4: Mi humano (P.2)

Humano: Especiales de TollWriter

Capítulo 4: Mi humano (P.2)

Aquella noche no hubo mamada en el auto, pero si bastante diversión en la cama. El lobo venía hambriento en más de un sentido, me comió el culo, la verga y la boca. Nos cubrió con las mantas para contener aquella fuerte peste y me cogió de cara, de espaldas y de lado, mordiéndome con fuerza y agarrándome del cuello mientras rugía. Después llegaron las miradas y los besos tibios durante la inflamación. 

Le preparé una tortilla enorme con queso y jamón de york, que él devoró sin dejar de mirarme ni un segundo, pero que no le dejó tan lleno como al comida que compraba en la tienda. Algo que me jodió un poco, sinceramente. Se fumó su purito de pie al lado de la puerta de emergencias a mi lado, bebiendo tranquilamente su café, miró un poco las noticias mientras se rascaba los huevos y después se fue, dándome otro de esos besos de despedida.

No recibí ningún aviso hasta el viernes, cuando fui a buscarle al Luna Llena. Despejó el sofá solo para mí y me dio un buen morreo antes de preguntarme «¿Qué tal la semana, Bill?». Tom y sus putas preguntas de mierda en el sofá… pero era una hora de idioteces era un precio bajo a pagar por los dos mil quinientos dólares en ropa que ganaba a su costa. Así que respondía más o menos como podía mientras le tocaba de arriba abajo. 

Estaba empezando a pasarme algo, y era que estaba echando de menos al muy hijo de puta y que, al verle, hasta casi sentía una punzada de felicidad en el pecho. Me enfadaba bastante al despertarme en una cama que apestaba a él, bueno, sinceramente, ya todo lo que tenía apestaba a él, incluso yo; lo que solo lo hacía peor y más frustrante. Había momentos en los que deseaba que llegara el viernes, el único lugar seguro en el que sabía que le encontraría. Eso no me gustaba, pero le echaba la culpa a las feromonas y seguía adelante.

Esa noche volvimos a bailar, volví a hacerle una tremenda mamada en el Land Rover y a tragármelo de pura excitación, el lobo volvió a llegar enloquecido a casa y a tirarme sobre la cama de dos metros por dos cincuenta antes de arrancar mi ropa y la suya a tirones y abalanzarse sobre mí. Volvió a correrse cinco veces, a morderme con fuerza, rugir como un puto animal y hacerme más moratones en la cadera, el cuello y las muñecas. 

Después, volvió a mirarme con sus suaves ojos ocre y a besarme en los labios de forma intermitente mientras yo le acariciaba la cabeza de pelo muy corto. A veces ronroneaba, pero no tanto como cuando le acariciaba la barriga llena de comida y se quedaba dormido en el sofá mientras fumaba su purito. 

Se volvió a despertar, esta vez a las siete, casi con el amanecer. Se volvió a vestir con gruñidos de enfado y me volvió a dar un único beso en los labios antes de marcharse.

Creí que no volvería a verle hasta la semana siguiente, pero el primer jueves de esa semana de junio, cuando el calor había empezado a ser cada vez más sofocante y los días se habían vuelto asquerosamente largos, recibí un mensaje suyo diciendo que esa noche iría a recogerme a la tienda. Me quedé mirando el teléfono y me enfadé, porque sentí otra de esas punzadas ilusionadas que tanto odiaba. 

Algo estaba yendo mal dentro de mí, las feromonas me estaban dejando tonto y haciendo estragos en mi mente; pero no era la primera vez que me jodía el cuerpo con una substancia adictiva, aunque esta vez al menos estaba ganando muchísimo dinero por ello. Así que fui a la tienda de comida, me gasté ciento ochenta dólares en un pavo de ocho kilos y lo cargué de camino a casa antes de irme a trabajar.

Tom ya me estaba esperando en su todoterreno de lujo, al que me subí apretando los dientes para aguantar el gemido de placer que sentí al hundirme de lleno en esa peste fuerte y densa. Nos miramos un momento y el Alfa gruñó por lo bajo con placer.

—Estás muy guapo con el nuevo corte de pelo, Bill —dijo a la vez que movía la cadera para acomodar su enorme verga, cada vez más gorda y larga contra la tela firme de su pantalón de traje.

—Lo sé —respondí.

—Quizá yo también debería volver a preocuparme un poco de mi aspecto — murmuró, echándose un vistazo en el espejo retrovisor antes de pasarse una mano por su pelo corto, pero aún así mucho más largo de lo normal. —He estado ocupado con la búsqueda de un nuevo almacén de la Manada y no he tenido tiempo.

Resoplé y puse los ojos en blanco. Tom siempre iba perfectamente vestido y solo decía idioteces.

—Si tanto te preocupa, tengo una maquinilla de afeitar en casa —le dije con un tono algo aburrido. —Te la pasaré después de coger.

El lobo me miró por el borde de los ojos y arrancó el motor.

—Eso estaría bien… —murmuró.

Condujo a casa escuchando las noticias de la madrugada en la radio y, cuando se bajó, fue a la parte de atrás para sacar una bolsa de deporte que me quedé mirando con el ceño muy fruncido.

—¿A dónde mierdas vas con eso? —pregunté.

—He traído algo de ropa para cambiarme —respondió, pulsando el botón del llavero y cerrando el auto con un sonido de bloqueo y una ráfaga de luces—.

¿Algún problema con eso, Bill? —se enfrentó con una mueca seria a mi mirada.

—Pero te vas a seguir poniendo la puta ropa que te compro —no era una pregunta, solo una llana afirmación, casi una advertencia.

El Alfa tardó uno o dos segundos en responder:

—Por supuesto, esta es solo ropa de diario para no tener que volver al Refugio con la camisa rota y los pantalones empapados. Mis Machos han empezado a hacer bromas al respecto.

—Ahm… —me limité a decir, porque no había entendido a qué mierdas se refería y, sinceramente, no me importaba.

Subí al cuarto piso seguido por un Tom que me agarraba de la parte baja de la mano y se pegaba bastante a mi espalda, pero nada fuera de lo normal. Al entrar en el loft, fue a deshacer su bolsa deportiva de Nike, dejando la ropa bien ordenada en mi armario antes de volver sin camisa y con los pantalones abiertos, por los que se veía la densa mata de pelo rizo y tupido de su pubis.

 Tiré el cigarro que había estado fumando mientras valoraba la idea de que el lobo hubiera traído ropa: por un lado, era una gran señal de que tenía pensado volver, por otro, me horrorizaba la idea de que lo hiciera. De nuevo, sentimientos encontrados que traté de acallar cuando me senté a su lado y empecé a comerle la boca. Siempre me olvidaba de todo cuando el Alfa me metía su enorme lengua en la boca y sus dedos por el culo, haciendo hueco para lo que estaba por venir. 

Con cierta impaciencia, me puse a horcajadas sobre él y le monté, gritando un: «Demonios, tú puta madre, que gorda es…» y un monótono «Sí, oh, sí» cada vez que descendía sobre aquella enorme y mojada monstruosidad. Tom apretaba los dientes y jadeaba, tocándome a placer y agarrándome del cuello como si quisiera ahogarme. Se corrió dos veces dentro, una bastante rápida mientras le montaba, una segunda más espaciada mientras me apretaba contra él y movía la cadera. Después la sacó antes de correrse una tercera sobre mi culo a cuatro patas en el sofá y volvió a meterla para una cuarta y última vez, en la que me levantó en brazos y me lo hizo de pie, como si yo no pesara nada; debatiéndose violentamente entre morderme con fuerza o besarme con desesperación mientras gruñía.

Jadeando y sin fuerzas, dio un tembloroso paso al sofá y se sentó con cuidado de no sacar su verga inflamada de dentro. Recostó los brazos en el sofá y echó la cabeza atrás, porque, quizá, él se había quedado también en una nube de calma y serenidad. Cuando estuvo más o menos recuperado, levantó la cabeza y buscó mis labios para compartir ese momento de miradas silenciosas y besos dulces tan extraño. Tras unos buenos cinco minutos, fui yo quien rompió el momento, levantándome de encima de él con una mueca de dolor. Tiré del lobo para llevarle al baño y, como le había dicho, le pasé la maquinilla al uno. Tom miró el resultado en el espejo y se pasó una mano.

—No me has rapado —murmuró.

—Me gusta más así —fue mi respuesta mientras abría el grifo de la ducha.

El lobo me miró por el borde de los ojos, pero no dijo nada, solo me acompañó y se limpió los restos de pelo y la corrida del pecho con la que le había manchado en vello fino y oscuro. Nos vestimos a la salida y le puse su fuente de arroz y chuletas para cinco personas. Él las miró con atención, cogió aire y asintió, como si se dijera a si mismo «puedo hacerlo». Esperé con un café y un cigarro a que se lo terminara todo y entonces fui a buscar su purito y el vaso de café solo largo para llevárselo al sofá. Tom eructó como un cerdo y echó una calada, soltando el humo al aire y sonriendo como si aquel fuera un momento glorioso. Tenía que serlo, porque estaba muy bien cogido, muy bien comido y muy bien atendido por un Bill muy preocupado en hacerle feliz. Solo para que volviera, por supuesto. 

Me apretó contra él viendo las noticias y, tras terminarse el purito, se obligó a levantarse e ir a vestirse. El sol ya había salido por el horizonte y, por mucho que pareciera joderle, tenía que irse sin su siesta. Se vino a despedir con un beso y, nada más cruzar la puerta, me levanté para ir a la cama. No sin antes ver cuánta ropa había traído: tres mudas limpias de camisa y pantalón junto tres pares de zapatos a un lado del suelo y tres cinturones. 

Chasqueé la lengua y tomé una bocanada de aire que apestaba a Alfa que tiraba para atrás. Con su ropa allí, la mía tardaría muy poco en oler tan fuerte, solo por estar cerca. Metí la usada esa noche en bolsas con cierre hermético y las puse a un lado para enviarlas al día siguiente.

Como era viernes, también me pasé por la tienda de comida por segundo día consecutivo y fui al Luna Llena al caer la noche, donde Tom ya me estaba esperando; sin humanos alrededor esta vez. Al menos, como nos habíamos visto la noche anterior, no tuve que soportar la típica pregunta de qué tal me había ido la semana, solo otras idioteces como qué pensaba de la subida de los impuesto o de que inclinación política tenía.

—La que me dé más dinero —fue la breve respuesta que le di mientras le manoseaba la verga sobre el pantalón y me frotaba el rostro contra él suyo, buscando constantemente sus labios y su lengua.

Aunque hubiéramos cogido la noche anterior, terminé tan caliente como cualquier otro viernes de baile y mamada en el auto. Al igual que Tom, quien me dio un buen repaso por todo el cuerpo antes de cogerme de cara hasta la cuarta corrida. Todas dentro de mi culo esta vez.

—¿Solo cuatro esta noche, Tom? —le pregunté mientras nos duchábamos.

—Sé que te tengo muy mal acostumbrado, Bill —respondió con tono grave—, pero cuatro ya es bastante. Cinco seguidas es solo porque… vengo con ganas y tú sabes muy bien como ponerme caliente —terminó reconociendo, un poco a su pesar.

Solté un murmullo y no dije nada. Ya había leído que la cantidad de orgasmos que Tom tenía conmigo no era normal, otra buena señal de que se lo pasaba bien. Una como que, aquella noche tras el purito y el café del sofá, me hiciera una señal a la cama antes de dormirse. Al principio no lo entendí, así que le pregunté:

—¿Quieres que te traiga algo o qué mierda?

—No. Quiero ir a dormir ya —respondió.

—Ah… —me limité a decir, yendo delante, porque siempre iba por delante de él, hacia la cama.

El enorme lobo se tumbó casi en el medio y tiró de mí para que me pusiera casi encima, rodeándome con el brazo y mirándome con sus ojos de un ocre suave. Al parecer, a Tom también le gustaba tener otro de esos «momentos cariñosos» antes de dormirse y roncar como un oso mientras sufría contracciones musculares. Dormir con él fue extraño, como muchas otras cosas. Tan acostumbrado a dormir solo, creí que al tener un enorme, cálido, apestoso y musculado cuerpo a mi lado, me costaría conciliar el sueño. Sin embargo, fue increíblemente sencillo, despertándome a media tarde con la verga dura como una piedra y jadeando. Hacía calor y el lobo olía mucho más de lo normal, esa cantidad de feromonas acumuladas me hicieron gemir de puro éxtasis. Hundí la cara entre los pectorales musculosos y los lamí, descendiendo en busca de la enorme verga que ya me esperaba empalmada y empapada, goteando líquido sobre los abdominales de acero.

No tenía claro si mi culo estaría preparado para aquello, pero más le valía, porque yo no iba a parar y Tom se había despertado con tantas ganas como yo de aquello. Se corrió en mi boca una primera vez, pero después se tomó su tiempo hasta la segunda, asegurándose de dilatarme bien a fuerza de lamidas y dedos.

—¡Cógeme ya, rayos! —terminé gritándole.

Él gruñó y se tiró sobre mí para hacer justo lo que le pedí, llegando al cuarto orgasmo mientras me mordía con fuerza y me sostenía entre sus brazos, manteniéndome en el aire mientras me cogía como un completo loco. Al terminar, tan sudado y jadeante como siempre, tuvo mucho cuidado al recostarse en la cama para dejarme a mí sobre él.

—¿Qué hora es? —me preguntó, frotándose el rostro para aclararse la mente.

—Te voy a comprar un puto despertador solo para que me dejes de dar por el culo con eso —respondí, con la cabeza apoyada en su pecho y los ojos cerrados. A Tom pareció hacerle gracia, porque su pecho tembló un poco y movió una mano para acariciarme el pelo revuelto.

—Tengo muchas responsabilidades, Bill, y hay un límite de tiempo que le puedo dedicar al placer —me dijo.

Se me ocurrió preguntar si era tan quisquilloso son sus otros humanos, pero preferí no hacerlo, limitando a levantarme para buscar el teléfono en el bolsillo de mi chaqueta tirada en el suelo.

—Las cinco de la tarde.

El Alfa resopló y se levantó, quedándose un momento sentado para pasarse las manos por la cabeza y desperezarse. Después se levantó y se fue rascándose el pubis de camino al baño. Salió cinco minutos después, duchado y fresco para encontrarme vestido y fumando frente a la puerta de emergencias.

—¿Tienes que ir a algún lado por las tardes? —me preguntó, acercándose con su purito en los labios.

—Me gusta ir a desayunar a una cafetería de aquí cerca —murmuré, saltándome la parte en la que pasaba por la oficina de correos para enviar su ropa usada a algún depravado.

Tom gruñó de una forma que no conseguí reconocer el significado y se pegó a mi espalda para rodearme los brazos con sus enormes manos y besarme en el cuello. Sin añadir nada más, se dio la vuelta y se fue, dejando, una vez más, su increíble peste por toda la casa. Ya había leído sobre la «impregnación» y sabía que era una muy buena señal de que volvería, por eso no me importó ir por ahí apestando, no solo a lobo, sino a lobo Alfa, que era como el sumun de lo puto oloroso que podías llegar a ser. El problema fue cuando, esa semana, el señor Xing me echó del trabajo porque estaba cansado de que «oliela muy mal. Malo pala clientes». Así que tuve que encontrar una nuevo trabajo. En verano solía haber un par de puestos, pero me jodió haber perdido mi empleo fijo en la tienda.

—¿Qué tal la semana, Bill? —me preguntó el Alfa cuando me dejé caer sobre su sofá solitario. Como siempre hacía, me rodeó con el brazo, me pegó a él y me lamió el cuello sin si quiera esperar a mi respuesta.

—Me echaron del puto trabajo porque apesto —respondí con tono calmado. Estaba muy enfadado hasta el momento en el que me había acercado al lobo, cuando solo fui capaz de sentir una profunda excitación.

Tom levantó la cabeza, dejando de pasar su lengua gruesa y gorda por mi piel algo sudada del trayecto hasta allí. Me miró fijamente con sus ojos de un ocre suave, reflejando la luz azulada del local.

—Espero que seas consciente de que, oler a mí, es todo un privilegio. —Mi mirada fue todo lo que necesitó para añadir—: Aunque sé los problemas que eso podría darte… Escucha, Bill, hay un trabajo que quizá te interese. Es en una tienda de caramelos de la Manada.

—Sabes que no quiero problemas, Tom —le recordé—. Y no quiero que me pillen rodeado de «caramelos», sea lo que sea eso.

—Allí no hay caramelos —me explicó—, solo se cogen los pedidos en una libreta. Aunque fueran allí, no encontrarían nada más que una lista sin nombres.

—Ah… —murmuré, bajando mi mano por sus abdominales—. ¿Y me pagarías con dinero o solo con sexo?

—Con dinero —respondió mientras una fina sonrisa se extendía por sus labios. —El sexo te lo doy gratis.

—Entonces quizá me lo piense… —murmuré, inclinándome para besarle.

Ya había terminado el momento de la cháchara. Llevaba una semana sin verle y tenía unas ganas terribles de tocarle por todos lados, bailar hasta perder la consciencia, comerle bien la verga en el todoterreno y terminar con un buen polvo salvaje en la cama.

 Le di de cenar a Tom su pescado al horno con patatas y le llevé su café y su purito al sofá. Como la semana pasada, se quedó a dormir, recibiendo otra mamada y una buena cabalgada cuando me desperté sumergido en feromonas de Alfa.

—Así que has comprado el despertador… —me dijo, interrumpiendo la sesión de miradas cómplices y besos cortos.

—Así ya sabes la hora que es —murmuré. 

Solo me había costado cinco dólares en la tienda de segunda mano y me había hecho gracia ponérselo en la mesilla de noche.

Tom soltó aire por la nariz de anchas fosas nasales y sonrió.

—Entonces tendré que darte yo algo a cambio, quizá una máquina de café a la que no tengas que dar golpes para que funcione.

—Si me vas a regalar algo, prefiero una moto deportiva, sinceramente. 

Tom gruñó y me dio un suave beso.

—Quizá algún día… —murmuró.

Después nos dimos una ducha, fumamos juntos con un café frente a la puerta de emergencias y nos despedimos con un beso. Al día siguiente recibí un mensaje suyo con una dirección y un horario de trabajo, además de un sueldo muy interesante de mil quinientos dólares.

 Una cifra seguida de una breve nota que decía: «Sé que la comida que me das no es barata». Arqueé las cejas, sorprendido de que se hubiera preocupado por eso. Aunque, sinceramente, eso no lo pagaba yo, sino la ropa sudada, más cara ahora que olía más fuerte por el calor y dormía con ella puesta. 

De todas formas, no iba a rechazar un trabajo supuestamente fácil y tranquilo con un buen sueldo, así que fui a la Tienda de Caramelos, que era un local de mierda con una mesa, un teléfono y una libreta en la que anotar los pedidos. Tardé poco en descubrir que esos «caramelos» eran droga, de muchas clases, al parecer y con muchos clientes que las buscaban en grandes cantidades. 

Tom me sorprendió el jueves por la noche, apareciendo por al puerta con una camisa azul marino remangada y abierta hasta casi el abdomen, mostrando su pecho peludo y la cadena de plata que le colgaba del cuello de toro. Incluso con el calor y manchones de sudor más oscuro en las axilas y la espalda, seguía vistiendo como un luchador de la WWE que se hubiera hecho empresario de pronto.

—Buenas noches, Bill —me saludó como si nada, aunque yo le estuviera mirando con el ceño fruncido, sentado en la silla y con los tobillos cruzados sobre la mesa.

—¿Has venido por placer o por trabajo? —quise saber.

—Un poco por ambas —respondió, quedándose a mi lado para desabrocharse la camisa hasta abajo y mostrar todo su torso de titán.

—Demonios… —suspiré, incapaz de apartar la mirada mientras lo recorría lentamente con la mano, terminando por apretar el obsceno bulto de su entrepierna.

Tom sonrió, mostrando sus dientes blancos y perfectos de colmillos más grandes. No le importó que siguiera manoseándole mientras él giraba la libreta para observar las anotaciones y pedidos, pasando un par de páginas antes de decirme:

—Lo estás haciendo bastante bien, Bill. Sinceramente, tenía dudas de que no jodieras esto con alguna estupidez infantil de las tuyas…

Le miré por el borde superior de los ojos y dejé de acariciarle la verga cada vez más dura y gorda.

—No hago estupideces si no me obligas a hacerlas, Tom… —le advertí—. Como cuando dices estas cosas y me dan ganas de quemar la puta libreta para encenderme un cigarro con ella.

—Si hicieras eso, me enfadaría bastante, Bill —me aseguró, tirando de mi muñeca para levantarme de la silla y levantarme—. Yo también puedo ser muy cabrón si me molestas… —dijo con la cabeza gacha y pegada a mis labios. Entonces me besó con lengua, me apretó contra él y solo se separó para añadir: —tengo poco tiempo antes de volver al despacho.

«Tener poco tiempo» significaba sexo más apresurado y corto de lo normal en la trastienda. Alguna mamada y toqueteo, pero muy centrado en dilatarme lo antes posible para poder metérmela y correrse tres o cuatro veces, dependiendo de si aquella semana nos habíamos visto más noches. Durante la inflamación, me daba más besos y miradas, pero nada más remitir, la sacaba y se ponía bien la ropa para marcharse.

—Nos vemos mañana en mi Club —se despidió junto con un beso, dejándome todavía con los pantalones de chándal nuevo por las rodillas y flotando en una jodida nube de felicidad y tranquilizantes de caballo.

Tom empezó a quedarse a dormir cada vienes por la noche que volvíamos del Luna Llena, em compró la mejor máquina de café del mercado y comenzó a ser extraña la semana que no se pasara al menos una o dos veces por la Tienda de Caramelos para supervisar los pedidos y echar un polvo en la parte de atrás. Entramos en una especie de rutina que se alargó todo el verano, cuando el calor era tan sofocante que empezó a costarme idear maneras de conseguir que el Alfa se pusiera algo de ropa y no fuera por la casa desnudo. Tuve que modificar un poco las ventas y cambiar los chándales y camisetas sudadas por fundas de almohada o retales de las sábanas de la cama.

—Voy a cambiar las mantas —le advertía antes—. Ya están muy sucias. 

A lo que el Alfa asentía.

—Recuerda dejarlas un poco entre mi ropa para que vayan cogiendo mi olor antes de ponerlas.

Cuando llegaron las lluvias de finales de septiembre y el tiempo empezó a enfriarse al fin. Ya tenía una nueva televisión, un nuevo sofá, un montón de ropa cara y un maravilloso colchón de más de treinta mil dólares en el banco. Más dinero del que jamás había soñado con tener.

—La semana que viene es El Celo —me recordó el Alfa, fumando su purito junto a mí en la puerta de emergencia. Murmuré algo por lo bajo, pensando en lo rápido que había parecido pasar el tiempo. —Creo que ya es evidente que vendré a pasarlo contigo.

—Perfecto —respondí. Esas sábanas repletas de sudor y corrida valdrían su peso en diamantes de sangre.

—También me pasaré más por aquí a medida que me ponga más y más caliente.

—Trata de avisarme para comprar la comida.

—Eso haré —prometió.

Estar con Tom había resultado ser increíblemente sencillo una vez que dejamos un poco el orgullo atrás y quedó claro que ambos íbamos a hablar con claridad y sin estupideces por en medio. El Alfa y yo nos entendíamos muy bien, porque en realidad éramos muy parecidos, como dos caras de la misma moneda. 

Cuando aquella semana fue volviendo a mi casa noche tras noche, se quedaba a dormir, algo extraño fuera de los viernes, para echar otro polvo al despertar e irse recién duchado al despacho. El día del Celo yo ya estaba preparado y había tenido la precaución de, además de tomarme los putos laxantes, dilatarme un poco el ano antes de que el lobo llegara como una bestia salvaje y jodidamente apestosa para pasarse tres días cogiendome en la cama. Al cuarto, volvió a ser él mismo, me abrazó y me dio un par de besos mientras me acariciaba la espalda. 

Mientras estaba en el baño, preparé café y le entregué un vaso frío y uno de sus puritos. El Alfa me dio las gracias en voz baja, bebió un trago con un gruñido de placer y se fumó una calada que le supo a gloria.

—No hace falta que vuelvas al Luna Llena —me dijo entonces.

Sentí una presión en el pecho y, a mi pesar, una punzada de terror que me atenazó las entrañas. Giré el rostro hacia él, sin dejar traslucir mis verdaderas emociones, en busca de una explicación más detallada de por qué me iba a dejar. Tom se quedó mirándome un par de segundos, fumando otra calada y soltando el humo azulado a un lado.

—Vendré directamente aquí —murmuró—, así que no tienes que ir a buscarme.

—Ah… —dije, y fui incapaz de que no sonara a una liberación, por lo que traté de recomponerme rápidamente y decir: —Vale, lo que sea.

A Tom le salió una enorme sonrisa de cabrón y me preguntó:

—¿Tenías miedo de que no volviera, Bill?

—Ten mucho cuidado, Tom… —respondí, mirando la ciudad a lo lejos antes de beber un trago de café. Ya era demasiado tarde para fingir que no me había importado.

Él sabía lo orgulloso que era yo y hasta qué punto podía joderme antes de que me enfadara, así que siguió fumando con esa sonrisa de victoria, terminándose el café y el purito casi a la vez. Se fue a vestir y volvió solo para darme un beso en los labios. No lo vi en los siguientes cuatro días, hasta que el viernes, como había prometido, regresó con una bolsa al hombro y una maleta en la mano. No tuve que hacer ninguna pregunta, el Alfa entró y me lo explicó:

—Voy a dejar algunas de mis cosas aquí. También necesitaré una copia de las llaves para entrar cuando quiera.

—Cuando quieras… —repetí—. En mi casa.

—Esta ya no es tu casa, Bill —me aclaró—. Es nuestra Guarida.

Tomé una bocanada de aire y, tras unos segundos de duda, me hice a un lado para dejarle pasar. Sabía lo que era una «Guarida de Lobo», sabía lo que significaba y sabía que era una especie de gran paso para un lobo. Me jodió, pero a la vez pensé en que, cuanto más cerca estuviera Tom, más ropa utilizaría y más sexo del bueno habría. Me preocupó que aquello afectara a la rutina a la que tanto me había acostumbrado y que, por desgracia, tanto me había llegado a gustar.

 El Alfa no era pesado, venía y se iba sin dar ni pedir explicaciones, a veces se quedaba a dormir y a veces no volvía en toda la semana. Temía que con la Guarida eso cambiara y se pusiera pesado y me atosigara demasiado, sin embargo, el cambio fue apenas perceptible. La única diferencia era que, a partir de que le diera una copia de las llaves, vino a cenar y a dormir todos los días a casa; recogiéndome en la Tienda de Caramelos para regresar juntos en el Land Rover. El resto, siguió más o menos como siempre: buen sexo, trabajo fácil, peste a lobo y un montón de ganancias de la venta de ropa usada.

En noviembre, cuando empezó a llover bastante, Tom me sorprendió con una pregunta mientras nos besábamos y nos mirábamos en la cama.

—¿A qué cafetería vas a desayunar?

—Es una a diez minutos de aquí —murmuré, acariciándole distraídamente el pelo largo que no había vuelto a recoger en coleta, con algunas canas en las sienes, las patillas y el mentón ancho y masculino.

—Hoy me gustaría ir contigo —declaró, como si se tratara de algo importante. 

Me encogí de hombros y le dije:

—Entonces pagas tú.

Tom sonrió, me dio un pequeño beso y aceptó el trato. Subimos al todoterreno y tuvimos algunos problemas para encontrar un sitio lo suficiente grande para aparcar un sábado por la tarde; pero, cuando lo conseguimos tras tres vueltas a la manzana, apuramos el paso hasta el local y nos sumergimos en un ambiente cálido y repleto de conversaciones. 

Algunas se detuvieron, junto con miradas y expresiones de sorpresa o incluso pavor, pero me dio todo por culo y llevé al lobo a mi mesa de siempre. Tom estaba tranquilo, pero no dejaba de mirarme fijamente, hasta que me incliné en la silla y le di un beso, sin separar mucho los labios a la espera de que entreabriera la boca para poder darle uno más profundo y sórdido. Al volver a mi sitio, me relamí su saliva de los labios y le pregunté:

—¿Todavía quieres comprobar si me importa que nos vean juntos?

El Alfa sonrió un poco, se recostó en una silla, que apenas era capaz de contener su culo y sus enormes piernas, y me dijo:

—Me gusta desayunar un café con tortitas y sirope.

Asentí con una expresión indiferente y eso fue lo que pedí a la camarera junto con mi ya habitual café con sándwich. Tom sacó su carísimo teléfono e hizo una llamada para avisar de que llegaría un poco más tarde a donde fuera que tuviera que irse después, porque estaba «desayunando con su humano». Devoró el enorme plato que le había pedido, una montaña de quince tortitas bañadas en sirope dulce y mantequilla caliente, eructó como un ogro y se bebió su café tranquilamente mientras miraba las noticias de media tarde en el televisor del local. 

Desde entonces, aquella escena se repitió cada día, aunque acompañada de un periódico o una revista de las muchísimas a las que el Alfa estaba suscrito y que llegaban religiosamente a la Guarida. Esa era solo una de las cosas que había traído junto con montañas de ropa, una bicicleta eléctrica en la que le gustaba hacer ejercicio de vez en cuando, un pedazo de equipo de música y una impresionante colección de música clásica y ópera que ponía a todo volumen.

—Demonios, Tom, ¿no tienes nada bueno? —le había gritado la primera vez.

—A mí me gusta la música clásica.

—¡Y a mí me gusta que la Guarida no parezca el puto velatorio de un funeral!

¡QUITA ESA MIERDA!

Discutíamos, por supuesto, pero no tanto como, quizá, hubiera pensado en un principio. Gritábamos mucho y muy alto, tirábamos cosas al suelo y hasta una vez conseguimos que los vecinos llamaran a la policía; lo que era todo un logro viniendo de un edificio de drogadictos, putas y traficantes muy acostumbrados a los sonidos de disparos y la violencia doméstica. Sin embargo, Tom y yo siempre terminábamos cogiendo a lo bestia y, una vez que llegaba la inflamación, las miradas y los besos, hablábamos a susurros y llegábamos a un acuerdo racional. Esa era una parte de nuestra relación que, sinceramente, me gustaba bastante. Y hablo de todo el proceso, no solo del final.

A mediados de ese mismo mes, Tom pareció molesto por algo, estaba más serio y fumaba más de seguido frente a la puerta de emergencias cuando volvía cada noche. Aunque habíamos llegado a un acuerdo silencioso sobre que yo nunca me metía en sus asuntos de la Manada y que él no me explicaba nada que no tuviera que saber, terminé preguntándole qué mierdas le pasaba, y, tras un momento de duda, me explicó la situación.

 Al parecer, uno de sus lobos, uno nuevo y especialmente estúpido, la había cagado en el puerto y había cabreado a unos traficantes canadienses. Ahora la policía estaba detrás de ellos y ya les habían hecho un par de redadas en los casinos. Le di un buen consejo y le expliqué que, en mi experiencia como pandillero de los suburbios, lo mejor era esperar a que la policía se olvidara y después resolver los problemas. Para mi sorpresa, Tom me escuchó con calma y valoró seriamente mis palabras, tomando la decisión de seguir mi consejo.

—Como me he visto obligado a cerrar la Tienda de Caramelos, quizá podrías ayudarnos en el Luna Llena, Bill —me sugirió una noche mientras estábamos recostados en el sofá viendo una película de mierda.

—¿Con la policía vigilándolos?

—Sí, temo que sigan a mis Machos y anden a dar vueltas por ahí.

—¿Te crees que tengo un detector de policías, Tom?

—Creo que eres un hombre inteligente y perspicaz, lo suficiente para ayudarme en esto y demostrarme que puedo confiar en ti.

Me levanté de encima de él para mirar mejor al rostro serio.

—Para no confiar en mí, has llegado muy lejos… —murmuré.

—Aún te queda un camino que recorrer, Bill.

—¿Un camino hacia dónde?

—Hacia mí…

Chasqueé la lengua y aparté la mirada. Casi ocho meses había sido tiempo suficiente para descubrir que, por mucho que me pesara, Tom ya era una presencia en mi vida que me agradaba demasiado y de la que me iba a costar prescindir. No estaba locamente enamorado ni ninguna tontería así, no por el momento, pero era consciente de que lo quería y de que el Alfa tenía muchas papeletas para acabar convirtiéndose en El Hombre. O mejor dicho: El Lobo. Mi Lobo.

—Muy bien… —murmuré—, pero no te prometo nada.

Me levanté, fui a buscar un cigarro y entreabrí la puerta de emergencias para soltar el humo. Tom se había levantado y me había seguido, cogiendo uno de sus puritos antes de encenderlo. Se pegó a mi espalda, con el hombro apoyado en la pared y el brazo alrededor de mi cuerpo.

—Me gusta mucho estar contigo, Bill —le oí decir en voz baja—. Estoy muy cómodo y no creo que sea ningún secreto que eres el único al que visito ya. He invertido mucho tiempo a tu lado y, por ahora, estoy encantado con todo lo que he descubierto de ti, pero soy el Alfa y tengo que asegurarme de que mi futuro compañero esté a la altura. ¿Lo entiendes?

Cerré los ojos y sentí una repentina punzada de ansiedad. Oírle hablar de convertirme en su puto omega era algo para lo que todavía no estaba preparado y que, sinceramente, me asustaba.

—No me toques los huevos y no me presiones, Tom —le advertí—. Yo también estoy muy cómodo y sabes lo rápido que puedo desaparecer si las cosas no me gustan.

—Lo sé, a mí me pasa lo mismo —respondió, apretándome más contra él—. Solo quiero que nos ayudes y que la Manada empiece a verte un poco —murmuró en mi oído—. Ni tú ni yo vamos a apresurarnos, ¿de acuerdo?

Tomé una bocanada de aire y asentí. Como ya dije, Tom y yo nos entendíamos bastante bien. Terminé yendo al Luna Llena para vigilar. Allí, un lobo pelirrojo bastante agradable se presentó como Georg, Primer Beta de la Manada, y me explicó más o menos lo que debía hacer. Solo pasearme y observar, nada complejo. Al terminar la noche sin incidentes, Tom en persona se pasó a saludar a los chicos y a buscarme, olfateándome discretamente mientras fingía que me daba una caricia en el rostro.

—Eso si que no, Tom —le detuve con enfado y un golpe seco en el pecho.

—Solo me estoy asegurando —se defendió, levantando la cabeza con orgullo e hinchado el pectoral bajo la camisa entreabierta—. Pedirte que vayas al Luna Llena con todos esos putos humanos de manos largas no es algo que me agrade en absoluto… solo un sacrificio que hago por el bien de la Manada.

—Pues por el bien de nosotros, más te vale que no te pille de nuevo «asegurándote» de que no me haya cogido a otro…

Tom gruñó, pero me dio igual, hasta que en la Guarida se quiso vengar de mí, desnudándose y tirándome a la cama antes de ponerme esa enorme verga húmeda en la cara y decirme:

—Vamos…

Apreté los dientes y me enfadé, pero el olor denso y fuerte era demasiado y nubló mis sentidos por completo. Se la chupé, como él sabía que haría, y después luchamos de una forma algo encarnizada por el control. Tom siempre fingía ser un Alfa muy calmado y comprensivo, pero en el fondo no era más que una puta bestia a la que, curiosamente, yo tenía un gran don para provocar. Al final de aquel polvo salvaje que me dejó el cuerpo lleno de moratones y la mente en las nubes, me lleno los labios de besos suaves y me miró fijamente a los ojos.

—Me gustas mucho, Bill… —murmuró, porque a veces, en esos oasis de cariño y silencio, compartíamos algunas confidencias que jamás saldrían de la cama—. Incluso cuando me enfadas y creo que te odio, siento que estar a tu lado es todo lo que quiero…

—Mmh… —murmuré—. Ya, a mí me pasa algo parecido —reconocí.

Tom asintió lentamente, suspiró y me dio otro beso en los labios. 

Cuando le serví su enorme tupper de la cena, uno de los dos que le compraba para que comiera, preparé un café para ambos y dejé el suyo a un lado junto al purito. Ya empezaba a hacer frío y humedad, pero había tirado el calentador de mierda que echaba chispas y había comprado dos buenas estufas que caldeaban la Guarida, incluso con esas ventanas mal aisladas por las que se colaba el frío. También había comprado ropa nueva, para mí y para Tom, una cara y de marca que no iba a vender en internet. 

El Alfa se fumó su purito en el sofá mientras me rodeaba los hombros y miraba las noticias de la mañana antes de decidir ir a dormir. Al atardecer del día siguiente, me desperté bajo el calor de edredón, pegado a un cuerpo musculoso y firme que apestaba a un Olor a Macho de Alfa que me volvía loco. Tom gruñó al notar mi lengua recorriéndole el pecho y se volcó sobre mí para besarme, sabiendo lo que tocaba.

—Tom, tengo curiosidad —le dije mientras desayunábamos en la cafetería—. ¿Eres medio latino, medio alemán o qué exactamente?

El Alfa levantó la mirada del periódico y bebió un trago de café antes de responder:

—Mi madre era samoana. Murió hace un par de años.

—Ah… —comprendí. Ahora que lo había dicho, sí que era muy evidente.

—Pensé que lo sabrías por el tatuaje de mi espalda.

—Yo tengo tatuajes asiáticos y no soy japonés —me encogí de hombros—, además, no te miro la espalda, Tom. Tu culo es demasiado bueno y siempre me distrae.

—Muchas cosas te distraen cuando estoy desnudo —sonrió—. A veces no sabes ni a dónde mirar…

—Creo que a estas alturas ya no es ningún secreto lo muy caliente que me pones, Tom —dije con una mala imitación de su voz grave y su tono pausado.

—Nunca lo fue —me aseguró, bajando de nuevo la mirada al periódico—, pude olerlo desde la primera noche.

—¿Y lo mucho que te odiaba pudiste olerlo también?

—No —pasó una página—, estaba demasiado ocupado preguntándome por qué tenía tantísimas ganas de cogerte.

—Porque soy el humano más guapo que verás nunca.

—Mhm… —murmuró él, pasando otra página del periódico mientras recorría las noticias con la vista—. Me gusta pensar que tienes algo especial, Bill, porque  he tenido sexo con muchos humanos muy guapos, pero ninguno me hizo sentir lo que tú me haces sentir.

Puse los ojos en blanco y moví la mirada hacia un lado. A veces Tom rompía nuestro acuerdo de solo decir estupideces como esas en nuestro momentos post- sexo. Yo ya sabía que le gustaba mucho a Tom, pero oírselo de esa forma tan repentina y sincera me producía cierta incomodidad. Por suerte, un grupo de imbéciles que nos miraban y murmuraban quejas, me dieron la oportunidad perfecta para distraerme y responderles con un corte de manga bien visible. Ya habíamos tenido que cambiar de cafetería por culpa de retrasados racistas como aquellos, pero yo seguía provocándoles de aquella forma sin dudarlo. 

Saber que Tom estaba allí, me había vuelto un hombre bastante confiado; no porque supiera que me fuera a defender de cualquiera, ya que el Alfa prefería pasar de largo a los insultos e ignorarlos, sin provocar incidentes que llamaran la atención a la luz del día. Sin embargo, eso no significaba que después, una cafetería que nos había expulsado se quemara casualmente, o que un grupo como aquel de hombres recibieran una visita nada agradable de un lobo muy grande y aterrador. Como he dicho, Tom era un lobo preocupado por su apariencia serena y calmada, pero no jugaba cuando se trataba de la Manada o de mí. Era el jefe de la mafia más aterradora y poderosa de la ciudad, y no le temblaba la mano al abusar de su poder. Y eso me encantaba de él… porque era tan cabrón e hijo de puta como yo.

La semana siguiente, tras un extraño incidente en el Luna Llena cuando Félix le dio vueltas al chico al que habían llamado «El Piraña» y este escapó corriendo y llorando, encontré a una policía encubierta. Le mandé las fotos de sus mensajes a Tom y la seguí para saber si venía sola. El Alfa no tardó ni un minuto en llamarme para preguntar si estaba solo y decirme que enviaría a un grupo de lobos a ayudarme. Yo me negué, diciendo que estaba escondido y que era mejor no llamar la atención. 

Aunque le jodiera, terminó aceptando, hasta que apareció por el club con gafas de sol y un gorro de lana. Me quedé mirándole con el ceño fruncido y él me sacó de allí corriendo para llevarme directo al Refugio.

—No vas a volver al Luna Llena —me aseguró, mirando por las ventanas, por si nos habían seguido.

—Tom, no me jodas con esa mierda protectora de…

—¡He dicho que no vas a volver! —rugió, mirándome fijamente con los dientes apretados—. ¡Ya he perdido bastantes cosas y no te voy perder a ti!

Me quedé mirándolo tranquilamente, porque cuando se ponía así solo tenía dos opciones: o igualaba el juego y montábamos un escándalo que se pudiera oír en todo el vecindario, o le señalaba la salida de emergencias e iba a preparar un café. Elegí la segunda opción, me saqué un cigarro y le ofrecí al lobo el café antes de encenderle el purito con el zippo. Tom le dio una buena calada y echó el humo por la puerta entreabierta, apoyando la espalda en la pared. Me di la vuelta y me recosté contra él, mirando hacia la habitación al fondo y la gran cama que casi ni cabía dentro.

—¿Me vas a explicar que ha pasado? —le pregunté.

—Han pasado muchas cosas, Bill —murmuró a mis espaldas. Se fumó otra calada, la echó lentamente y después bebió un trago de su café amargo y caliente—. La policía vino a tocarme los huevos en muy mal momento — continuó—. Ya no sé qué hacer con Nick y Jack… —se detuvo, tomó una respiración más fuerte y temblorosa—. Jack se suicidó y yo no he podido hacer nada.

Fumé y asentí.

—Vale. ¿Por qué se suicidó ese tal Jack? —pregunté, porque parecía que era lo que más le dolía a Tom de todo.

—Su compañera le dejó morir de hambre y después huyó a Nueva York. Cuando lo descubrí, se lo conté y él… no pudo soportar la pérdida y se suicidó.

Su respiración empezó a ser entrecortada y supe que estaba llorando en silencio. No dije nada para darle tiempo y tampoco me giré para darle intimidad, pero tras un minuto me levanté de su pecho y me di la vuelta. 

Tom tenía los ojos húmedos y brillantes a través de la puerta entreabierta mientras un reguero de lágrimas le empapaba las mejillas.

—No te voy a mentir, Tom —le dije—. Tú conoces mucho mejor que yo a tus Machos, pero contarle a Jack que el amor de su vida le había abandonado, no fue la mejor decisión. Pero los errores ocurren, tú no eres perfecto y no sabías de qué forma iba a afectar a ese Macho la noticia. Ahora es algo con lo que tendrás que vivir y de lo que deberás aprender, porque eres el Alfa y vas a tener que tomar decisiones tan complicadas como esa muchas veces.

Tom deslizó la mirada hacia el borde de los ojos y, tras un breve silencio, me preguntó:

—¿Tú que hubieras hecho? ¿Mentirle?

—Sí, seguramente —reconocí—. Sin su compañera en la ciudad, hubiera sido fácil convencerle para que comiera algo que ella no le diera. Con suerte, pasaría el tiempo suficiente para que se diera cuenta de que no era más que una zorra egoísta.

—Hubiera sido fácil… —repitió, como si le hiciera gracia—. Porque tú hubieras podido conseguirlo, ¿no?

Me encogí de hombros y fumé una calada.

—Quizá, pero ya es tarde para averiguarlo. — El Alfa se llevó su purito a los labios y negó con la cabeza, recostándola en la pared de ladrillo cruzo antes de cerrar los ojos.

—Lo de la policía ya se está resolviendo —continué—. Si han ido al Luna Llena, es porque están desesperados. No lo olvides. Y lo de ese Macho, Nick, si te da problemas le enseñas quién manda. Si no lo entiende, le echas de una puta patada.

—Ya, claro… —puso una sonrisa sarcástica—. ¿Y qué hago con los clientes y el Territorio que estoy perdiendo por no usar el puerto?, eh, Bill.

—Primero, relaja el tono, segundo, si no puedes usar el puerto, usa las carreteras. No vas a ser ningún pionero por esconder armas y droga en camiones de pescado congelado…

—Por tierra sería muy peligroso. Hay muchos controles y podría haber problemas —fumó una calada del purito y echó el humo a un lado—, pero por aire… quizá pudiera funcionar. Aunque sería caro de mierda.

—Sí, Tom, si hay algo que la Manada y tú no se pueden permitir es perder un poco de dinero… —resoplé y me terminé el café solo antes de arrojar la colilla del cigarro por la puerta. —Me voy a la cama.

Tom se unió a mí bajo las mantas una hora después, trayendo con él una leve peste a purito junto con su fuerte Olor a Macho. Se pegó mucho y me empezó a lamer el cuello, lo que produjo una reacción instantánea en mi cuerpo. Cuando se puso encima de mí y me empezó a besar con más fuerza, supe que aquel sería uno de esos polvos suaves que a veces le gustaba tener. 

Cara a cara, con mucho beso y mucha saliva, jadeos cortos y mirada fija mientras movía lentamente la cadera para casi sacármela antes de deslizarla de nuevo hacia dentro. Yo gemía, gruñía y le agarraba con fuerza, porque aquello siempre me volvía loquísimo. Era una sensación abrumadora y desquiciante, pero muy placentera. Algo así como estar con Tom, pero convertido en sexo. Se corrió tres veces, todas dentro, y se derrumbó sobre mí un minuto o dos antes de recuperar el aliento y llevarme con cuidado encima de él.

—Me gusta hablar contigo, me ayuda a pensar mejor —me confesó entre los besos y las miradas.

—Me alegro —murmuré mientras le acariciaba la cabeza de pelo muy alborotado. Cerró los ojos y empezó a ronronear por lo bajo, quedándose dormido en tan solo un par de minutos. Tom aprendió esa noche que, si confiaba lo suficiente en mí para contarme cosas de la Manada, quizá pudiera ayudarlo bastante. Así que, al día siguiente tras una buena mamada de primera hora y sexo duro, sudoroso y jadeante de siempre, nos montamos en el Land Rover y, de camino a la cafetería, apagó las noticias de la radio y me dijo:

—He pensado en traer los caramelos por aire, pero me preocupa la distribución, si los…

Creo que ahí fue cuando Tom empezó a mirarme como algo más que un posible compañero, sino como un confidente y un consejero. La corona de Alfa era pesada y el lobo encontró en mí un pedestal en la que apoyarla de vez en cuando, para, sin que nadie lo supiera, compartir un poco de aquella carga. Yo todavía no sabía aquello y me limitaba a darle consejos e ideas realistas, como hubiera hecho con cualquier otro, sin ser consciente de que, palabra a palabra, Tom tenía cada vez más claro que la larga búsqueda había terminado y que enamorarse de mí no había sido un error.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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