7: El lobo pelirrojo (P.2)

Humano: Especiales de TollWriter

Capítulo 7: El lobo pelirrojo (P.2)

Su auto, al igual que él, apestaba a aquel sudor denso y salado que tanto me había empezado a gustar. Recién cogido y bastante calmado, ya no me excitaba como al principio, pero sí me atraía de alguna forma que no conseguía entender.

—¿Te gusta la música? —me preguntó, arrancando el motor antes de pulsar el carísimo reproductor con pantalla táctil que tenía instalado en el auto.

—Bastante —respondí, todavía en aquel papel de chico guapo e indiferente.

—Elige la que quieras, tengo Spotify —me ofreció.

—¿Tratas de impresionarme con una subscripción a Spotify, Tom? —le pregunté.

—Ya te he cogido, Bill, no necesito impresionarte —respondió con una naturalidad que consiguió arrancarme otra sonrisa—, pero sí, tengo Spotify, Netflix, HBO, Disney+ y Amazon Prime…

—Así que tienes dinero y un montón de tiempo libre —concluí, no demasiado impresionado mientras buscaba una buena lista de reproducción en la pantalla del reproductor.

—Me gustan las películas y series —reconoció—. ¿A ti?

—Yo no tengo tiempo para eso —murmuré, encontrando al fin un poco de música que parecía decente: buenos bajos y buen ritmo. 

Le di al botón de reproducción, pero me aseguré de bajar el volumen para poder seguir manteniendo una conversación. Tom no lo sabía, pero ese era todo un halago de mi parte—. Trabajo todas las noches de la semana por un sueldo de mierda.

—¿Los viernes también?

—He pedido la noche libre. Bueno, realmente le he dicho al imbécil de mi jefe que «tenía que il a lleval al pelo al vetelinalio».

Tom sonrió y me echó una rápida mirada por el borde de los ojos mientras conducía por el centro. Lo hacía un poco lento, o quizá a mí me parecía lento en comparación con la forma frenética y suicida de Sarah, pero el lobo deceleraba en cada semáforo en ámbar como si deseara que llegara a ponerse en rojo antes de cruzarlo.

—¿Lo dices como algo racista o realmente hablan así? —preguntó.

Giré el rostro y le miré con una expresión tranquila de párpados algo caídos.

—Yo no soy racista, Tom —le dejé bien claro—, pero tampoco tengo miedo de decir la verdad. Si mis jefes son un puto estereotipo de chinos desagradables, usureros y cerrados de mente, lo digo.

El lobo asintió un par de veces, llegando a mover un poco el cuerpo.

—Me gusta la gente sincera, Bill —dijo—, y los que saben encajar una buena broma.

—Creía que solo te gustaba empaparte los pantalones y después mancharlo todo de corrida.

El lobo sonrió más y giró en un cruce para llegar al puente que cruzaba el lago.

—Me gusta alargar los preliminares, mojarme mucho, manchar y… apestarlo todo un poco —terminó reconociendo antes de encogerse de hombros—. Eso me pone bastante caliente.

—Así que en realidad eres un puto rarito —concluí.

 Tom ladeó la cabeza como si se lo pensara un momento.

—No exactamente —respondió—. No me gustan las cosas raras, pero el olor… me excita. El mío y el de los humanos. No sé si lo sabes, pero los Machos tenemos un olfato bastante bueno.

—Eso suena a puto rarito, Tom —insistí—. ¿También te pones a oler ropa interior y esas mierdas?

Tom se quedó sonriendo y, tras un momento de duda y de humedecerse los labios, me miró aprovechando la línea recta que era el puente.

—No puedo decirte que no lo haya hecho… —murmuró—. Mis humanos se mojan mucho también y quizá a mí me guste disfrutarlo…

Fruncí el ceño y puse una mueca asqueada, pero terminé riéndome.

—Joder… Tom —negué, moviendo la vista al frente.

—Puedes verlo como si yo fuera un perfumista, apreciando tonos y texturas… — insistió, acrecentando más y más mis muecas de asco—. Pero no me lo llevo, ni lo colecciono ni nada así, solo es en el calentón del momento. Como cuando tú me oliste el pecho —me recordó.

Cogí aire y lo solté con una bocanada. Sí, yo había hecho aquello…

—Estaba claro que me iba a comer al lobo más rarito del club —murmuré.

—No soy el más rarito —me aseguró—, todos tenemos nuestras cosas. ¿Te ha molestado saberlo, Bill?

Le miré por el borde de los ojos y esperé un par de segundos para responder:

—No, Tom. No me ha molestado, tranquilo.

El lobo pelirrojo asintió, tamborileó un poco los dedos largos sobre el volante y preguntó:

—¿A ti te gusta algo en especial, Bill? 

Me encogí de hombros.

—Me gusta mamar, que me la mamen, coger duro y un poco de cerdeo.

—¿A qué le llamas «cerdeo»?

—A que me manchen la camiseta de corrida antes de dejarme el culo pringado y viscoso, Tom.

El lobo sonrió antes de reírse un poco.

—¿Y siempre gritas y gimes tan alto o fue solo gracias a mí?

Resoplé, poniendo los ojos en blanco antes de recostarme sobre el asiento y cruzar los tobillos sobre el salpicadero. Me crucé también de brazos, pero sentí la camiseta mojada bajo la chaqueta, ya algo fría, por lo que sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo.

—Si me gusta, se nota, Tom —respondí.

—Eso está bien… —murmuró el lobo, dedicándome una de sus miradas por el borde de los ojos—, me gusta saber que mis humanos disfrutan tanto como yo. Les hace mojarse más y oler más fuerte… —añadió.

Moví el rostro de ceño fruncido y labios apretados, pero no porque aquello realmente me molestara o me asqueara, solo para demostrarle que seguía creyendo que era un rarito de mierda. A Tom no pareció importarle y siguió con una suave sonrisa en los labios finos. Entonces suspiró y añadió un bajo:

—Eres muy guapo, Bill —mientras volvía la mirada al frente.

—Lo sé —afirmé.

Y se produjo un breve silencio, porque ya habíamos llegado a las afueras y apenas quedaban un par de minutos hasta alcanzar Lincon’s Hall. Todavía quedaban unos diez minutos de caminata hasta mi casa, pero yo no le había dado la dirección exacta al lobo, solo por precaución.

—Aquí me bajo —le dije, señalando un cruce—, así puedes dar la vuelta y no adentrarte demasiado en el barrio. Es un sitio peligroso.

—Ya lo veo —afirmó Tom, inclinándose para ver los edificios antiguos e industriales tras el parabrisas mojado de lluvia.

—Bueno, ha sido… guay conocerte, Tom —me despedí, algo un poco extraño, sinceramente. 

De haber sido otro, simplemente le hubiera soltado alguna idiotez y hubiera salido, pero el lobo pelirrojo me había caído bien.

—Oye, Bill —me llamó antes de que saliera—, quizá puedas «lleval a tu gato al vetelinalio» la semana que viene y venir a verme al Luna Llena.

Me quedé con el cuerpo medio fuera del Toyota y le miré en silencio. No tenía pensado volver jamás al club, pero me sorprendí a mí mismo valorando la idea.

—Quizá… —murmuré antes de dedicarle un gesto vago de la mano a forma de despedida y cerrar la puerta.

Me sumergí a buen paso por una calle lateral y, cuando estuve seguro de que el Toyota negro metalizado había dado la vuelta, regresé para ir en dirección contraria hacia mi casa. Saqué un cigarro de la cajetilla y me detuve a encenderlo bajo un soportal cubierto de la lluvia. Chasqueé la lengua y negué con la cabeza.

¿A qué mierdas estás jugando, Bill?, me pregunté. Era mejor no volver jamás. Eso fue lo que me prometí, pero en ese momento no sabía lo jodido que era el mundo de las feromonas, ni lo mucho que Tom iba a cambiar mi vida.

Sarah no volvió a llamarme, por supuesto. 

Cuando se enfadaba, se iba y se olvidaba de ti hasta que volviera a necesitarte, cuando no le importaba perdonarte para que le hicieras otro favor. Sin embargo, el viernes a la noche me planté frente a la puerta del Luna Llena, con un cigarro en los labios y una mueca molesta en el rostro. Me había prometido no volver, pero llevaba toda la semana caliente como una perra, poniéndome una chaqueta que todavía apestaba a Tom. Y eso ni siquiera había sido lo peor. Había tenido que tirar la puta camiseta manchada de corrida, porque lavarla tres veces al parecer no había sido suficiente para quitarle esa peste a verga y corrida de lobo. 

Una peste que me hacía ponerme tan caliente que dolía y, tras cansarme de masturbarme como un jodido maníaco, había decidido volver. 

Solo una vez más.

Me sumergí en aquel ambiente cargado y maloliente, pasando de la gente que llenaba el local y dirigiéndome directamente a la parte superior de la Manada, con una claridad azulada más brillante que el resto. Recogí una de las botella de alcohol que había sobre la primera mesa por la que pasé en mi camino a la esquina, donde, como esperaba, había un lobo pelirrojo rodeado de humanos que le tocaban y le hablaba, tratando de conseguir su atención. Yo me quedé en una columna, sin embargo, visible pero a una cierta distancia, bebiendo y pensando que no me arrastraría. 

Si Tom quería volver a coger, bien, sino, que le dieran por el culo. Estaba muy caliente, pero mi orgullo era a veces tan grande como mi necesidad.

Entonces el lobo levantó la mirada y me encontró allí apartado. Una fina sonrisa se deslizó por sus labios y me hizo un gesto casual y tranquilo. «Ey», a lo que yo respondí con otro igual que decía «Ey». Sin embargo, no tuve que moverme de mi sitio, porque fue el propio lobo el que se levantó del sofá y vino a por mí. Bebí otro buen trago de la botella de alcohol frío, solo para calmarme al volver a ver al enorme lobo pelirrojo; su increíble cuerpo musculoso tras una camiseta negra muy apretada y el nada sutil bulto que le salía de sus pantalones de baloncesto blancos. Ya estaba empalmado, pero caminar con aquella tienda de campaña en la entrepierna no pareciera ser algo que le avergonzara en absoluto.

—¿Qué tal, Bill? —me preguntó cuando estuvo lo suficiente cerca para hacerse oír por encima de la música alta.

Tom no lo dudó, se pegó a mí y me encerró entre su cuerpo y la columna, como si ya no necesitara ser sutil o tomarse el tiempo de volver a tonterías sin sentido: sabía que yo estaba allí por él y sabía a lo que había venido. Eso, por alguna razón, me gustó bastante.

—Mal —respondí, con la cabeza apoyada en la columna para poder mirar al lobo de uno noventa y muchos a los ojos. Al igual que él había hecho, sin sutilezas, yo ya le estaba acariciando el costado con la mano libre—. «Mi gato estal muy enfelmo».

Tom sonrió y su pecho abultado y firme vibró pegado al mío.

—Vaya… —ronroneó un poco, inclinando más el rostro para casi pegarlo al mío—, qué pena…

Sentir de nuevo su peste a sudor y su aliento en los labios fue como caer en un vacío oscuro y terrible. Yo creía que me había pasado la semana caliente, pero no era nada comparado con lo que sentí al volver a verlo y tenerlo cerca. La verga se me puso incluso más dura de lo que ya estaba, apretándome el pantalón de chándal. El corazón se me aceleró como si acabara de correr una jodida maratón, lo que solo hizo que respirara más y más rápido aquella puta peste que me volvía loco. 

Tom pareció sentirlo, quizá, como el había dicho, fuera capaz de olerlo, porque jadeó un poco y empezó a frotar su enorme verga contra mi abdomen.

—Siendo sinceros, no sabía si ibas a volver —me dijo, rozando un poco sus labios contra los míos, pero sin llegar a besarme.

—Volví porque me debes una camiseta, Tom— respondí, esforzándome con todas mis fuerzas por sonar normal y que ningún gemidito humillante interrumpiera mis palabras—. Tuve que tirar la que me manchaste.

—¿Sí? Pues yo me quedé con la mía —se encogió de hombros—. La huelo de vez en cuando…

Fruncí el ceño y negué con la cabeza, pero, como Tom parecía conseguir empre, me arrancó una sonrisa de los labios. El lobo pelirrojo movió entonces sus manos desde la columna donde me mantenía preso hacia mi culo bajo el chándal para apretarme con firmeza las nalgas y manosear todo lo que quisiera mientras me apretaba contra él.

—¿No has traído vaqueros ni ropa interior solo por mí, Bill? —me preguntó en ese tono íntimo, muy cerca de mis labios, para que cada palabra dejara un rastro de aliento cálido sobre mi rostro.

—Sí —reconocí, añadiendo un nada sutil—: Vengo a que me cogas, Tom.

El lobo sonrió un poco más de lo que ya lo hacía, apretándome bien las nalgas antes de deslizar un par de dedos al interior y acariciar mi ano y el pelo que había allí. Gruñó con placer y me dio un beso rápido, casi violento, antes de apartarse, jadear y volver a acercar los labios. El lobo no tenía prisa, como la primera vez, y yo ya estaba preparado para aquel juego de la excitación y los largos preliminares. Le besé con aquella fuerza que rozaba la necesidad, pero no insistí demasiado, girando el rostro para beber un trago del alcohol frío. Tom no dudó en inclinarse sobre mi cuello y hacerme otro de esos chupetones que me habían perlado el cuello durante la semana, provocando algún que otro comentario de la señora Xing. «Decil a novia no hacel eso. Feo. Muy feo». Si ella supiera quién me había hecho aquello en realidad, hubiera huido corriendo.

Tom gruñó un poco más fuerte cuando terminó de chuparme la piel, volviendo hacia mi rostro con la boca empapada de saliva para seguir jadeando mientras me apretaba contra él y frotaba la cadera como un puto perro salido. Yo había cambiado la mano de su costado a su brazo, donde le acariciaba el enorme bíceps, apretándolo de vez en cuando porque era más grande que mi cabeza y eso me ponía bastante. 

Realmente, que fuera tan jodidamente grande me ponía bastante por alguna razón que no conseguía entender, como eso de jadearme en la cara, pegarme mucho a él hasta casi ahogarme y aquella peste a sudor salado. Todas aquellas cosas que hubiera odiado al instante viniendo de cualquier otro, pero que me atraían tantísimo del lobo pelirrojo.

—Vamos al baño… —me dijo en apenas un jadeo, tirando de mí y sin esperar mi respuesta.

—¿Tan pronto, Tom? —se me ocurrió preguntar. Estaba demasiado acalorado, empalmado y caliente para que me importara que me agarrara del cuello con la enorme mano, como si quisiera ahogarme, y me apretara contra él con firmeza para llevarme hacia el pasillo de los baños.

—No puedo tocarte como quiero en mitad del Club —respondió con la boca pegada en mi oreja mientras yo le daba un último trago a la botella de vodka frío y me inclinaba para dejarla en una mesa. Tom gruñó cuando me separé un poco de él, pero le di un codazo y le dije:

—Solo iba a dejar la puta botella, tranquilo.

—No me jodas, Bill —me advirtió con un tono duro que no me esperaba del lobo pelirrojo. 

Pero también parecía un poco más loco y caliente que la semana pasada—. Te he estado esperando y tengo los huevos a punto de reventar…

Me hubiera gustado responder, pero el lobo me apretaba un poco demasiado del cuello y no pude más que seguir sus pasos precipitados por el pasillo hasta la larga cola de personas que esperaban para entrar. Tom los ignoró a todos y separó el brazo con el que me rodeaba el cuerpo para abrir la puerta del servicio de mujeres sin importarle lo más mínimo que hubiera gente allí. 

El baño no era muy diferente a cualquier otro de un club nocturno, a excepción de la gran cantidad de cubículos que había allí, de los que salían todo tipo de sonidos. Evidentemente, entre las mujeres poco sorprendidas de vernos allí que se retocaban frente al espejo, había otros lobos gruñendo y jadeando tras las puertas junto a gemidos y la misma clase de ruidos que salían del callejón, pero más altos y ruidosos. 

Tom no se detuvo hasta encontrar uno vacío casi al final de la fila de doce, apartó la puerta de un golpe seco y nos metió dentro. Entonces al fin me soltó, se giró para poner el pestillo y me bajó la cremallera de la chaqueta militar. 

Tiró de ella y la dejó sobre el retrete sin mucho cuidado, continuando con mi camiseta de segunda mano de un concierto y con su propia camiseta negra, descubriendo su increíble cuerpo.

Tom tenía un cuerpo increíble, y, aunque eso no fuera ninguna sorpresa, solté aire por los labios al mirarle. Su piel tensa sobre los marcados músculos era pálida y estaba perlada de pecas y lunares. Su pecho abultado y enorme subía y bajaba con cada respiración acelerada, remarcando los pequeños pezones salidos que tanto me habían llamado la atención. 

El lobo tenía bastante pelo, pero no era demasiado largo, solo un fino vello anaranjado bajo la cadena de plata que le colgaba del cuello, un pelo rizoso que descendía por sus abdominales algo marcados hasta, y aquella sí que fue una sorpresa, una terrible uve que se sumergía bajo la cinta elástica de sus pantalones de baloncesto; al igual que el reguero de pelo pelirrojo.

Yo no era el único que se había detenido a apreciar aquello, sino que Tom también se había detenido, con los puños apretados y sin moverse de la puerta, para recorrerme el cuerpo con detenimiento. Entonces gruñó de forma grave, respirando a través de sus dientes de anchos colmillos. Me clavó una mirada casi por el borde superior de los ojos que, sinceramente, acojonaba un poco. 

El lobo agradable y simpático se había ido, sustituido por una fiera con un hambre voraz. Creí que saltaría sobre mí al instante, pero me equivoqué. Dio un paso firme, me agarró del pelo con una mano y, con la otra, se bajó los pantalones ya mojados antes de apretarme contra su cuerpo. Noté al instante aquel bulto caliente y carnoso que era su verga empapada contra mi abdomen. 

El olor, como siempre, fue abrumador, pero también la sensación cuando empezó a frotarla lentamente contra mi cuerpo; ya sin camisa ni nada que se interpusiera entre nosotros. Tom no dejaba de gruñir y jadear a la altura de mis labios, manchándonos a ambos de abundante líquido preseminal. Yo le rodeé con los brazos, tanto como pude, y también le apreté contra mí, gimiendo de pura excitación.

—Joder, Tom… —gruñía de vez en cuando, apretándome porque nunca parecía suficiente. Incluso levanté una pierna para dejarle alrededor de su cadera y la mano desde su espalda a su cabello pelirrojo para apretarlo con tanta fuerza como él hacía con el mío.

No nos besamos. No hacía falta, porque aquel jadeo de vaho compartido era incluso mejor. 

Estábamos tan pegados, tan aferrados el uno al otro, que casi podía sentir cada pequeño roce cálido contra su cuerpo musculoso. Era una completa locura, como si Tom hubiera conseguido despertar la conciencia de mi propia piel, que estaba extasiada con aquel contacto tortuoso y prolongado. De pura necesidad, moví una mano para bajarme a tirones el chándal y empecé a mover la cadera, frotándome la verga también húmeda contra el lobo como haría un puto adolescente salido. 

Tom gruñó un poco más alto, frunció el ceño y se corrió por primera vez, dejando salir aquellos chorros de semen espeso y apestoso que se quedó encerrado entre nuestros cuerpos como la primera vez, pero, en esta ocasión, mucho más sórdido porque la fricción viscosa era directamente sobre la piel.

—No, no, no… —gruñí, evitando que el lobo se apartara en aquel momento en el que yo aceleré el ritmo para terminar corriéndome con un alto gemido de placer. Eso pareció gustar a Tom, que abrió los labios y, sin dejar de fruncir el ceño, disfrutó del nuevo chorro caliente que nos manchaba. 

No había mentido al decir que tenía los huevos a punto de reventar, porque volvió a correrse una segunda vez justo antes de que yo terminara de hacerlo. Entonces me quedé al borde de la inconsciencia, jadeando como si no consiguiera decidir si me encontraba mal o bien.

 Demasiado confuso por aquella terrible liberación, el olor apestoso que lo llenaba todo y el lobo que no paraba de apretarme. En aquella nube de confusión, Tom me dio la vuelta, me abrió las piernas, me apretó contra la pared del cubículo y me la metió sin mucho cuidado y un gruñido de necesidad. Grité al sentirla, aunque estuviera húmeda y manchada de semen, seguía siendo una verga bastante grande para meter así sin más.

 Pero el dolor y la sorpresa me duraron poco cuando empezó a cogerme lentamente de espaldas, obligándome a recostarme contra su cuerpo y, lo peor de todo, pasándome la mano por el abdomen lleno de corrida para terminar masturbándome la verga todavía erecta. Solo podía apretar la cabeza contra él, abrir la boca y sucumbir a la sensación. Yo ya me había corrido, así que tenía la verga muy sensible y el lobo no paraba de jugar con ella mientras me mordía, jadeaba y gruñía en mi oreja. 

Creo que se corrió una tercera vez, pero no estuve seguro. De lo que sí estuve seguro fue de que yo llegué a un segundo orgasmo totalmente inesperado, inmerso en una confusión difícil de describir. No me gustaba lo que estaba pasando, me sentía totalmente indefenso y, tras correrme sexo y las caricias se volvieron casi algo incómodo, pero solo por lo despierto que tenía el cuerpo y lo sensible que me había quedado.

—Joder… —gemí, no supe si con desesperación o para rogarle que parara. Era demasiado, esa era la palabra. Simplemente: demasiado.

Pero el lobo no se detuvo. Cuando me corrí yo, él lo hizo una cuarta vez y después siguió, taladrándome con fuerza el culo mientras me mordía para llegar a una quinta. Solo entonces, todo terminó con una inflamación bastante gorda en mi culo hiper sensible. Tom se había quedado casi sin aliento, sudado, manchado y quizá tan inconsciente como yo. Consiguió darse la vuelta y, con unos brazos temblorosos, hacer fuerza contra la pared del cubículo sin soltarme con su otro brazo ni quitar la verga de dentro. Acabó cayendo suavemente sobre el retrete, cogiendo una gran respiración de alivio al poder descansar. 

Yo ya no sabía ni lo que pasaba. Estaba con los ojos en blanco como si estuviera a punto de sufrir una puta sobredosis, recostado contra el lobo y perdido en algún lugar muy, muy lejano del planeta tierra.

Ninguno de los dos se movió ni dijo nada en, creo, más de diez minutos. Solo cuando conseguí levantar una mano y frotarme el rostro, tomé una buena bocanada de aire y le dije:

—Tom… eres mejor que la puta droga…

Eso hizo gracia al lobo que, aunque a mis espaldas y fuera de mi rango visual, hizo vibrar su enorme torso bajo mi espalda.

—Es la primera vez que me comparan con algo así —murmuró—, pero gracias… 

Murmure algo sin significado alguno y recosté mejor la cabeza, apoyándola en el hueco entre su cuello y el abultado y musculoso hombro. 

Miré el falso techo de láminas del techo del baño y no pensé en nada, escuchando los numerosos ruidos a nuestro alrededor: grifos de agua, conversaciones bajas, gruñidos, gemidos, gritos, golpes secos de coger con fuerza y arcadas de quererse una verga demasiado grande en la boca. No era el mejor lugar, tampoco el peor en el que había estado, y, sin embargo, me sentía muy cómodo, relajado y tranquilo. El lobo seguía rodeándome con los brazos, sin importarle mancharse del semen que me empapaba el torso, y no había apresurado el momento de irse, sin hacer intento alguno de quitar su verga ya flácida de dentro de mí.

—¿Has venido en auto? —me susurró al oído, algo demasiado íntimo y cálido en mitad de aquellos baños sórdidos y repletos de gritos.

—No —respondí en el mismo tono bajo, sin apartar la mirada del techo—. No tengo auto. 

Una zorra que hablaba por el teléfono me dio un golpe de lado y jodió el último que tuve. No quiso pagarme y yo no tenía dinero para arreglarlo, así que lo dejé tirado en un descampado.

—Pero, ¿el golpe fue culpa tuya o de ella?

—De ella. Yo nunca tengo la culpa de nada, Tom —le aseguré, lo que volvió a producir una risa corta del lobo.

—¿Y por qué no quiso pagarte?

—Me dijo que «yo lo había causado a propósito» por pasar el semáforo en ámbar. Que yo no era más que un puto drogadicto de mierda y que solo quería estafar a su seguro para meterme crack en una esquina —le conté.

Tom gruñó por lo bajo, de una forma grave y densa, casi como si le enfadara haber oído eso.

—Tranquilo —murmuré, haciendo un leve gesto con los hombros—. La seguí a su trabajo y después le reventé su auto de mierda con una tubería. Salí corriendo antes de que llegara la policía.

—Hiciste bien —me felicitó. No es que yo necesitara su aprobación, pero no me sentó mal escuchar eso y saber que me entendía—. Oye, Bill —me dijo entonces—. ¿Quieres que te acerque a casa y comemos algo por el camino?

Mi primera reacción fue negarme, como siempre hacía a toda propuesta parecida a esa. Sin embargo, parpadeé, cogí aire y respondí:

—Suena bien…

El lobo asintió, rozándome en la oreja con la barba y, con cuidado, me ayudó a levantarme, sacándome al fin la verga de dentro para subirme el chándal por los tobillos. 

Tenía las nalgas y los muslos empapados en líquido presminal, pero no me importó, no comparado con el desastre que eran mis abdominales por los que todavía se deslizaban grumos de semen denso y maloliente. Me agaché para recoger mi camiseta del festival y lo limpié, más o menos, como pude antes de ofrecérsela al lobo. Tom arqueó las cejas antes de echar un vistazo a su propio torso manchado y goteante.

—¿No te importa? —me preguntó, alargando la mano para coger la camiseta que el ofrecía.

—Es una mierda de camiseta de dos dólares, Tom —murmuré, quitándole importancia mientras recogía también la chaqueta militar—. Soy pobre, pero puedo permitírmelo.

—Gracias —respondió el lobo pelirrojo mientras se limpiaba, quitando las partes más grandes antes de darse un repasó a la verga y subirse los pantalones de baloncesto.

Cuando estuvo listo, yo ya tenía un cigarro en los labios y las manos en los bolsillos, esperándole con la espalda apoyada en la puerta. Me hizo una señal con la cabeza y salimos al exterior, ignorando por completo las miradas de reojo de las mujeres que estaban allí. Tom solo se detuvo para tirar mi camiseta sucia en la papelera y agarrarme de la manga de la chaqueta, siguiéndome hacia la salida del callejón. Encendí mi cigarro con el zippo plateado y le pregunté dónde tenía el Toyota. 

Estaba un poco más lejos que la otra vez, así que tuvimos que apurar un poco el paso bajo la lluvia para no mojarnos demasiado. Una vez en el interior, el lobo puso la calefacción y puso la misma lista de música electrónica que yo había seleccionado la semana pasada.

—¿Te gusta la pizza, Bill?

—Sí.

—Conozco una pizzería bastante buena y que no queda muy lejos del camino a tu casa. Podemos pararnos, pedir un par y comerla. Siempre me entra mucha hambre después de un buen polvo.

—Invito yo —respondí, ya recostado y los brazos cruzados sobre el pecho—. Por el viaje… —añadí.

Tom produjo un gruñidito agudo e interesado y, al contrario de lo que creí que haría, no se negó a la oferta. Por supuesto, yo no sabía que darle de comer a un lobo era una clara muestra de interés en su extraño idioma lobuno. Lo había hecho solo por devolverle el favor, pero Tom había entendido que yo estaba deseando llamar su atención y que, todas aquellas muestras de interés por su parte, habían tenido una respuesta positiva. Por eso sonrió suavemente mientras conducía en dirección a la pizzería, donde aparcó para decirme:

—Me gusta la de carne y la de barbacoa.

—Ah, que quieres que entre yo solo a pedirlas… —dije con una ceja arqueada.

 Tom se encogió de hombros.

—Si no te importa, Bill… los humanos se ponen nerviosos si ven a un Macho.

 Puse los ojos en blanco y salí del todoterreno, asegurándome de cerrar la puerta con un golpe seco para dejarle claro que aquella idiotez no se iba a volver a repetir. 

Entré en la pizzería con mi peste a lobo y, aun peor, a su corrida, pero ignoré las expresiones de incomodidad y asqueadas del dependiente mientras me preguntaba lo que quería. Tom no me había dado mayor información que el tipo de pizza que le gustaba, pero, como era grande, había dicho que estaba hambriento y yo le debía el viaje de aquella semana y la anterior, pedí tres pizzas familiares y una Coca-Cola para mí. Si sobraba alguna, siempre podía llevármela a casa para ir comiéndola durante un par de días. 

Evidentemente, tampoco sabía una mierda sobre lo que comían los lobos. Cuando llegué veinte minutos después con las pizzas entre las manos, Tom gruñó de nuevo con placer y sonrió más. Era bastante, quizá más de lo que se esperaba de mí. Cogió las tres cajas y no dudó en abrir la primera para devorarla en cuestión de minutos mientras yo le observaba con el ceño fruncido. Comía como un puto cerdo, casi sin pararse a respirar y mirándome de vez en cuando. No la compartió conmigo, no hizo nada más que devorarlas como si no hubiera comido en toda la puta semana y dejar las cajas vacías y manchadas de salsa antes de eructar y jadear de placer.

—Joder… —murmuró, pasándose la mano por su boca de barba grasienta—. Buff… Estaban muy buenas, Bill… —me dijo, como si las hubiera hecho yo o algo.

Se limpió las manos directamente en su pantalón de baloncesto y arrancó de nuevo el motor.

—Es bastante temprano aún, ¿me invitas a un café o algo en tu casa? —me preguntó.

Aquello sí que no me hizo ni puta gracia.

—No —me negué—. Ya te acabo de invitar a tres pizzas familiares, Tom —le recordé.

—Lo sé —respondió, dedicándome una breve mirada por el borde de los ojos—, pero si me enseñas tu casa, podré ir a verte de vez en cuando —se encogió de hombros—. El Luna Llena está bien, pero me gusta más coger en una buena cama. 

Me quedé en silencio, mirando los ojos marrones del atractivo lobo pelirrojo. Aquello estaba tomando un giro que no me hacía ninguna gracia. Una cosa era ir al Club a coger, y otra muy diferente que un lobo se plantara en la puerta de mi casa. 

La parte racional de mí gritaba que me negara, que no había posibilidad alguna de que eso pasara; sin embargo, una parte más egoísta y retorcida de mí empezó a surgir de las profundidades de la oscuridad de mi mente. 

Tom era demasiado guapo, tenía un cuerpo demasiado bueno, una verga demasiado perfecta y, además, un olor que me volvía demasiado loco. Acaba de tener el mejor polvo de mi vida en unos baños de mierda, solo gracias a él; y, aunque en su momento pensé que era «demasiado», algo me decía que iba a terminar volviendo la semana que viene para repetirlo. Yo no era idiota y sabía lo que se sentía cuando encontrabas una nueva droga que te hacía volar por las nubes… y Tom podía mandarme de viaje al espacio.

—¿Me vas a dar problemas, Tom? —le pregunté con voz seria y una mirada fija. 

El lobo pelirrojo me miró de vuelta.

—No, Bill. Solo quiero ir a verte de vez en cuando y coger —respondió—. Es normal entre los Machos hacer esas cosas.

Y yo le creí, solo porque era él. Así que asentí lentamente, tomando una de esas decisiones que, sin saberlo, te cambian la vida.

—Te llevo a casa, pero ya sabes lo que pasa si me enfadan —le advertí.

—¿Qué vas a reventar mi Toyota con una tubería? —preguntó.

—Exacto —murmuré, tomando una bocanada de aire de resignación. Seguía dudando, pero Tom me caía bien y me daba cierta confianza, sabía que no me complicaría la vida, o al menos creía que no lo haría—. Es la catorce con Pensilvania.

El lobo frunció su ceño de cejas anaranjadas y no demasiado distinguibles contra su piel pálida.

—Eso está más lejos de lo que te dejé la semana pasada —recordó—. ¿Tanto miedo tenías de que supiera donde vives, Bill?

—Me caes bien, Tom, pero no te conozco. No me hacía gracia que supieras dónde vivo, y tampoco es que me haga mucha gracia ahora, pero confío en que no me jodas y no me obligues a quemarte el Toyota y después quemar el puto Luna Llena.

—Tranquilo, Bill —murmuró con la vista al frente—. No puedo pedirte que confíes en mí y me creas, pero te aseguro que esto es solo algo por placer y diversión. No me entrometeré en tu vida ni voy a molestarte con mi… trabajo.

Asentí de nuevo, porque aquello era justo lo que quería oír: nada de problemas con lobos, solo diversión casual y sexo tan bueno y sucio que te deja completamente apestado y al borde de un ataque. 

Me saqué un cigarro de la cajetilla, me lo puse en los labios y bajé la ventanilla para echar el humo fuera. Seguía lloviendo un poco, pero Tom no me dijo nada sobre las gotas tontas que se colaban en el interior. Condujo tranquilamente hacia las afueras, esta vez sin ralentizar el paso frente a cada semáforo y sin respetar estrictamente los límites de velocidad.

 Cuando llegamos a la calle, le señalé el portal y el lobo pudo aparcar justo en frente. Salí al exterior, me pasé una mano por el pelo y me dije que ya no había vuelta atrás, para mal o para bien, Tom ya sabía exactamente dónde vivía. Cerró el todoterreno con un ruido de seguro y un parpadeo y se acercó para colocarse a mis espaldas y agarrarme de la manga de la chaqueta.

—Un lugar encantador, Bill —me dijo cerca de la oreja.

—Que te jodan, Tom —respondí de forma airada, pero sin sentirme para nada ofendido.

Subimos las cuatro plantas hasta alcanzar el final del pasillo de moqueta sucia y rota.

—¿A.A.? —me preguntó, al mirar los números caídos de la puerta mientras abría las cerraduras una a una—. ¿Alcohólicos Anónimos? —lo pilló rápido y se rio, llenando el pasillo de una risa grave—. Qué retorcido, Bill…

—Me gusta el humor negro —reconocí, abriendo la puerta antes de cruzar y quedarme a un lado para cerrarla a sus espaldas.

—A mí también me gusta —respondió él, quedándose a un par de pasos y mirando el loft abierto con solo un par de columnas de hierro rojo. Por alguna razón tomó una buena bocanada de aire y la soltó lentamente—. ¿Te importa que dé una vuelta? —me preguntó, girándose hacia mí, pero al ver mi expresión seria, añadió—: Me sentiré mucho más seguro si conozco el terreno. Me pone muy nervioso no saber dónde estoy.

Moví lentamente la mirada a un lado y apreté los labios, llegando a morderlos un poco para contenerme.

—No toques lo que no tengas que tocar —le pedí, dándole permiso de forma indirecta.

Tom sonrió un poco y asintió, empezando lo que, al parecer, sería una exploración bastante rápida. Se metió las manos en los bolsillo de su pantalón de baloncesto y caminó de un lado al otro, comprobando el salón, olfateando un poco el aire y continuando hacia la cocina.

 Después hacia la puerta de emergencias.

—Sí que te gusta el humor negro —afirmó, refiriéndose a lo que había allí escrito y al vacío que había tras ella.

Asentí, con un cigarro en los labios y mirándole atentamente. Me lo encendí y fui a su lado, donde apoyé la espalda en la pared de ladrillos para ver cómo el lobo caminaba al sofá, volvía a olfatear el aire y después se iba a comprobar lo que se miraba desde las cristaleras grasientas y sucias. A veces se detenía, daba otra vuelta con una inquebrantable suave sonrisa que solo se incrementaba por momentos. Hasta que se dirigió a la habitación y entonces tiré el cigarro al vacío y le seguí. 

Tom se quedó de pie frente a la cama, todavía con las manos en los bolsillos, respirando profundamente antes de soltar el aire.

—No tienes pareja, ¿verdad, Bill?

—¿Te preocupas de eso ahora, Tom?

El lobo sonrió más, mostrando sus bonitos dientes perfectos.

—Bueno, ahora quiero venir a tu casa y no me gustaría encontrarme con otro humano sorprendido o que nos interrumpa. No es divertido cuando pasa… — me aseguró—. Además, no me gusta nada cuando uno de mis humanos me dice que no venga y pone excusas de mierda cuando sé perfectamente que tienen pareja.

—Tranquilo, nadie nos va a interrumpir —murmuré—, a no ser que otro de mis vecinos se suicide o monte un fumadero de crack y la policía haga alguna redada. 

A Tom aquello no le hizo gracia, frunció el ceño y me miró.

—¿La policía viene mucho por aquí?

Su pregunta sí me hizo gracia. Sonreí y me crucé de brazos, apoyando el hombro en la esquina de la pared que marcaba el espacio del dormitorio.

—No, Tom —respondí—. Era broma. Aquí solo vienen antes de las elecciones para detener a un par de traficantes y poder decir que «han limpiado las calles de crimen».

El lobo sí se rio esta vez antes de asentir.

—Esto va a sonar algo raro, pero ¿te importaría que mirara el armario? —me preguntó.

—Todas las armas las llevo encima, si es eso lo que te preocupa.

—No, no es eso. Quiero saber si soy el único Macho con el que te ves.

Fruncí bastante el ceño, pero Tom no se dio por aludido y no añadió nada más a aquello, dando un paso preventivo hacia el armario y, al comprobar que no me negaba de forma directa, terminando por abrir las puertas y echar un vistazo. No tocó nada, solo se inclinó un poco y olfateó como un perro de presa antes de cerrarlo.

—Solo te ves conmigo —concluyó, girándose hacia mí—. No puedo pedirte que siga siendo así, pero creo que eres un humano honesto y directo, Bill. Así que, si cambias de idea, dímelo antes.

—Oh… ¿eres celoso, Tom? —pregunté, creyendo entenderlo.

—Todos los Machos lo somos, Bill —respondió, acercándose a mí con sus manos en los bolsillos de su pantalón de baloncesto—. Siempre le digo esto a los humanos que visito: me gusta pasarlo bien, tomarme mi tiempo y disfrutar; pero odio que me mientan, que me hagan sentir incómodo o que me hagan perder el tiempo.

Estaba claro que Tom no era la primera vez que hacía aquello y que yo no era ningún caso especial. Eso me tranquilizó bastante, sinceramente. Era algo retorcido, pero lo convertía en justo lo que había dicho: «solo algo por placer y diversión». Nada complicado y sin tonterías.

—De acuerdo —asentí—, yo también te diré algo, Tom: me gusta coger, me gusta estar tranquilo y no tardó ni un puto segundo en deshacerme de los problemas que no quiero.

El lobo asintió.

—Genial, Bill. Entonces, ¿qué? ¿Me invitas a ese café y charlamos un poco? 

Mantuve su mirada un par de segundos, pero terminé por apartarme de la pared e ir a quitarme la chaqueta sin nada debajo para ponerme una de las primeras camisetas que encontré en el armario. Tom y yo parecíamos entendernos y conectar bastante, así que la idea de tenerle por allí de visita ya no me incomodaba tanto como al principio.

—No tengo azúcar —le advertí.

Tom aspiró aire por entre los dientes y puso una mueca como de dolor.

—Me gusta el café dulce… —dijo—, o un capuchino, o tipo vienés…

—¿Te crees que esto es un puto Starbucks, Tom? —le pregunté de espaldas, porque, como sabía que iba a hacer, el lobo esperó a que yo fuera por delante para seguirme de cerca hacia la cocina.

—Piénsalo, Bill, si bebo algo dulce, después mis besos serán mejores… — murmuró, provocando una ligera respuesta de mis labios al sonreír.

—Eres idiota …—concluí.

Le preparé un café normal, como el mío, y se lo puse en la barra vieja de bar que delimitaba el espacio de la cocina. El lobo lo aceptó y sopló un poco antes de darle un trago.

—¿Cuándo entras o sales de trabajar, Bill? —preguntó—. Para saber a qué hora sería bueno venir a verte.

—Entro a las once y salgo a las seis.

—Casi como yo, entonces —sonrió—. Y ahora cuéntame de dónde sacaste esa máquina de café a la que tienes que golpear como un maníaco para que funcione…

Tom me caía bastante bien. Ya no era cuestión de intuición, sino un hecho. Charlamos bastante aquella noche, algo que, sinceramente, ni me esperaba. Nos tomamos dos cafés más, fume un cigarro al lado de la puerta y, cuando ya habían pasado tres horas que se habían esfumado como el humo de mi cigarro en el aire de la noche, el lobo se fue acercando más y más a mí para terminar muy pegado y con evidentes ganas de otra ronda de sexo. Por petición suya, fuimos a la cama, donde nos desnudamos por completo y empezamos a rozarnos cuerpo contra cuerpo, una sensación que, prometo, era demasiado buena. 

El lobo pelirrojo me sorprendió con algunos trucos nuevos, como, por ejemplo, una pedazo de mamada impresionante, una buena lamida de huevos y todo un festival de gruñidos y danza de lengua en mi culo. Creía que coger con él no podía ser mejor, hasta que me demostró que me equivocaba. Mojado como un cabrón y con la barba completamente empapada en saliva, se puso encima de mí, colocando la almohada detrás de mi cabeza para que quedara cómodo mientras me acercaba a la boca esa perfección pelirroja que era su miembro.

Esta es toda una declaración: Tom tenía la mejor verga del mundo entero. Apestaba muchísimo y sabía el doble de fuerte, pero, joder, sabía usarla muy, muy bien. Me cogió la boca de una forma que me volvió com-ple-ta-men-te loco. Y, aunque yo no fuera de los que se lo tragaban como cerdas, no dudé en seguir apretando al lobo mientras se corría en mi boca entre gruñidos y jadeos. Me miraba desde las alturas y me agarraba del pelo, sin parar de mover esa cadera como solo el lo hacía. 

No rápido y descontrolado como un animal, sino todo lo contrario, poco a poco para que pudieras sentir hasta el último de los diecinueve centímetros bien gordos que le medía al cabrón. Básicamente, aquel polvo en la cama fue un intercambio oral bastante profundo por parte de ambos que terminó tras casi una hora con un tercer orgasmo del lobo en mi culo, de cara, mientras me mordía el cuello y gruñía por lo bajo.

Cuando llegó la inflación, se quedó así, sudado sobre mí, respirando con fuerza y dejando esa peste animal por todos lados. Yo estaba de vuelta en el espacio exterior, pero en una nave diferente a la primera, porque había aprendido a aguantarme un poco antes de precipitarme a correrme tan pronto. Nos quedamos así otros buenos diez minutos, incluso después de la inflamación, cuando el lobo se levantó de encima de mí para llevarme con él a un lado y dejarme a mí sobre él y llevarse las manos detrás de la cabeza; mostrando sus enormes y apestosas axilas de pelo anaranjado junto a sus abultados bíceps.

—Entonces, te gusta el sexo oral tanto como a mí, ¿no? —sonrió.

—Sí, al parecer, sí —respondí, cruzando los brazos sobre su abultado pecho y esos pezones salidos que le había lamido y mordido a placer, provocando una reacción muy positiva de Tom—. Aunque creía que los lobos no lo hacían.

—No en el Luna Llena —afirmó—, pero sí fuera.

—Otra buena razón por la que no arrepentirme de haberte traído a mi casa… — murmuré.

Tom se rio y me hizo vibrar sobre él.

—Entre muchas otras —dijo.

Tras otra pequeña charla tonta de cama acompañada de algún beso y caricia distraída, Tom me dijo que volvía a tener hambre, algo que me sorprendió, pero que, al parecer, era normal en los lobos. Con un suspiro me levanté para ir a prepararle lo único que tenía a mano, sándwiches a la plancha. Cuando llegó desde el baño, todavía desnudo y rascándose el frondoso pubis pelirrojo de la entrepierna sin ningún tipo de pudor, le pregunté:

—¿Cuántos quieres?

—No sé, ¿cuántos puedes hacerme?

Arqueé una ceja y, tras un par de segundos, respondí:

—Unos doce.

—Pues doce, entonces —concluyó, sentándose en el taburete con una sonrisa. Se los hice y se los fui dejando en el plato de dos en dos mientras los iba devorando con tanta necesidad como había hecho con las pizzas. Terminando con un buen eructo tras beberse la cerveza de medio litro sin pararse a respirar.

—Estaba muy bueno, Bill —me dijo—. Voy a ir a vestirme, es un poco tarde. 

Asentí y fui a fumarme otro cigarro a la puerta de emergencias. No la abrí del todo porque yo también seguía desnudo. Le miré vestirse a lo lejos y volver para darme una especie de caricia en el pelo, revolviéndomelo un poco antes de despedirse.

—Te veré pronto —me prometió.

Cuando se fue por la puerta, fumé una buena calada antes de echar el humo y la colilla del cigarro al callejón. Tom había tenido razón: había sido muy divertido y placentero, ahora solo tenía que demostrar que tampoco me iba atraer problemas.

Tom el pelirrojo volvió dos días después, un domingo de mediados de marzo. Me sorprendió esperando aparcado con su Toyota negro metalizado a las puertas del edificio. Nada más verme salió e hizo un ya clásico saludo de «Ey» con la cabeza, al que yo respondí de igual forma.

—¿Solo te pones pantalones de baloncesto, Tom? —le pregunté mientras abría la puerta del portal pintarrajeado y rayado.

—Sí, me gusta estar suelto —respondió, alcanzando la manga de mi chaqueta—.

¿Tú solo llevas chaqueta militar, Bill?

—Sí, me gusta tener muchos bolsillos donde esconder armas blancas —murmuré, lo que hizo gracia al lobo. Me acompañó muy pegado a la espalda hasta entrar en casa, donde al fin se separó para dejarme quitarme la chaqueta y dejar las llaves sobre el taburete verde—. ¿Quieres un café? Creo que encontré un capuchino en polvo al fondo de la alacena —me lo había llevado de la tienda, recordando lo que me había dicho el lobo, pero eso no era algo que Tom tuviera que saber.

—Oh, sería genial —respondió mientras se quitaba la camiseta blanca y la dejaba en el respaldo del sofá. No hacía calor, pero tampoco me iba a oponer a que el lobo pelirrojo enseñara aquel cuerpo musculoso y pecoso.

—Mmh… Joder, Tom —le dije, echándole un rápido vistazo antes de tragar saliva. Como si su olor a sudor no me hubiera puesto ya suficiente caliente, aquello terminó de apretar más la entrepierna de mis pantalones.

El lobo se lo tomó con bastante tranquilidad, sin embargo, pasando la abertura de la barra de bar para adentrarse conmigo a la cocina y rodearme con sus grandes brazos. Empezó a tocarme y a pegarse, resaltando bien el bulto carnoso contra el pantalón de baloncesto, el cual no hacía nada para contenerlo.

—¿Y ese capuchino, Bill? —me preguntó al oído mientras deslizaba la mano por debajo de mi pantalón de chándal para alcanzarme la verga.

—No serás tan cabrón… —murmuré.

Pero el lobo pelirrojo solo murmuró algo bajo y se encogió de hombros antes de empezar a hacer uno de sus chupetones en el cuello. Por supuesto, sí era tan cabrón como para andar a tontear y ponerme como un jodida perra mientras le preparaba el capuchino. Yo no sabía si lo odiaba o si estaba enfadado por aquello, pero mi cuerpo no parecía pensar lo mismo, porque reaccionaba a cada roce y jadeo del lobo. 

Cuando el puto capuchino estuvo listo, Tom ya tenía la verga por fuera del pantalón y me había quitado la camiseta. Sin separarse demasiado de mí, me rodeó con el brazo y continuó haciéndome un dedo mientras se lo bebía y me miraba fijamente como si nada.

Cuando regreso el martes, el miércoles y el sábado de aquella semana, ya empecé a comprender que ese ritual de ponerme a cien y mojarse como un cerdo mientras le preparaba el capuchino, era parte de la forma en la que al lobo le gustaba coger. Siempre esperaba a casi el límite de los soportable, como cuando me bajó los pantalones aquel miércoles y se puso a hacerme una paja mientras yo apretaba con fuerza la repisa de la cocina y apretaba los dientes.

—Serás hijo de la gran puta…

O el sábado, cuando terminó de rodillas para comerme el culo y yo me agarré tan fuerte de la puerta de la alacena que la rompí. Todavía no la había arreglado cuando volvió el lunes para beber su capuchino mientras frotaba nuestras vergas juntas y empapadas. Tom solía correrse antes de llegar a la cama, pero siempre terminábamos allí y la metía para el último orgasmo antes de la inflamación. 

Decir que siempre nos manchábamos mucho era decir poco, mi cama ya apestaba a él y a los muchos fluidos que compartíamos, pero cambiar las mantas era estúpido sabiendo que regresaría en dos días y volvería a mancharlas de sudor y líquido preseminal.

—Oye, Bill, la semana que viene será El Celo —me dijo tras terminar de comerse los ocho burritos que le había calentado en el microondas. Eso le dejaba bastante lleno y algo adormilado, así que hablaba más lento y suspiraba mucho.

Darle de comer, como el capuchino, se había convertido también en una especie de costumbre. Siempre decía que le entraba hambre después de coger y yo le creía, porque el cabrón se esforzaba muchísimo en cada polvo. También le daba una o dos cervezas de medio litro, creyendo que no podía perder tanta saliva y salirle tanto líquido por la verga y no terminar deshidratado. Todo eso no era

barato, porque el hijo de puta de Tom comía como un ogro, pero lo hacía porque el lobo pelirrojo me caía de puta madre, me echaba unas cogidas increíbles y me alegraba las noches con sus visitas tras un asqueroso día de trabajo. No me sobraba el dinero y al final del mes notaría aquel gasto imprevisto, pero me gustaba portarme bien con las personas que merecían la pena.

—Me gustaría venir a pasarlo contigo —continuó—, ¿qué me dices?

Yo fumaba al lado de la puerta, con un café solo en una mano y el cigarro en la otra. Me quedé unos segundos en silencio y respondí:

—Va a ser un problema conseguir cuatro días libres, Tom, no tengo tantas mascotas.

Tom se rio, pero puso una mueca de incomodidad y se llevó una mano a sus abdominales más abultados de lo normal porque estaban repletos de burritos familiares de carne.

—Joder, Bill, no me hagas esto después de comer —me pidió antes de eructar con fuerza y resoplar. Anduvo pesadamente al sofá y se tumbó como si aquella ya fuera su casa. 

Colocó las manos tras la cabeza y continuó—: 

Puedo conseguirte un justificante médico para que se lo des al «lacista hijo de puta de tu jefe». No te preocupes.

—¿Y el dinero que voy a perder por no trabajar también me lo puedes conseguir, Tom? —pregunté, soltando una última bocanada de uno antes de tirar el cigarro al callejón mojado con la lluvia torrencial que caía y resonaba sobre los cristales.

—No te voy a pagar para que pases El Celo conmigo como si fueras una puta, Bill —me dijo, mirándome acercarme y levantando las piernas con gran esfuerzo de su parte para dejarme sentarme y volver a apoyarlas en mi regazo.

—Las putas trabajan menos y ganan más que yo —le aseguré.

Tom sonrió, pero apartó una mano de detrás de su cabeza para acercarla a mi rostro y darme una caricia cariñosa. Había empezado a hacerlo de vez en cuando, pero no le daba importancia porque teníamos un tipo de relación bastante física y cercana.

—Escucha, Bill, no quiero ser una carga y sé que el dinero es un problema, pero van a ser tres o cuatro días disfrutando de «la verga perfecta».

—¡Ogh…! —puse los ojos en blanco y aparté la cara de su mano—. Como me arrepiento de haberte dicho eso…

Tom sonrió mucho, gruñendo como hacía cuando sentía placer. Tiró de mí y me volcó sobre su cuerpo, rodeándome con los brazos y hundiendo su nariz en mi pelo antes de acariciarlo un poco. No volvió a sacar el tema hasta que, justo con el amanecer, llegó la hora de marchar y volvió solo para revolverme el pelo, darme una tonta caricia y decirme con un tono más serio:

—Piénsatelo, Bill. El Celo es un momento importante para los Machos y me gustaría poder pasarlo a tu lado…

Me limité a asentir, sin prometer nada, antes de verle marchar. El Celo no era ninguna tontería, costaría dinero, por lo que tenía que gastarme en provisiones, enemas y bidones de agua; y por los días de trabajo que iba a perder en el proceso. Sin embargo, sí tenía curiosidad por vivir la experiencia. Tom me hacía sentirme muy cómodo y, si iba a elegir a un lobo para hacerlo, iba a ser él sí o sí. Aún así, sentía cierta preocupación que no podía sacarme de la cabeza y busqué en internet —una gran fuente de información totalmente fiable y siempre verídica—, sobre el tema. 

Entre páginas y páginas de mierda y tonterías, encontré un Foro de Amantes de los Lobos. No creí que fuera ayudarme, como no lo habían hecho todas las páginas anteriores donde siempre daban los mismos consejos que nos había soltado la mujer de la charla de PIHL, pero, para mi sorpresa, tenían bastante información. Fue una de esas noches de investigación y aburrimiento en la tienda cuando descubrí el mundo de la compra-venta de feromonas. Pagaban bastante por unas mantas de después del Celo, más dependiendo del rango del lobo, pero, en general, casi llegando a los ochocientos dólares.

No fue eso lo que me llevó a decirle a Tom que sí, porque ya estaba bastante convencido de que lo haría, solo me ayudó el pensar que, aunque perdiera tiempo y dinero, al menos conseguiría recuperarlo de una forma tan asquerosamente sencilla como venderle a un puto pervertido las sábanas sucias. 

Tom regresó a mi casa todas las noches de esa última semana, cada vez más apestoso y descontrolado, sin tomarse el tiempo acostumbrado antes de llevarme a la cama y meterla. Me dijo que estaba demasiado caliente y que era lo normal, pero eso no fue nada comparado a la noche en la que le esperé con todo listo y una expresión de enfado tras pasarme todo el puto día en el baño.

 Al abrir la puerta, Tom me miraba, sudado y jadeante. Ya estaba tan empalmado y mojado bajo su pantalón de baloncesto que daba miedo. No hubo «Ey» de saludo, ni sonrisa, ni se acercó para gruñir y meterme una juguetona mano bajo la camiseta. Solo despedía un olor muy fuerte y salvaje, me miró por el borde superior de los ojos como si fuera a comerme y dijo casi con un gruñido:

—Bill…

El Celo había comenzado.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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