
Humano: Especiales de TollWriter
Capítulo 5: Mi compañero
Cuando llegó la navidad y el mundo se llenó de colores alegres y luces estúpidas, las noches se hicieron más largas y Tom y yo tuvimos que levantarnos antes para ir a poder desayunar tranquilos antes del trabajo. La situación con la policía parecía haberse calmado ya y el Alfa había reabierto la Tienda de Caramelos. Más o menos. Ya no era de caramelos, ahora era una heladería nada sospechosa que solo abría de noche en mitad del invierno.
—Muy sutil, Tom… —murmuré, mirando el viejo local cuando me llevó a enseñármelo. Era incluso más pequeño que la otra tienda, con solo un paso de distancia entre la puerta acristalada con anuncios de los sesenta y el mostrador repleto de helados de sabores.
—No quiero ser sutil, quiero vender caramelos y recuperar el mercado que nos han quitado los de la Manada Medianoche —respondió, abrazándome por la espalda antes de darme un beso en el cuello.
—¿Al menos los helados son de verdad?
—No, son imitaciones para que no se derritan ni se pudran, pero… —añadió, tirando de mí hacia el lado donde había un hueco para entrar detrás del mostrador—, te he comprado un sillón para que estés cómodo y una pequeña tele para que te entretengas.
—Oh… cómo se nota que me monto al Alfa —murmuré, mirando que, el «sillón», era un sofá bastante bueno y, la «pequeña tele», una pantalla de plasma con acceso a internet.
—Por supuesto —afirmó, separándose para quitarse la gabardina y la bufanda negra que le había regalado para el invierno—. Soy el que manda y si me quiero gastar dinero en ti, me lo gasto.
—¿Te sorprende que eso me ponga caliente?
—En absoluto… —sonrió—. Tengo poco tiempo, pero me gustaría asegurarme de que ese sillón huela a mí.
—Ah… —sonreí y asentí con la cabeza—. Me preguntaba por qué simplemente no me habías dado la dirección —reconocí, apartando el jersey que tenía sobre la camisa azul marino para así poder alcanzar la hebilla de su pantalón.
—Solo trabajarás tú en la tienda —me explicó, rodeándome con los brazos y acercando el rostro hasta casi pegar sus labios—. Como no voy a enviar a ninguno de mis Machos aquí, es todo mío, por lo que tiene que… —se detuvo para soltar un breve jadeo cuando le alcancé la verga gorda y dura y empecé a frotar la cabeza con toda la mano, aprovechando aquella humedad viscosa, maloliente y abundante—, tiene que oler a mí. Como la Guarida, la cama o tú… —consiguió terminar de decir.
Murmuré algo bajo, como con aprobación o entendimiento. Después use mi mano limpia para tirar del jersey de Tom y llevarlo conmigo al sofá.
No era muy grande, pero el lobo se las apañó para encerrarme bajo su cuerpo y empezar a besarme.
—¿Sesenta y nueve y me montas? —me propuso.
—De puta madre —respondí, acercándome de nuevo a sus labios para besarle.
Tom no tardó demasiado en meterme la lengua en la boca y, entre gruñidos, levantarse solo para darme la vuelta en el sofá y volver a inclinarse, dejando su monstruosa verga muy cerca de mi cara.
—Demonios… Tom… —fue lo último que pude decir antes de estar demasiado ocupado gimiendo y lamiéndola de arriba abajo como podía, incapaz de parar. Aquel sabor tan fuerte y denso se había convertido muy rápido en mi placer culpable favorito en el mundo entero.
Tom gruñía, ocupado con mi propia verga antes de soltarla con un jadeo y tirar de mis piernas para frotar la cara contra mi culo. Se corrió sin avisar, pero ya conocía al Alfa y sabía que cuando me apretaba más fuerte hasta casi hacerme daño y rugía, significaba que estaba a punto de alcanzar el orgasmo.
Tras aquella primera, se levantó, tiró de mí como si fuera un muñeco de trapo y se sentó, bajándose un poco más los pantalones a toda prisa para que me pusiera a horcajadas sobre él, cayendo, muy lentamente, sobre aquella verga que era a la vez mi mayor placer y mi mayor tortura. Tardé un poco, como siempre hacía cuando no había tiempo para dilatar lo suficiente; tomando grandes respiraciones mientras me deslizaba hacia abajo, sin prisa pero sin pausa. Tom esperaba con la mandíbula tensa, la barba empapada en saliva, la respiración entrecortada, los ojos ocres repletos de necesidad y locura y los brazos extendidos en el respaldo mientras apretaba con fuerza los puños para contenerse. Tenía ganas de cogerme ya, pero era consciente de lo que tenía entre las piernas no era ningún juego y sabía controlarse. Jamás apuraba aquel momento y nunca trataba de mover la cadera para meterla más porque, además de saber que me enfadaría muchísimo, tenía miedo de hacerme daño.
—¡Me cago en la…! —abrí mucho la boca, cerré mucho los ojos y bajé los últimos centímetros hasta que estuvo toda dentro— ¡Tu puta verga, Tom!
El Alfa me agarró entonces del cuello, como le gustaba hacer y la razón por la que tenía tantos moratones allí que parecía que me iba la asfixia autoerótica. Me acercó hasta casi pegar mi rostro al suyo y empezó a mover suavemente la cadera. Ya estaba dentro, así que la espera había terminado y sabía que podía hacerme todo lo que quisiera.
—¿Ahora me vas a decir que no te encanta mi «jodidamente apestosa verga», Bill? —preguntó con su voz grave y algo enfadada. Como el cabrón rencoroso que era, a veces le gustaba recordarme las cosas que le había dicho, como aquella, pero solo en esos momentos de debilidad en los que sabía que yo estaba a su completo merced.
—Eres un hijo de puta… —gruñí muy cerca de sus labios mientras apretaba con fuerza sus hombros y trataba de no gemir como un cerdo cada vez que movía la cadera.
—Pero eso te encanta, ¿a qué sí, Bill? —continuó, acelerando el ritmo de las penetraciones para gruñir muy alto y correrse una segunda vez.
Sería difícil explicar lo muchísimo que me gustaba Tom. No solo físicamente, sino él: su personalidad y lo que hacía. Estaba jodido de la cabeza, era egoísta, rencoroso y hasta infantil; pero el Alfa tenía razón: a mí me encantaba lo cabrón que era. De una forma retorcida, me gustaba como me provocaba y como usaba mis palabras contra mí, porque yo también lo hacía a la menor oportunidad contra él.
Teníamos esa clase de relación enajenada y algo tóxica basada en el poder, la pasión y el «rencor» mutuo. Sin embargo, ni él ni yo nos tratábamos «mal». Las discusiones, los resentimientos y las palabras envenenadas como dardos estaban allí, pero en el momento de la verdad, nos cuidábamos mucho mutuamente y nos preocupábamos de hacernos felices el uno al otro.
—¿Solo tres veces, Tom? —le pregunté, solo por vengarme, después de dos minutos de besos y miradas cómplices en el sofá.
—Me he corrido cuatro esta mañana y otras cuatro ayer por la noche —me recordó—. Me excitas mucho Bill, pero tu ritmo de cogidas a veces me pone a prueba hasta a mí.
—Mmh… —murmuré, acariciando su barba corta y negra con un principio de canas en las patillas y el mentón grueso y masculino—. Quizá sea la edad, te haces viejo…
Tom gruñó por lo bajo y apretó las comisuras de los labios, algo que hacía cuando realmente le habían dolido mis palabras.
—Tengo cuarenta y dos años, si es eso lo que quieres saber, Bill. No se llega a Alfa de la Manada a los veinte…
—¿Y no te da vergüenza, Tom? Andar con jóvenes a los que casi les doblas en edad…
—Ten cuidado, Bill —me advirtió con una mirada seria—. Yo soy un Macho fuerte, grande y poderoso. No importa mi edad si todavía puedo mantener el control de la Manada. Pero si eso te molesta, quizá sea mejor que me vaya de la Guarida y te busques a algún estúpido Macho Común de veinte años… aunque dudo mucho que puedan cogerte tanto como yo.
Sonreí, porque provocarle era uno de mis grandes placeres. A veces ni su orgullo era suficiente para no dejar traslucir sus pequeñas inseguridades, como su edad o el temor a no ser el Alfa que todos esperaban que fuera.
—Nah… ya he invertido mucho tiempo, esfuerzo y dinero en ti, Tom —me encogí de hombros y le di un suave beso en los labios—. Ahora no me voy a ir.
El Alfa me miró en silencio un par de segundos antes de murmurar en voz baja:
—Yo tampoco.
Asentí y volví a besarlo, dejando pasar aquel extraño momento en el que casi nos habíamos declarado y habíamos acordado que lo nuestro era algo «serio». Ambos lo sabíamos, pero ninguno lo puso en palabras. Así hacíamos nosotros las cosas.
—¿No tenías prisa? —le recordé, porque la inflamación ya había remitido hacia un buen rato y seguíamos allí, besándonos y mirándonos como unos tarados.
—Estoy esperando a que salgas de encima —respondió, como si fuera mi culpa—, pero no paras de besarme y acariciarme para que me quede.
Se me escapó un bufido y una breve sonrisa. Chasqueé la lengua, solté aire y me levanté de encima de él, subiéndome los pantalones de chándal aunque todavía tuviera el culo empapado. Una sensación a la que ya me había acostumbrado hacía mucho. El Alfa también hizo lo mismo con sus pantalones de traje color camel, deteniéndose a ponerse bien la verga que, incluso flácida, era demasiado grande para no temer hacerse daño al subirse la bragueta. Después se ató el cinturón y se incorporó.
—Por razones como esta tengo ahora una bolsa de ropa en el Discovery —me dijo, señalándose el enorme manchón de mi semen sobre su jersey de punto color café—. Porque siempre te corres como un puto aspersor. ¿También te corrías tanto con los Machos de veinte años, Bill?
Yo ya tenía un cigarro en los labios y estaba de camino a la salida.
—No lo sé, Tom. Eres el único lobo que me he cogido —respondí de espaldas, abriendo la puerta antes de encenderme el cigarro.
—Entonces ya nunca sabremos si soy yo o tú —Se acercó para sacarse uno de sus puritos que esperó a que yo le encendiera con el zippo—. ¿Verdad?
Mantuve su mirada seria y solté una calada a la calle nevada. Tom parecía decidido a asegurarse de que yo quería quedarme con él, quizá por mi culpa y por haberle hecho sentir inseguro con respecto a su edad. Podría haberle jodido un poco y complicar las cosas, pero ya había probado aquello y sabía que era como acercar una cerilla a un escape de gas. Siempre explotaba en llamas.
—Verdad —terminé diciendo.
Tom puso una media sonrisa, se sacó el purito de los labios y me echó el humo a la cara antes de acercarse para darme un beso de despedida.
—Estaré en el despacho, llámame si necesitas algo —me dijo, saliendo por la puerta con la cabeza alta mientras se ponía su gabardina negra.
Le miré alejarse hacia el Land Rover Discovery, con la espalda apoyada en la puerta de cristal y la cabeza girada mientras fumaba. El Alfa había empezado a ser recurrente en esa idea de que estábamos «juntos», que yo era su único humano ahora y que la cosa se había vuelto bastante seria.
Seguía sin gustarme pensar en que Tom y yo estábamos «juntos», y no como algo temporal hasta que me aburriera de vender su ropa; sino como algo de verdad. Temía haber cruzado ya algunas líneas de las que no habría marcha atrás, pero el Alfa estaba cumpliendo su promesa de tomárselo con calma, paso a paso. No tiraba de mí ni me forzaba a entrar en algo que no quería, solo llegábamos a pequeños acuerdos como el de aquella noche: él no se iría ya de la Guarida y yo no me iría de su lado.
Solté un suspiro y arrojé la colilla del cigarro a la nieve antes de cerrar la puerta. A veces creía estar buscando una excusa para poder dejar de preocuparme por él, enfadarme e irme, pero el muy hijo de puta no me estaba dando ninguna.
Cuando llegó la tarde de Nochevieja, Tom recibió una de esas numerosas llamadas, pero esta vez más temprano de lo habitual. Normalmente empezaban cuando estábamos en la cafetería desayunando, no en mitad de nuestro polvo vespertino. El Alfa soltó un queja airada y un gruñido, dejó de besarme y agarrarme el cuello para alargar la mano a la mesilla y tantear hasta encontrar el teléfono al lado del despertador. Le dediqué una mirada seria y me negué a esperar, haciéndole una señal para cambiar de postura.
—¿Qué? —respondió Tom, rodeándome con el brazo libre para llevarme delicadamente y sin sacármela hacia el lado. Se recostó cara el techo y seguí montándole mientras él se pasaba una mano por el rostro sudado—. Sí, ya se ha ocupado David de eso. Lo sé, no habrá ningún problema. Bien —y colgó, cerrando los ojos y gimiendo—. Mierda, como mueves esa cadera… —Entonces el teléfono volvió a sonar y el Alfa apretó los dientes y gruñó con enfado—. Estoy con Bill, Ben. Más vale que sea importante —respondió al momento, mostrando un carácter más seco del que solía mostrar con sus Machos—. Lo que organice Stephen estará bien —añadió tras un breve silencio—, no necesita mi permiso para pedir costillas y no pavo —otro breve silencio—, de acuerdo —y volvió a colgar.
Tiró el teléfono a un lado y me agarró de la cadera para frenar mi movimiento y taladrarme el culo sin misericordia, liberando su frustración conmigo y haciéndome gritar insultos de puro placer. Apresuró la cuarta corrida y después se quedó jadeando, atrayéndome hacia él para que me recostara mientras me impregnaba bien de su sudor.
—Lo siento, pequeño, hoy es un día especial —se disculpó entre miradas y besos cortos—. La mayoría de mis Machos están de descanso y la Manada tiene la tradición de hacer una cena en el Refugio. El puto compañero de Ben siempre me llama mil veces para que solucione cada pequeño problema. Me tiene hasta los huevos… —cogió una bocanada de aire y se relajó, ronroneando mientras le acariciaba la cabeza de pelo largo y revoltoso.
—¿No vienes a desayunar, entonces? —pregunté en voz baja.
—Mmh… —Tom puso una mueca de molestia e interrumpió su ronroneo grave para gruñir—. No… no creo que pueda.
—Tranquilo, Tom, no es la primera Nochevieja que paso solo.
—Conmigo aquí, eso no tendría que ser así, pero soy el Alfa… —murmuró, entreabriendo sus preciosos ojos de ocre suave para mirarme—. Mañana es una especie de día libre de la Manada, a nadie le sorprendería que quisiera pasarlo contigo, así que te llevaré a desayunar y a donde quieras. ¿Qué te parece?
—Me parece que te crees que soy una novia resentida que se enfada porque su hombre trabaja demasiado —murmuré, dedicándole una mirada seria—. A mí conque me des mis cogidas diarias, Tom, me suda la verga si tienes que pasarte el día entero en el despacho.
El Alfa se quedó en silencio y movió la mano de mi espalda a mi rostro para acariciarme la mejilla con el pulgar.
—¿No te importa no pasar tiempo conmigo? —preguntó.
Puse los ojos en blanco y ladeé el rostro.
—Me gusta tenerte cerca, pero no voy a llorar porque tengas cosas que hacer — le aclaré—. Y ya sabes lo que pienso de esas preguntas trampa de las tuyas…
A Tom se le extendió una sonrisa por los labios y me besó.
—Eres un cabrón muy astuto, Bill… —me dijo, atrapándome entre sus enormes brazos de culturista antes de incorporándose, llevándome con él hasta que se quedó sentado en la cama, conmigo encima y con la verga inflamada todavía dentro—. El problema es que a mí me gusta mucho pasar tiempo contigo — continuó, acariciándome el rostro contra el suyo—, así que mañana es lo que haremos.
—Mmh… ¿Me vas a invitar a una comida romántica y me vas a llevar a comprarme unos zapatos bonitos y un vestido, Tom? —le pregunté, acariciándole la parte alta de la espalda, allí donde tenía su tatuaje maorí.
El Alfa sonrió más y ronroneó, dándome una caricia más fuerte e intensa.
—Ten cuidado, Bill —me advirtió en un susurro al oído—, te estoy empezando a querer demasiado…
No dije nada, por supuesto, como siempre que soltaba alguna cosas de esas. Seguí acariciándole la parte alta de la enorme espalda, disfrutando de aquellas caricias que picaban debido al roce de las barbas, pensando que, quizá, el hecho de que Tom me quisiera no me resultaba tan molesto y preocupante como creía. El Alfa se separó un poco para darme un último beso cuando la inflamación remitió y me dijo:
—Entonces me iré ya.
Asentí una expresión despreocupada y salí de encima de él, dejándole levantarse para irse estirándose de camino al baño. Salió para vestirse y se acercó con un purito ya en los labios y las solapas de la gabardina levantadas como todo un mafioso. Se prendió el cigarro utilizando la propia punta de mi cigarro encendido, soltó el humo y me dio un último beso antes de devolverlo a mis labios. No volví a verle hasta casi el amanecer, cuando apareció por la puerta con una pequeña caja envuelta en papel de regalo en su mano. Me sonrió un poco, mostrándomela antes de acercarse y darme un beso en el sofá.
—Solo para mi pequeño —me dijo, entregándomela.
Yo ya tenía una ceja arqueada, porque no me esperaba un regalo de su parte. El Alfa se quitó la gabardina y se detuvo al ver los tres regalos que le estaban esperando sobre la barra de bar.
—Para mi grandullón… —murmuré, mirándole con la cabeza girada y el brazo sobre el respaldo.
Tom me dedicó una sonrisa amplia y una mirada cómplice. Dejó la gabardina doblada y algo nevada sobre la tabla de madera vieja y se empezó a quitar el jersey y la camisa de un color beige muy parecido al de sus ojos. Cuando ya se había desabrochado el cinto y dejado su abundante vello púbico y el comiendo de su verga al aire, recogió los regalos y se acercó para sentarse a mi lado en el sofá.
—¿Empiezo yo? —me preguntó.
—Tienes más que yo, así que… —y le mostré la mierda de cajita que me había dado.
—El tamaño no es siempre lo más importante —respondió—, aunque suene raro viniendo de mí —añadió con una sonrisa más amplia.
Parecía muy contento, o quizá ilusionado por algo. Empezó a abrir el menor de sus regalos, sin querer romper el papel más de lo necesario—. Vaya… —dijo, sacando un muñequito anti-estrés.
—Me recordó mucho a ti, si lo aprietas le salen los ojos y parece a punto de explotar, como cuando te enfadas —le expliqué con una sonrisa un poco malvada en los labios.
El Alfa lo apretó con fuerza y comprobó lo que le decía. Se pasó la lengua por los labios, como si tratara de hacer pasar su enorme sonrisa por un gesto casual. Terminó asintiendo un par de veces y mirándome por el borde de los ojos.
—Lo voy a necesitar, gracias.
Lo dejó sobre la mesa baja y continuó con el segundo: una colección de música ambiental de esa que también le gustaba, con sonidos de mar, ballenas, lluvia torrencial, como si en esa puta ciudad no lloviera ya bastante, y también algunos ritmos relajantes de origen asiático o tribal.
—Hay uno de música samoana, con olas, tambores y esas mierdas, para que te sientas como en casa —le dije.
—Nunca he estado en Samoa, Bill —respondió—. Nací en el Territorio de la Manada y voy a morir en él… ¿Hay alguna razón para que tus regalos sean enfocados a que me relaje? —preguntó entonces, pasando los discos para verlos uno por uno—. ¿Es casual o es una de tus poco sutiles indirectas?
—Es por joder —respondí.
—Mmh… ¿es extraño que me guste tanto que me provoques? —dijo sin mirarme, dejando los discos al lado de la mesa junto al muñeco para ir a por su tercer regalo.
—En absoluto —respondí yo.
Tom desenvolvió unos cascos aislantes para escuchar música de altísima calidad. Me los enseñó tratando de parecer serio y enfadado, pero no era capaz de dejar de sonreír.
—Me he asegurado de que se pueda conectar a la cadena —le expliqué—, así no me tienes que dar por culo con tu música de funeral.
El Alfa tomó una buena bocanada de aire hasta inflarse los pulmones y suspiró, dejando los cascos junto al resto de regalos antes de recostar su enorme espalda en el sofá y alargar el brazo por detrás de mis hombros, atrayéndome hacia él.
—Abre el tuyo —me pidió.
Lo hice al momento, tirando del papel hasta romperlo. Se trataba de una pequeña caja negra y, al abrirla, había un llavero que no entendí y el cual le enseñé a Tom para que me lo explicara.
—¿Te acuerdas cuando me pediste una moto deportiva, Bill?
Abrí mucho los ojos, perdí casi el aliento y miré de nuevo las llaves.
—No —negué.
—Sí… —murmuró el Alfa—, está abajo…
Me levanté de un salto y llegué a uno de los ventanales en apenas segundos, tirando con fuerza para abrirlos e sacando el cuerpo por fuera. No me importaba el frío, la humedad ni la calle nevada, solo busqué el Land Rover de Tom, junto al cual había un bulto con forma de moto cubierto por un cobertor negro.
—Te juro por dios, Tom, que como debajo solo haya cajas vacías con forma de moto, te vas de esta casa… —le advertí con tono muy serio. Pero el lobo solo sonreía, descamisado y con el pubis al aire.
—Como tú dijiste, Bill, tiene que notarse que te estás cogiendo al Alfa. ¿No?
—Voy a bajar y voy a comprobar si es de verdad… —aquello era una advertencia muy seria—, si lo es, quiero que me esperes ahí sentado, porque te voy a hacer la mamada de tu vida. Sino, te aconsejo que te largues de aquí antes de que vuelva… —y sin más fui a calzarme y salí por la puerta.
Era de verdad. Tom me había comprado una puta Yamaha deportiva de lujo, totalmente nueva. Cuando entré en la Guarida di un portazo que se escuchó por todo el edificio y miré al Alfa, que me esperaba con una sonrisa prepotente en el rostro. Hay personas que no son materialistas, que disfrutan de las pequeñas cosas y los pequeños momentos con sus parejas, porque son lo realmente importante. Yo no. Yo soy un cabrón muy materialista al que le encanta que el puto Alfa que se cogiera usara su influencia y dinero para darme todo lo que quería. Tom se acordaría de aquella noche el resto de su vida.
—¿Qué, Bill? ¿Te ha gustad…? Oh, oh… joder… —se cortó, incapaz de seguir hablando cuando me puse de rodillas entre sus piernas para hacerle una mamada de las buenas.
Se corrió tres veces y las tres me la tragué, levantándome con la boca completamente empapada en corrida y líquido preseminal que me goteaba por la barba solo para montarle. Tom me miraba con una mezcla de sorpresa y miedo, como si no entendiera lo que estaba pasando. Solo podía jadear, gemir y fruncir el ceño mientras yo le sacaba hasta la última gota de corrida que tuviera dentro. Entonces paré, derrumbándome mientras jadeaba y sudaba por el constante movimiento. Rodeé el cuello del lobo y apoyé la frente en su hombro, dándome un momento de descanso durante la inflamación.
—Vale, Bill —le oí murmurar tras un largo silencio—. No bromeabas con lo de antes… ha sido… increíble.
Sonreí, aunque no pudiera verlo. Por supuesto que no bromeaba. Tras un largo descanso, Tom me llevó en brazos a la ducha para limpiarnos y meternos en cama. Me abrazó muy fuerte y me pegó a él, ronroneando mientras me acariciaba el pelo. Al despertarme, aún tenía un sabor muy fuerte a semen de lobo en la boca y el culo dolorido de haberme precipitado la noche anterior sin darme tiempo a dilatar lo suficiente. Eso era lo que pasaba cuando no se tenía cuidado con Tom y su pedazo de verga. Cuando quise volver a metérmela, sentí un ardor y un dolor que me acompañó durante todo el sexo. No quise parar, pero no fue tan agradable como cuando solo tenía que morder la almohada y ahogar gritos porque parecía que me iba a reventar el culo. Tom se debió dar cuenta, porque se corrió solo dos veces y me empezó a acariciar y a besar mucho antes de lo normal.
—Con lo de ayer, me has dejado vacío y solo he conseguido llegar dos…
—Me pasé ayer —le interrumpí—, no hace falta que te hagas el tonto, Tom.
El lobo asintió y me besó de nuevo.
—De acuerdo, pequeño —murmuró—. Tenemos toda la noche para nosotros.
¿Qué quieres hacer?
—Vamos a desayunar, hagamos la compra y después ya veremos —le dije.
Tom también era similar a mí a la hora de cómo disfrutar del tiempo libre que tenía. No necesitábamos grandes eventos, ni cenas a la luz de las velas ni demás estupideces de enamorados.
Fuimos tranquilamente a desayunar, después al supermercado donde los de seguridad nos siguieron con cuidado y la gente huyó de nosotros, cosa que importó muy poco a ambos, y, finalmente, le llevé a un Starbucks para tomar un último café solo y dar un paseo para ver el enorme árbol de navidad que, al parecer, habían puesto este año. Cuando volvimos al fin al Refugio era solo medianoche, le di su tupper al lobo y nos quedamos en el sofá tirados mirando alguna tontería en la televisión. Echamos otro polvo antes de dormir y eso fue todo. Nuestro perfecto día juntos.
Tuvimos otro de esos a finales de febrero, cuando Tom decidió llevarme a un antiguo campamento abandonado que, sinceramente, daba algo de miedo.
—¿Aquí es cuando me matas y me entierras en mitad del bosque, grandullón? — le pregunté, deteniéndome en mitad del cruce de caminos con un letrero lleno de nombres estúpidos—. Por favor, hazlo cerca de la Maleza de los Chachi…
El Alfa se rio a mis espaldas, manteniendo el paraguas en alto con una mano mientras me abrazaba con la otra, acariciándome suavemente el pecho. Llovía bastante, pero él había insistido en querer aprovechar aquel viaje para pasar algo de tiempo juntos después de un enero bastante ocupado con riñas y disputas con las demás Manadas que se habían adentrado en el Territorio. Nada serio, pero que había requerido la atención del Alfa, llegando a alejarle de la Guarida durante días en los que me llamaba para decirme que estaba bien, pero que no podría irse del Refugio.
—No, pequeño, solo quería venir a visitar esto y conocer tu opinión. Stephen y Amber me han dicho que les gustaría hacer una especie de acampada o picnic después de unos meses tan tensos para la Manada. Me pareció buena idea y he encontrado este lugar. Lo venden barato y, con un poco de inversión, podría convertirse en un buen sitio de recreo para mis Machos. Ven, echemos un vistazo.
Tiró de mí suavemente hacia un lado, moviendo el brazo con el que me abrazaba para bajarlo a la altura de mi mano. Ya solo me agarraba la muñeca entre el índice y el pulgar, usando el resto de sus dedos para rodearme la mano como haría un novio normal. No es que yo le viera como un novio normal, después de todo, era un lobo.
—Hay suficiente espacio para todos, cabañas para los lobatos y los solteros, y sitio donde acampar para los que lo prefieran —me fue explicando, señalando con la mano del paraguas a un lugar o a otro—. Habrá que resolver un par de problemas, pero ya mandaré a Georg o David. En general, me gusta bastante.
—Está bien —murmuré antes de encogerme de hombros. No era un lugar que yo fuera a disfrutar o a visitar, así que me daba igual.
Tom me llevó a la cabaña principal lleno de una fina capa de polvo y macetas con plantas secas. Me mostró algunas cosas más y me llevó al piso de arriba, donde había un despacho mal amueblado y con vistas al bosque.
—Incluso tengo un lugar para mí solo aquí —me dijo, sentándose en la silla vieja, sin importarle que crujiera bastante bajo el peso de su enorme cuerpo o que le fuera a manchar la gabardina de polvo. Entonces tiró de mí para que me sentara sobre él, se sacó un purito de la gabardina y me metió la mano por debajo de la chaqueta—. ¿Está bien, verdad?
Murmuré otra afirmación desinteresada, me saqué un cigarro y lo encendí con el zippo antes de acercarlo al purito de Tom.
—Me gustaría que me dieras una respuesta más detallada, Bill —pidió tras soltar el humo azulado.
—No sé, grandullón, depende de cuánto te vaya a costar —le dije, sacándome el cigarro de los labios y recostando la cabeza en su hombro mojado antes de soltar el humo hacia el techo—. Si es poco y le sacas rendimiento, quizá viniendo un par de veces al año, no tiene por qué ser una mala inversión. Si al final no les gusta, siempre puedes revenderlo o incluso organizar acampadas de mierda. Hay padres que están desesperados por librarse de sus putos niños en verano para coger tranquilos y gemir como perras.
—¿Y qué actividades crees que podríamos organizar aquí? Además de acampar, digo.
Ladeé el rostro hacia Tom, que me miraba por el borde de sus ojos de un suave ocre. Aquella pregunta había sido muy rara y ambos lo sabíamos. El Alfa ya me conocía de sobra para saber que esas estupideces indirectas no funcionaban conmigo.
—Escucha, pequeño —murmuró, acariciándome el abdomen— si algún día te conviertes en mi compañero, vas a tener muchas responsabilidades… como yo. Una de ellas será ocuparte de estas reuniones y viajes, organizarlas y preocuparte de que todos lo pasen bien y estén cómodos.
—Me estás vacilando —respondí.
—No, Bill… —Tom suspiró y se llevó el purito a los labios antes de soltar el humo a un lado—, no te estoy vacilando. Así son las cosas.
—¿Y crees que yo, con mi encanto natural y mi mucha paciencia para las estupideces como esta, va a hacerlo bien, Tom? —le pregunté.
—Bill, ha llegado el momento de que te explique algunas cosas —continuó, mirando a la enorme ventana con vistas al bosque gris y lluvioso—. Estar con un Alfa es diferente a estar con un Macho de menor rango. Por ahora solo has visto lo bueno, el dinero que puedo permitirme gastarme en ti, los privilegios y la autoridad que tengo; pero también hay que hacer sacrificios. El Alfa y su compañero no tienen Guarida, sino que viven en el Refugio, y eso significa menos intimidad y tener que soportar a un montón de Machos solteros, Crías gritonas, ancianos y Lobatos salidos y subnormales. Además, el compañero del Alfa tiene la responsabilidad de organizar y encargarse de la comida y los eventos. Ahora lo hace Stephen porque es el compañero de mayor rango de la Manada, pero en cuanto yo consiga uno, ya no tendrá que hacerlo más.
—Se tomó un momento para darle otra calada al purito y echar el humo—. Creo que no es ya ningún misterio lo mucho que me gustaría poder compartir el resto de mi vida contigo, Bill. Eres un hombre muy especial y creo que nos entendemos a la perfección. Yo no creo en compañeros predestinados ni esas tonterías, pero tú me has hecho dudar de si, en verdad, no he estado esperando toda la vida a encontrarte… — ladeó un poco el rostro y me miró por el borde de los ojos—. Te quiero mucho, pequeño, pero yo soy el Alfa. Si no estás a la altura, tendré que irme…
Miré sus ojos cada vez más húmedos, como si creyera que llegaría el momento en el que tuviera que dejar sus cosas y marcharse de la Guarida para no volver nunca más. El silencio se alargó, solo interrumpido por la incesante lluvia que chocaba contra los cristales.
—Eres un pedazo de hijo de puta, Tom… —murmuré, apretando los dientes y negando con la cabeza—. Me has ahogado hasta el fondo y te has guardado toda esta puta mierda del compañero ama de casa y cocinitas para cuando ya es demasiado tarde…
—Bill, te lo digo ahora porque siento que estoy a punto de cruzar una línea, si no la he cruzado ya… Cuando me enamore, no habrá vuelta atrás para mí. Tengo que estar seguro de que tú puedes quedarte a mi lado y cumplir con tu deber antes de que eso ocurra. Por el bien de la Manada…
—¡Qué te jodan, Tom! —grité, dando un golpe seco a los reposabrazos antes de levantarme de un salto. Me llevé una mano a los ojos y apreté el puente de la nariz—. Serás hijo de puta… —repetí por lo bajo.
—Bill… —me llamó él. Tenía los ojos húmedos y respiraba más fuerte—. Escucha, hablemos tranquilamente de esto —me pidió, girando la silla para apoyar los codos en el escritorio cubierto por una capa de polvo fino y grisáceo. Yo me quedé de pie, fumando y mirándole con odio, así que el Alfa se sacó el purito de los labios con una mano un poco temblorosa y tomó una buena bocanada de aire—. Creí que acabaría encontrando a un humano bueno y generoso que fuera perfecto para ese trabajo.
—Pues yo no lo soy —le corté.
Tom cerró un momento los ojos y asintió.
—Lo sé, Bill. Verás, soy un Macho con un gusto por los extremos, o mucho o muy poco… Me gustan esa clase de personas, las inteligentes, con buena conversación y un alma cándida, pero también todo lo contrario, los que son como… yo soy. Un… chico muy malo, muy astuto y muy cabrón. Siempre he preferido acercarme al otro extremo porque creí que alguien tan bueno me daría el contraste que necesito. Cuando te conocí, Bill, yo ya sabía que no eras lo que realmente necesitaba. Te visitaba solo porque el sexo era muy bueno y tú eras muy guapo, después me quedé porque me cuidabas muy bien y eso me gustaba mucho. Al final, quise la Guarida y después… perdí la perspectiva y tú solo me gustabas más y más, Bill. Ahora me cuesta estar lejos de ti y me aborrece pensar en tener que volver al Luna Llena o estar con otros humanos…
—Quizá deberías haberme dicho esa mierda de que iba a terminar siendo el limpiador, cocinero y organizador de idioteces de la Manada, Tom. Quizá deberías haberlo pensado mejor antes de mudarte a mi puta casa…
—Tienes razón —cedió, levantando las manos para que relajara el tono y tuviéramos una discusión calmada de un tema muy importante y crítico—. En mi defensa diré que lo intenté, hubo varias veces que pensé en decírtelo, pero sabía que te enfadarías y no quería dejar de coger contigo, Bill. Sabes que soy un Macho egoísta… —me miró por el borde superior de los ojos y tardó un par de segundos en confesar—: También traté de alejarme de ti algunas semanas, para darme tiempo y reconsiderar lo que estaba haciendo. Y… te mentí en ocasiones. Te dije que trabajaba y visité a algunos de mis otros humanos para saber si simplemente me estaba obsesionando contigo. Eso fue hasta el segundo Celo, cuando al fin dejé de hacer el estúpido y de engañarme a mí mismo.
Eso… me dolió. Bastante, la verdad, así que asentí un par de veces y, con un encogimiento de hombros, le dije:
—Pues yo vendía tu puta ropa usada a pervertidos de internet.
Tom se quedó helado, casi perdió la respiración y entreabrió los labios.
—¿Qué…? —preguntó.
—Sí —repetí—. Por eso dejé que vinieras a mi casa, te compraba tanta comida, te cuidaba tan bien y te daba ropa diferente cada semana. Me hice de puto oro a tu costa, también vendía las mantas y los almohadones —añadí, asintiendo varias veces antes de fumar una calada del cigarro casi consumado por la espera—. Es un negocio cojonudo y cuando lo descubrí, ni lo dudé, la verdad.
Tom empezó a respirar más fuerte y a tensar la mandíbula, cambiando su tristeza y preocupación por el enfado y la ira.
—¿Tienes idea de lo que has hecho, Bill? —me preguntó, apenas capaz de contener la rabia—. ¡Le has dado mi olor a putos desconocidos!
—Ya… —murmuré—, pero como nos estamos contando secretitos, pensé que querrías saberlo. Tú me mentías y te ibas a acostar por ahí y yo te usaba… Así son las cosas.
El Alfa entreabrió los labios y se pasó la lengua, como si no supiera que más hacer, demasiado impactado, dolido y traicionado para incluso poder reaccionar.
—¿Sigues haciéndolo? —me preguntó entonces.
—No, lo dejé hace un par de meses —murmuré, yendo a buscar otro cigarro con una mueca desinteresada—. Vendí las últimas mantas del Celo de octubre y descubrí que alguno de esos depravados se ponían la ropa… no se por qué me asqueaba la idea y terminé con el negocio. Que casualidad, ¿verdad? —le pregunté, encendiéndome el cigarro con el zippo antes de fumar una calada y soltar el aire hacia el techo sin dejar de mirar los ojos de Tom—, casi al mismo tiempo en el que tú dejaste de engañarme…
Tom lo comprendió. Entonces se puso muy serio, se recostó en la silla, que soltó un crujido de queja por el enorme peso, y mantuvo una mirada silenciosa y terrible.
—¿Tú me quieres, Bill? —me preguntó—. O solo fue por utilizar mi olor de Alfa…
—Fue solo por el sexo y por utilizar tu Olor a Macho, al principio —respondí—. Ahora estoy jodido porque… puede que te quiera bastante y acabo de descubrir que me espera un futuro de mierda a tu lado..
Tom asintió lentamente.
—No sería de un día para otro —me explicó—. Todavía hay tiempo, pero me gustaría empezar a introducirte en la Manada poco a poco. Mis Betas ya te conocen, pero mantengo al margen al resto de Machos porque no me gusta acercar a humanos en prueba y que vean que llevo treinta años de error en error… —Fue a por otro purito y, calmadamente, se lo encendió con una cerilla antes de volver a mirarme—. Todavía hay tiempo para disfrutar de la Guarida, quizá un año o así antes de mudarnos al Refugio. Tiempo suficiente para aclarar algunas cosas… y estar muy seguros de que esto es lo que ambos queremos. Sin nada detrás…
—Ohm… —murmuré, fumando una calada—. ¿No te gustaban los chicos muy malos, tanto como tú, grandullón? —le pregunté.
—Me gustan mucho, por eso no te voy a dar una paliza que te deje conectado a una máquina de respiración asistida el resto de tu vida, pequeño —murmuró con un tono grave que dio verdadero miedo—. Pero ahora mismo estoy bastante decepcionado y dolido con lo que he descubierto.
—Yo también —afirmé.
—Ahora, Bill, te vas a sentar y me vas a contar toda la historia, después, yo te contaré la mía —me dijo—. A ver quién fue más cabrón de los dos…
Fue una noche bastante larga. Una de las más intensas que recuerdo.
Discutimos a gritos en ciertas partes, porque yo creía que lo mío no era tan malo como lo suyo y viceversa. Tom me había estado engañando desde el principio, visitando regularmente a Carol, Vicent y Jessica, sus tres humanos del momento. Yo ya sabía eso, pero había llegado un punto en el que creía que ya no lo hacía, como cuando me había dicho que «yo era el único humano» y se había mudado a mi puta casa y aun así me había mentido noches que se había quedado a dormir con alguno de ellos. Me juró que, tras el segundo Celo, todo había terminado y solo estaba yo. Yo le juré que el negocio de la venta de feromonas se había terminado y, al contrario que él, tenía una demostración real de mi cuenta de PayPal para demostrarlo. Así que yo gané.
—Bill, dejemos algo bien claro —me dijo cuando el sol ya empezó a salir por el horizonte. Ambos estábamos cansados y exhaustos, pero todavía quedaban algunas cosas en el aire—. Como me vuelvas a mentir, no solo me iré para siempre, sino que pienso joderte la vida… ¿Me has entendido?
—Qué casualidad, era justo lo que te iba a decir yo a ti… pero además te corto la verga y te la doy de comer. Soy muy bueno con la gente que quiero, Tom, pero también puedo ser lo puto peor…
—Exactamente igual que yo… —murmuró él.
Esa conversación tan larga tuvo varias consecuencias: la primera, que nuestra relación se enfriara un poco. Sufrimos cierto distanciamiento mutuo por precaución, los dos estábamos dolidos y éramos demasiado rencorosos.
Así que marzo fue un mes de mierda y bastante lluvioso.
En abril, tras el Celo, Tom volvió en sí, cansado y agotado tras tres días de locura e inconsciencia. Me miró a su lado y se giró para rodearme con el brazo y darme un suave beso en los labios. Entreabrí los ojos y le miré, porque desde esa noche en el campamento, se habían acabado esos oasis de calma, susurros y cariño. Solo esperábamos a que la infamación remitiera y nos separábamos.
—Pequeño… —susurró—, me hizo mucho daño saber que vendiste algo que yo te regalaba porque me importas muchísimo. Algo que es muy personal e íntimo para un Macho.
Tras un par de segundos, respondí en el mismo tono bajo:
—Lo siento, grandullón. Vi la oportunidad y no la dejé escapar. No era consciente de lo importante que era para ti y después solo me volví codicioso; pero no he vuelto a vender ropa entera desde julio.
Tom asintió lentamente, me dio otro suave beso y continuó:
—Te mentí y visitaba a mis otros humanos porque me preocupaba estar equivocándome y dándote demasiado a ti solo. Sabes lo importante que es para mí mi deber como Alfa y lo mucho que me preocupo de darle a la Manada lo mejor. Dudé de que tú pudieras cumplir tu papel a mi lado y no me permití perder a los humanos que sí eran como creía que tenía que ser mi compañero. No he vuelto a verlos desde julio, la semana anterior al Celo. Y te puedo prometer que, si te esfuerzas por ser bueno y paciente con la Manada, te querré más de lo que nadie te ha querido nunca… Para siempre.
Asentí, cogí una bocanada de aquel apestoso aire tras el Celo y asentí.
—Quizá no sea el mejor momento para decirte esto porque tengo el culo como un bebedero de patos y el cuerpo hasta arriba de corrida, pero te quiero muchísimo, grandullón.
A Tom se le escapó un bufido y una sonrisa apareció en sus labios, la primera en todo el mes.
—Yo también a ti, pequeño…
Ese fue el momento en el que, no de una forma oficial pero si sentimental, acabé convertido en el compañero del Alfa de la Manada. Tom volvió a ser el de siempre tras aquella confesión en la cama, o puede que todo cambiara para él, porque ya había dejado atrás las dudas que le habían frenado a la hora de dar otro paso adelante y, por bien o por mal, se metió de lleno. Y, no sé si lo saben, pero cuando un lobo se enamora, ya no hay vuelta atrás. Por suerte para él, yo también le quería. Tanto como para olvidar el pasado y acompañarle en su largo camino.
—Empieza a hacer calor… —me dijo una noche en la Tienda de Helados, bastante sudado y jadeante tras el polvo improvisado.
Oficialmente había venido para hacer un repaso de los pedidos, extraoficialmente había venido a abrazar a su chico y ronronear como un león mientras le acariciaba el rostro. Yo me había puesto caliente al verle y oler aquella densa y deliciosa peste que tantísimo me gustaba. No había dudado en alargar la mano hasta ese terrible bulto en la entrepierna que era mi sueño dorado y mi peor pesadilla todo en uno. Tom había gruñido, quedándose de pie y levantando la cabeza para disfrutar de aquello. Ni siquiera le había dado tiempo a quitarse la gabardina y ya se la estaba chupando mientras metía las manos por debajo de su camisa para tocar aquel torso de puto titan. Tras un sesenta y nueve, unos dedos y tres buenas corridas de lobo, al fin habíamos tenido tiempo para charlar.
—Es una ola de calor, pero va a llover un poco más antes de junio —murmuré en respuesta, intercalando cada pocas palabras con un beso suave mientras le miraba a los ojos.
—Compraremos aire acondicionado para la Guarida este año.
—Ahora que sé que nos vamos a acabar yendo, me da por culo seguir gastando dinero en ese piso de mierda —reconocí.
—Aún tenemos tiempo para disfrutar de nuestra Guarida, pequeño, ya sabes que iremos poco a poco —me recordó, frotando su mejilla contra la mía antes de darme un suave beso húmedo contra la piel caliente—. La vamos a echar de menos cuando tengamos que vivir en el Refugio, te lo aseguro…
—Rayos, Tom, cada vez me dan más y más ganas de ser tu compañero… — murmuré.
Eso hizo gracia al Alfa, que sonrió de esa forma tan bonita antes de buscar de nuevo mi mirada.
—Pues ya estás bien jodido, porque tu oportunidad de huir pasó hace tiempo. Ahora vas a cargar con un Alfa, su jodidamente apestosa verga y su Manada el resto de tu vida. ¿Eso te molesta, Bill?
—Todo menos la jodidamente apestosa verga —respondí.
—Creía que la odiabas…
—Vamos, grandullón… —le dije con el ceño fruncido y ladeando el rostro—. Me ves cada día chupándotela…
Tom se rio, haciendo vibrar el enorme torso bajo mi cuerpo.
—Sí… sí que te veo —reconoció con voz grave y feliz. Entonces suspiró como solo lo hace un lobo enamorado y me dio un último beso—. Tengo que irme, pequeño. A la cena nos vemos.
Aunque nuestra relación se afianzara y hubiéramos llegado a ese punto sin retorno en el que Tom era ahora extraoficialmente mi Macho y yo su compañero, las cosas no cambiaron demasiado. Seguía teniendo que ir a trabajar casi toda la noche y no paraba de recibir llamadas para las que ahora no se molestaba en alejarse a responder, aunque fueran «asuntos importantes de la Manada».
Continuábamos durmiendo juntos cada día y yendo a desayunar, algo que al Alfa le gustaba bastante y de lo poco a lo que no estaba dispuesto a prescindir; aunque fuera un día ocupado y tuviéramos que levantarnos antes.
El verano trajo una agradable sorpresa cuando Tom decidió abrir el campamento para la Manada, así que los lobos que trabajaban menos debido al calor, podían subir allí, darse un baño en el lago y llevar a sus compañeros, crías y demás; dejando el Refugio bastante vacío y a un Alfa bastante despreocupado que pudo pasarse bastante tiempo en julio junto a su compañero.
—Empiezo a sospechar que me diste la idea para tenerme cerca, pequeño… — me dijo una mañana en la cafetería, desayunando tranquilamente tras haber retozado hasta tarde en la cama.
—Tú necesitabas unas vacaciones y a mí me pone demasiado caliente como hueles en verano —respondí sin pudor alguno, fumando tranquilamente en la terraza de la nueva cafetería que frecuentábamos.
El Alfa pasó una página de su periódico con la mirada baja y su purito en los labios.
—Yo pensé lo mismo —sonrió.
Tras El Celo de la primera semana de octubre, el cuarto juntos, lo que quería decir dos años de relación, las cosas volvieron más o menos a la normalidad, con la excepción de que Tom me empezó a llevar los sábados por la noche a un lugar que llamaba el Club Luna Nueva. Allí me presentó a los Lobatos, que eran como adolescentes hiper hormonados y salidos. Sin embargo, no se atrevieron a decirme nada malo, apestando como apestaba a Alfa.
Cuando llegó noviembre, Tom me pidió que le fuera a llevar los tuppers de la comida directamente al despacho. No fui tan estúpido como para preguntarle por qué no los llevaba el mismo como hasta entonces. Se trataba de otro de esos pequeños pasos para que la Manada empezara a verme por los alrededores del Refugio. La mayoría de los Machos me saludaban con un asentimiento respetuoso, otros incluso se acercaban a charlar si me veían fumando a las afueras del edificio de oficinas donde el Alfa tenía el despacho. Tom me había advertido que sabrían que estábamos juntos y que acabábamos de echar un polvo rápido en el despacho; pero eso me daba completamente igual. Cogerme a mi lobo donde y cuando quisiera era de las pocas cosas buenas que tenía toda aquella mierda.
En enero, tras las fiestas de navidad, Tom me dio un puesto de «conserje», pero me llenó aquel pequeño cuarto de todas las comodidades posibles porque yo era un puto consentido y mimado hijo de puta. No tenía que hacer nada, solo estar allí mientras me pagaba una absurdez de dinero con la que enmascaraba mi «sueldo de compañero» de diez mil dólares. En la Heladería ya me pagaba cinco mil, pero, al parecer, eso no era suficiente.
A veces Tom me llamaba para discutir algún tema que le preocupaba o solo para abrazarme, ronronear como un gatito mientras le acariciaba el pecho o echar un polvo rápido; dependía del momento y la necesidad.
—Demonios… como me gusta como apestas —le dije una noche de marzo, entrando en aquel despacho y sintiendo el mismo cosquilleo de excitación de cada vez. Ya me había dado cuenta que jamás me haría inmune a aquello, así que solo me dejaba llevar.
—Te gusta tanto porque soy tu Macho, pequeño —me dijo, moviendo el sillón a un lado para dejarme sentarme sobre él y que pudiera frotarse la cara contra mi pelo a gusto y meterme las manos por debajo de la camiseta—. Otros compañeros encuentran mi olor demasiado fuerte y hasta creo que repulsivo.
—Ellos se lo pierden —murmuré, no demasiado preocupado por cómo olían los demás a mi lobo. Era solo para mí, así que ahí se acababa el problema.
Aquellos meses me los pasé conociendo y desarrollando una relación bastante buena con alguno de los Machos, sobre todo con Georg, el Primer Beta pelirrojo, con el que conecté muy rápido y me acompañó en algunas noches de aburrimiento; pero también con otros como Félix y Norman, a los que ya me sonaba de haberles visto en el Luna Llena.
Me gusta presumir de calar rápido a la gente, así que descubrí con quienes podía ser «más yo», tan sarcástico y directo como siempre, o quién tenía que jugar a ser «el compañero del Alfa», una versión mucho más silenciosa y menos cortante de mí que, esperaba, agradara a todos.
Pasado el Celo de abril y con el inicio del nuevo verano, Tom y yo pudimos descansar ese mes de julio, como habías hecho el mes anterior.
Pasamos mucho tiempo en el río, largas noches de verano tumbados o bañándonos, cogiendo, comiendo y haciendo todo lo que queríamos porque el dinero jamás era un problema. Lo que sí era un problema era volver a la realidad y dejar los buenos momentos, esos en los que éramos un par de cabrones sin que importara nadie ni nada más que nosotros mismos, para regresar a ser la pareja ejemplar de la Manada.
El gran momento llegó en diciembre, tres años después de habernos conocido, cuando Tom vino a buscarme a conserjería para volver a la Guarida. Dentro del Land Rover suspiró, se inclinó para darme un beso profundo y me dijo:
—Esta Nochevieja te presentaré a la Manada, pequeño. Tendremos que mudarnos ya y vivir en el Refugio.
Arqueé las cejas y no se me ocurrió otra cosa que sacar un cigarro y encenderlo. Tom no tardó en hacer lo mismo con uno de sus puritos, esperando a que le acercara la llama del zippo.
—Se me ha pasado un poco rápido —reconocí. Ya estaba más que mentalizado para ser el compañero del Alfa, pero aun así sentí una punzada de pena—. Me gusta mucho nuestra vida como es ahora.
—A mí también —murmuró, sacando el todoterreno hacia la carretera—. A veces me gustaría seguir siendo solo el Primer SubAlfa, hacer lo que quisiera, tener mi Guarida, a mi guapísimo compañero y no preocuparme de nada más que de obedecer, comer como un cerdo, coger como un animal y ser tonto y feliz…
—Eso suena a un lobo que me gustaría mucho —sonreí.
Tom me miró por el borde de los ojos.
—¿Para qué querrías a un SubAlfa teniendo al Alfa con la verga más jodidamente apestosa y gorda del Estado? —me preguntó.
—También es verdad —murmuré.
Como si los días pasaran como gotas, uno tras otro sin pausa y a un ritmo enloquecedor, llegó al gran noche. Yo no estaba nervioso, al contrario que Tom, porque sabía que, pasara lo que pasara, yo iba a ser su compañero sí o sí. Lo único que me preocupaba un poco era decepcionar a mi lobo.
Esa noche las cosas fueron… fáciles. Ya conocía a casi todos, nadie estaba sorprendido de verme allí y a nadie pareció importarle especialmente. Me senté al lado de mi Macho, frente a Nick el SubAlfa problemático y los Betas de la Manada.
Había tenido que comprarles regalos a todos y había tirado por lo fácil, a excepción de a los lobos que me caían bien, a los que había regalado alguna que otra tontería graciosa. Al terminar la noche, Tom me dio un beso y me acompañó a la última planta del Refugio, aquella que desde entonces sería nuestra «Guarida». Era grande, espacioso y tranquilo, pero no era el loft y no estábamos realmente solos.
Cogimos en la cama enorme del dormitorio y, durante la inflamación, compartimos besos y miradas.
—¿Qué te parece, pequeño? —me preguntó el Alfa—. ¿Vas a ser un chico muy malo y un compañero muy bueno?
—Voy a ser un chico muy malo fingiendo ser un compañero muy bueno —le corregí.
Tom sonrió y me besó con más fuerza antes de abrazarme.
—Te quiero muchísimo, Bill —me dijo.
F I N
Hasta aquí llega el especial del ship BillxAlfa. Tendremos más, la próxima semana, así que si te ha gustado, deja tu amor en los comentarios 😉
Quedé un poco sokeada 🫨, la historia es un mundo paralelo, por lo que se cae en la comparación de situaciones, etc . Todo sucede rápido y es difícil procesar a los personajes 😅