la electricidad solo daba algunos problemas que tenían solución.
Tras hacer un par de comprobaciones, Tom me llevó al espacio de tierra virgen y montamos la tienda de campaña allí; nada especialmente fastuoso, solo lo necesario para meter un colchón hinchable de dos y un pequeño farol eléctrico. Hicimos una hoguera y calentamos nubes de algodón mientras la carne se hacía a la brasa. Tom me rodeaba por la espalda, sentado justo detrás de mí mientras nos cubría a ambos con una manta que nos protegía de la suave brisa de otoño. Suspiré y me recosté contra él, apoyando la cabeza en su hombro y mirando el cielo estrellado. Jamás en mi vida creería que viviría una de esas experiencias idílicas de película romántica, pero ahí estaba yo: con mi enorme y apestoso lobo pelirrojo, comiendo nubes de algodón bajo el cielo más estrellado que había visto nunca.
Sin necesidad de decir nada, giré el rostro y le besé el cuello. Tom ronroneó un poco, mezcla de placer y excitación, bajó la cabeza y buscó mis labios, apretándome un poco más contra él y su ya cada vez más dura verga. Nunca había cogido en una tienda de campaña y fue bastante divertido, sinceramente. Al final hacía tanto calor y olía todo tan fuerte que casi agradecía que tuviera una pequeña ventana por la que ventilar.
—¿No querías ver las estrellas? —me preguntó Tom al oído, con un brazo bajo mi cabeza mientras me acariciaba la sien para mancharme con la fina capa de sudor que le empepaba en rostro.
—La verdad es que ya las estaba viendo antes cuando me cogias la boca — reconocí.
El lobo se rio y cogió una buena bocanada de aire antes de ronronear. No fue la única noche que pasamos allí. Como Tom había dicho, había muchas cosas que comprobar y era un lobo muy minucioso en su trabajo. Le dimos un buen repaso a las cabañas, a las camas y a las luces, anotando todo lo que estaba mal para que después vinieran a solucionarlo. Cortamos leña, lo que, inevitablemente, terminó en sexo porque no me iba a quedar allí parado mientras mi lobo estaba descamisado y sudando con un hacha en la mano como la encarnación de un Lumberjack de portada de película porno. Tom olió al instante mi excitación y decidió hacerme sufrir un poco con sus juegos de mierda y sus preliminares que, a veces, solo a veces, eran especialmente exasperantes para mí.
Volvimos a la ciudad tres días después. No había echado nada de menos, excepto el retrete: Tom me había contado una historia bastante tonta sobre unos gusanos que se te metían por el culo si estabas cagando al aire libre y, aunque no le creí, la verdad es que me ponía muy nervioso mientras lo hacía y saltaba al menor ruido.
—Mañana tengo que volver con los chicos para arreglar las cosas, pero cuando regrese tendremos toda la semana para nosotros mientras la Manada va al campamento —me explicó Tom tras la cena—. Le preguntaré a Gustav si podría llevarte a la fiesta de Halloween.
Y ahí estaba, como si nada, Tom había decidido que había llegado el momento y que su búsqueda había terminado. Yo iba a ser el compañero del lobo pelirrojo. Era un gran paso, por supuesto, pero, en realidad, nada cambió. El lobo pelirrojo no empezó a comportarse de forma diferente ni pasó más tiempo conmigo; primero, porque eso era imposible, Tom y yo no nos podíamos pasar más tiempo juntos de lo que ya lo hacíamos; y segundo, lo de ser «pareja» ya era algo que se había ido fraguando con el tiempo y que simplemente llegó a nosotros con facilidad. Lento pero sin pausa, el lobo y yo habíamos pasado de la amistad al romance casi sin darnos cuenta. Así que solo era cuestión de tiempo que algo así sucediera.
—Tenemos que ir de lo mismo —anunció Tom, volcando su rostro contra mi cuello mientras me abrazaba por la espalda.
—Iremos a la tienda después de desayunar y compraremos lo más barato que haya — respondí, soltando una calada de humo por la puerta de emergencias. Había empezado a llover, como siempre en aquella asquerosa ciudad, llenando el descampado frente a nosotros y la carretera de charcos. Chasqueé la lengua y solté un jadeo de cansancio—. Pero va a haber un montón de imbéciles allí y me van a enfadar…
—Tú te enfadas con cualquier cosa, Bill. Incluso cogiendo.
—Me enfado cogiendo porque a veces te pasas con los putos preliminares, Tom — le corregí, arrojando la colilla al callejón antes de cerrar la puerta.
El enorme lobo pelirrojo se limitó a ronronear con una sonrisa y a frotarse el rostro contra mi pelo. Se separó de mí para dejarme moverme, me dio un beso en los labios y se fue a vestir, porque seguía desnudo tras la ducha caliente.
Visitamos la cafetería que Tom había encontrado en internet, una en el bajo de un centro comercial con dos plantas, toda clase de bollería y café servido en tarros de un litro. Era cara de mierda, sinceramente, pero desde que la Manada me pagaba un sueldo absurdo por no hacer nada, podía permitírmelo, aunque Tom pidiera enormes rodajas de tres tipos de bizcocho de veinte dólares el kilo. El lobo siempre miraba el móvil mientras desayunaba y encontraba alguna noticia o plan sobre el que charlar, si decidíamos ir, lo apuntaba en la agenda para no olvidarse. Eso producía una reacción de ojos en blanco de mi parte. Sinceramente, nunca hubiera imaginado acabar con un lobo, y mucho menos acabar con un lobo rarito y nerd, pero, para mi sorpresa, quería muchísimo a Tom y todas sus rarezas.
Cuando fuimos a comprar al centro comercial, pasando primero por el súper mercado para la compra semanal —para la que Tom había hecho una jodida lista—, dimos una vuelta por algunas tiendas y terminamos en la de disfraces, donde un hombre gordo nos echó una mirada asustada y preocupada.
—Boo… —le dije cuando pasamos por delante, lo que hizo que Tom soltara una carcajada bastante ruidosa.
Encontrar un disfraz de la talla de Tom era algo imposible, así que nos fuimos directos a la sección de accesorios y el lobo encontró unas gafas con bigote y cejas falsas. Me entregó unas y se puso las otras, levantando la manos como si dijera «ya está el disfraz». Asentí varias veces, totalmente de acuerdo con pagar cuatro dólares y resolver el problema. Con todo listo, solo tuve que esperar a que llegara ese fatídico fin de semana en el que, oficialmente, me convertiría en un puto Omega que cargaría con el cerdo de su lobo durante toda la vida. Yupi…
—Escucha, Bill —me dijo Tom cuando subimos al Toyota—. Esto es importante, ¿de acuerdo? No tienes que ponerte nervioso, aunque entiendo que la Manada sea un poco intimidante al principio. Tampoco hace falta que le caigas bien a todo el mundo ni nada de eso, solo sé tú mismo y… intenta no parecer tan indiferente. Solo esta vez —me pidió.
Giré el rostro hacia él, mirándole a través de las gafas de broma con el bigote negro, la nariz falsa y las cejas gruesas.
—¿Qué pasa, Tom? ¿Te avergüenzas de mí? —le pregunté mientras una sonrisa malvada se extendía en mis labios—. ¿Prefieres que me quede en el auto esperando?
El lobo puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, también llevaba sus gafas puestas, lo que hizo aquel gesto todavía más gracioso de lo que ya era. Encendió el reproductor del auto y buscó un poco de la música movida que a mí me gustaba, pero bajó el volumen para poder seguir hablando.
—Yo jamás me avergonzaría de ti, Bill. Te quiero muchísimo, ya lo sabes.
—Agh… Cuando te pones a decir esas cosas suenas como un idiota.
Tom se volvió hacia mí, me miró con su nariz falsa y su bigote espeso, alargó su mano y rodeó la mía.
—Te quiero más que a nada, Bill… eres toda mi vida… Si me pidieras que me arrancara el corazón y te lo diera aquí mismo…
—Que te jodan, Tom —le interrumpí—. Te aseguro que no quieres enfadarme antes de la puta fiesta.
El lobo pelirrojo se rio muy alto, llenando el Toyota de su carcajada grave. Para terminar, se inclinó y me dio un beso en la mejilla, porque yo me negué en rotundo a seguir prestándole atención.
—Nos presentaremos ante Gustav y Linda, nos tomaremos algo, hablaremos con un par de Machos y, si quieres, nos quedaremos a ver las películas malas. ¿Qué te parece?
—Me parece que tienes bastante miedo de que la cague —respondí, yendo a buscar un cigarro al bolsillo antes de encenderlo con el zippo plateado y abrir la ventanilla para echar el humo.
—Sé cómo eres, Bill —murmuró él—. Sé que te encanta parecer un cabrón arrogante y decir lo primero que te pasa por la cabeza, pero esta es la Manada. Nuestra Manada. Así que me gustaría que controlaras un poco ese mal genio tuyo y fueras más el Bill divertido que el Bill hijo de puta.
—El Bill hijo de puta es bastante divertido —le aseguré. Tom se rio de nuevo.
—Lo es, a mí me encanta, pero… solo esta noche, por favor, Bill —terminó pidiéndome en un tono más serio.
—Tom, deja de insistir. Empiezas a parecerte a esos idiotas que me repetían las cosas como si yo fuera un imbécil e incapaz de entender la diferencia entre el mal y el bien.
El lobo pelirrojo se limitó a asentir. Ya le había contado muchas cosas de mi pasado, quizá demasiadas, para que entendiera que era mejor dejarme tranquilo cuando nombraba algo de aquella época. Lo único que hizo fue mirarme fijamente y darme un buen beso con lengua cuando aparcó el todoterreno. Después suspiró, me rozó la nariz con la suya y sonrió para bajar del auto. Yo tomé una última y profunda bocanada. Allí íbamos…
La fiesta… era una mierda, sinceramente. Era cutre de cojones y la música era horrible.
Había un montón de lobos allí, muchos más de los que me había imaginado que habría.
La Manada era bastante amplia y me sentí algo abrumado al entrar: había muchos Machos, pero también compañeros, ancianos, adolescentes e incluso niños correteando de un lugar a otro con sus disfraces. Tom sonreía y me rodeaba los hombros, dándome leves apretones cuando temía que yo pudiera sentirme más agobiado, como cuando nos acercamos al enorme lobo calvo de ojos amarillentos y a la preciosa rubia que le acompañaba. Ambos iban disfrazados de bucaneros o piratas o algo así, pero eso no le quitaba intensidad al aura amenazadora que rodeaba al Macho, quien nos miraba muy fijamente mientras nos acercábamos.
—Gustav —le saludó Tom con una inclinación de cabeza bastante profunda—. Linda — añadió hacia la mujer, que no paraba de sonreír como si estuviera muy emocionada por alguna razón—. Les quiero presentar a Bill.
Había llegado mi gran momento. Asentí y dije:
—Hola.
—Hola, Bill. Yo soy Gustav, el Alfa. Ya hemos hablado por teléfono antes.
—Ah… —asentí—. Así que tú eres el que me paga tanto dinero.
—Exacto —afirmó él.
—Qué ganas tenía de conocerte, Bill —dijo su compañera, Linda—. Tom nos ha hablado mucho de ti.
—Sí, Tom habla mucho todo el rato —le dije.
Ella se rio como si hubiera sido un gran chiste, aunque no lo había sido.
—Espero que no todo el rato… —murmuró Gustav antes de darle un trago a su bebida en un vaso con dibujos de murciélagos sobre fondo naranja. Creí entender algo, una especie de puntilla afilada a la que no pude resistirme a responder:
—No, Gustav, tranquilo. Cuando cogemos el único que grita soy yo.
Linda se quedó un poco impactada, pero al alfa se le escapó un bufido y tuvo que cerrar los ojos y tomarse un momento para tragar antes de poder decir:
—Ha sido culpa mía por hablar —reconoció—. Vayan a tomar algo, diviértanse.
—Gracias, Gustav —respondió Tom, apretándome un poco hacia él antes de despedirse de ambos con un movimiento de cabeza y llevarme hacia la mesa de dulces—. Sabía que Gustav y tú se iban a entender muy bien —murmuró en mi oído—. Los dos son un poco cabrones.
No dije nada. Yo también estaba algo sorprendido porque aquel comentario por lo bajo del Alfa también me había hecho gracia. Gustav sí parecía el tipo de hijo de perra de los que me gustaban, pero todavía era pronto para confirmarlo. Por el momento, me centré en ir en busca de una cerveza y seguir a Tom mientras saludaba a otros lobos, presentándome un poco por aquí y por allá hasta que, finalmente, nos reunimos con el grupo de siempre.
—Veo que los de los disfraces de mierda no va a cambiar aunque ahora sean dos— nos dijo Félix con una sonrisa cruel en su atractivo rostro.
—Tu vas en tanga, Félix —le recordé, señalando lo jodidamente obsceno que era todo. Iba prácticamente desnudo, enseñando su musculoso cuerpo y con el pelo suelto. Pero no importaba, porque aquel enorme bulto en su entrepierna llamaba demasiado la atención como para mirar a cualquier otra parte. Y eso que estaba delante de un montón de gente y niños pequeños.
—Es un taparrabos. Soy Tarzán —respondió..
—Sí, Tarzán el Rey de la Banana de un club de estriptis.
Felix se rio y me guiñó un ojo.
—Gracias, Bill.
—Bill ya tiene un Rey de la Banana Pelirroja, Félix —dijo Norman, apareciendo por un lado con una cerveza en la mano—. Llegas tarde para que te la pele y se la coma.
Tom y yo nos reímos, pero señalé al lobo y le pregunté..
—¿Y tú de qué mierdas vas?
—De galleta —respondió, como si fuera obvio.
El lobo se había recortado dos círculos de cartón y se los había pegado en su piel de chocolate..
—Ah… —comprendí—. Así pueden lamer bien el relleno…
—¡Sí! —exclamó él, riéndose muy alto.
La ruta de tener que presentarse y fingir que me importaban la docena de nombres que me soltaban sin parar, había sido una mierda, pero cuando encontramos al grupo de lobos, la verdad es que la noche se volvió bastante divertida. Nos sentamos en unos sofás, bebimos y hablamos de idioteces hasta que los ancianos, los niños y algunos Machos se empezaron a ir; entonces comenzaron las películas. Tom me rodeó los hombros en el sofá y se inclinó un poco para murmurar comentarios y compartir risas bajas. Cuando volvimos al auto ya era bastante tarde, pero me sentía bastante a gusto.
—¿Te lo has pasado bien? —me preguntó Tom.
—Solo cuando fuimos con los chicos —respondí, fumando un cigarro por la ventanilla—. El resto me fue bastante indiferente.
Tom sonrió y asintió, comenzando a conducir de vuelta a la Guarida.
—Somos una Manada grande, es normal que haya grupos separados. No tienes que llevarte bien con todos, tranquilo.
Tras mi «gran presentación» en la Manada, fue algo oficial. Ahora yo era el compañero de Tom.
Yupi…
Continúa…
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