
Humano: Especiales de TollWriter
Capítulo 3: Mi humano (P.1)

El Celo fue toda una experiencia, sin duda. Tom perdió por completo su raciocinio y se convirtió en una bestia salvaje que solo podía pensar en clavarme su enorme verga una y otra vez por mucho que le insultara y le dijera que tuviera cuidado.
La primera vez dolió bastante, aunque estuviera tan empapada que se deslizara sin problemas, seguía siendo demasiado para meterse de golpe. Mi culo se convirtió en un bebedero de patos en solo unas pocas horas y estuve seguro de que jamás volvería a recuperar su tamaño original.
Las escapadas al baño se convirtieron en una necesidad más que en un momento de descanso, vaciándome todo lo posible y limpiando el desastre que me goteaba constantemente entre los muslos. Por suerte, entré en un estado de inconsciencia que me hizo pasar todo por alto y solo se consciente del fuerte olor a lobo, el leve dolor y el gran placer.
Tom solo se separaba de mí para beber de sus bidones de agua y volver con la barba empapada para darme la vuelta y volver a cogerme un poco más entre gruñidos y jadeos animales. En algún punto, el ritmo descendió y el sexo se fue dispersando cada vez más y más hasta que, en un momento, hoy un leve murmullo que decía:
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Como un año o así —respondí con voz seca y ronca.
El lobo soltó aire y se frotó el rostro, levantándose de la cama salió varios minutos después con la cara lavada. Buscó su pantalón tirado en algún lugar del suelo y encendió la pantalla.
—Tres días —me dijo, dejando el teléfono de vuelta antes de sacar la cajetilla de puritos—. ¿Me haces un café grande, por favor?
Gruñí y me levanté de la cama, todavía tan desnudo como él, para dirigirme a la cocina y encender la cafetera de mierda a la que había que pegarle dos golpes para que funcionara. También busqué un cigarro y me reuní con él en la puerta de emergencia para fumarlo.
—¿Cómo está tu culo? —me preguntó con la mirada perdida en el paisaje lluvioso mientras aceptaba el café que le ofrecía.
—Traumatizado, Tom, así está.
Al lobo se le escapó un jadeo e incluso una suave sonrisa.
—¿Cómo está tu verga? —le pregunté.
—Encantada de haberte conocido —respondió.
Fruncí el ceño y le miré por el borde de los ojos, porque aquello había sonado a una especie de declaración y no era, para nada, lo que me esperaba de él. Tom continuó fumando su purito, disfrutándolo bastante después de aquellos tres días sin tabaco. Sin embargo, un rugido de tripas interrumpió el silencio y el lobo tuvo que decir:
—Tengo bastante hambre.
—Ya… yo también —tiré la colilla del cigarro al callejón y me volví—, pediré algo de comer…
Creía que Tom no volvería después de devorar cinco hamburguesas, una caja de alitas de pollo y dos de Nuggets. El Celo ya había pasado y yo no tenía pensado volver al Luna Llena, así que cuando salió por la puerta, estuve convencido de que mi experiencia lobuno había llegado a su fin. Sin embargo, a los dos días regresé del trabajo con la chaqueta calada por la lluvia y vi un Land Rover aparcado frente al portal. Un auto que, en aquel barrio de mierda, solo podía ser de una persona.
—¿Vienes a llevarte el colchón? —le pregunté frente a la ventanilla.
Tom ya me había visto llegar por el retrovisor y ya se estaba bajando del auto.
—No, Bill, vengo a usarlo. ¿Eso te molesta?
Tardé un par de segundos en responder:
—No. Me vendrá bien una buena cogida después de un día de mierda.
—Entonces pensamos lo mismo —murmuró, siguiéndome de cerca hacia la puerta.
—Meh… —dije, encogiéndome levemente de hombros.
Le llevé a casa y le invité a un café mientras él se quitaba la camisa blanca y la dejaba perfectamente doblada en la barra de la cocina.
—¿No tienes nada para cenar? —me preguntó distraídamente.
—¿Vas a pagarlo? —respondí de camino a la nevera, donde tenía un par de burritos familiares de carne.
—Ya te he pagado muchas cosas, Bill. La cama, todo lo del Celo… —me recordó, sacándose un billete de cien del bolsillo para dejarlo a un lado de la mesa—, ¿ahora también tengo que pagarte para que me des de comer?
—No estaría mal —le dije, abriendo los envases y metiendo los burritos en el microondas antes de irme a buscar un cigarro—. Tú tienes mucho dinero, Tom, no sé qué mierdas haces pidiendo comida gratis.
—No te pido comida gratis —me aclaró, dedicándome una mirada seria—, te pido que me des de comer… es diferente.
—No es diferente porque al final lo pago yo —me fui con el cigarro en los labios a por un vaso y pregunté—: ¿Café?
Tom tardó un poco en responder, continuando con una de esas miradas fijas de mandíbula tensa.
—No, después de la cena.
—Pues vale. ¿Quieres coger ahora o después?
El lobo cerró un momento los ojos y cogió aire.
—Me gusta coger, tomar una cena caliente y un café con un purito —me explicó, como si fuera algo necesario e importante.
—Bien —murmuré, saliendo de la cocina para ir hacia la habitación.
—Bill —me llamó el lobo a mis espaldas—. Hoy tengo algo de tiempo y he decidió venir aquí. No me hagas arrepentirme…
Fruncí el ceño y respondí a su mirada seria.
—Quieres tener sexo y estoy yendo a la habitación, ¿puedes explicarme por qué mierdas eso te molesta?
—Me molesta que sea tan frío.
—Oh… —exclamé, arqueando las cejas—, pues en el callejón no…
—¡Esto no es el callejón, Bill! —terminó exclamando—. Pero si quieres volver allí, me voy…
Compartimos una dura y tensa mirada de esas tan nuestras. Solo hasta que el ruido del microonda hizo «ding», y me moví de vuelta, quedándome frente al enorme lobo enfadado.
—Primero, aquí las cosas claras, yo no te leo la puta mente ni tengo por qué saber lo que te gusta —le dije con tono serio, pero una expresión tranquila—, y, segundo, como me vuelvas a gritar, no te vas a ir, te voy a tirar yo de una patada por la puta puerta de emergencias. ¿De acuerdo?
—Las cosas claras —repitió antes de asentir—, perfecto…
Me agarró de la parte baja de la muñeca y tiró suavemente de mí en dirección al sofá. Se sentó allí y me hizo sentarme a su lado antes de rodearme los hombros con el brazo.
—Soy un Macho muy ocupado al que le gusta disfrutar de sus pocos momentos de tiempo libre. Me gusta llegar, quitarme la camisa, desabrocharme el pantalón y echar un buen polvo calmado para vaciarme las pelotas antes de tomar una buena cena caliente. ¿Te ha parecido suficiente claro, Bill?
—Y a mí me gusta que no me den problemas y que no me griten —respondí.
—Muy bien, entonces nos entendemos —murmuró, apretando el brazo para acércame más a él a su torso desnudo.
Me gustaría poder decir que me resistí bastante y me negué a coger solo por joderle un poco, pero la verdad es que, con ese olor y ese cuerpo, mi voluntad no era tan fuerte como antes. Solo le costó un buen beso y llevarme la mano a sus abdominales para que me derritiera entre sus brazos.
Seguía insultándole y siendo sexo bastante duro, pero yo sabía que Tom podría hacer conmigo lo que quisiera en ese estado. ¿Me molestaba? Mucho. ¿Era lo peor de él? No. Porque el cabrón lo hacía de puta madre. Besaba mucho, pero también hacía otras muchas cosas con esa lengua.
Ese lobo la chupaba y te comía las pelotas y el culo sin dudarlo; no era nada egoísta a la hora de dar o recibir, repitiendo posturas como el sesenta y nueve, creo que una de las favoritas de ambos. Después, cuando se la chupaba siempre me avisaba antes de correrse, lo que me permitía decidir si lo quería en la boca o no. Aquella noche, por ejemplo, me lo tragué solo por lo loco que me estaba poniendo la intensidad con la que me devoraba el culo, como con una rabia salvaje, antes de hacerme un par de dedos para ir abriendo camino. El lobo era muy consciente de lo enorme que tenía la polla y no te la metía hasta al menos haber introducido tres dedos antes; lo que, sinceramente, era todo un detalle.
Al terminar, sudados y jadeantes durante la inflamación, el lobo esperó un minuto o dos y después buscó mis labios y mis ojos. Era un momento extraño, muy íntimo, incluso más que el sexo. No decíamos nada y nos mirábamos antes de darnos pequeños besos que rozaban peligrosamente el cariño. Yo no era de hacer esas mierdas, pero no me disgustaba con Tom. Era como una especie de oasis en nuestra relación habitual tan obsesionada por ese equilibrio de poder y orgullo. Cuando la inflamación remitió, aún nos quedamos uno o dos minutos más así hasta que, con un gruñido de queja, me levanté de encima de él y fui a preparar su puta cena.
El lobo se incorporó mientras recalentaba el burrito, fue al baño a mear, limpiarse las manos y mi corrida sobre el pecho y volvió bostezando y rascándose los huevos. Esa imagen se quedaría para siempre clavada en mi memoria, porque no era para nada algo que me esperara de él.
Se sentó todavía desnudo en el taburete y miró los burritos, comprobando si estaban calientes y asintiendo con aprobación. Ver comer a un lobo es un espectáculo, por si no lo saben, casi no respiran y se manchan como cerdos sin importarles una mierda. Solo se detienen al terminar, cuando eructan y se quedan complacidos.
—Estaba un poco especiado, pero bastante bueno —me dijo, alargando la mano hacia un trapo para limpiarse la boca y la barba negra manchada de grasilla. Todavía pasándose la lengua por los dientes para buscar restos, entrelazó los dedos y me miró, a la espera de su puto café.
—No tengo azúcar —le dije sin muchas ganas, dejando el vaso de líquido negro frente a él.
—Me gusta así, gracias —respondió, levantándose para buscar un purito en el bolsillo trasero de su pantalón de traje azul marino—. ¿Te ha gustado el sexo? — me preguntó entonces, como si solo fuera pura curiosidad.
Ya estaba en la puerta de emergencia, con el cigarro encendido en los labios y la espalda apoyada en la pared. No dije nada hasta que Tom se acercó, todavía desnudo, para quedarse a mi lado y echar el humo azulado del purito por la abertura.
—¿Por qué me haces preguntas de las que ya sabes la respuesta?
El lobo me miró por la parte baja de sus ojos ocres y después fumó otra calada.
—¿Dónde trabajas, Bill? Esa respuesta no la sé.
Se me escapó un leve bufido porque aquello me había hecho gracia. Chasqueé la lengua y giré el rostro antes de decirle:
—En Velvet’s Bulevar, hace esquina con la calle veintisiete —le expliqué—. Se llama The Wong Xing’s Shop, pero todos la llaman «The Wondering Shop».
—Si una noche tengo tiempo, podría pasarme a buscarte, así no llegarías tan mojado como hoy.
—Te he dicho que no quiero problemas, Tom —le advertí con una mirada seria mientras le señalaba con el dedo—. Nada de lobos en mi tienda.
El lobo arqueó las cejas.
—Te da vergüenza… —concluyó rápidamente.
—No, no me da vergüenza, pero mis jefes son unos putos racistas de mierda y me van a poner de una patada en la calle como vean a uno de los tuyos allí.
—Ah… —murmuró entonces, asintiendo—. De acuerdo, si es solo eso —recalcó—, no me acercaré demasiado.
—Sí, es solo eso.
—Entonces, ¿no te importa que abra más la puerta aunque puedan vernos tus vecinos? —e hizo un gesto para cumplir sus palabras.
—Mis vecinos van tan drogados que no ven nada —le aseguré—. Y si dudas de mí, Tom, me importa una mierda.
—Lo que tienen las mentiras, Bill, es que con el tiempo se acaban descubriendo…
—Uh… —murmuré, acercándome a su rostro fuerte y masculino—, qué miedo… van a saber que me cogo a un lobo… —chasqueé la lengua y puse los ojos en blanco antes de seguir fumando. Notaba la mirada fija de Tom mientras se llevaba el purito a los labios, pero le ignoré. Lo que pudiera pensar él de mí, me daba completamente igual.
No volví a ver a Tom hasta la semana siguiente, cuando, de sorpresa, oí otro bocinazo al final de la calle de la tienda donde trabajaba.
Como la primera vez, me llevé una mano a la navaja y casi se me cae el cigarro, hasta que lo vi fumando su purito por la ventanilla. Había perdido ya la esperanza de que volviera, justo cuando había descubierto el maravilloso mundo de los depravados de internet a los que les gustaba oler ropa de lobo. Así que, cuando le vi allí, hasta sonreí.
—Creía que te habías enfadado y habías decidido irte —le confesé, dando un par de pasos hacia la ventanilla del Land Rover.
—Te he dicho que soy un Macho ocupado —me recordó—. Sube, te llevo a casa.
—Espera, voy a volver un momento por algo de cenar —le señalé con el pulgar a mis espaldas, a donde el letrero de neón de la tienda titilaba sin parar en la oscuridad de la noche—. No sabía que vendrías.
Tom echó un vistazo por el retrovisor y asintió antes de llevarse el purito a la boca. Yo estaba mucho más calmado y abierto de mente porque sabía que aquel lobo podía darme mucho dinero. Ya lo tenía todo planeado, así que le compré una buena cena y regresé para montarme en su precioso todoterreno de lujo. No hablamos muchos hasta llegar a casa, donde se quitó la camisa gris perla, la dejó bien doblada y se desabrochó el cinturón y el botón de sus pantalones de traje negros para sentarse en el sofá. Como a él le gustaba. Le besé con fuerza y gruñí muy alto cuando fui directo a comerle la cabeza de su verga dura y mojada.
—¡Demonios, sí…! —jadeé, tratando de meterme más de lo que podía. Casi me había olvidado de lo enorme que era y lo fuerte que sabía, pero, sin duda, la había echado muchísimo de menos todas aquellas noches.
Tom tampoco parecía mucho mejor que yo, tocándome y lamiéndome por todas partes como si no hubiera tenido sexo en toda la semana. Se corrió en mi boca, en mi cara y después me la metió para terminar esas dos veces en mi culo, mordiéndome con más fuerza y apretándome el cuello. Aunque yo había quedado de espaldas a él, durante la inflamación se limpió su rostro sudado contra mi pelo y siguió con sus acostumbrados besos. Nos separamos varios minutos después, cuando me puse a preparar la comida y él fue a limpiarse.
—Oh, espera, tengo algo para ti… —sonreí. Fui en busca de los pantalones de chándal de segunda mano y la camiseta barata—. Como te gusta estar cómodo, pensé en comprarte esto.
Tom soltó un gruñido, pero no uno grave y enfadado, sino casi de sorpresa. Me dijo un breve: «Gracias» y se puso la ropa, esa que después vendería a precio de coste en internet.
—No has vuelto al Luna Llena —me dijo cuando, tras la cena, se puso a fumar a mi lado.
—No, le debo días al señor Wang después del Celo —murmuré—. ¿Por qué?
—Pensé que me irías a buscar allí.
Murmuré algo, nada demasiado comprensible, como una afirmación sorprendida o una leve gesto de comprensión.
—¿Quieres que te vaya a buscar allí, Tom? —pregunté.
—Sí, me gustaría que fueras a buscarme allí —respondió con un lento cabeceo. —Quizá haya semanas, como esta, en las que no tenga tiempo a venir a verte, pero los viernes siempre suelo estar en mi Club. Te invitaré a una botella de vodka y podremos bailar un poco.
—De acuerdo —murmuré, volviendo la vista al paisaje lluvioso con la ciudad de fondo—. Esta semana intentaré ir —porque voy a vender tu puta ropa y quiero tenerte contento. Eso fue lo que pensé.
—Bill, creo que no hace falta que te diga que espero que solo vayas por mí…
—¿Ahora te vas a poner celoso, Tom? —pregunté.
—No, yo siempre he sido muy celoso —me corrigió—, y jamás te diría que volvieras al Luna Llena, pero mis circunstancias me obligan a tomar medidas poco convencionales.
—Poco convencionales… —repetí, solo porque me había hecho gracia.
Tras terminar de fumar, Tom me acompañó al sofá, me apretó contra él y miramos un poco las noticias veinticuatro horas antes de que tuviera que irse, dejando la apestosa ropa que le había dejado doblada en el armario. El único esnifador que no fue lo suficiente escéptico como para comprarla, le puso una gran valoración y, cuando me llegaron una lluvia de pedidos, sonreí.
Con una chaqueta nueva y una gorra de beisbol para protegerme de la lluvia, el viernes de esa semana entré en el Luna Llena. El local estaba bastante más vacío que la última vez, pero aún seguía habiendo bastantes humanos buscando verga de lobo.
Subí las escaleras y miré al fondo de la sala elevada de la Manada, dirigiéndome a paso tranquilo hacia el lobo enorme, con el pelo recogido y la barba igualada, que me miraba fijamente de vuelta con unos ojos de un ocre suave. Le hizo una señal a los hombres y mujeres que le rodeaban y todos pusieron expresiones de sorpresa, pena o enfado mientras se levantaban. Pasé entre ellos y me senté cara a Tom.
—¿Dónde está mi botella gratis? —le pregunté.
El lobo señaló una de las que había sobre la mesa, sin abrir. Puse una expresión de aprobación y me incliné para cogerla. Cuando volví a recostar el hombro, Tom ya me tenía rodeado con el brazo.
—¿Qué tal esta semana, Bill? —me preguntó en voz baja, acercando el rostro a mi oreja.
—Pues la misma mierda de siempre. ¿Qué tal la tuya?
—Estoy contento, hice un buen negocio.
—Oh… ¿un negocio de chico muy malo?
Tom esperó unos segundos antes de sonreír. Para lo serio que estaba siempre, tenía una sonrisa preciosa y blanca.
—Por supuesto… yo no me dedico a nada bueno.
—Yo tampoco —murmuré, dándole un par de tragos al vodka frío, que bajó ardiendo por mi garganta.
El lobo aprovechó mi cabeza girada para acercarse a mi cuello y darme un breve y lento lametón que me puso la piel de gallina, el corazón a cien y la verga más dura que el diamante. Cuando bajé la botella, me giré para darle un buen beso. Tom gruñó por lo bajo con placer y me apretó un poco más contra él. Como tenía mi mano ocupada con la botella, tuve que conformarme con acariciarle el pelo y la cabeza con la que tenía apoyada detrás del respaldo, aunque eso no fue suficiente y cada vez quise pegarme más y más a él.
—Tranquilo, Bill, tenemos toda la noche —me dijo, separándose un momento de mis labios.
—¿Te parece divertido ponerme caliente para después parar, Tom? —le pregunté—. Porque a mí no me hace ni puta gracia.
—Sí, me resulta bastante excitante —confesó—. Ya sabes que cuando tengo tiempo me gusta…
—Sí, ya lo sé —le interrumpí antes de beber otra vez de la botella. Quizá el licor frío fuera capaz de calmar el ardor de mi interior.
Como si quisiera demostrar sus palabras, volvió a inclinarse sobre mi cuello y a besarlo repetidas veces como él hacía. A Tom le gustaba mantener una tensión sexual y alargarla con cháchara estúpida y preguntas sobre mi vida, qué había hecho esa semana o algo tan estúpido como cuál era mi comida favorita. A veces me frustraba, pero era pasable porque no deteníamos el toqueteo y yo no me privaba de tocarle nada: desde su pecho firme y fuerte, a sus bíceps gigantes, a sus abdominales marcados y a su enorme verga que ya estaba mojándose toda la entrepierna de su pantalón gris oscuro.
—Parece que te has meado —le dije en uno de esos parones mientras apretaba el bulto carnoso y duro bajo la tela mojada.
—No es una sensación agradable —reconoció—, pero no puedo evitar mojarme tanto.
—Me halagas, Tom.
El lobo resopló y alzó la cabeza con superioridad, sin embargo, una fina sonrisa le recorrió los labios.
—Está en mi naturaleza producir tanto líquido preseminal, Bill —me aclaró—, solo que… quizá tú tengas también algo de culpa.
—Ahm… ¿quieres ir al callejón a que te lo limpie un poco? —le propuse. El lobo se quedó mirándome fijamente un par de segundos antes de decir:
—Normalmente odio a los humanos tan cerdos, pero en ti me resulta bastante atrayente.
—Me alegro, porque ya sabes que no voy a cambiar —le aseguré.
Tom cogió una bocanada de aire y recostó la cabeza contra la mano con la que la acariciaba.
—Hoy llueve mucho para el callejón. Bailemos un poco, vayamos a tu casa, cogemos y me das de cenar.
—Para cuando lleguemos a mi casa, habrás destrozado el pantalón.
Tom volvió a sonreír un poco más, mostrando una fina línea de sus dientes blancos de grandes colmillos.
—Así tendrás mucho más que lamer… —murmuró.
Esta vez, fui yo el que sonreí, asintiendo lentamente con la cabeza.
—Eso es cierto —le dije.
Como él había dicho, bailamos como nosotros hacíamos, llegando a un punto intermedio y perfecto entre su movimiento pegado y el mío. Empezamos a tocarnos bastante y a besarnos sin parar. Cuando salimos casi corriendo hacia el auto, Tom ya me había metido hasta tres dedos por el culo y tenía los pantalones completamente empapados. Yo no estaba dispuesto a parar allí, así que, ya subidos en el auto, me incliné sobre él y le desabroche a toda prisa la hebilla. El lobo jadeó y, sin dudarlo, se recostó un poco en el asiento para dejarme espacio mientras arrancaba el motor.
La entrepierna de Tom, habitualmente apestosa y fuerte, se multiplicó por diez por todo aquel líquido preseminal viscoso que la empapaba de arriba abajo. Fue asqueroso, increíblemente asqueroso y me puso a cien.
No paraba de gemir tratando de meterme la cabeza gorda en la boca mientras me empapaba la barba y los labios. Yo había perdido por completo la cabeza, estaba tan jodidamente caliente que no me detuve cuando se corrió la primera vez, me lo tragué y seguí sin parar hasta la segunda, que también me tragué. Quizá me hubiera tragado hasta la tercera si no hubiera sido porque Tom tiró de mí, me besó con una necesidad animal y me agarró del cuello para indicarme que saliera del auto.
Ya habíamos llegado a la calle, no estoy seguro de si antes de la primera corrida o después de la segunda. Lo que sé es que Tom estaba como loco: me agarraba de la nuca y de la muñeca, gruñendo por lo bajo y casi enfadado conmigo por tener que detenerme a abrir la puerta del portal y la de casa. Entonces cerró de un portazo, me cogió en brazos y fue directo a la cama con una verga fuera que ni siquiera se había parado a guardarse. Me quitó la ropa a tirones, muy similar a como había hecho en el Celo, después se arrancó la camisa haciendo saltar los botones y ni siquiera llegó a quitársela entera, porque una manga se quedó atrapada alrededor de su enorme bíceps. Eso tampoco le importó, gruñó más alto, se bajó los pantalones hasta las rodillas y se tiró sobre mí como un puma salvaje para cogerme bien duro mientras me mordía con fuerza el cuello.
Después de haberse corrido dos veces en el auto, creí que a la cuarta pararía, pero me equivoqué. El lobo me dio la vuelta, me agarró de las muñecas y me cogió de espaldas hasta una milagrosa quinta vez. Ahí, jadeando como si hubiera acabado de correr un triatlón, se derrumbó sobre mí con todo el peso. Me dejó sin aliento, sin el poco que me quedaba, pero yo ya estaba tan jodidamente dopado de semen de lobo que me dio completamente igual. Estaba casi seguro de que a Tom le salía Valium o relajante muscular por la verga, porque aquello no era normal.
No quedamos en un profundo silencio durante toda la inflamación, sin besos ni miradas, hasta que, en algún momento, Tom se quitó de encima susurrando una disculpa antes de echarse a un lado y atraerme hacia él. Entonces buscó mis labios y me miró a los ojos como solía hacer.
—¿Te he hecho daño, pequeño? —me preguntó en voz baja—. Me puse demasiado caliente y perdí el control. Lo siento.
—Estoy bien, Tom —murmuré, dándole un beso suave y corto—, ha sido un polvo increíble.
—Sí, lo ha sido —afirmó.
—Voy a… —me moví, pero los brazos me temblaron y me acabé derrumbando sobre su pecho otra vez. —Demonios… —jadeé, dándole otro intento hasta incorporarme—, voy al baño a vaciarme el culo lleno de corrida y después te doy la cena —le expliqué.
Tom se limitó a asentir y se quedó en la cama, mirándome cómo me alejaba hasta cerrar la puerta. Salí diez minutos después, porque además, me había duchado.
—No he encontrado mi pantalón y mi camisa —me dijo cuando me lo encontré sentado al borde de la cama, ya desnudo, sin camisa atrapada en el brazo ni los pantalones con zapatos a la altura de los tobillos.
—Ah, sí, he comprado otros… —se me ocurrió decir antes de irle a buscar los nuevos.
—¿Por qué? Los otros estaban bien.
Me encogí de hombros y suspiré.
—Porque sí, Tom.
Le entregué la nueva ropa y recogí la chaqueta tirada en el suelo para buscar mi cajetilla de tabaco y mi zippo. Como ya sabía que el lobo iba a venir, o al menos me lo había imaginado, me había parado en una tienda de comida para llevar, donde le había comprado una bandeja de cerdo a la brasa —entero—, y solo para él. Cuando lo vio, Tom arqueó las cejas y puso una expresión de sorpresa que todavía no había visto en su rostro.
—Es… mucho —murmuró, sentándose en el taburete mientras aceptaba el tenedor que le ofrecía.
—Pues cómete sólo la mitad, yo que sé —respondí, ya con un café en la mano y bebiendo tragos con los que intentaba quitarme ese intenso regusto a semen de la garganta. Me había tragado mucho, muchísimo, y solo esperaba no levantarme por la mañana para vomitar corrida en el baño.
El lobo devoró el cerdo sin pausa, como se había comido las hamburguesas tras el Celo. Para ir tan trajeado y ser tan relamido, comía como un puto animal, manchándose los morros y sin esperar a tragar para meterse más y más comida en la boca. Como había dicho, era muchísimo, así que no pudo con todo, aunque casi se hubiera metido entre pecho y espalda más del noventa por ciento del cerdo.
Había leído que si comían bien, los lobos te visitaban más, y yo quería que Tom viniera y ensuciara bien la ropa que le compraba. Además de tener sexo, por supuesto, pero ese era un maravilloso plus y no el objetivo principal.
Con los abdominales más abultados de lo normal, se levantó con expresión adormilada y se detuvo a respirar un momento.
—Bill… —tragó saliva—. ¿Podrías ir a buscarme un purito, por favor?
Cerré la puerta de emergencias y dejé mi vaso vacío sobre la barra vieja de bar antes de dirigirme a la habitación. Volví con la caja metálica y se la entregué.
—Puedes fumar en el sofá, no vaya a ser que te desmayes y te caigas al callejón —le ofrecí—. Deja la ceniza en este vaso.
El lobo asintió lentamente, se encaminó al sofá y se dejó caer de un golpe seco, haciéndolo crujir bajo sus ciento y pico kilos de puro músculo. Se sacó un purito, se lo puso en los labios y recostó la cabeza en el respaldo mientras cerraba los ojos.
—Demonios… —le oí decir.
Para ser un lobo tan grande y poderoso, un poco de sexo duro y comida le dejaban completamente en la mierda… Arqueé las cejas y resoplé: él no era el que tenía un regusto a corrida en la garganta y el ano tan dilatado que podría meterse un puño. Aún así, me acerqué con el zippo, le encendí el purito y le entregué su café solo grande. Tom entreabrió sus bonitos ojos ocre y me miró, fumando una calada antes de soltar el humo azulado a un lado.
—¿Noticias? —pregunté, yendo a sentarme a su lado antes de inclinarme a por el mando.
—Sí —le oí decir en voz baja.
Levantó la cabeza para mirar la televisión vieja y de pantalla rota, alargó un brazo para rodearme los hombros y se metió la otra mano dentro del chándal gris con rayas negras a los lados, rascándose nada sutilmente los huevos mientras fumaba su purito entre los labios. Solo la sacaba de allí para echar la ceniza del cigarro en el vaso vacío, hasta que empecé a acariciarle suavemente la barriga y empezó a producir una especie de ronroneo bajo. Volvió a recostar la cabeza en el sofá y cerró los ojos, tardando menos de un minuto en quedarse dormido, teniendo contracciones musculares en la pierna y los hombros, como cortos espasmos mientras roncaba. Puse los ojos en blanco, le quité el purito de los labios antes de que se le cayera y probé una calada. No estaba mal, pero seguía prefiriendo el tabaco normal. Recogí el vaso lleno de ceniza y la bandeja con el cerdo, teniendo tiempo de sobra para ordenarlo todo antes de volver al sofá.
Tom se despertó a las dos horas, parpadeando y algo confuso. Levantó rápidamente la cabeza y miró a los lados hasta encontrarme pegado a él.
Entonces se llevó una mano al rostro y frotó los ojos.
—¿Qué hora es? —me preguntó.
—Las cinco de la noche.
El lobo resopló y cogió una bocanada de aire.
—Tengo que irme —anunció, a lo que yo solo asentí.
No hizo falta que le acompañara al baño, del que salió duchado para ponerse su ropa arrugada y manchada. Gruñó por lo bajo, supongo que jodido por haberse roto los botones de la camisa o por tener que ponerse un pantalón empapado en líquido preseminal. Volvió con expresión seria y se detuvo a un lado del sofá con las llaves del Land Rover en una mano y otro purito sin encender en los labios.
—Has cambiado las mantas de la cama —me dijo—. ¿Por qué?
Respondí a su mirada seria y me encogí de hombros.
—¿No te diste cuenta de que las otras no llegaban para esa absurdez de cama que has comprado?
—Sí, lo sé, pero estas no huelen a mí. —No supe qué decir a eso, y Tom debió notarlo en mi expresión seria, porque añadió—: La cama tiene que oler a mí. Es muy importante, Bill. No cambies las mantas sin avisarme antes, por favor.
Apreté un momento los dientes, recordando que había una camiseta y un pantalón doblados en el armario por los que una panda de pervertidos me pagarían mil seiscientos dólares.
—Claro —murmuré. Tom asintió.
—Si no puedo volver esta semana, ven a buscarme al Luna Llena.
—Tom —le detuve antes de que se fuera—. ¿Qué rango tienes en la Manada?
Él se quedó en silencio un par de segundos y respondió:
—Yo soy el Alfa de la Manada, Bill.
Si estaba esperando una reacción asombrada y un gritito de sorpresa, no lo encontró en mí. Me quedé con la misma expresión y solo asentí. Él cabeceó y se fue. EL PUTO ALFA. Salté del sofá y fui directo a embolsar la ropa y a poner en anuncio en el Foro; doblé el precio y sonreí. Ese hijo de puta me iba a hacer de oro… O lo haría si me diera más ropa, pero no volvió a aparecer en toda la semana, así que tuve que ir a buscarlo al Luna Llena.
Aparecí con mi nueva chaqueta de motero y el pelo mojado de la lluvia, Tom me vio al instante, quizá porque me estaba esperando. Despejó el sofá de humanos solo para mí y me rodeó los hombros antes de pegarme y darme un buen beso en los labios.
—¿Qué tal la semana, Bill? —me preguntó.
—Una mierda, ¿la tuya? —respondí, ya con la mano en su abultado pecho de toro, ese que, a mi pesar, había echado tantísimo de menos.
—Normal, diría. ¿Hoy también tienes un cerdo entero esperándome en casa?
—No, hoy compré pescado con patatas asadas.
Tom continuó besándome el cuello y gruñó por lo bajo, pero de forma más aguda, como si la idea le produjera placer.
Tuve que soportar aquella monotonía de manoseo, besos y preguntas una hora, hasta que el lobo me llevó a bailar y empezó lo verdaderamente divertido. Se la chupé en el camino en auto y llegamos a casa para terminar por todo lo alto tras cinco buenas corridas de lobo. Yo sabía que aquello no era lo normal, porque lo había leído, así que, o Tom estaba terriblemente excitado, o no había tenido sexo demasiado aquella semana; yo me decantaba más por la primera opción, porque no era tan tonto como para asumir que no hubiera otros humanos a los que el Alfa visitara. Sin embargo, con que volviera cada viernes a mi casa para dejarme un regalo de ropa sucia que vendería por dos mil dólares, me bastaba. Tras el sexo, descargar más de medio litro de semen y darme una buena ducha, me encontré con el lobo esperándome sentado con su ropa cómoda.
—¿Hay alguna razón por la que siempre sea diferente? —me preguntó, porque no era estúpido. —Busqué la de la semana pasada y no la encontré.
—Es ropa de la tienda de segunda mano, Tom —murmuré, remarcando el tono indiferente—. Está hecha mierda y me vale tres dólares. Puedo permitirme comprarte nueva cada semana y que no tengas que reutilizarla.
—No me importa reutilizar la ropa, Bill, no soy tan prepotente como para no poder ponerme unos… —y se detuvo cuando le puse la bandeja de enorme pescado rodeado de patatas.
Tomó aire, mirando aquello como si fuera todo un desafío. Solo aceptó el tenedor que le entregué y se puso a comerlo como el jodido animal que era.
Por alguna razón, se puso a mirarme fijamente mientras masticaba, algo que resultaba demasiado extraño como para no significar nada. Así que, distraídamente, lo busqué en el Foro mientras fumaba frente a la puerta. Al parecer, eso significaba que le gustaba mucho y que quería que yo lo supiera. Bien. Había que sumar puntos para Bill sobre el resto de humanos.
Por eso le llevé su caja de puritos y su café al sofá donde el Alfa repleto de comida suspiraba y miraba las noticias. Fumó con una mano alrededor de mis hombros y la otra rascándose la entrepierna, como a él le gustaba. En esta ocasión, sin embargo, se quitó el purito de los labios y lo dejó sobre el vaso vacío de café antes de dormirse. Se despertó tres horas después, a las seis de la mañana, para irse con expresión adormilada a vestirse y gruñir de nuevo por el destrozo que había hecho en la ropa. Antes de irse, se acercó y me dio un extraño beso suave en los labios. Me hizo sentir un poco extraño, porque aquello parecía un poco de novios y no acababa de gustarme esa sensación.
De todas formas, fui a envolver la ropa y la vendí rápidamente por otros dos mil quinientos dólares en apenas minutos. Los Alfa eran los mejores y los más demandados, así que ChicoOloroso tenía un grupo de desesperados con mucho dinero y muchas ganas de pegar la cara a unos pantalones sucios.
Que solo pusiera a la venta un par cada semana, terminó beneficiándome y encareciendo los precios. Pero, para mi sorpresa, Tom volvió a los dos días, pillándome totalmente desprevenido al salir de la tienda. Me quedé unos segundos en blanco y fruncí el ceño.
—Rayos, Tom, no sabía que ibas a venir y no he comprado nada —fue lo que le dije—. Espera que vuelvo a por algo… —y me di la vuelta, bastante enfadado con aquel imprevisto.
Tom se dio cuenta, así que cuando subí al auto, me miró y me dijo:
—Si me das tu número de teléfono, podré avisarte con tiempo.
—Sí… —murmuré tras un breve silencio y con la vista al frente—. Eso estaría bien.
—Pero, como creo que entenderás, Bill. No me gustaría arrepentirme…
Entonces le miré y arqueé una ceja.
—¿En serio te crees que te voy a hacer llamadas todas las noches y mandarte mensajitos de amor, Tom? —le pregunté.
El Alfa se dio cuenta de lo estúpido que sonaba y terminó asintiendo.
—A veces se me olvida la clase de humano que eres —reconoció.
Continúa…
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