
Humano: Especiales de TollWriter
Capítulo 13: Oops!… I Did It Again (P.1)

Tom volvió a los dos días. Apareció por la tienda y entró directamente con una sonrisa y una chaqueta de cuero sobre su camiseta gris. Me quedé mirándole con el ceño fruncido, a la espera de que se acercara al mostrador y me diera una explicación de por qué había decidido ignorar mi petición de que nunca entrara allí.
—Hola, muy buenas noches —me dijo con un tono educado—, querría un paquete de rubio largo, unas cerillas y algo de cenar. Ah, y también querría escupirte en la boca, ver cómo te lo tragas y después cogerte ese precioso culito hasta reventarlo.
—¿Qué haces aquí, Tom? —me limité a preguntar, ignorando lo caliente que me estaba poniendo volver a verle, trayendo esa actitud tan sexy y divertida y, aun peor, esa peste animal.
—Verás, Bill. Se está acercando el Celo y me estoy empezando a poner muy, muy caliente… —dijo, inclinándose sobre el mostrador con una de sus medias sonrisas.
—Ya lo veo —murmuré, bajando un momento la mirada hacia el bulto de su entrepierna, más marcado y obsceno de lo habitual.
Tom sonrió un poco más y se mordió suavemente el labio inferior, llevándose una mano a la verga para apretarla, resaltándola todavía más y agitándola obscenamente, solo para que yo lo viera.
—Dime, Bill, ¿tienes hambre? —me preguntó con un tono bajo y grave que me hizo temblar el pecho como un terremoto. Subí la mirada desde su paquete a sus ojos marrones, mi expresión seria no cambió, pero ahora yo estaba más hambriento que nunca—. Me gusta que me propongan guarradas y me sorprendan… ¿se te ocurre alguna buena idea?
Arqueé las cejas y bajé las piernas del mostrador. Dejé la revista que leía sin mucho cuidado y tiré de la solapa de la chaqueta del lobo hacia el pasillo, Tom gruñó con interés y me siguió a paso rápido. Le había dicho a Tom que dentro de la tienda no, pero después de contarle lo mucho que odiaba a los hijos de puta de mis jefes, tenía su gracia llevarme al lobo al despacho para que el señor Ming se preguntara sin parar: «¿pol qué olel tan mal aquí?». Además, después de dos días durmiendo en una cama que olía a Tom y volver a ver a aquel dios nórdico que era el lobo; solo podía pensar en vaciarle las pelotas hasta que se consumieran como pasas.
Así que le llevé directo al despacho. Tom le echó un vistazo rápido y cerró la puerta a sus espaldas mientras yo me sentaba sobre el escritorio y le hacía una señal para que se acercara. Gruñó y, con una sonrisa excitada, vino hacia mí como si estuviera a punto de comerme entero. Se quedó entre mis piernas abiertas, me agarró del pelo y acercó su rostro al mío, pero sin llegar a besarme, solo compartiendo un jadeo leve y cálido conmigo.
—Entones, ¿qué tienes pensado para mí?
—Vamos a coger en el despacho de mi jefe para que se joda y trabaje con más cara de asco que nunca, sin saber lo que apesta tanto es el olor a pelotas de lobo— le expliqué mientras desabrochaba el vaquero para tocarle la verga ya bastante húmeda y apestosa. Solté un gemido de placer en sus labios y él se quedó mirándome a los ojos y apretando los dientes mientras le masturbaba de arriba abajo aprovechando aquel líquido cálido y viscoso que ya le empapaba.
—Lámelo… —jadeó—. Oh… sí, joder…. —añadió cuando me vio hacerlo. Después lo hizo él, me besó muy fuerte y me agarró de la mandíbula para escupirme y volver a besarme.
Tom debía estar bastante caliente con la idea, porque se corrió bastante rápido con eso, lo que solo sumó más fluidos que lamer y compartir, como solíamos hacer. Con la barba empapada y manchada, me folló sobre el escritorio, una vez de espaldas, otra de frente y la última en la silla de oficina del señor Ming; la cual apenas aguantó la fuerza con la que montaba a Tom mientras él me agarraba y gruñía con fuerza.
Con una cuarta y última corrida, todo quedó en silencio. Me recosté contra él y le rodeé el cuello con los brazos, apoyando la cabeza en el hueco de su cuello. Tom me abrazó y lamió con la punta de la lengua las pequeñas heridas que me había hecho al morderme. Fue bastante extraño y me produjo un par de escalofríos sentir su aliento caliente sobre la piel húmeda de sudor.
—Así que esta es la Guarida del hijo de puta de tu jefe —me dijo tras un par de minutos, la inflamación no había remitido, pero el lobo giró la silla para quedar de cara al escritorio, moviéndome con él—. ¿Crees que la hemos dejado bien apestosa?
Solté un murmullo afirmativo, todavía en mi posición recogida sobre su cuerpo. Tom gruñó de una forma aguda y breve, apartó una mano con la que me había estado acariciando la espalda y abrió el cajón para ver lo que había dentro. Como no encontró nada interesante, probó con el siguiente, inclinándose un poco, pero con cuidado, ya que aún tenía su enorme verga inflada dentro de mí.
—Si te da problemas, podemos dejarle aquí una bolsa de cocaína y dar un aviso anónimo a la policía —me sugirió, cerrando el segundo cajón para recostarse de nuevo y acariciarme la espalda distraídamente.
Solté un bufido y sonreí.
—Y que me quede sin trabajo —murmuré con voz algo baja y pesada al tener los labios cerca de su cuello.
—Tienes razón, lo dejaremos como una última opción. Antes le podría hacer una visita para advertirle de que tenga cuidado.
Fruncí el ceño y al fin levanté al cabeza para mirar al lobo a los ojos.
—¿Ahora te vas a entrometer en mi trabajo, Tom? —le pregunté. Él se encogió de hombros y respondió:
—Si hace falta, no me importaría.
Fruncí más el ceño y ladeé la cabeza. Otra vez, significados ocultos y palabras con doble sentido…
—Si necesito tu ayuda, te la pediré —le dije—, pero no me jodas por detrás, Tom.
—Te encanta que te joda por detrás —me aseguró.
Moví lentamente la mirada hacia la pared con las horribles fotos de la familia Ming y murmuré:
—Me has entendido.
Tom produjo un gorgoteo grave y bajo y pegó su rostro a mi cuello para tomar una respiración profunda.
—Has dejado de usar jabón con aroma —percibió al instante.
Puse los ojos en blanco chasqueé la lengua.
Me sentí avergonzado de que se hubiera dado cuenta tan rápido y también bastante expuesto al pensar que el lobo creería que hacía caso de todas sus peticiones. Sin embargo, Tom pasó rápidamente del tema, dándole poca importancia a aquello, al menos, fingiendo que no se la daba.
—Ah, me olvidé de decírtelo, pero no puedes lavar las sábanas de la cama ni cambiarlas hasta el Celo —añadió, acariciando los labios contra mi cuello—. Es importante que huelan mucho a mí o me pondré muy nervioso cuando llegue a tu casa.
—Así que voy a tener que dormir sobre tu corrida seca y tu sudor durante seis días más. Qué maravilla…
Tom soltó un bufido de risa que produjo un escalofrío en mi piel tibia al contraste con el vaho caliente.
—No, Bill —me dijo, levantando la cabeza para mirarme a los ojos. Se puso las manos detrás del moño y movió suavemente la silla de un lado a otro. Fue algo extraño, porque yo le estaba montando, con los brazos alrededor de su cuello y con su verga inflamada dentro, dejándome acunar de un lado a otro mientras el lobo me miraba y sonreía—. Vas a estar seis días más durmiendo en una cama cada vez más manchada, porque yo me voy a asegurar de eso; pero espera al Celo, entonces sí qué vas a saber lo que es dormir sobre algo apestoso —añadió, guiñándome un ojo de esa forma que podría hacer explotar un iceberg en llamas.
—Ahm… —fue todo lo que se me ocurrió decir.
Por un momento, tan solo un par de segundos, quedé atontado por lo atractivo que Tom era. Completamente aturdido por esa maravillosa y descarada actitud que tantísimo me gustaba de él. Jodidamente hipnotizado por su sonrisa y sus ojos de café con leche. Y, viniendo de mí, eso era todo un halago. Tuve que parpadear, recordarme a mí mismo que no fuera un imbécil y sacarme a mí mismo de aquel estúpido pozo de admiración en el que había caído. Entonces desplacé la mirada de sus ojos hacía sus grandes bíceps, más abultados y marcados en la posición con las manos tras la cabeza.
—Eso no te lo hice yo… —le dije, señalando con un gesto de cabeza el enorme chupetón que tenía allí.
Tom giró el rostro y perdió la sonrisa. Al ver la marca reciente, se quedó un par de segundos en silencio y me dedicó una cuidadosa mirada por el borde de los ojos.
—No, esto fue… Joseph —reconoció en voz más baja.
—¿Joseph es como llamas a tu aspiradora, o es que hay un hombre con una boca enorme capaz de causar esos hematomas?—pregunté.
Tom bufó y una leve sonrisa se extendió de nuevo por sus labios. Apartó las manos de detrás de la cabeza y volvió a abrazarme. Quizá por comodidad, quizá para ocultar el chupetón de mí.
—Se pasa un poco —murmuró—, le encanta lamerme los brazos y tocarlos. Dice que son «la puta maravilla».
Arqueé una ceja y ladeé el rostro, pensándolo.
—Lo son —reconocí, entonces estiré un poco la espalda y los brazos con un gruñido y solté el aire. Le limpié a Tom un rastro de corrida que le había quedado en el mentón y, con dos palmadas suaves en su pecho abultado y velludo, me quité de encima porque la inflamación ya había remitido—. ¿Quieres la bolsa de siempre, comida y tabaco? —le pregunté cuando fui por mi pantalón de chándal.
—Sí —respondió, todavía sentado en la silla—. Ponme más de esos snacks de cecina y algunas barritas de cereales, están muy buenas.
Asentí, terminando de colocarme la camiseta y meterme las zapatillas. Salí por la puerta sin decir nada y fui por una bolsa donde meterlo todo. Tom salió cuando estaba en ello, rehaciéndose el moño antes de acercarse con las manos en los bolsillos para quedarse pegado a mi espalda.
—Piensa que soy un Macho muy grande y que ha gastado mucha energía hace poco, Bill, quizá deberías echar un par más a la bolsa —me sugirió en un murmullo en el oído.
—¿Vas a venir a cenar a casa hoy? —le pregunté sin girarme.
—Sí, después de un trabajo en Kent.
—Vale, entonces te echo más y me llevo un envase más pequeño de lasaña. Tom gruñó a forma de queja, pero le corté rápido con una mirada por el borde de los ojos.
—No voy a tirar más puta comida —le aseguré.
—Me gusta comer más a menudo y menos cantidades —se defendió, alzando la cabeza—. No es que coma poco o me llene rápido, es que ya he comido ocho veces a lo largo de la noche.
—Podías haberme dicho eso antes — murmuré, echando cuatro barritas de diferentes sabores a la bolsa antes de darme la vuelta y entregársela.
El lobo la aceptó, miró nada sutilmente lo que había metido en ella y sonrió un poco más.
—Te vendré a buscar a la salida —se despidió, dándome una caricia en el mentón como yo había hecho con él, pero en mi barba no había mancha que limpiar.
Miré cómo se alejaba por el pasillo y se encontraba con un cliente que estaba a punto de entrar, el cual se quedó tan acojonado que retrocedió un paso. Fui hacia el pasillo para coger un cigarro de mi cajetilla y el zippo.
—¿Vas a quedarte ahí o vas a entrar en la puta tienda? —le pregunté al hombre que seguía con la mano en el pecho y expresión sorprendida.
Me miró, tartamudeó algo y se dio la vuelta.
Prendí el zippo, quemé la punta del
cigarro y solté una calada de humo al aire fresco y lluvioso de la noche. Tom ya había llegado al Hyundai Tucson, corriendo bajo la lluvia para encender las luces largas y salir disparado. Que el lobo tenía a más «amantes» no era algo que no supiera ya; no era algo de lo que él hablara, pero tampoco lo escondía. Había marcas en su cuerpo que no le había hecho yo y sabía que no era de esos capaces de aguantar dos días sin coger ni de broma.
Sin embargo, saber eso no me molestaba en absoluto. Después de todo, era un lobo. No, no solo un lobo, sino el puto lobo más jodidamente guapo y sexy del mundo. A Tom debían asaltarle en el Luna Llena como putas garrapatas, de eso no cabía duda. Así que yo solo era uno de sus muchos, muchísimos, amantes; una posición en la que me sentía cómodo. Era fácil, divertido y nada problemático. Con tal de que viniera a darme un buen repaso de vez en cuando para descargarme las pelotas, podía tener un harem de humanos para él solo si quería.
Eso me ayudó a tomármelo todo con mucha más calma. A no darle importancia al hecho de que se quedara a dormir cada noche de aquella semana, que quisiera ir a desayunar después del polvo mañanero y que se despidiera de mí con una suave caricia para quizá volver en alguna ocasión tonta al trabajo a echar otro rápido en el despacho. Y es que, a medida que se acercaba el Celo, era evidente que el lobo estaba cada vez más y más excitado. Se corría antes, más veces y olía peor, mucho peor.
—Joder, Tom —llegué a murmurar una mañana tras el polvo de primera hora.
Llevábamos unos minutos de inflamación y aún podía sentir esa peste por toda la boca y pringándome la barba—. ¿Es algo que comes o es normal lo fuerte que te sabe todo ahora?
—Es El Celo —respondió con sus labios pegados a mi cuello mientras me acariciaba suavemente con la nariz, allí donde me había mordido y todavía tenía moratones—. A Arlene y Kevin también les ha llamado mucho la atención.
—No me extraña —murmuré, pasando una mano por su melena de león para jugar con un par de mechones entre los dedos—. Es como si no te hubieras lavado en meses…
—Esta noche tengo un trabajo en el almacén, después pasaré a ver a Selene y a Robert para comer algo, así que no hace falta que prepares mucha cena —me explicó tras el desayuno, cuando fumábamos un cigarro en la terraza abierta del Billy’s Coffe and Breakfast la cafetería del centro de la que Tom había hablado. Hacía un poco de viento y seguía lloviendo alrededor de la terraza cubierta, pero íbamos abrigados y nos gustaba poder tomar un cigarro con el café—. Pero mañana tengo el día libre y comeré solo en tu casa, porque no sé a qué hora empezará el Celo.
Asentía y miraba a una pareja que no paraba de observarnos y susurrar. Les dediqué un corte de manga y ellos se levantaron indignados para irse.
—Ya he pedido los días libres —respondí—. Iré a comprar las últimas cosas para el puto Celo y pillaré algo de comida para ti.
El lobo lo celebró con un breve gruñido de placer y una sonrisa antes de dar una calada al cigarro.
—¿Vas a hacerte la lavativa esta noche, Bill? —preguntó, provocando una mirada cortante de mi parte—. ¿Tendré que asegurarme de que esté todo limpio y en orden cuando vuelva a casa?
—¿Por qué no te vas a la mierda, Tom?
—A la mierda te vas a ir tú cuando te cagues encima —se rio, negó con la cabeza y suspiró—. Joder… —terminó diciendo con una amplia sonrisa—, qué ganas tengo de este Celo contigo.
Me quedé en silencio, con la misma expresión mientras bebía un trago de café caliente.
—No te vas a enterar de nada, qué más te da.
—No se trata del momento, sino de saber quién te acompaña —me guiñó un ojo y entonces se relamió el labio inferior antes de morderlo un poco—. ¿Volvemos al auto y echamos uno rápido antes de que me vaya?
Miré a su espalda, hacía la calle lluviosa de luz plomiza, me pasé la lengua por los dientes y fumé una última calada antes de tirar el filtro al suelo.
—Vamos —dije, levantándome, porque no podía decirle que no a Tom.
Con el morro y la barba húmedos y un fuerte regusto a verga de lobo en la boca, me despedí de Tom, que me dedicó otra caricia junto con una media sonrisa antes de salir a toda velocidad por la calle. Entonces llegó el momento de ir a comprar los enemas, solo después de fumarme otro cigarro y clavar una mirada asesina en la farmacia, antes de pasarme por la comida y volver a casa. Arqueé las cejas y cerré la puerta. El loft ya apestaba bastante a Tom, siendo la cama y el sofá los epicentros del olor, donde más veces follábamos. Después de todo, el lobo se había pasado durmiendo allí la última semana, aunque fuera a visitar a sus demás humanos, siempre volvía para tomarse una cena, coger y dormir para asegurarse de que «la cama oliera bien a él para no ponerse nervioso».
No me importaba demasiado, no ahora que había descubierto el maravilloso mundo de la venta de feromonas. Se trataba de un pequeño negocio muy sórdido que había encontrado una noche de investigación en internet sobre El Celo. Temía que la charla no hubiera sido suficiente y quería asegurarme de estar bien preparado para cualquier incidencia.
Tom no se había privado de decir que iba a perder la consciencia y a volverse un cerdo hambriento de sexo. Siempre bromeaba y lo decía con una sonrisa, pero, sinceramente, me había acojonado un poco. Agradecí haberlo hecho, porque ya me había ganado unos buenos seiscientos dólares en tres días tan solo vendiendo camisetas de segunda mano sudadas por un lobo que estaba «celando», como lo decían los pervertidos de internet. Hubiera ganado muchísimo más, pero aunque Tom pareciera el puto dios de los lobos, enviado a la tierra para hacerte correrte como un aspersor con guiñarte un ojo, resultó ser solo un Macho Común de la Manada.
—Primer Macho Común de la Manada —como lo había dicho él con la cabeza bien alta y el pecho henchido de orgullo cuando se lo pregunté en el despacho del señor Ming—. Estoy por encima de todos los demás y dirijo varios almacenes importantes. Soy algo así como el encargado de los envíos…
Yo había puesto los ojos en blanco, pero él no había podido verlo porque me estaba abrazando de espaldas después de cogerme sobre el escritorio, inclinados sobre la madera como un par de idiotas durante la inflamación. A veces llegaba en posturas no demasiado cómodas y simplemente había que adaptarse y esperar.
Así que Tom era algo así como el Rey de los Mierdas. A un nivel personal, no me importaba en absoluto; seguía siendo un pedazo de lobo acojonante, que me ponía como un perra solo con levantar una ceja y, lo más importante, que cogía como una fiera salvaje y hacía del sexo algo increíblemente divertido; pero, como vendedor de feromonas, sí que era una putada, porque su rango afectaba mucho al precio de la ropa. La media por un Primer Macho Común eran entre unos ciento cincuenta o ciento ochenta dólares, nada comparado a las barbaridades que daban por los SubAlfas o los Alfas, pero al menos había podido ascender a unos doscientos cuarenta por tratarse de ropa cargada de feromonas pre-Celo. Además, Tom no había tenido problemas en ponerse lo que le decía, aceptándolo con un gorgoteo grave; por desgracia, siempre se lo quitaba para dormir.
—Si estoy desnudo, dejaré más olor. Además, estás muy calentito, Bill —me dijo—. Me gusta mucho abrazarte como si fueras mi pequeña estufita. Mi pequeña estufita con cara de muy mala ogro —se corrigió con un guiño juguetón al ver mi expresión después de llamarme así—. Pero piensa que sería una putada para ti también. Con la camiseta puesta no podrías pasarte la cara por mi pecho peludo y lamerme las axilas como tanto te gusta hacer cada mañana…
—Quien me aprieta la cara todas las mañanas contra sus putos sobacos y sus huevos mientras gime como una perra, eres tú, Tom —le recordé.
Pero él tenía razón, esos pequeños grandes placeres eran los que me animaban a seguir adelante y a pasarme casi toda una noche en el baño cagando hasta las entrañas. No fue una experiencia nada agradable. Bebía pequeños tragos de agua energética y apretaba la botella, creyendo que algo iba muy mal y que ni un millón de dólares en ropa usada y un puto lobo vikingo podían compensar aquello. Por suerte, todo empezó a cesar ocho horas después, justo cuando, como me había dicho, Tom volvió con las primeras luces del amanecer. Me saludó al otro lado de la puerta y cruzó cuando me hice a un lado para dejarle pasar. Siempre se detenía un momento, tomaba una bocanada de aire y gruñía con placer al reconocer su propio olor en la casa, junto con otros igual de placenteros para él.
—¿Costillas? —preguntó, quitándose la chaqueta para dejarla en la habitación.
—Sí —respondí, de camino a la cocina.
—¿Has comprado más bidones de agua? —exclamó desde allí, repasando todo lo que había comprado para el Celo y que ya había puesto en su sitio.
—Uno más, por si acaso.
Saqué las costillas del horno y las dejé sobre la mesa mientras el lobo se desvestía, echaba una ruidosa meada y volvía con la camiseta que había dejado para él y que le quedaba tan ceñida que parecía a punto de reventar. Había intentado ponerle también unos pantalones, pero Tom se había negado en rotundo, diciéndome que:
—No quiero privarte de la maravillosa y hermosa visión de mi enorme verga, este culo perfecto y estos huevos peludos que tanto te gustan… —cerró los ojos y negó con la mano—. No, Bill, no tienes que darme las gracias.
Pero lo hacía solo por comodidad y porque le gustaba tener los huevos al aire para rascárselos a placer. Como vendedor de feromonas, eso era una putada, porque los pantalones y todo lo que les rozara la verga y se mojara de líquido preseminal o meo, valía bastante más que las camisetas; pero como hombre maravillado por la hermosa visión de su peludo pubis rubio, su enorme verga, esas piernas musculosas y marcadas, ese culo de dios griego y esos huevos peludos que tanto me gustaban, no tenía ninguna queja.
Cuando se acercó, no se sentó en el taburete frente a la bandeja de costillas, sino que fue a por un cigarro, se lo puso en los labios y se acercó a mí. Eché el humo a un lado y me quedé a la espera mientras él me rodeaba la cadera con los brazos.
—Oye, sé que esta noche no lo has pasado bien, con eso del enema y tal, y quería darte las gracias por todo lo que te has preocupado por el Celo.
Fruncí el ceño y me quedé allí sin decir nada, a la espera de que Tom se riera o dejara claro que había sido otra broma cruel de las nuestras. Sin embargo, los segundos pasaron y él seguía con expresión seria.
—Lo digo en serio, Bill —dijo, porque debía sospechar lo que yo estaba pensando—. Gracias.
Me llevé lentamente el cigarro a los labio y tras aspirar una calada, entrecerré los ojos y respondí:
—De nada.
Tom asintió con una leve sonrisa, me agarró de la muñeca para guiar mi mano con el cigarro hacia el suyo y encenderlo. Soltó una bocanada de humo y se dio la vuelta, frotándose las manos con placer al comprobar el costillar entero que le había dejado allí. Se sentó, puso el cigarro en el cenicero y partió un hueso para devorarlo. Me quedé mirándole en silencio, con los brazos cruzados y fumando una calada lenta tras otra. A veces el lobo respondía a mi mirada mientras masticaba hasta que tragaba e iba en busca de otro hueso para roer la carne como un perro. No era mucho; para un lobo, quiero decir; pero suficiente para dejarle lleno en la cena y que se fuera con una sonrisa y otro cigarro al sofá.
Puso un documental de historia, se soltó la coleta y gruñó con placer, pasándose una mano por su melena de caramelo con reflejos dorados.
—¿Sabes que sería de maravilla, Bill? Que fueras por el edredón y te sentaras a mi lado… —me dijo.
Dejé la bandeja sucia en el fregadero y fui por el edredón para tirárselo encima, sentándome a su lado para acariciarle la cabeza como sabía que le gustaba. Tom ronroneó como un león y fue entrecerrando los ojos hasta que, diez minutos después, se quedó completamente dormido. Seguí jugando con su pelo más que acariciándole, en un gesto inconsciente que ahora tenía, porque me gustaba muchísimo la melena de Tom. Miraba el documental y pensaba en ese extraño momento en el que me había dado las gracias. Había sido un gran detalle por su parte, otro de eses que no me esperaba del lobo, siendo tan despreocupado como él era. Sin embargo, empezaba a sospechar que Tom se fijaba mucho en las cosas y, simplemente, fingía no hacerlo…
En eso pensaba cuando le oí gruñir a mi lado y giré el rostro para encontrarme con sus ojos de un marrón suave. No había pasado más de una hora, poco para lo que solía dormir el lobo antes de despertarse y querer ir a la cama.
—¿El Celo? —le pregunté.
Él negó con la cabeza. Me atrajo un poco más bajo el edredón y me susurró al oído:
—Es… una situación complicada, Bill. Quiero tener sexo, pero estoy todavía lleno de la comida, así que… —movió un poco la cabeza para frotar su barba contra la mía, produciendo un leve y agradable picor y volvió a susurrarme—: quizá tengas que tomar tú la iniciativa. Tranquilo, no te pongas nervioso, yo te voy diciendo lo que tienes que hacer…
—Ya… —respondí antes de sonreír, solo porque no podía verme hacerlo—. No sé, Tom, tengo miedo. Parece peligroso…
—No, no… Escucha, mueve la mano a mi pierna y acaríciamela lentamente. Moví la mano por debajo del edredón hacia su enorme muslo de piel caliente. Le acaricié con la punta de los dedos, deslizándolos hacia el interior mientras Tom comenzaba a jadear y gemir a mi oído. —Sí, muy bien… —tragó saliva y continuó—: Ahora bésame suavemente y después vete bajando hasta mi cuello. No te cortes con la saliva, sabes que me gusta bien húmedo…
Cuando moví el rostro y le besé, el lobo gruñó de una forma grave y densa, cerrando los ojos y entreabriendo los labios para que fuera yo quien jugara con su lengua.
—Joder… —jadeó mientras descendía por su rostro hasta alcanzar su cuello grueso, con una vena azulada más marcada, la cual seguí con la punta de la lengua de arriba abajo, hasta casi rozar la cadena plateada—. Oh, joder, sí…, Bill…
El lobo apartó la mano del respaldo para agarrarme del pelo, algo que siempre hacía y que debía gustarle bastante. Me apretó la cara contra su cuello y aumenté la intensidad de las lamidas, añadiendo algunos chupetones tontos que hicieron las delicias del lobo.
—Vale… vale… —dijo, tirando suavemente de mí para poder volver susurrarme al oído—: Ahora viene un parte importante… Escucha, tienes que ir en misión especial y sumergirte en el edredón. No te asustes, estará oscuro y apestara bastante, pero yo te guiaré. Allí vas a encontrar la mejor verga del mundo esperándote y…
—Me voy a perder… —le interrumpí, negando con la cabeza—. No sé si podré…
—Claro que sí —me dijo—, yo confió en ti, Bill. Te seguiré hablando, no tienes que tener miedo. Cuando encuentres esa enorme verga, va a estar muy mojada. Quiero que la huelas bien, ¿entiendes? Es importante que te acostumbres a ese olor tan especial, porque dentro de poco tú vas a oler exactamente igual todos los días. Después, cuando ya hayas apreciado todos esos tonos de verga de Macho, tienes que sorber ese líquido y traérmelo de vuelta para que lo pruebe… No te lo tragues. Esto es importante, Bill. Tienes que guardártelo en la boca y compartirlo todo conmigo, ¿de acuerdo? ¿Estás preparado?
Cerré los ojos, incapaz de dejar de sonreír como un idiota por toda aquella estupidez que el lobo se había sacado de la manga..
—Eso creo… —murmuré.
Tom asintió, usó la otra mano para abrir el edredón y, tirando de mi pelo como antes, me fue hundiendo la cabeza dentro.
—¿Me escuchas, Bill? —me preguntó, cerrando el edredón—. ¿Ves la verga gorda y dura?, no tiene que estar muy lejos de unos huevos bien grandes y peludos…
Quitando la tontería y la broma, Tom tenía razón: aquello apestaba muchísimo y estaba completamente empapado. Había goteado contra la camiseta y la había manchado, creando un hilo denso y viscoso que lamí antes de rodear la cabeza con los labios y gemir de puro placer.
—Sí, sí —oí decir a Tom mientras me apretaba más el pelo—. Es ahí… sí… oh…
Me quedé un poco, solo un poco, pasando la lengua para recoger la mayor cantidad de líquido preseminal que pude antes de ascender con los labios empapados y mirar a Tom, jadeante y algo sudoroso. Me acerqué a sus labios y gimió tan solo con olerme. Cuando le besé, cerró los ojos y me apretó tan fuerte contra él que me hizo daño. Al separarnos, tardó un poco en recuperar la respiración suficiente para decir:
—Bien. Escucha, Bill. Ha ocurrido algo mientras me besabas. Ahora tengo la camiseta muy manchada de un semen fuerte y denso de Macho… No sé cómo ha ocurrido…, pero tienes que ser valiente, volver a bajar allí por él y traérmelo…
Y continuó así, con aquella tontería hasta que terminé montándole. Tom se corrió cinco veces y yo llegué al orgasmo más arrollador de mi vida. Con la tontería, me había puesto bastante caliente y me lo había pasado de puta madre. Diría que fue el mejor polvo de mi vida, simplemente por lo cerdo, estúpido y divertido que había sido. Durante la inflamación, Tom ronroneó un poco, abrazándome y oliendo mi cuello como solía hacer hasta que pudimos movernos y fuimos a la cama.
Al despertar, repetimos, como a media tarde, tras la que podría considerarse
«segunda comida» o «tercer desayuno» del lobo, porque a Tom le gustaba tomarse como diez platos a la noche en vez de dos comidas grandes. Cada hora u hora y media, le sacaba un nuevo tupper que había comprado en la tienda de precocinados y se lo servía con una cerveza. El resto del tiempo nos lo pasábamos en el sofá, mirando documentales o simplemente charlando de estupideces hasta que, cuando llegó el atardecer, el lobo se despertó de la siesta y me miró fijamente..
—¿Qué? —le pregunté, pero solo respondió:
—Bill….
Entonces se tiró sobre mí y me llevó en brazos a la cama para arrancarme la ropa a tirones, ponerme de espaldas y metérmela casi de una sentada.
—¡Tu puta madre! —grité, apretando las mantas tan fuerte como los dientes. Pero Tom ya no podía escucharme, solo mover la cadera como un loco mientras se corría. No tardé demasiado en darme cuenta de que el Celo ya había llegado.
¿Cómo describir mi primer Celo? Mmh… Intenso. En muchos sentidos. Tom no me dejaba moverme, me aferraba bajo su cuerpo sudoroso y solo sabía gruñir y cogerme cada veinte minutos. A veces cambiaba de postura, a veces ni la sacaba tras la inflamación para no perder tiempo y cogerme de seguido cuando se volviera a poner caliente. Perdí por completo el concepto del tiempo y solo supe, o más bien intuí, que debían haber pasado entre veinte y treinta horas cuando el lobo se durmió y empezó a roncar. Entonces podía comer e ir al baño a descargar los litro de semen que me había metido dentro. Eso sucedió en varias ocasiones, atrapado en aquel bucle infinito de cogidas y escapadas al baño que se repetía una y otra vez. Tom solo se separaba de mí para agarrarme de la muñeca o el cuello y acercarse al borde de la cama para beber agua de los bidones. Solo fui ligeramente consciente de cuando el lobo empezó a relajarse y agrandar el margen de tiempo entre sexo y sexo, llegando a la hora u hora y algo antes de volver a ponerse caliente y buscarme con un gruñido de necesidad.
Ya había perdido toda esperanza de regresar a la normalidad, cuando un movimiento me despertó, entreabrí los ojos y creí que Tom me la metería de nuevo, pero solo me abrazó por la espalda y pegó el rostro a mi pelo, aspirando una profunda bocanada antes de ronronear.
—¿Bill? —me llamó.
—¿Qué? —respondí con voz ronca y baja.
—Tengo un hambre que me muero —me apretó más contra él y gruñó—. ¿Queda algo de comida?
—No la suficiente, pero pediré algo. Yo también tengo hambre —me desperecé un poco y solté aire, moviéndome para sentarme en el borde de la cama y frotarme el rostro algo grasiento tras tanto tiempo allí.
El lobo me imitó, pero en el sentido contrario, levantándose y chocando con uno de los bidones vacíos, el cual salió rodando hacia una esquina de la habitación. «Demonios» murmuró, pasando de largo para echar una de sus largas meadas «Oh… dios…» le oí decir entre el ruido gorgoteante del agua.
Me levanté y fui en busca del teléfono y un cigarro. Lo primero que hice fue encenderlo, tomar una calada que me supo a gloria y después llamar a dos restaurantes de comida para pedir una cantidad absurda. Tom se reunió conmigo poco después, cogió un cigarro de mi cajetilla y se lo encendió. «Oh… joder, sí…», dijo al probar el humo amargo. Se acercó a mi lado en la puerta y apoyó el hombro en la pared, pegado a mi espalda.
—¿Cuánto ha pasado? —me preguntó.
—Cuatro días.
—Mmh… Nunca había tenido un Celo tan largo —murmuró, casi para sí mismo—. ¿Has pedido mucha comida? —preguntó entonces—. Me gustaría comer mucho más de lo que como normalmente.
—Tranquilo, Tom. He pedido tanta comida que vas a vomitar.
Él sonrió y siguió fumando. Cuando llegaron los repartidores, pusieron una mueca de asco al oler la peste de la casa y aceptaron el dinero con rapidez para irse lo antes posible. Como le había prometido al lobo, había tanta comida que terminó tirado en el sofá y sin poder moverse, con la barriga abultada y los ojos entrecerrados como si le doliera incluso respirar. Nos echamos una pequeña siesta allí, pero después volvimos a la cama para recuperar el sueño perdido hasta la media tarde del quinto día, cuando Tom me despertó con besos y gruñidos mientras se hacía un hueco entre mis piernas.
—¿Con esta lluvia qué tal si vamos al Village Coffee? —me preguntó durante la
inflamación, con la voz apagada porque tenía los labios pegados a mi cuello, allí donde me había mordido.
—Me da igual, solo necesito un café cargado y que me dé un poco el aire — respondí mientras le acariciaba el pelo.
—El Village, entonces —decidió.
Continúa…
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