16: Olor a macho muy feliz (P.1)

Humano: Especiales de TollWriter

Capítulo 16Olor a macho muy feliz (P.1)

Septiembre llegó con muchas malas noticias y una buena, lo que era un sutil cambio con respecto a mi vida, donde normalmente solo había malas noticias. La última semana de julio llegó el final de mi contrato de operario de peaje y no quisieron extenderlo más, quizá por las constantes quejas de los conductores sobre mis respuestas cortantes y mi mala actitud. No podía culparles, después de todo, no era la primera vez que se creaba una cola porque yo estaba con Tom cogiendo o manoseándonos en alguna parte.

—¡Llevo esperando cuarenta putos minutos! —me gritaban indignados. A lo que yo siempre respondía:

—Estaba cagando.

De todas formas, el lobo me ayudó a encontrar un empleo rápidamente. Bueno, en realidad me lo encontré yo mismo, pero él intercedió para que se hiciera realidad. Tom siempre me decía que sus Machos del almacén perdían mucho tiempo yendo a buscar comida y que eso ralentizaba los envíos. A lo que yo le sugerí dulcemente que contratara a un puñetero servicio de cáterin, que le llevaran allí la comida y que dejara de darme por el culo con el tema mientras disfrutaba de mi momento perfecto tras otro pedazo de polvo en el jacuzzi. 

Había creído que esa enorme bañera de exteriores era solo un capricho tonto del lobo y que me sería del todo indiferente, pero me equivoqué. Manosearnos allí mientras bebíamos cerveza y fumábamos se había convertido en uno de los grandes placeres de mi vida; uno entre muchos otros; como cuando estábamos en la terraza de la cafetería, sentados uno frente al otro en el mismo banco, en esa posición que nos permitía estar muy pegados y compartir un cigarro, besos y caricias mientras nos terminábamos el café.

—Ey, bebé, ¿a qué no sabes que Macho enorme, fuerte, con una melena increíble y al que te encanta comerle la verga, te ha conseguido un trabajo? —me preguntó en una ocasión de esas tras mirar un mensaje que le acababa de llegar al teléfono.

—No sé…, ¿Pol? —pregunté a la altura de su cuello.

Tom bajó un poco el rostro para dedicarme una mirada seria. Con una fina sonrisa en los labios, me aparté lo suficiente para responder a sus ojos marrones. Moví uno de los brazos con el que le rodeaba el cuello y le recoloqué tras la oreja un mechón rebelde que se le había escapado del moño improvisado que se había hecho aquella tarde tras salir de la ducha.

—Dime, león, ¿qué trabajo me has conseguido? —le pregunté.

Tom siguió mirándome un par de segundo más y, tras un grave gruñido para advertirme de que aquellas bromas seguían sin hacerle gracia, respondió:

—He hablado con Gustav sobre tu idea del cáterin para el almacén, le ha gustado bastante, pero no quiere que ningún extraño se acerque demasiado, así que le dije de que tú estabas desocupado y que podrías encargarte. La Manada te dará un buen sueldo y, además, podrás venir a verme.

—Así que te las has apañado para matar dos pájaros de un tiro: dar de comer a tus chicos y vaciarte las pelotas a la vez —concluí antes de asentir varias veces —Eres un puto genio, león.

Tom sonrió, se relamió un poco los labios y me besó suavemente.

—Solo estaba pensando en ti, bebé…

—susurró sin separarse demasiado—. Que dé la casualidad de que pueda cogerte un poquito más a mitad de la noche, solo es una maravillosa coincidencia…

—Ya… —murmuré, pegando mi rostro al suyo antes de gruñir un poco por lo bajo, porque aquel puto lobo era mi mayor debilidad y no había nada que hiciera que no me pusiera caliente. Tomé una respiración de aquella peste a sudor densa y cálida y suspiré de pura felicidad—. ¿Y cómo se supone que voy a llevar la comida? ¿En bicicleta?

Tom se rio y negó, rozando su frente contra la mía. Además de un trabajo nuevo, el lobo me consiguió una furgoneta de reparto para poder hacer el recorrido de casi una hora que tardaba en ir al centro y, una vez con todo, llevarlo de vuelta a Valley Industrial para dejarlo en el almacén. La primera vez, Tom me estaba esperando junto a un lobo viejo y de enorme barba de Santa Claus, al cual le dijo algo antes de abrir la verja para dejarme entrar. Todavía estaba bajando del furgón cuando Tom me cogió en brazos y me metió la lengua.

—Lo siento, bebé, pero no puedes entrar en el almacén —me dijo cuando estuvimos a solas, después echó un rápido vistazo alrededor y se inclinó para susurrarme al oído—: En teoría el furgón es de la Manada, pero nos aseguraremos de que huela bien a mí… —y me guiñó un ojo.

—¡Demonios! ¡Aquí viene la comida, Tom! —exclamó al siguiente día el lobo viejo que, al parecer, iba a ser el encargado de abrirme la puerta y llevarse los tuppers al interior.

Tom se encogió de hombros con una expresión de morritos, como si fuera un pobre inocente que no se hubiera dado cuenta de que tener sexo en aquella parte trasera iba a dejar una enorme peste.

—Es Bill, Max, sabes que no puedo evitarlo…

A partir de entonces tuve que ser yo el que descargara las cajas y las dejara sobre el altillo de cemento mientras el lobo viejo, Max, esperaba de brazos cruzados y expresión seria, porque se negaba a acercarse a más de un metro del furgón.

—Al menos podías ayudarme a medio camino, ¿no crees, viejo? —le dije yo con una expresión seria y algo acalorado por tener que cargar el peso bajo la calurosa noche de septiembre.

—No. Si Tom ha ido de listo y ha reclamado la furgoneta, ahora es solo su problema.

Puse los ojos en blanco y me mordí la lengua para no soltar algo que no debería decir. Había tomado la decisión de no hacer preguntas, no meterme donde no me llamaban y no preocuparme de nada más que de mi trabajo, la Guarida y Tom. Quien seguía pidiéndome cosas de esa forma tan indirecta y estúpida.

—Oye, bebé, sería genial si trajeras un par de cervezas frías con los tuppers, para

los chicos —me dijo una noche, tumbado en la parte de atrás de la furgoneta—. Ah, y deberíamos comprar una colchoneta o algo, sería más cómodo que hacerlo sobre esta mierda de suelo —añadió, apartando una mano de mi espalda sudada para tocar la esterilla que cubría el suelo del furgón.

¿Y qué hizo el bebé? Empezar a comprar cervezas para los chicos del almacén y una esterilla acolchada para el enorme lobo que le cogía, como mínimo, tres o cuatro veces a la noche.

—Ey, bebé, mañana Linda ha organizado una cena en un local de la Manada —me dijo en la cama, con los ojos cerrados y las manos detrás de la cabeza mientras le acariciaba el pelo y disfrutábamos de la inflamación—. No es nada serio, solo para darle de comer al pobre de Jack, ya sabes…

—¿Ria sigue sin cuidarle bien? —murmuré, no demasiado alto porque tenía la cara hundida en su cuello.

—Sí… Bueno, nadie dice nada y Jack no para de repetir que no hay ningún problema, pero por lo preocupado que andan Georg y Gustav, está claro que algo no va bien. Creo… —se detuvo, movió las manos para abrazarme un poco más fuerte de lo habitual y movió el rostro para susurrarme—: creo que Ria lo está haciendo a propósito…

Tomé una bocanada de aire y levanté el rostro para poder mirarle a los ojos.

—Claro que lo está haciendo a propósito, león —le dije—. Y dudo que vaya a parar.

Tom frunció el ceño y puso una mueca de tristeza y preocupación.

—¿Por qué se iba a hacer eso? Jack es su Macho, ¿por qué querría hacerle sufrir?

—Ese es el problema, Tom, puede que Ria no quiera un Macho.

Tom bajó la mirada, apretó las comisuras de sus labios y me llevó con él hacia un lado, con cuidado de no sacarla y no hacernos daño. 

Una vez sobre mí, acercó su rostro y rozó nuestras narices, creando esa especie de pequeño universo, íntimo y cálido. Yo le rodeaba el cuello y él me rodeaba la cabeza, derramando su frondosa melena de color caramelo que caía en cascadas como una cortina que nos separara del resto del mundo. Entonces me dio un beso suave con sus labios todavía algo pringosos y me miró en silencio. 

Tom solo se ponía así cuando tenía algo serio que decir o algo le preocupaba y quería hablarlo conmigo.

—A veces mis humanos dejaban de darme de comer, no me abrían la puerta o desaparecían sin más. A veces llegaba a sus casas y ya no olía a mí por ninguna parte —susurró—. Me sentía como un completo extraño, perdido y solo. Me confundía mucho porque ellos eran muy buenos conmigo y, de pronto, me escupían a la cara. No… no es nada agradable y no me puedo ni imaginar lo doloroso que sería que un compañero te hiciera algo así.

Era una putada que Ria le hubiera hecho aquello a Jack, sin duda, porque yo ya había hablado con el lobo triste y delgado y sabía perfectamente que no era de los que tenían veinte humanos en lista y visitaba el Luna Llena cada semana para buscar más; o sea, que no era un lobo como Tom. Sino del tipo romántico y fiel cuyas intenciones se podían ver venir a kilómetros de distancia. Ria no tenía ninguna excusa para decir que «había sido una sorpresa» o que «no sabía lo que hacía», cuando todas las señales estaban allí, frente a sus ojos, y las alarmas de peligro resonaban tan alto que tenían que haberla dejado sorda.

—Quizá me equivoque —murmuré sin embargo, porque la verdad era algo que Tom simplemente no comprendería—. Seguro que Linda va a hablar con ella y todo se soluciona. No te preocupes, león.

Tom me miró un momento más antes de bajar el rostro y acariciarme la mejilla con un ronroneo y un agradable picor debido al roce de nuestras barbas.

—Entonces, ¿vienes mañana conmigo a la cena? —me susurró al oído. Murmuré una leve afirmación.

—Me ahorraré el dinero de dos tuppers…

Tom se rio, me mordisqueó la mejilla y sacó la verga de dentro, ya desinflamada, para rodearme con los brazos y dormirse como más le gustaba: muy pegado a mí. 

A la noche siguiente, tras el polvo de primera hora y la ducha, nos pusimos lo que ambos considerábamos ropa elegante, o sea, camisa y un bañador, para ir a la cena. Aquella no era la primera «cena de Jack» a la que iba, porque después de la fiesta de celebración por el nuevo almacén, Tom ya me había pedido un par de veces que le acompañara a más de esas estúpidas. Estaba bastante seguro de que lo hacía para poder entretenerse, tocarme y tontear discretamente conmigo y así pasar el rato. Y yo nunca decía que no a comer gratis y manosearme con Tom. Es verdad que tenía que aguantar un poco de cháchara insulsa con algunos lobos o incluso sus compañeros, pero eso solo era un mal menor que había que soportar.

Y si están pensando que debería preocuparme de estar en cenas con compañeros, se equivocan, porque aquellos no eran «eventos de la Manada»; a esas cosas yo no podía ir y Tom jamás me invitaba. Yo solo acudía a cenas tontas, reuniones estúpidas o, quizá, un poco antes o un poco después de que los verdaderos eventos empezaran o terminaran. 

Era completamente normal, ya que yo era el «humano de su Guarida» y tenía algunos privilegios como aquel. Además de poder tener sexo con Tom todo lo que quisiera, digo, porque aquel era el único privilegio que me importaba. Aún así, era divertido ir. Tom siempre ponía música a todo volumen y se animaba mucho cantando.

You follow what you feel inside It’s intuitive, you don’t have to try

It comes naturally, mm, it comes naturally And it takes my breath away

What you do so naturally…

—No voy cantar nada de Selena Gomez —me negué en rotundo—. Además, no es de los 2000.

You are the thunder and I am the lightning And I love the way you know who you are And to me it’s exciting

When you know it’s meant to be Everything comes naturally When you’re with me, baby…

Continuó mientras me miraba. Yo ponía los ojos en blanco y seguía fumando por la ventana. A veces a Tom le gustaba vacilarme con ese tipo de canciones, como si se tratara de otra de nuestras bromas. Después del animado viaje, nos tomábamos unas cervezas con los chicos, bromeábamos un poco y entonces me iba antes de que la fiesta real empezara, a la espera de que Tom me llamara para pedir una mamambulancia urgente.

En aquella ocasión, sin embargo, me quedé, ya que no era «de la Manada» y solo estaban Pol, Roi, su compañera, Gustav, Linda y, por supuesto, Jack. Cuando entramos en la especie de pizzería de los sesenta, fruncí el ceño y eché un rápido vistazo para decir:

—Creía que Halloween era el mes que viene…

El lobo se rio, haciendo vibrar su pecho contra mi espalda, pero, con su mano metida por la abertura de mi camisa, me apretó un poco más y me susurró al oído:

—Pórtate bien, bebé, están el Alfa y Linda.

Puse los ojos en blanco, pero cuando nos acercamos a saludarlos, como la etiqueta lobuna requería, fui educado y breve. Ambos apestaban que daban asco, un olor fuerte, denso y agrio que me costaba un poco soportar, nada parecido al maravilloso y cálido sudor de Tom. Linda me parecía un poco tonta, o al menos, odiaba como forzaba ese buen humor constante como si fuera la mujercita perfecta; pero Gustav, el Alfa, no me caía mal.

 Tenía un humor tan retorcido como el de Tom y el mío y ya me había felicitado por mis buenas ideas en el almacén, así que además sabía apreciar lo bueno.

—La primera buena idea es gratis —le había dicho, guiñándole un ojo, una horrible costumbra que el puto Tom me había pegado; pero el lobo me dio un apretón y añadí rápidamente—: Gracias por haberme invitado…

—Mis Machos me han dicho que ahora les llevas cerveza, tabaco o cosas que te piden, Bill —me dijo aquella noche. Como no había nadie de mayor rango que Tom, fuimos los que nos sentamos a su lado, algo que no sucedía si estaban Georg, Ben o David allí—. Puedes incluir las facturas junto a las de las comidas y la Manada te las pagará.

—Eso estaba haciendo —le aseguré—. Te daré las facturas a final de mes. Pero, solo para que lo sepas —añadí—, Nike y Adidas son solo como se llaman los locales en los que paro a comprar tabaco, cerveza y café para los chicos… por si ves algunas facturas de esos sitios entre las demás.

Gustav elevó una comisura de los labios y se quedó en silencio mientras Linda y la compañera de Roi terminaban de repartir la comida. Como yo solo era «el humano de la Guarida», no tenía que hacer aquellas mierdas. Era maravilloso, ¿verdad? Todo el sexo y cero responsabilidades… 

Cuando los lobos dejaron de comer como putos cerdos y llegaron los postres, Tom y yo salimos a fumar afuera, dándonos un par de besos y roces indiscretos mientras tanto. En mitad de aquello nos interrumpió Gustav, que se quedó de brazos cruzados a la espera de que yo dejara de agarrar el enorme bulto carnoso de la entrepierna de Tom, y que él sacara la mano del interior de mi bañador. El lobo vikingo se aclaró entonces la garganta, se puso recto y me rodeó con los brazos antes de decir con tono serio:

—¿Ha ocurrido algo, Gustav?

—Sí, quería hablar con ustedes de algo —respondió el Alfa—. No quiero meterme en su vida ni en sus cosas, pero tienen que dejar de hacerlo en el furgón de repartos. Los Machos tienen razón en eso, ahí se pone la comida y ustedes… huelen muy fuerte. Es antihigiénico —nos miraba un poco a ambos, pero terminó por fijar la vista en Tom para decirle—. Puedes llevar a Bill a tu despacho, pero… con cuidado.

Tom asintió lentamente y el Alfa le respondió de la misma forma antes de darse la vuelta y volver por donde había venido. Entonces el lobo sonrió muchísimo y me dio la vuelta para besarme.

—¿Sabes lo que significa eso? —me preguntó.

—Sí, que se aproxima un Rodeo Blanco debajo de la mesa de tu despacho.

Tom se rio y terminó guiñándome un ojo al decir:

—Se aproximan muchas cosas, bebé…

Evidentemente, a la noche siguiente Tom no dudó en salir a ir a buscarme a la furgoneta y llevarme con él hacia el interior del almacén. No había mucho que decir, la verdad: era un sitio enorme, estaba lleno de cajas, estanterías, carretillas elevadoras y lobos. Tom me hizo un tour rápido, saludé a un par de Machos a los que conocía y ellos me saludaron de vuelta, hasta que, finalmente, el lobo vikingo me llevó por unas escaleras que ascendían a un pequeño pasillo. Allí estaba su despacho, con vistas al resto de la nave, un escritorio con ordenador y papeleo y un sofá.

—Así que aquí es donde finges trabajar… —murmuré.

Tom se rio, pero no tardó en pegarse a mi espalda y lamerme el cuello con un gruñido de excitación y placer.

—He aprendido del mejor… —me susurró al oído—. Entonces… ¿qué decías ayer de un Rodeo Blanco en el escritorio…?

En ese despacho pasaron muchas cosas. En el escritorio pasaron muchas cosas; encima y debajo de él. En el sofá de la pared pasaron muchas cosas. En el suelo de moqueta gris pasaron muchas cosas… Tantas que Tom tuvo que instalar persianas en los ventanales. Pero, para ser justos, el Celo de octubre estaba a la vuelta de la esquina. El lobo se empezó a poner cada vez más y más caliente mientras las hormonas se revolucionaban dentro de él y le volvían más apestoso y hambriento de lo normal.

—Toma dinero de la caja para pagar las cosas del Celo, bebé —me dijo mientras desayunábamos en la Guarida. Aquella mañana tenía que ir antes al almacén, así que le había hecho yo los huevos revueltos, la panceta, las salchichas, los pancakes y el café con leche.

Le serví el enorme plato y fui por un cigarro a la cajetilla. Ya no sabía si era la mía o la suya.

—¿Vas a pasarlo aquí, entonces? —pregunté, encendiéndome el cigarro.

El lobo levantó la vista del plato que había estado mirando casi con adoración.

—Sí, claro —murmuró.

Me encogí de hombros y eché el humo a un lado. Ya no me importaba fumar dentro porque las puertas de la terraza siempre estaban abiertas al tope.

—Y yo qué coño sabía, quizá te ibas con Selene, o Charls, o Viviane, o Caro, o Paul, o…

—No —me interrumpió—, lo pasaré aquí, bebé.

—Muy bien, león —concluí, señalando el plato—. Cómelo antes de que se enfríe.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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